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Sunday, March 28, 2010

Audrey Hepburn desayuna en La Habana


La primera vez que vi "Desayuno en Tiffany's" no sabía que estaba basada en una novela, ni que el libro era de Truman Capote, ni quién era Audrey Hepburn ni qué se vendía en Tiffany's. Tenía once años, y el único recuerdo que me quedó de esas dos horas en el cine fue la bañera cortada a la mitad que servía a Holly Golightly de sofá en su apartamento del Upper East Side. (No, tampoco sabía qué demonios era el Upper East Side.)

Como todo el mundo, después he visto y leído varias veces la película y la novela, ambas espléndidas. Los otros días, MD tuvo la bendita idea de alquilar "Breakfast at Tiffany's" para verla con la involuntaria receptora de nuestros genes y nuestros gustos fílmicos: PZ. (Otra razón que justifica el "Creced y multiplicaos": Cuando los hijos se vuelven seres pensantes, uno tiene una razón para volver a ver ciertas películas con ellos.)

Este nuevo repaso me hizo recordar que la primera escena de "Breakfast at Tiffany's" es de las más bellas que he visto. Es una toma de la Quinta Avenida, desde la Calle 57, al amanecer, con los primeros acordes de "Moon River" como complemento. A la izquierda se ve el antiguo edificio de la tienda Bonwit Teller, que sería demolido en los ochenta para construir Trump Tower, con sus acres de mármol rosado Breccia Pernice y su dorado chillón. A esa hora, la Quinta Avenida tiene el mismo aire de todas las ciudades en mañana de domingo: parece una puta hermosa, pero cansada. El alumbrado público aún está encendido, pero ya es de día, y uno tiene esa impresión de haberse levantado en casa después de una larga fiesta para darse cuenta de que ha dejado las luces encendidas al irse borracho a la cama.

Después se acerca un taxi por la avenida desierta, la cámara retrocede y aparece el edificio de la joyería Tiffany & Co. El amarillo del taxi es el único color discernible en la escena. Se detiene ante la puerta de la joyería y de él baja, como una aparición, Holly Golightly (Audrey Hepburn) en su vestido Givenchy negro. La vemos de espalda, y a continuación vemos, poco a poco, su reflejo en la ventana de Tiffany. Finalmente aparece su rostro claramente, pero está oculto detrás de una gafas inmensas y el espectador no sabe si está viendo a la persona o su reflejo en el cristal. En esa breve sucesión de imágenes se resume el personaje: un bellísimo juego de espejos que se oculta o se revela en medias verdades. Holly Golightly dobla en la esquina de la 57 hacia el East River y echa los restos de su desayuno en un latón de basura. La vemos llegando a su apartamento del Upper East Side unos minutos después, pero ya con toda la luz de la mañana.


La combinación de New York y una mujer hermosa, que siempre es amable, alcanza en esta escena un estado muy parecido a la perfección.

A ese recuerdo que describo puedo añadir una nueva idea que me regaló esta vez la película. Las locaciones son reconocibles para cualquier neoyorkino: el Upper West Side, la Quinta Avenida a la altura de la calle 57, Park Avenue en las inmediaciones del Seagram Building de Mies van der Rohe, el anfiteatro Naumburg Bandshell del Central Park. Uno se asombra de cómo, en una ciudad donde todo parece cambiar a diario, esos lugares se mantienen prácticamente idénticos. Sólo los modelos de los carros nos revelan la época de la película. (Aunque la historia original de Capote se desarrolla en los cuarenta, la película se cuenta como una historia contemporánea a su filmación, es decir, de 1962.)

La superposción de edificios idénticos y autos diferentes me hizo pensar en La Habana, y en las películas cubanas de los sesenta. Cuando uno ve ahora, por ejemplo, "Las doce sillas" —la versión cubiche que hizo, también en 1962, Gutiérez Alea de la novela de Iliá Ilf y Yevgeni Petrov—, el efecto es contrario: el entorno, los edificios, las calles han cambiado, han sido vapuleados por cinco décadas de olvido. Lo único que parece igual son los modelos de los carros: los habaneros, de un modo u otro, siguen viajando en cacharros de los años cincuenta.



Esa doble impresión, la de una ciudad detenida en el tiempo por una parte, y a la que el tiempo derrumba por la otra, podría ser un resumen del último medio siglo en La Habana. Enrique Santiesteban, por cierto, usa en la película unas gafas muy parecidas a las Audrey Hepburn.





Friday, March 12, 2010

En la cama de la tía Julia

Ha muerto Julia Urquidi, la ex tía y ex esposa de Mario Vargas Llosa. La noticia me la dio un periodista amigo que me llamó desde una remota república sudamericana para preguntarme si Julia había influido en las ideas políticas del joven Vargas Llosa. "Bueno, ella era su tía política, querido, pero creo que su influencia fue más bien pélvica". Mi amigo no entendió nada, pero yo me quedé pensando en lo poco que sabíamos los dos sobre la tía Julia, y lo rápido que hacíamos juicios sobre ella —políticos los de él, pélvicos los míos.

Hace unos diecisiete años, en cuanto me mudé a un sitio donde podía leer lo que me diera la gana, me apresuré a comprar "La tía Julia y el escribidor". Mis recuerdos de la novela se resumen a imágenes difusas de los anhelos literarios del joven Vargas Llosa, su enamoramiento con la tía, su sucesivo hastío, y la noción de que Cuba fue alguna vez la Mecca de las radionovelas interminables en lugar de la plaza de los discursos infinitos.

Unos meses más tarde, alguien me prestó "Lo que Varguitas no contó", que era el mismo cuento, ahora relatado desde la otra esquina del ring. La novelita me demostró que el talento literario no es una enfermedad venérea: Julia no lo había contraído en casi diez años de ejercicios horizontales con Vargas Llosa. No recuerdo nada de su libro, sino el deseo de la autora de contar su historia, de ser quien ella quería ser y no el personaje que su ex sobrino y marido había dibujado. También recuerdo que la lectura me confirmó el retrato que de ella pintara Vargas Llosa.

Pero Julia no era un personaje literario, sino una señora que a los 29 años, a mediados de la década del cincuenta, decidió mandar el mundo al carajo y acostarse con su sobrino de diecinueve. Un sobrino que sería después una celebridad mundial y que la dejaría por otra mujer de la familia, la prima Patricia. (Parece que Vargas Llosa es un hombre "muy casero".) Y en esas cosas venía pensando en el tren, de regreso a casa, esta tarde. ¿Habría sido más feliz Julia Urquidi de no haberse dejado deslumbrar por el efebo de la casa? ¿Habría preferido después el anonimato a ser para todo el mundo —como a la postre fue— "la tía Julia" que su sobrino creó con más desencanto que cariño? ¿Quién fue esta mujer que olvidamos, o vagamente recordamos, y juzgamos a partir de un retrato tendencioso?

En una entrevista en el año 2003 declaró: “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho, sin mi ayuda no hubiera sido escritor. Copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir, bueno, fue algo mutuo”. Todavía sonaba como una tía mandona hablando de un sobrino díscolo; una tía política queriendo ser tía literaria. Me imagino que nadie se lo creyó, pero a lo mejor se lo creía ella, que es lo importante. Para el resto del mundo, Julia fue una señora que, como tantas señoras divorciadas de treinta años, quiso acostarse con un chico de 19. Para el resto del mundo sería esperable que el jovencito la dejara unos años después, y que ella no lograra perdonárselo. Y sin embargo, seguramente ella se iría a la cama en los primeros lances de su amor clandestino convencida de que todo valía la pena. Ojalá la haya valido. En paz descanse.

Tuesday, March 9, 2010

Dos poemas


Era la gloria del verano

“When the evening is spread out against the sky

Like a patient etherized upon a table”

T. S. Eliot


Qué joven el mundo y qué hermosas

las muchachas de agosto.


Era otra vez la época

en que los reyes se van a la guerra;

era el tiempo

de asesinar archiduques. El aire

murmuraba el hedor

de los cadáveres propicios.


Era la gloria del verano. Salíamos

a ver la fiesta de la luz en los balcones

mientras la tarde cantaba su larga agonía

tendida en una camilla de versos ingleses.



Del regreso

El mármol derretido de la India

sentada bajo el fragoroso sol de mayo,

el triste capitolio de aserrín y canicas

en los ojos, el palacio

donde vive su muerte la república,

la noche del túnel, el asalto

de la salvaje luz que ven los presos,

el Morro, el huidizo mar en los cabellos,

la tímida música de un nombre taíno

que fue toda la magia de nuestra niñez

(aquel verano en que mis padres

condescendieron a la felicidad —el salvavidas

blanco y negro de mi hermana).


El sol de las postales reflejado en el agua

y en tus ojos, otra ciudad (la misma), la luz

de los semáforos, el Pairet, los ángeles de piedra,

un dedo de mármol ya sin rumbo

en medio de las palmas infieles, el muro,

el mar, la luz rielando, el mar… ¿adónde han ido?


Monday, February 22, 2010

Traducción del poema "Cassius Hueffer"

The Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters, abunda en pequeñas joyas crueles. El breve poema "Cassius Hueffer" es una de ellas.

No sé si es justo decir que uno ha leído bien un poema si no ha intentado traducirlo. El lector notará que soy incapaz de una buena traducción. Tenga en cuenta entonces que estos ejercicios son sólo el deseo de una buena lectura.

Primero les propongo mi renqueante traducción y más abajo el original, espléndido, de Edgar Lee Masters.


Cassius Hueffer

En mi lápida han grabado estas palabras:

“Su vida fue dichosa, y los elementos se fundían de tal

modo en él

Que la naturaleza podría levantarse y anunciar al mundo

entero:

Este fue un hombre.”

Los que me conocieron se sonríen

Al leer esa retórica vacía.


Mi epitafio debió haber sido éste:

“La vida no le regaló ninguna dicha,

Y los elementos se fundían de tal modo en él

Que decidió guerrear contra la vida,

Y en esa lucha fue aniquilado.”

En vida la maledicencia me era insoportable,

Y ahora, muerto, debo resignarme a un epitafio

Cincelado por un idiota.


Cassius Hueffer

They have chiseled on my stone the words:

“His life was gentle, and the elements so mixed in him

That nature might stand up and say to all the world,

This was a man.”

Those who knew me smile

As they read this empty rhetoric.


My epitaph should have been:

“Life was not gentle to him,

And the elements so mixed in him

That he made warfare on life,

In the which he was slain.”

While I lived I could not cope with slanderous tongues,

Now that I am dead I must submit to an epitaph

Graven by a fool!






Thursday, February 18, 2010

Jorge Luis Borges se debiera de morir


De visita en casa de un amigo miamense hace un año, MD se dio cuenta de que yo miraba con codicia el Borges de Bioy Casares que el dueño de casa me mostraba. Unos meses después, el Día de los Padres, MD tuvo la grata idea de regalarme el objeto de mis deseos: un libraco de 1663 páginas donde se rebañan las anotaciones que Bioy hiciera durante 55 años (1931-1986) sobre su amigo y concuñado. (Ese regalo del Día de los Padres me parece una razón a favor de la multiplicación de la especie.)

He fatigado sus páginas con alegría, para decirlo al modo de JLB. El libro está repleto de gratas sorpresas, de acotaciones lúcidas y de algunas noticias amargas. Entre esas sorpresas —el lector sabrá si grata, lúcida o amarga— está la constatación de que JLB no estuvo nunca despepitado de amor por la Llave del Golfo. Quién se imaginaría tal cosa de él, que estuvo siempre fascinado con las llaves y los mares. Contrariamente a lo que pueda pensar el lector, el sabor amargo de Cuba no se lo dio a JLB la conga con acompañamiento de balalaica del 59: su disgusto precede a las glaciaciones; es, definitivamente, a.C. Su desaprobación es cultural, no política: el problema no es Marx, sino Martí; no los ñángaras, si no los ñáñigos; no el Manifiesto, si no El Manisero; en fin…

La primera referencia cubana que recoge Bioy es de 1953. Relatando una visita a la casa del escritor Ricardo Rojas, dice JLB: “Había una gran biblioteca y yo pensaba: ‘Tal vez no haya un solo libro que se pueda leer’. Puro Martí…”


Considerando que era el año del centenario, la frase no se excede en el elogio del Apóstol. Los cubanos no leen a Martí ni aunque les paguen, pero estarían dispuestos a abofetear a cualquier ciego por expresar lo que ellos practican. Hay en nosotros esa inclinación perversa a agredir al que exprese algo distinto a lo que pensamos —o de lo que creemos sin pensar. Será que nos criaron recitando aquello de que “al cubano que en ella no crea, se le debe azotar por cobarde”, o que cantábamos alegremente que “el son es lo más sublime para el alma divertir, se debiera de morir, quien por bueno no lo estime”. Siguiendo la lógica de Piñeiro, no quiero imaginar lo que le tendríamos que hacer a JLB por decir que José Julián Martí y Pérez era un plomo como escritor.

[Pensando en el dictum terrible de "Suavecito", recuerdo lo que dice Borges en "El atroz redentor Lazarus Morell". Enumerando las consecuencias de la instauración de la esclavitud en América, menciona "la deplorable rumba El Manisero". "¡Al paredón!", habría gritado el director de nuestro Septeto Nacional al leer semejante dislate.]

Volviendo al juicio sobre Martí, pensé que se trataría de una de las boutades de JLB, sin embargo, el resto del libro me confirmó que casi todas sus (escasas) referencias a nuestra tribu buscan el distanciamiento. (Muchos hemos buscado en la geografía ese distanciamiento que JLB logra con la palabra, no seré yo quien lo condene.)

La segunda mención de los cubanos es más jocosa, pero no más halagadora. Una tarde de 1957 llega Borges a casa de Bioy y declara: “Le oí esta frase a un cubano: ‘Toda la mañana el teléfono estuvo de lo más llamativo’. La verdad es que yo inventé la frase, pero cuando pienso que los cubanos pueden usarla, me enfurezco.”

Por menos que eso a mucha gente las han declarado oficialmente miembros de “la mafia anticubana”. Y sin embargo, me resisto a condenarlo por su frasecita. Habría que saber cuál fue la experiencia de JLB con los cubanos en su Buenos Aires querido de los cuarenta y los cincuenta. ¿Qué bufonadas tendría que aguantar? ¿Tendría algún vecino cubano jacarandoso, fiestero o confianzudo en La Recoleta? Nadie se forja una antipatía así de la nada. O a lo mejor en sus sueños lúcidos Borges pudo presentir las colas de La Habana, las novelas de Cofiño o las mueblerías de Hialeah. Sus motivos tendría.

Y Bioy Casares, siempre discípulo fiel, se muestra aún más implacable. Es curioso que Bioy, que casi nunca es homófobo ni ordinario a lo largo de su largo diario, hace gala de ambos vicios al relatar la visita a su casa de José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera el 18 de junio de 1956:

A la noche comen en casa Borges, Wilcock, Peyrou y dos maricas cubanos, de la revista Ciclón: Rodríguez Feo, el director, y Virgilio Piñera, el secretario de redacción. Rodríguez Feo es rico, buen mozo, menos literario que su amigo, más muchacho de sociedad; físicamente recuerda un poco a Octavio Paz; Piñera es delgado, con cabeza de perro flaco de empuñadora de paraguas; es 'modosito', silencioso, un poco lúgubre, no del todo incapaz de formular en la conversación frases (más o menos) bien construidas. Los dos tienen inconfundible voz y entonación de maricas. Si forman pareja, Piñera ha de sufrir por los éxitos y las infidelidades de Rodríguez Feo.


No hallo en el resto de este libro vasto otra descripción semejante. Me imagino que todos los argentinos de Buenos Aires en esa época eran machos alfa, bien parecidos y de verbo elocuente. O que quizás Bioy tampoco soportaba a los cubanos, quién sabe. Por otra parte, del único cubano de quien Borges habla bien es de Cabrera Infante. Se conocieron en Londres en la primavera de 1971. Nos dice Borges a través de Bioy:

Con Cabrera Infante me sentí tan cómodo, tan persuadido de que era un amigo de toda la vida, que de pronto me sorprendí diciéndole: ‘Pobre Julio César’. Habrá creído que le hablaba del Julio César romano, ¿cómo iba a saber quién era Julio César Dabove? Tal vez influía en esa sensación de amistad cómoda el hecho de que halábamos en español. Cabrera Infante es inteligente, salvo cuando habla de cine. ¿Te acordás de King Kong? Una idiotez. Cabrera afirmó que era una película interesante. Está muy enojado con Cortázar. Dice: ‘¿Cómo no se da cuenta de que Fidel Castro es el Perón de Cuba?’

A lo mejor esa afinidad electiva estuvo signada por el disgusto común con Cortázar o la compartida oposición a los otros dos señores mencionados. Lo cierto es que Cabrera Infante, en sus poses y en su prosa, no parecía un experto en producir “esa sensación de cómoda amistad”. En las fotos quedaba siempre con una cara que hacía sospechar el estreñimiento o la acidez estomacal. Una lectura somera de su obra —como ha sido la de este servidor— lo llevaría a uno a pensar que su cara tenía una expresión de constante resaca. Fuera como fuere, logró encantar a Borges, que de todos modos no le podía ver la cara, y que quizás nunca fatigó sus prosas prosaicas, algo que probablemente el argentino hubiese detestado.

Friday, January 29, 2010

Todos los idiotas admiran a Salinger

Todos los idiotas admiran a J. D. Salinger, un tímido adolescente de 91 años que murió el miércoles en Cornish, New Hampshire.

Es injusto juzgar a un escritor por sus admiradores, pero prefiero ser injusto en este caso. No creo que Salinger sea inocente: merece que lo consideremos "guilty by association". Algo perverso tendría Marx para que psicópatas genocidas como Lenin o Pol Pot lo admiraran, digo yo. La afición hitleriana por Wagner no puede ser tampoco una coincidencia. Ni que Mark David Chapman, el asesino de Lennon, se dedicara a releer The Catcher in the Rye después de aliviar al inglés del deber de acostarse con Yoko Ono.

Uno no siempre logra sobreponerse a esos detalles a la hora de leer su obra. Digamos que sus seguidores han hecho de la lectura de Salinger una afición vergonzosa. Gracias a Dios, una piadosa inundación que tuvimos en el sótano el mes pasado me expurgó la biblioteca de todos sus libros. (El agua como crítica literaria.)

Por lo demás, desde hace tiempo me cuido de mencionar su nombre en público. Evito las conversaciones sobre su obra y hasta me hago el imbécil cuando al pasar por el Central Park mi hija infaliblemente me pregunta: "Where do the ducks go, dad? I wonder if some guy come in a truck and takes them away to a zoo or something."

La raíz del asunto está quizás en nuestra incapacidad para moderar nuestros entusiasmos, como recomendaría Larry David. Los idiotas no se conforman con que J. D. Salinger sea un espléndido escritor escuálido. En lo mejor de su obra (The Catcher in the Rye, "A perfect Day for the Bananafish", "For Esmé – with Love and Squalor"), se aprecia una capacidad de observar y contar absolutamente superiores a las del resto de los mortales. Esas dos cualidades son las únicas características comunes a cualquier obra narrativa significativa. Eso es lo que desarma al lector, y lo que conmueve a sus lectores jóvenes: la sorpresa de que alguien entendiera y fuera capaz de contar lo que nosotros mismos no sabíamos de nuestra adolescencia. Y como los amores de la adolescencia, Salinger, de un modo u otro, nos acompaña siempre —aún a aquellos que ni siquiera nos atrevemos a confesarlo.

El error está en querer auparlo y convertirlo en un iluminado o un mesías. The Catcher in the Rye es el relato de un adolescente incorforme al que expulsan de la escuela, no un evangelio cifrado ni un manual de masturbación filosófica. No hay que descifrarlo ni masturbarse. Pero vete y trata de explicarle eso a los idiotas...

Ojalá pudiera decir algo más en su defensa, pero quizás la única característica redimible de este buen señor fuera su timidez. No dudo que sus admiradores lo llevaran a borrar el universo que quedaba al otro lado de la puerta de su casa. Se entiende que recurriera a esa cura radical para escapar de semejante idolatría. Lo cierto es que en un mundo de exhibicionistas, conmueve que alguien prefiera el anonimato y la reclusión; que sinceramente considere que la tarea del escritor es escribir, y que publicar no es más que una "interrupción" indeseable. Con la magnífica excepción de Marcel Duchamp, no recuerdo otro ejemplo de modestia intelectual semejante en los últimos cien años. Joyce Maynard —su Abisag— asegura que Salinger seguía escribiendo varias horas cada día en la época en que vivieron juntos. De ser cierto, nos esperan sorpresas o decepciones: una suma de malentendidos que posiblemente no añadirán nada a su obra ni lograrán redimirlo de la devoción de los idiotas, pero que será difícil resisirse a leer. Que en paz descanse, o mejor, que lo dejen descansar.


Monday, December 7, 2009

Going loco

Mis amigos de Miami están perdiendo la cabeza. They are going cuckoogoing loco, para decirlo en Spanglish, que es la lengua oficial de Heliópolis (que suena más fino que “La Ciudad del Sol”). No uno, ni dos, ni la mayoría: todos. Toditos todos. Y no solo mis amigos, sino los amigos de ellos también, y los socios de Facebook a quienes no conozco realmente. The whole gang, acere. Como una cafetera… quimba’os del coco to’s ellos, brother.
No, ni idea tengo… ni me imagino qué les pasa. Resulta que se largaron de Cuba, hicieron quién sabe cuántas maromas para cruzar el Estrecho (tan ancho) de la Florida, y plantaron en Miami. Llegaron, se fueron a vivir a casa de la tía, se buscaron un trabajo, se pelearon con la tía, compraron el transportation, aprendieron inglés, consiguieron un trabajo mejor, cambiaron el carro, compraron la casa, ¡aprendieron a encontrar una dirección en Hialeah! Al principio comían en La Carreta o el Versailles los sábados, pero ahora no salen de la casa si no es para ir a South Beach. En fin de año se van a un pueblito precioso de Georgia. Son razonablemente felices, que es todo lo feliz que se puede ser.
Ah, pero la felicidad no les basta. Algún demonio secundario los ha convencido de que no es cool ser feliz en Miami. Y se sienten obligados a explicarte que detestan “este pueblo”. Si tienen una bitácora o blog o como se llamen esos pujos pseudointelectuales, de cada tres artículos uno tiene que ser contra Miami. A veces Pérez Roura parece ser el centro de sus preocupaciones ontológicas, en otras ocasiones son los viejitos esos que tienen una asociación de mambises desvelados o algo así, o los combatientes anticastristas del Parque del Dominó, o el iluminado que adoquina las calles con discos de Juanes.
Todos saben que vivo en un maldito pueblo de campo de Long Island, pero cuando vamos por la mitad de la primera cerveza comienzan a comparar a Miami con New York para ponderar mi suerte. Si les hablo del crecimiento alucinante del downtown de Miami, me aclaran que la mitad de los edificios están vacíos. Me explican después la provisionalidad de todo lo que allí se construye. El transporte público, la congestión del tráfico, los negocios truculentos, las riñas internas de cada una de las 234 organizaciones políticas más importantes, la decadencia del Palacio de los Jugos, la falta de voz de Gloria Stefan: todo condena a Miami ante sus ojos. La corrupción de la ciudad les parece la peor del mundo; los lugares feos les parecen vergonzosos; los lindos, falsos; los fracasos, irremediables; los triunfos, imposturas.
Casi todos los detalles son ciertos, y sin embargo, la conclusión a la que llegan me suena falsa, sobre todo cuando pienso que mis amigos, en general, no se mudan. Algo habrá en “ese pueblo” que ata, hechiza o secuestra. Pero mis amigos de Miami no sueltan prenda… decirlo no sería nada cool. A ver si lo descubro en la próxima visita. Dale (como dicen ellos para despedirse).

Friday, December 4, 2009

Esta mañana

Siento no haber llevado mi cámara hoy. Desde hace unas semanas camino diariamente de Penn Station al Rockefeller Center, pasando por Times Square, esa “plaza del tiempo” que por la mañana parece una niña hacendosa y por la tarde una chica de cascos ligeros. Pues esta mañana, junto al puesto de policía había dos bicitaxis, y sobre cada uno de ellos habían colocado un número de plástico y madera, de unos siete pies de alto, lleno de bombillas como el espejo de una vedette. Eran el 1 y el 0. Evidentemente, eran los números que se iluminarán a las doce de la noche del 31 de diciembre para celebrar la llegada del Año Nuevo. (El año pasado me topé en la esquina de la calle 52 y la sexta avenida con dos domadores que bañaban, en plena vía pública, a sus tres elefantes antes del espectáculo navideño de Radio City Hall. ) Como el episodio de los elefantes, esta visión me pareció un buen augurio —y lo necesitaba. La mañana no había comenzado con aires tan festivos.

En el tren hacia Manahttan había estado leyendo un artículo de Suketu Mehta sobre la catástrofe de Bhopal, de la que se cumplen 25 años en estos días. Al bajarme en Penn Station vi dos soldados en camuflaje de desierto con metralletas en bandolera. Pensé en cómo se acostumbra uno al horror. Antes del 11 de septiembre de 2001, jamás vi un soldado en Penn Station ni en el resto de Manhattan. Sin embargo, la imagen se ha hecho tan común en estos años, que ahora tienen que pararse en los pasillos con metralletas al hombro para que me fije en ellos.

La esquizofrenia de esta temporada nos obliga a repicar campanas de duelo y bailar en la procesión al mismo tiempo. Esos números de candilejas y esas metralletas son la prueba de que esta ciudad se prepara para los fuegos de artificio de la fiesta y de la guerra, para la alegría y la desesperación. Esa dualidad se palpa en cada esquina. Manhattan tiene todos sus árboles empedrados de luces navideñas, mientras que los tenderos miran preocupados al público que pasa y sin comprar sus artilugios. La alegría está cercada por la preocupación del dinero escaso y el temor que a veces se huele en el aire como un vaho inmundo.

En cualquier otra ciudad esta simultaneidad del temor y la esperanza sería insoportable. En New York es sólo una entre tantas locuras cotidianas. Y uno se pregunta cómo hay gente que quiera vivir en un sitio que no sea este manicomio de rascacielos inundados de ratas y dinero mal habido.

Tuesday, November 10, 2009

Polanski: Misión imposible para Bernard-Henri Lévy

Hace unos días leí un artículo de Bernard-Henri Lévy en The Huffington Post. El texto me sorprendió por dos razones. Primero porque defendía al director de cine Roman Polanski en términos que se avendrían mejor para describir a San Francisco de Asís que a un violador y pedófilo. Y me sorprendió también por la torpeza y la deshonestidad con que estaba escrito, es decir, por decir mentiras y luego usarlas mal. No hubiese esperado que, teniendo que elegir entre la víctima y el victimario en la violación de una niña de 13 años, BHL decidiera defender al violador. Y menos me hubiese imaginado que fuera incapaz de hilvanar una defensa más creíble.

Dos días más tarde, el periódico El País de Madrid publicó el mismo artículo en español. Un novelista y un pintor, que forman parte de mi lista de amigos de Facebook (aunque no nos conocemos personalmente) colgaron el artículo de El País en sus páginas. Para mi sorpresa, el novelista lo calificó de “rotundo”.

Participé en el subsiguiente debate, ligero y difuso como suelen ser estos lances en Facebook. Entre otras cosas, un excelente músico participó brevemente en el mismo para llamarme “Savonarola” por el pecado imperdonable de no pensar como él. Y luego el pintor me conminó a responder a varios de los argumentos de BHL. Dije entonces, y repito ahora, que cada párrafo del artículo de BHL me parecía una falacia. Como sería demasiado largo describir y rebatir cada una de sus martingalas, me limitaré a comentar las que me “exigió” mi amigo de Facebook que rebatiera. Me imagino que esas fueron las que él encontró más convincentes. Veamos la primera…

Es vergonzoso que, en un país en el que —lo mismo que en Europa— se puede asesinar a una anciana, torturar al prójimo, mutilarlo..., sabiendo que el crimen —como todos los de sangre— prescribirá al cabo de 10 ó 15 años, todo el mundo haga como si este otro crimen, el de Polanski, conllevase una imprescriptibilidad de facto.*

Hay varios niveles de mentira en esta afirmación. Vayamos por pasos. En primer lugar, el asesinato de primer grado no tiene prescripción en ningún estado de los Estados Unidos. (Como le gusta decir a los americanos, BHL tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos.) Y hay otros delitos graves que no tienen prescripción, como el secuestro de primer grado. Basándose falsamente en esa primera mentira, dice entonces BHL que es vergonzoso que “todo el mundo haga como si este otro crimen, el de Polanski, conllevase una imprescriptibilidad de facto”. En realidad, el caso legal de Polanski no tiene ninguna relación con la prescripción de delitos.

La prescripción, como es sabido, es una tradición legal que establece que una persona no puede condenada por un delito si las autoridades no hacen una acusación formal y comienzan un proceso contra ella en determinado período (10, 15, 20 años). Esa tradición legal no parte del concepto, como parece implicar BHL sin decirlo, de que los delitos se deben perdonar después de unos años. La prescripción de delito tiene como objetivo garantizar los derechos del acusado y de la víctima. Si la fiscalía lo encausa a usted 15 años después de cometido el supuesto delito, podrían haberse perdido las pruebas o los testigos que probaría su inocencia. No habría manera de garantizar un juicio justo. Además de eso, en general, la aplicación de la prescripción de un delito requiere que el acusado continúe viviendo y trabajando en el estado y sea localizable. 

Como BHL debe saber perfectamente, Polanski fue formalmente acusado y procesado poco después de violar a Samantha Geimer. No hay ninguna posibilidad legal de aplicar el concepto de prescripción a un delito por el cual su ejecutor ha sido ya procesado y en el que la única razón de que no se haya cumplido la sentencia es que el criminal se encuentra prófugo de la justicia. BHL lo sabe (supongo), pero de todas formas miente confiando en la ignorancia de sus lectores. Desgraciadamente, parece tener más de dos o tres lectores ignorantes.

Es vergonzoso ver a los habituales del café de la esquina planetario, antiestadounidenses pavlovizados que nunca andan cortos de argumentos para fustigar a Estados Unidos sin ton ni son, perder repentinamente la voz, volverse mansos como corderos y, cuando se trata de él, de Polanski, repetir simplemente: "Ah, es que es Estados Unidos... y la ley estadounidense es la ley estadounidense... dura lex sed lex...".

BHL piensa que es vergonzoso que hasta los críticos más estridentes de Estados Unidos no reaccionen automáticamente en contra de una petición proveniente de ese país cuando se trata de un violador y un pedófilo reclamado por la justicia de California. Primero, habría que aclarar que un reclamo legal de un juez de California no es equiparable a un acto de política exterior de Estados Unidos. (Uno supondría que BHL sabe eso, ¿no?) Y habría que explicarle a BHL que hay muchas personas que son críticos implacables del gobierno estadounidense pero que al mismo tiempo tienen suficiente sentido ético como para no confundir sus preferencias políticas con la defensa de un violador de niñas. ¿Quién está actuando de una manera vergonzosa, el enemigo político de EE.UU. que pone a un lado sus preferencias ideológicas en este caso y exige que el pedófilo —famoso y millonario—, responda ante la ley como todo el mundo, o el filósofo —millonario y famoso— que defiende al pedófilo?

Además, ¿qué insinúa BHL con eso de que “ah, es que es Estados Unidos”? ¿En qué país es legal drogar y violar a una niña? Hay gente que piensa que expresar una idea estúpida acompañada de una cita latina hace que la idea mejore. No hay nada que permita pensar tal cosa, sin embargo.

Es vergonzoso ver cómo algunos intelectuales, cuyo papel debería consistir en rebajar la tensión y contener los arrebatos populares, siguen —como Michel Onfray en Libération— los pasos del rebaño de "ignorantes entusiastas" (Joyce) y se entregan, en nombre de la defensa de la infancia violentada, a las asociaciones más odiosas (nunca los oí denunciar con el mismo ardor la violencia sin límite que representa el martirio de los niños soldado en África, o el de los niños esclavos en Asia, o el de los cientos de millones de niños muertos de hambre —según estimaciones de la FAO— en los últimos... ¡32 años!).

La tontería precedente no merece respuesta, pero dado que se trata de BHL, voy a comentarla. Pues bien, resulta que BHL sabe cuál es el papel de los intelectuales (¿será francés el hombrín?). El papel de los intelectuales es contener el arrebato popular. Es decir, BHL y algunos otros intelectuales son inteligentes y mesurados, pero a la masa idiota hay que controlarla para que no se enardezca. Porque, claro está, los intelectuales son una clase de seres humanos especiales, con responsabilidades y derechos distintos a los del rebaño. Me imagino que esa es la verdadera razón por la que Polanski tiene derecho a violar niñas de 13 años y no pagar por su crimen como cualquier hijo de vecino.

Y después viene lo mejor. Los intelectuales que dicen que Polanski debe responder por su crimen ante la justicia no tienen derecho a hacerlo porque “no denunciaron con el mismo ardor” los problemas de los niños de África. Sospecho que BHL ha diseñado un ardentómetro y que con él compara el ardor con que un tipo denuncia la injusticia A y la injusticia B. Y si a BHL no le gusta el resultado (él sabe cuál es la injusticia que hay que condenar con más ardor), el denunciante queda descalificado. Y, por supuesto, nadie tiene derecho a estar malgastando su tiempo con el caso Polanski con tantos horrores como hay en África para denunciar.

Pero entonces, ¿por qué demonios se dedica BHL a denunciar la “injusticia” que le están haciendo a Polanski en lugar de preocuparse por los niños soldados de África? Su propia lógica indicaría que BHL debería dejar que a Polanski lo pongan en el primer avión que salga para La La Land y dedicarse a recorrer el África, donde no le faltarían nunca injusticias mucho más terribles y desoladoras que denunciar. Qué hipócrita, ¿no? Disculpe el lector, pero algunas de las razones de BHL son difíciles de comentar sin derivar al ensayo humorístico.

Y es que —para terminar— es vergonzoso que no sea posible, cuando se habla de esa vida, evocar la infancia en el gueto, la muerte de la madre en Auschwitz, la muerte de la joven esposa destripada junto al niño que esperaba, sin que los charlatanes de la nueva justicia popular clamen contra un supuesto chantaje. Cuando se trata del más abominable asesino en serie, la "cultura de la excusa" reinante no duda en echar mano de su infancia difícil, de una familia problemática, de los traumas... Pero Roman Polanski parece ser el único reo del mundo que no tiene derecho a ninguna circunstancia atenuante.

Este párrafo no es divertido, es terrible. La vida de Polanski ha sido visitada por el horror de una manera que la mayoría de los seres humanos no podemos siquiera imaginar en nuestras pesadillas. Haber nacido en Polonia en 1933, siendo judío, haber vivido (si es que se puede usar ese verbo en este caso) en el gueto de Varsovia, haber escapado, haber perdido a su madre y a otros miembros de la familia en el Holocausto, ¿cómo se podría calcular ese dolor? Y como si eso no fuera una cuota de sufrimiento absolutamente inhumana, haber perdido luego a su esposa, embarazada de ocho meses, en uno de los asesinatos más escalofriantes de la historia de los Estados Unidos. ¿Quién podría quedar indiferente ante esa historia?

Dice BHL que hay personas que piensan que esos hechos no deben ser considerados como atenuante a la hora de juzgar a Polanski. No he escuchado a nadie decir semejante cosa, pero me resisto a creer —a pesar de las otras mentiras que contiene el artículo de BHL— repito, me resisto a creer que un pensador judío pueda mentir y usar la memoria del Holocausto como moneda de cambio para defender la pedofilia. Prefiero pensar que sí, que hay gente tan desalmada que ha dicho que no debemos tomar en cuenta su historia personal a la hora de juzgarlo. Si fuera ese el caso, habría que denunciar a esos desalmados.

Ahora bien, una vez hecha la salvedad anterior, debo decir que este párrafo de BHL es también falaz. Más allá de la opinión de nadie sobre la pertinencia de los horrores de la biografía de Polanski a la hora de juzgarlo, lo cierto es que hay una sola persona responsable de que no se hayan podido usar esos atenuantes: Roman Polanski. Un abogado defensor no puede usar ningún atenuante si la persona juzgada está prófuga de la justicia. Los atenuantes se usan durante el juicio. Precisamente eso es lo que quieren las autoridades de California, que Polanski se presente y exponga sus razones.

En el orden personal, todo me predispone a favor de Polanski. Todo excepto que haya violado a una niña y que luego se haya dado a la fuga después de declararse culpable y de dar su palabra de presentarse a juicio. Preferiría disfrutar de Chinatown y Rosemary’s Baby, dos de mis películas preferidas, sin la sombra de este caso arruinándome la experiencia.

Y lo mismo digo de BHL, a quien siempre leo con interés. (El año pasado aburrí a mis amigos recomendándoles que leyeran el ensayo “The Task of the Jews”.) Admiro su lucidez y su agudeza. Pero la violación y la mentira son infames, aun cuando sean hombres brillantes quienes las practiquen.

*No he visto el artículo original en francés. En inglés dice “like all violent crimes”, expresión que no es un equivalente exacto de “como todos los de sangre”. Pero estoy comentando el artículo tal y como apareció en español. Quién sabe, a lo mejor los de El País tradujeron mejor el original francés que los traductores del The Huffington Post. El hecho de que El País exhiba a veces una prosa de cadalso no implica que sus traductores tengan que ser también malos.

Friday, October 30, 2009

Nota

Hace dos meses, una amiga me invitó a colaborar en un blog en inglés. Fue en la semana de la muerte de Michael Jackson, de modo que escribí un artículo en el que proponía una posible lectura de la tragedia y la ridiculez de su vida y de su muerte como imagen de la tragedia y la ridiculez de las nuestras. Por una razón u otra, el blog no ha "salido al aire". 

Los herederos de Michael Jackson, sin dudas con el propósito de honrar su infalible olfato comercial, esta semana han estrenado una película con la que pretenden exprimir hasta el último dólar que la nostalgia sea capaz de producir. Desearía, aunque me cuesta mucho creer, que "This Is It". Entre tanto, les dejo el articulito de marras, "Requiem in Five Slogans", que escribí en mi inglés crudo. 

Tersites Domilo