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Sunday, March 1, 2015

Kluivert Roa o la importancia de saber elegir a tus asesinos

Kluivert Roa 
Kluivert Roa era un chico venezolano de 14 años de edad. Vivía en San Cristóbal, en el estado de Táchira. La semana pasada, el martes 24 de febrero, salió de la escuela y en las calles se encontró con una manifestación que habían organizado los estudiantes de la Universidad Católica del Táchira contra el gobierno. Tuvo la mala suerte de toparse con un miembro de la Policía Nacional Bolivariana. El policía sacó su pistola y le disparó a quemarropa y a la cabeza. La bala le hizo añicos el cráneo. Su cerebro saltó en pedazos, como confetti, rociando la calle con su masa encefálica. Kluivert Roa tenía catorce años y acababa de salir de la escuela, iba camino a su casa.

Si Nicolás Maduro fuera un tipo de derechas, ya Silvio Rodríguez habría escrito una canción al niño asesinado por las 'sanguinarias hordas' de Maduro; la cancillería cubana habría sacado un mensaje de condena al 'gobierno fascistoide' de Venezuela; mis amigos de Facebook de simpatías zurdas habrían cambiado la foto del perfil por la de Kluivert Roa para mostrar su repulsa moral ante el crimen; en la Plaza de la Revolución probablemente habrían puesto una inmensa foto ("gingatografía" dicen en La Habana) de Kluivert Roa, con un letrero rojo también inmenso que dijera "¡Asesinos!".

Pero Kluivert Roa era un chico con mala suerte, evidentemente. Maduro no es de derechas; y por lo tanto a Silvio Rodríguez no lo va a conmover el hecho de que el cerebro de Kluivert Roa saltara en mil pedazos y salpicara una calle de San Cristóbal; ni le importa a la cancillería de Cuba ni a la de Bolivia ni a la de Ecuador; ni pondrán su foto inmensa en las plazas ni habrá un letrero que llame asesinos a sus asesinos. Porque a nadie le conmueve que el cerebro de un niño de catorce años salpique una calle de una ciudad cualquiera; a nadie, ni de un bando ni del otro... a menos que se pueda aprovechar para beneficio propio.

Tuesday, April 5, 2011

Stalin en Facebook

El otro día en la mañana, al entrar en Facebook, por alguna razón me di cuenta de que un amigo, que "postea" regularmente, hacía más de dos semanas que no colgaba nada en el muro. ¿Estaría enfermo? ¿Deprimido? ¿Se le había roto la computadora y se había quedado inválido al mismo tiempo? ¿Habría ido a visitar a la familia en Cuba? ¿Estaría preso? 

Al día siguiente me di cuenta de lo que había sucedido realmente. Hace tres semanas, un día que había colgado como doce cosas distintas, decidí borrarlo de mi muro. Así de simple. Me imagino que es lo que hace todo el mundo. Llega el momento en que uno dice, "¿Y quién demonios se cree este tipo que es?", y lo borra del muro.

El asunto me hizo recordar una tierna anécdota de Stalin. (Casi todas las anécdotas de Stalin son tiernas.) Cuenta Nikita Kruschov en sus memorias (Khrushchev Remembers, Little, Brown and Company, 1974), que en los últimos años de su vida, Stalin invitaba casi todas las noches a los miembros del Politburó a cenar en su dacha de Kuntsevo. (Como las ofertas de Vito Corleone, esas invitaciones no se podían rechazar.) 

A las cenas seguían largas veladas de vodka y conversación que a veces terminaban en grotescas escenas donde los líderes del proletariado mundial competían a ver quién podía disparar los pedos más olorosos o Stalin ordenaba al porcino Kruschov que bailara un jopak para burlarse de él. Nikita se daba cuenta de lo humillante de la situación pero, como él mismo dice en las memorias, “cuando Stalin te dice que bailes el jopak, tú bailas el jopak”.

But I digress...  Nikita dice que, cuando no le daba por soltar pedos o hacerlo bailar, Stalin podía ser un borracho melancólico. Se ponía a hablar de los tiempos de la Guerra Civil, de su exilio en Siberia... De vez en cuando, les preguntaba: "¿Y qué fue de Fulanovich? Hace años que no lo veo..." Muchas veces el Fulanovich en cuestión había sido fusilado por órdenes de Stalin. (Es una de las desventajas de asesinar a veinte millones de personas, que uno no puede acordarse después de a quién mató y a quién no.) El asunto era sumamente embarozoso para los presentes. Alguien tenía al fin que decirle: "Iosif Vissarianovich, a Fulanovich lo fusilaron en el 37 por ser espía británico."

Bueno, uno en Facebook se vuelve un Stalin virtual. En lugar de borrar a la gente de la historia poniéndolas contra un muro para fusilarlas, lo que hace es borrarlas del muro. Al que molesta mucho se le declara "enemigo del pueblo" y se le destierra a esa Siberia  que se llama "Hide All By". Y aprietas el botoncito y se acabó. Y dos semanas, o dos años después, se pregunta uno como Stalin, "¿Y qué habrá sido de Fulanovich que ya no cuelga nada en el muro?"

Y uno se va dando cuenta de que en la vida real, ésa que está fuera de Facebook, también es así. Llega el momento en que todas las amistades son una carga, además de una bendición. Y cuando la carga supera las bendiciones... ¡a Siberia!

Nos creemos mejores que Stalin porque sólo desterramos a la gente en Facebook, o porque sólo dejamos de contestarles el teléfono cuando molestan demasiado. Quién sabe de qué seríamos capaces si tuviéramos el poder absoluto del zar comunista. Si algo me ha enseñado Facebook es que somos pequeños Stalin a los que sólo nos falta tener a nuestras órdenes a los esbirros del KGB. Lo único que nos salva es nuestra mediocridad.

Notificación: Los lectores que hagan comentarios discrepantes sobre este post serán declarados enemigos del pueblo. Y sin son amigos míos en Facebook...

Wednesday, May 26, 2010

El vergonzoso oficio del blogger

El mayor mérito de Facebook es haber ofrecido a los borrachos una nueva manera de hacer el ridículo. El borracho entra en Facebook a las dos de la mañana, escribe tres idioteces, se va a la cama y al otro día al depertar se entera de que le ha dicho al mundo entero que sus cantantes preferidos son los hermanitos del Dúo Pimpinela o que cuando se afeita el bigote se deja el pedazo del medio hasta el final porque le gusta ver su rostro en el espejo con el bigotito de Hitler.

Por su parte, el mayor mérito de los blogs o las bitácoras o como se llamen esos engendros, es ofrecer a un ejército de imbéciles la posibilidad de anunciar al mundo su egolatría. Un blogger es un tipo al que le falta talento o disciplina para escribir nada serio, pero que al mismo tiempo carece de la humildad o el valor necesarios para aceptarlo. El blogger es un cobarde con delirio de grandeza.

Al principio el tipo se convence a sí mismo de que sólo se trata de una "blogedera", un chiste. Le da un poco de vergüenza decir a sus amigos que ahora se dedica a perder el tiempo en una faena tan inútil, que desatiende a su familia para escribir sus llantenes de genio incomprendido. Pero no tarda mucho en perder el recato. El blogger entonces se llena de entusiasmo y lo mismo escribe una nota sobre la Guide to Kulchur de Ezra Pound que sobre el concurso de perros del Westminster Kennel Club o las marchas de las Damas de Blanco. El tipo, que antes leía el periódico por puro placer, ahora lo escrutiña en busca de "temas". Lo mismo pasa con las conversaciones con los amigos, los correos electrónicos de la noviecitas de la adolescencia, las guerras de rapiña, los viajes familiares, las crisis económicas o la muerte prematura de un tío sifilítico. La vida se le convierte en "materia prima" para su blog. "Todo va a dar a un libro", se decía antes, pero ahora ya sabemos a dónde va a parar todo.

El blogger es cheo, pero quiere ser un tipo cool. Los moralistas dicen que lo peor del Internet es la pornografía, los precavidos dicen que es el robo de identidad, pero tanto unos como otros se equivocan. Lo peor de todo es esa masa de escritores de bazofia, que nos aburren a diario porque son incapaces de aceptar su insignificancia con un mínimo de dignidad.

Los pobres amigos son los que tienen que sufrir el onanismo intelectual del idiota. Si te encuentras con un blogger, lo llamas por teléfono o, peor aún, le escribes un email, te espanta la puñetera pregunta: "Oye, ¿viste lo que colgué anoche?" Y uno se siente obligado a decirle a este Sancho que se cree Cervantes que sí, que lo leyó tres veces, que "qué bueno te quedó eso, brother". Uno trata de cambiar el tema de conversación, pero ni modo. Al blogger solo le interesa hablar de su último post. Cuando uno no ve otra salida, le dice: "Socio, tú de veras tienes talento, deberías estar escribiendo un libro". Hay que ver la cara de monaguillo con roquete nuevo que pone el blogger cuando le dicen eso. Y es esa carita de satisfacción angelical la que le sugiere a uno la idea de darle una buena patada en el culo para que deje de machacarnos los sesos con sus babosadas de niño sin abuela.

Si admiro a los gobiernos de Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y de algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), es porque tratan a los bloggers como se merecen. Los ingenuos acusan a esos gobiernos de reprimir la libertad de expresión. Yo celebro su sabiduría, el celo con que defienden el buen uso de la sintaxis, sus esfuerzos contra la pérdida de tiempo. Porque, ¿qué cosa es un blog sino una suma de oraciones cojas y ratos perdidos? En esa loable represión profiláctica de los que piensan que tienen algo que expresar quizás esté la calve de la armonía y la prosperidad. No en balde Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), gozan de la paz social y la prosperidad económica que tanto les envidian los países del Primer Mundo, idiotizados como están por la proliferación de los malditos blogs, las bitácoras o como quiera que se llamen esos engendros.

Yo le he advertido a mi familia que si alguna vez me da por escribir un blog será la señal inequívoca de que ha llegado el momento de comenzar a darme las medicinas contra la demencia senil. Es algo que jamás haría en mi sano juicio.