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Friday, September 12, 2014

"La apertura cubana", una novela de Alexis Romay

Palabras leídas en la presentación de la novela La apertura cubana, de Alexis Romay, el viernes 29 de agosto de 2014 en la librería Barco de Papel, en Queens, New York. Una vez más, agradezco a Alexis Romay que me haya pedido presentar su novela. 
El 22 de octubre de 1862 se jugó en La Habana la partida de ajedrez más singular que se haya librado en la Isla. De un lado del tablero, con los ojos vendados y las piezas blancas, estaba el genio ajedrecístico más grande del siglo XIX, el norteamericano Paul Morphy. Del otro lado estaba un joven esclavo negro, el cubano José María Sicre, con las piezas negras.
Paul Morphy era el jugador más famoso del mundo. Sureño de New Orleans, tras servir brevemente en los ejércitos de la Confederación, había burlado el bloqueo para huir del caos de su patria rumbo a Cuba. No lo sabía aún, pero su largo viaje terminaría en el caos de la locura.
José María Sicre, sin libros ni maestros, había aprendido los secretos del ajedrez observando jugar a su amo, el campeón cubano Félix Sicre. Morphy ganó la partida, como ganó todas durante aquella visita habanera, pero Sicre sería recordado por la excelente defensa francesa que ensayó aquella noche ante el sureño afrancesado.
Morphy, me imagino, jugaría aquella partida defendiendo un pasado que ahora probaba ser efímero: el Sur esclavista y su reinado del ajedrez estaban en el ocaso. José María la habrá jugado soñando con una gloria de alfiles y peones que le deparara un futuro distinto al prefijado por su mundo.
La partida de Morphy y Sicre puede ser vista como una metáfora del amor por el ajedrez, los meandros de la injusticia, la ceguera voluntaria, la violencia que divide a un país, el exilio, la larga y complicada relación entre Cuba y los Estados Unidos, el deseo de reinvención personal, la eterna posibilidad de hallar un terreno común…
En esos poderes evocadores del ajedrez pensaba mientras leía La apertura cubanala novela de Alexis Romay. Su Apertura es también una partida de ajedrez a ciegas. Y es una reflexión dolorosa y aguda —valga la "redundancia"— sobre la historia reciente de Cuba, sobre el precio que ciertas fronteras imponen, y sobre el precio cierto que se paga al imponer fronteras.
La novela se desarrolla como dos narrativas paralelas: el diario de una adolescente habanera —"la camilita"— escrito en 1986, y las transcripciones de un interrogatorio al que las autoridades cubanas someten a una veinteañera —"la neoyorquina"— en 1996.
Ambas historias se pueden leer como sendas partidas de ajedrez. Por una parte, la camilita juega la suya con la vida: trata de descubrirse y dibujar su identidad en un hogar, una escuela, un entorno que intentan predefinirla. Como José María Sicre, la camilita mueve sus torres y caballos para escapar de esa rígida y aburrida cuadrícula que su maldita circunstancia le ha deparado como sucedáneo de la vida.
La neoyorkina, que ha llegado a la Isla porque el avión en que viajaba a Bahamas ha sido secuestrado, juega su partida contra un interrogador que intenta imponerle una identidad que ella rechaza. La neoyorkina juega la partida de Morphy: está defendiendo su pasado, las penas y las glorias de su vida como ella las recuerda.
La camilita se defiende de un futuro que otros han inventado para ella y quieren imponerle. La neoyorkina, por el contrario, enfila sus trebejos contra un pasado que sus interrogadores le adjudican y que ella no acepta. La tensión entre esos dos relatos, el suspenso policiaco que los enlaza, serían suficientes para jalonar la lectura.
Pero la novela no agota su metáfora ajedrecista ahí: está también el tablero sobre el que se juegan las partidas, los cuadros blancos y negros que, en el caso de La apertura cubana, son el lenguaje y la memoria. Algunas novelas se leen por las peripecias de la trama, otras por los malabarismos del lenguaje. La apertura cubana regala una bien medida mezcla de ambos.
Hace dos décadas, al llegar a Miami, leí de un tirón las novelas y las memorias de Reinaldo Arenas que no había tenido antes. Una de mis sorpresas fue descubrir allí el lenguaje de mi infancia: aquellas frases, aquellas palabras que ya nadie usaba en Cuba pero que para Arenas, exiliado en 1980, conservarían siempre la frescura de la última foto de la fiesta. Fue una experiencia "afocante", como diría Arenas.
Leer La apertura cubana de Romay me ha recordado esas lecturas. Vivimos en una época en que se considera de buen gusto decir que uno tiene "mala memoria". La falta de memoria es, digamos, socialmente aceptable, cool. Pocas veces, sin embargo, te encuentras personas que te digan que les falta inteligencia. Detrás de esa dicotomía se esconde la noción que la memoria es la hermanita pobre del binomio. ¿Para qué quiere memoria quien tiene acceso a Wikipedia?
Los novelistas saben que esa dicotomía es una falacia. El único rasgo de inteligencia que un novelista necesita es saber disfrazar los recuerdos como frutos de la imaginación. Un novelista sin memoria sería más inútil que un submarino boliviano. En su Apertura, Alexis Romay demuestra tener una memoria fotográfica. O, para ser exactos, una pésima memoria fotográfica.
Los personajes de Apertura recrean el lenguaje popular cubano de los ochenta. El autor hace aquí un alarde de memoria que recuerda también las simultáneas a la ciegas que hicieron famoso a Paul Morphy. Este es un enunciado que se debe matizar. La literatura cubana actual abunda en historias narradas en lenguaje popular. A veces el lector se lleva la impresión de que nuestros novelistas se rinden a ese lenguaje porque es el único que entienden, usan o dominan.
La Apertura de Romay es ave de otro plumaje, y es ese un detalle que se agradece. Los personajes de Romay re-crean el lenguaje de la Cuba de los 80: se trata de un caso de literatura, no de ecolalia.
Y esa recreación del lenguaje popular juega también su partida de ajedrez con una obsesión evocativa —la de Romay y sus personajes— que van armando en la novela el retrato conceptual —en el sentido lato de la palabra— de La Habana de los 80 y los 90. Un retrato que recuerda, por lo obsesivo, las nostalgias habaneras de Cabrera Infante o la furia con que Arenas recordaba aquella ciudad que fue su enemiga.
Pero para Cabrera Infante y Arenas, las calles, los bares, la cárcel, la bohemia y las aventuras sexuales son los puntos de referencia a partir de los que se describe la ciudad. La novela de Romay es menos carnal, menos tangible. Su ajedrez nostálgico se juega en una Habana más reducida y cerebral, y más joven. La camilita, que seguramente es la adolescente más culta y más "leída" del Occidente cristiano, va desglosando en su diario una sarta de evocaciones que abarcan los libros, las frases, las canciones, las películas, los versos, las imprecaciones, los programa de radio, los grupos musicales, las modas, los peinados, los gestos de la mano izquierda y las rutas de guagua que eran el destino del habanero promedio de 1986.
Ese retablo de los milagros, ese museo de todo lo que importa y de todo lo baladí, de todo lo que se salva por la bondad o la belleza y de todo lo que debería ser condenado al olvido, debe ser obra de la mala memoria. Tener buena memoria es saber olvidar algunas cosas. En La apertura cubana,el lector se lleva la impresión de que Romay es dueño de una pésima memoria fotográfica. Para él nada parece ser desechable, cualquier olvido es pérdida, por saludable que pudiera ser olvidar ciertos detalles.
Al comentar la locura de Paul Morphy, sus contemporáneos proponían dos tesis encontradas: unos decían que había sido la derrota del Sur, la pérdida de aquel mundo que era el suyo, lo que lo había hecho perder el juicio. Otros, en cambio, aseguraban que fueron sus simultáneas a ciegas —aquellas hazañas que Morphy imponía a su memoria portentosa—, la causa de su locura.
Alexis Romay parece estar en su sano juicio, pero su novela revela una nostalgia y una capacidad de acumular recuerdos que no serían indignas de Morphy. Romay habría soñado con tener el genio ajedrecístico de aquel sureño errante. Sus lectores, sin embargo, le van a agradecer su nostalgia díscola, su memoria matemática y, sobre todo, su talento para poner a esas dos enemigas a jugar ajedrez en un libro.

Thursday, August 28, 2014

Presentación de "La apertura cubana"

Amigos:

Alexis Romay acaba de publicar su segunda novela: La apertura cubana. El autor presentará su libro mañana viernes 29 de agosto a las 6:00 de la tarde en la librería Barco de Papel, en Queens, New York (4003 80th St. Elmhurst, NY 11373). A invitación de Alexis mañana diré unas palabras sobre su novela a modo de introducción. Quedan todos invitados a asistir... y a comprar y leer esta obra.



Thursday, June 27, 2013

"Siempre nos quedará Madrid": las memorias españolas de Enrique del Risco


El pasado sábado 22 de junio, Enrique del Risco presentó su libro Siempre nos quedará Madrid en la librería Barco de Papel, de Queens, New York. Del Risco tuvo la amabilidad de pedirme que hiciera la presentación. Como sabrán algunos lectores de este blog, hace unas semanas comenté aquí el libro en un post titulado "Siempre nos quedará Madrid: el terrible y feliz destierro de Enrique del Risco"Este que aparece a continaución es el texto que leí el sábado.


El 17 de enero de 1871 publicó el New York Times una entrevista con Anita Quesada de Céspedes, la esposa del Padre de la Patria, hecha unos días antes mientras estaba detenida en La Habana. La Sra. Quesada había sido capturada por los españoles al intentar salir clandestinamente de Cuba. En su entrevista, la Sra. Quesada pondera la caballerosidad de los soldados españoles que la habían apresado en las costas de Camagüey. Cuenta que el general Chinchila esperó bajo un aguacero mientras la primera dama de la República en Armas se reponía de los rigores de la manigua en la tienda de campaña del oficial. Incluso, cuenta la Sra. Quesada, los españoles tuvieron la amabilidad de llevar lejos de su tienda a los prisioneros que iban a fusilar, para así ahorrarle escuchar el estertor de muerte de los condenados.

Ese mismo día, por cierto, el Times informaba que Ana de Quesada acababa de llegar a New York en el vapor Ciudad de Mérida. Salía así de la prisión y de la guerra de Cuba para entrar en la guerra sorda que sostendría aquí con la infatigable Emilia Casanova, esposa de Cirilo Villaverde.

Menos suerte tendría el poeta Juan Clemente Zenea, capturado con ella y fusilado siete meses más tarde en el Foso de los Laureles de la Cabaña. Cuenta Enrique Piñeyro que en el momento de enfrentar las balas, Zenea se quitó sus gafas de miope irredento y las depositó en el piso a su lado. Quería que los cristales con los que miraba el mundo llegaran intactos a las manos de la mujer que veinticinco segundos después de ese gesto sería su viuda. No es improbable que Zenea tuviese una opinión diferente de la de Anita de Quesada sobre la bondad de los soldados ibéricos. Y no se trataba simplemente del color del cristal con que los miraba.

La anécdota, en fin, resume varios destinos típicos de los cubanos que sueñan con probar nuevos aires: la cárcel, la muerte, Nueva York, las rencillas entre emigrados…

Enrique del Risco y de su esposa “Cleo”, como Zenea y Anita de Quesada, también cayeron en manos de los españoles tras un intento de salida de Cuba, aunque este resultara más exitoso que el de aquellos patriotas. Siempre nos quedará Madrid es el recuento de su salida azarosa y su vida de exiliados ilegales en la Madrid de mediados de los noventa. Su experiencia —y los recuerdos de su aventura— parecen estar entre esos dos extremos que representarían Zenea y la Sra. Quesada.

Este relato es la crónica de una vivencia que comparten dos millones de cubanos. Y es un intento de explicar(se) los sinsabores y las sorpresas de quien decide largarse del lugar donde ha nacido. El libro —la vida de Enrique y su esposa en Madrid— se va poblando poco a poco de una fauna que parece destinada a ilustrar el retablo de los milagros. La generosidad entusiasta que se transforma luego en recelos y malentendidos, la convivencia con gente con la que nunca se le hubiera a uno ocurrido vivir en su sano juicio o en su país de origen, la esperanza sin brújula pero sin muerte del emigrante, la bondad que sorprende a la vuelta de una esquina como un atracador: esos son los elementos del ajiaco/fabada que Del Risco va cocinando en estas páginas.

Desde esa descripción del Madrid de los años noventa, Del Risco —que es miope como Zenea— describe también a Cuba y describe sobre todo los cristales que le tocaron para mirar al mundo. Cada quien es miope a su estilo, pero el asunto es saber exactamente qué graduación necesitamos. La vida cubana es la graduación del cristal con que el autor mira a Madrid, y ese es uno de los ejes de su relato. Del Risco pesa cada experiencia madrileña —ir al cine, entrar en un bar, celebrar la Navidad o su cumpleaños— a partir de la aridez habanera de su vida anterior.

Es ahí donde el libro alcanza su mayor intensidad. Estas son las memorias de dos jóvenes que llegan a España y pasan quince meses pagando la imprudencia, pero que cada día se sienten dichosos de haber logrado largarse de su país. Como he dicho antes, esa dicha no es un síntoma de desarraigo, sino el resumen de una experiencia vital que pasó de la fe a la desesperación después de visitar el desengaño y llegar al aburrimiento. Del Risco dibuja —como no he visto hacer a nadie hasta ahora— una nueva relación con Cuba que no encaja en los arquetipos usuales. La Cuba que Del Risco asume como suya no es la República, que no conoció, ni es el país del "socialismo real" en el que creció, y que se le fue haciendo cada vez menos real y tolerable. En los puntos de comunicación y distanciamiento que el autor describe o sugiere en su libro se define una nueva relación con un archipiélago del que cada cual elige los islotes que considera más amigables. El destierro para Del Risco y su generación no es el distanciamiento físico de un país, sino el extrañamiento —a veces voluntario— de ciertas zonas de la cubanidad irremediablemente envenenadas por la historia.

Del Risco viene a recordarnos que el dolor del exilio a ratos es proporcional a la hospitalidad de la tierra natal. Cuando el aire patrio se enrarece lo suficiente, exilio puede ser un sinónimo de alivio; porque la distancia permite saborear la cubanidad con la cucharita del té, y ponerla bajo llave cuando se salga del plato. Uno lee un libro que nos revela cosas absolutamente nuevas o que nos hace ver lo conocido con nuevos ojos, porque el autor tiene una mirada mucho más fina que la nuestra. Mirado así, este será un libro excelente para dos tipos de cubanos: los que se han ido del Cuba o el que planifica irse. O para cualquiera que pretenda entenderlos.

Siempre nos quedará Madrid es un libro escrito con una buena dosis de ironía. Y la primera víctima de esa navaja es el propio autor, que nos describe en detalle su casi absoluta incapacidad de sobrevivir en un país normal o de conseguir un trabajo que no consista en hablar o escribir. Pero el desfile de personaje incluye hombres crónicamente infieles, músicos alucinados por el humo de impuros cigarros, mujeres celosas hasta el crimen o el suicidio, matones cobardes, tacaños incondicionales y estafadores devotos.

Sin embargo, hay también en el relato una filigrana más pura: el cultivo de la amistad y la decisión de rescatar ciertas cosas esenciales son las tablas de salvación a las que recurren los protagonistas en un momento de sus vidas en que todo parece ir a la deriva. Los españoles que le tocaron en suerte a Del Risco no le cedieron la tienda de campaña como el caballeroso general Chinchila haría con Anita de Céspedes, pero tampoco lo llevaron a pasear junto a los laureles como al pobre Zenea. Su destino madrileño fue más común, más como el nuestro. Pero su relato tiene la lucidez y el humor que permite al lector repasar su propia experiencia con una mirada más aguda y más amable. Y eso basta para darle a Enrique del Risco las gracias.