Thursday, November 22, 2018

Presentación de Leve historia de Cuba



Una de esas cosas por las que uno da gracias hoy: Anoche en NYU dije las palabras de presentación del libro Leve historia de Cuba, de Enrique del Risco y Francisco García. En mi presentación traté de responder la pregunta obvia: ¿Por qué debería uno leer esta Leve historia de Cuba? Aquí está mi respuesta.


Leve historia de Cuba


En su libro San Cristóbal de La Habana, publicado en 1920, Joseph Hergesheimer dice: “En La Habana las iglesias no eran ricas en tradición ni belleza, y los conventos de antaño habían sido convertidos en almacenes. En fin, no era una ciudad avasallada por su historia”.

Lo que dice Hergesheimer de las iglesias y conventos podría decirse también hoy. Su referencia a la historia, de repetirse ahora, sería más una burla que un piropo. 
Hablar de la levedad de la historia de Cuba setenta años después de Hergesheimer, en La Habana dura de los noventa, era una provocación.

El libro de Enrique del Risco y Francisco García, Leve historia de Cuba, escrito en esos años, aunque no se publicaría por primera vez hasta 2007, parece hoy más fresco y relevante que en los años del Maleconazo.

La “levedad” que los autores endilgan a la historia en el título es, de alguna manera, “otredad”. Anuncian que van a contar otra historia de Cuba. ¿Otra en contraposición a cuál? ¿Cuál es la “pesada” historia de Cuba a la que el título haría referencia?
La historia de un país, la que se enseña en las escuelas, es siempre una leyenda áurea regurgitada por el poder, una manipulación de los hechos para que sirvan como justificación de sus antojos pasajeros.
La historia oficial es como un cuento de niños narrado con la voz engolada del gobierno. Cuanto más omnímodo y largo sea el gobierno, más engolada será su voz, más arcaicos sus ceremoniales, más almidonadas sus guayaberas totémicas, más ridículas se volverán sus liturgias. 

Hay un punto en que la omnipresencia y la duración de ciertos poderes hace inútil rebatirlos seriamente. Tomarlos en serio sería ya una concesión. Hay que recurrir al sarcasmo para mostrar su ridiculez.

Sin embargo, aunque esta Leve historia de Cuba tiene un componente irónico, no es la ironía lo que la hace más relevante hoy que cuando se escribió.

Leve historia de Cuba es, entre otras cosas, el re-cuento de los pasajes clave de la historia de siempre, aquella que nos hacían tragar con la leche en polvo. Unas veces la narración se teje a partir de supuestas “fuentes primarias”, fragmentos en que los autores imitan el estilo literario, la voz de los protagonistas para contar lo que ellos nunca tuvieron tiempo de contar… o contaron y luego fue suprimido, como las páginas perdidas del Diario de Martí, que están aquí recobradas del fuego, para explicarnos en detalle qué se dijo y que pasó en la reunión de La Mejorana.

La recreación no es reverente en el sentido oficioso, pero sí rigurosa en los datos y en el estilo narrativo. No es reverente, pero es en el fondo más respetuosa que la historia oficial.

Cada uno de esos fragmentos es, en sí mismo, el desmontaje del mito. El mito en el sentido de la manipulación del poder —el manoseo de los mandantes; esa alquimia por la que el poder convierte a los personajes históricos en figurines útiles, y cada hecho histórico en una justificación del capricho que tendrán mañana a media tarde. 

***

Tenía hace años un buen amigo uruguayo que detestaba a los evangelistas de la televisión. Solía decirme que cuando a un televangelista lo sorprendían con la secretaria o le descubrían que se había robado un millón de dólares de la comunidad, siempre habría después un discurso lacrimoso de arrepentimiento y promesa de absoluta enmienda. “Ese sermón no es tan divertido”, me decía mi amigo. “El que uno no se puede perder es el que dará el evangelista cuando lo sorprendan con la segunda secretaria o el segundo millón robado”.

Y eso es lo que hace relevante este libro hoy. Nuestros televangelistas tropicales, después de haber manoseado y amoldado la historia patria a su gusto por varias décadas, han descubierto que el figurín que moldearon necesita ser continuamente reajustado para que no pierda su utilidad a la hora de justificar sus nuevos y recurrentes caprichos vespertinos. 

Decir que Céspedes al liberar los esclavos era un precursor de la Ofensiva Revolucionaria, por ejemplo, requiere cierta dosis de imaginación. Ahora, pararse medio siglo después y explicar que el discurso de La Demajagua no profetizaba en realidad la Ofensiva Revolucionaria sino, digamos, el alquiler de médicos o jonroneros como sirvientes por contrato, es una hazaña retórica mucho más encomiable. Es como el segundo sermón del televangelista. 

Leve historia de Cuba nos describe cómo funciona el mecanismo original de ese manoseo que ahora ha alcanzado, para decirlo el términos leninistas, su fase superior.
Hay otra razón por la que la relectura de Leve historia de Cuba más iluminadora hoy que cuando fue escrita.

En el imaginario del gobierno cubano de los últimos sesenta años, el poder siempre se ha identificado con cualquier cosa del pasado que consideraran buena. Y han profesado la noción improbable de que todos los “buenos” de la historia aprobarían cada tontería que se les ocurriera a ellos decir o hacer. Y que también darían su visto bueno cuando mañana se les ocurriera hacer lo contrario.

De ahí que el gran timonel de la Ofensiva Revolucionaria —que estatizó los carritos de algodón de azúcar y las quincallerías— dijera ese mismo año de 1968, refiriéndose a Céspedes y compañía, aquello de que “Nosotros entonces hubiéramos sido como ellos; ellos hoy hubieran sido como nosotros”. 

Leve historia de Cuba, establece una serie de paralelos más interesantes y convincentes para hallar a los verdaderos “gemelos”. Y los gemelos son los hombres que ejercen el poder como si fuera su sistema respiratorio. La relación del poder con la historia, o con su adaptación continua, será en realidad lo único en lo que “nosotros hubiéramos sido como ellos”, no importa si se trata de fusilar filibusteros o ahorcar vegueros o perseguir cimarrones.

Hay otro detalle que le da a este libro una extraña frescura. En los últimos años hemos visto en ciertas universidades una especia de renacimiento puritano. No es religioso, por supuesto, pero es puritano. Su puritanismo se basa en la convicción de que han llegado a un estado de nitidez moral absoluto que les permite juzgar cada generación anterior de manera implacable, inapelable.

Esa extraña creencia no es tan sorprendente para quienes crecimos leímos manuales de marxismo desde la secundaria. Podíamos juzgar nosotros, “pertrechados de una ideología científica”, cualquier hecho, cualquier personaje histórico, y descubrirle sus pecadillos retrógrados o, como decían nuestros maestros, “sus limitaciones burguesas”.

Leve historia de Cuba nos presenta una lectura inversa. Mira el presente desde cada momento anterior de la historia de Cuba y nos muestra por qué los protagonistas de antaño podrían mirar con desprecio a quienes descubrieron luego la alquimia del gobierno eterno. 

A ratos, Leve historia de Cuba parece una carta desesperada desde el presente a los personajes de la pesada historia nuestra de los últimos cinco siglos. Una advertencia quizás, o una disculpa.

Nuestras vidas han estado avasalladas por esa historia cuyo peso Joseph Hergesheimer no sentía al caminar en 1920 por la calle Obispo. "La Habana”, dice  él arrobado, “era por el momento, y en un sentido muy profundo, la capital del mundo”. Leve historia de Cuba es quizás la explicación de cómo esa frase, que en 1920 era solo una exageración, se convirtió con el tiempo en un chiste.

Nueva York, 21 de noviembre de 2018

Friday, May 4, 2018

De la costumbre de tener por musa a un policía


[Texto leído en presentación de la antología El compañero que me atiende, de Enrique del Risco, en la Universidad de Nueva York el 4 de mayo de 2018.]


En el año del Señor de 1486, Pico della Mirandola escribe el Discurso sobre la dignidad del hombre, o “el manifiesto del Renacimiento”, como se ha dado en llamar. Al año siguiente, en 1487, dibuja Leonardo su Hombre de Vitruvio o Estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano. Cualquier historiador de las ideas diría que “el espíritu del Renacimiento flotaba sobre las aguas”. Esas aguas a las que se echaría en Moguer cinco años más tarde “el genovés de los ojos obstinados”.

El optimismo tiende siempre a las generalizaciones “leibnizianas”. El diablo, sin embargo, está en los detalles, como dicen los anglosajones.

En aquel mismo año de 1487, por ejemplo, los monjes dominicos Heinrich Kramer, inquisidor del Tirol, Salzburgo, Bohemia y Moravia, y Jacobus Sprenger, inquisidor extraordinario para las provincias de Maguncia, Tréveris y Colina, publican el Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas, un manual destinado a ayudar a sus colegas inquisidores en la ardua labor de buscar, descubrir y procesar, interrogar y torturar herejes. Dice el Malleus:

Hay que responder que aun hoy existen muchos que se equivocan en grande en este sentido, que excusan a las brujas y cargan toda la culpa sobre las artes del demonio, o atribuyen los cambios que aquéllas provocan a alguna alteración natural. Estos errores pueden aclararse con facilidad, primero, por la descripción de las brujas que San Isidoro ofrece en su Etimologice, cap. 9: "Las brujas se llaman así debido a lo negro de su culpa, es decir, que sus actos son más malignos que los de cualquier otro malhechor". Y continúa: "Agitan y confunden los elementos con la ayuda del diablo, y crean terribles tormentas de granizo y tempestades". Más aun, dice que confunden la mente de los hombres, que los empujan a la locura, a un odio insano y a desmesurados apetitos.


Y esa confusión, que los demonios traman sin descanso, y ese desvelo de los inquisidores por disiparla, son los mismos de los que se ocupa Enrique del Risco en su prólogo de El compañero que me atiende:

Lo que intento explicar acá es la condición profundamente paternalista de cualquier régimen totalitario, su dedicación profunda a hacer felices a todos los seres humanos, aunque no lo quieran. De ahí que, una vez superada la dura etapa de la lucha de clases en general, la policía secreta, al acercarse a los elementos sospechosos de alguna deslealtad, insistieran en su bondad intrínseca achacando sus desvaríos a simple y pura confusión. Explica que racionalizaran sus acciones como un intento de redimir a sus investigados, devolverlos a su natural condición de pureza. Incluso en el caso de que hubiese que castigarlos.

El optimismo, otra vez, podría hacernos pensar que, después de tanto batallar contra la confusión, las brujas y los herejes habrían sido confinados ya al infierno o al basurero de la historia, según el gusto de cada cual. Y cuando digo “después de tanto de batallar”, el lector es libre de pensar en el año que prefiera, sea 1497 o 1959, como el del inicio de esa batalla.

Gracias a Dios, tengo la sana costumbre de leer el Granma cada mañana, un acto siempre iluminador. Hoy por ejemplo, cuando pensaba en lo que iba a decir esta noche, abrí la página cultural de Granma y esta era la noticia que la encabezaba:

Nada hará perder la fe de los artistas en nuestro proceso social, defensor del arte y la cultura

Con el propósito de rechazar «cualquier intento de entorpecer o manipular la gestión institucional y los proyectos de artistas de Cuba y otros países que están en marcha de cara a la XIII Bienal de La Habana», la Presidencia de la Uneac y la Dirección de la Asociación Hermanos Saíz emitieron ayer una Declaración en la que se expone la absoluta negativa a que se desvirtúe el esperado suceso de las artes plásticas en la Isla.

El texto denuncia «la autotitulada Bienal 00, que se enmascara detrás de una fraseología demagógica y cínica, y se organiza con fondos de la contrarrevolución mercenaria, cuyo único propósito es descaracterizar al sistema institucional, confundir a los artistas y crear un clima propicio para promover los intereses de los enemigos de la nación y de la obra revolucionaria que ha gestado e impulsado la Bienal de La Habana y muchos otros eventos de gran arraigo popular».

[…] ningún comentario malintencionado ni tergiversación de la política cultural cubana como tampoco patraña alguna, elaborada por personas sin escrúpulos, «hará perder la fe de los artistas en un proceso social que ha defendido el arte y la cultura como una de las más nobles proezas».


La confusión —que pone en peligro la fe— y de la que hablan el Malleus, el prólogo de El compañero y el artículo de Granma, supone tres personajes, como el teatro bufo cubano. En lugar del negrito, el gallego y la mulata, tenemos en este caso al hereje o contrarrevolucionario que siembra la confusión, el creyente o artista que se deja confundir, y el inquisidor o insomne centinela de la patria que nos libera de sus confusiones heréticas.

El compañero que me atiende es la memoria, escrita a muchas manos, a muchas voces, de esa ingeniería del alma que, con paciencia y solicitud paternal, ejercen los dueños de la verdad para sacar de la niebla de las dudas a sus compatriotas confundidos.

La antología que Enrique del Risco ha arrebañado me recuerda la anécdota de San Agustín y el niño ángel que intentaba meter el océano en un hoyo que había cavado en la arena. Porque aunque esta antología tiene 478 páginas, parece ser una estratagema de niño ángel. Él mismo lo reconoce en el prólogo cuando dice: “Lo que intenta este libro es recopilar una mínima parte de las aportaciones cubanas a un subgénero anunciado ya por Kafka desde las primeras páginas de su inconclusa novela El proceso.”

“Mínima”, añadiría yo, porque las aportaciones se pueden hallar también en cuentos y novelas y poemas y obras de teatro que nada [explícitamente] tienen que ver con este tema. La santificante influencia de los órganos está también en las películas, las declaraciones de los deportistas, los libros de colorear, los anuncios de permutas y los carteles políticos, en las respuestas que dan los niños en las pruebas de historia, las conversaciones por teléfono, las consultas con el santero, las cartas oficiales, los mensajes de correo electrónico, las canciones de los trovadores y los raperos, la sudorosa promiscuidad de las guaguas, las notas que dejan los devotos a los pies de la Virgen del Cobre, las declaraciones de amor, las conversaciones con el mecánico de ventiladores, las homilías dominicales, y lo que susurran las hojas de los árboles mecidas por los vientos de cuaresma.

Pero a la misma vez, esa presencia minuciosa y trascendente, se va haciendo parte de la vida cotidiana hasta confundirse con ella; o más bien, emponzoña la vida diaria hasta un grado en que ya no podemos sentir más el olor a azufre que su alquimia rinde. Este libro es eso, es el intento de hacer que no se nos olviden ni el hedor ni la asfixia.

Escribir los detalles de esa alquimia es a la vez una venganza y un exorcismo. Hay una anécdota que cuenta Anna Ajmátova y que quisiera recordarles esta noche aunque todos ustedes se la sepan de memoria. Dice la poetisa en Requiem:

En los terribles años de Yezhov hice cola
Durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado.
Una vez alguien me reconoció. Entonces
Una mujer que estaba detrás de mí, con los labios
Azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre,
Despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras
Y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):
—¿Y usted puede describir esto?
Y yo dije:
—Puedo.
Entonces algo como una sonrisa resbaló
en aquello que una vez había sido su rostro.

Se nos ha repetido que “los vencedores escriben la historia”. La anécdota que cuenta Anna Ajmátova supone una relectura del viejo dicho. A su luz podríamos decir que la derrota es el destino de quienes no escriben su historia. Al escuchar la respuesta de Ajmátova —puedo— aquella otra mujer, adherida de frío y de miedo, sonríe, porque sabe que de alguna manera ha vencido. Ha vencido, en medio de su espanto, y gracias a un poema todavía invisible de Anna Ajmátiva, al compañero que la atiende. Y de eso se trata.

Muchas gracias.