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Sunday, December 19, 2010

Lezama Lima o los pezones de la Duquesa de Turingia

José Lezama Lima alcanza hoy su primera secularidad. No es desatinado esperar en este día una sobreabundacia de rapsodias para el mulo de Trocadero. El poeta, que en vida fuera un náufrago del espanto para sus amigos, es hoy un cadáver exquisito, carne de nadie que se disputan tirios y troyanos, muerto propicio para el incienso reverencial con que lo ahúman sus antiguos perseguidores. Extraña mudanza de fortuna para quien tuvo como destino la fijeza —la fijeza pendulante de un sillón habanero. Agreguemos, pues, una serpentina de ocasión al sempiterno carnaval lezamiano.

En el segundo volumen de su obra
Scriptores rerum germanicarum* (Leipzig 1728-30), Johann Burchard Mencken recoge el testimonio que dieran ante el Santo Oficio las criadas de la Duquesa de Turingia, a quien el Occidente cristiano llama Santa Isabel de Hungría. Allí se lee que durante el velatorio de la reina —que murió de ayunos y penitencias en 1231 a la edad de 24 años— sus devotos, ansiosos de reliquias, comenzaron por arrancarle el velo, parte del vestido y los cabellos, para después cortarle las orejas y los pezones a su beatífico cuerpo inerme.


Como la reina húngara, Lezama se ha ido convirtiendo entre nosotros en una reliquia de carne disputada. Y en su caso también es difícil saber si los que le arrancan orejas y pezones son devotos enloquecidos, fríos traficantes de reliquias o simplemente
sádicos necrófilos. Aunque su canonización fue más lenta, San José del Trocadero está ya entre los bienaventurados del ridículo panteón de nuestra islita. Todo lo que en vida fuera carnada de inquisidores es ahora filigrana de alabastro para los exégetas instalados en las suculentas canongías de la catedral lezamiana. Sus alusiones asirias, sus amores griegos, su gula gala, sus perifollos gongorinos, todas esas cosas que lo condenaban en los años de nuestros zurdos fervores, son ahora motivo de tesis doctorales y estudios de identity politics.

Cierta crítica describe el
horror vacui que dejó en las letras yankees el paso acompasado de T.S. Eliot y Ezra Pound por su paisaje. Lezama comentaba el mismo efecto que habría tenido Martí sobre la poesía cubana. Es sospechoso el argumento de que la mediocridad subsiguiente sea parte del mérito de los grandes creadores. Y sin embargo, de ser acertado podría aplicarse, con sobradas razones, a Lezama. Su visitación a nuestro entorno deja detrás una estepa incendiada donde, a treinta y cuatro años de su muerte, aún se ve crecer muy poca obra que deba ser tenida en cuenta. Esa desproporción de su figura tuvo también su precio para el hombre.

Isla chiquita, infierno grande, debería rezar el refrán. La desmesura de su obra y de su persona fueron labrando una bóveda de diminutos odios que terminaría por asfixiarlo más que el asma, la ponzoña de los Lunes o el celo de los insomnes informantes contra el paria. Pero muerto él y sus contemporáneos, Lezama ha sobrevivido a la maldita circunstancia de la envidia por todas partes.


Y en esa veneración hierática que hoy lo rodea hay tanto de hoguera inquisitorial como antes lo hubo en su pasión y muerte en el barrio de (in)tolerancia de Colón. La verdad, como siempre, está en algún lugar entre el inquisidor y las adoratrices. Como creador, Lezama habita permanentemente una provincia de la poiesis que pocos escritores nuestros siquiera visitan. Pero Lezama es también el escriba de esos símiles donde se juntan una criada de Centro Habana con un orfebre de Ur de los Caldeos, y que parecen alardes de niño brillante y ego maltratado.


Pero ya no es de buen gusto comentar que las comas en
Paradiso están mal colocadas, que oscurecen el sentido de oraciones innecesariamente largas. Tampoco lo es recordar que Lezama —por descuido o por pereza— repite veintitrés veces la palabra puerta(s) en las dos primeras páginas de séptimo capítulo de la novela. La tea del inquisidor ha dado paso al incensario, pero tanto una como otro generan un humo cegador que precede a la fe sin ojos.

En Lezama Lima tenemos nuestro Pico della Mirandola, que a los veintitrés años se había leído todos los libros del universo y podía defender sus 900 tesis frente a cualquier adversario. Pero tenemos también a Atanasio Kircher, que lo mismo creaba la máquina del movimiento perpetuo que invencionaba toda la sabiduría acumulada en veinte dinastías egipcias sin haber descifrado realmente un solo jeroglífico. Ese contrapunteo cubano del discernimiento y la fábula va marcando el ritmo hesicástico que Lezama adelanta y que —ojalá— nos permita siempre volver a empezar.


*La anécdota de Santa Isabel de Hungría la encontré —sin aclaración de fuentes— citada por Johan Huizinga y por Will Durant. Después de inútiles investigaciones en Internet sobre su origen, le escribí a Jaime Lara, profesor de Notre Dame, extraordianrio medievalista y amigo, quien diez minutos más tarde me explicó los detalles que menciono.