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Monday, June 17, 2013

La ingratitud probable de los hombres

Alejandro Armengol (AA) ha publicado la pasada semana un artículo en la revista digital Cubaencuentro en el que comenta la salida de Cuba de la familia Payá-Acevedo. Se titula "Dos patrias tiene ella: Cuba y Miami", y es de esos textos que acompañan para siempre a sus autores. En él trata temas pertinentes y hace análisis necesarios, pero su artículo parece urdido en ausencia de la bondad. No dudo de que Armengol —a quien no conozco— sea un hombre de bien, pero su nombre, así como la credibilidad de Cubaencuentro, se verán lastrados por esta diatriba que parece dictada por el rencor.

En su comentario, Armengol se mofa de la esposa y la hija de Oswaldo Payá Sardiñas, el líder del Movimiento Cristiano Liberación muerto el 22 de julio de 2012, y pone en entredicho el valor y el patriotismo de ambas mujeres. Muchos de los que seguimos la noticia de la muerte de Oswaldo Payá y su larga coda quedamos conmovidos por la entereza, la dignidad y el valor con que Ofelia Acevedo y Rosa María Payá enfrentaron el acontecimiento más trágico de sus vidas. Diez meses más tarde, AA tilda a ambas de cobardes y oportunistas. Afirma, entre otras cosas, que su decisión de partir al exilio fue "una salida aprovechada y poco heroica".

Y por eso se burla de ellas con el lenguaje orillero del desprecio y las acusa de poner "los pies en polvorosa" cuando "la candela aprieta". Esa es la opinión de AA sobre Ofelia Acevedo, una ingeniera civil que jamás tuvo vocación política y que asumió por amor a Oswaldo y a Cuba una vida que pocos nos atreveríamos a abrazar. Eso opina de Rosa María Payá, una muchacha de 24 años que ha vivido toda su vida como un paria en su propio país por ser la hija de Oswaldo, y que ha demostrado una lucidez y un valor pasmosos tras la muerte de su padre. Sospecha AA que, después de 25 años de oposición en Cuba, "el traslado de los Payá obedece también a un fin económico". ¿Pensará que vivieron un cuarto de siglo de vejaciones y acoso con el objetivo de cobrar sabe Dios qué estipendio en Estados Unidos en el año 2013?

Las burlas y acusaciones de AA tienen origen en su escepticismo: afirma que él "no se traga el cuento del patriotismo estilo siglo XIX". Los patriotas de aquella época, se supone, eran intachables, pero estos de ahora no están a la altura que Armengol exige, y por eso no puede creer en ellos.

No estoy seguro de que esa falta de admiración sea culpa de los opositores actuales. También en el siglo XIX había cubanos incrédulos del patriotismo ajeno, incapaces de sentir admiración ni respeto por los que se jugaban la vida en aras de la independencia. Así lo cuenta Máximo Gómez en sus "Notas autobiógraficas" de 1894. Después de diez años peleando en la manigua, tras el Pacto del Zanjón, Gómez salió hacia Jamaica. Y allí se topó con jueces no menos implacables que Armengol. Dice Gómez:
El elemento cubano que allí había esperado largos años que le diéramos la Patria libre se sintió indignado contra todos los que combatimos 10 años sin poder conseguir el triunfo. No contento el destino con mi precaria situación, quiso agregar un nuevo suplicio a mi infortunio, pues pensando encontrar allí amigos compasivos, agradecidos y generosos que me amparasen, es por el contrario gente apasionada y de limitados alcances: vieron en mí el primer factor de la paz que concluyó una guerra a que nunca fueron ellos a ayudar, de ahí que fuese yo el blanco de su injusto encono y desprecio.
Y en sus "Recuerdos: Páginas dedicadas a mi hija Clemencia", de 1881, había dicho: "Pensaba yo que al llegar entre aquella emigración llegaría cerca de mis hermanos y juntos lloraríamos la pérdida de Cuba desgraciada y tendría derecho a alguna consideración. Pero no fue así: el desprecio y la calumnia me recibieron en la colonia inglesa."

A ese desprecio y a esas calumnias seguramente se refería Martí cuando le escribió a Gómez en septiembre de 1892 para pedirle que se pusiera al mando del Ejército Libertador. Por eso le aclara que no podía prometerle otra recompensa que no fuera "el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres".

José Martí sería también víctima de aquellos cubanos del siglo XIX que "no se tragaban el cuento del patriotismo". Basta repasar las páginas de la Mitología de Martí de Hernández Catá para recordar que lo llamaban "Capitán Araña", que ponían en duda su valor y su capacidad de sacrificio, que lo tildaban de cobarde y de interesado. Esa injuria repetida al infinito, ese mote odioso de "Capitán Araña", probablemente le hayan costado la vida. Esa calumnia recurrente fue una de las razones de su imprudente arrojo en Dos Ríos.

Casi a la media noche del 19 de mayo de 1895, cuando su cadáver entró al pueblito de Remanganaguas atado como un fardo sobre lomo de un caballo, todavía dudaban muchos en las emigraciones de su valor. Hasta que los españoles no mostraron su cadáver putrefacto en Santiago, siguieron muchos cubanos —y el New York Times— poniendo en duda que Martí siquiera estuviese en Cuba. Un mes después de su muerte, se corrió en Tampa la noticia de que lo habían visto vivo y fresco paseando por Ybor City. Aún  no podían creer algunos que el "Capitán Araña" hubiese ido a morir junto al tronco de un jobo en Dos Ríos.

El patriotismo de ahora, nos afirma AA, no es como el del siglo XIX. Parece, sin embargo, que "la ingratitud probable de los hombres" y las calumnias siguen siendo las mismas. Y es que el sacrificio extremo, que despierta la admiración de tantos, para otros es sólo un motivo de sospecha o de escarnio.

La familia Payá-Acevedo ha vivido durante un cuarto de siglo lo que Juan Pablo II en su día llamara "un martirio civil". El calvario familiar tuvo su colofón en la trágica muerte de Oswaldo el verano pasado. Cualquiera diría que ese purgatorio de casi tres décadas, y esa muerte, son más de lo que cualquier familia debe pagar por buscar el bien de su patria. Hay quienes parecen opinar que los Payá-Acevedo merecen una cuota adicional de sufrimiento y vejación. Sépase que esa obsesión inquisitorial dice más sobre el carácter de quienes la propugnan que sobre las personas contra las que va dirigida.


Monday, October 29, 2012

Del ciclón y el otoño

Foto: Tersites Domilo
Habiendo espantado la mula, habiendo renunciado al verde eterno y las demás bendiciones del Caribe, asumen los cubiches de New York y de New Jersey que se han puesto a salvo del huracán y los demás achaques de la zona tórrida. En esa huida de los trópicos hay un pacto tácito, una aceptación de la nieve y las hojas amarillas que cubren de otoño los patios y el alma. El pacto supone también que uno no tendrá que ciclonear ni comprar carne de res de contrabando. Y Sandy ha venido a anular esas certezas. 

Por estos lares uno se va acostumbrando a la elegante, precisa y lenta devastación del otoño. Sales con los niños el Día de las Brujas y comentas: "El año pasado quedaban más hojas en los robles". Tomas fotos del árbol de frente de la casa y compras vino de Borgoña. Te preguntas cuándo será la primera nevada de este año. Porque a estas alturas, a estas latitudes, lo primordial es la certeza y la rutina. O así solía ser hasta hace una semana.

El ciclón fue primero una noticia terrible y cercana por los once muertos y las miles de casas destruidas en Oriente. Ahora es una noticia temible y cercana que podría tumbarte el roble del patio y acabar con tu vida o con tu casa. Un ciclón extraño este Sandy, que perdona a La Habana y a Miami, pero va en busca de "cubanos de provincia" sin importar si es en Union City o en Guantánamo. Que lo mismo arranca las cubanas cupulinas de la Catedral de Santiago que echa a volar las antenas altaneras del Empire State. Este ciclón viene a recordarnos —como si hicera falta— cuán lejos puede perseguir a cualquiera su destino cubano. Si tocan esta noche a la puerte, no me asombraría que fuera alguien que viene a venderme un boliche en bolsa negra. 

Friday, July 13, 2012

Rafael López Ramos: las bodas del deseo

El domingo 7 de julio, Rafael López Ramos inauguró su exposición Wonderland en la galería 17 Frost, que se encuentra en 17 Frost Street, Brooklyn, NY. La exposición se exhibirá hasta el 25 de agosto. Para verla, se debe hacer una cita previa llamando al (718) 902-5714 o enviando un mensaje a esta dirección de correo electrónico: 17frost@gmail.com

Obra de Rafael López Ramos

Este domingo, el pintor Rafael López Ramos (RLR) inauguró una exposición de sus obras recientes en Brooklyn. La galería se llama 17 Frost, pero el domingo allí no había escarcha sino un calor de 90 grados a la luz de la luna. Será por eso que todas las mujeres de los cuadros de RLR andaban desnudas. Será por eso también que 17 Frost no tiene cielo raso y mostraba una vigas tan desnudas como las mujeres de la pared. O bien pudiera ser que RLR, que parece llevar su mundo en los bolsillos, hubiese traído el calor de Miami a Williamsburg, que es un barrio usualmente tan cool...

Obra de Rafael López Ramos
El hecho es que en esos cuadros pululan latas de cerveza y jevitas en traje de Eva, envases plásticos y nenitas en cueros, fotos de carros y tetas al aire, piezas de cafetera y vaginas sonrientes, volantes de autos y más teticas frescas aún... En fin, "entartete Kunst", diría el cojo Pepe Goebbels; "decadencia burguesa", diría Pepe Stalin; "jueguitos de mercadeo", diría cualquier Pepe Pérez.

Aunque es hecho conocido que alguna vez jugó a la pelota, no me parece que RLR esté jugando ahora a nada con sus niñas en pelotas. Tras una hora mirando esos cuadros uno se lleva la impresión de que RLR juega a la verdad, como se decía antes cuando la gente apostaba el dinero del almuerzo en un partido de dominó. Y eso que la verdad ya no es ni la sombra de lo que era antes.

Lo que parece compulsar a RLR es la instrumentalización del cuerpo femenino, sí, pero más aún, del deseo mismo. Esa instrumentalización se puede expresar como pornografía, pero que no se limita a la libido. Mickey Mouse tentado por un billete de un millón es una metáfora de la perversión de un deseo infantil, o de la no menos perversa infantilización de ciertos deseos; y la superposición de un abridor de cerveza a los aviones de guerra sugiere la rebeldía adolescente reempacada como jingoísmo.

17 Frost. 7 de julio de 2012, a las 11:00 p.m.
RLR arma ese discurso en grandes lienzos igual que en esas obras de pequeño formato irregular que él llama POLIsexyGONS. (Uno de los tres conjuntos de obras que formaban parte de la exposición.) En esa serie, el abandono de la forma rectangular no parece un acto de rebeldía sino de resignación ante la adulteración que sufre cualquier cosa para convertirse en pieza de trueque. No hay en esas obras pequeñas otro alarde que el de la disciplina y la mesura. La impresión que se lleva el espectador es que RLR sabe exactamente lo que quiere decir, y cómo decirlo. Su pasión no parece rebajarse a la ansiedad, a la tentación del showman.

Si el dinero es la enajenación del trabajo, podríamos decir que la propaganda es la enajenación del deseo. Viendo esos cuadros de RLR uno recuerda los versos de Ernesto Cardenal: "Hemos deseado siempre más allá de lo deseado / Somos Somozas deseando más y más haciendas / More More More / y no sólo más, también algo 'diferente' / Las bodas del deseo / el coito de la volición perfecta / es el acto de la muerte". Y algo de muerte hay en esos cuerpos desnudos metidos en latas y envases de conservas; y en ese Mickey Mouse que, concentrado en el billete, no ve la ratonera. Esa misma ratonera que RLR parece ver —y mostrarnos— con perfecta nitidez.

Obra de Rafael López Ramos

Wednesday, January 18, 2012

Un amor imposible: el comunismo y el motor de combustión interna


La gente de ahora se ofende con una prontitud muy sospechosa. Darse por ofendido se ha convertido en un deporte más popular que el fútbol. Ya va siendo hora de que se incluya en los Juegos Olímpicos, digo yo...  Lo bueno es que "el deporte une a los pueblos". La semana pasada, sin ir más lejos, los mambises más desvelados de Miami y La Habana se rasgaron las vestiduras al unísono, ofendidísimos ambos todos por una sola imagen.

Resulta que a Dieter Zetsche, ese señor bigotudo que preside la Mercedes Benz, se le ocurrió usar una famosa foto del Che Guevara para una nueva promoción de su compañía. Los de Miami gritaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese indeseable para vender un automóvil magnífico. Los de La Habana chillaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese hombre magnífico para vender un automóvil... bueno, sí, magnífico también, pero de todas maneras...

La idea, sin dudas, debe haber sido la más obtusa que ha tenido Herr Zetsche desde que se le ocurrió comprar la Chrysler. Porque, puestos a ver, los comunistas, que en su momento lograron robar la tecnología necesaria para hacer bombas atómicas y que llegaron a construir cohetes espaciales y vehículos lunares, nunca lograron fabricar un automóvil decente. (Es por eso que cuando a usted le dicen que Corea del Norte está fabricando armas nucleares, lo cree y se preocupa; mientras que si alguien le propusiera comprar un automóvil de fabricación norcoreana se moriría de la risa.)

En Cuba, por ejemplo, se decía que todo el que manejara un Moskvitch soviético era creyente... pues 'creía' que tenía un auto. ¿A quién se le ocurre entonces asociar la idea del comunismo con un automóvil? Por uno de esos misterios que no nos está dado escudriñar, el marxismo leninismo es ontológicamente incompatible con el motor de combustión interna. La prueba más irrefutable de esa verdad colosal es el Trabant, aquel adefesio que fabricaban en Alemania Oriental, o la RDA, como decíamos entonces. Lograr que los alemanes, ¡los alemanes!, construyeran semejante ineptitud rodante en plena Sajonia es quizás el mejor ejemplo del extraño poder de los comunistas, Midas al revés, para convertir todo lo que tocaban en... caca.

Y además, ¿qué relación podría haber entre el Che y Mercedes (Benz)? De hecho, se dice que Guevara, en los tiempos románticos en que se dedicaba a hablar con Sartre por el día y a liquidar enemigos del pueblo en La Cabaña por la noche, recorría La Habana en un Chevrolet Impala del 59. (Un Chevy cheo el del Che, podrá decir el lector, pero sin dudas un auto mucho más proletario que un Mercedes.)

Si lo que necesitaban los de la Mercedes era un comunista para promover la marca, más lógico hubiese sido utilizar la imagen de los dos hermanos que embarcaron, perdón, que desembarcaron en Cuba con el Che, pues ellos sí han usado los modelos de la Mercedes Benz desde que sus últimas limusinas Chaika GAZ M13 de la era de Brezhnev quedaron muertas en la carretera por un ataque de perestroika.


La limusina Mercedes Benz del Hermano #1, Pol Pot
Y si se piensa en el mercado asiático, tan importante en estos tiempos que corren, otro camarada que serviría para promover la Mercedes sería el inolvidable Pol Pot. El tipo asesinó dos millones de camboyanos en aras de la construcción del socialismo, y prohibió a casi todo el mundo tener, o siquiera usar, un auto. Pero él, el Hermano #1, andaba siempre en una limusina de la Merecedes Benz. Prueba de que matar dos millones de personas no tiene por qué arruinarle a uno el buen gusto en cuestiones de transporte.

Una de las limousinas ZiS 150 de Iosif Stalin
Lo mismo no se podría decir de Stalin, por ejemplo, pues él andaba en una limusina blindada marca ZiS 150. ¿Orgullo soviético? Quién sabe. ZiS, al fin y al cabo, eran las iniciales de la fábrica Zavod Imeni Stalina, nombrada en honor de quien te dije. Pepito Acero habrá pensado: "Si Ford anda en un Ford, Stalin puede andar en un Stalin". El nombre de la fábrica, por cierto, después de la muerte del susodicho cambió a ZiL, iniciales de Zavod Imeni Likhacheva. Y es que veinte millones de muertos no lucen bien en el resumé de nadie.

En cualquier momento —cosas veredes, Sancho—, se aparecen los de la Ford con una campaña publicitaria ilustrada con una foto del Kim Jong Il, ya fritanga momificada, como lo vimos hace menos de un mes, paseando por Pyongyang en su limousina Lincoln, acostadido en el techo de flores blancas, tan cómodo y sereno, soñando con el paraíso proletario sobre un Fotingo del setenta y tres. 

Pero a fin de cuentas, quienes pudieran usar la idea del Sr. Zetsche mucho mejor que nadie serían los desalmados capitalistas de la Rolls-Royce. Cuando se trata de blasonar un patrocinador revolucionario, nadie podrá competir jamás con la Rolls, esa marca que tantos asocian con la más decandente plutocracia. Pues el líder del proletariado mundial, el profeta de la sociedad sin clases, el querido Vladimir Ilich Lenin (que su momia se conserve eternamente libre de polillas), usaba siempre la misma marca de autos: Rolls-Royce. El lema publicitario podría ser: "El camino al comunismo es glorioso... si uno va en un Rolls. ¡Viva la revolución!" 


Uno de los nueve Rolls-Royce de Vladimir Ilich Lenin


Friday, October 1, 2010

El secreto espanto de la ninoskología

A la misteriosa ceiba de la cubanología le está creciendo una ramita nueva: la ninoskología —o "la ninología", como la llaman ahora la mayoría de los expertos. La ninoskología es una ciencia que se fundamenta en un único axioma: Ninoska Pérez y los otros siete próceres del exilio vertical que la acompañan son la causa eficiente de todo lo que sucede. Los ninoskólogos tienen por verdad revelada que ese grupito de ancianos nostálgicos y enguayaberados, junto con la susodicha señora de inefable peinado, son los responsables de todo lo visible y lo invisible.

Para los ninólogos —que así también los
llaman— no hay entuerto del que no se pueda culpar a La Nino. Los cubanólogos más despistados de antaño se dedicaban al arte arduo de reconciliar lo que dice el 
Granma
 con la realidad. Los ninoskólogos de ahora —que son gente humilde— han llegado a la conclusión de que esa tarea rebasa su talento. Para no abusar ni ser abusados, hace tiempo que decidieron debatir sólo con gente de su tamaño (intelectual): Ninoska Pérez y Pérez Roura.
Estos muchachos encontraron su hombre —o su Ninoska— de paja para facilitar el trabajo de escribir la Obra... y nadie se los va a quitar. No se sabe cómo llegaron a esa verdad, pero andan convencidos de la omnipotencia luciferina del exilio vertical, ése que, por razones de fuerza biológica, cada vez está más cerca de ser el exilio horizontal. 
Entre los ninólogos hay ñángaras, criptoñángaras y gusanos. Pero todos, más allá de sus inclinaciones ideológicas, consideran que el gobierno de Cuba, y Cuba misma, son temas secundarios cuando se los compara con Madame Ninoska.
Los ninólogos ñángaras, por supuesto, se refieren a La Nino y sus samuráis octogenarios de la Calle Ocho como "lo peor de la mafia de Miami". Los criptoñángaras son más interesantes. Comienzan sus artículos con una frase que dice más o menos así: "El gobierno cubano, por supuesto, nunca ganará un premio de Human Rights Watch, pero..." Y el resto del artículo —todo lo que va después de ese "pero" kantiano— estará dedicado a explicar que Payá es fañoso, que a las Damas de Blanco les quedaría mejor otro color o que Fariñas lo que tenía era falta de apetito. No soportan a los disidentes porque consideran una pérdida de tiempo dedicarse a cualquier cosa que no sea rebatir a La Nino. Por su parte, los ninólogos gusanos escriben artículos que se pueden resumir todos a una sentencia: "Con La Nino nada, que ella es igual a los de La Habana".

Otra de las características de la secta es su compleja relación con el idioma. Después de leer varios de sus escritos —en los que quinientas palabras cargadas de sabiduría ninológica siempre parecen dos mil—, he comenzado a sospechar que consideran el castellano como un idioma enemigo. (¿Será una muestra de gallardía anticolonialista?) Su estilo —
de algún modo hay que llamarlo— recuerda el proceloso español de un bodeguero de Jaimanitas. Aunque, en general, los bodegueros de Jaimanitas no tienen la imaginación cerrera y desbocada que padecen estos muchachos. Uno tiene la impresión desconcertante de que los ninólogos se han rebelado contra los estorbos de la realidad: dicen lo que les viene a la boca, y la realidad que espere un día más fresco en Hialeah...

Y hablando de Hialeah... los ninólogos viven bajo su hechizo. Debería haber alguien en Viena estudiando el asunto. Por una parte, el halago más grande que se le puede decir a un ninólogo es susurrarle al oído: "Ay, chico(a), pero tú no te pareces a los cubanos de Miami". Te juran que detestan a Miami. ¡Ah!, pero vete y trata de conversar con uno de ellos sobre cualquier tema a ver cuánto tiempo dura sin mencionar el Parque del Dominó. 

Si les hablas de la última película de Woody Allen, 
You Will Meet a Tall Dark Stranger, te comentan: "Bueno, pero en la Calle 8 hay una marielita cartomántica..." Y si les dices que a Yoani Sánchez le negaron la salida, te aseguran que conocen a un tipo en Kendall al que no lo dejan entrar al Versailles porque una vez fue allí con un pulóver del Che. Y si les cuentas que en New York cayeron veintidós pulgadas de nieve te dicen que "esos cubanos de Miami son tan ridículos, ¡se ponen a tirar nieve artificial en The Falls Mall cada Navidad!"

Su obsesión contra Miami con el tiempo fue perdiendo el "tra" y, sin que lo notaran, se les convirtió en "obsesión con Miami". Son como esos adolescentes que se pelean como preludio al enamoramiento, pero en ellos la pelea y el amor por "la capital del exilio" son simultáneos. Si eso fuera todo, podría ser el tema de una de esas telenovelas mexicanas, que son tan lindas.


Sin embargo, el asunto tiene un tenebroso filón borgeano. Para los ninólogos, Miami es el reverso del aleph. Si el aleph de Borges es un punto en que se pueden contemplar todos los puntos del universo, para los ninólogos Miami es el único sitio del universo que son capaces de contemplar, no importa a qué punto del mundo estén mirando. Y tiene que ser aburrido vivir en un universo que se va reduciendo hasta ser sólo la Sagüesera y sus alrededores...
Los ninólogos son la otra mitad de una "unidad dialéctica" que forman con los ancianos desvelados de la Vigilia Mambisa, la Cuba Eterna y el Big Five. Y son quizás las únicas personas en el mundo a las que realmente les importa un comino lo que dicen Pérez Roura y Ninoska Pérez. [Probablemente, parafraseando a Martí, recitan como un mantra: "Dos Pérez tengo yo: Roura y Ninoska."] Los ninólogos son, en fin
—como Radio Mambí, la Funeraria Rivero y E
l Rey de la Frita—, un producto genuino de esa porción de la cubanidad que se salvó o se enquistó en Miami. Pero van por el mundo sin saberlo... y la gente, por caridad o malicia, no se atreve a revelarles lo que sólo para ellos es un secreto.

Monday, March 9, 2009

La entrevista de ciudadanía




Ayer, 4 de agosto, fiesta de San Juan María Vianney y cumpleaños de mi suegra, tenía yo la cita para la entrevista de ciudadanía norteña (norteña en este caso hace referencia al “Norte revuelto y brutal”, no a esa bella música al ritmo de la cual nuestros hermanos aztecas bailan “la quebradita”).

Había estado yo por años posponiendo el momento de “plegarle la alianza” a la bandera estrellada y chillar aquello de “Oh, José, can you see…” por tres razones muy poderosas. En primer lugar, porque las gestiones burocráticas me caen como una patada en ese ojo con el cual “Oh, José, you can’t see…”; en segundo lugar, porque no me creo en condiciones de jurarle fidelidad a ninguna bandera, país, ejército o bando cualquiera (a veces, en el dominó, juego la ficha que no va sólo por ver la cara de desesperación de mi compañero de equipo); y en tercer lugar, porque la única denominación con la que me he sentido cómodo en mi vida es la de “apátrida”, con la que me cataloga el gobierno de una isla del Caribe de cuyo nombre quisiera olvidarme.

Me levanté, pues, en esa mañana de lunes (¡para colmo!), dispuesto a cambiar de nacionalidad, con la tímida esperanza de que tener el pasaporte con el pajarraco de patas abiertas me mejore el acento jamaiquino con que hablo (es un decir) el inglés. Después de un café y un purito impuro de desayuno, me coloqué el New York Times bajo el sobaco y me fui a la fábrica de ciudadanos.

El día había comenzado bien. Era una mañana perfecta: 25 grados a la sombra, sol radiante, cielo azul y unas nubecitas pintadas por Carlos Enríquez antes de que empezara a beber. Me alegraba, además, la idea de pensar en mi suegra y en el santo cura de Ars al inicio del día. Soy devoto de los dos. Mi devoción por San Juan María, a diferencia de la de tantas personas, no se inspira en sus dotes extraordinarias de confesor y “cura de almas”, sino en el hecho de que, de joven, haya desertado del ejército —razón por la que siempre he pensado que debería ser declarado Patrón de los Desertores. Jurar defender la Constitución y los Estados Unidos —y tomar las armas si fuese necesario para ello— era una exageración de mi parte, por supuesto, pero me aliviaba la conciencia el hecho de hacerlo el día del santo desertor. De alguna manera, eso me consolaba de la pérdida de mi condición de apátrida. La devoción por mi suegra, por otra parte, tiene su origen en las matemáticas y la geografía: vive a 1303 millas de mi casa (según Google). Las suegras son como Cuba: cuanto más lejos logra uno vivir de ellas, más las quiere, aunque la mía —mi suegra, no mi Cuba— sea una santa comparable al Cura de Ars.

Entré en la sala de espera del paraíso y hacía un frío siberiano. [Como todo cubiche que vive en las cercanías de New York, atribuyo cualquier exceso, señal de mal gusto, falta de prudencia o resabio, a los cubanos de Miami. Por tanto, siempre pensé que esa costumbre de combatir el calentamiento global convirtiendo la sala de la casa en nevera era exclusiva de Hialeah y la Sagüesera.] Miré a mi alrededor, estudié la cara de los “esperadores”, y me senté en el lugar en que me parecía que no habría nadie que quisiera conversar con su vecino de asiento.

Pocos minutos después, una señora de incierta edad con pinta de iraní prooccidental colocó sus nalgas cuneiformes en la silla de al lado. Pensé que tenía la misma expresión de tristeza persa que debió poner Soraya cuando el Sha le dijo que se divorciaba de ella por no ser precisamente una buena “fábrica de ciudadanos”. El hecho es que esta Soraya venida a menos comenzó por preguntarme la hora y después arrancó a hacer comentarios sobre lo mal que pronunciaban los nombres árabes y persas aquellos gringos. Yo le puse cara de ayatolá con acidez estomacal (es una redundancia, los ay atolás siempre tienen cara de estreñidos) y saqué mi New York Times para enterarme de que se había muerto Solzhenitsyn.

Era como si comenzaran a confirmarse las malas premoniciones que adelantaba el viento gélido producido por el maldito acondicionador de aire. Habían pasado 45 minutos y me sentía ya como un prisionero de Vorkuta. Con el corazón encogido por la muerte de Aleksandr Isayevich, y otras partes de la anatomía (que lo menos que necesitarían sería apocamiento) reducidas —aún más— por el frío, leí como si fuera un reproche esta oración del obituario: “In contrast to the rest of his family, he never became an American citizen.

Terminada la lectura de las noticias del día, miré el reloj, vi que llevaba dos horas en aquel Frigidaire, y recordé la frasecita engañosa de la citación: “Plan to spend two hours...” Me fui a preguntarle a un tipo de cabello y corbata amarillos qué pasaba. Me pidió mi green card, se fue con aire de resolverlo todo en un minuto y regresó al poco rato con una respuesta digna del oráculo de Delfos: “They will call you in a while.

Una hora después, un tipo que me recordó la foto de Gandhi en sus tiempos de abogado en Johannesburgo, pronunció mi nombre con el acento y la autoridad de un dvijóttama en asuntos inmigratorios. Llevaba una corbata de lástima y una camisa de puños gastados del color del aburrimiento. Su bigotito estrechísimo me hizo imaginar a Jorge Negrete en una película de Bollywood, cantando corridos en sánscrito y con un turbante en la cabeza en lugar del sombrerote de machote que solía llevar.

Al entrar en la oficina tuve la ligera impresión de estar en Cuba con frío (lo que los yankees llaman un air-conditioned hell). Había muebles y papeles amontonados en una esquina como si alguien, con urgencia ciclónica, hubiese quitado del medio las pertenencias del dueño anterior para hacerle espacio al actual ocupante. Por el suelo arrastraban su inutilidad un ventilador mustio y un calefactor portátil que tenían inscritos, con pintura negra y caligrafía criminal, el nombre y apellido de mi brahmán examinador: Adesh Handlal.

Observé después a Mr. Handlal, que andaba ahora sumido en mi expediente, y que lo miraba todo con gesto desaprobatorio. (Nunca ningún burócrata miró mi expediente con otra expresión.) Cada vez que tenía que hacer una anotación, Mr. Handlal sacaba un papel carbón (animal veterotestamentario que yo no veía desde la llegada a Gringolandia) y lo ponía entre el original y una copia. Después perforaba las hojas y las iban poniendo en una carpeta con una de esas grandes grapas o presillas que yo creía especies extintas como el papel carbón.

A medida que avanzaba en el análisis de mi expediente —sin dudas deprimente para él—, mi brahmán comenzó a hacer gestos de coach de béisbol que me hicieron pensar que la lectura mi historia inmigratoria le había causado locura temporal: soplaba el bolsillo de su camisa como si quisiera abrirlo sin tocarlo, palpaba la tela gastada de los puños, se tocaba los codos y los lóbulos de las orejas y, de cuando en cuando, subía el brazo por encima de su frente y se quedaba mirando el reloj por largo rato como si en la esfera tuviera grabados los 700 versos del Bhagavad-Gita y se propusiera leerlos antes hacerme gringo.

Are you married?” me preguntó finalmente. Ante mi respuesta
—resignadamente afirmativa— se quedó como dudando y volvió a la carga: “How many times have you been married?” No sin cierto pavor, me apresuré a decir que sólo una vez. “Just once?” Su indignación ante mi abulia nupcial era evidente. Siguió por media hora observando el reloj, rascándose los codos, soplando el bolsillo de la camisa y haciendo marcas feroces en las páginas de mi expediente sin volverme a preguntar nada más sobre mi vida marital.

Are you ready for the test?” me preguntó finalmente, como si esperara que le respondiera con el "Ave Cesar, moriturii te salutam" de los gladiadores. Después de varias preguntas respondidas exitosamente, me sentía yo como si me fueran a dar el Premio Nobel de Historia, de contra, junto con la ciudadanía. “Who said ‘Give me liberty or give me death’?” me espetó Mr. Handlal como sacando su carta de triunfo. “An idiot”, estuve tentado a responderle pero, como siempre, mi cobardía no me falló: pensé en las horas que me tendrían en aquel congelador si tenía que volver y respondí con un sumiso “I don’t remember”. Al Obergruppenführer Handlal se le iluminó el rostro de alegría. “Try, try!”, casi me grita. “I don’t remember, sir”, le dije yo, que ya me iba hastiando de la comedia. Después quiso que le nombrara las 13 colonias. Comencé a recitar como si estuviera en el catecismo y a la octava me callé. “Go on!”, me animó, Mr. Handlal. Lo miré con cara de pocos amigos y le dije que había perdido la cuenta de las que me faltaban. Hizo la siguiente pregunta sobre cuántas veces puede una persona salir electa senador o representante. “As many times as voters vote for him or her”, le respondí. “Without any
limit?!!!
”, me dijo con tono de maestro que quiere sorprender a un alumno insoportable. Without limit, sir”, le respondí yo muy seguro de mis conocimientos sobre “The Way Our Democracy Works”.

Se dio por vencido. Me dijo que fuera y le trajera unas fotos de pasaporte y una copia de la green card y me dejó en paz. Salí de allí como mismo salí de la Oficina de Intereses en La Habana quince años antes, otro día de agosto en que me dieron la visa: cayéndome del hambre y con los huesos congelados. Lo única decepción era que esta vez no tenía el consuelo de estarme yendo a Estados Unidos como la vez anterior.