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Saturday, June 30, 2012

Cubanerías

Anuncio comercial cubano de 1908
Mientras yo escribo la gente aplaude a los músicos que después de la retreta tocan danzones y otras cubanerías por el estilo. 
Diario de soldado
Fermín Valdés Domínguez


La ignorancia también tiene su premio. (Todo en la vida tiene su premio, menos trabajar.) Un buen día alguien te recomienda un libro de un autor del que nunca habías oído hablar (porque uno practica más la pereza que la lectura), y lo lees y te gusta, y piensas con ilusión que hay otros cinco libros del tipo que no has leído. Pero es mejor cuando te pasa con un país del que nunca habías oído hablar, porque cabe la posibilidad de que haya más de cinco libros. Y eso es lo que me ha pasado.

Un par de amigos me han estado hablando de Cuba, o de ese país que se llamaba Cuba y que en el siglo XIX quedaba en el Caribe y estaba tratando de decidir si quería ser colonia española, finca americana o república bananera (sin gracia pero sin amo). Contra todos los pronósticos, resulta que era un país interesante. Ya sé que lo saben, por supuesto, pero yo lo acabo de descubrir. Y estoy más intrigado que un boliviano que prueba por primera vez agua salada. 


De modo que llevo varias semanas leyendo (lo que se puede leer en el viaje al trabajo) algunos libros de la segunda mitad del XIX y principios de la república. Como se sabe, la historia que se enseña en la escuela tiene dos propósitos: "acomodar" los hechos del pasado a la ideología oficial del momento, y hacer que la historia del país parezca tan aburrida que nadie se interese en seguir leyendo. Todos los gobiernos hacen eso, pero los gobiernos totalitarios lo hacen con mucho más "talento".


Y luego se entera uno de que con Esteban Bellán —primer latino en las Grandes Ligas y "padre del beisbol cubano"— no se podía hablar más que de pelota y de faldas, que los próceres del 68 dejaban a la esposa en casa y se iban a la manigua con las queridas, que Juan Gualberto Gómez y Rafael Montoro eran duelistas consumados, que el 10 de octubre no fue el primer "grito" de independencia, que la esposa del Apóstol "era un plomo", que Máximo Gómez y Estrada Palma se declararon anexionistas en una cena en New York en 1899, que en 1890 Luisa "la Polla" deleitaba al público habanero con el baile del papalote en el teatro Cervantes (solo para caballeros), que en Cuba, a diferencia de otros países, el sable de duelo se podía afilar por el filo y el contrafilo, que la Constitución de Guáimaro no fue la primera, que la primera "peña" beisbolera del Parque Central data del siglo XIX, y que nuestro primer feminista fue el anexionista más convencido e ilustrado que ha tenido Cuba. Y confieso que todas esas son "noticias frescas" para mí.


Llevo casi un mes sin colgar nada en este blog a causa de problemas estomacales. (Y por "problemas estomacales" quiero decir que he estado dedicado a tareas encaminadas a llenar el estómago propio y el de los otros habitantes de esta casa.) Pero si el tiempo y el estómago lo permiten, comentaré en próximos posts esas lecturas recientes. Y volveré al tema de "la reconciliación", aunque sea "un plomo", como dicen las malas lenguas que fue doña Carmen Zayas Bazán, a quien Dios tenga en la gloria.



Monday, March 5, 2012

El efímero fervor de José Martí: de vuelta al Hotel Griffou


Martí. Óleo sobre tela. Jorge Báez, 1984
Mientras escribía el post anterior (Hotel Griffou, 1884: El insoportable aroma en las axilas cuartelarias del Generalísimo), hallé otros detalles que quizás puedan interesar al lector. Veamos...

1. Esa hospedería de mambises ensimismados, libertos literarios y escritores liberales, [1] tuvo para Martí —y para Cuba— una importancia mayor de la que suele dársele en nuestra historia escolar (que es casi toda la historia que tenemos). Porque el desencuentro de Martí con Gómez y Maceo —llamémoslo el affaire Griffou—, se presenta generalmente despojado de su conexto. Ese contexto lo he ido hallando a retazos en diversos rincones del Internet, en libros y revistas, durante las últimas tres semanas. Quizás el texto más iluminador que he desandado sea la conferencia que el general y doctor Eusebio Hernández diera en La Habana el 
27 de abril de 1913 con el título de "El período revolucionario de 1879 a 1895", y que se publicó en julio 1914 en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias. Recomiendo encarecidamente su lectura a cualquier persona interesada en la historia del affaire Griffou o en la historia de Cuba en general.


2. El 20 de julio de 1882, dos años y tres meses [2] antes de la conversación en el Griffou, Martí escribe dos cartas que envía con Flor Crombet. La primera está dirigida a Máximo Gómez, y comienza explicándole al General por qué no ha escuchado nunca el nombre de Martí: "El aborrecimiento en que tengo las palabras que no van acompañadas de actos, y el miedo de parecer un agitador vulgar, habrán hecho sin duda, que Vd. ignore el nombre de quien con placer y afecto le escribe esta carta." La segunda es para Antonio Maceo. Martí no pierde tiempo en abordar el problema racial, en un tono curiosamente didáctico, y termina su carta para Maceo de la misma manera que comienza la de Gómez: aclarando que el destinatario nunca ha oído hablar de él: "Tal vez, por mi odio a la publicidad inútil, ignore Vd. quien escribe esta carta. Flor Crombet se lo dirá. Y yo le digo que se la escribe un hombre que sabe cuanto Vd. vale, y lo tiene en tanto."

3. Martí achaca a su humildad el hecho de que los dos jefes no lo conozcan. (Se necesita muy buena prosa para alardear así de ser humilde sin hacer el ridículo.) Sin dudas hubiese sido más incómodo para él decir que no lo conocen porque no ha participado en las dos guerras recientes —en la que sus dos corresponsales han echado buena parte de sus vidas. 
La carta a Maceo es de menos vuelo, menos compleja que la de Gómez. Por el tono de ambas, escritas el mismo día, el lector se lleva la impresión de que Martí considera a Maceo un hombre más elemental que Gómez. La vida no le alcanzaría a Martí para borrar las consecuencias de ese malentendido inicial. 

Izquierda: Hotel Griffou, 1954, en Ámbito de Martí. Derecha: Foto actual (Tersites Domilo)

4. Maceo y Gómez llegan a New York el miércoles 1 de octubre de 1884. En el muelle los esperan Eusebio Hernández y Flor Crombet, viejos conocidos de la Guerra de los Diez Años, amigos de Martí también y hospedados desde hace días en el Hotel Griffou, que en esos días era una especie de cuartel general mambí. Dice Eusebio Hernández en la conferencia que ya mencioné: "En New York nos hospedamos en la calle 9 núm. 21, Este, [3] Hotel de familia de Mme. Griffou de Muro, en donde habían parado casi todos los insurrectos de la revolución del 68, huéspedes de New York, desde Bembeta hasta Antonio Maceo." De modo que no eran Gómez y Maceo los únicos mambises que se hospedaron en esa ocasión en el Griffou, ni sería esa la única ocasión en que el hotel se llenara de cubanos, tema que trataré en otros posts. Jorge Mañach, por su parte, afirma en Martí, el apóstol, lo siguiente: "El cuarto del hotel de familia de madame Griffou, donde Crombet y Hernández se alojaron, no se vaciaba de humo de tabaco prieto, ni de frases encendidas."


5. Diversos testimonios indican que Martí se encuentra con Gómez y Maceo el 2 de octubre. 
Nunca se habían visto antes. ¿Se habrán conocido entonces en el Hotel Griffou? Es probable. Ese día, el 2 de octubre de 1884, Gómez y Maceo eran para los cubanos de la diáspora dos héroes homéricos. Martí, por el contrario, no es más que un joven abogado que ha tenido escasa labor conspirativa en la isla, y que hace sólo un año ha comenzado a adquirir cierto liderazgo entre los cubanos de New York. 

6. No sería extraño que Martí hubiese idealizado a los dos héroes de una guerra en la que él no participó. Conocer a Gómez y a Maceo personalmente pudo haber sido una desilusión: es lo que suele suceder cuando uno conoce finalmente a las personas que idolatra desde lejos
. Pero el hecho esencial es este: el discurso que dioel 10 de octubre de 1884 —cuyo texto parece no haber perdurado— tuvo que ser un momento clave para Martí. Ese mismo día había renunciado a su cargo de cónsul de Uruguay en Nueva York para dedicarse a la causa de Cuba sin restricciones. Por primera vez este "recién llegado" hablaba ante los líderes del 68. Que diez días después ese mismo admirador emplazara a sus héroes en una carta como la del 20 de octubre, revela mucho más acerca de Martí de lo que nos puede sugerir ese texto aislado de sus circunstancias.
Izquierda: Hotel Griffou, 1899. Derecha: Foto actual (Tersites Domilo)
7. De ese contexto seguiré hablando en el próximo post. Creo que la carta de Martí a Gómez —escrita el día en que se cumplían dieciséis año del "estreno" del himno de Bayamo—, sería razón suficiente para hacer del 20 de octubre el "Día de la Cultura Cubana". Vuelva el lector a ambos textos —el himno y la carta— y hágase la pregunta: ¿Cuál de los dos expresa mejor nuestro talante, nuestros dones y limitaciones? 

Continuará...


1 No se trata de una enumeración ociosa. De esos "mambises ensimismados" trata este post. Habrá otros para describir a los "
libertos literarios" y a los "escritores liberales". 
2 En la famosa carta a Gómez del 20 de octubre de 1884, Martí se refiere a esta carta como escrita "hace tres años", pero debe ser un olvido: en realidad, hacía sólo dos años y tres meses que la había escrito.
3 En realidad es "Oeste". El error se repite en casi todos los textos de la historiografía cubana sobre estos hechos.

Thursday, February 23, 2012

Hotel Griffou, 1884: El insoportable aroma en las axilas cuartelarias del Generalísimo

Hotel Griffou, hacia 1900-1905
A principios de febrero, una colega me comentó que había asistido a una cena martiana en el restaurante Hotel Griffou, en el #21 oeste de la calle 9 del bajo Manhattan. El restaurante, me dijo, lleva el nombre de la antigua pensión que existía en ese lugar en el siglo XIX, y en la que Martí se había entrevistado con Gómez y Maceo. No recordaba ese hotel o pensión, de modo que esa noche, picado de curiosidad, revisé mi ejemplar de Ámbito de Martí, el libro de Guillermo de Zéndegui, publicado en 1954. Efectivamente, allí estaba, con foto y todo, el susodicho hotel. (La foto de la derecha es anterior a la del libro de Zéndegui, pero habrá otro post para explicar esos detalles.)

Busqué entonces en Internet y descubrí dos artículos sobre el restaurante, ambos con referencias al antiguo Hotel Griffou, que le da nombre. Uno fue publicado en el periódico The New York Observer el 7 de julio de 2009, (Griffou’s Wilde Past, de Jean Nathan
), y otro en el blog Penúltimos Días cuatro meses más tarde, el 6 de noviembre de 2009 (En el Hotel Griffou, del novelista cubano José Manuel Prieto).

Varios detalles de ambos artículos me llamaron la atención por diversas razones. Buscando respuestas a las preguntas que tenía sobre ambos, hallé varios datos curiosos que comentaré en este y otros posts. Aquí va el primero. 


En su artículo en Penúltimos Días, Prieto afirma lo siguiente sobre el Hotel Griffou:

En una de sus habitaciones se dio la famosa discusión entre Gómez y Martí sobre un tema que a pesar de los muchos años transcurridos nada ha perdido en urgencia. Hablaron los dos hombres, el avezado general y el joven Martí (31 años ese día) sobre la división de mando político y civil. La discusión ocurrió, consignan los libros de texto, “mientras Gómez se aseaba”. No sabemos si este detalle pudo haber ofendido particularmente a Martí. Que Gómez se aseara en su presencia. O bien que hablara con él a través de la puerta entornada del baño, que hiciera sus abluciones a la vista de Martí… El airado tono de su célebre carta: “No se funda, general…” ¿habrá tenido algo que ver con ciertos modales de campaña que Martí descubrió en Gómez? No sé, no podemos saberlo.

Me sorprendió la frase sobre el aseo de Gómez en presencia de Martí
. Jamás había escuchado ese detalle que, según Prieto, 'consignan los libros de textos'. La tesis esencial del sugerente artículo de Prieto es que esa puerta, entornada según él, pudo haber sido la causa original de que Martí, once años después (Prieto dice 'catorce años antes', pero debe ser un lapsus mentis: entre 1884 y 1895 hay sólo once años), desobedeciera a Gómez en Dos Ríos y pagara con la vida su imprudencia. Es como si la suerte misma de nuestra república hubiese girado sobre las enmohecidas bisagras de la puerta de un baño del Hotel Griffou.

Me dediqué a buscar la fuente de donde procedían los detalles que menciona Prieto. Leí la famosa carta de Martí a Gómez, escrita dos días después del encuentro. Leí también la desgarradora carta de Martí a Manuel Mercado sobre el encontronazo con Gómez, así como otros textos donde hace referencia a lo sucedido en el Hotel Griffou: la carta rimada a 
Enrique Estrázulas, la carta a Francisco Domínguez y José Alfonso Lucena, la carta a Enrique Trujillo, el director de El Avisador Cubano, la carta 'a los cubanos de Nueva York' (23 de junio de 1885)*. En ninguno de esos textos Martí describía el detalle que, según Prieto, podría haber sido el catalizador del conflicto. 

No hallé nada que Antonio Maceo hubiese escrito al respecto. (Maceo estuvo presente en la huracanada conversación de ese día.) 
Luego leí la nota que escribió Máximo Gómez sobre los hechos pocos días después de ocurridos. Gómez sí describe en detalle lo sucedido en su hotel. Veamos:
En estos días de fatigosa espera seguía Martí visitándome, y como era natural, hablando siempre del mismo modo y con igual calor de nuestro plan revolucionario. Ya notaba yo que él se permitía hacerme muchas indicaciones inusitadas que no tenían razón de ser, y que no correspondía hacerlas al que se le confía la dirección de un asunto —mas yo con blandura lo contenía en los límites que he creído que él puede llegar, para no perjudicarnos dejando el mando de la nave a muchos capitanes, hasta que haciendo caso omiso del Gral. A. Maceo, que era el jefe designado para la comisión, me dijo que (sus palabras textuales) "al llegar a México y según el resultado de la comisión..." —yo no lo dejé concluir, con tono áspero— (mis palabras textuales) "vea, Martí, limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás el Gral. Maceo hará lo que deba hacerse", nada más dije, y me contestó tratando de satisfacer mi indicación, apenas le oí, un criado me avisó de un baño que hacía días pensaba darme, —no había podido ser así por no tener lugar—, y aprovechando el momento, dejé a Martí con el Gral. Maceo, presente siempre en nuestras conversaciones. Durante mi momentánea ausencia, no sé lo que dicho Gral. habló con Martí, pero se deduce por el sentido de la carta. Cuando yo regresé, aún encontré al señor Martí en mi cuarto; a poco se despidió de mí de un modo afable y cortés. Solos yo y el Gral. Maceo, me dijo este, "este hombre, Gral., va disgustado con nosotros". Tal vez, le contesté yo, y no hablamos más una palabra.
Como es evidente, hay diferencias irreconciliables entre el relato de Máximo Gómez y el artículo de Prieto. La nota de Gómez menciona la presencia de Maceo, dice claramente que él (Gómez) no podía escuchar la conversación de Martí con Maceo mientras se aseaba, y que había salido del cuarto para ir al baño. Era común en las hospederías de fines del siglo XIX en New York que el baño fuera compartido y estuviera fuera de las habitaciones, y el texto de Gómez sugiere que así era el el Griffou. En el artículo de Prieto, por el contrario, Gómez y Martí conversan a través de la entornada puerta del baño mientras el primero hace sus abluciones. La imagen es chocante, por supuesto, y en ella basa Prieto su tesis. ¿Habrá hallado Prieto un documento que contradiga la versión de Gómez? En ese caso, sería extraño que no explique su hallazgo.

La nota de Gómez que cito ha sido parte de la historiografía cubana desde hace al menos ochenta años. Se halla reproducida en libros como Papeles de Martí: Archivo de Gonzalo de Quesada, (Imprenta "El Siglo XX", A. Muñiz y Hno., 1933), Antonio Maceo: apuntes para una historia de su vida, de José Luciano Franco (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989) o en Destinatario José Martí, de Luis García Pascual (Editorial Abril, La Habana, 2005).


¿Habrá descubierto alguien que Gómez mintió en esa nota? He fatigado los rincones virtuales del Internet sin hallar ninguna referencia que pusiera en duda el relato de Gómez. Eusebio Leal, en un extenso ensayo sobre la figura de Maceo, hace referencia al incidente en concordancia con el relato de Gómez, y sin ponerlo en duda. Hay también un excelente ensayo de Carlos Ripoll sobre el tema, escrito a raíz del descubrimiento de tres cartas inéditas sobre la famosa polémica. Dos de las cartas son de Maceo, la otra es de Gómez. Ripoll —un reconocido experto en temas martianos— tampoco hace ninguna alusión a nada que contradiga la descripción de Gómez.

Máximo Gómez y su familia, 1904. (Milwaukee Public Museum)
¿Cuáles son entonces esos 'libros de texto' donde Prieto halló una versión de los hechos distinta a la de Máximo Gómez? ¿Será acaso que escribió el artículo confiando en la memoria y esta le jugó una mala pasada? (Se me ocurre porque Prieto también conjetura que Martí "se marchó, estoy seguro de ello, dando un portazo. O bien educadamente." Sin embargo, Gómez afirma claramente que Martí "se despidió de [él] de un modo afable y cortés".) 

En fin, de todo esto, a mí lo que más me llama la atención es la frase de Gómez sobre ese "
baño que hacía días pensaba darme". ¿Cuántos días habrá estado el Generalísimo absteniéndose de agua y jabón? ¿Cuál sería entonces el olor de sus invictas axilas aquella mañana del sábado 20 de octubre de 1884? ¿Habrá sido ese aroma insoportable el que enfureció a Martí y decidió a la larga el destino de Cuba?

En subsiguientes posts comentaré otros detalles de ese texto, así como del artículo publicado en The New York Observer. He hallado un par de cosas interesantes relacionadas con el Hotel Griffou. 


*Quien desee leer todos los documentos que menciono puede visitar La página de José Martí, excelente sitio web donde se hallan muchos documentos organizados temáticamente.

Friday, January 27, 2012

Del rencor: Traducción de dos poemas de la Spoon River Anthology

Ángel. Central Park, NY. Foto: Tersites Domilo
De tanto en tanto cuelgo aquí mis traducciones de poemas de la Spoon River Anthology, el libro de Edgar Lee Master. Hoy les ofrezco mi traducción de dos poemas que se leen mejor juntos, pues son inseparables como un matrimonio mal llevado.

La Spoon River Anthology es una colección de 245 poemas breves (más dos textos extensos al final) que se presentan al lector como epitafios de los difuntos que yacen en el cementerio de Spoon River (un pueblo ficticio del Midwest). En esos epitafios, los difuntos comentan sus vidas, sus destinos. El tema de los dos poemas que les propongo hoy no requiere de mucho comentario: un hombre y una mujer nos presentan sus ideas encontradas sobre la vida que compartieron como esposos. Solo recuerdo al lector un par de datos interesantes sobre el poema de la Sra. Pantier. 

La "Oda" que menciona la Sra. Pantier con admiración es el poema titulado "Ode. Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood", de William Wordsworth (1770–1850), que el lector curioso puede leer pulsando en el título. El verso ramplón que, según la Sra. Pantier, repite constantemente su marido, proviene del poema "Mortality", del poeta escocés 
William Knox (1789-1825). La contraposición de los títulos de los poemas (Inmortality / Mortality), aunque no se mencionen en el poema de Lee Masters, es transparente. Hay otra saeta oculta. Es dato conocido que el texto de William Knox era el poema preferido del presidente Lincoln. Quince años después de la publicación de la Spoon River Anthology, Edgar Lee Masters escribiría la biografía Lincoln: The Man, una obra cuya teoría central es que Lincoln fue un farsante y un presidente nefasto. Esa necesidad de zaherirlo desde quince años antes por sus dudosos gustos literarios sugiere un rencor persistente por parte de mi admirado Edgar Lee Masters. 

Como de costumbre, pongo primero mis traducciones y luego los textos originales. Aquí tienen, además, una lista de enlaces a los otros poemas de la Spoon River Anthology que he traducido antes para este blog. Espero que los disfruten.

[Poemas de la Spoon River Anthology que he traducido y colgado aquí anteriormente: Hare DrummerFrank DrummerHarry WilmansWalter SimmonsCassius HuefferLucinda Matlock]



Benjamin Pantier 

Juntos en esta fosa yacen Benjamin Pantier, el abogado,
Y Nig, su perro, su inseparable compañero, solaz y amigo.
Por la calle gris, amigos, hijos, hombres y mujeres,
Pasaron y salieron uno a uno de mi vida, hasta dejarme solo
Con Nig como compañero de alcoba, camarada de tragos.
En el albor de la vida, conocí la ambición y vi la gloria.
Después ella, que me sobrevive, me atrapó el alma
En un cepo, me fue desangrando,
Hasta que yo, antes infatigable, quedé derrotado, indiferente,
Viviendo con Nig en un cuartucho, detrás de una lúgrube oficina.
Bajo mi mandíbula se acurruca el huesudo hocico de Nig:
Nuestra historia se pierde en el silencio.
                                                   ¡Sigue tu camino, mundo necio!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



La Sra. Pantier

Sé bien que él dijo que atrapé su alma
En un cepo, que lo fui desangrando hasta morir.
Todos los hombres lo querían,
Y muchas mujeres se apiadaban de él.
Pero supón que eres toda una dama, de gustos refinados,
Y detestas el hedor del whiskey y las cebollas.
Y que los versos de la Oda de Wordsworth rondan tus oídos,
Mientras él, del alba hasta la noche, se la pasa
Repitiendo fragmentos de ese poemita ramplón;
“¿De qué te enorgulleces, sabiéndote mortal?”
Y luego, supón que eres
Una mujer de sobrados encantos,
Y que el único hombre con quien la ley y la moral
Te permiten tener comercio marital
Es ese mismo hombre que te repugna
Cada vez que piensas en eso… y sin embargo lo piensas
Cada vez que lo ves.
Fue por eso que lo hice marcharse de la casa
Y que fuera a vivir con su perro a un lúgrube cuartucho
Detrás de su oficina.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916  


 
Benjamin Pantier 

TOGETHER in this grave lie Benjamin Pantier, attorney at law,
And Nig, his dog, constant companion, solace and friend.
Down the gray road, friends, children, men and women,
Passing one by one out of life, left me till I was alone
With Nig for partner, bed-fellow, comrade in drink.
In the morning of life I knew aspiration and saw glory.
Then she, who survives me, snared my soul
With a snare which bled me to death,
Till I, once strong of will, lay broken, indifferent,
Living with Nig in a room back of a dingy office.
Under my jaw-bone is snuggled the bony nose of Nig—
Our story is lost in silence. Go by, mad world!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



Mrs. Benjamin Pantier

I KNOW that he told that I snared his soul 
With a snare which bled him to death.
And all the men loved him,
And most of the women pitied him.
But suppose you are really a lady, and have delicate tastes,
And loathe the smell of whiskey and onions.
And the rhythm of Wordsworth’s “Ode” runs in your ears,
While he goes about from morning till night
Repeating bits of that common thing;
“Oh, why should the spirit of mortal be proud?”      
And then, suppose:
You are a woman well endowed,
And the only man with whom the law and morality
Permit you to have the marital relation
Is the very man that fills you with disgust
Every time you think of it—while you think of it
Every time you see him?
That’s why I drove him away from home
To live with his dog in a dingy room
Back of his office.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 


Friday, December 23, 2011

Traducción del poema "Lucinda Matlock", de Edgar Lee Masters

Sin título. Óleo sobre lienzo. Jorge Báez, 1974
Tengo cuatro comentarios, no relacionados entre sí, sobre esta traducción:

1. No es raro pensar que somos los hijos envilecidos de una mujer espléndida como Lucinda Matlock, que supo llevar la casa y cuidar de los enfermos, sonreír y parir, hilar almuerzos y tejer esperanzas... Quienes visitan este blog saben que de vez en cuando traduzco algún poema de ese libro de extraña fascinación que escribiera Edgar Lee Masters: Spoon River Anthology. El lector supondrá que la Navidad es propicia para recordar a cada Lucinda Matlock. 

2. En la edición crítica de la obra que uso para estas traducciones, John E. Hallwas indica que el mismo Edgar Lee Masters, en su ensayo "The Genesis of Spoon River", de 1933, dice que el personaje de Lucinda Matlock y muchos de los detalles del poema, están basadon en la vida de su abuela materna, Lucinda Masters, que tuvo ocho hijos y setenta años de matrimonio con Davis Masters, el abuelo de Lee Masters. 

3. Aunque en este poema lo más lógico sería traducir "el río Spoon", ya que se refiere al río como tal y no al pueblo ficticio llamado "Spoon River", he preferido dejar "Spoon River" por la razón obvia de que el título del libro en español ("Antología de Spoon River") hace que el lector esté mucho más familiarizado con "Spoon River" que con el "río Spoon". Por supuesto que es una opción discutible. (Aunque espero que nadie me proponga que traduzca "río Cuchara".)

4. Como hago siempre que cuelgo una traducción en este blog, pongo primero mi versión en castellano y debajo el original inglés.

Les deseo a todos una Feliz Navidad.


Lucinda Matlock

Yo iba a los bailes en Chandlerville,
Y jugaba a las cartas en Winchester.
Una vez cambiamos de parejas,
Cuando regresábamos a casa, a la luz de la luna de junio,
Y así fue que me encontré con Davis.
Nos casamos y juntos vivimos por setenta años,
Riendo, trabajando, criando doce hijos,
De los que perdimos ocho
antes de que yo cumpliera los sesenta.
Yo hilaba, tejía, llevaba la casa, cuidaba a los enfermos,
Cultivaba el jardín, y mi descanso era
salir a pasear por los campos donde trinaban las alondras,
Y recoger caracolas junto al Spoon River,
Y montones de flores y hierbas medicinales:
Le gritaba a las boscosas colinas, le cantaba a los valles.
A los noventa seis, había vivido ya sobrados años, y eso es todo,
Me fui a saborear el dulce sueño del reposo.
¿Cómo es que ahora escucho hablar de penas y fatigas,
De ira, descontento y ajadas esperanzas?
Hijas e hijos envilecidos,
La vida es demasiado dura para ustedes:
Hay que estar vivo para amar la vida.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916.



Lucinda Matlock
I went to the dances at Chandlerville,
And played snap-out at Winchester.
One time we changed partners,
Driving home in the moonlight of middle June,
And then I found Davis.
We were married and lived together for seventy years,
Enjoying, working, raising the twelve children,
Eight of whom we lost
Ere I had reached the age of sixty.
I spun, I wove, I kept the house, I nursed the sick,
I made the garden, and for holiday
Rambled over the fields where sang the larks,
And by Spoon River gathering many a shell,
And many a flower and medicinal weed—
Shouting to the wooded hills, singing to the green valleys.
At ninety-six I had lived enough, that is all,
And passed to a sweet repose.
What is this I hear of sorrow and weariness,
Anger, discontent and drooping hopes?
Degenerate sons and daughters,
Life is too strong for you—
It takes life to love Life.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916.

Wednesday, June 29, 2011

Un extraño harakiri

Esta mañana salí del metro y caminé tres cuadras por la Tercera Avenida camino a mi oficina. Manhattan tenía hoy ese aire virginal, filtrado y puro, esa luz inmaculada que uno casi puede oler al inicio de la película "Breakfast at Tiffany's" cuando Holly Golightly regresa en la mañana a casa tras una noche de viajecitos al powder room con billetes de $50 como viático.
 

Pero en mi Manhattan de las nueve de la mañana uno no se encuentra a Holly
 regresando de la fiesta sino a muchos hijos de vecinos que van a morir ocho horas frente a una computadora para seguir viviendo... igual que este amanuense. Bajo esa luz hollywoodense y el cielo sin nubes, la gente se apresuraba, con el bagel y el café en la mano, para llegar al sitio donde sudan —donde teclean— su salobre salario.

Al llegar a la esquina de la Tercera Avenida y la calle 49, me llamó la atención una señora asiática, probablemente japonesa, de mediana edad. Llevaba una pamela enorme de pajilla y lazo blanco, una vaporosa falda blanca de verano por debajo de la rodilla, una blusa floreada por Renoir y una gafas de sol que hubiesen podido ser muy bien las de la Srta. 
Golightly.

De pronto, se apartó del río de transeúntes y depositó su cartera en el suelo, junto a la primera columna del 
único edificio de esa manzana. A continuación se levantó lentamente su elegante falda blanca hasta revelar unas bragas de flores que hubiesen podido hacer juego con su blusa. Con la sincronización de un samurai que se dispone a ejecutar el seppuku, se agachó mientras se bajaba las bragas. Quedó en cuclillas: al instante una dorada lluvia asiática comenzó a formar a sus pies un lago amarillo, un remanso de paz líquida, tibia y maloliente en medio de la premura mañanera de los oficinistas.

Los involuntarios espectadores de este harakiri del pudor simulamos no haber visto nada. Pensé que el acto era tan sorprendente, si no tan trágico, como el harakiri físico, real, de Yukio Mishima. Me pregunté si la dama de los rubios efluvios habría compuesto un
jisei esa mañana como preparación para la micción ritual. Acaso a ella tampoco la había querido escuchar nadie, como al pobre Mishima. Nuestra reacción natural ante el excéntrico —sobre todo en una ciudad de locos como ésta— es ignorarlo.
 

Pero era imposible obviar lo sucedido: acababa de ver a una elegante señora mear en medio de la Tercera Avenida en una mañana radiante de Midtown. Carlos Enríquez comienza su novela Tilín García con aquella escena del guajiro que se siente secretamente conmovido por las flores del campo, por el aroma arrollador de las flores silvestres, y se saca allí mismo su hombría elemental y mea sobre los pétalos cubiertos de rocío. Quizás fue eso, quizás fue la belleza febrilmente civilizada de esta mañana en New York lo que llevó a esa hija de Mishima a hacerse el harakiri del decoro en una transitada acera de Manhattan.

Monday, June 13, 2011

Mi verdadero exilio

Expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal.
Masaccio. Fresco. Capilla Brancacci de la iglesia
de Santa María del Carmine de Florencia, Italia
"Tu verdadero exilio comenzará cuando te mudes a New York, cubiche", me dijo una amiga en Miami en el verano de 1994. Nunca nadie estuvo más equivocado. Viví un año en la Ciudad del Sol como si estuviera en la película Groundhog Day, de Bill Murray y Andie MacDowell, que se había estrenado unos meses antes. Porque mientras viví en Miami era como si cada día tuviera que repetir, de punta a cabo, el día en que llegué de Cuba. Uno vive allí anclado para siempre en ese Leteo tropical que es el ancho Estrecho de la Florida.

En cuanto puse un pie en New York me di cuenta de que el tiempo comenzaba de nuevo a fluir, como el río de Heráclito, y que ya no era jueves cada día —como me sucedía en Miami—, sino que la vida había recuperado ese carácter lineal que antes tuvo siempre, y que se me descompuso una tarde de otoño de 1992 en el aeropuerto de Miami. El asunto, contrariamente a las predicciones de mi amiga, se volvió mucho más llevadero, por no decir amable. Lo menos que yo me imaginaba entonces era que mi verdadero exilio comenzaría el 13 (tenía que ser trece) de junio de 2010, es decir, hoy mismo.

Hay americanos que dicen que la civilización occidental se reduce a la Isla de Manhattan. Por supuesto que esa es una idea arrogante y superficial. Hay muchas regiones de la Isla que tienen un ineludible aire provinciano. Tras un prolijo estudio que me ha tomado los últimos dieciséis años de mi vida, puedo afirmar con certeza que esa imagen que se produce en el cerebro cuando uno dice "Occidente" con mayúscula corresponde en realidad a un cuadrilátero irregular cuyos límites son los siguientes: Columbus Circus al noroeste, el Seagram Building al noreste, Bryant Park al suroeste, y el Chrysler Building al sureste. En cuanto uno pone un pie fuera de ese perímetro, puede notar una precipitada deriva a la barbarie provinciana.

Durante doce los últimos dieciséis años he producido mi plusvalía en dos edificios que se hayan al centro de ese espacio que llamo, en propiedad, Occidente. Son los dos rascacielos "nuevos" (1970) del Rockefeller Center. A algún iluminado —deseoso de ahorrarse cuatro o cinco milloncejos al años— se le ocurrió la idea de mudar la empresa para la que trabajo desde ese sitio amable a los arrabales de la Tercera Avenida y la calle 49, a cinco cuadras de la sede actual. Cinco cuadras. Cinco cuadras que son cinco mil millas. ¿Qué diferencia hay entre la Tercera Avenida y Siberia? Nimiedades serán, si es que pueden hallarse. Y allá voy en unas horas.

Se acabaron las escapadas al MoMA a la hora de almuerzo, las visitas al rink y al árbol de Navidad del Rockefeller Center, las andanzas por Times Square, el trío del placer de la calle 49: el ramen especial del restaurante Sapporo, los espaguetis con crema de salmón de Pasta Lovers (que ya no están el menú, pero que te preparan si los pides), y el tandoori del Bombay Masala ("el restaurante indio más antiguo de EE.UU.", dicen los dueños). Un poco más al oeste, digamos también adiós la mousaka y el pulpo de Uncle Nick's, y a las innumerables delicias de los otros cuarenta restaurantes baratos de cuarenta países diferentes que hay en la Novena Avenida. 

El exilio no es la salida del país propio para ir a otro ajeno, como dicen los diccionarios. Ese viaje, más que exilio, es casi siempre un alivio. El exilio, el verdadero exilio, supone siempre viajes más cortos. El exilio más radical es cuando uno se va a dormir a la habitación de al lado en la propia casa. El que le sigue en intensidad es mudarse a tres cuadras de distancia, desde Occidente hasta un páramo de la Tercera Avenida, para no estar más en Rockefeller Center. Es un desastre que acaba de ocurrirme. Hoy, finalmente, soy un desterrado. 

Tuesday, May 31, 2011

Fotos de un desfile (01)

Foto: Tersites Domilo, 2011
Uno se levanta y es el Día de Recordación, y vuelve a añorar el Alzheimer. ¿Cuándo celebraremos el Día del Olvido? Después de todo, quizás no es tan perversa esa costumbre americana de diluir a los héroes en los "Memorial Weekend Specials" que anunciaban las tiendas esta semana. 

El más pequeño de los hijos va a desfilar con su equipo de pelota, de modo que nos levantamos todos y vamos al desfile. Haber nacido en cierta isla y en cierta década lo hace a uno estar vacunado contra todos los desfiles. (Uno recuerda a Milan Kundera hablando de la repugnante alegría del ser en el desfile del Primero de Mayo.) Pero el benjamín de la familia no puede hacer quedar mal a su equipo. De modo que allá vamos, y cargo con la cámara.


De pronto, pasa esta muchacha minusválida. 
El señor que empuja su carrito, un catequista a quien saludo cada domingo, me ignora: sólo la mira a ella con arrobo. Pero ella me mira a mí en el momento mismo en que voy a hacer la foto y me saluda agitando su bandera americana. Avergonzado, aprieto el obsturador. 

Recuerdo de pronto a otra chica minusválida en otro desfile el mes pasado, allá en La Habana. Otro detalle que proclama —cuando quisiera también olvidarlo— que todos los desfiles son el mismo, el único desfile de los entusiastas.


Foto: Tersites Domilo, 2011
Pasa después el líder de una tropa de Boy Scouts. Lo veo a través de la lente y temo que en cualquier instante levante la mano y comience a gritar "Sieg Heil!, Sieg Heil!" Pero el señor pasa en silencio al frente de su tropa sin dar chillidos germanos de salve a la victoria.

Uno se pregunta, sin embargo, quién sería él en otra década, en una ciudad de Alemania, por ejemplo. Quien ha vivido ciertos experimentos se pregunta cómo se comportaría cada quien si le pideran que pateara al que se sienta a su lado en la escuela, si le ordenaran espiar a los vecinos o delatar a los amigos como un deber patriótico. 

Y sin embargo, este señor no ha hecho nada que debiera ofenderme, y nadie debería reprocharle ser rubio, tener treinta libras de más, llevar el pelo muy, muy corto, o desfilar con un uniforme que recuerda al de los camisas pardas. Dos o tres coincidencias no deberían inquietar a nadie.

Foto: Tersites Domilo, 2011

Después pasa la banda, en filas y marchando. Tocan una música vagamente marcial, como si estuvieran invitando a alguien a irse a la guerra. Porque es eso: cada muestra de gratitud por quien murió oliendo pólvora y lodo es una invitación, una validación de lo que hicieron. Y ante ese homenaje, podría parecer una señal de ingratitud buscar matices, pensar dos veces, preguntarse. 

Friday, May 6, 2011

Un gramo de ternura para el terrorista muerto

La sangre parece un descuido de algún especialista en efectos especiales. Debe ser, definitivamente, falsa. Los cables muy bien podrían ser tubos de una sala de cuidados intensivos. No hay modo de explicar qué hacen en el suelo. La lata de leche condensada le da un carácter casero y dulzón a la escena. Las manchas de sangre de la cara no permiten hilvanar ninguna historia coherente para los minutos que precedieron a su muerte.

La mano parece haber sido colocada sobre el pecho por un fotógrafo perfeccionista, no por el azar de la agonía. Los ojos podrían ser los de un actor que se simula muerto. El paquetito blanco sería un condón que ya no frenará el flujo de ningún espermatozoide nadador y voluntarioso.


La pistola de agua, verde y anaranjada, permite adivinar a un niño jugando en esa misma habitación unos minutos antes. Permite imaginar también a una madre extenuada por los quehaceres diarios que se dice soñolienta: "Mañana la recojo en cuanto me levante". 


¿Habrá pensado esa madre en que el condón del sobrecito blanco evitaría la llegada de otro hijo de piel aceitunada que dejaría en cualquier esquina otra pistola de agua anaranjada y verde? ¿Estaría en ese instante tratando de convencer al hombre de tímido bigote para que se quitara el austero camisón blanco y se adentrara en ella?


¿Cuántas veces habrá lamentado este joven tener una barba tan rala, tan poco musulmana?


¿Cuántas veces habrá soñado este joven dinamitar la escuela donde estudian mis hijos? 

Thursday, April 21, 2011

Salman Rushdie: pecadillos de omisión

Salman Rushdie y Padma Lakshmi
En la páginas de opiniones de The New York Times apareció ayer un interesante artículo de Salman Rushdie titulado "Dangerous Arts" sobre el acoso y reciente encarcelamiento del artista plástico Ai Weiwei por parte del gobierno comunista de China. Rushdie, con su habitual agudeza, propone la conocida dicotomía entre la persona y la obra de un artista, y la diferencia que hay entre la felicidad de la primera y la trascendencia de la otra. Les recomiendo que lo lean.

Sin embargo, hacia el final del texto hay un párrafo que me llamó la atención. Dice así: 

The lives of artists are more fragile than their creations. The poet Ovid was exiled by Augustus to a little hell-hole on the Black Sea called Tomis, but his poetry has outlasted the Roman Empire. Osip Mandelstam died in a Stalinist work camp, but his poetry has outlived the Soviet Union. Federico García Lorca was killed by the thugs of Spain’s Generalissimo Francisco Franco, but his poetry has survived that tyrannical regime.
Que en castellano rezaría:
Las vidas de los artistas son más frágiles que sus obras. El poeta Ovidio fue desterrado por Augusto a un rincón infernal del Mar Negro llamado Tomis, pero su poesía perdura mientras que el Imperio Romano desapareció. Osip Mandelstam murió en un campo de trabajo estalinista, pero su poesía ha sobrevivido a la Unión soviética. Federico García Lorca murió a manos de los matones del Generalísimo Francisco Franco de España, pero su obra sobrevivió a aquel régimen tiránico.
Imaginemos que un lector, que no supiera nada de los últimos 2500 años de la historia de Occidente, leyera ese párrafo. ¿Qué conclusiones podría sacar? Sabría que Ovidio fue desterrado, que lo condenó un tal Augusto, y que la condena fue despiadada, pues lo envió a "un rincón infernal". ¿Y qué sabría de la muerte de Lorca? Estaría al tanto de que lo mataron unos tipos excecrables (el autor los llama "matones"), y que el responsable último de su muerte fue un señor llamado Francisco Franco, y que en su patria había un "régimen tiránico".

Pero, ¿qué sabría el lector sobre la muerte de Mandelstam? Casi nada. Rushdie no dice quién lo mató, ni quién fue el responsable de su muerte. No hay ni una sola palabra que indique responsabilidad, no hay ningún juicio de valor en descripción del destino del poeta ruso. El lector ignorante que imagino podría pensar que 
Mandelstam murió a causa de un accidente en un paseo campestre con su novia.

Es llamativo que Russdie se conmueva a causa de ese "rincón infernal" en el que Ovidio estuvo desterrado hace dos mil años, pero no tenga ni una palabra de conmiseración por la persecusión, el destierro a diversos rincones infernales, la cárcel igualmente infernal y la muerte nunca esclarecida de 
Mandelstam hace sólo setenta y tres años. Es curioso que mencione a los matones de Franco, que asesinaron a cientos de miles de personas, pero no a los matones de Stalin, que asesinaron a decenas de millones de personas.
A fin de cuentas, el artículo es sobre 
Ai Weiwei, un artista que acaba de ser encarcelado por el gobierno comunista de China, como Mandelstam fue aniquilado por el régimen comunista soviético. 

No puedo creer que Salman Rushdie desconozca el valor de cada palabra escrita, ni de cada palabra omitida. El lector podrá pensar que se trata de un detalle nimio. Y probablemente lo es. Pero es un detalle que revela la costumbre de minimizar ciertos crímenes, el hábito de conmoverse sólo ante ciertas injusticias, el vicio de denunciar a unos tiranos y justificar a otros. Salman Rushdie, que fue condenado a muerte por la intolerancia de un tirano, debería saber mejor que nadie cuánto se parecen todos ellos.     
   

Tuesday, April 5, 2011

Stalin en Facebook

El otro día en la mañana, al entrar en Facebook, por alguna razón me di cuenta de que un amigo, que "postea" regularmente, hacía más de dos semanas que no colgaba nada en el muro. ¿Estaría enfermo? ¿Deprimido? ¿Se le había roto la computadora y se había quedado inválido al mismo tiempo? ¿Habría ido a visitar a la familia en Cuba? ¿Estaría preso? 

Al día siguiente me di cuenta de lo que había sucedido realmente. Hace tres semanas, un día que había colgado como doce cosas distintas, decidí borrarlo de mi muro. Así de simple. Me imagino que es lo que hace todo el mundo. Llega el momento en que uno dice, "¿Y quién demonios se cree este tipo que es?", y lo borra del muro.

El asunto me hizo recordar una tierna anécdota de Stalin. (Casi todas las anécdotas de Stalin son tiernas.) Cuenta Nikita Kruschov en sus memorias (Khrushchev Remembers, Little, Brown and Company, 1974), que en los últimos años de su vida, Stalin invitaba casi todas las noches a los miembros del Politburó a cenar en su dacha de Kuntsevo. (Como las ofertas de Vito Corleone, esas invitaciones no se podían rechazar.) 

A las cenas seguían largas veladas de vodka y conversación que a veces terminaban en grotescas escenas donde los líderes del proletariado mundial competían a ver quién podía disparar los pedos más olorosos o Stalin ordenaba al porcino Kruschov que bailara un jopak para burlarse de él. Nikita se daba cuenta de lo humillante de la situación pero, como él mismo dice en las memorias, “cuando Stalin te dice que bailes el jopak, tú bailas el jopak”.

But I digress...  Nikita dice que, cuando no le daba por soltar pedos o hacerlo bailar, Stalin podía ser un borracho melancólico. Se ponía a hablar de los tiempos de la Guerra Civil, de su exilio en Siberia... De vez en cuando, les preguntaba: "¿Y qué fue de Fulanovich? Hace años que no lo veo..." Muchas veces el Fulanovich en cuestión había sido fusilado por órdenes de Stalin. (Es una de las desventajas de asesinar a veinte millones de personas, que uno no puede acordarse después de a quién mató y a quién no.) El asunto era sumamente embarozoso para los presentes. Alguien tenía al fin que decirle: "Iosif Vissarianovich, a Fulanovich lo fusilaron en el 37 por ser espía británico."

Bueno, uno en Facebook se vuelve un Stalin virtual. En lugar de borrar a la gente de la historia poniéndolas contra un muro para fusilarlas, lo que hace es borrarlas del muro. Al que molesta mucho se le declara "enemigo del pueblo" y se le destierra a esa Siberia  que se llama "Hide All By". Y aprietas el botoncito y se acabó. Y dos semanas, o dos años después, se pregunta uno como Stalin, "¿Y qué habrá sido de Fulanovich que ya no cuelga nada en el muro?"

Y uno se va dando cuenta de que en la vida real, ésa que está fuera de Facebook, también es así. Llega el momento en que todas las amistades son una carga, además de una bendición. Y cuando la carga supera las bendiciones... ¡a Siberia!

Nos creemos mejores que Stalin porque sólo desterramos a la gente en Facebook, o porque sólo dejamos de contestarles el teléfono cuando molestan demasiado. Quién sabe de qué seríamos capaces si tuviéramos el poder absoluto del zar comunista. Si algo me ha enseñado Facebook es que somos pequeños Stalin a los que sólo nos falta tener a nuestras órdenes a los esbirros del KGB. Lo único que nos salva es nuestra mediocridad.

Notificación: Los lectores que hagan comentarios discrepantes sobre este post serán declarados enemigos del pueblo. Y sin son amigos míos en Facebook...

Friday, April 1, 2011

Traducción del poema "Frank Drummer"

 Boca del Spoon River en Havana, Illinois. 1898 Havana Public Library.
Es el Día de los Tontos. Es la más democrática de las fiestas: nadie tiene razón alguna para sentirse excluido.

Ya antes he colgado en este blog mis traducciones de los poemas "
Harry Wilmans", "Walter Simons" y "Cassius Hueffer", de la Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters. Siendo 1 de abril, me pareció apropiado colgar la traducción de "Frank Drummer", uno de los poemas más cortos del libro.

El poema, a pesar de su brevedad, describe perfectamente el inicio de la locura, la bifurcación entre la realidad y esa otra realidad que ven los locos, los que no pueden expresar aquello que los estremece. Edgar Lee Master dijo alguna vez que en sus años de escuela secundaria hubo una época en que leía incesamente la Enciclopedia Británica. Happy April Fools' Day. 


Aquí tienen mi traducción y, un poco más abajo, el original inglés.




Frank Drummer
                                              Edgar Lee Masters


SALIR de una celda a este lugar sombrío…
¡El fin de todo llegó a los veinticinco!
Mi lengua no lograba decir lo que me estremecía
y el pueblo me tomó por un idiota.
Pero en el principio había una visión tan nítida,
Un propósito noble y urgente aquí en mi alma
Que me impulsó a tratar de aprender de memoria
La Enciclopedia Británica.




Frank Drummer

                                              Edgar Lee Masters

OUT of a cell into this darkened space--
The end at twenty-five!
My tongue could not speak what stirred within me,
And the village thought me a fool.
Yet at the start there was a clear vision,
A high and urgent purpose in my soul
Which drove me on trying to memorize
The Encyclopedia Britannica!