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Thursday, March 14, 2013

Francisco: el nombre y el hombre


[Este artículo se publicó originalmente en Diario de Cuba.]

“La Iglesia Católica se desmoronó cuando la jerarquía dejó de creer en su propios dogmas”. La frase lapidaria de Ezra Pound, como tantas otras suyas, es una exageración que contiene una simiente de verdad. Desde la fe, significa que la fidelidad al Evangelio de los pastores es un ingrediente esencial para la eficacia de la Iglesia como fuente de salvación. En términos mundanos, significa que la influencia de la Iglesia Católica y su capacidad de hacer el bien dependen en buena medida de la coherencia con el Evangelio de la vida del clero y los fieles. Y ese es el primer reto al que se enfrenta el papa Francisco.

Específicamente, el Papa deberá limpiar los establos de Augías de los escándalos sexuales y los persistentes rumores de divisiones y corrupción en el seno de la curia, amén de los conocidos problemas del sistema bancario vaticano. Esas miserias rebajan la autoridad moral y el poder de convocatoria de la Iglesia (que son las únicas divisiones con que cuenta el Papa, para responder a la pregunta de Stalin) y paralizan su funcionamiento institucional. Al margen de ser un imperativo ético, el Papa deberá poner orden en casa porque de lo contrario estaría en riesgo la capacidad misma de la Iglesia para cumplir su misión. La designación de un nuevo Secretario de Estado será clave para lograrlo. Es un criterio casi unánime que buena parte de las dificultades del pontificado de Benedicto XVI provienen de las tensas relaciones del cardenal Bertone con la Curia. Aquí se juega el nuevo papa su pontificado.

Más allá de esos escollos, que son inmensos, ¿qué debemos esperar del papa Francisco? Sería bueno saber en cuál de los dos grandes Franciscos estaba pensando al elegir su nombre. ¿Se habrá inspirado en San Francisco de Asís, que en medio de la Quinta Cruzada prefirió “ir entre sarracenos” como mensajero de paz y llegar a dialogar con el sultán de Egipto, el peor enemigo de la Iglesia? Por su talante, no sería sorprendente que el papa Francisco intentara redefinir las relaciones de la Iglesia con el mundo musulmán. Él podría mostrar a Occidente un estilo de diálogo que no sea el de la cruzada, sino el del santo de Asís. Y eso bastaría para darle sentido a su misión.

Su nombre puede evocar también la figura de San Francisco Javier, patrono de los misioneros y jesuita como el nuevo papa, que predicó el Evangelio en la India y Japón. Como ha ocurrido con los últimos pontífices, Su Santidad Francisco tendrá en el centro de sus preocupaciones la Iglesia de Asia, y en especial el complejo proceso de reconciliación con la Iglesia patriótica china. Equilibrar la solicitud por los cristianos chinos fieles a Roma, y la misión profética de la Iglesia, con el trabajo en pos de una normalización de las relaciones del Vaticano con la Iglesia patriótica y el Gobierno chino, para bien de todos los católicos de ese país, será un reto tan inevitable como amargo, como lo ha sido por muchas décadas.

Naturalmente, América Latina, por tener más del 40% de todos los católicos del mundo y ser su cuna, será definitoria para su misión. El reto de las sectas seguirá siendo un motivo de preocupación para el Papa, y quizás ese haya sido uno de los motivos de su elección. En el orden social, la Iglesia no ha definido líneas maestras para la relación con los gobiernos populistas o de izquierda que se han multiplicado en la región en los últimos quince años. En sus años de arzobispo de Buenos Aires, el Papa denunció repetidamente el escándalo de la extrema pobreza, identificándola con la violación de los derechos humanos, como proponen a veces esos mismos gobiernos. Pero su relación con las administraciones del matrimonio Kirchner, por ejemplo, han sido menos que amigables. Y es conocida su oposición a ciertas corrientes de la teología de la liberación. El Papa proyectará a escala continental una vocación de justicia que no supone la identificación con proyectos políticos específicos ni con propuestas que se aparten de la ortodoxia. El testimonio de su vida sencilla y su preocupación por los menos privilegiados le dará a su mensaje una legitimidad esencial. Pero esa misma resonancia lo podría hacer incómodo para las élites gobernantes de uno u otro signo y con ciertas corrientes dentro de la misma Iglesia en Latinoamérica.

En el caso de Cuba en particular, la primera pregunta clave será la designación del nuevo arzobispo de La Habana, una vez que el Papa acepte la renuncia del cardenal Jaime Ortega. Monseñor Dionisio García Ibáñez, el arzobispo de Santiago, a pesar de tener ya 68 años, parece ser el candidato más lógico. Y ahora más, pues su estilo pastoral está en consonancia con el del nuevo obispo de Roma. En la última década, la figura del cardenal Ortega ha sido definitoria en la forma y la esencia de la labor de la Iglesia en Cuba. Quienquiera que sea su sucesor, no tendrá su estatura ni su influencia. Habrá un estilo más colegial, y probablemente un acompañamiento más cercano de Roma a la misión de los obispos cubanos. En ese sentido, puede ser que la visión personal de este papa pese más en los destinos de la Iglesia en Cuba que el de su predecesor.

Y esos son tan solo algunos de los retos que halló esta mañana en su escritorio este argentino afable, amante de Borges —ese agnóstico—, aficionado al futbol y a los tangos tristes. Uno no puede más que conmiserarlo, rezar por él, desearle que salga ileso de la cancha, que halle el camino en ese laberinto borgiano que deberá ahora descifrar a diario.

San Francisco de Asís hizo de la pobreza su vocación. Y su misión fue la restauración de la Iglesia. Probablemente el papa Francisco se miró en ese espejo al elegir su nombre. Tiene ante él una tarea inmensa, y es un hombre de 76 años al que le falta un pulmón. Pero para la Iglesia son tiempos de practicar la humildad y de restaurar lo dañado. Sí, Francisco es el hombre —y el nombre— indicado para este momento. Pero Dios tendrá que ayudarlo. Mucho.

Tuesday, November 20, 2012

Antonio de Gordon: la maldición de ser habanero y querer saberlo todo (I)

Antonio de Gordon y de Acosta fue un habanero del siglo XIX, pero su biografía puede leerse como un cuento de Borges. Nació en 1848 en una familia donde sobraba el dinero y no escaseaba el ingenio. Su apellido y sus cabellos rubios delataban antepasados escoceses. Huérfano desde niño, fue criado por sus padrinos, Gonzalo Alfonso y Merced Poey, la hermana de Felipe Poey. 

Estudió en el Colegio El Salvador de José de la Luz y Caballero, donde también fue maestro. Inició sus estudios de medicina en la Universidad de La Habana en 1865. En mayo del 69, con 20 años de edad, se casa con Pilar Bermúdez y González. Obtiene su licenciatura en octubre de 1871, dos meses antes del fusilamiento de sus ocho compañeros de carrera. Uno de ellos, Anacleto Bermúdez, era hermano de su esposa. En 1875 muere Pilar. Antonio, ya viudo y padre de dos hijos, recibe su doctorado en medicina y cirugía al año siguiente.

A partir de esa fecha, Antonio de Gordon se dedicó a coleccionar licenciaturas y doctorados con la furiosa obsesión de un filatelista. Obtuvo sucesivamente todos los títulos que expedía la Universidad de La Habana en esa época: Farmacia (1880); Física (1880); Derecho administrativo (1882); Derecho civil y canónico (1883); Filosofía y letras (1883); Pedagogía (1892). En los ratos libres que le dejaban los estudios de esas disciplinas, la práctica de la medicina y su labor como profesor de Obstetricia, aprendió inglés, francés, alemán, latín, griego, hebreo y sánscrito. 

Llegó a ser miembro de más de cien sociedades científicas de una docena de países, y en la Universidad de La Habana fue un profesor legendario por sus conocimientos y su generosidad. A la universidad, que fue al cabo su única patria, donó de su bolsillo varios laboratorios de ciencias que se llevaron buena parte de su fortuna. Se cuenta —y es fácil creerlo— que tenía una memoria portentosa. Sus clases y conferencias, dictadas sin notas, estaban salpicadas de decenas de citas de diferentes autores y lenguas, cada una recitada de memoria, y con la obra y el número de página donde la había leído. 

Publicó numerosas monografías, cuyos títulos por sí mismos nos sirven para historiar sus obsesión wikipédica por el conocimiento: "El tabaco en Cuba: Apuntes para su historia", "Indicaciones terapéuticas de la música", "Los incendios, los bomberos y la higiene", "La legislation sanitaria escolar en los principales estados de Europa", "Higiene del ciclismo en Cuba", "El azúcar como alimento del hombre", "Medicina indígena de Cuba", "La Iglesia y la cremación", "El primer ruido fisiológico del corazón", "Los loros y la tuberculosis", etc., etc.  

De Gordon, con vanidad infantil, ponía la atiborrada lista de sus títulos y honores en la primera página de sus monografías —como se puede ver en la foto de la derecha. Un superficial examen de algunas de ellas (he leído solo tres, y de pasada) podría sugerir que su voracidad acumulativa iba acompañada de exiguas dotes creadoras. Sus obras parecen a ratos composiciones de un niño prodigio. Cita con soltura a autores clásicos griegos y latinos, enciclopedistas franceses y reinas escandinavas de una manera que parece más encaminada a demostrar sus lecturas que a enriquecer la exposición. La originalidad no abunda en sus páginas, ni tampoco la agudeza para comentar las ideas de los autores que expone. Pero es imposible no admirar el monstruoso conocimiento que demuestra de cada tema, y de la historia y de la bibliografía de cada idea que menciona o explica.  

En el orden personal, los testimonios de sus contemporáneos sugieren que era un hombre feliz y caritativo. Además de sus cuantiosas donaciones a la universidad habanera, en la época de la Reconcentración de Weyler Antonio de Gordon fundó —en colaboración con el Obispo de La Habana— tres dispensarios para niños pobres en la ciudad. Con su dinero ayudaba a pagar los costos, y además brindaba en ellos sus servicios a diario. El primer dispensario fue fundado por De Gordon en noviembre de 1896 en los bajos del propio Palacio Episcopal de monseñor Santader y Frutos, y bajo la advocación de la Virgen de la Caridad. Allí se antendieron y salvaron cientos de víctimas de la Reconcentración. (Esta anécdota podría ayudar a redondear la imagen de un obispo que por otra parte fue fervoroso enemigo de la independencia cubana, y que brindó sus iglesias como cuarteles a las tropas españolas.)

Probablemente no haya habido entre los cubanos nadie que acumulara, y recordara, tantos conocimientos. Alguien que haya tratado de escribir —literalmente— la historia del tabaco, definir los efectos terapéuticos de la música y de la bicicleta, y descubrir la relación entre los loros y la tuberculosis debería tener su lugar asegurado en el panteón disparatado de nuestra historia. A Antonio de Gordon, sin embargo, le estuvieron deparados el oprobio y el olvido. De eso hablaré en el próximo post.



Saturday, August 25, 2012

Neil Armstrong: un paso gigantesco para un hombre


Neil Armstrong. Foto tomada del periódico The Guardian
Ha muerto Neil Armstrong. Al lector indiferente le puede parecer ese un pequeño paso para la humanidad, pero es siempre un paso gigantesco para el hombre a quien le toca darlo. Hoy su hazaña nos parece menos memorable que la nueva versión del iPad o el destino de la economía griega. En su momento, sin embargo, sus pasos lunáticos conmovieron a los poetas y a los televidentes... 

He recordado hoy dos poemas que recuerdan su hazaña. El primero es del cubano Eliseo Diego, y es una visión desolada y apocalíptica. El segundo es de Jorge Luis Borges, y es un sueño homérico. Eliseo escribió su poema en un país donde no se transmitió la llegada del hombre a la Luna, y donde no se publicaban los poemas de Jorge Luis Borges. Podría ser que todos esos detalles inconexos estén secretamente relacionados. 

Que tengas buen viaje, Neil Armstrong.
 



Oda a la contemplación de la Tierra

                                        ...la huella de su pie en la Luna...
                                                 (De los diarios, año de 1969)

Desde la roca de la desolación
por fin ha visto el hombre a su madre
Velada en un velo viviente,
la frágil, la prodigiosa criatura,
la danzarina del abismo,
la que oculta en su seno maravillas.
Desde la roca de la desolación.
Velada en un velo viviente.

Aquel que la está mirando
en medio de la simplicidad de la ceniza,
de la invulnerabilidad de la ceniza,
¿no es el que le desgarra la entraña?
El hijo increíblemente pequeño
de la increíble pequeña maravilla, en medio
de la desolación, lleno de crimen.
En medio de la desolación de la ceniza.

Cada cráneo pelado,
¿no repite la desolación de la luna?
Cada órbita seca,
¿no dobla la ceguera de la roca?
En medio del fúnebre fulgor,
del lívido, featidico fulgor,
repleto de traición, el hijo acecha
la trémula belleza que es su vida.

Eliseo Diego
Los días de tu vida (La Habana, 1977)




1971

Dos hombres caminaron por la luna,
Otros después. ¿Qué puede la palabra,
Qué puede lo que el arte sueña y labra,
Ante su real y casi irreal fortuna?
Ebrios de horror divino y de aventura,
Esos hijos de Whitman han pisado
El páramo lunar, el inviolado
Orbe que, antes de Adán, pasa y perdura.
El amor de Endimión en su montaña,
El hipogrifo, la curiosa esfera
De Wells, que en mi recuerdo es verdadera,
Se confirman. De todos es la hazaña.
No hay en la tierra un hombre que no sea
Hoy más valiente y más feliz. El día
Inmemorial se exalta de energía
Por la sola virtud de la Odisea
De esos amigos mágicos. La luna,
Que el amor secular busca en el cielo
Con triste rostro y no saciado anhelo,
Será su monumento, eterna y una.

Jorge Luis Borges
El oro de los tigres (Buenos Aires, 1972)

Friday, October 8, 2010

Alfred Nobel recibe el premio Vargas Llosa

La Academia Sueca es una pandilla canonizada de dieciocho escribanos nórdicos de nalgas pálidas que se creen los porteros del cielo. Me imagino que esos melancólicos señores se fueron esta noche a la cama muy contentos de sí mismos. Sus razones tenían. Al menos este año no se robaron el millón y medio de dólares del premio como hicieron en 1974, cuando le entregaron el botín a dos compinches que eran parte del jurado, Eyvind Johnson y Harry Martinson, y a los que nadie jamás ha leído. Ni siquiera los ruborizó el detalle de que dos de los favoritos ese año fuesen Graham Greene y Vladimir Nabokov.

Pues bien, resulta que este otoño los príncipes electores de Estocolmo no encontraron un comunista mediocre (Dario Fo) ni un antiimperialista gris (Harold Pinter) a quien encasquetarle el premio y se lo tuvieron que dar a un escritor de verdad. La gente está feliz de que los académicos escandinavos hayan tropezado ayer con la honestidad. Es algo que no sucede a menudo.

Siempre que alguien dice que a Borges no le dieron el Nobel, respondo: "Bueno, a Nobel no le dieron el Borges". Porque lo cierto es que en la conjunción de Nobel y Borges, el argentino no tenía nada que ganar. El mismo caso se repite hoy. La obra de Vargas Llosa es tan jodidamente deslumbrante que nada pueden agregar a ella dieciocho escandinavos miopes. Son ellos, los miembros de la Academia, quienes salen honrados al otorgar el premio a un escritor de semejante estirpe. 

Cuando a Borges le mencionaban en las entrevistas que no le habían dado el Nobel, respondía con una sonrisa: "Bueno, che, tampoco se lo dieron a Homero". Y tampoco se lo dieron, podríamos agregar, a Tolstoi ni a Ibsen, ni a Proust ni a Pound, ni a James Joyce nuestro que estás en los cielos. Algunas de esas injusticias parecen haber sido fruto del mal gusto literario, otras fueron mera mezquindad política. 

Y es que esos académicos, y el resto del mundo, sabían, por ejemplo, que Borges se merecía más el premio que todos los que lo recibieron durante los últimos veinte o treinta años de su vida. Pero los mismos señores que le dieron el millón de dólares a Neruda —que escribía odas a Stalin en medio del genocidio del 36— y a Sholojov —que escribía las mismas odas y plagiaba novelas mediocres— no pudieron perdonarle a Borges un par de declaraciones políticamente incorrectas. 

La obra de Vargas Llosa, por su parte, regala una técnica narrativa que hace ver a los ciegos. Quien se haya asomado al diamante de La ciudad y los perros o a la imposible arquitectura de La guerra del fin del mundo, sabrá que el premio Nobel que se ha anunciado esta mañana es a penas una formalidad. El humor que Vargas Llosa maneja como un escalpelo en Don Pantaleón y las visitadoras, la autopsia de la izquierda latinoamericana que ejecuta en La historia de Mayta o el despiadado autorretrato de La tía Julia y el escribidor, son cuentas de un rosario de obras maestras cuya suma podría hacer feliz a una docena de escritores talentosos.

Por eso, más allá de las injusticias suecas, del mal gusto académico y de las veleidades políticas, hoy es un día feliz, porque uno de los escritores esenciales de nuestra época ha recibido el reconocimiento que desde hace años merecía. Ojalá que Mario Vargas Llosa lo disfrute largamente.


Coda

Con una mezcla de misericordia y tristeza leí hoy la noticia del Nobel de Vargas Llosa en Prensa Latina. La nota exhibe el rencor predecible de una amante despreciada. Hace unos meses, cuando murió Julia Urquidi, escribí aquí un post sobre su relación con Vargas Llosa, y sobre las trampas del desamor en general. La nota de Prensa Latina —el tono de esa nota—, me hizo ver cuánto se parece la relación de Vargas Llosa con la tía Julia a su relación con esa tía avejentada que llaman "la revolución cubana".

Varguitas se enamoró de ambas siendo muy joven. Se amancebó con ellas, se las llevó a la cama, les susurró al oído su pasión eterna, y diez años más tarde las dejó por otra amante más joven y más hermosa. Las tías envejecieron, dejaron de ser hembras apetecibles y se convirtieron en señoras ajadas a las que nadie ya deseaba. Varguitas, entre tanto, iba por la vida escribiendo novelas perfectas y convirtiéndose en una leyenda. Y las tías viejas y olvidadas no se lo pudieron perdonar jamás. 

Uno pensaría que, por mero pudor, los escribanos de Prensa Latina se abstendrían de publicar su envidia. Pero uno nunca puede calibrar la rabia de una amante despreciada.

Sunday, October 18, 2009

¿Ahorcamos a Orwell?

El acertijo

La casualidad y la lectura me han revelado un pequeño secreto literario que hubiese preferido seguir ignorando. El lector está a tiempo de elegir…

A principios del verano, en el número de junio-julio de la revista Policy Review hallé el artículo “Orwell’s Instructive Errors", de Liam Julian, sobre dos colecciones de ensayos de George Orwell (GO) que acaban de publicarse. Como sabrá el lector, las dos novelas que hicieron a Orwell mundialmente famoso —1984 y Rebelión en la granja— también redujeron su figura a esas dos fábulas demoníacas. Sin embargo, el resto de su obra, que ha sido generalmente ignorado fuera del ámbito anglosajón, regala una agudeza y un rigor que no se adivinan en las mencionadas novelas. Me pareció una buena noticia la publicación de aquellos dos libros que me prometí comprar.

Aunque el largo artículo de Liam Julian divaga entre el tema que anuncia y críticas extemporáneas a Barack Obama, casi a la mitad del mismo hallé un párrafo revelador. El autor mencionaba la importancia del ensayo “A Hanging (Un ahorcamiento) y las dudas que había despertado en varios comentaristas.

“A Hanging” fue publicado en agosto de 1931 en la revista literaria The Adelphi. En esa época su autor aún usaba su nombre de pila, Eric Blair. El breve ensayo es crucial en la biografía política y literaria de GO por varias razones. En primer lugar, fue uno de los primeros textos suyos que tuvo trascendencia (sigue siendo una de sus obras más leídas hasta hoy); además, contribuyó a definir su estilo de ensayista “de primera mano”, testigo presencial de los hechos que narra y analiza; and last but not least, fue una de las primeras señales de su desencanto con la “misión civilizadora” del Imperio Británico.

El párrafo de Liam Julia me pareció inquietante porque, como señala Bernard Crick, su biógrafo y admirador, en George Orwell o el ensayista perfecto”:

Cuando uno se construye una reputación basada en la honestidad y las narraciones directas, el lector común llegará a admirar lo que lee más por la verdad literal que por el valor artístico y la verdad simbólica, a admirar la honradez del hombre más que la escritura; por lo tanto, quizá sienta después, si resulta que alguna parte de la narración no es cierta (es improbable que Orwell asistiera a un ahorcamiento en Birmania o que estuviera hospitalizado tanto tiempo como parece implicar), que tanto el ensayo, el cuento o el artículo (o lo que sea) como el hombre quedan disminuidos. Y los críticos literarios podrían llegar a subestimar sus poderes imaginativos y su capacidad crítica. 

Un intento de investigación

En otras palabras, Bernard Crick insinúa que el pretendido ensayo no es más que un relato cocido con los caldos de la imaginación de GO. Y Liam Julian, citando otras fuentes, elucubraba que el texto de Orwell podía haber sido inspirado o basado en una narración semejante de otro autor. Comencé entonces a buscar las pruebas de los supuestos delitos (fraude y plagio). Hojeé la biografía de Crick y comprobé que, efecto, ponía en duda la veracidad del ensayo. Sin embargo, no daba pruebas de su aseveración: simplemente señalaba que jamás se había podido comprobar por otras fuentes que la anécdota ocurriera como la relata Orwell.

Más tarde fui a dar con los dos ensayos biográficos de Peter Stansky y William Miller Abrahams, reunidos en The unknown Orwell: Orwell, the transformation. En las páginas 268 y 269 se nos cuenta que Orwell supuestamente le habría confesado a Mabel Fierz, amiga de la familia Blair y admiradora de su obra, que “The Hanging” era una obra de ficción. En otras palabras, que el supuesto ensayo era un fraude. Otra vez, no se mencionaban fuentes ni testigos, ni se explicaba cómo ese rumor había llegado a oído de los autores. Comencé a pensar que se trataba de un caso extremo de maledicencia.

Deseoso de despejar mis dudas, busqué también los libros en que según Liam Julian, varios críticos habían señalado como posibles fuentes de inspiración para “The Hanging”. Stephen Ingle  afirmaba que el ensayo orwelliano podría estar basado en el cuento “The Vice-Consul” de Somerset Maugham. Como el lector puede comprobar leyendo el relato, este texto no parece tener nada en común con el de Orwell, si se exceptúan el tema y la eficacia con que se presenta.

Según D.J. Taylor, nos dice Liam Julian, “The Hanging” podría estar basado en el relato Going to See a Man Hanged” de Thackeray. Busqué ese texto farragoso y tampoco le hallé ningún parecido con el ensayo de GO. Me sentí aliviado. Volví a leer las páginas espléndidas de “The Hanging” con renovada admiración.

Entra Borges en escena

Los días propicios del verano me ayudaron a olvidar el asunto. Sin embargo, hace dos semanas, mientras leía el voluminoso Borges (Ediciones Destino, S.A. Barcelona 2006) de Bioy Casares, en la página 1183 hallé esta frase del ciego clarividente sobre Robert Louis Stevenson:

¿Te acordás del episodio de Weir of Hermiston en que el Lord Justice abruma al condenado a muerte? Lo que más conmueve al hijo del terrible juez (que asiste al juicio) es que el pobre condenado a muerte lleve una bufanda, para protegerse la garganta, que le duele.

Inmediatamente recordé la anécdota central de “The Hanging”. Según Orwell, cuando el condenado se hace a un lado para evitar meterse en un charco de agua que halla en su camino, él se da cuenta de la injusticia intrínseca de la pena de muerte. Ese gesto mínimo le revela, como ningún otro, que un hombre, plenamente vivo, va a ser exterminado en unos minutos.

Busqué la novela de Stevenson, Weir of Hermiston, y comprobé que mis sospechas no eran infundadas. (También comprobé que es una lectura memorable.) En ambos textos, el de Stevenson y el de Orwell, el observador cae en cuenta de la injusticia de la pena máxima al observar un acto insignificante del reo (a punto de ser ahorcado en ambos casos) que lo revela en toda su humanidad. Para Stevenson es la bufanda que protege la dolorida garganta del condenado. Para Orwell es ese paso lateral para evitar meterse en el charco. En ambos casos también, es un momento definitorio en la relación del personaje con una autoridad hasta ese momento respetada (el padre para Archie, el Imperio Británico para Orwell).

¿Se trataba de una casualidad o podría afirmarse que Orwell se había inspirado en la escena de Stevenson? ¿Cuán bien conocía Orwell la obra del escocés? Comencé de nuevo la búsqueda. Unos días después había hallado dos pistas. Tanto en el capítulo 4, “Eton: Resting on the Roars, (1917–21)”, de la biografía de Bernard Crick, como en The Unknown Orwell de Peter Stansky y William Miller Abrahams se relataba un episodio clave. Estando en Eton College, en 1921, Orwell fue seleccionado para dar uno de los tradicionales “discursos” (lecturas, en realidad) de la fiesta del 4 de junio, día del cumpleaños del rey Jorge III. ¿Qué texto eligió Orwell para leer en su “día de gloria”? Un fragmento de “The Suicide Club” (El club de los suicidas) de Robert Louis Stevenson, publicado en la London Magazine en 1878. No faltan otros testimonios de que Orwell, para decirlo en el estilo de Borges, profesaba el culto de Stevenson.

¿Quién tiene la última palabra?

Será el lector quien decida si la suma de estas pistas indica que Orwell inventó o no su historia del ahorcamiento inspirándose en Stevenson. Para ayudarlo a responder esa pregunta, adjunto más abajo los dos fragmentos clave a que me refiero (con mis apresuradas traducciones al castellano en letras azules y debajo de cada fragmento original en inglés).

He buscado inútilmente en Internet alguna referencia a la posible influencia de la narración de Stevenson en la de Orwell. Me parece irónico que los estudiosos de la obra de OG, conscientes de su admiración por Stevenson, nunca hallan descubierto la evidente conexión entre los dos relatos. Me parece irónico también que esa revelación me haya llegado por casualidad a mí, que no la busqué ni la hubiese deseado. Y me parece más irónico aún que me la haya regalado Borges, que adoraba a Stevenson y se deleitaba en misterios literarios.

Quisiera creer que Orwell no estaba engañando a sus lectores. Me queda la duda. Me consuela el hecho de que tratando de responder a mis preguntas topé con dos o tres textos admirables de Orwell, Stevenson y Maugham. Ojalá que el lector sea premiado también con esas lecturas que lo aliviarán de mi torpe prosa.

Thursday, April 23, 2009

El Cervantes y el dragón

Hoy es el día de San Jorge de Capadocia, matador de dragones. También celebramos el Día de la Lengua —seríamos mucho más dichosos si celebráramos el Día del Oído. Para conmemorar esa fecha, le dieron el premio Cervantes a Juan Marsé, quien en su discurso afirmó: “Sé lo que representa tan alta distinción y a lo que ella me obliga en el futuro”. Me hubiese encantado que precisara esos deberes.

Marsé se quejó de que la televisión es mala, recordó que en la escuela sólo le enseñaron a cantar Cara al sol y a rezar el rosario; evocó sus años trabajando en una joyería; discurrió después acerca del asunto tremendo y singular de ser catalán y escribir en castellano; y demostró que no sabe leer en voz alta.



No tengo nada contra Marsé, por supuesto, pero hoy es el día de San Jorge, y uno esperaría un regalo mejor en su onomástico… Siento que nos devora el dragón de la mediocridad y recuerdo el lamento de Bob Dylan: My patron saint is a-fighting with a ghost/He's always off somewhere when I need him most. Me ha sucedido eso mismo hoy, qué puñetera suerte. ¿No le podrían dar el premio a García Márquez aunque tenga el Nobel? ¿O volvérselo a dar a Borges aunque esté muerto? Literariamente hablando, Marsé está menos vivo que Borges, por Dios.

Recuerdo que la lectura de Últimas tardes con Teresa me hizo decidir que aquellas serían mis últimas tardes con Juan Marsé. Me era imposible leer esa novela y no imaginarme a Marisol (¿o era la Massiel?) corriendo en un Fiat perseguida por el Cordobés o Palomo Linares. Era una imagen que espantaría a gente más valiente que yo.

Y pensar que a Borges le dieron sólo medio premio… Felicidades a Juan Marsé, por supuesto, pero ¡qué gran joyero perdió el mundo!

Post Data: En el blog del escritor Jorge Ferrer se puede leer una valoración más generosa del discurso de Juan Marsé.