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Friday, June 4, 2010

Las jevitas de Silvio

En estos instantes Silvio Rodríguez debe estar alegrándole la noche a un par de miles de buenas almas en el Carnegie Hall. Hubiese querido esta allí. Alguien me ofreció entradas gratis para ir. Mi mujer fue. Sin embargo, el temor me ha impedido asistir.

Cuento entre mis dichas haber ido repetidamente al Carnegie Hall en los últimos 17 años. Cada noche en el Carnegie Hall ha sido memorable. La más memorable de todas, sin embargo, fue la que me impidió asistir hoy a ver y escuchar al autor de "Pequeña serenata diurna".

Corría el año del Señor de 2002. Un día, como a las tres, me llamó MD. Era una de esas tardes de primavera de New York a las que ninguna película les puede hacer justicia —ni siquiera una película de Woody Allen. Alguien le había regalado unas entradas para el Carnegie Hall esa noche. La Filarmónica de Viena tocaba esa noche la 39 y la 40 de Mozart. Para un tipo de gustos musicales primitivos como este escriba, el Carnegie Hall, la Filarmónica de Viena y la 39 y la 40 de Mozart, son una conjunción cercana al Paraíso.

Sin embargo, resulta que la Filarmónica de Vienna —al menos en esa época—, no tenía ni una fémina en sus varoniles atriles. Esa ausencia provocó la ira de un nutrido grupo de feministas feroces que hizo una manifestación esa noche a la entrada del exquisito teatro de la calle 57. Nunca me he recuperado de la impresión de entrar a escuchar lo mejor de Mozart por sus mejores intérpretes en el mejor teatro del mundo bajo aquellos gritos.

Cuando pensé en ir a ver a Silvio, inmediatamente recordé a aquellas feministas de mis pesadillas. Me pareció entonces imprescindible —por mero ejercicio de prudencia— releer algunas letras de Rodríguez con los ojos de las niñas feroces.

Buscando alivio, comencé con la preciosa canción "Mujeres", que da título a mi disco preferido de Silvio. Al leerla con ojos feministas, quedé "estremecido", pero "for the wrong reasons", como dice el gringo.

Resulta que a Silvio lo estremeció su progenitora "porque era mi madre además". Y su hija lo estremeció porque era su hija, claro. ¿Las otras? Las otras lo estremecieron por el machote que tenían al lado. Veamos...

Me estremeció la mujer que empinaba a sus hijos
Hacia la estrella de aquella otra madre mayor
--------
Me estremeció la mujer del poeta, el caudillo
Siempre a la sombra y llenando un espacio vital
Me estremeció la mujer que incendiaba los trillos
De la melena invencible de aquel alemán


De modo que Mariana Grajales lo estremeció por sus hijos —Antonio, José y los otros—, todos machotes donde los haya. ¿Y la Mantilla? Lo estremeció por estar "siempre a la sombra". Eso es machismo del bueno, del butin, dirían mis amigas feministas. ¿Y Jenny von Westphalen, aquella jevita alemaman linda y con dinero? Pues esa estremeció a Silvio por incendiar "los trillos de la melena invencible" de Carlitos Marx, el menos simpático de los Hermanos Marx.

¿Será que ninguna hembra estremece a Silvio por sí misma? Bueno, prodríamos decir en su favor que cuando habla de "Tania la Guerrillera" no menciona al hombre de este siglo allí. Bueno, señor, no lo menciona porque en esa época en Cuba no se podía decir que Tania era la que le provocaba los ataques de asma y de alma a Mr. Guevara en la selva boliviana, pero se "deduce del contexto", ¿no? Silvio ha sido siempre un tipo prudente, y no se iba a buscar un problema por mencionar a destiempo esos amores guerrilleros...

En resumen, que ninguna jevita fuera de su familia estremeció a Silvio jamás sin "macho interpuesto". No creo que mis amigas feministas estén muy contentas con eso. Busquemos otra canción, me dije... Y ahí fui a dar con "La familia, la propiedad privada y el amor", donde el camarada Rodríguez dice, así como si nada:

Busca amor con anillos y papeles firmados
y cuando dejes de amar ten presentes los niños
no dejes tu esposo ni una buena casa
y si no se resisten serruchen los bienes
que tienes derecho también porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú sentada sobre el miedo
de correr.


O sea, que el derecho a que la mujer reciba una parte del patrimonio familiar en el divorcio le parece a Silvito un pujo pequeñoburgués, ¿verdad? Ese derecho que los defensores de la causa de la mujer han reclamado tanto, le parece a Silvio una ridiculez. Haciendo un "análisis marxista" del asunto, ¿podría estar esa posición motivada por el hecho de que Silvio es millonario y cambia a menudo de pareja? ¿Qué dirían mis amigas feministas al escuchar la canción? Pensé entonces que debía buscar otra...

¿Qué pensará Silvio de la prostitución?, me dije. Porque sabemos que las feministas en lo único que coinciden con el Papa es en su condena a la prostitución. Buscando y buscando me encontré "Flores nocturnas", la canción de SR sobre las jineteras cubanas que salen a ganarse la vida vendiendo el ardor de sus verijas a los galleguitos cheos.

El resto de la humanidad considera que las muchachas que se dedican a la prostitución lo hacen porque no les queda absolutamente otro remedio. Y eso, por supuesto, es lo que piensan mis amigas feministas. ¿Qué piensa Silvio del asunto? El pobre Silvio no sabe qué causa la prostitución en Cuba. Fíjense en la letra:

Se abren las flores nocturnas de quinta avenida
para esos pobres señores que van al hotel
flores que rompen en la oscuridad
flores de guiños de complicidad
flores silbando suicidios
flores de aroma fatal.

Qué jardinero ha sembrado la quinta avenida
con variedad tan precisa de nocturnidad
cuál es su especie y cuál su país
qué fino abono nutrió su raíz
dándoles tono silvestre
dónde estará su matriz.

A ver. Silvio sabe que los hombres que compran las carnes y los gemidos de las cubanitas son "pobres señores que van al hotel". Silvio sabe también que las putas cubanas huelen mal, "flores de aroma fatal" las llama, ¿se habrá acercado él a alguna de ellas? Lo que no sabe Silvio es quién es el culpable de que las jóvenes cubanas se dediquen a la prostición. ¡Ay, no, esta niña, Silvio no tiene ni idea! Ni siquiera sabe si el culpable es cubano o no. Por eso dice: "Qué jardinero ha sembrado la quinta avenida/con variedad tan precisa de nocturnidad/cuál es su especie y cuál su país".

En el resto del mundo las putas son putas por la injusticia económica que reina a su alrededor. En Cuba, la versión oficial es que las cubanas venden su cuerpo porque son congénitamente putas. "Lo hacen por tener un pullover de Calvin Klein", te explican los funcionarios. Y el pobre Silvio ni sabé por qué esas muchachas salen a las siete de la noche a venderle el amor a un tipo gordo, hediondo y aburrido. ¿Qué dirían mis amigas feministas de eso? Decidí buscar otra canción. Por desgracia, topé con "Cierta historia de amor". Dice Silvio:

Aprendí, de un buen amigo
A pegarle a mi mujer
A llevar los pantalones, como es la tradición

La canción es evidentemente autobiográfica, pero también es humorística. Vamos a asumir la mejor de las tesis posibles. Pensemos que Silvio nunca le cayó a puñetazos a su novia. Lo que es evidente, innegable, es que a Silvio Rodríguez la imagen de un machango que le cae a puñetazos a una mujer físicamente más débil y la deja con los labios sangrientos, los ojos morados y llenos de lágrimas y el alma destrozada, le parece una imagen simpática, jocosa. No me quiero imaginar siquiera lo que dirían mis amigas feministas del asunto.

Asaltado por esos miedos —por mi cobardía, que es infinita— decidí no ir al concierto. Pensé, leyendo esas letras de Silvio, que mis amigas feministas estarían como fieras hambrientas protestando a la entrada del teatro. Si fuera por la Filármonica de Viena tocando la 39 y la 40 de Mozart, las volvería a enfrentar. Pero no por Silvio. (Uno tiene sus límites, como todo el mundo.) Así que si algún lector tiene entradas gratis para escuchar a la Filarmónica de Viena uno de estos días en el Carnegie Hall, aún me los puede mandar.)

Sigo escribiendo mientras escucho a Silvio. Canta ahora "¿Adónde van?", una canción por la que uno nunca acabará de agradecerle. Y subiré las fotos del concierto cuando llegue MD. Pero no fui, pero no voy.





Las fotos de MD...












Tuesday, June 1, 2010

Las bellas tetas de Marina Abramovic



Anteayer la artista serbia (¿O decimos yugoslava?) Marina Abramovic ha completado sus 700 horas sentada en una silla en el MoMA. Esas 700 horas quieta en las sentaderas eran el performance central de su restrospectiva "The Artist is Present", la mayor exposición personal de un artista del performance jamás expuesta en el MoMA.

Ha sido un éxito rotundo. Nuestra belle du jour ha tenido una cola constante de admiradores y buscadores de la verdad que han esperado pacientemente para sentarse frente a ella por unos minutos o por horas, para mirarla fijamente a los ojos, retina a retina. Por allí pasaron, según The New York Times, Lou Reed, Bjork, Marisa Tomei e Isabella Rossellini a hacerle guiños a Marina. Lo mismo hicieron varios miles de seres anónimos pero igualmente devotos.



El resto de la exposición era una colección de videos, fotos y artefactos de su carrera como artista del performace, más una serie de recreaciones de sus performances anteriores con actores contratados y entrenados para la ocasión. La exposición me pareció interesante —fui tres veces a verla— pero básicamente una farsa. Veamos...

1. Cuando los dadaístas comenzaron a hacer performances —que aún no tenían ese nombre— en el Cabaret Voltaire en febrero de 1916, la mayor parte de la crítica, y casi todas las buenas almas, dijo que se trataba de una locura o una payasada. El éxito de público y crítica de Marina (y de otros artistas de su misma "onda") podrían hacernos pensar que "la gente ahora sí le mete al arte moderno". Nada de eso, Juana. La gente sigue sin "entender" el asunto. Lo que pasa es que ya no es cool decir que una obra de arte es una basura o es inentigible. Eso es lo que la gente aprendió, desgraciadamente: a ser cool. La gente ve a Marina (u otra jevita en su lugar) encueruza y acostada sobre un bloque de hielo, a Marina (u otra jevita en su lugar) en cueros dándose cuero como monjita en Cuaresma, o a Marina (u otra jevita en su lugar) en pelotas sobre un asiento de bicicleta a dos metros de altura con las piernas y los brazos abiertos, y todo el mundo sale encantado. "Oye, esta niña, ¿pero tú viste que cositas más originales hace la señora esa?", le dicen al otro día a su colega de la oficina. Y su colega responde: "Y le encanta la encuaradera, ¿viste?"

2. Borges decía que después del éxito de las vanguardias nadie se atrevía a criticar el arte moderno por temor a hacer el ridículo cincuenta años más tarde. (¿La gente creerá que no se va a morir o tiene vergüenza ultratumba?) Esto nos ha llevado a tragarnos un montón de bazofia. Me hubiese encantado preguntarle a cualquiera de los admiradores de Marina cuál era la diferencia entre su obra y la de un farsante desvergozado. Y que me dijera de paso a qué artista conceptual o de performance consideran un farsante. Porque, no todo el mundo puede ser bueno, ¿verdad? Pero ya nadie se atreve a criticar a nadie... menos en el MoMA.


Ezra Pound afirmó que la literatura del siglo XIX era puro cliché. Lo mismo podría decirse de las artes plásticas de los últimos noventa años. Después de Dada, el ciclo febril de rupturas que comenzó —o que me gusta pensar que comenzó— con el Salon des Refusés en 1863, no tenía adónde ir. En ese sentido, el arte occidental —el arte que muestra cierta progresión— termina cuando Marcel Duchamp firma "R. Mutt" en el urinario y lo manda a una exposición en 1917. Lo demás ha sido vanidad y atrapar vientos, camaradas.

Y con eso no quiero decir que lo demás no fuera (a veces) interesante, sorprendente, conmovedor. Lo que digo es que la pretensión de novedad, supuestamente esencial en ese arte, era falsa.

3. La recreación de los performances anteriores desdice el carácter efímero que los mismos se atribuyen. Viendo sus recreaciones, uno recuerda esos documentales donde John Lennon o John Kennedy no se parecen a ellos mismos porque no son ellos mismos, sino unos actores que vagamente recuerdan esos rostros demasiados familiares. El mismo aire de falsedad rodea las recreaciones de los performances de la Sra. Abramovic.

4. El cuerpo humano desnudo es un medio eficaz para expresar erotismo, indefensión o sufrimiento. Marina Abramovic intenta repetidamente convertirlo en motivo de nuestra indeferencia. Me parece una profanación de la desnudez.

5. El remedo de crucifixión, la flagelación de Marina desnuda y otros performances que uno puede ver en la exposición tratan de analizar y desnudar el papel de los ritos en nuestra vida. Sin embargo, ver a toda esa multitud que observa reverente la propuesta de la artista sin entender absolutamente nada, lo hace a uno pensar en el rito moderno y vacío de asistir a una exposición de arte como una obligación cultural. El único rito que Marina desnuda al quitarse la ropa es el del artista que vende y el público que compra un producto esencialmente falso: el arte contemporáneo.

6. Marina Abramovic, sentanda en absoluto silencio durante 700 horas delante de una fila de admiradores que esperan pacientemente a sentarse frente a ella para mirarla a los ojos durante un buen rato sólo me evoca los viernes de Cuaresma en que los católicos hacemos filas para confesar nuestros pecados antes de resucitar. Pero Marina, silenciosa, no absuelve a nadie.

7. Marcel Duchamp, que con un gesto hizo abosoleta la "pintura retiniana", se reiría de buena gana al ver este infinito diálogo de retinas que Marina pretende establecer con su público. En el Cabaret Voltaire, hace 94 años, se intentó reconciliar el arte con el pueblo. Ése, y otros numerosos experimentos mucho menos originales, nos dicen que se trata de una tarea imposible. Dudo mucho que Marina Abramovic no lo sepa. Y es por eso que, de cierto modo, me parece una farsante.

8. Dicho lo anterior, habría que decir de ella, como se dijo antes de Holly Golightly, que "she is a real phony", una impostora absolutamente honesta en su mentira. Y una mujer inquietante, y con unos senos hermosísimos además —al menos antes de que se los rellenara de silicona. Quizás fui tres veces por eso, para ver las bellas tetas de Marina Abramovic. Ese podría ser un rito con verdadero significado.

Fotos de Tersites Domilo excepto la de la pieza "Fountain" y la de Marina Abramovic con kepi.

Wednesday, May 26, 2010

El vergonzoso oficio del blogger

El mayor mérito de Facebook es haber ofrecido a los borrachos una nueva manera de hacer el ridículo. El borracho entra en Facebook a las dos de la mañana, escribe tres idioteces, se va a la cama y al otro día al depertar se entera de que le ha dicho al mundo entero que sus cantantes preferidos son los hermanitos del Dúo Pimpinela o que cuando se afeita el bigote se deja el pedazo del medio hasta el final porque le gusta ver su rostro en el espejo con el bigotito de Hitler.

Por su parte, el mayor mérito de los blogs o las bitácoras o como se llamen esos engendros, es ofrecer a un ejército de imbéciles la posibilidad de anunciar al mundo su egolatría. Un blogger es un tipo al que le falta talento o disciplina para escribir nada serio, pero que al mismo tiempo carece de la humildad o el valor necesarios para aceptarlo. El blogger es un cobarde con delirio de grandeza.

Al principio el tipo se convence a sí mismo de que sólo se trata de una "blogedera", un chiste. Le da un poco de vergüenza decir a sus amigos que ahora se dedica a perder el tiempo en una faena tan inútil, que desatiende a su familia para escribir sus llantenes de genio incomprendido. Pero no tarda mucho en perder el recato. El blogger entonces se llena de entusiasmo y lo mismo escribe una nota sobre la Guide to Kulchur de Ezra Pound que sobre el concurso de perros del Westminster Kennel Club o las marchas de las Damas de Blanco. El tipo, que antes leía el periódico por puro placer, ahora lo escrutiña en busca de "temas". Lo mismo pasa con las conversaciones con los amigos, los correos electrónicos de la noviecitas de la adolescencia, las guerras de rapiña, los viajes familiares, las crisis económicas o la muerte prematura de un tío sifilítico. La vida se le convierte en "materia prima" para su blog. "Todo va a dar a un libro", se decía antes, pero ahora ya sabemos a dónde va a parar todo.

El blogger es cheo, pero quiere ser un tipo cool. Los moralistas dicen que lo peor del Internet es la pornografía, los precavidos dicen que es el robo de identidad, pero tanto unos como otros se equivocan. Lo peor de todo es esa masa de escritores de bazofia, que nos aburren a diario porque son incapaces de aceptar su insignificancia con un mínimo de dignidad.

Los pobres amigos son los que tienen que sufrir el onanismo intelectual del idiota. Si te encuentras con un blogger, lo llamas por teléfono o, peor aún, le escribes un email, te espanta la puñetera pregunta: "Oye, ¿viste lo que colgué anoche?" Y uno se siente obligado a decirle a este Sancho que se cree Cervantes que sí, que lo leyó tres veces, que "qué bueno te quedó eso, brother". Uno trata de cambiar el tema de conversación, pero ni modo. Al blogger solo le interesa hablar de su último post. Cuando uno no ve otra salida, le dice: "Socio, tú de veras tienes talento, deberías estar escribiendo un libro". Hay que ver la cara de monaguillo con roquete nuevo que pone el blogger cuando le dicen eso. Y es esa carita de satisfacción angelical la que le sugiere a uno la idea de darle una buena patada en el culo para que deje de machacarnos los sesos con sus babosadas de niño sin abuela.

Si admiro a los gobiernos de Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y de algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), es porque tratan a los bloggers como se merecen. Los ingenuos acusan a esos gobiernos de reprimir la libertad de expresión. Yo celebro su sabiduría, el celo con que defienden el buen uso de la sintaxis, sus esfuerzos contra la pérdida de tiempo. Porque, ¿qué cosa es un blog sino una suma de oraciones cojas y ratos perdidos? En esa loable represión profiláctica de los que piensan que tienen algo que expresar quizás esté la calve de la armonía y la prosperidad. No en balde Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), gozan de la paz social y la prosperidad económica que tanto les envidian los países del Primer Mundo, idiotizados como están por la proliferación de los malditos blogs, las bitácoras o como quiera que se llamen esos engendros.

Yo le he advertido a mi familia que si alguna vez me da por escribir un blog será la señal inequívoca de que ha llegado el momento de comenzar a darme las medicinas contra la demencia senil. Es algo que jamás haría en mi sano juicio.



Wednesday, May 19, 2010

Diez dólares por el ocaso

No sé qué utilidad tiene saber ciertas cosas. Por ejemplo, ¿a quién le importa saber cuánto vale mirar la puesta del sol sobre Manhattan? Ni idea tenía... Ahora sé su valor exacto: $10.

El viernes fuimos MD y este escribano —sería más exacto decir escrivano— a un concierto del cantante Kurt Elling y el acordionista francés Richard Galliano en el Allen Room del Jazz at Lincoln Center. El concierto era de lo que los músicos cubiches llaman "música de sopa", pero bien despachada: una selección de canciones de amor cocinadas con jazz. Kurt Elling sabe cantar y sabe hacerlo en cinco o seis idiomas. Es una lástima que no tenga mucha voz. Pero tiene la pose. Y compensa sus carencias vocales siendo un anfitrión inigualable. Hacía comentarios útiles y divertidos antes de cada canción, y los hacía en inglés y francés, para beneficio de la numerosa audiencia gala.

Esa cantidad de franceses en el público, por cierto, me resultó deprimemente. Era una prueba más de la decadencia de las Galias. Ese provincialismo de llenar un teatro porque viene un idiota del terruño a pararse en el escenario está bien para gente como nosotros, cubiches con comprensibles complejos de inferioridad, pero, ¿los franceses? Parece mentira...

Bueno, Kurt Elling cantó desde "You are too beautiful", a una versión en jazz de la "Norwegian Wood (This Bird Has Flown)" de Lennon/MaCartney y hasta "Si te contara", que por alguna razón atribuyó a Graciela Pérez Grillo, la cantante cubana que murió el mes pasado.


Elling se ocupó de dejar aquel era el cocierto de Richard Galliano, un acordionista con cara de chef gallego que puede hacerte olvidar que estás oyendo un acordión. Sin gracia escénica alguna, Galliano en cambio parece incapaz de hacer nada mal con el incómodo acordión, como pueden ver en este ejemplo.


Sin embargo, la verdadera estrella de la noche era quizás el Allen Room, un teatro construido en el piso superior de la base del edificio Time Warner Center. El fondo del escenario es una inmensa pared de cristal por la que se divisa Columbus Circle, la Calle 59 y parte del Parque Central. Uno observa el espectáculo de la ciudad como si fuera una película silente, acompañada por la música que viene desde el escenario. A medida que cae la tarde, el parque se oscurece y la Calle 59 se llena de huidizas luces de autos, como si fuera un árbol de Navidad acostado sobre Manhattan. Los músicos, que al principio parecían estar tocando una matinée en la playa, ahora quedaban bañados por las luces del teatro. Uno pudiera ir al Allen Room a ver caer la noche aunque nadie estuviera tocando.

Cuando fui a comprar los boletos, la señora de la taquilla me explicó que la entrada para el concierto de las siete valía $65, mientras que el de las nueve sólo costaba $55. Al final de la función caí en la cuenta de que aquellos diez dólares extras lo cobraban por el crepúsuculo. Me parece que esa gente está regalando sus ocasos. Uno pagaría más por verlos desde allí.

Friday, May 14, 2010

Carlos Varela: no sirvió de nada



Carlos Varela es, de cierto modo, un santo de falsa devoción. Por eso fui a verlo esta noche a SOB's.

SOB's es un sitio de buena fama y malos recuerdos al sur de Manhattan, en la esquina de Varick y Houston Street. El lugar tiene una acústica diabólica y precios caros para lo que sirven. Pero de algún modo es real. Hay algo tangible y hediondo que le dice a uno que el sitio es real. Y uno va... si no le queda más remedio. Esta noche, no me quedó más remedio.

Hacía casi diez años que no me aparecía por allí. La última vez fue la noche del 10 de septiembre de 2001. Había ido a encontrarme con mi hermana, que había venido de Cuba y a la que hacía dos años que no veía. Salimos de allí a las dos de la mañana del 11 de septiembre y, al cruzar el puente de la calle 59 que cantan Simon y Garfunkel, le dije que mirara la silueta de Manhattan, rematada al sur por las Torres Gemelas. Siete horas después de decirlo, las Torres Gemelas no exisitían. Se entiende que SOB's no es mi bar preferido.

Pero esta noche fui. Cantaba Carlos Varela. Alguien le dijo a MD anoche que Carlos Varela cantaba en Manhattan. Y fuimos a verlo.

El gnomo salió al escenario con media hora de retraso y una barba de dos días. Los gringos, por falta de imaginación, le dicen "el Bob Dylan de Cuba". Es una afirmación doblemente falsa. En primer lugar porque ya nadie es Bob Dylan —ni siquiera él mismo. En segundo lugar porque Silvio Rodríguez, mal que pese, sería lo más cercano al judío de Duluth. Pero la afirmación en este caso funcionó como una maldición: el audio no permitía descifrar lo que decía. Al principio, era como estar en un concierto de Bob Dylan, donde uno no entiende nada de lo que se dice en el escenario.

Las primeras dos canciones eran nuevas... no entendimos ni una palabra. Después habló Carlos Varela... tampoco se entendía. Entonces comenzó a cantar las canciones que uno se sabe de memoria y todo fue más llevadero.

MD salió a fumarse un cigarrillo y al regresar me dijo: "Me encontré con Rubén Blades". Me llevó hasta donde estaba y le hice una foto tomándose su mojito (la pueden ver en la página de las fotos que tomé en el concierto). Unos minutos más tarde, Carlos Varela lo llamó al escenario. Le dijo que fuera de una vez a la La Habana. Rubén, como disculpándose, le dijo: "Iré... a una Cuba libre". "Viva Cuba libre", gritó Varela al final de una canción, y los cubiches del público —inmensa mayoría— repitieron el grito.

La gente coreó "Memorias del subdesarrollo", "Como los peces" —que Varela dedicó a los balseros—, "Habáname" y "La polítia no cabe en la azucarera" —con improvisaciones de Rubén Blades. Cuando comenzó a cantar "Retrato de familia", sin embargo, se hizo un silencio sepulcral. Me imagino que en ese momento Varela se haya dado cuenta de que el público era enteramente suyo.

Carlos Varela, para los cubanos que andamos por la cuarentena, es el tipo que comparte nuestro escepticismo. Uno supone que la generación anterior —la de Silvio y Pablo y todos los demás—, alguna vez se creyó la revolución cubana. Pero Carlos Varela tenía 16 años, como tantos de nosotros, cuando se organizaron las turbas fascistas del Mariel. Si no es tonto —y no lo es— sabrá bien que los cubanos hemos vivido una gigantesca y perversa idiotez.

Para los que nos tocó esa experiencia, no importan mucho los malabarismos que Varela hace, como asi todo el mundo, con la verdad. Para nosotros es evidente que habla sabiendo "lo que hay". Y sus canciones revelan ese conocimiento. Es curioso que el público presente no hizo mucho caso a su petición de "un minuto de silencio" por los balseros muertos —que no sonó muy sincera—, ni a su grito de "Viva Cuba libre", pero aplaudió rabiosamente cuando cantó su conocido juicio final sobre esa revolución "que no sirvió de nada, de nada, de nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual". Uno le cree a Carlos Varela cuando canta eso. Y coreando esos recuerdos se nos fue la noche. Gracias, gnomo.

Post data: Tomé una docena de fotos durante el concierto que pueden ver aquí.

Tuesday, May 11, 2010

Obama sí merece el Nobel


Es difícil abrir el periódico en la mañana, en la modorra amigable de un tren del Long Island Rail Road, sin imaginar que uno es un Tyrannosaurus Rex al borde de la extinción que se embarra las ridículas paticas delantera de tinta barata. La gente va leyendo su Kindle, mirando el Blackberry con inexplicable fascinación, jugando a quién sabe qué en su iPad. Y uno insiste en el papel y los prodigios de Gutenberg. Bueno, pero a lo que íbamos...

En la primera plana del New York Times hoy había una foto de Elena Kagan, nominada para ocupar el puesto vacante en la Corte Suprema, entre el presidente Obama y el vicepresidente Biden. La buena señora tiene una expresión en la cara que va muy bien con su apellido... but I digress. En la portada hay también un par de artículos más o menos propagandísticos sobre Elenita; otros dos sobre el billón de dólares que les va a costar a los pobres alemanes mantener a los lánguidos nietos de Aristóteles; un artículo sobre otra idea ridícula de nuestro gobernador Patterson; uno más sobre el derrame de petróleo del Golfo; y como colofón, uno sobre la próxima visita del presidente afgano y cómo Michelle va a sacar "la mejor vajilla" de la Casa Blanca esta vez. "Sin novedad en el frente", diría Erich Maria se no hubiese tenido tan mala estancia en aquel hospital de Locarno allá por el 70...

Seguí leyendo mi periódico y, como suele suceder, después de la portada leí algunas otras tonterías en la página 2, más tonterías en la página 3, y cuando mi tren casi entraba en Manhattan arribé a la página 4. "Mueren más de 100 personas en ataques simultáneos en varias ciudades iraquíes". Sí, señor. Ataques terroristas. En Irak. En varias ciudades. Simultáneos. Más de cien muertos. ¡Ah, pero no les cupo en la primera plana! Ni en la página 2, ni en la 3. En tiempos de Bush, caray, cada iraquí que moría tenía garantizada la portada, con fotos de la familia y el velorio. Y es que Bush es tan idiota y pesado...

Ahora matan a cien iraquíes y, con suerte, van a dar a la página 4. ¿Fotos? No, señor. Nada de fotos en la página 4. Para ver fotos de la carnicería había que llegar a la página 8 —después de todo, ocho es muerto en la charada— donde continuaba el artículo.

Y es que los muertos ahora ya no son muy interesantes, no tienen onda, no venden periódicos. Los muertos que se mueran, señor. En tiempos de Bush los muertos nos hacían temblar de rabia, exigir justicia, escribir editoriales. ¿Pero qué importan 100 iraquíes asesinados en un día cuando tenemos un presidente tan simpático como Obama? ¡A la página 4, muertitos!

Y después hay gente que dice que Obama no se merecía el Nobel. ¡Por Dios! Si el hombre terminó con la injusta, cruel, estúpida Guerra de Irak... bueno, tal vez no la terminó, pero sin dudas la hizo desaparecer de la primera plana del New York Times. ¿No es esa una razón suficiente para darle el Nobel?

Sunday, April 18, 2010

La navaja de mi barbero


Esta semana fui a mi barbería de siempre, "Sal and Vin's Barber Stylist", fundada en 1952. Ese par de señores sicilianos se retiraron hace tiempo y vendieron su salón a un judío exsoviético de Tayikistán que lleva el negocio con espíritu stajanovita y domingo rojo cada semana, como pueden ver en la foto.

Mi barbero, amigo y socio del dueño, se hace llamar "Joe" en favor de sus clientes gringos. Después de varias visitas y conversaciones, un día le pregunté si su nombre en realidad era Iosif, y me confirmó que así era. Le comenté, con una sonrisa, que se llamaba igual que "nuestro querido Iosif Vissarianovich". "Por supuesto", me respondió. "Nací en 1953, el año de la muerte de Stalin, y mi madre, que lo admiraba mucho, me puso su nombre". Tenía la navaja en la mano cuando me hizo esta confesión y sentí un cosquilleo extraño en el cuello. "Supongo entonces que el padrecito Stalin no fue quien envió a tu familia a la bella Dusambé". Me dijo que de ninguna manera, que su familia había vivido durante muchas generaciones en la ciudad. (No me dijo —¿lo habrá olvidado?— que cuando él nació la ciudad se llamaba Stalinabad.)

Por eso no odiaba a Stalin la señora, pensé. Me imaginé que odiaría en su lugar a Nabuconodosor, ese otro Stalin que asoló Israel. Los primeros judíos de Dusambé, hace 2600 años, fueron ex cautivos de Babilonia que vinieron a dar a esa esquina del Asia. "¿Tú familia vino de Samarkanda, entonces?", le pregunté por congraciarme. "No, somos de España, sefarditas".

Bueno, me dije, entonces no odiarán a Nabuconodosor tampoco, sino a Fermando e Isabel, por haberlos echado de la Península. Y es que si uno es del pueblo elegido, tiene dónde elegir sus odios. Preferí no entrar en el tema de los Reyes Católicos con el barbero, que aún seguía con la navaja en la mano —en mi cuello—, y que sabe que soy católico.

Para cambiar la conversación, le conté sobre el plan de alquilar a sus colegas cubiches las barberías donde trabajan y le pareció muy interesante. Me hizo preguntas, me pidió detalles que yo no sabía. Cuando ya estaba mostrándome en dos espejos el resultado de sus labores, me dijo que los barberos deben ser dueños de su barbería, que si no la cosa no funciona; que lo sabe por experiencia propia. Le dije que coincidíamos. Pagué, le di las gracias y nos despedimos.

¿Qué diría su madre estalinista si lo oyera?

Sunday, March 28, 2010

Audrey Hepburn desayuna en La Habana


La primera vez que vi "Desayuno en Tiffany's" no sabía que estaba basada en una novela, ni que el libro era de Truman Capote, ni quién era Audrey Hepburn ni qué se vendía en Tiffany's. Tenía once años, y el único recuerdo que me quedó de esas dos horas en el cine fue la bañera cortada a la mitad que servía a Holly Golightly de sofá en su apartamento del Upper East Side. (No, tampoco sabía qué demonios era el Upper East Side.)

Como todo el mundo, después he visto y leído varias veces la película y la novela, ambas espléndidas. Los otros días, MD tuvo la bendita idea de alquilar "Breakfast at Tiffany's" para verla con la involuntaria receptora de nuestros genes y nuestros gustos fílmicos: PZ. (Otra razón que justifica el "Creced y multiplicaos": Cuando los hijos se vuelven seres pensantes, uno tiene una razón para volver a ver ciertas películas con ellos.)

Este nuevo repaso me hizo recordar que la primera escena de "Breakfast at Tiffany's" es de las más bellas que he visto. Es una toma de la Quinta Avenida, desde la Calle 57, al amanecer, con los primeros acordes de "Moon River" como complemento. A la izquierda se ve el antiguo edificio de la tienda Bonwit Teller, que sería demolido en los ochenta para construir Trump Tower, con sus acres de mármol rosado Breccia Pernice y su dorado chillón. A esa hora, la Quinta Avenida tiene el mismo aire de todas las ciudades en mañana de domingo: parece una puta hermosa, pero cansada. El alumbrado público aún está encendido, pero ya es de día, y uno tiene esa impresión de haberse levantado en casa después de una larga fiesta para darse cuenta de que ha dejado las luces encendidas al irse borracho a la cama.

Después se acerca un taxi por la avenida desierta, la cámara retrocede y aparece el edificio de la joyería Tiffany & Co. El amarillo del taxi es el único color discernible en la escena. Se detiene ante la puerta de la joyería y de él baja, como una aparición, Holly Golightly (Audrey Hepburn) en su vestido Givenchy negro. La vemos de espalda, y a continuación vemos, poco a poco, su reflejo en la ventana de Tiffany. Finalmente aparece su rostro claramente, pero está oculto detrás de una gafas inmensas y el espectador no sabe si está viendo a la persona o su reflejo en el cristal. En esa breve sucesión de imágenes se resume el personaje: un bellísimo juego de espejos que se oculta o se revela en medias verdades. Holly Golightly dobla en la esquina de la 57 hacia el East River y echa los restos de su desayuno en un latón de basura. La vemos llegando a su apartamento del Upper East Side unos minutos después, pero ya con toda la luz de la mañana.


La combinación de New York y una mujer hermosa, que siempre es amable, alcanza en esta escena un estado muy parecido a la perfección.

A ese recuerdo que describo puedo añadir una nueva idea que me regaló esta vez la película. Las locaciones son reconocibles para cualquier neoyorkino: el Upper West Side, la Quinta Avenida a la altura de la calle 57, Park Avenue en las inmediaciones del Seagram Building de Mies van der Rohe, el anfiteatro Naumburg Bandshell del Central Park. Uno se asombra de cómo, en una ciudad donde todo parece cambiar a diario, esos lugares se mantienen prácticamente idénticos. Sólo los modelos de los carros nos revelan la época de la película. (Aunque la historia original de Capote se desarrolla en los cuarenta, la película se cuenta como una historia contemporánea a su filmación, es decir, de 1962.)

La superposción de edificios idénticos y autos diferentes me hizo pensar en La Habana, y en las películas cubanas de los sesenta. Cuando uno ve ahora, por ejemplo, "Las doce sillas" —la versión cubiche que hizo, también en 1962, Gutiérez Alea de la novela de Iliá Ilf y Yevgeni Petrov—, el efecto es contrario: el entorno, los edificios, las calles han cambiado, han sido vapuleados por cinco décadas de olvido. Lo único que parece igual son los modelos de los carros: los habaneros, de un modo u otro, siguen viajando en cacharros de los años cincuenta.



Esa doble impresión, la de una ciudad detenida en el tiempo por una parte, y a la que el tiempo derrumba por la otra, podría ser un resumen del último medio siglo en La Habana. Enrique Santiesteban, por cierto, usa en la película unas gafas muy parecidas a las Audrey Hepburn.





Friday, March 12, 2010

En la cama de la tía Julia

Ha muerto Julia Urquidi, la ex tía y ex esposa de Mario Vargas Llosa. La noticia me la dio un periodista amigo que me llamó desde una remota república sudamericana para preguntarme si Julia había influido en las ideas políticas del joven Vargas Llosa. "Bueno, ella era su tía política, querido, pero creo que su influencia fue más bien pélvica". Mi amigo no entendió nada, pero yo me quedé pensando en lo poco que sabíamos los dos sobre la tía Julia, y lo rápido que hacíamos juicios sobre ella —políticos los de él, pélvicos los míos.

Hace unos diecisiete años, en cuanto me mudé a un sitio donde podía leer lo que me diera la gana, me apresuré a comprar "La tía Julia y el escribidor". Mis recuerdos de la novela se resumen a imágenes difusas de los anhelos literarios del joven Vargas Llosa, su enamoramiento con la tía, su sucesivo hastío, y la noción de que Cuba fue alguna vez la Mecca de las radionovelas interminables en lugar de la plaza de los discursos infinitos.

Unos meses más tarde, alguien me prestó "Lo que Varguitas no contó", que era el mismo cuento, ahora relatado desde la otra esquina del ring. La novelita me demostró que el talento literario no es una enfermedad venérea: Julia no lo había contraído en casi diez años de ejercicios horizontales con Vargas Llosa. No recuerdo nada de su libro, sino el deseo de la autora de contar su historia, de ser quien ella quería ser y no el personaje que su ex sobrino y marido había dibujado. También recuerdo que la lectura me confirmó el retrato que de ella pintara Vargas Llosa.

Pero Julia no era un personaje literario, sino una señora que a los 29 años, a mediados de la década del cincuenta, decidió mandar el mundo al carajo y acostarse con su sobrino de diecinueve. Un sobrino que sería después una celebridad mundial y que la dejaría por otra mujer de la familia, la prima Patricia. (Parece que Vargas Llosa es un hombre "muy casero".) Y en esas cosas venía pensando en el tren, de regreso a casa, esta tarde. ¿Habría sido más feliz Julia Urquidi de no haberse dejado deslumbrar por el efebo de la casa? ¿Habría preferido después el anonimato a ser para todo el mundo —como a la postre fue— "la tía Julia" que su sobrino creó con más desencanto que cariño? ¿Quién fue esta mujer que olvidamos, o vagamente recordamos, y juzgamos a partir de un retrato tendencioso?

En una entrevista en el año 2003 declaró: “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho, sin mi ayuda no hubiera sido escritor. Copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir, bueno, fue algo mutuo”. Todavía sonaba como una tía mandona hablando de un sobrino díscolo; una tía política queriendo ser tía literaria. Me imagino que nadie se lo creyó, pero a lo mejor se lo creía ella, que es lo importante. Para el resto del mundo, Julia fue una señora que, como tantas señoras divorciadas de treinta años, quiso acostarse con un chico de 19. Para el resto del mundo sería esperable que el jovencito la dejara unos años después, y que ella no lograra perdonárselo. Y sin embargo, seguramente ella se iría a la cama en los primeros lances de su amor clandestino convencida de que todo valía la pena. Ojalá la haya valido. En paz descanse.

Tuesday, March 9, 2010

Dos poemas


Era la gloria del verano

“When the evening is spread out against the sky

Like a patient etherized upon a table”

T. S. Eliot


Qué joven el mundo y qué hermosas

las muchachas de agosto.


Era otra vez la época

en que los reyes se van a la guerra;

era el tiempo

de asesinar archiduques. El aire

murmuraba el hedor

de los cadáveres propicios.


Era la gloria del verano. Salíamos

a ver la fiesta de la luz en los balcones

mientras la tarde cantaba su larga agonía

tendida en una camilla de versos ingleses.



Del regreso

El mármol derretido de la India

sentada bajo el fragoroso sol de mayo,

el triste capitolio de aserrín y canicas

en los ojos, el palacio

donde vive su muerte la república,

la noche del túnel, el asalto

de la salvaje luz que ven los presos,

el Morro, el huidizo mar en los cabellos,

la tímida música de un nombre taíno

que fue toda la magia de nuestra niñez

(aquel verano en que mis padres

condescendieron a la felicidad —el salvavidas

blanco y negro de mi hermana).


El sol de las postales reflejado en el agua

y en tus ojos, otra ciudad (la misma), la luz

de los semáforos, el Pairet, los ángeles de piedra,

un dedo de mármol ya sin rumbo

en medio de las palmas infieles, el muro,

el mar, la luz rielando, el mar… ¿adónde han ido?