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Wednesday, April 29, 2009

Una ración de tortura

Como si la gripe porcina no fuera suficiente para agriarle el ánimo a cualquiera, hoy he leído dos artículos en los que se proponen justificaciones diversas para el uso de la tortura. El primero ("A Torturous Compromise") es de Thomas Friedman, columnista liberal del New York Times, proponente de la globalización ilustrada y defensor de la Guerra de Irak hasta que las cosas comenzaron a salir mal.

Su artículo de hoy carece de la claridad que Friedman habitualmente regala. Su tesis es que el presidente Obama hizo bien en revelar los memorandos relacionados con la utilización de la tortura para extraer información de los yihadistas sospechosos de terrorismo y que, al mismo tiempo, acertó con decisión de no promover la investigación y el castigo de los responsables. ¿Por qué? Friedman ofrece dos explicaciones inconexas. Por una parte dice que el procesamiento de los máximos responsables dividiría al país. Y después añade que el uso de la tortura estaba justificado en este caso. [El lector puede ver los detalles en su artículo.] Por supuesto, si su segunda razón es verdadera, la primera simplemente sobra.

Curiosamente, Friedman acepta la justificación implícita que el presidente Obama ha hecho del uso de la tortura durante los conflictos que sucedieron al 11 de septiembre, pero no extiende su perdón a Bush y compañía, que la promovieron. O sea, cuando Obama condona la tortura promovida por los otros tiene razón, cuando Bush y compañía la implementan están equivocados.

Pat Buchanan podría ser el reverso de Friedman: es conservador, aislacionista y opositor de la Guerra de Irak —aunque por razones distintas a las de la progresía. Buchanan, educado por los jesuitas en el Gonzaga College High School y la Universidad de Georgetown, nos propone en su artículo (“Is Torture Ever Moral?”) una variante de la teoría del mal menor. Aunque adelanta ideas más jugosas que las descritas por Friedman, sus aguas van a dar al mismo río revuelto de la justificación de la tortura.

Buchanan plantea que la valoración moral de los actos depende de las circunstancias, y propone como ejemplo una comparación entre las muertes causadas por los dos francotiradores que aterrorizaron a la población de Washington hace unos años, con la aniquilación de los tres piratas somalíes por parte de los francotiradores de la Marina estadounidense hace unas semanas.

A continuación adelanta una idea más perniciosa. Nos dice que si Bush debe responder por el uso de la tortura a los presuntos terroristas, Obama debería asumir la responsabilidad por cualquier crimen que los terroristas pudieran cometer como consecuencia de no torturar a sus camaradas detenidos. La aplicación general de ese principio equivaldría a una pesadilla que ni siquiera me animo a describir, pero que el lector puede fácilmente imaginar.

En fin, que dos de los más conocidos columnistas de Estados Unidos, uno liberal y otro conservador, nos proponen hoy que aceptemos en la vida real la moral pantanosa que ya nos han estado sirviendo a cucharadas en Fox con la popular serie “24”, según la cual la tortura es aceptable mientras les toque a los otros. "Quiera el Cielo que vivas siempre en tiempos interesantes", dicían los antiguos chinos para maldecirte. Y no creo que estos sean nada aburridos.

Tuesday, April 28, 2009

Bob Dylan: en acción de gracias


Ir a un concierto de Bob Dylan es un acto de fe. Su voz recuerda una catedral bombardeada, como esa fotos de Dresde en 1945, con los restos humeantes de iglesias que sabemos que alguna vez fueron hermosas y quedaron reducidas a un delirio de humo y destrucción. La diferencia estriba en que Dresde fue una ciudad preciosa, mientras que la voz de Dylan nunca lo fue. Sin embargo, era su voz, y ya no queda casi nada de ella, sino una queja que delata al fumador irredento. Se viste en un traje negro de cowboy, el sombrero de El Zorro y las botas de Billy the Kid. Creerías que es Melquiades que ha vuelto a Macondo y en cualquier momento te va a proponer venderte el secreto de la piedra filosofal. (Y de algún modo sientes que se lo comprarías.)

Bob Dylan es un viejo flaco y vapuleado, y parece un viejo flaco y vapuleado. Ya casi nunca toca la guitarra ni la armónica. Desde hace unos años decidió tocar casi exclusivamente el piano eléctrico. Como tantas otras cosas en su caso, nadie sabe por qué carajos hace nada de eso.

Como se sabe, Dylan no toca en vivo las versiones que uno se aprendió escuchando los discos. No es que cambie el arreglo: tortura la melodía y el ritmo hasta que la canción es imposible de reconocer a no ser por la letra. Lo cual no ayuda mucho: cuando tenía voz, Dylan era difícil de descifrar, y ahora que sus canto es un gruñido de cocodrilo agonizante, necesitas un duende traductor que te revele lo que dice. Cuando trata de moverse o "bailar" delante del piano, uno se siente más inclinado a la lástima que a la admiración. Y por lo demás no dice una sola palabra al público, sólo se inclina ligeramente cuando la gente aplaude al final de las canciones.

¿Y por qué demonios va uno a sus conciertos? Vas porque quieres ver de cerca (la segunda vez que lo vi estaba bien cerca, gracias a MD que compró entradas dignas de una emperatriz macedonia) al tipo capaz de escribir lo que ha escrito, porque lo ves y tienes la sensación de que, a pesar del sabotaje que le hace a la nostalgia, su magia residual sigue siendo palpable. Vas porque en él está, como en nadie quizás, la música y la poesía (la historia también) de este país de pesadilla y de sueños, y es simplemente sobrecogedor pensar que un judío flaco y sin voz, de 67 años, pueda ser el resumen de tantas cosas.

Y uno va porque sus discos recientes no son un plagio de su antigua artesanía, sino un puñado de canciones en la síncopa del blues que pudieron ser escritas por un músico negro de los años treinta (algunas lo son) y que al mismo tiempo suenan inevitablemente "dylanescas". Vas para ver una de las pocas personas a las que se podría llamar "leyenda viva" sin mentir en ninguna de las dos palabras.

Hoy, a la hora del almuerzo, cometí otro acto de fe. Me fui a Barnes & Noble y compré Together Through Life, el disco que sacó hoy al mercado. [Comprar un disco el mismo día que sale es una malcriadez adolescente que muchos no pudimos disfrutar en la adolescencia.] Es otra insistencia en el blues, pero con un sonido que me recuerda más el sabor de los cincuenta y el inicio de los sesenta. Escuchando las dos primeras canciones ("Beyond Here Lies Nothin'" y "Life is Hard") pensé que podrían ser parte de la banda sonora de La Dolce Vita. Mi primera impresión es que es un disco inferior al anterior, Modern Times, pero uno encuentra en él lo que busca: la voz destrozada, las letras “cubistas”, los arreglos caprichosos pero impecables, cierta forma de ver el mundo y de decir las cosas, una vocación de otredad que conoce sus límites pero que no obstante insiste, insiste, insiste. Y eso es motivo suficiente para dar gracias.

Aquí tienen "Beyond Here Lies Nothin'":



Y para recordar que algún día tuvo voz, aquí tienen el final de No Direction Home, el documental de Martin Scorsese. La toma, que da paso a los créditos, es del concierto en el Manchester Free Trade Hall el 17 de mayo de 1966. Se puede escuchar cuando del público le gritan "Judas" y "traidor" a Dylan antes de cantar "Like a Rolling Stone". Los fanáticos de Dylan consideraban que era una traición tocar con instrumentos eléctricos. La respuesta de Dylan no es conciliadora: se vira para sus músicos y les dice: "Play it fucking loud!". Disfrútenlo:

Noticias del futuro

La noticia en la página 4 del New York Times de ayer era exquisita: dice un alto funcionario de la Administración Obama que el nuevo gobierno desea tener una relación “seria, civilizada y abierta” con Cuba. Al leerlo, recordé que hace unos años un colega de trabajo que me dijo: “Voy a Cuba y deseo tener un viaje tranquilo y placentero, ¿qué debo hacer?” Le di una recomendación infalible: le sugerí que sacara pasajes aéreos en primera clase… a Bruselas. No sé quién es el embajador estadounidense en Bélgica, pero si Obama insiste en una relación seria, civilizada y abierta en el Caribe… yo tengo un puente en Brooklyn que se lo puedo vender a muy buen precio.

En la misma página contenía otro regalo igualmente alentador: Kim Jong Un, hijo de Kim Jong Il y nieto de Kim Il Sung aparentemente consiguió un “part-time” en la Comisión Militar Nacional, organismo donde reside el verdadero poder en Corea del Norte. Los analistas opinan que se trata del primer paso para establecerlo como sucesor de su padre y de su abuelo en el trono… ¡perdón!, en el cargo de primer secretario del Comité Central del Partido de los Trabajadores (Comunista). Nos cuenta el Times que ese fue el camino que siguió su padre para llegar a la cumbre.

Corea del Norte es un buen ejemplo de que la mezcla de lo mejor del feudalismo con lo mejor del marxismo-leninismo necesariamente tiene que dar buenos resultados. Por ejemplo, de los 22 millones de habitantes de Norcorea, se considera que sólo tres millones murieron en las hambrunas del los últimos años. Es difícil saber si esta decisión de poner al “nieto del hombre” en el poder se debe a la satisfacción con los resultados anteriores o a una particular aplicación del adagio de que “a la tercera va la vencida”.

Thursday, April 23, 2009

El Cervantes y el dragón

Hoy es el día de San Jorge de Capadocia, matador de dragones. También celebramos el Día de la Lengua —seríamos mucho más dichosos si celebráramos el Día del Oído. Para conmemorar esa fecha, le dieron el premio Cervantes a Juan Marsé, quien en su discurso afirmó: “Sé lo que representa tan alta distinción y a lo que ella me obliga en el futuro”. Me hubiese encantado que precisara esos deberes.

Marsé se quejó de que la televisión es mala, recordó que en la escuela sólo le enseñaron a cantar Cara al sol y a rezar el rosario; evocó sus años trabajando en una joyería; discurrió después acerca del asunto tremendo y singular de ser catalán y escribir en castellano; y demostró que no sabe leer en voz alta.



No tengo nada contra Marsé, por supuesto, pero hoy es el día de San Jorge, y uno esperaría un regalo mejor en su onomástico… Siento que nos devora el dragón de la mediocridad y recuerdo el lamento de Bob Dylan: My patron saint is a-fighting with a ghost/He's always off somewhere when I need him most. Me ha sucedido eso mismo hoy, qué puñetera suerte. ¿No le podrían dar el premio a García Márquez aunque tenga el Nobel? ¿O volvérselo a dar a Borges aunque esté muerto? Literariamente hablando, Marsé está menos vivo que Borges, por Dios.

Recuerdo que la lectura de Últimas tardes con Teresa me hizo decidir que aquellas serían mis últimas tardes con Juan Marsé. Me era imposible leer esa novela y no imaginarme a Marisol (¿o era la Massiel?) corriendo en un Fiat perseguida por el Cordobés o Palomo Linares. Era una imagen que espantaría a gente más valiente que yo.

Y pensar que a Borges le dieron sólo medio premio… Felicidades a Juan Marsé, por supuesto, pero ¡qué gran joyero perdió el mundo!

Post Data: En el blog del escritor Jorge Ferrer se puede leer una valoración más generosa del discurso de Juan Marsé.

Wednesday, April 22, 2009

El trauma o el derecho de nacer

Hoy, 22 de abril, es el cumpleaños de Vladimir Ilich Ulianov (alias Lenin) y del psicoanalista austriaco (valga la redundancia) Otto Rank. Hablemos de Rank, que cumpliría 114 añitos de no haber sido por una inoportuna infección de riñones.

Aclaro que mi afición a la psicología es escasa, inepta y prejuiciada. En primer lugar, tengo la sensación de que el principio básico y el modus operandi de esa ciencia es elegir en cada caso, y entre todas las explicaciones, la más deprimente. En segundo lugar, la gente que postula saber lo que a ti te conviene mejor que tú mismo no me inspiran ninguna confianza. Y en tercer lugar, no me imagino cómo alguien se puede creer el cuento de que los deprimidos deben ir al médico. Sería mucho más lógico pensar que en este mundo nuestro, son los felices, los entusiastas y los alegres los que deberían ser psicoanalizados y, en algunos casos, recluidos en instituciones psiquiátricas. A pesar de esas reservas, confieso que, a diferencia de sus farragosas teorías, los chismes de los orígenes de esa secta me parecen fascinantes.

Pero volvamos a los conejos de Viena. Como se sabe, el buen Otto, que por veinte años fungió como príncipe heredero de la corona freudiana, cayó en desgracia con Segismundo por lo que éste último consideraba "su herejía antiedípica". No he leído, por supuesto, El trauma de nacer (que en un inicio pensé que era la versión alemana de El derecho de nacer), pero me imagino los minuciosos detalles de la teoría de la fase preedípica y el resto de la monserga onírica que llevó a Otto a caer en desgracia y tener que renunciar a la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.

En términos más sencillos para un ex monaguillo como yo, digamos que Rank imaginó que hay una etapa en que no estamos marcados por el pecado original de Edipo. El sumo sacerdote Segismundo was not amused. Otto fue expulsado de su “logia” vienesa, a la que jamás se le permitió regresar. A pesar de que el resto de su vida fue exitoso y feliz, cuentan que se le aguaban los ojitos cada vez narraba la anécdota de cuando Sándor Ferenczi, su antiguo amigo y colega en el desarrollo de la teoría del “aquí y ahora”, le negó el saludo al cruzarse con Otto en Penn Station a causa de sus problemas ideológicos. Como suele suceder en las revoluciones y las sectas, Ferenczi terminaría también distanciado de Freud, pero aquel día era aún un talibán del psicoanálisis y le aplicó a su ex colega una terapia que podríamos describir como "ni aquí ni ahora".

En fin, gracias en parte a esos desaguisados, Otto llegó en 1926 al París que Ernestico Hemingway nos retrata en A Movable Feast y tuvo la suerte de conocer a Anaïs Nin y acceder a su fabulosa memoria y su no menos fabulosa entrepierna. En ese entonces, según confesión propia, la Nin, que tenía sobrada fogosidad —y la predisposición innata a compartirla—, comerciaba favores amorosos con 7 caballeros (8, si contamos a su desangelado esposo Hugh) y fue a ver a Otto Rank para curarse la melancolía que no lograban quitarle sus múltiples, variadas y frecuentes ofrendas a Eros. Freud seguramente hubiese buscado las causas de su inclinación a la gimnasia horizontal con múltiples contrincantes en su infancia. Otto lo hizo, y aunque no logró curarla de nada, sí consiguió besarle los transitados labios en la comodidad de su diván de pitoniso austriaco.

Uno de los amantes habituales de la dulce Anaïs en esa época era Henry Miller. Todo parece indicar que Henry se había ganado, con su poder... imaginativo, la admiración y el acceso al lecho encantado de Anaïs. En esa perfecta complementariedad de trópicos de Cáncer y de Capricornio, vino a meterse Rank como un escuálido ecuador. Anaïs fue quien le recomendó a Miller que fuese a ver a Rank. Miller sólo fue a una consulta, pero él y Rank quedaron amigos/enemigos para siempre: los dos competían por los espectaculares orgasmos de Anaïs.

Por diversas razones, hacia 1935, los tres se fueron a New York. Otto puso una consulta en la calle 57, y Anaïs al poco tiempo se convirtió en secretaria, paciente, colaboradora y partenaire erótica —otra vez— del ex ayuda de campo de Segismundo.

Otto, que se moriría sin cumplir su sueño de mudarse a California, un buen día le pidió a Anaïs que cuidara de la consulta mientras él iba a uno de sus viajes a la Costa Oeste. Miller y Anaïs, después de repetidos ejercicios amatorios sobre el escritorio, el diván, la alfombra y la lámpara de la oficina de Otto, decidieron comenzar a consultar pacientes. A su retorno, el Dr. Rank comprobó con sorpresa que Anaïs y Henry habían estado atendiendo a sus clientes, y que varios de ellos habían hecho notables progresos con los nuevos "doctores". Una dicha singular, especialmente para alguien atormentado por el trauma de nacer.

Y esta es otras de mis reservas con la ciencia vienesa. Nunca he sabido de un cardiólogo o neurocirujano al que le haya sucedido algo así, quiero decir, que sus pacientes se hayan puesto a operar a otros pacientes por su cuenta y hayan obtenido buenos resultados.

La conciencia de Daniel

For Brutus is an honourable man.
William Shakespeare, Julius Caesar. Tercer acto, escena 2

El titular me saltó desde la pantalla como un gato ético: “Siento vergüenza de estar participando en esta Cumbre”. Lo afirmaba Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.


Como en esos momentos en que uno se está ahogando en la playa y en dos segundos le pasa toda la vida delante de los ojos, en los instantes que demoró mi navegador para abrir la página que contenía la noticia pasaron por mi cabeza las razones que podía tener Daniel, que es un hombre honorable, para sentir vergüenza de participar en la Cumbre de las Américas. ¿Pensaría que alguno de los participantes no era digno de estar en aquel cónclave?

¿Sería acaso la presencia de la presidenta chilena Michelle Bachelet lo que le quitaba el sosiego? Quizás, pensé yo, sus malabarismos ideológicos y la alianza con la Democracia Cristiana repugnaban la conciencia de Daniel, que es un hombre honorable. Inmediatamente me di cuenta de que esa no era la razón, pues Ortega, que empezó siendo estalinista duro, al cambiar los aires se hizo socialdemócrata. Y cuando sintió que estaba en peligro de perder su tercera elección consecutiva, vio la luz, se convirtió públicamente al catolicismo y se casó por la iglesia. Y como no bastaba con eso, también se compadró con el ladrón convicto y ex presidente liberal Arnoldo Alemán —supuestamente su enemigo político y símbolo de la corrupta oligarquía nicaragüense—, y nominó a un antiguo “contra” (al que antes había robado la casa) a la vicepresidencia, con tal de subirse él a la silla ejecutiva. No, la Bachelet no era quien había provocado ese ataque de vergüenza, concluí.

¿Sería ver allí a Alan García, el presidente peruano, lo que molestaba a Daniel? Alan, como todos sabemos, se robó hasta los clavos en su primera presidencia y dejó al Perú en la ruina gracias a sus idioteces mesiánicas. Sin embargo, recapacité, Daniel, que es un hombre honorable, también dejó a Nicaragua en ruinas y, amén de otros desmanes, durante los dos últimos meses de la presidencia, organizó y dirigió “La Piñata”. En esos 60 días finales, los sandinistas aprobaron “leyes” para repartirse entre ellos las propiedades nacionalizadas durante la “revolución”. Se calcula que en esas ocho semanas los ardientes defensores de los pobres se robaron 700 millones de dólares. Daniel, que es un hombre honorable, “retiró” $3.6 millones directamente del banco nacional y se apropió de la casa de Jaime Morales Carazo (su futuro “vice”), valorada en medio millón de dólares entonces. En un gesto que muestra su sensibilidad artística, Ortega decidió quedarse también con la colección de antigüedades que los antiguos dueños tenían en la mansión. Por tanto, me imagino, Alan no podía ser el culpable de la vergüenza que sentía el díscolo nieto de Sandino.

Bueno, conjeturé entonces, tal vez lo que escandaliza a Daniel, que es un hombre honorable, sea la presencia del presidente paraguayo Fernando Lugo. Noticias recientes parecen indicar que monseñor Lugo en sus tiempos de obispo no lograba mantener el báculo dentro de la sotana. Acaba de reconocer que mientras llevaba mitra tuvo un hijo. Ese efluvio de fervor paternal del “obispo de los pobres” sólo se produjo cuando la madre de la criatura lo amenazó con una demanda judicial. Y la muchacha afirma que la relación comenzó cuando ella tenía 16 años y el entonces obispo 47. Unos días después, otra joven ha declarado que también tenía un hijo con el célebre (que no célibe) obispo. Ese comercio sexual con menores de edad tendría que herir el pudor de Daniel, que es un hombre honorable, me dije. Pero recordé entonces que, según se afirma, Ortega violó a su hijastra Zoilamérica Narváez y abusó sexualmente de ella desde los once años de edad hasta que la víctima logró escapar del infierno a los 30. Las componendas habituales de los poderosos, la inmunidad parlamentaria y el recurso siempre útil de la prescripción de los delitos después de cierto tiempo, permitieron que escapara de la cárcel. No, me dije, deberíamos suponer que los pecadillos del obispo no eran la causa de la vergüenza orteguiana.

Al fin mi navegador de Internet abrió la página de la noticia. Todas mis elucubraciones, por supuesto, eran erróneas. Daniel, que es un hombre honorable, estaba avergonzado de participar en la Cumbre porque no estaban allí representados Cuba y Puerto Rico. Qué preocupaciones tan curiosas, pensé. Porque la realidad simple y llana es que el gobierno cubano ha reiterado una y otra vez que no le interesa asistir a esos eventos ni entrar en la OEA (cuyos miembros son los que tienen derecho a participar). Y el noventa y tanto por ciento de los puertorriqueños vota por la “estadidad” o por la condición de “estado libre asociado” cada vez que se hace un referendo sobre el futuro de la isla. En otras palabras, una mayoría aplastante del pueblo de Puerto Rico ha decidido mantener el orden político que le imposibilita ser miembro de la OEA.

Todo eso sin embargo, no impidió que Ortega se rasgara las vestiduras y lanzará la habitual filípica sobre “el imperio y sus lacayos” para defender la mancillada dignidad de los ausentes. Como el personaje de Italo Svevo, que prometía una y otras vez sin éxito alguno que aquél que estaba fumando sería “su último cigarrillo”, Ortega parece fracasar siempre en sus esfuerzos (si es que se esfuerza) por dejar de decir tonterías o —lo que es más triste— cometer canalladas.

Monday, April 20, 2009

Los nombres de la rosa

'Tis but thy name that is my enemy.
Shakespeare, Romeo and Juliet

Como decíamos ayer, los Yankees de New York tienen un nuevo estadio, construido al lado de donde se alzaba el anterior. Esa costumbre que tienen los habitantes de Gotham de cambiar las piedras y guardar a buen recaudo los nombres no deja de sorprendernos a los caribes escasos de mundo. El Metropolitan Museum ha tenido dos sedes y un solo apelativo. Lo mismo pasa con el Metropolitan Opera House, el hotel Waldorf Astoria —que estuvo antes donde se alza hoy el Empire State— o el Madison Saquare Garden, que anda ya por su cuarta encarnación sin haber cambiado nunca su mote, a pesar que desde hace mucho tiempo no tiene nada de jardín ni se encuentra en una plaza ni en la avenida Madison. [La actual sede —esperpento típico de la arquitectura de los sesenta— se levanta sobre las ruinas de la preciosa y desaparecida Penn Station, una joya neoclásica inspirada en los Baños de Caracalla y la Puerta de Branderburgo, y arrasada en aras de la “funcionalidad”.]

En La Habana, sin embargo, somos como Julieta, y estamos convencidos de que “solo tu nombre es mi enemigo”. Cuando queremos un teatro grande construimos el Blanquita. Si unos años después queremos otro, de nombre menos burgués, le ponemos Charles Chaplin en la fachada al mismo edificio y listo. Y si unos años después cambiamos otra vez de idea, no nos ponemos a construir con mil trabajos y gastos un edificio nuevo. Simplemente cambiamos el letrero y “nace” el Karl Marx —que en alemán suena tan fino.

De esa suerte, Radiocentro engendró el cine Yara, la Plaza Cívica José Martí parió la Plaza de la Revolución, y el Habana Hilton en sucesivas metamorfosis se convirtió en Habana Libre, Habana Meliá y Hotel Tryp Habana Libre (su cuarto nombre y segunda “liberación”). El Focsa engendró el Edificio Fajardo (aunque nunca se haya escuchado a nadie llamarlo por ese nombre).

Un caso particularmente revelador es el del restaurante “Prado y Neptuno” que se halla en la esquina que nombra. En los años cincuenta se llamó “Miami”. En los sesenta, por supuesto, cambió de nombre y se llamó “Caracas”. El “Caracas”, no faltaba más, en los setenta engendró al “Budapest”, que terminó siendo clausurado para renacer en los noventa con el nombre que lleva ahora. No sería temerario predecir que, con los aires que corren, vuelva a llamarse “Caracas” en el futuro próximo. Esa vocación adámica de nombrar las mismas cosas de mil modos diferentes sin dudas debe consumir una cantidad de talento que vaya usted a saber qué lograría si la usáramos en proyectos más tangibles.

La mejor comparación de La Habana con New York que he escuchado la pronunció mi madre el primer día que salimos a pasear juntos por Quinta Avenida en la zona de Midtown. Después de recorrer tres cuadras, le pregunté: “¿Qué te parece New York?” Me respondió con el tono de voz con que habla Dios en el Antiguo Testamento: “Esto es lo que La Habana quiso ser”. Y a lo mejor lo habríamos logrado, pensé, si nuestro afán de construir hubiese sido comparable a nuestra afición a nombrar y renombrar los pétalos de esa rosa ajada que insistimos en llamar —gracias a Dios— La Habana.

Thursday, April 16, 2009

Yankee Stadium

Hoy inauguramos un nuevo Yankee Stadium. Y digo "inauguramos" porque los contribuyentes hemos pagado buena parte del pastel. Por eso me parece un día ideal para recordar tres momentos históricos del antiguo estadio.

El primero, por supuesto, es el jonrón número sesenta de Babe Ruth en 1927. Siendo pequeño, mi abuelo me contó repetidas veces los detalles del primer juego que Babe Ruth en La Habana, el 30 de octubre de 1920. "Todos habían ido a ver a Babe batear un jonrón", decía mi abuelo, que era entonces un muchachito de 14 años. "Se tuvieron que conformar con un doble y un triple". Pero aquí tienen al Babe disparando el jonrón 60 en el año mágico de 1927.



El segundo momento, por supuesto, es el discurso de despedida de Lou Gehrig el 4 de julio del 39, cuya transcripción aparece debajo del video. Babe Ruth fue el mejor jugador de béisbol del mundo y de la historia, por supuesto. Tan justo como eso es decir que del 25 al 34, los años en que tuvo a Gehrig como compañero en la alineación regular de los Yankess, hubiese sido muy difícil saber quién era el mejor jugador del equipo. Aquí está el video de Gehrig y su discurso, cuya hombría de bien y coraje difícilmente pueden exagerarse.



La transcripción del discurso:
"Fans, for the past two weeks you have been reading about the bad break I got. Yet today I consider myself the luckiest man on the face of the earth. I have been in ballparks for seventeen years and have never received anything but kindness and encouragement from you fans.
"Look at these grand men. Which of you wouldn’t consider it the highlight of his career just to associate with them for even one day? Sure, I’m lucky. Who wouldn’t consider it an honor to have known Jacob Ruppert? Also, the builder of baseball’s greatest empire, Ed Barrow? To have spent six years with that wonderful little fellow, Miller Huggins? Then to have spent the next nine years with that outstanding leader, that smart student of psychology, the best manager in baseball today, Joe McCarthy? Sure, I'm lucky.
"When the New York Giants, a team you would give your right arm to beat, and vice versa, sends you a gift — that’s something. When everybody down to the groundskeepers and those boys in white coats remember you with trophies — that’s something. When you have a wonderful mother-in-law who takes sides with you in squabbles with her own daughter — that's something. When you have a father and a mother who work all their lives so that you can have an education and build your body — it's a blessing. When you have a wife who has been a tower of strength and shown more courage than you dreamed existed — that's the finest I know.
"So I close in saying that I might have been given a bad break, but I've got an awful lot to live for. Thank you."


El tercer video es el de la famosa escena de Marylin Monroe en "The Seven Year Itch". ¿Que qué relación tiene con la historia del Yankee Stadium? En primer lugar, Marylin estuvo casada, entre otros, con DiMaggio. En segundo lugar, no hace falta ninguna justificación para ver a Marylin. Que lo disfruten:


Monday, April 13, 2009

Una traducción

Como divertimento, les ofrezco una traducción del poema "Walter Simmons", de la Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters. Como disculpa por mi traducción, el original aparece debajo. Convendría aprendérselo de memoria (en el original, por supuesto) para recitarlo el día del Juicio Final cuando nos pregunten qué hicimos con nuestros talentos.

Walter Simmons

Mis padres pensaron que sería
Tan grande como Edison, si no más:
Pues de niño hacía globos aerostáticos,
Y portentosas cometas y juguetes con relojes,
Y locomotoras mínimas con todos sus rieles
Y teléfonos de latas y cordel.
Tocaba la corneta y pinté cuadros,
Modelaba el barro y fui actor
Haciendo de villano en “Octoroon”.
Pero a los veintiún años me casé
Y tenía que vivir, así pues, para vivir
Aprendí el arte de fabricar relojes
Y compré la joyería de la plaza,
Pensando, pensando, pensando, pensando…
No en el negocio sino en la locomotora
Que me proponía construir.
Todo Spoon River atisbaba y esperaba
Que echara a andar, pero nunca funcionó.
Las buenas almas creyeron que mi genio
Se había malogrado en la relojería.
No era cierto. La verdad es más sencilla:
No tenía talento en realidad.




Walter Simmons

Mi parents thought that I would be
As great as Edison or greater:
For as a boy I made balloons
And wondrous kites and toys with clocks
And little engines with tracks to run on
And telephones of cans and thread.
I played the cornet and painted pictures,
Modeled in clay and took the part
Of the villain in the “Octoroon.”
But then at twenty-one I married
And had to live, and so, to live
I learned the trade of making watches
And kept the jewelry store on the square,
Thinking, thinking, thinking, thinking,—
Not of business, but of the engine
I studied the calculus to build.
And all Spoon River watched and waited
To see it work, but it never worked.
And a few kind souls believed my genius
Was somehow hampered by the store.
It wasn’t true. The truth was this:
I didn’t have the brains.

Sunday, April 12, 2009

El juramento de ciudadanía


Un mes después de mi azarosa entrevista de ciudadanía, recibí una amable carta del Department of Homeland Security para que fuera a hacer el juramento formal que me haría compatriota de Abraham Lincoln y Paris Hilton. (El corrector automático del programa Word en castellano acaba de cambiarme “Hilton” a “Milton”, me imagino que para insinuar que esa muchacha es una especie de paraíso perdido —aunque mi abuela diría simplemente que “es una perdida”. Comprendo la confusión de mi computadora: Milton y la Hilton, al fin y al cabo, son dos tesoros de la civilización occidental. But I digress, como decimos los gringos finos.)

En la carta me pedían que me presentara bien vestido (no usar jeans, shorts ni chancletas, please) en la US District Court Eastern District de Central Islip el 29 de septiembre de 2008 a las ocho y media de la mañana. Recordando el frío que pasé gracias al maldito aire acondicionado del lugar de la entrevista, lo más probable era que esta vez fuera con mi abrigo de esquiar y mis botas de nieve. Estos gringos, casi ya compatriotas, no volverían a jugarme otra mala pasada.La segunda página de la carta era lo que en Cuba llamamos con ternura un “cuéntame-tu-vida”. Querían saber qué demonios había hecho yo con mi existencia en el mes transcurrido desde la entrevista. Primero me preguntaban si mi mujer se había muerto o se había divorciado de mí.

No me pareció la pregunta ideal para
comenzar una entrevista, pero… ¿habrían llamado a mi mujer esos cabrones de Homeland Security?
¿Y qué les habría dicho mi mujer?
¿Qué les hacía temer el posible final precipitado de mi cónyuge
o mi matrimonio?

Después querían que les contara si había viajado al extranjero. ¿No quedamos en que los cubanos son los que están obsesionados con los viajes en avión? La tercera pregunta era digna de las que le hacía el juez a Tres Patines en La Tremenda Corte. Preguntaban si yo había cometido algún delito por el que no había sido arrestado. Algo así como “si no te atrapamos en el acto, cuéntanos ahora qué hiciste”. Tres Patines hubiese contestado: “No comas catibía, chico”. Yo hice la crucecita en “NO”. La cuarta pregunta era un poco de lo mismo.

La quinta era una perla. Querían saber si yo me había hecho comunista durante el mes anterior. No es lo peor que le pueden preguntar a uno, por supuesto. Se les pudo ocurrir, por ejemplo, averiguar si me había hecho metodista o psicólogo, pero, de todos modos, me recordó la interrogación de “¿tiene creencias religiosas?” que te hacían en Cuba cada vez que dabas un paso. Yo siempre contestaba que sí, sabiendo que, como diría el Dante, a partir de allí podía renunciar a toda esperanza. Esta vez podía decir que no, que no me había hecho comunista el mes pasado ni el año pasado ni en la vida pasada; pero no por eso me resultó más agradable que me lo preguntaran.

A partir de allí el interrogatorio era más interesante. Los muchachos de Homeland Security parecían haber adivinado mi cobardía (lo cual, por lo demás, no constituye ninguna hazaña investigativa) y querían saber si yo me había hecho objetor de conciencia o algo así durante el mes anterior para no tener que servir en el ejército. Debo admitir que no andaban muy descaminados. En otra época de mi vida, cuando vivía en un sitio donde no creían en objetores de conciencia ni en la madre de los tomates, fui durante dos años al psiquiatra con tal de evadir el servicio militar. Hay pocas cosas de las que me sienta más orgulloso que de los cuentos tremebundos e irrisorios que le conté a aquel señor generoso que fue mi psiquiatra con tal de no ir a Angola a matar inocentes —o a que algún inocente me matara mí.

La octava y última pregunta era la mejor. Con un celo inquisitorial digno de Torquemada, mis compatriotas calvinistas deseaban conocer si en las cuatro semanas anteriores había practicado la poligamia o si había ganado dinero en juegos ilícitos (les importaba un bledo que hubiese perdido dinero en juegos ilícitos, pues no lo preguntaban). Después pedían que les contara si en esos treinta días había sido prostituto. Este último me pareció un detalle encantador. Cuando uno tiene cuarenta y cinco años de edad, treinta libras de más, escasa estatura, ningún dinero y cara de idiota, el hecho de que alguien suponga que exista alguna persona dispuesta a pagar por irse a la cama contigo no puede interpretarse más que como un halago.

El final del interrogatorio era de leyenda: “¿Es usted un borracho habitual?” Me sentí tentado a preguntar: “¿Qué entiende usted por ‘habitual’?” Pero me limité a responder que no.

Otro detalle de esa pregunta —que era infinita y parecía ideada por el Marqués de Sade en una noche particularmente inspirada— me enseñó algo nuevo y provechoso. Preguntaban mi inquisidores si había traficado “drogas o marihuana”. Y yo que pensé siempre que la marihuana era droga… Por más que me pesó, puse también la crucecita en “NO” junto a la larga lista de vicios y diversiones de la pregunta 8, como pueden ver en la foto.
Y finalmente llegó la fecha de la metamorfosis ciudadana. El 29 de septiembre amaneció como esos días tímidos del otoño neoyorquino, con una temperatura perfecta para ponerse un saco deportivo y salir de casa aparentando ser una persona decente, que era lo que me insinuaban las sugerencias de vestuario indicadas en la cartita. En el carro, no podía evitar que María Grener cantara en mi cabeza una y otra vez aquello de Júrame, que aunque pase mucho tiempo, no olvidarás el momento… Aunque me perdí en el viaje de ida, como siempre me sucede, llegué puntualmente.

El Tribunal de Justicia de Islip, a pesar de haber sido diseñado por Richard Meier
—o tal vez por
eso—, es un edificio desangelado que recuerda la arquitectura estalinista de las afueras de Varsovia. Está en medio de un estacionamiento infinito, y te da la impresión de que se ha quedado tan solo porque los seres humanos comunes y corrientes se resisten construir nada en sus alrededores. Ese palacio de justicia parece haber sido construido por la justicia misma que, como todos sabemos, es ciega.

A la entrada tienen un detector de metales que me hizo pensar que estaba en un aeropuerto. Me pregunté si al ser americano me curaría de esa obsesión con los aeropuertos que tenemos los nacidos en la isla de la “tarjeta blanca”. El wachimán de turno me pidió mi mochila y, mientras la estaba registrando, me preguntó si tenía un teléfono celular “on you”. Le dije que no. Cuando pasaron la mochila por la cámara oscura vieron mi celular. El wachimán me miró con desconfianza y me pidió que se lo entregara. Me explicó que estaba terminante prohibido entrar a la ceremonia de juramento con un celular. Hasta ese momento yo había estado convencido de que tener celular era un requisito para ser ciudadano de los Estados Unidos.

Pasamos después a la sala de justicia propiamente dicha. Tuve la impresión de haber entrado a una caja de zapatos de proporciones ciclópeas. Era un espacio semicúbico de treinta metros de largo por treinta de ancho y quince de alto, forrado con paneles color abedul. ¿Habría encargado Richard Meier la decoración de la sala en Ikea? Nunca en mi vida había visto un espacio supuestamente ceremonial tan grande y tan chato al mismo tiempo. Otra prueba de que la austeridad calvinista y la arquitectura moderna son una mezcla fatal.

Durante tres horas estuve sentado allí, mientras nos llamaban uno a uno a los 350 “graduados” para que revisáramos personalmente el diploma de ciudadanos del imperio. Al final entró el juez: un tipo de la más pura cepa irlandesa que nos hizo el cuento de cómo sus abuelos habían llegado de Irlanda huyéndole a la hambruna un siglo antes. Imaginé a un remoto nieto mío, ejerciendo de juez y haciendo un cuento semejante en el año 2067, y por alguna razón la idea me pareció deprimente.

Nos repartieron entonces el juramento:
"I hereby declare, on oath, that I absolutely and entirely renounce and abjure all allegiance and fidelity to any foreign prince, potentate, state, or sovereignty of whom or which I have heretofore been a subject or citizen; that I will support and defend the Constitution and laws of the United States of America against all enemies, foreign and domestic; that I will bear true faith and allegiance to the same; that I will bear arms on behalf of the United States when required by the law; that I will perform noncombatant service in the Armed Forces of the United States when required by the law; that I will perform work of national importance under civilian direction when required by the law; and that I take this obligation freely without any mental reservation or purpose of evasion; so help me God."

Cuya traducción, inepta, chapucera y oficial reza:
"Por este medio, declaro bajo juramento, que renuncio absolutamente y por completo y abjuro toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, estado o soberanía extranjera, de quien o del cual haya sido sujeto o ciudadano antes de esto; que apoyaré y defenderé a la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América contra todo enemigo, extranjero y nacional; que profesaré fe y lealtad reales hacia el mismo; que portaré armas bajo la bandera de Estados Unidos cuando lo exija la ley; que prestaré servicio como no combatiente en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos cuando lo exija la ley; que haré trabajo de importancia nacional bajo dirección civil cuando lo exija la ley; y que asumo esta obligación libremente, sin ninguna reserva mental ni intención de evasión; lo juro ante Dios."

La primera oración me cayó como la conocida patada en el hígado. Esa renuncia absoluta a “toda lealtad y fedilidad” tenía el sabor metálico de la conversión. No tengo ningún entrenamiento en el asunto de las "conversiones". Nunca he adoptado una nueva fe religiosa o política —de lo que me alegro. Pensé en ese momento que a la gente que se casa por segunda vez, en medio de la ceremonia matrimonial, les deberían hacer una pregunta análoga: “¿Afirma usted que se arrepiente de cada vez que se acostó con aquella maldita mujer, que no ama a los hijos que tuvo con ella y que le parece un ser absolutamente despreciable?”

Sobrepasada esa prueba, el juez de los abuelos hambrientos me felicitó y me entregó el diploma de americano genuino. Salí de la sala a punto de orinarme en los pantalones (había pasado cuatro horas allí) y vi que había cola en el baño de los hombres. Con el estoicismo propio de un buen ciudadano americano, esperé mi turno para miccionar. Una vez cumplida la función fisiológica, recuperé mi teléfono celular, salí al estacionamiento y llamé a mi mujer mientras prendía un puro que me aliviara las ganas de vomitar que aún me quedaban después de mi compromiso solemne de olvidarme para siempre de esa maldita isla del Caribe que a pesar de todo amo con una idiotez masoquista y obsesiva. Miré a mi alrededor y vi que todos los nuevos ciudadanos estaban haciendo lo mismo. Fue una epifanía: las primeras tres cosas que hacen casi todos los nuevos ciudadanos de los Estados Unidos es aliviar la vejiga, fumar y llamar por teléfono a alguien. Espero que mis amigos del Homeland Security Deparment no me acusen de estar revelando un secreto de estado.

Tras terminar mi purito, me subía al carro para regresar a casa y puse un disco de Benny Moré. "Santa Isabel de las Lajas" me ayudaría a olvidar el "Júrame" de María Grever.