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Friday, February 20, 2026

La perestroika y la Iglesia en Cuba: recuerdos


A modo de introducción
El año pasado, Enrique del Risco me pidió que colaborara en un proyecto que estaba preparando: una colección de ensayos o memorias sobre los años de de la perestroika en Cuba. El resultado de ese esfuerzo es el libro El túnel al final de la luz: Los años cubanos de la perestroika, disponible en Amazon. Del Risco quería que escribiera sobre cómo se vivieron esos años en los predios del catolicismo cubano. Le dije que escribiría un texto autobiográfico, una colección de recuerdos, pues no tenía el tiempo necesario para escribir un ensayo histórico. 

El tema, en esencia, eran los años posteriores al Encuentro Eclesial Cubano (ENEC). Era imposible hablar del período de 1986 a 1991 de la Iglesia en Cuba sin explicar al lector la historia del ENEC. 

En estos días he leído varios artículos sobre aquel evento. Me pareció que mi capítulo del libro compilado por Del Risco podía dar una perspectiva sobre el ENEC que no he visto en los textos que he leído en estos días. Ojalá sea útil.


La experiencia cubana de la perestroika —en su versión católica— comenzó para mí con ocho años de antelación. El anuncio oficial lo escuché por la radio: lo hizo en latín un italiano de nombre griego: Pericle Felici. Era ya 17 de octubre de 1978 cuando oí al viejo cardenal romano decir en la Voz de América: «Annuntio vobis gaudium magnum; habemus papam». Y luego pronunció un nombre polaco: Karol Wojtyla.

Faltaban nueve meses para la victoria sandinista en Nicaragua. Antes, sin embargo, se celebraría la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla, 27 de enero al 13 de febrero de 1979). Muchos en la «izquierda católica» latinoamericana supusieron que la Conferencia de Puebla, que era la reunión más importante de la Iglesia en América Latina en más de una década, sería el momento en que la teología de la liberación ganaría carta de ciudadanía entre la jerarquía del continente. 

La figura más relevante de la Iglesia en Cuba en ese momento era el arzobispo de La Habana, monseñor Francisco Oves, un hombre lúcido y, al mismo tiempo, sacerdote ejemplar. Años antes, Oves había hecho una apuesta que a la larga acabaría con su estabilidad mental y su carrera eclesiástica: intentar una tregua entre el gobierno cubano y la Iglesia para amainar la represión y la discriminación contra los católicos a cambio de un tácito reconocimiento de legitimidad al poder omnímodo (omnívoro) de Fidel Castro

Mons. Oves

Monseñor Oves, se cuenta,1 tendría un papel importante en Puebla: como arzobispo de La Habana, era uno de los pocos participantes del evento que podía hablar sobre la experiencia de la Iglesia bajo el socialismo real(mente) totalitario. Presentar la tesis de que la Iglesia podía desarrollar su misión en un país comunista sería una pieza clave, desde la praxis, para los proyectos que de alguna manera soñaban los teólogos de la liberación, y que muy pronto se pondrían a prueba en Nicaragua. 

Pero la Conferencia de Puebla, que se había preparado bajo el pontificado de Pablo VI, tenía ahora como protagonista al recién elegido papa polaco. Y su discurso de apertura frenaría en seco la perspectiva que algunos tenían para el encuentro: «…corren hoy por muchas partes —el fenómeno no es nuevo— “relecturas” del Evangelio, resultado de especulaciones teóricas más bien que de auténtica meditación de la palabra de Dios y de un verdadero compromiso evangélico. Ellas causan confusión al apartarse de los criterios centrales de la fe de la Iglesia y se cae en la temeridad de comunicarlas, a manera de catequesis, a las comunidades cristianas». La primera parte de ese discurso es un arreglo de cuentas con la teología de la liberación y el acercamiento de la teología católica a la cosmovisión marxista.

Amigos cercanos de Oves me dirían después que este no leyó en Puebla el discurso que había preparado, y que el gobierno cubano, a su regreso a La Habana, lo trató como un traidor. Sea o no cierto ese relato, lo que sí recuerdo con nitidez —aunque tenía apenas quince años en esa época— es que el desequilibrio psicológico del arzobispo habanero se hacía ya evidente en sus erráticas decisiones en la diócesis habanera. A comienzos del año 1980 viajó a Roma y nunca regresaría a Cuba2.  Monseñor Pedro Meurice, arzobispo de Santiago de Cuba, sería nombrado administrador apostólico de La Habana en su ausencia. A Meurice le tocaría enfrentar el año terrible del Mariel y de los actos de repudio. Sus homilías de esa época fueron una denuncia constante de lo que sucedía. Ese mismo verano de 1980, el gobierno comunista de Polonia se vería forzado a reconocer oficialmente al sindicato Solidaridad en Polonia

Oves finalmente renunció a su cargo en febrero de 1981. Se cuenta que el Vaticano ofreció a Meurice el arzobispado de La Habana, y que este lo rechazó, pero no tengo idea de cuánto hay de cierto en esa leyenda. En noviembre de 1981, monseñor Jaime Ortega3 sería nombrado arzobispo de La Habana. Al mes siguiente, en Polonia, Jaruzelski impuso la ley marcial y prohibió el sindicato Solidaridad. Los soviéticos, mientras tanto, comenzaban a conocer las amarguras de la invasión a Afganistán, que había comenzado el 24 de diciembre de 1979.

Cuando se mira a la luz de cuatro décadas, la primera mitad de los ochenta parecen un interregno: para Cuba, ese que va desde el Mariel hasta el inicio del «proceso de rectificación de errores» en 1986, y a nivel internacional desde la prohibición de Solidaridad hasta el inicio oficial de la perestroika en 1986. Para la Iglesia en Cuba, el interregno va desde el nombramiento de Ortega como arzobispo de La Habana hasta el ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano), que se celebraría en 1986. Es en esos años en los que tiene lugar el proceso llamado Reflexión Eclesial Cubana (REC), una serie de encuentros, discusiones y propuestas a nivel de parroquias y diócesis como preparación al ENEC. Este sería el evento más importante de la Iglesia Católica en la Isla desde 1959. El Documento final del ENEC es un síntoma de ese interregno, y no de los años que vendrían después. 

Durante la primera mitad de 1985, formé parte de la comisión encargada de resumir las propuestas y preguntas recogidas en las reuniones parroquiales de la REC durante el año anterior. Ese resumen sería el documento de trabajo de la Asamblea Diocesana de La Habana, que se celebraría en junio de 1985 y sería el último paso de la REC antes del Encuentro Nacional. En esa comisión estuvimos Gustavo Andújar, Oswaldo Payá, Ofelia Acevedo y yo. En esos meses Oswaldo y Ofelia se harían novios. Por entonces tuve oportunidad de conversar con Payá durante muchas horas. Hay una conversación que recuerdo con particular nitidez. Comentábamos la dirección en que las autoridades eclesiásticas de la Isla querían llevar aquel proceso, los posibles frutos que aquel camino depararía. Oswaldo Payá pensaba que todo aquello era un error, que el comunismo no cambiaría nunca su naturaleza totalitaria ni antirreligiosa.

Oswaldo Payá

Todo eso lo había escuchado antes, pero no lo que me dijo después: que él estaba convencido de que el comunismo no era tan poderoso como aparentaba, y que era un deber ético combatirlo y hacer todo lo posible por acelerar su final en lugar de buscar arreglos que solo nos permitieran sobrevivir mendigando derechos bajo aquel régimen. Yo no lo sabía entonces, pero Payá me estaba explicando lo que él planeaba hacer con el resto de su vida.

En junio, en la asamblea diocesana de La Habana, propuse que la Iglesia animara y promoviera a los intelectuales y artistas católicos —muchas veces tratados como ciudadanos de segunda clase en Cuba— a crear centros de estudio, espacios de exposición y publicaciones auspiciadas por la Iglesia como manera de promover la reflexión y la creación artística entre los católicos cubanos.4  Monseñor Jaime Ortega pidió la palabra poco después para criticar mi propuesta. Dijo —y lo recuerdo nítidamente, aunque no tengo una transcripción de sus palabras— que lo que yo proponía era ilusorio y contraproducente, pues no era misión de la Iglesia crear un «Ministerio de Cultura paralelo» que pudiera hacer pensar a las autoridades civiles que queríamos organizar en Cuba un pariente cultural del sindicato paralelo polaco Solidaridad. 

Tenía yo entonces 21 años y me sorprendió que monseñor Ortega se molestara siquiera en contestarme. Al día siguiente, cuando se hizo la elección de los delegados al Encuentro Nacional, tuve la sorpresa de ser el candidato que más votos había recibido. Tras la sesión de las elecciones, estábamos en un grupo conversando con el arzobispo, y alguien le preguntó qué le parecía que yo hubiese recibido tantos votos. Ortega respondió que la gente generalmente no votaba por los candidatos más cualificados, sino por los que más hablaban. Fue entonces cuando me di cuenta cuánto le había incomodado mi propuesta.5

Una de las noches durante el evento, tras finalizar el programa, nos quedamos conversando hasta la madrugada Teresita María Geada, Dagoberto Valdés y yo. Hablábamos, por supuesto, de la situación en Cuba. Estábamos en un salón donde había unas ventanas de madera bastante deterioradas. Dagoberto me dijo: «Mira esa ventana, está cayéndose. Pero no basta decirle a la gente que la ventana es un desastre. Hay que presentarles un plan para sustituirla, explicarles que quieres instalar un vitral que llenará la sala de luz multicolor y que va a ser mucho mejor y más bello que esas ventanas añejas». Hace poco más de un año, cuando conversamos en Nueva York, Valdés me dijo algo que no sabía: aquella noche fue la primera vez que habló de la imagen del vitral como proyecto para Cuba. Esa palabra se convertiría años después en el título de su revista y el leitmotiv de toda su obra.

Dagoberto Valdés


En esos años, parte de la jerarquía creía ver un mejoramiento de las relaciones con el gobierno que no había que arruinar con ideas peregrinas. La posible luna de miel, por otra parte, tenía su precio. En el verano de 1985, por ejemplo, se celebraron en La Habana dos conferencias internacionales sobre la deuda externa. El gobierno cubano invitó a varios sacerdotes y laicos a participar en ellas, lo cual era, sin dudas, un gesto inusual. Uno de aquellos sacerdotes participantes declararía en el Noticiero de la TV cubana que Fidel Castro era «el nuevo Bolívar de América». Era quizás la primera vez que los cubanos veían a un sacerdote de la Isla en el noticiero en veinticinco años, y resultó que venía a anunciarles casi que Fidel Castro era el mesías.

El ENEC

El ENEC (17 al 23 de febrero de 1986) se celebró unos meses después de la publicación en Cuba del libro Fidel y la religión, de Frei Betto. El libro, más allá de las infinitas emanaciones del gobernante cubano sobre la religión, produjo un sentimiento de distensión entre los católicos. De pronto era lícito hablar de religión, de reconocer explícitamente esa dimensión del ser humano, pues Fidel Castro no solo se había dignado a hablar de ello, sino dedicaba un libro entero al asunto. 

El libro sirvió de colofón a aquel interregno al que me he referido antes y que fue el contexto en que se celebró el ENEC. El tono del Documento final es obviamente conciliatorio con el régimen. El documento declaraba, por ejemplo, que la Iglesia en Cuba «siente la necesidad de alegrarse con los logros alcanzados en el campo del progreso tanto personal como social» por el gobierno cubano. Y más adelante celebra «el progreso modesto y solidario para todos, y una vida austera y alegre, que piense más en los demás que en uno mismo». 

Una de las sesiones del ENEC en febrero de 1986. A la izquierda,
con barba y camisa azul, se puede ver al autor de estas páginas.
Acababa de cumplir 22 años.


Tres semanas después del evento, monseñor Ortega publicaría una carta pastoral sobre el ENEC en la afirmaba que «el cristiano no solo no es ajeno a las incidencias concretas de la vida económica, política y social, sino que, por su misma fe en Cristo, debe ser un participante activo en el esfuerzo por construir una sociedad siempre más justa y humana, un mundo donde los factores de conflicto se superen para alcanzar una paz cierta y estable, una civilización donde la verdad y el amor no sean meras palabras vacías».

Y el espaldarazo final estaría en la Instrucción pastoral de los obispos de Cuba con motivo de la promulgación del documento final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano, de mayo de 1986: «La fe en la encarnación impulsa a los cristianos militantes a buscar formas de presencia y de colaboración, sin faltar al respeto de la propia fe, en todas las actividades y organizaciones seculares, no confesionales, es decir que no exijan necesariamente ser ateo y abjurar de nuestros propios principios. Nos referimos a las organizaciones laborales, escolares, pioneriles, científicas, profesionales, campesinas, de defensa, culturales y deportivas…». 

El documento, incluso, invita a los católicos a sumarse al proceso de «rectificación de errores» cuando anima a dar «nuestro aporte cristiano al esfuerzo que están realizando nuestros gobernantes contra la corrupción, el desorden, el egoísmo, y por el desarrollo del hombre cubano, mediante las leyes, la escuela, la educación formal, los medios de comunicación social. No tenemos en Cuba, gracias a un tenaz esfuerzo de la obra revolucionaria, la miseria extrema, la discriminación por motivos raciales, el analfabetismo, la mendicidad; nadie muere en Cuba de hambre física o por falta de atención médica. Pero no podemos decir que estamos ya en el reino de Dios».

Resulta irónico que en el Documento final se analizara la manera en que los obispos de Cuba habían sido incapaces de captar en toda su magnitud y complejidad la Revolución de 1959, al tiempo que los obispos de 1986 proponían ahora aceptar —incluso comparándolo con el reino de Dios— un sistema ideológico que estaba a punto de implosionar. 

La realidad se encargaría de aclararlo todo. Dos días después de la conclusión del ENEC, Fidel Castro viajaría a la URSS para asistir al XXVII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en el que Gorbachov presentaría oficialmente las líneas maestras de la perestroika. El gobernante vitalicio regresaría de Moscú convencido de que, si bien no era prudente criticar públicamente a Gorbachov, la renovación que se iniciaba en la URSS era un peligro para su régimen.

Un año después, en la misa celebrada en la Catedral de La Habana para recordar el primer aniversario del ENEC, monseñor Ortega no parecía haber cambiado de opinión sobre la sociedad socialista, a pesar de lo que estaba sucediendo en Europa. Su homilía esa noche se parece a aquel discurso ignoto que monseñor Oves supuestamente preparó, pero nunca leyó en la Conferencia de Puebla en 1979. En febrero de 1987, dice Ortega: 

De otro lado, el ENEC ha hecho que los ojos de nuestros hermanos de Europa Occidental, de América del Norte y especialmente de América Latina se vuelvan atentos hacia la Iglesia Católica en Cuba: ¿Podrá de hecho la Iglesia en Cuba, o sea, podrán los católicos cubanos sostener en la vida de cada día las tesis de confianza, identidad y diálogo que por medio del ENEC anunciaron a un mundo que las recibía no sin sorpresa? 

Y al final de homilía responde esa pregunta con la frase que el gobierno cubano quería escuchar desde 1979: «La Iglesia Católica acepta que su misión puede llevarse a cabo en Cuba con su organización socialista». A estas alturas de la historia, la declaración resuena como un lastimoso anacronismo.

Los laicos, o al menos aquellos con los que yo conversaba y trabajaba en la diócesis habanera en aquellos años, andaban ya por otro camino. Hasta donde yo lo podía percibir, la reacción en la comunidad católica, como sucedió con muchos artistas e intelectuales en esa época, fue abrazar con entusiasmo y esperanzas los aires de cambio que ahora venían, para sorpresa de todos, de la Unión Soviética. 

En el ENEC hubo tres corrientes de pensamiento fácilmente identificables: quienes proponían con entusiasmo asumir la vida bajo el comunismo (una minoría exigua, en mi opinión), quienes rechazaban de plano esa posibilidad, y quienes, aún convencidos de la maldad radical del sistema, no veíamos otra salida que evitar el enfrentamiento directo contra él como estrategia de sobrevivencia. Dos años después, era difícil hallar un católico en La Habana que considerara aún válidas las propuestas «integracionistas» del ENEC. La perestroika envió el mensaje de que ni los comunistas soviéticos podían seguir pretendiendo que el sistema era viable, y eso acabó (aunque no para siempre) con la idea de que, siendo el socialismo una realidad permanente, la Iglesia debía adaptarse para sobrevivir en él.

En el verano de 1988, los funcionarios cubanos hicieron llegar al arzobispo de La Habana una invitación para que un joven católico viajara a Polonia como miembro de la Brigada Carlos Roloff6; Durante una reunión del equipo coordinador de la pastoral juvenil de La Habana, monseñor Ortega entró al salón donde estábamos y nos dijo que eligiéramos a alguien para que fuera a Polonia. Mis colegas me eligieron a mí. Fue un viaje absurdo y memorable a la vez, pero ese es otro cuento. Hay un detalle, sin embargo, que recuerdo ahora porque da la idea de la mezcla de miedo y esperanza que reinaba en esa época. 

Mi popularidad entre los organizadores y traductores polacos fue instantánea… gracias a la estulticia de los funcionarios cubanos. El primer día en Varsovia, nuestros anfitriones entregaron un puñado de eslotis como estipendio a cada visitante. En la lista que recibieron los atentos polacos se indicaba el nombre y la profesión de cada cubano. Junto a mi nombre aparecía, como ocupación laboral, «católico». Lo habían hecho, imagino, para identificarme como «poco confiable», pero los polacos enseguida quisieron saber cómo era posible que en Cuba uno recibiera un sueldo por ir a misa los domingos.

La conversación con una de las traductoras polacas interesadas en conocer los detalles de mi profesión pronto pasó a temas más sustanciales. La muchacha resultó ser anticomunista, con esa pureza y concentración que solo el anticomunismo polaco podía alcanzar. Nos hicimos amigos, por supuesto. 

Todas las actividades de la Brigada Roloff eran estrechamente supervisadas. El delegado de la Seguridad del Estado en la Brigada —un chico pequeño y rubio que parecía una versión caribeña del joven Putin— nos explicó que no debíamos ir solos a ninguna parte. Había una razón muy poderosa para ello, según él: Gorbachov estaba de visita en esos días en Polonia y los contrarrevolucionarios polacos podrían hacer atentados u otros actos terroristas. 

Una tarde, sin embargo, nuestros fieles guardianes nos dieron tres horas libres para ir de compras con nuestros escasos eslotis. Mi amiga traductora me invitó a saltarnos las compras para llevarme a conocer a unos amigos suyos: un grupo de jóvenes vestidos al estilo punk que hacían una revista contestaria llamada Libertad para el elefante o algo parecido. Pasamos dos horas deliciosas hablando pestes de Jaruzelski en particular y del comunismo en general. Al salir, ella y yo nos fuimos a tomar un té. 

La amable traductora escuchó mis comentarios seguramente eufóricos sobre la visita a sus amigos liberadores de elefantes, al hecho de que Gorbachov acababa de reconocer finalmente que el KGB había perpetrado la masacre de Katin,7 a las posibilidades que parecían abrirse… En algún momento, quizás hastiada de mi efervescencia panglosiana, me interrumpió: «Nada va a cambiar, no te hagas ilusiones. Fíjate en las fotos oficiales de Gorbachov: no se ve ningún trazo de su mancha en la frente. Esta gente no está dispuesta a dialogar con la realidad. Mientras no veas la mancha de Gorbachov en su foto oficial, nada habrá cambiado». 

Siete meses después comenzaría la mesa redonda entre Solidaridad y el gobierno polaco. El 4 de junio de 1989, Polonia pondría fin al régimen comunista con sus primeras elecciones libres, en las que resultó electo Tadeusz Mazowiecki, uno de los fundadores de Solidaridad. Había pasado menos de un año desde la conversación sobre los lunares de Gorbachov.

 

Wojtyla y Varela

En agosto de 1988 —un mes después de aquel té en Varsovia— los obispos cubanos viajaron a Roma para su visita ad limina.8 Durante un desayuno con el Papa, uno de los obispos cubanos se refirió a «nuestra situación irreversible». Juan Pablo II, sin esperar a tragar el bocado que tenía en ese momento en la boca, interrumpió al obispo con una palmada en la mesa: «¡No es irreversible!».9 Era la primera visita de los obispos a Roma desde el ENEC, y Juan Pablo II acababa de decirles que su axioma central era erróneo.

Tres semanas después, el 8 de septiembre, como haciendo eco a las palabras de Wojtyla, se fundaba en La Habana el Movimiento Cristiano Liberación (MCL), liderado por Oswaldo Payá Sardiñas. En su «acta de nacimiento», el MCL afirmaba, refiriéndose al marxismo: «A partir de esta ideología caduca y forzando nuestra idiosincrasia se ha impuesto un sistema que ha devenido en una involución de la sociedad, dañándola tanto en lo cultural y económico, como en lo moral, suprimiendo las bases del respeto a la dignidad humana». 

A partir de ese momento, Payá dejó de tener cargos en las estructuras de la Iglesia, a pesar de que toda su vida había sido un destacado líder laico. Monseñor Ortega parecía ver al MCL y a Oswaldo Payá como un fenómeno que torpedeaba sus intentos de mejorar las relaciones con el gobierno, incluso entre 1989 y 1994, cuando las críticas al poder por parte de los obispos y otros líderes católicos, e incluso del mismo Ortega, se harían progresivamente más radicales. 

El 20 noviembre de 1988 se celebró en La Habana una misa en conmemoración del bicentenario del padre Félix Varela. Monseñor Ortega, arzobispo de La Habana y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, fue el celebrante principal. Con él estaba en el altar monseñor Christophe Pierre,10 encargado de negocios de la Santa Sede en La Habana. La homilía la pronunció monseñor Carlos Manuel de Céspedes, vicario general de la diócesis de La Habana y secretario ejecutivo de la Conferencia de Obispos. 

Mons. De Céspedes

El contexto, evidentemente, no podía ser más oficial. Y fue en esa homilía donde Céspedes tácitamente informó a sus oyentes que las premisas del ENEC habían caducado dos años y medio después de publicarlas. Su homilía parecía escrita en un país muy diferente al de dos años atrás. Si en mayo de 1986 los obispos nos invitaban a participar en los actos pioneriles y los Domingos de la Defensa, ahora Céspedes decía:

No es fácil nuestro momento presente, y está preñado de ambigüedades, tanto con relación a su futuro inmediato como con relación al más remoto. (…) El aparente monolitismo sociopolítico no logra disimular tensiones, pluralismos actuales y potenciales, así como frustraciones cuyo signo más evidente y dramático me parece estar en el hecho de que un diez por ciento de nuestra población haya emigrado. (…) La falsedad, el disimulo, la apatía y la deshonestidad van permeando distintos sectores de la vida social. (…) Toda esta compleja problemática no se resuelve ignorándola, ni con la repetición de eslóganes, ni con las frases retóricas o la proposición de metas que algo significaron hace veinte años, pero que dicen poco a las nuevas generaciones y no mucho más a los que las aceptaron como válidas hace un par de decenios. 

La homilía de Céspedes suena más cercana a la proclama de fundación del MCL que antes cité que a las vaguedades dialogantes del Documento final del ENEC. Y era el reflejo de lo que pensaban muchos sacerdotes y laicos entonces. Por supuesto, el gobierno veía el nuevo tono adoptado por ciertos jerarcas católicos como un «destape» de sus eternos sentimientos «contrarrevolucionarios» o una inversión a futuro en caso de que el poder cambiara de manos. De cualquier forma, para los laicos que habíamos participado sin mucha esperanza en los esfuerzos de adaptación que el ENEC representaba, homilías como la de Céspedes aquella noche eran una señal de que la Iglesia estaba asumiendo los signos de los tiempos del modo que nos parecía más ético y más útil.

Oswaldo Payá y su MLC desarrollarían en los años siguientes una actividad opositora que es bien conocida. Ningún grupo disidente de esa época logró una expansión y un arraigo como el MLC, y el talento y el valor de Payá serían la esencia de ese esfuerzo. Dentro de las estructuras de la Iglesia, por otra parte, se iniciaron otros esfuerzos que fueron también inspirados —y posibilitados— por los aires reformistas de la época. Comento aquí los casos que conozco mejor, pero que no son de ninguna manera los únicos.

La idea de tener un espacio católico para intelectuales y artistas, que fuese tajantemente rechazada por monseñor Ortega en 1986, comenzó a cobrar vida en 1989. Por esa época, un grupo de amigos solíamos reunirnos los domingos en la noche en el apartamento que monseñor Carlos Manuel de Céspedes tenía en el Arzobispado de La Habana. Humberto Tirado —un joven católico de la parroquia de Reina, de quien había sido amigo desde que tenía 13 años—, y Juan Ernesto Montoro, —recién graduado de la Facultad de Filosofía, y de quien Humberto era amigo— asistíamos a aquellas tertulias dominicales. Allí hablamos con Céspedes11 sobre nuestra idea de hacer una revista, y recibimos su apoyo. Tirado, que gozaba de la confianza de monseñor Ortega,12 fue a presentar la idea al arzobispo, mientras Montoro, el único no católico del trío, invitaba a un grupo de profesores de la Facultad de Marxismo de la Universidad de La Habana a sumarse a la idea. Fue así como, tras muchos esfuerzos, se fundó en el otoño de 1990, en el Centro Arquidiocesano de Estudios, la revista Vivarium. Solía yo decir a mis amigos en esa época que la sigla de nuestro centro resumía mis esperanzas: CAE. Y el lema de la revista era la frase de Casiodoro: «En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros los saberes antiguos esperando tiempos mejores». 

Años después, cuando ya los fundadores nos habíamos ido de Cuba, la revista tendría también una pequeña editorial. Tirado fue el director de Vivarium, Montoro su jefe de redacción, y yo miembro del consejo de redacción. La revista Vivarium se centraba en temas más filosóficos y literarios que políticos. Eso no impidió que sus gestores y participantes recibieran de vez en cuando consejos y regaños de los insomnes centinelas de la patria. 

Fue Montoro quien invitó a sus profesores de Filosofía Marxista Lourdes Rensoli, Jorge Villate, Florinda Marón, Pedro Luis Sotolongo, y a profesores de otras cátedras como Ivette Fuentes de la Paz, a participar en la revista. Visto a la luz de cuatro décadas, me parece irónico y conmovedor que lo que yo había soñado como un órgano para publicar a intelectuales católicos fue también, y en buena medida, el refugio de un grupo de marxistas desesperados. Todos aquellos profesores tenían el talante de ser gente buena, inteligente y excepcionalmente culta. Había en todos ellos, sin embargo, una especie de trastorno por estrés postraumático, una angustia ontológica. Eran los náufragos de la perestroika: marxistas desencantados del evangelio que tenían que predicar en sus cátedras cada día. En el Centro de Estudios, creo, hallaron un oasis de libertad y camaradería lejos de los asfixiantes pasillos de la escuela de Filosofía Marxista de la Universidad de La Habana.

Otras iniciativas de esa época, mucho más fructíferas y conocidas, fueron animadas por Dagoberto Valdés en Pinar del Río, con el apoyo de un obispo ejemplar: monseñor José Ciro González. En 1991, Dagoberto Valdés organizaría la Primera Jornada Social, una reunión de líderes e intelectuales católicos celebrada en la casa de retiros de las Hermanas Salesianas en Peñalver. Por supuesto, el evento fue dedicado a diseccionar la situación de la Isla. Hay varios detalles de aquella reunión de fin de semana que recuerdo con particular claridad como, por ejemplo, cuando monseñor Manuel de Céspedes (hermano de Carlos Manuel), me rogó que quitara una frase de mi ponencia en la que decía que la mayor habilidad de los parlamentarios cubanos era «aplaudir como focas unánimes». El detalle me es útil, porque ya no recuerdo el resto de lo que dije allí, pero supongo, por la frase de marras, que mi análisis de la situación cubana era más bien crítico del gobierno. 

Oswaldo Payá no fue elegido para participar en la Jornada Social Católica por la jerarquía habanera. Sin embargo, Dagoberto Valdés, en su calidad de organizador del evento, nombró a Payá invitado especial, para animar una sesión de preguntas y respuestas sobre su labor política en la segunda noche del evento. Por supuesto, Payá seguía siendo un católico fiel que iba a misa cada domingo, pero no tenía cargos oficiales en la Iglesia. La velada con Oswaldo fue larga e interesante. Al otro día, monseñor Jaime Ortega acudió a Peñalver para la clausura de la jornada. En su plática a los participantes, dedicó varios minutos a aclarar que si Oswaldo Payá quería hacer política no debería involucrar en ello a la Iglesia. La incomodidad de Ortega al hablar sobre el tema era evidente.13

Tras aquella animada mañana, llegó la hora del almuerzo. Fui a recoger mi plato y, buscando donde sentarme, me acerqué a una mesa donde ya estaba instalado Payá, quien en ese momento, y en tono de sorna, le decía a alguien: «No te sientes a mi lado, que te comprometo». Alzó entonces la vista, me vio, se echó a reír y me dijo: «Ven, siéntate aquí, que tú no te salvas ya ni pidiendo la pena de muerte para Bush». Hacía tiempo que no veía a Payá, y pasé un rato memorable conversando con él. Sería la última vez que nos veríamos. Me fui de Cuba unos meses después, en septiembre de 1992.


Coda

En los años noventa, Payá seguiría su labor disidente hasta coronar ese milagro cívico que fue el Proyecto Varela. Dagoberto Valdés fundaría la revista Vitral y el Centro de Formación Cívica y Religiosa de Pinar del Río, la iniciativa social más relevante de la comunidad católica de Cuba desde 1959.

Durante los primeros años noventa, la Iglesia se convertiría en el refugio de muchísimos otros náufragos del experimento socialista. Su labor humanitaria —repartiendo ayuda que llegaba de organizaciones católicas europeas y norteamericanas fundamentalmente— y su liderazgo espiritual la harían cobrar una relevancia inimaginable dos décadas antes. Ese período culmina con el mensaje de los obispos El amor todo lo espera, publicado el 8 de septiembre de 1993. 

Con los sucesos del maleconazo en 1994 y la elevación de monseñor Jaime Ortega al cardenalato, pensé, como muchos, que el papel de la Iglesia en Cuba iría en aumento. Los años siguientes no cumplirían esas expectativas. En las dos décadas siguientes, el papel del cardenal Ortega como representante máximo de la Iglesia en la Isla cobraría más importancia, pero en un sentido que iba más por el entendimiento con el régimen que había sobrevivido a la perestroika, la caída del Muro y el período especial, que como una encarnación de las ansias de buena parte del pueblo católico y cubano en general. 

La obra extraordinaria desarrollada por Dagoberto Valdés desde Pinar del Río sería defenestrada menos de un año después del retiro de monseñor José Ciro González en 2006. Dagoberto Valdés reinició su proyecto de manera independiente a partir de ese momento, y continúa hoy con la revista Convivencia. La Iglesia, contra viento y marea, ha mantenido su labor de asistencia humanitaria, pero su relevancia como actor social prácticamente ha desaparecido. 

Oswaldo Payá participaría en las próximas ediciones de la Semana Católica (nombre que adoptó después el evento), siempre como invitado especial de la comisión organizadora, presidida por Dagoberto Valdés. Tras la destrucción del Centro de Formación Cívica de Pinar del Río, la intervención de la revista Vitral y el cese de Dagoberto Valdés como iniciador, cerebro y alma de las jornadas, la organización de la próxima edición, celebrada en 2016, pasó a manos de los nuevos líderes laicos que dirigían ahora en La Habana la revista Espacio Laical, con el apoyo del cardenal Ortega.

Roberto Veiga González y Lenier González Mederos, director y vicedirector de la revista respectivamente, decidieron o recibieron la orden de no invitar a Dagoberto Valdés ni a Oswaldo Payá al evento. El economista Carmelo Mesa Lago pidió que fueran admitidos al menos para escuchar su ponencia. La respuesta que recibió fue que el gobierno no vería con buenos ojos la presencia de los dos laicos más renombrados del país en aquel evento católico. 

Tras la renuncia de Jaime Ortega en abril de 2016, la jerarquía católica de la Isla entraría en un largo período de silencio y anonimato. Quizás era la cura de reposo que necesitaba tras los largos años de protagonismo de Ortega.

En los últimos años, han sido curas y monjas los que han tenido un papel más visible en defensa del vapuleado pueblo cubano, como ocurrió en las protestas del 11 de julio de 2021. Menos de dos meses después de aquellas históricas protestas, el Granma publicó en primera plana y por dos días consecutivos noticias relacionadas con la Iglesia Católica. El jueves 9 de septiembre de 2021, la noticia de primera plana fue un mensaje del papa Francisco a los cubanos en el que no se hacía referencia a las protestas ni a la represión que siguió a estas. Al otro día, otra vez en primera plana, Granma mostraba la foto del cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston y miembro del comité de siete cardenales asesores del Papa, junto a Díaz Canel y al nuncio del Vaticano. 

En un momento en que varios líderes internacionales habían pospuesto o suspendido visitas a La Habana por la represión desatada en el país, Granma presentaba la visita de O’Malley, por supuesto, como un espaldarazo al régimen. En la foto estaba notoriamente ausente el cardenal García, lo cual iba contra el protocolo habitual de la Iglesia, que prescribe que el obispo del lugar debería acompañar al cardenal visitante en sus principales reuniones en la Isla. Ojalá que esa ausencia fuese el símbolo de dignidad y esperanza que algunos vimos en ella.


Notas


  1 Muchos de los recuerdos a los que aludo en estas páginas recogen el ambiente, las conversaciones y las opiniones que circulaban en los medios católicos de La Habana en los años ochenta. Así los presento. No tengo evidencia documental de muchos de estos hechos, y dudo que la haya. En cada caso indico el nivel de confianza que tengo en la anécdota. Lo que presento al lector son mis recuerdos personales de esa época, no una historia en el sentido académico.

2 Oves viviría en Roma hasta 1982, cuando decidió establecerse en El Paso, Texas. Fue vicario de la pastoral hispana de esa diócesis. Murió allí en 1990 a los 62 años. Se dice que en sus últimos años se dedicó a escribir una historia de la Iglesia en Cuba, pero sus herederos no hallaron rastro de ella tras su muerte.

3 Me refiero aquí al arzobispo Jaime Ortega como «Mons. Ortega», que es la manera habitual de nombrar a los obispos y arzobispos católicos. Monseñor Ortega no sería nombrado cardenal hasta noviembre de 1994.  

  4 La redacción de mi propuesta la hice la noche antes, con la ayuda de mi amigo el padre José Conrado Rodríguez Alegre, con quien había conversado largamente del tema.  

  5 Cuento esta anécdota porque es ilustrativa y porque uno recuerda mejor las experiencias personales, por supuesto, no porque crea que mi participación en la asamblea fuese particularmente significativa. Allí estaban, por ejemplo, personas como Oswaldo Payá, el Dr. Santiago Cárdenas (cofundador del Movimiento Cristiano Liberación junto a Payá) o Julián Rigau, quien tendría una larga carrera en la disidencia cubana. Esos laicos —y otros— presentarían una constante resistencia a los esfuerzos de la línea «oficial» del proceso eclesial, que iba por caminos más acomodaticios.  

  6 La Brigada Carlos Roloff era un programa de intercambio entre Cuba y Polonia: cada dos años, unos 150 jóvenes polacos viajaban a Cuba, mientras que otros tantos cubanos viajaban a Polonia, para visitar el país durante un mes. Resultaba sorprendente, por supuesto, que el gobierno cubano invitara a un joven católico a participar en un grupo de «jóvenes destacados» para visitar Polonia.  

  7 Masacre de Katin. Asesinato de al menos 21 768 oficiales del ejército, policías, intelectuales y otros civiles polacos, perpetrados por la policía secreta soviética (NKVD), dirigida por Lavrenti Beria, entre abril y mayo de 1940, tras la invasión soviética de Polonia de 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial.  

  8 Visita que realizan los obispos al Vaticano cada cinco años para informar al Papa sobre la situación de su iglesia local.  

  9 Conozco esta anécdota de segunda mano. Uno de los obispos se la contó a la persona de la que años después la escuché, a quien creo incapaz de haberla inventado.  

  10 Pierre tendría después una brillante carrera diplomática. Hoy es cardenal y nuncio del Papa en Estados Unidos. Sus recuerdos cubanos, sin embargo, son imperecederos: cuando lo entrevisté para un periódico católico a su llegada a Estados Unidos hace cinco años, le dije que era cubano e inmediatamente comenzó a hablarme en español, imitando intencionalmente el peor acento habanero.  

  11 Tanto Tirado como yo éramos amigos de monseñor De Céspedes de toda la vida, como solía suceder entre los miembros de la reducida comunidad católica en Cuba. Montoro se haría amigo de él en esos meses.  

  12 Conocí a monseñor Jaime Ortega en 1979, cuando él era obispo de Pinar del Río y yo tenía 15 años. Durante mis años habaneros, monseñor Ortega fue cercano y atento, y en repetidas ocasiones me recibió en su despacho y pasamos horas conversando. Pero él era más cercano y tenía mayor confianza en Tirado.  

  13 Un par de semanas después, el evento provocaría una arenga de Carlos Aldana en Granma, en la cual el zar ideológico del momento arremetió contra la Jornada Social, acusándola de ser una reunión de «las partes blandas de nuestra sociedad».



Thursday, November 22, 2018

Presentación de Leve historia de Cuba



Una de esas cosas por las que uno da gracias hoy: Anoche en NYU dije las palabras de presentación del libro Leve historia de Cuba, de Enrique del Risco y Francisco García. En mi presentación traté de responder la pregunta obvia: ¿Por qué debería uno leer esta Leve historia de Cuba? Aquí está mi respuesta.


Leve historia de Cuba


En su libro San Cristóbal de La Habana, publicado en 1920, Joseph Hergesheimer dice: “En La Habana las iglesias no eran ricas en tradición ni belleza, y los conventos de antaño habían sido convertidos en almacenes. En fin, no era una ciudad avasallada por su historia”.

Lo que dice Hergesheimer de las iglesias y conventos podría decirse también hoy. Su referencia a la historia, de repetirse ahora, sería más una burla que un piropo. 
Hablar de la levedad de la historia de Cuba setenta años después de Hergesheimer, en La Habana dura de los noventa, era una provocación.

El libro de Enrique del Risco y Francisco García, Leve historia de Cuba, escrito en esos años, aunque no se publicaría por primera vez hasta 2007, parece hoy más fresco y relevante que en los años del Maleconazo.

La “levedad” que los autores endilgan a la historia en el título es, de alguna manera, “otredad”. Anuncian que van a contar otra historia de Cuba. ¿Otra en contraposición a cuál? ¿Cuál es la “pesada” historia de Cuba a la que el título haría referencia?
La historia de un país, la que se enseña en las escuelas, es siempre una leyenda áurea regurgitada por el poder, una manipulación de los hechos para que sirvan como justificación de sus antojos pasajeros.
La historia oficial es como un cuento de niños narrado con la voz engolada del gobierno. Cuanto más omnímodo y largo sea el gobierno, más engolada será su voz, más arcaicos sus ceremoniales, más almidonadas sus guayaberas totémicas, más ridículas se volverán sus liturgias. 

Hay un punto en que la omnipresencia y la duración de ciertos poderes hace inútil rebatirlos seriamente. Tomarlos en serio sería ya una concesión. Hay que recurrir al sarcasmo para mostrar su ridiculez.

Sin embargo, aunque esta Leve historia de Cuba tiene un componente irónico, no es la ironía lo que la hace más relevante hoy que cuando se escribió.

Leve historia de Cuba es, entre otras cosas, el re-cuento de los pasajes clave de la historia de siempre, aquella que nos hacían tragar con la leche en polvo. Unas veces la narración se teje a partir de supuestas “fuentes primarias”, fragmentos en que los autores imitan el estilo literario, la voz de los protagonistas para contar lo que ellos nunca tuvieron tiempo de contar… o contaron y luego fue suprimido, como las páginas perdidas del Diario de Martí, que están aquí recobradas del fuego, para explicarnos en detalle qué se dijo y que pasó en la reunión de La Mejorana.

La recreación no es reverente en el sentido oficioso, pero sí rigurosa en los datos y en el estilo narrativo. No es reverente, pero es en el fondo más respetuosa que la historia oficial.

Cada uno de esos fragmentos es, en sí mismo, el desmontaje del mito. El mito en el sentido de la manipulación del poder —el manoseo de los mandantes; esa alquimia por la que el poder convierte a los personajes históricos en figurines útiles, y cada hecho histórico en una justificación del capricho que tendrán mañana a media tarde. 

***

Tenía hace años un buen amigo uruguayo que detestaba a los evangelistas de la televisión. Solía decirme que cuando a un televangelista lo sorprendían con la secretaria o le descubrían que se había robado un millón de dólares de la comunidad, siempre habría después un discurso lacrimoso de arrepentimiento y promesa de absoluta enmienda. “Ese sermón no es tan divertido”, me decía mi amigo. “El que uno no se puede perder es el que dará el evangelista cuando lo sorprendan con la segunda secretaria o el segundo millón robado”.

Y eso es lo que hace relevante este libro hoy. Nuestros televangelistas tropicales, después de haber manoseado y amoldado la historia patria a su gusto por varias décadas, han descubierto que el figurín que moldearon necesita ser continuamente reajustado para que no pierda su utilidad a la hora de justificar sus nuevos y recurrentes caprichos vespertinos. 

Decir que Céspedes al liberar los esclavos era un precursor de la Ofensiva Revolucionaria, por ejemplo, requiere cierta dosis de imaginación. Ahora, pararse medio siglo después y explicar que el discurso de La Demajagua no profetizaba en realidad la Ofensiva Revolucionaria sino, digamos, el alquiler de médicos o jonroneros como sirvientes por contrato, es una hazaña retórica mucho más encomiable. Es como el segundo sermón del televangelista. 

Leve historia de Cuba nos describe cómo funciona el mecanismo original de ese manoseo que ahora ha alcanzado, para decirlo el términos leninistas, su fase superior.
Hay otra razón por la que la relectura de Leve historia de Cuba más iluminadora hoy que cuando fue escrita.

En el imaginario del gobierno cubano de los últimos sesenta años, el poder siempre se ha identificado con cualquier cosa del pasado que consideraran buena. Y han profesado la noción improbable de que todos los “buenos” de la historia aprobarían cada tontería que se les ocurriera a ellos decir o hacer. Y que también darían su visto bueno cuando mañana se les ocurriera hacer lo contrario.

De ahí que el gran timonel de la Ofensiva Revolucionaria —que estatizó los carritos de algodón de azúcar y las quincallerías— dijera ese mismo año de 1968, refiriéndose a Céspedes y compañía, aquello de que “Nosotros entonces hubiéramos sido como ellos; ellos hoy hubieran sido como nosotros”. 

Leve historia de Cuba, establece una serie de paralelos más interesantes y convincentes para hallar a los verdaderos “gemelos”. Y los gemelos son los hombres que ejercen el poder como si fuera su sistema respiratorio. La relación del poder con la historia, o con su adaptación continua, será en realidad lo único en lo que “nosotros hubiéramos sido como ellos”, no importa si se trata de fusilar filibusteros o ahorcar vegueros o perseguir cimarrones.

Hay otro detalle que le da a este libro una extraña frescura. En los últimos años hemos visto en ciertas universidades una especia de renacimiento puritano. No es religioso, por supuesto, pero es puritano. Su puritanismo se basa en la convicción de que han llegado a un estado de nitidez moral absoluto que les permite juzgar cada generación anterior de manera implacable, inapelable.

Esa extraña creencia no es tan sorprendente para quienes crecimos leímos manuales de marxismo desde la secundaria. Podíamos juzgar nosotros, “pertrechados de una ideología científica”, cualquier hecho, cualquier personaje histórico, y descubrirle sus pecadillos retrógrados o, como decían nuestros maestros, “sus limitaciones burguesas”.

Leve historia de Cuba nos presenta una lectura inversa. Mira el presente desde cada momento anterior de la historia de Cuba y nos muestra por qué los protagonistas de antaño podrían mirar con desprecio a quienes descubrieron luego la alquimia del gobierno eterno. 

A ratos, Leve historia de Cuba parece una carta desesperada desde el presente a los personajes de la pesada historia nuestra de los últimos cinco siglos. Una advertencia quizás, o una disculpa.

Nuestras vidas han estado avasalladas por esa historia cuyo peso Joseph Hergesheimer no sentía al caminar en 1920 por la calle Obispo. "La Habana”, dice  él arrobado, “era por el momento, y en un sentido muy profundo, la capital del mundo”. Leve historia de Cuba es quizás la explicación de cómo esa frase, que en 1920 era solo una exageración, se convirtió con el tiempo en un chiste.

Nueva York, 21 de noviembre de 2018

Friday, May 4, 2018

De la costumbre de tener por musa a un policía


[Texto leído en presentación de la antología El compañero que me atiende, de Enrique del Risco, en la Universidad de Nueva York el 4 de mayo de 2018.]


En el año del Señor de 1486, Pico della Mirandola escribe el Discurso sobre la dignidad del hombre, o “el manifiesto del Renacimiento”, como se ha dado en llamar. Al año siguiente, en 1487, dibuja Leonardo su Hombre de Vitruvio o Estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano. Cualquier historiador de las ideas diría que “el espíritu del Renacimiento flotaba sobre las aguas”. Esas aguas a las que se echaría en Moguer cinco años más tarde “el genovés de los ojos obstinados”.

El optimismo tiende siempre a las generalizaciones “leibnizianas”. El diablo, sin embargo, está en los detalles, como dicen los anglosajones.

En aquel mismo año de 1487, por ejemplo, los monjes dominicos Heinrich Kramer, inquisidor del Tirol, Salzburgo, Bohemia y Moravia, y Jacobus Sprenger, inquisidor extraordinario para las provincias de Maguncia, Tréveris y Colina, publican el Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas, un manual destinado a ayudar a sus colegas inquisidores en la ardua labor de buscar, descubrir y procesar, interrogar y torturar herejes. Dice el Malleus:

Hay que responder que aun hoy existen muchos que se equivocan en grande en este sentido, que excusan a las brujas y cargan toda la culpa sobre las artes del demonio, o atribuyen los cambios que aquéllas provocan a alguna alteración natural. Estos errores pueden aclararse con facilidad, primero, por la descripción de las brujas que San Isidoro ofrece en su Etimologice, cap. 9: "Las brujas se llaman así debido a lo negro de su culpa, es decir, que sus actos son más malignos que los de cualquier otro malhechor". Y continúa: "Agitan y confunden los elementos con la ayuda del diablo, y crean terribles tormentas de granizo y tempestades". Más aun, dice que confunden la mente de los hombres, que los empujan a la locura, a un odio insano y a desmesurados apetitos.


Y esa confusión, que los demonios traman sin descanso, y ese desvelo de los inquisidores por disiparla, son los mismos de los que se ocupa Enrique del Risco en su prólogo de El compañero que me atiende:

Lo que intento explicar acá es la condición profundamente paternalista de cualquier régimen totalitario, su dedicación profunda a hacer felices a todos los seres humanos, aunque no lo quieran. De ahí que, una vez superada la dura etapa de la lucha de clases en general, la policía secreta, al acercarse a los elementos sospechosos de alguna deslealtad, insistieran en su bondad intrínseca achacando sus desvaríos a simple y pura confusión. Explica que racionalizaran sus acciones como un intento de redimir a sus investigados, devolverlos a su natural condición de pureza. Incluso en el caso de que hubiese que castigarlos.

El optimismo, otra vez, podría hacernos pensar que, después de tanto batallar contra la confusión, las brujas y los herejes habrían sido confinados ya al infierno o al basurero de la historia, según el gusto de cada cual. Y cuando digo “después de tanto de batallar”, el lector es libre de pensar en el año que prefiera, sea 1497 o 1959, como el del inicio de esa batalla.

Gracias a Dios, tengo la sana costumbre de leer el Granma cada mañana, un acto siempre iluminador. Hoy por ejemplo, cuando pensaba en lo que iba a decir esta noche, abrí la página cultural de Granma y esta era la noticia que la encabezaba:

Nada hará perder la fe de los artistas en nuestro proceso social, defensor del arte y la cultura

Con el propósito de rechazar «cualquier intento de entorpecer o manipular la gestión institucional y los proyectos de artistas de Cuba y otros países que están en marcha de cara a la XIII Bienal de La Habana», la Presidencia de la Uneac y la Dirección de la Asociación Hermanos Saíz emitieron ayer una Declaración en la que se expone la absoluta negativa a que se desvirtúe el esperado suceso de las artes plásticas en la Isla.

El texto denuncia «la autotitulada Bienal 00, que se enmascara detrás de una fraseología demagógica y cínica, y se organiza con fondos de la contrarrevolución mercenaria, cuyo único propósito es descaracterizar al sistema institucional, confundir a los artistas y crear un clima propicio para promover los intereses de los enemigos de la nación y de la obra revolucionaria que ha gestado e impulsado la Bienal de La Habana y muchos otros eventos de gran arraigo popular».

[…] ningún comentario malintencionado ni tergiversación de la política cultural cubana como tampoco patraña alguna, elaborada por personas sin escrúpulos, «hará perder la fe de los artistas en un proceso social que ha defendido el arte y la cultura como una de las más nobles proezas».


La confusión —que pone en peligro la fe— y de la que hablan el Malleus, el prólogo de El compañero y el artículo de Granma, supone tres personajes, como el teatro bufo cubano. En lugar del negrito, el gallego y la mulata, tenemos en este caso al hereje o contrarrevolucionario que siembra la confusión, el creyente o artista que se deja confundir, y el inquisidor o insomne centinela de la patria que nos libera de sus confusiones heréticas.

El compañero que me atiende es la memoria, escrita a muchas manos, a muchas voces, de esa ingeniería del alma que, con paciencia y solicitud paternal, ejercen los dueños de la verdad para sacar de la niebla de las dudas a sus compatriotas confundidos.

La antología que Enrique del Risco ha arrebañado me recuerda la anécdota de San Agustín y el niño ángel que intentaba meter el océano en un hoyo que había cavado en la arena. Porque aunque esta antología tiene 478 páginas, parece ser una estratagema de niño ángel. Él mismo lo reconoce en el prólogo cuando dice: “Lo que intenta este libro es recopilar una mínima parte de las aportaciones cubanas a un subgénero anunciado ya por Kafka desde las primeras páginas de su inconclusa novela El proceso.”

“Mínima”, añadiría yo, porque las aportaciones se pueden hallar también en cuentos y novelas y poemas y obras de teatro que nada [explícitamente] tienen que ver con este tema. La santificante influencia de los órganos está también en las películas, las declaraciones de los deportistas, los libros de colorear, los anuncios de permutas y los carteles políticos, en las respuestas que dan los niños en las pruebas de historia, las conversaciones por teléfono, las consultas con el santero, las cartas oficiales, los mensajes de correo electrónico, las canciones de los trovadores y los raperos, la sudorosa promiscuidad de las guaguas, las notas que dejan los devotos a los pies de la Virgen del Cobre, las declaraciones de amor, las conversaciones con el mecánico de ventiladores, las homilías dominicales, y lo que susurran las hojas de los árboles mecidas por los vientos de cuaresma.

Pero a la misma vez, esa presencia minuciosa y trascendente, se va haciendo parte de la vida cotidiana hasta confundirse con ella; o más bien, emponzoña la vida diaria hasta un grado en que ya no podemos sentir más el olor a azufre que su alquimia rinde. Este libro es eso, es el intento de hacer que no se nos olviden ni el hedor ni la asfixia.

Escribir los detalles de esa alquimia es a la vez una venganza y un exorcismo. Hay una anécdota que cuenta Anna Ajmátova y que quisiera recordarles esta noche aunque todos ustedes se la sepan de memoria. Dice la poetisa en Requiem:

En los terribles años de Yezhov hice cola
Durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado.
Una vez alguien me reconoció. Entonces
Una mujer que estaba detrás de mí, con los labios
Azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre,
Despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras
Y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):
—¿Y usted puede describir esto?
Y yo dije:
—Puedo.
Entonces algo como una sonrisa resbaló
en aquello que una vez había sido su rostro.

Se nos ha repetido que “los vencedores escriben la historia”. La anécdota que cuenta Anna Ajmátova supone una relectura del viejo dicho. A su luz podríamos decir que la derrota es el destino de quienes no escriben su historia. Al escuchar la respuesta de Ajmátova —puedo— aquella otra mujer, adherida de frío y de miedo, sonríe, porque sabe que de alguna manera ha vencido. Ha vencido, en medio de su espanto, y gracias a un poema todavía invisible de Anna Ajmátiva, al compañero que la atiende. Y de eso se trata.

Muchas gracias.