Powered By Blogger
Showing posts with label Exilio. Show all posts
Showing posts with label Exilio. Show all posts

Thursday, June 27, 2013

"Siempre nos quedará Madrid": las memorias españolas de Enrique del Risco


El pasado sábado 22 de junio, Enrique del Risco presentó su libro Siempre nos quedará Madrid en la librería Barco de Papel, de Queens, New York. Del Risco tuvo la amabilidad de pedirme que hiciera la presentación. Como sabrán algunos lectores de este blog, hace unas semanas comenté aquí el libro en un post titulado "Siempre nos quedará Madrid: el terrible y feliz destierro de Enrique del Risco"Este que aparece a continaución es el texto que leí el sábado.


El 17 de enero de 1871 publicó el New York Times una entrevista con Anita Quesada de Céspedes, la esposa del Padre de la Patria, hecha unos días antes mientras estaba detenida en La Habana. La Sra. Quesada había sido capturada por los españoles al intentar salir clandestinamente de Cuba. En su entrevista, la Sra. Quesada pondera la caballerosidad de los soldados españoles que la habían apresado en las costas de Camagüey. Cuenta que el general Chinchila esperó bajo un aguacero mientras la primera dama de la República en Armas se reponía de los rigores de la manigua en la tienda de campaña del oficial. Incluso, cuenta la Sra. Quesada, los españoles tuvieron la amabilidad de llevar lejos de su tienda a los prisioneros que iban a fusilar, para así ahorrarle escuchar el estertor de muerte de los condenados.

Ese mismo día, por cierto, el Times informaba que Ana de Quesada acababa de llegar a New York en el vapor Ciudad de Mérida. Salía así de la prisión y de la guerra de Cuba para entrar en la guerra sorda que sostendría aquí con la infatigable Emilia Casanova, esposa de Cirilo Villaverde.

Menos suerte tendría el poeta Juan Clemente Zenea, capturado con ella y fusilado siete meses más tarde en el Foso de los Laureles de la Cabaña. Cuenta Enrique Piñeyro que en el momento de enfrentar las balas, Zenea se quitó sus gafas de miope irredento y las depositó en el piso a su lado. Quería que los cristales con los que miraba el mundo llegaran intactos a las manos de la mujer que veinticinco segundos después de ese gesto sería su viuda. No es improbable que Zenea tuviese una opinión diferente de la de Anita de Quesada sobre la bondad de los soldados ibéricos. Y no se trataba simplemente del color del cristal con que los miraba.

La anécdota, en fin, resume varios destinos típicos de los cubanos que sueñan con probar nuevos aires: la cárcel, la muerte, Nueva York, las rencillas entre emigrados…

Enrique del Risco y de su esposa “Cleo”, como Zenea y Anita de Quesada, también cayeron en manos de los españoles tras un intento de salida de Cuba, aunque este resultara más exitoso que el de aquellos patriotas. Siempre nos quedará Madrid es el recuento de su salida azarosa y su vida de exiliados ilegales en la Madrid de mediados de los noventa. Su experiencia —y los recuerdos de su aventura— parecen estar entre esos dos extremos que representarían Zenea y la Sra. Quesada.

Este relato es la crónica de una vivencia que comparten dos millones de cubanos. Y es un intento de explicar(se) los sinsabores y las sorpresas de quien decide largarse del lugar donde ha nacido. El libro —la vida de Enrique y su esposa en Madrid— se va poblando poco a poco de una fauna que parece destinada a ilustrar el retablo de los milagros. La generosidad entusiasta que se transforma luego en recelos y malentendidos, la convivencia con gente con la que nunca se le hubiera a uno ocurrido vivir en su sano juicio o en su país de origen, la esperanza sin brújula pero sin muerte del emigrante, la bondad que sorprende a la vuelta de una esquina como un atracador: esos son los elementos del ajiaco/fabada que Del Risco va cocinando en estas páginas.

Desde esa descripción del Madrid de los años noventa, Del Risco —que es miope como Zenea— describe también a Cuba y describe sobre todo los cristales que le tocaron para mirar al mundo. Cada quien es miope a su estilo, pero el asunto es saber exactamente qué graduación necesitamos. La vida cubana es la graduación del cristal con que el autor mira a Madrid, y ese es uno de los ejes de su relato. Del Risco pesa cada experiencia madrileña —ir al cine, entrar en un bar, celebrar la Navidad o su cumpleaños— a partir de la aridez habanera de su vida anterior.

Es ahí donde el libro alcanza su mayor intensidad. Estas son las memorias de dos jóvenes que llegan a España y pasan quince meses pagando la imprudencia, pero que cada día se sienten dichosos de haber logrado largarse de su país. Como he dicho antes, esa dicha no es un síntoma de desarraigo, sino el resumen de una experiencia vital que pasó de la fe a la desesperación después de visitar el desengaño y llegar al aburrimiento. Del Risco dibuja —como no he visto hacer a nadie hasta ahora— una nueva relación con Cuba que no encaja en los arquetipos usuales. La Cuba que Del Risco asume como suya no es la República, que no conoció, ni es el país del "socialismo real" en el que creció, y que se le fue haciendo cada vez menos real y tolerable. En los puntos de comunicación y distanciamiento que el autor describe o sugiere en su libro se define una nueva relación con un archipiélago del que cada cual elige los islotes que considera más amigables. El destierro para Del Risco y su generación no es el distanciamiento físico de un país, sino el extrañamiento —a veces voluntario— de ciertas zonas de la cubanidad irremediablemente envenenadas por la historia.

Del Risco viene a recordarnos que el dolor del exilio a ratos es proporcional a la hospitalidad de la tierra natal. Cuando el aire patrio se enrarece lo suficiente, exilio puede ser un sinónimo de alivio; porque la distancia permite saborear la cubanidad con la cucharita del té, y ponerla bajo llave cuando se salga del plato. Uno lee un libro que nos revela cosas absolutamente nuevas o que nos hace ver lo conocido con nuevos ojos, porque el autor tiene una mirada mucho más fina que la nuestra. Mirado así, este será un libro excelente para dos tipos de cubanos: los que se han ido del Cuba o el que planifica irse. O para cualquiera que pretenda entenderlos.

Siempre nos quedará Madrid es un libro escrito con una buena dosis de ironía. Y la primera víctima de esa navaja es el propio autor, que nos describe en detalle su casi absoluta incapacidad de sobrevivir en un país normal o de conseguir un trabajo que no consista en hablar o escribir. Pero el desfile de personaje incluye hombres crónicamente infieles, músicos alucinados por el humo de impuros cigarros, mujeres celosas hasta el crimen o el suicidio, matones cobardes, tacaños incondicionales y estafadores devotos.

Sin embargo, hay también en el relato una filigrana más pura: el cultivo de la amistad y la decisión de rescatar ciertas cosas esenciales son las tablas de salvación a las que recurren los protagonistas en un momento de sus vidas en que todo parece ir a la deriva. Los españoles que le tocaron en suerte a Del Risco no le cedieron la tienda de campaña como el caballeroso general Chinchila haría con Anita de Céspedes, pero tampoco lo llevaron a pasear junto a los laureles como al pobre Zenea. Su destino madrileño fue más común, más como el nuestro. Pero su relato tiene la lucidez y el humor que permite al lector repasar su propia experiencia con una mirada más aguda y más amable. Y eso basta para darle a Enrique del Risco las gracias.  



Monday, June 17, 2013

La ingratitud probable de los hombres

Alejandro Armengol (AA) ha publicado la pasada semana un artículo en la revista digital Cubaencuentro en el que comenta la salida de Cuba de la familia Payá-Acevedo. Se titula "Dos patrias tiene ella: Cuba y Miami", y es de esos textos que acompañan para siempre a sus autores. En él trata temas pertinentes y hace análisis necesarios, pero su artículo parece urdido en ausencia de la bondad. No dudo de que Armengol —a quien no conozco— sea un hombre de bien, pero su nombre, así como la credibilidad de Cubaencuentro, se verán lastrados por esta diatriba que parece dictada por el rencor.

En su comentario, Armengol se mofa de la esposa y la hija de Oswaldo Payá Sardiñas, el líder del Movimiento Cristiano Liberación muerto el 22 de julio de 2012, y pone en entredicho el valor y el patriotismo de ambas mujeres. Muchos de los que seguimos la noticia de la muerte de Oswaldo Payá y su larga coda quedamos conmovidos por la entereza, la dignidad y el valor con que Ofelia Acevedo y Rosa María Payá enfrentaron el acontecimiento más trágico de sus vidas. Diez meses más tarde, AA tilda a ambas de cobardes y oportunistas. Afirma, entre otras cosas, que su decisión de partir al exilio fue "una salida aprovechada y poco heroica".

Y por eso se burla de ellas con el lenguaje orillero del desprecio y las acusa de poner "los pies en polvorosa" cuando "la candela aprieta". Esa es la opinión de AA sobre Ofelia Acevedo, una ingeniera civil que jamás tuvo vocación política y que asumió por amor a Oswaldo y a Cuba una vida que pocos nos atreveríamos a abrazar. Eso opina de Rosa María Payá, una muchacha de 24 años que ha vivido toda su vida como un paria en su propio país por ser la hija de Oswaldo, y que ha demostrado una lucidez y un valor pasmosos tras la muerte de su padre. Sospecha AA que, después de 25 años de oposición en Cuba, "el traslado de los Payá obedece también a un fin económico". ¿Pensará que vivieron un cuarto de siglo de vejaciones y acoso con el objetivo de cobrar sabe Dios qué estipendio en Estados Unidos en el año 2013?

Las burlas y acusaciones de AA tienen origen en su escepticismo: afirma que él "no se traga el cuento del patriotismo estilo siglo XIX". Los patriotas de aquella época, se supone, eran intachables, pero estos de ahora no están a la altura que Armengol exige, y por eso no puede creer en ellos.

No estoy seguro de que esa falta de admiración sea culpa de los opositores actuales. También en el siglo XIX había cubanos incrédulos del patriotismo ajeno, incapaces de sentir admiración ni respeto por los que se jugaban la vida en aras de la independencia. Así lo cuenta Máximo Gómez en sus "Notas autobiógraficas" de 1894. Después de diez años peleando en la manigua, tras el Pacto del Zanjón, Gómez salió hacia Jamaica. Y allí se topó con jueces no menos implacables que Armengol. Dice Gómez:
El elemento cubano que allí había esperado largos años que le diéramos la Patria libre se sintió indignado contra todos los que combatimos 10 años sin poder conseguir el triunfo. No contento el destino con mi precaria situación, quiso agregar un nuevo suplicio a mi infortunio, pues pensando encontrar allí amigos compasivos, agradecidos y generosos que me amparasen, es por el contrario gente apasionada y de limitados alcances: vieron en mí el primer factor de la paz que concluyó una guerra a que nunca fueron ellos a ayudar, de ahí que fuese yo el blanco de su injusto encono y desprecio.
Y en sus "Recuerdos: Páginas dedicadas a mi hija Clemencia", de 1881, había dicho: "Pensaba yo que al llegar entre aquella emigración llegaría cerca de mis hermanos y juntos lloraríamos la pérdida de Cuba desgraciada y tendría derecho a alguna consideración. Pero no fue así: el desprecio y la calumnia me recibieron en la colonia inglesa."

A ese desprecio y a esas calumnias seguramente se refería Martí cuando le escribió a Gómez en septiembre de 1892 para pedirle que se pusiera al mando del Ejército Libertador. Por eso le aclara que no podía prometerle otra recompensa que no fuera "el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres".

José Martí sería también víctima de aquellos cubanos del siglo XIX que "no se tragaban el cuento del patriotismo". Basta repasar las páginas de la Mitología de Martí de Hernández Catá para recordar que lo llamaban "Capitán Araña", que ponían en duda su valor y su capacidad de sacrificio, que lo tildaban de cobarde y de interesado. Esa injuria repetida al infinito, ese mote odioso de "Capitán Araña", probablemente le hayan costado la vida. Esa calumnia recurrente fue una de las razones de su imprudente arrojo en Dos Ríos.

Casi a la media noche del 19 de mayo de 1895, cuando su cadáver entró al pueblito de Remanganaguas atado como un fardo sobre lomo de un caballo, todavía dudaban muchos en las emigraciones de su valor. Hasta que los españoles no mostraron su cadáver putrefacto en Santiago, siguieron muchos cubanos —y el New York Times— poniendo en duda que Martí siquiera estuviese en Cuba. Un mes después de su muerte, se corrió en Tampa la noticia de que lo habían visto vivo y fresco paseando por Ybor City. Aún  no podían creer algunos que el "Capitán Araña" hubiese ido a morir junto al tronco de un jobo en Dos Ríos.

El patriotismo de ahora, nos afirma AA, no es como el del siglo XIX. Parece, sin embargo, que "la ingratitud probable de los hombres" y las calumnias siguen siendo las mismas. Y es que el sacrificio extremo, que despierta la admiración de tantos, para otros es sólo un motivo de sospecha o de escarnio.

La familia Payá-Acevedo ha vivido durante un cuarto de siglo lo que Juan Pablo II en su día llamara "un martirio civil". El calvario familiar tuvo su colofón en la trágica muerte de Oswaldo el verano pasado. Cualquiera diría que ese purgatorio de casi tres décadas, y esa muerte, son más de lo que cualquier familia debe pagar por buscar el bien de su patria. Hay quienes parecen opinar que los Payá-Acevedo merecen una cuota adicional de sufrimiento y vejación. Sépase que esa obsesión inquisitorial dice más sobre el carácter de quienes la propugnan que sobre las personas contra las que va dirigida.


Monday, December 17, 2012

"Siempre nos quedará Madrid": el terrible y feliz destierro de Enrique del Risco

Esta semana el New York Times publicó la noticia de que en una subasta alguien había pagado $602,500 por el pequeño piano de la película Casablanca. No es el piano del Rick’s Café Américain donde Sam toca el tema que todo el mundo conoce, sino el otro, el que aparece silencioso y fugaz en la escena que rememora el amor de Ilsa y Rick en París. Esos días parisinos son a la larga la razón de todo lo que sucede en Casablanca. "Siempre nos quedará París", le dice Rick a Ilsa para convencerla de que debe partir al final de la película. Rick sabe que la nostalgia puede ser útil si se usa en dosis prudentes. La prueba de ello es que Ilsa se va en el avión y el capitán Renault ordena arrestar a los sospechosos habituales poco antes de que salga el letrero: The End.

E
sta semana leí Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, New York, 2012), el libro de memorias de Enrique del Risco sobre su vida en España a mediado de los años noventa.


Comencé a leerlo con más temor que esperanza. ¿Por qué se le habría ocurrido a Del Risco contar una historia que comparten —con diferentes matices y la misma esencia— casi dos millones de cubanos? ¿No se daría cuenta de que los cubanos no leen memorias de compatriotas porque nuestro egocentrismo innato nos impide mostrar interés por nadie que tenga un cuento semejante al nuestro? El libro me ha curado de esos temores. A medida que avanzaba en su lectura, fui constatando con creciente alivio que Del Risco, como Rick, sabe dosificar la nostalgia y atrapar al lector con un relato directo... al mentón.

Siempre nos quedará Madrid merece leerse por varias razones, más allá de la muy saludable de poner a un lado nuestro egocentrismo. La primera es la peculiar visión que el autor tiene del destierro. La historia canónica del exilio cubano supone que alguien sale de Cuba y triunfa en el extranjero, pero a pesar del éxito y el nivel de vida alcanzados añora cada día su Isla. Del Risco propone la antítesis de ese canon. Su libro es la historia de dos jóvenes —el autor y su esposa— que llegan a España y "se comen un cable", pero que cada día se sienten dichosos de haber logrado largarse de la Isla.

Esa dicha no es un síntoma de desarraigo, sino el resumen de una experiencia vital que pasó de la fe a la desesperación después de visitar el desengaño y naufragar en el aburrimiento. Y ahí está uno de los mayores hallazgos de estas memorias. Del Risco va dibujando —como no he visto hacer a nadie hasta ahora— una nueva relación con Cuba que no encaja en los arquetipos usuales. La Cuba que Del Risco asume como suya no es la República, que no conoció, ni es el país del "socialismo real" en el que creció, y que se le fue haciendo cada vez menos real y tolerable. En los puntos de comunicación y distanciamiento que el autor describe o sugiere en su libro se define una nueva relación con un archipiélago del que cada cual elige los islotes que considera más amigables. El destierro para Del Risco y su generación no es el distanciamiento físico de un país, sino el extrañamiento —a veces voluntario— de ciertas zonas de la cubanidad irremediablemente envenenadas por la historia. 

El contrapeso de ese destierro es otro tema recurrente en Siempre nos quedará Madrid: el reencuentro con las tradiciones y costumbres occidentales extirpadas de la Isla en favor de una quimera atea y colectivista. Cada detalle de Madrid, desde la voz que anuncia la próxima parada del metro hasta la celebración de la Navidad, son señales de un mundo largamente perdido, pero con el que hay una relación viceral que sobrevive. En su relato de las procesiones de Semana Santa en Cádiz, una salida al cine, un picnic en el Parque del Retiro o la celebración de la Navidad en Madrid, y en su recurrente evocación de la amistad y la familia, Del Risco perfila de soslayo, metafóricamente, las posibilidades y los límites del reencuentro de Cuba con su propia tradición y esencia. Su libro puede leerse como el retrato de la emigración cubana de los noventa, pero también como un esperanzador atisbo de sobrevida.

Y esas señales vienen administradas con una mezcla de humor y agudeza que no sorprenderá a los lectores de sus libros anteriores o los visitantes habituales de su blog ("Enrisco"), pero que agradecerán todos los que se asomen a este libro. En una historia llena de posibles trampas para el narrador (la reiteración de lo conocido, la exageración cubana, el sentimentalismo del exiliado), Del Risco logra una y otra vez desmentir a Máximo Gómez. No puede uno leer este su relato sin admirar las numerosas ocasiones en que logra combinar las palabras y las cosas en su proporción más natural, llegando —sin pasarse— adonde quiere llevar al lector. Será el sentido del ritmo que tienen los humoristas o será que Del Risco es la excepción que confirma la regla de Gómez, pero en la receta de este libro cada ingrediente está medido con la obsesión por la exactitud de un relojero suizo.

Al final, el héroe convence a la chica de que se vaya en el avión con una versión ibérica de la frase de Bogart: "Siempre nos quedará Madrid'. Pero la chica, que al cabo es la protagonista del libro, se lleva al héroe en el avión con ella. García Márquez dijo alguna vez en una entrevista que él escribía para que sus amigos lo quisieran más. Después de terminar el libro, uno queda con la impresión de que Del Risco escribe también para que sus amigos lo quieran más... y que, con estas memorias, probablemente lo consiga.

Saturday, July 2, 2011

Los culpables

Hace un par de meses Alexis Romay me regaló su libro de sonetos Los culpables, publicado el año pasado en España. Al principio no supe qué hacer con el libro. Lo guardé en casa unas semanas sin tocarlo. Y es que a estas alturas uno no sabe qué hacer con un libro de sonetos. Finalmente se me ocurrió que podía leerlo.

Los culpables es un tour de force. Son cuarenta y un sonetos escritos al hilo, de una sentada. Y todos, excepto uno, con la misma rima: ABBA CDDC EFG EFG. (La excepción es el poema "Retrato hiperrealista de una isla", en el que la rima de las dos cuartetas iniciales es ABAB CDCD.)

La cubierta es una obra del artista José A. Vincench que parece un retrato pixelado de José Martí. Se trata quizás de una pista falsa. El libro está escrito a la sombra de Borges, aunque el tema sea Cuba, o cierta versión del destino cubano.

Por supuesto, Romay alude a diversos poetas en sus sonetos: Martí ("Su verso vuelve a ser un ciervo herido:/cultiva hiel, arena, ortiga, cardo" y luego, 
"el verso es ciervo, ciervo malherido"), Benedetti ("Esquina con primavera rota"), Eliseo Diego ("cuando la luz corrompe los portales"), Figueredo ("del clarín, escuchamos las cadenas"), Jorge Manrique ("Los ríos dan al mar, como los hombres") o Silvio Rodríguez ("de lo posible ya se ha dicho todo").  

Pero Borges transita cada página con su bastón dubitativo. Romay visita sus temas con frecuencia: la memoria, el tiempo cíclico, la noción de que somos soñados por un dios o un demonio subalterno, la predestinación y el azar... Y no sólo los temas, también el tono, la mirada "filosófica" (en el sentido de indiferente o resignada) sobre esas constataciones, es evidente en muchos de los textos. 

Esa presencia borgiana va acompañada de la constante evocación de Cuba o, más exactamente, del último medio siglo de la historia cubana, y del exilio —los dones y rigores que supone la condición de exiliado. Romay tiene la gentileza de aproximarse a esos temas con más deseos de sugerir que de instruir, y se agradece. En un libro que podría usarse como prueba de la obsesión del autor por esa isla del Caribe, el nombre de Cuba no se menciona hasta el último verso del último poema.

(Al margen: En el poema "De los absolutos", Romay hace rimar, sugerentemente, "traidores" con "poderes". Más allá de ese detalle, el único reclamo de preceptiva que se le podría hacer es la acentuación antirrítmica de algunos versos.) 

Las páginas de Los culpables regalan al lector numerosos versos felices, observaciones agudas, evocaciones sentidas, excelentes sonetos. Es muy extraño que alguien escriba un libro de sonetos a estas alturas. No debería ser extraño que fuéramos capaces de disfrutarlo. Alexis Romay ha hecho su parte. Y la ha hecho bien. Aquí les va una muestra (escrita a la luz de la "inconstante luna" de Julieta y Shakespeare):

De la noche

Las raudas nubes pasan y la noche
que es eterna y de todos se detiene.
La noche es un caudal que solo tiene
la inmensidad, el vértigo y un broche.

Abstracta como el aire o los sentidos,
febril como un poeta desterrado,
impávida, la noche ha regresado
a su ciclo de ciclos repetidos.

Es una y muchas noches la inconstante
noche enferma de insomnio y de locura,
con su aroma falaz e irrepetible.

Es una y otras tantas la menguante
luna que surca el cielo y que perdura
en el tiempo, que es todo lo posible.       

Monday, June 13, 2011

Mi verdadero exilio

Expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal.
Masaccio. Fresco. Capilla Brancacci de la iglesia
de Santa María del Carmine de Florencia, Italia
"Tu verdadero exilio comenzará cuando te mudes a New York, cubiche", me dijo una amiga en Miami en el verano de 1994. Nunca nadie estuvo más equivocado. Viví un año en la Ciudad del Sol como si estuviera en la película Groundhog Day, de Bill Murray y Andie MacDowell, que se había estrenado unos meses antes. Porque mientras viví en Miami era como si cada día tuviera que repetir, de punta a cabo, el día en que llegué de Cuba. Uno vive allí anclado para siempre en ese Leteo tropical que es el ancho Estrecho de la Florida.

En cuanto puse un pie en New York me di cuenta de que el tiempo comenzaba de nuevo a fluir, como el río de Heráclito, y que ya no era jueves cada día —como me sucedía en Miami—, sino que la vida había recuperado ese carácter lineal que antes tuvo siempre, y que se me descompuso una tarde de otoño de 1992 en el aeropuerto de Miami. El asunto, contrariamente a las predicciones de mi amiga, se volvió mucho más llevadero, por no decir amable. Lo menos que yo me imaginaba entonces era que mi verdadero exilio comenzaría el 13 (tenía que ser trece) de junio de 2010, es decir, hoy mismo.

Hay americanos que dicen que la civilización occidental se reduce a la Isla de Manhattan. Por supuesto que esa es una idea arrogante y superficial. Hay muchas regiones de la Isla que tienen un ineludible aire provinciano. Tras un prolijo estudio que me ha tomado los últimos dieciséis años de mi vida, puedo afirmar con certeza que esa imagen que se produce en el cerebro cuando uno dice "Occidente" con mayúscula corresponde en realidad a un cuadrilátero irregular cuyos límites son los siguientes: Columbus Circus al noroeste, el Seagram Building al noreste, Bryant Park al suroeste, y el Chrysler Building al sureste. En cuanto uno pone un pie fuera de ese perímetro, puede notar una precipitada deriva a la barbarie provinciana.

Durante doce los últimos dieciséis años he producido mi plusvalía en dos edificios que se hayan al centro de ese espacio que llamo, en propiedad, Occidente. Son los dos rascacielos "nuevos" (1970) del Rockefeller Center. A algún iluminado —deseoso de ahorrarse cuatro o cinco milloncejos al años— se le ocurrió la idea de mudar la empresa para la que trabajo desde ese sitio amable a los arrabales de la Tercera Avenida y la calle 49, a cinco cuadras de la sede actual. Cinco cuadras. Cinco cuadras que son cinco mil millas. ¿Qué diferencia hay entre la Tercera Avenida y Siberia? Nimiedades serán, si es que pueden hallarse. Y allá voy en unas horas.

Se acabaron las escapadas al MoMA a la hora de almuerzo, las visitas al rink y al árbol de Navidad del Rockefeller Center, las andanzas por Times Square, el trío del placer de la calle 49: el ramen especial del restaurante Sapporo, los espaguetis con crema de salmón de Pasta Lovers (que ya no están el menú, pero que te preparan si los pides), y el tandoori del Bombay Masala ("el restaurante indio más antiguo de EE.UU.", dicen los dueños). Un poco más al oeste, digamos también adiós la mousaka y el pulpo de Uncle Nick's, y a las innumerables delicias de los otros cuarenta restaurantes baratos de cuarenta países diferentes que hay en la Novena Avenida. 

El exilio no es la salida del país propio para ir a otro ajeno, como dicen los diccionarios. Ese viaje, más que exilio, es casi siempre un alivio. El exilio, el verdadero exilio, supone siempre viajes más cortos. El exilio más radical es cuando uno se va a dormir a la habitación de al lado en la propia casa. El que le sigue en intensidad es mudarse a tres cuadras de distancia, desde Occidente hasta un páramo de la Tercera Avenida, para no estar más en Rockefeller Center. Es un desastre que acaba de ocurrirme. Hoy, finalmente, soy un desterrado. 

Friday, October 1, 2010

El secreto espanto de la ninoskología

A la misteriosa ceiba de la cubanología le está creciendo una ramita nueva: la ninoskología —o "la ninología", como la llaman ahora la mayoría de los expertos. La ninoskología es una ciencia que se fundamenta en un único axioma: Ninoska Pérez y los otros siete próceres del exilio vertical que la acompañan son la causa eficiente de todo lo que sucede. Los ninoskólogos tienen por verdad revelada que ese grupito de ancianos nostálgicos y enguayaberados, junto con la susodicha señora de inefable peinado, son los responsables de todo lo visible y lo invisible.

Para los ninólogos —que así también los
llaman— no hay entuerto del que no se pueda culpar a La Nino. Los cubanólogos más despistados de antaño se dedicaban al arte arduo de reconciliar lo que dice el 
Granma
 con la realidad. Los ninoskólogos de ahora —que son gente humilde— han llegado a la conclusión de que esa tarea rebasa su talento. Para no abusar ni ser abusados, hace tiempo que decidieron debatir sólo con gente de su tamaño (intelectual): Ninoska Pérez y Pérez Roura.
Estos muchachos encontraron su hombre —o su Ninoska— de paja para facilitar el trabajo de escribir la Obra... y nadie se los va a quitar. No se sabe cómo llegaron a esa verdad, pero andan convencidos de la omnipotencia luciferina del exilio vertical, ése que, por razones de fuerza biológica, cada vez está más cerca de ser el exilio horizontal. 
Entre los ninólogos hay ñángaras, criptoñángaras y gusanos. Pero todos, más allá de sus inclinaciones ideológicas, consideran que el gobierno de Cuba, y Cuba misma, son temas secundarios cuando se los compara con Madame Ninoska.
Los ninólogos ñángaras, por supuesto, se refieren a La Nino y sus samuráis octogenarios de la Calle Ocho como "lo peor de la mafia de Miami". Los criptoñángaras son más interesantes. Comienzan sus artículos con una frase que dice más o menos así: "El gobierno cubano, por supuesto, nunca ganará un premio de Human Rights Watch, pero..." Y el resto del artículo —todo lo que va después de ese "pero" kantiano— estará dedicado a explicar que Payá es fañoso, que a las Damas de Blanco les quedaría mejor otro color o que Fariñas lo que tenía era falta de apetito. No soportan a los disidentes porque consideran una pérdida de tiempo dedicarse a cualquier cosa que no sea rebatir a La Nino. Por su parte, los ninólogos gusanos escriben artículos que se pueden resumir todos a una sentencia: "Con La Nino nada, que ella es igual a los de La Habana".

Otra de las características de la secta es su compleja relación con el idioma. Después de leer varios de sus escritos —en los que quinientas palabras cargadas de sabiduría ninológica siempre parecen dos mil—, he comenzado a sospechar que consideran el castellano como un idioma enemigo. (¿Será una muestra de gallardía anticolonialista?) Su estilo —
de algún modo hay que llamarlo— recuerda el proceloso español de un bodeguero de Jaimanitas. Aunque, en general, los bodegueros de Jaimanitas no tienen la imaginación cerrera y desbocada que padecen estos muchachos. Uno tiene la impresión desconcertante de que los ninólogos se han rebelado contra los estorbos de la realidad: dicen lo que les viene a la boca, y la realidad que espere un día más fresco en Hialeah...

Y hablando de Hialeah... los ninólogos viven bajo su hechizo. Debería haber alguien en Viena estudiando el asunto. Por una parte, el halago más grande que se le puede decir a un ninólogo es susurrarle al oído: "Ay, chico(a), pero tú no te pareces a los cubanos de Miami". Te juran que detestan a Miami. ¡Ah!, pero vete y trata de conversar con uno de ellos sobre cualquier tema a ver cuánto tiempo dura sin mencionar el Parque del Dominó. 

Si les hablas de la última película de Woody Allen, 
You Will Meet a Tall Dark Stranger, te comentan: "Bueno, pero en la Calle 8 hay una marielita cartomántica..." Y si les dices que a Yoani Sánchez le negaron la salida, te aseguran que conocen a un tipo en Kendall al que no lo dejan entrar al Versailles porque una vez fue allí con un pulóver del Che. Y si les cuentas que en New York cayeron veintidós pulgadas de nieve te dicen que "esos cubanos de Miami son tan ridículos, ¡se ponen a tirar nieve artificial en The Falls Mall cada Navidad!"

Su obsesión contra Miami con el tiempo fue perdiendo el "tra" y, sin que lo notaran, se les convirtió en "obsesión con Miami". Son como esos adolescentes que se pelean como preludio al enamoramiento, pero en ellos la pelea y el amor por "la capital del exilio" son simultáneos. Si eso fuera todo, podría ser el tema de una de esas telenovelas mexicanas, que son tan lindas.


Sin embargo, el asunto tiene un tenebroso filón borgeano. Para los ninólogos, Miami es el reverso del aleph. Si el aleph de Borges es un punto en que se pueden contemplar todos los puntos del universo, para los ninólogos Miami es el único sitio del universo que son capaces de contemplar, no importa a qué punto del mundo estén mirando. Y tiene que ser aburrido vivir en un universo que se va reduciendo hasta ser sólo la Sagüesera y sus alrededores...
Los ninólogos son la otra mitad de una "unidad dialéctica" que forman con los ancianos desvelados de la Vigilia Mambisa, la Cuba Eterna y el Big Five. Y son quizás las únicas personas en el mundo a las que realmente les importa un comino lo que dicen Pérez Roura y Ninoska Pérez. [Probablemente, parafraseando a Martí, recitan como un mantra: "Dos Pérez tengo yo: Roura y Ninoska."] Los ninólogos son, en fin
—como Radio Mambí, la Funeraria Rivero y E
l Rey de la Frita—, un producto genuino de esa porción de la cubanidad que se salvó o se enquistó en Miami. Pero van por el mundo sin saberlo... y la gente, por caridad o malicia, no se atreve a revelarles lo que sólo para ellos es un secreto.

Wednesday, May 20, 2009

Del exilio

El exilio es una decisión retroactiva. Marcharse a tierra extraña,
en primera instancia, es un acto forzado o inducido por las circunstancias, los gobiernos, la necesidad, la injusticia. El tiempo
sin embargo, lo va convirtiendo en una decisión que tomamos libremente. Después de unos años llegamos a la conclusión, melancólica y liberadora, de que tuvimos la opción de “quedarnos”
a vivir, malvivir o morir en el sitio que nos fue deparado. Pero elegimos largarnos.

Y esa elección, que no descubrimos como tal hasta mucho después, supone —posibilita— muchas otras. Decidimos posarnos en Estados Unidos, México o España, Madrid o Barcelona, New York o Miami. Los que huimos de las extrañas islas de la cubanidad, seleccionamos entonces con paciencia no exenta de deleite los pedazos de la cubanía que mejor nos sientan. Escapados del lenguaje pedestre (“¿Qué bolá, acere?”), la curiosidad por la vida ajena, la monomanía política y tantos otros vicios de la tribu, podemos un día poner un disco de Tejedor y descubrirle el encanto a las “tinieblas de la noche”. Así nos acostumbramos a degustar una cubanía mansa, que dejamos salir de la jaula cuando pensamos que no nos va a morder o a lacerar.

Porque lo cierto es que vivir en Cuba o ser cubano “a tiempo completo” es un trabajo para el que no todos estamos entrenados. Los cubanos se marchan maldiciendo la unanimidad decretada por
los mandantes. Se necesitan unos años para comprender además el esfuerzo brutal que supone convivir con el sol caribeño, la gritería,
los vecinos, las cuatro cucharadas de azúcar en el café, los Van Van, los chistes que no dan deseos de reír, la tía insoportable. Visto así,
el exilio debería llamarse alivio.

La tesis contraria es suponer que esas razones menudas que enumero las vamos inventando o reuniendo para salvarnos del hecho antinatural de mascullar la misa en un idioma ajeno y usar bufandas en otoño; para soportar la tarea ingrata de reescribir esta vida que vivimos como si no fuera sólo un sucedáneo de aquella que nos estaba destinada, la verdadera, la nuestra.

En fin, ya es 20 de mayo. La República, que se asemeja cada vez más
a los animales disecados y con ojos de vidrio que pueblan nuestro antiguo Capitolio, cumple 107 años. Con la ayuda del libro de cocina que mi madre usara en La Escuela del Hogar hace más de medio siglo, MD ha preparado un quimbombó exquisito. Los Yankees ganaron
9 a 1. ¿De qué podría uno quejarse?