Powered By Blogger

Monday, August 17, 2009

El profesor, el poeta y la policía

And so Patty calls the cops

And they arrive on the scene with their red lights flashin'

In the hot New Jersey night.

                                                         Hurricane, Bob Dylan


Kristie Buble y Derrick Meyers tienen ambos 24 años y trabajan como policías en Long Branch, un pueblo de New Jersey que nadie conoce. Según varias agencias de noticias el 23 de julio pasado —en una calurosa noche de New Jersey, para que se cumplieran las escrituras— Kristie y Derrick recibieron una notificación de su cuartel. Alguien había llamado al 911 para informar que “un viejo de aspecto excéntrico” andaba bajo la lluvia por las calles del pueblo y se había asomado a la ventana de una casa que está a la venta.

Los policías se dirigieron al lugar y, efectivamente, vieron a un viejo excéntrico vestido con una sudadera de capucha, botas de lluvia negras y dos capas de agua, una sobre otra. Se acercaron a él y le preguntaron cómo se llamaba: “Bob Dylan”, respondió el desconocido. Cuando le preguntaron por qué andaba por ese barrio caminando solo bajo la lluvia, el viejo respondió que le “habían entrado ganas de dar un paseo”. Le pidieron que se identificara, pero el buen señor no tenía ningún documento. Les aseguró que el ómnibus en el que andaba en el “tour” estaba cerca. Lo montaron en el patrullero y lo llevaron hasta donde él les indicó.

Sí, era Bob Dylan, pudieron confirmar los policías cuando Robert Allen Zimmerman les mostró su identificación. El jefe de ambos agentes aseguraría después que el artista tomó con buen humor todo el asunto (“Dylan was really cool about the whole incident" reporta CNN que dijo el sargento Michael Ahart.)

Pues bien, creo que Kristie Buble y Derrick Meyers tuvieron mucha suerte: Bob Dylan es judío. Si en lugar de judío BD fuera afroamericano —como el profesor Henry Louis Gates Jr., quien fuera arrestado una semana antes, el 16 de julio, en Cambridge, Massachussets— a estas alturas ambos hubiesen sido acusados en la prensa nacional de Estados Unidos de ser unos racistas redomados que se dedican a perseguir personas inocentes por el delito de pertenecer a la raza negra. Y ya alguien hubiese averiguado —como sucedió en el caso de Jim Crowley, el policía que arrestó a Gates— que habían votado por McCain —lo cual, como todos sabemos, es una prueba irrefutable de racismo. Y, por supuesto, hubiesen encontrado a la persona que llamó a la policía en primer lugar y la hubiesen acusado de racista también.

Por otra parte, como el incidente no se convirtió en un escándalo, probablemente el presidente Obama no dirá ninguna tontería sobre el mismo y, por tanto, no se verá obligado a invitar a todo el mundo a la Casa Blanca a tomar cerveza con él y Joe Biden para arreglar su metedura de pata.

En este caso no sucedió nada alarmante. La policía fue a ver a BD, lo interrogó y lo hicieron subir al patrullero simplemente por estar paseando bajo la lluvia y parecer “un viejo excéntrico”. (Dylan seguramente les habría explicado: “Yo soy como todo el mundo, a mí me gusta mi azúcar dulce”.) Los agentes del orden, por su parte, declararon que pensaron todo el tiempo que podría ser un paciente psiquiátrico escapado del hospital.

El hecho es que BD no les gritó que ellos “no sabían con quién se estaban metiendo” ni que les costaría caro lo que estaban haciendo, como hizo el profesor Henry Louis Gates Jr. cuando el agente Jim Crowley le pidió su identificación porque lo habían visto en compañía de otra persona, aparentemente forzando la entrada de la casa. Y cualquiera diría que tratar de forzar la puerta de una casa, aunque sea la tuya, parecerá más sospechoso a quien lo vea que el simple hecho de asomarse a la ventana de una casa en venta.

Claro, las monedas tienen cara y cruz. BD no ha tenido que pagar el precio que ha pagado Henry Louis Gates Jr. por ser quien es. Las humillaciones sutiles y burdas, las miradas de desprecio o extrañamiento, las preguntas de si “¿usted es el conserje de la facultad?”, los encuentros anteriores con los agentes del orden, esa acumulación de agravios que  el profesor de Harvard habrá recibido durante décadas, nunca le tocó a Dylan. En esa suma de ultrajes que el racismo popular y cotidiano habrá deparado Henry Louis Gates —y a tantos otros— radica la clave de lo que sucedió ese día en Cambridge, no en las palabras que se dijeron o no aquella tarde. Desde que sucedió el incidente, pensé que probablemente el agente Crowley no era un racista ni el profesor Gates un energúmeno, sino que había escenificado un libreto dictado por una larga historia de discriminación y mutua desconfianza. Lo que me llamaba la atención es que los muchachones de la prensa, nuestros líderes de opinión (y entre ellos el Presidente del país), no pudieran ver lo sucedido con una dosis mayor de madurez o generosidad.

La anécdota de Bob Dylan no exonera a todos los policías de Estados Unidos, como tampoco los condena el arresto de Henry Louis Gates Jr., pero la conjunción de ambos sucesos viene a recordarnos otro problema: la idiotez entusiasta de la prensa. Claro, dirán ellos, un cuento como el de Bob Dylan jamás producirá los ratings que tuvo la deliciosa telenovela de “El profesor Gates y el agente Crowley”.

Sunday, July 19, 2009

El lenguaje diáfano y las mangas vacías

Mucha gente se ha preguntado desde hace años por qué Alfredo Guevara usa el saco del traje como chal. En los años setenta, los cubanos, para los que la homofobia es una segunda naturaleza, explicaban el misterio diciendo que "el tipo e' cherna, caballero". En esa época, siendo niño, yo pensaba que el pobre AG no sabía ponerse el saco. Años después imaginé que era, más que un fashion statement, una manera cifrada de expresar sus dudas sobre la Revolución: AG no sabía si ponerse o quitarse el traje —el business suit— ese disfraz esencialmente burgués. 

Ese era su primer misterio. El segundo estaba relacionado con el anterior. La gente se preguntaba cómo, dada su fama de aficionado al amor griego, lograba sobrevivir en su puesto sin terminar nunca en el anonimato, la UMAP, la cárcel, el exilio... los destinos lógicos de los "blanditos" en aquella revolución de machos bien definidos.

Acabo de leer los fragmentos publicados (de lo que deduzco que se trata de los mejores) de un discurso que Afredo pronunciara el miércoles ante un grupo de jóvenes intelectuales en La Habana. AG habló sobre lo importante que es el buen uso del idioma: "quien no se expresa bien, no piensa con claridad", aseveró severo. 

Esa lectura azarosa me ha regalado el tercer misterio doloroso: AG maneja el lenguaje como método de ocultación. Es todo un émulo de Sibila, aunque no hable en hexámetros. Es una especie de Heráclito habanero u oráculo de Jaimanitas: cuando habla, lo hace "en lenguas". Les recomiendo la lectura del artículo completo pero, como muestra, les regalo este ejemplo:

Si el lenguaje se deforma, si mal se utiliza, si somos educados en la destrucción del idioma, y eso es una referencia desde luego a la televisión también, pero no es la única. En nuestro país hay quienes no parecen dirigidos por la Revolución Cubana sino por nuestros enemigos porque destruyen sistemáticamente el trabajo por la concientización ideológica, que no es enseñar el marxismo-leninismo, sino enseñar a pensar en términos filosóficos, y también entonces el marxismo por allá y el leninismo por acá, y quiera dios y su ayuda que los marxistas-leninistas que ayer nos impusieron líneas estalinistas no encuentren en la confusión filosófica, en la confusión de la terminología y en la comodidad de no analizar los juegos y valores de las palabras y su relación con la filosofía y con su uso que nunca llegue de nuevo a jugar un papel, de eso algunos de los que tenemos la posibilidad de expresarnos mejor en ese combate, no porque seamos más inteligentes, sino porque por razones históricas tenemos chance  de abordar.

Insisto en que la palabra poesía para mí es un resorte interno que anda o no anda en el alma, en  el cerebro, y en la conciencia de cada eventual creador.

Esta y otras muchas más razones, esto lo he dicho porque tenía ganas de decirlo, hacen que sea tan importante salvar el idioma. Si salvamos el idioma salvamos el pensamiento, quien no se expresa bien, no piensa con claridad, y quien entre artistas de distintos rangos, como son ustedes, algunos ya expresándose en la mente y otros potencialmente, no serán militantes de nada si no se sienten ante todo poetas de la poesía.

No, señores, yo tampoco sé qué demonios quiso decir AG en esos tres párrafos, pero si entran en el artículo de marras verán fotos en las que aparecen decenas de jóvenes intelectuales habaneros aplaudiéndolo con entusiasmo. Ellos sabrán si la poesía anda o no anda o si pican o no pican los tamalitos que hace Alfredo. No, no tengo idea de quiénes pueden ser los "poetas de la poesía" ni los demás que pertencerán, supongo, a otras organizaciones de masas. A lo mejor AG quiso decir que "no serán militantes de nada si no se sienten ante todo poetas de la policía". La frase, dicha así, sería más sugerente —y más coherente con la biografía de AG y la política cultural que él ayudó a diseñar e implementar. 

Pero el Guevara de las mangas vacías no estaba pensando en la policía. Estaba en cuerda ontológica y gnoseológica. El hombre estaba en una onda cioraniana y nihilista, vaya: 

Siempre pienso que la verdad no existe, el hombre llega a la verdad por aproximación. No hay valores absolutos. Creo que siempre que uno se acerca a algo no es nada más que para llegar a un punto que se convierte a su vez en punto de partida, es decir, que arrancamos un fragmento de la realidad, al saber y a la naturaleza que es simplemente para ir un poco más lejos si somos realmente auténticos.

A esa verdad que no existe llega el hombre. ¿Quién lo duda? AG es ciertamente de verdad realmente auténtico. No falsamente auténtico, ni auténticamente fraudulento. No, de eso nada. El tipo es realmente auténtico y quiere salvar el idioma y ser poeta de la poesía. "Nitrón de barco", dirían los parametrados en los años setenta. 

Y había gente que pensaba que el otro Guevara, el asmático, estaba neurótico cuando le decía a Retamal —perdón, Retamar— que París era un peligro para los intelectuales del Tercer Mundo. Bueno, a ver qué me dicen ahora. Si miren cómo nos devuelven a AG después de unos añitos en la dulce Francia, el pobre. Seguramente llegó allí pensando que París era una fiesta, como decía el borrachín de Hemingway, y regresó que no sabe ensartar sujeto con predicado.

Es cierto, Alfredo, tienes razón, "quien no se expresa bien, no piensa con claridad". Por eso es que hay gente que se pasa hasta medio siglo callada, caray...

 

Friday, July 17, 2009

The Beatles: Cuarenta años no es nada...

Antier Paul McCartney, como parte de su presentación en el programa de David Letterman, cantó Get Back en el techo de la entrada del teatro Ed Sullivan. Mientras tanto este amanuense estaba traduciendo quién sabe qué a cuatro cuadras del lugar, sin saber lo que estaba pasando. No vi el video hasta por la noche, cuando MD me dio la noticia del suceso. 



Las imágenes, por supuesto, evocan el famoso concierto en la azotea del edificio de Apple (la compañía discográfica de los Beatles, no la que produjo esta computadora en la que escribo) cuarenta años antes, el 30 de enero de 1969. En esa ocasión, Paul también cantó "Get Back".



Esa no es la única coincidencia. El teatro Ed Sullivan era a principios de los sesenta la sede del famoso Ed Sullivan Show, donde los Beatles se presentaron por primera vez el los Estados Unidos el 9 de febrero de 1964, para cambiar con cuatro acordes de guitarra la cultura popular estadounidense. 

Crecí oyendo narraciones míticas sobre el concierto de la azotea, del de Shea Stadium, de tantos otros que no pude ver, por supuesto, hasta muchos años y noventa millas después. Lo mismo me pasó, nos pasó, con la llegada del hombre a la Luna (el 20 se cumplen también 40 años), con la caída del Muro, la matanza de Tiananmen, las huelgas y el triufo de Solidarnosc en Polonia... Teníamos ojos y nos podíamos ver. Resulta que la ceguera puede ser congénita, hereditaria o administrada por un decreto de las instancias superiores. 

Por supuesto que, comparado con los otros sucesos que nombro, un concierto de los Beatles no tiene ninguna importancia. Sin embargo, es la trivialidad del asunto lo que hace aún más imperdonable su prohibición.

En fin, otra de las canciones que tocó antier McCartney fue "Back in the U.S.S.R." (De regreso en la URSS). Antes de comenzar, le dijo al público: "Ahora vamos a cantar una canción que habla de un lugar que ya no existe". Me imagino que es la consecuencia lógica de apostar por la ceguera.


Sunday, July 12, 2009

Fábula del hipopótamo y el cocodrilo


Abro el correo electrónico y me encuentro un mensaje de mi querido Hugh Bronstein, quien acaba de sacar una noticia que él mismo no se atreve a creer. Resulta que dos de los hipopótamos que Pablo Escobar tenía en su zoológico particular escaparon hace años y se convirtieron en una leyenda popular en Colombia. Hasta hace poco, unos afirmaban haberlos visto mientras otros juraban que no existían. El final ha sido trágico. En el estilo hemingwayano que lo caracteriza, Mr. Bronstein abre su reportaje diciendo: “El hipopótamo del capo de la droga Pablo Escobar, ha muerto de la misma manera que él, perseguido y acribillado a balazos por las autoridades, que lo consideraban un peligro público”.

Para añadir un toque de corrección política al asunto, Marcela Ramírez, miembro de un grupo colombiano de defensa de los animales, ha denunciado la ejecución del hipopótamo fugitivo como cruel e innecesaria. Este detalle también recuerda las críticas que recibió el gobierno colombiano por la muerte de Pablo Escobar. En aquella ocasión tampoco faltaron los que opinaban que el jefe del cartel de Medellín debería haber sido capturado vivo en lugar de ser aniquilado en el acto.

Diez minutos más tarde, entro en el portal Yahoo! España y leo otra noticia sobre un animal con destino humano, demasiado humano. Resulta que las autoridades españolas acaban de deportar a Cuba a un cocodrilo que había emigrado ilegalmente a la Península desde la susodicha isla caribeña. Nos aclara la información que su dueño se deshizo del cocodrilo hace años a causa de “su tamaño y su mal carácter”. Me imagino que cuando estaba en Cuba, el cocodrilo se llevaba muy bien con todo el mundo y no se quejaba de nada, y una vez que puso agua salada por medio se volvió resabioso y protestón. Al final, quien lo había traído de la isla no pudo más y lo sacó a cajas destempladas de su casa. Una historia bastante frecuente entre exiliados cubanos.

Me voy a la cama pensando en ese hipopótamo fugitivo de la justicia y ese cocodrilo desertor y repatriado. Seguramente tendré pesadillas: soñaré que en estos días George Orwell le está dictando a Dios el libreto de esta comedia.

Tuesday, July 7, 2009

Hemingway: Cada día era una fiesta


Esta semana salió a la venta una nueva edición de A Moveable Feast (París era una fiesta). La edición original es de 1964 y estuvo a cargo de Mary Hemingway, la cuarta esposa y viuda definitiva del escritor. La nueva edición está a cargo de Séan Hemingway, nieto de Ernest a través de su segunda esposa, Pauline.
Cuando leí el artículo de Christopher Hitchens en el número de junio de The Atlantic pensé que la nueva edición era una manera elegante del nieto para hacer unos dólares más con el abuelo. (Corren tiempos muy duros.) Después de leer el artículo de Motoko Rich en el Times del domingo anterior, quedé convencido de que se trataba de un serio esfuerzo editorial. Lamentablemente, a leer el fragmento de la nueva edición publicado por el Times en Internet y compararlo con la edición de 1964, ya no estoy muy seguro de nada. Es lo que pasa siempre cuando uno trata de saber verdaderamente de algo.
Según Hitchens la nueva edición contienen un fragmento “encantador” sobre la relación de Hemingway con su primogénito y un análisis del comercio horizontal de Ernest y Hadley. Rich por su parte pone más insistencia —aunque Hitchens también lo menciona— en que la nueva edición es una reparación del daño supuestamente causado por Mary Hemingway en la edición original con la intención de disminuir la importancia de Hadley en la vida de Papa.
Para salir de dudas, decidí comparar el fragmento publicado en el Times con la edición del 64 y fui destacando en rojo los pedazos “nuevos”. Pensando en los tres lectores de este blog, pero pensando sobre todo en mi propio divertimento, decidí entonces traducir todo el fragmento y colgarlo para que cada quien juzgue por sí mismo. He tratado de ser lo más fiel posible a un texto a ratos ambiguo y por momentos, y quizás a propósito, desaliñado. Si se consulta la traducción de Aitana Alberti León, la hija de Rafael Alberti, que se publicó en Cuba en 1988, se nota que en aras de la claridad, la traductora fuerza algunas oraciones del original para que revelen su significado. He tratado de dejar mi traducción tan ambigua como el texto en inglés.
De cualquier manera me compraría el libro, sin tener que creerme la publicidad disfrazada de crítica de Hitchens y Rich. Lo mismo sucederá a muchos otros, y no se debe exclusivamente a la curiosidad morbosa o el snobismo. No es infrecuente que las obras póstumas muestren resquicios cojos de la obra de un autor. No es el caso de A Moveable Feast. Aunque es un libro menor, y en el que lector debe cargar con la tendencia hemingwayana a la auto conmiseración y la egolatría pueril, el autor nos muestra retratos excepcionales de algunos famosos contemporáneos, siendo quizás el mejor de ellos el retrato involuntario que hace de sí mismo.
Las sáficas desavenencias hogareñas de Gertrude Stein y Alice B. Toklas, el vocabulario soez con que pelean y las relaciones que establecían con los escritores en cierne son el mejor contrapeso para la lectura posterior (en mi caso) de ese libro exquisito y egolátrico que es The Autobiography of Alice B. Toklas. Esa persona/personaje por cuya boca Gertrude se llama a sí misma “genio” es, en el libro de Hemingway, una fierecilla diminuta, pero indomable y sádica.
El retrato de Scott Fitzgerald, que es el más desalmado de todos los del libro, nos revela mejor la envidia hemingwayana que cualquiera de las proverbiales faltas de Scottie. El alcoholismo, Zelda posesa y posesiva, la cortedad del miembro viril, la prostitución del talento: nada se le queda a Papa Hemingway en el tintero a la hora de presentarnos al “hermoso y maldito” Fitzgerald. No he leído ninguna crónica confiable sobre las dimensiones priápicas de EH, pero asombra que Ernestito se atreviera a criticar a nadie por sus problemas con el alcohol o las esposas. [De la cuarta acusación, la degeneración del talento, espero hablar en otra filípica.] Cuando uno regresa luego a The Beautiful and Damned, Tender Is the Night o The Great Gatsby, se pregunta cuál de aquellos defectos imperdonables hizo que los personajes fallidos y cobardes de Fitzgerald sean a la larga más creíbles —queribles— que los héroes mayestáticos del Dios de Bronce.
Ezra Pound es quien mejor sale en la foto. EH describe su generosidad multitudinaria, la acumulación de cultura más monstruosa desde Pico della Mirandola, su olfato para el talento en cierne, sus Cantos que definen el rumbo de la poesía inglesa posterior. Esos elogios, por supuesto, vienen salpicados con las burlas a su ineptitud para aprender a boxear o tocar el fagot y su admiración por pintores japoneses que EH detestaba. Pero antes escribe las palabras más bellas y más justas que se hayan dicho sobre Pound:  “Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, era tan sincero en sus errores, estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan bondadoso con la gente, que yo siempre lo tuve por una especie de santo”.
Sin mencionar el antisemitismo de Pound ni su admiración por el fascismo italiano y su compromiso con el régimen, EH mete de contrabando esas dos frases absolutorias para su amigo y maestro: “era tan sincero en sus errores, estaba tan enamorado de sus teorías falsas”. Y sin embargo, esa capacidad de perdón para los errores de il miglior fabbro, ¿no sería una penitencia por su escasa fidelidad a Pound durante los años de su prisión hospitalaria en St. Elizabeth?
El fragmento que traduje es el final del libro y trata del fin del primer matrimonio de EH. Es un relato primario y sencillo, y la vez agudo y lacerante, del final del amor. La repetición constante, la ausencia de comas, las oraciones imperfectas, ¿revelan que faltaba una buena edición o que EH prefirió que la prosa imprecisa por una vez nos dejara entrever la emoción que vencía a la destreza artesanal que lo hizo famoso? No lo sé, pero en este y otros ejemplos A Moveable Feast nos presenta el bisturí de EH haciendo la taxidermia a sus amigos de carne y hueso y de sí mismo en lugar de a los personajes de su imaginación. Y a ratos se puede ver y oler la sangre.
Por esas y otras tantas razones, A Moveable Feast es una lectura que sacia nuestra curiosidad más morbosa al tiempo que nos sugiere mil preguntas. Los escritores que se toman en serio, cuando nos quieren hacer pensar, tratan temas elevados y escabrosos que salpican con citas irreprochables. Hemingway conseguía lo mismo describiendo el sabor de un daiquirí, la manera en que su gato se comía un mango o el mal aliento de Ford Madox Ford, con las oraciones mejor escritas que uno le pueda pedir a nadie. Funny, isn’t it?

El pez piloto y los ricos

[Traducción de un fragmento de la edición restaurada de A Moveable Feast de Ernest Hemingway.]
El primer año en Vorarlberg fue el año de la inocencia. El segundo año, el de las avalanchas y la muerte, fue un año muy diferente, y ya empezabas a conocer bien a la gente y los lugares. A alguna gente las conocías demasiado bien, y te ibas aprendiendo los lugares para sobrevivir y por placer. El último año fue una pesadilla y un año asesino disfrazado de la mejor diversión del mundo. Fue el año en que se aparecieron los ricos.
Los ricos siempre tienen una especie de pez piloto que los precede, a veces es medio sordo y a veces medio ciego, pero siempre va husmeando afablemente y con mucha timidez antes que lleguen ellos. El pez piloto dice cosas como: "Bueno… no sé. Por supuesto que no, claro. Pero me caen bien. Los dos me caen bien. Sí, por Dios, Hem; me caen muy bien. Te entiendo (risita) pero de veras me caen de maravillas y hay ella tiene un encanto del carajo". (La llama por su nombre y lo pronuncia afectuosamente.) “No, Hem, no seas tonto y no te pongas pesado. De verdad los quiero. A los dos, te lo juro. Él te va a caer bien (lo nombra por su apodo de niño) cuando lo conozcas. Los dos me encantan, te lo digo en serio”.
Y entonces tienes a los ricos ahí y ya nada es ni volverá a ser jamás como antes. El pez piloto se va, por supuesto. Siempre está yendo a algún lugar, o regresando de Dios sabe dónde, y nunca se queda mucho tiempo… Se mete en política o en el teatro y lo deja de la misma manera que entra y sale de los países y que se mete en la vida de los demás cuando está empezando su carrera. Nunca lo pescan, ni los ricos lo pescan. Nada ni nadie puede pescarlo jamás y sólo los que se fían de él son a los que atrapan y matan. Él tiene el entrenamiento precoz e insustituible del hijo de puta y un amor por el dinero latente y reprimido por mucho tiempo. Termina siendo rico, moviéndose el ancho de un dólar a la derecha por cada dólar que gana.
Aquellos ricos lo querían y confiaban en él porque era tímido, cómico, elusivo, predecible, y como era un pez piloto infalible sabían que, a pesar de su sinceridad de entonces, sus opiniones políticas eran una farsa pasajera y que él era uno de ellos, aunque él mismo no lo supiera aún.
Cuando dos personas se quieren y son felices, y ambos o uno de los dos está trabajando en su obra y le va bien, la gente se siente atraída hacia ellos con la misma fuerza que la luz de un faro atrae a las aves migratorias en medio de la noche. Si esas dos personas tuvieran la experiencia o la solidez del faro, nadie estaría en peligro, excepto los pájaros. Los que atraen a otros por su felicidad o su talento casi siempre son inexpertos, pero en seguida aprenden a evitar ser subyugados y a escapar. Pero aún no saben nada sobre los buenos, los atractivos, los encantadores, los generosos, los comprensivos ricos que no tienen malas cualidades y que le dan a cada día la gracia de un jolgorio y que, después de pasar y devorar cuanto necesitan, lo dejan todo más muerto que la raíz de cualquier hierba jamás arrasada por los cascos de los caballos de Atila.
Ese año los ricos llegaron guiados por el pez piloto. El año anterior jamás se hubiesen aparecido. No tenían certeza de nada. El trabajo iba bien y la felicidad era aun mayor, pero aún no se había publicado ninguna novela, por eso los ricos no estaban seguros de nada. Ellos nunca desperdiciarían su tiempo ni sus encantos en algo que no fuese seguro. ¿Para qué? Picasso era algo seguro y por supuesto que lo era mucho antes de que ellos supieran nada de pintura. Y estaban muy seguros de otro pintor. De muchos otros. Pero éste era el que les gustaba. Era muy bueno, si te gustaba lo que hacía, y no era ningún idiota. Pero este año se sentían seguros gracias al pez piloto, que vino también para que no pensáramos que eran unos intrusos y para que yo fuera amable con ellos. El pez piloto era amigo nuestro, por supuesto.
Me espanta recordar esa época. Entonces yo confiaba en el pez piloto tan ciegamente como en las Instrucciones Hidrográficas de Navegación del Mediterráneo, digamos, o en las tablas del Almanaque Náutico Brown. El encanto de esos ricos me hacía tan confiado y estúpido como un perro de caza dispuesto a salir con cualquiera que tenga una escopeta o un cerdo amaestrado que finalmente encuentra alguien en el circo que lo ama y lo aprecia sólo por ser quien es. La idea de que cada día debía ser una fiesta me pareció un descubrimiento fabuloso. Incluso les leí en voz alta la parte de la novela que había revisado, que es lo más abyecto que puede hacer un escritor y algo mucho más peligroso para su carrera que escalar por un glaciar sin cuerdas antes de que la nieve del invierno se haya congelado sobre los riscos.
Cuando me decían, “Genial, Ernest. Es realmente genial. Tú mismo no te das cuenta de lo genial que es”, yo meneaba la cola con placer y me zambullía en su concepto de la vida como una fiesta diaria tratando de traer un palito que les gustara a mis amos en lugar de pensar, “Si les gusta a estos hijos de puta, algo malo debo estar haciendo”. Eso es lo que habría pensado si hubiese sido un profesional, pero si entonces me hubiese portado como un profesional, jamás les habría leído la novela en primer lugar.
Fue un invierno horroroso. Antes de que los ricos llegaran ya se nos había infiltrado otro rico con la trampa más antigua que pudiera existir. Consiste en hacer que una joven soltera se convierta por un tiempo en la mejor amiga de otra mujer joven y casada, se vaya a vivir con el esposo y la esposa y entonces, sin darse cuenta, inocente e implacablemente se dé a la tarea de tratar de casarse con el esposo. Si el esposo es un escritor que está en medio de un libro difícil, al que le dedica todo el tiempo, y no está con su esposa ni comparte con ella la mayor parte del día, la situación tiene sus ventajas, hasta que te das cuenta de cómo va a acabar. Cuando termina de trabajar, el escritor tiene dos mujeres atractivas en su casa. Una es nueva y desconocida y si tiene mala suerte, el escritor termina enamorándose de las dos. Y al final la más implacable gana.
Suena muy tonto, pero amar realmente a dos mujeres al mismo tiempo, amarlas de verdad, es lo más destructivo y terrible que le puede pasar a un hombre cuando la soltera decide casarse. La esposa no lo sabe y confía en su marido. Han vivido juntos tiempos difíciles y los unen esos recuerdos, y se han amado y ella finalmente ha llegado a confiar completamente en su esposo. La otra te dice que no puedes amarla realmente si amas a tu esposa también. No lo dice al principio. Eso viene después, cuando se ha consumado el crimen. Eso viene cuando tú ya le estás mintiendo a todo el mundo y de lo único que estás seguro es de que realmente amas a dos mujeres. Esa es la época en que haces cosas imposibles, y cuando estás con una la amas y cuando estás con la otra la amas y juntas las amas a las dos. Traicionas todas las promesas y haces todas aquellas cosas que sabías que jamás serías capaz de hacer ni querrías hacer. Y la más implacable gana. Pero al final la vencida es la que gana y esa es la dicha más grande que jamás tuve. Así fue el último invierno. Y eso es lo que recuerdo de esos meses.
Lo han compartido todo, jamás se aburren cuando están juntos y tienen algo que es indestructible. Aman a su hijo y aman París, España, algunos lugares de Suiza, los Dolomitas y Vorarlberg. Aman su obra, y ella ha sacrificado la suya por él y jamás se lo echó en cara.
Y entonces, en lugar de ellos dos y el niño, hay tres en casa. Al principio es maravilloso y divertido y todo continúa así por un tiempo. Para que algo sea realmente perverso tiene que brotar de la inocencia. Vives al día y disfrutas lo que tienes y no te preocupas de nada. Las amas a las dos y mientes y te repugna y te destruye y cada día se hace más peligroso y trabajas más duro y cuando terminas de trabajar sabes que lo que está sucediendo es imposible de mantener, pero sigues viviendo día a día como en la guerra. Todo el mundo sigue siendo feliz excepto tú cuando te despiertas en medio de la noche. Ahora las quieres a las dos y estás perdido. Todo está partido en dos en tu interior y ahora amas a dos personas en lugar de una.
Cuando estás con una la quieres a ella y a la otra que no está contigo también. Cuando estás con la otra la quieres y quieres también a la que no está contigo entonces. Cuando estás con las dos las quieres a las dos y lo más extraño es que te sientes feliz. Pero al poco tiempo la nueva ya no es feliz porque se da cuenta de que tú las quieres a las dos, aunque ella por el momento se conforme con eso. Cuando estás a solas con ella se da cuenta de que la amas y cree que cuando alguien ama a alguien, ninguno de los dos puede amar a nadie más y tú nunca hablas de la otra para ayudarla y ayudarte a ti mismo aunque a ti ya no hay nada que pueda servirte de ayuda. Tú nunca sabes y a lo mejor ella no lo sabía cuando tomó la decisión, pero a mitad del invierno comenzó a acariciar constante e implacablemente la idea de casarse; sin jamás romper su amistad con tu mujer, sin perder su ventaja, manteniendo siempre una apariencia de absoluta inocencia, yéndose de vez en cuando premeditadamente, pero sólo por el tiempo necesario para que la extrañaras hasta la desesperación.
El invierno de las avalanchas había sido como un feliz día de la infancia comparado con el último invierno.
La muchacha nueva y desconocida que ahora era dueña de la mitad de ti una vez que decidió casarse —no podrías decir que decidió destruir tu matrimonio porque eso era sólo un paso necesario, un paso desagradable, pero no un fin en sí mismo, probablemente un detalle inadvertido o que había evitado considerar al pensar en el asunto— cometió un solo error grave. No consideró el poder demoledor del remordimiento.
Fue necesario que me ausentara de Schruns y fuera a New York para poner en claro con quién publicaría mi obra después del libro de cuentos. Fue un invierno duro en la zona norte del Atlántico y en New York la nieve llegaba a la rodilla y cuando regresé a París debí haber tomado el primer tren que saliera de la Gare de l'Est para Austria. Pero la muchacha de la que estaba enamorado estaba en París ahora, desde donde continuaba escribiéndose con mi mujer, y lo que hicimos entonces, adonde fuimos, y la increíble, desgarradora, brutal felicidad de todo lo que hicimos, el egoísmo y la traición que consumábamos, me producían tal felicidad, una felicidad tan terrible e imposible de matar, que provocó el más negro remordimiento y horror del pecado, pero no el arrepentimiento, sólo un remordimiento horrible.
Cuando vi a mi mujer de nuevo parada en el andén mientras el tren se acercaba entre los troncos apilados junto a la estación, deseé haber muerto antes que haberme enamorado jamás de ninguna otra mujer. Me esperaba sonriendo, con su cara preciosa bronceada por la nieve y el sol, perfectamente delineada, su pelo dorado rojizo bajo el sol, más bello e indomable que antes del invierno, y Mr. Bumby esperándome con ella, rubio y gordito, con las mejillas coloradas por el frío con un niño bueno de Vorarlberg.
—Oh, Tatie —me dijo cuando la abracé — que bueno que ya regreste y que todo haya salido tan bien. Te amo tanto, y te hemos extrañado tanto.
Y yo la amaba y no amaba a nadie más, y tuvimos una temporada mágica y encantadora mientras estuvimos solos. Yo escribía y el trabajo iba bien, y hacíamos grandes excursiones, y no fue hasta que volvimos de las montañas a París a fines de la primavera que lo otro comenzó de nuevo. El remordimiento fue bueno y útil, y con un poco de suerte, y si yo hubiese sido un mejor hombre, me hubiese podido salvar para terminar quizás en algo peor, en lugar de convertirse en mi constante y fiel compañero por los tres años siguientes.
Quizás los ricos era buenos y el pez piloto era mi amigo. Lo cierto era que los ricos nunca hacían nada con un fin determinado. En ese entonces coleccionaban personas de la misma manera que algunos coleccionan cuadros y otros crían caballos, y lo único que hicieron fue apoyarme en cada una de las crueles y nefastas decisiones que tomé, y todas las decisiones parecían tan inevitables y lógicas y buenas, aunque todo aquello era el resultado de vivir en la mentira. No era que todas las decisiones fueran malas, es que todas resultaron desastrosas al final a causa de la misma falta de carácter que me llevó a tomarlas. Si conspiras con una persona para traicionar y engañar a otra, más tarde lo volverás a hacer. Si una persona es capaz de hacértelo a ti una vez, otra lo hará también. Yo había odiado a aquellos ricos porque me habían apoyado y animado cuando lo que estaba haciendo era imperdonable. ¿Pero cómo podían ellos saberlo y saber que todo acabaría mal cuando jamás conocieron todos los detalles? No era culpa suya. Su única culpa era meterse en la vida de la gente. Les traían mala suerte a la gente, pero atraían sobre ellos mismos una suerte aún peor, y vivieron para tener toda su mala suerte hasta el peor final que toda la mala suerte del mundo podía deparar.
Que la muchacha traicionara a su amiga había sido algo horrible, pero fue culpa mía y de mi ceguera que algo así no me repugnara. Me metí en aquel lío y me enamoré, por eso acepté la culpa de lo que pasó y me resigné a vivir con el remordimiento.
El remordimiento nunca me dejó tranquilo, ni de día ni de noche, hasta que mi esposa se casó con un hombre mucho mejor de lo que yo había sido o podría llegar a ser jamás y supe que ella era feliz.
Pero ese invierno, antes de que me diera cuenta de que regresaría a la maldad, pasamos una temporada encantadora en Schruns y recuerdo todos los detalles de aquellos días y la llegada de la primavera en las montañas y cómo mi esposa y yo nos amábamos y confiábamos uno en otro y lo feliz que estábamos de que se hubiesen ido los ricos y cómo llegué a creer que habíamos vuelto a ser invulnerables. Pero no éramos invulnerables y ese fue el final de la primera época en París, y París nunca fue lo mismo aunque siempre siguió siendo París y tú ibas cambiando con la ciudad. Nunca más regresamos a Vorarlberg, ni tampoco regresaron los ricos. Creo que ni siquiera el pez piloto regresó por allí. Tenía otros lugares que descubrir para los ricos y finalmente él se hizo rico también. Pero antes recibió su dosis de mala suerte, y la suya fue peor que la de nadie.
Ya nadie escala en esquíes y casi todo el mundo se rompe las piernas pero quizás en el fondo sea más llevadero romperte las piernas que romperte el corazón aunque dicen que ahora todo se rompe y que a veces, después de la fractura, muchos descubren que tienen más fuertes los órganos que un día se quebraron. No estoy seguro de eso, pero así era París al principio, cuando éramos muy pobres y muy felices.
From A MOVEABLE FEAST: The Restored Edition by Ernest Hemingway. 

Friday, June 5, 2009

Tiananmen: veinte años después

Hoy hace 20 años de la matanza de Tiananmen. Unas 3,000 personas, la mayoría de ellas jóvenes universitarios, fueron asesinadas ese día en Pekín. Otros miles fueron encarcelados, torturados y desterrados por su participación en las protestas de la primavera de 1989. Pero en realidad, nadie sabe nada a ciencia cierta qué pasó. El gobierno chino, que planificó y ejecutó la carnicería, decidió hace mucho tiempo que la manera más conveniente de asumir su responsabilidad era ignorarla. Esta semana la famosa plaza ha estado acordonada por la policía. El gobierno ha bloqueado los sitios y servicio de Internet que pudieran ser utilizados para organizar cualquier conmemoración del suceso. Como la matanza de los obreros bananeros que nos relata García Márquez en Cien años de soledad, los responsables están convencidos que su crimen puede borrarse de la memoria colectiva si nadie habla de él. Suficiente razón para recordar los sucesos.

 Eso no es lo más triste del asunto. Aquellos jóvenes salieron a protestar porque sospechaban que el comunismo era un esperpento ideológico que jamás funcionaría ni llevaría al país a ninguna parte. Y los dirigentes comunistas que enviaron los tanques para asesinarlos pensaban exactamente lo mismo. Había sin embargo dos diferencias entre ambos grupos. Los estudiantes pensaban que China debería ser una sociedad abierta, moderna y plural, mientras que los dirigentes comunistas habían decidido que la mejor opción era continuar implantado un régimen fascista. La otra diferencia entre ellos era que unos tenían tanques y los otros un coraje espléndido pero inerme.

 Fue así que China siguió su camino al fascismo, es decir, hacia una economía de mercado controlada por un gobierno dictatorial, represivo, unipartidista y con tendencias chovinistas. A los chinos no les ha ido mal con el fascismo, sobre todo si se lo compara con los resultados del período comunista. El fascismo chino, aunque autoritario y en ocasiones sanguinario, carece de la obsesión genocida de Mao y sus seguidores. Y el desarrollo económico de las últimas décadas ha sido espectacular.

 La historia china de los últimos treinta años es la mejor prueba del fracaso práctico e intelectual del comunismo. Mientras que en Europa del Este los regímenes del “socialismo real” se derrumbaron de la noche a la mañana, en China los jerarcas comunistas, dándose cuenta del disparate estructural del sistema, decidieron desmontarlo sin abandonar por ello el cómodo asiento del poder. La caída del Muro de Berlín es el símbolo del fin del comunismo, pero la prueba última de su inviabilidad radica en China.

 En un interesante artículo del Wall Street Journal hace varios años, Michael A. Ledeen señalaba que China se estaba convirtiendo en algo nunca antes experimentado: un régimen fascista longevo. Y se preguntaba si ese régimen sería viable a largo plazo. Esa interrogante aparece una y otra vez en la prensa, la academia y los círculos del poder. No se trata de un mero ejercicio intelectual o profético. Hace hoy veinte años, tres mil personas murieron tratando de responderla.

Thursday, June 4, 2009

Es una cosa tan fea...

Hay entusiasmos contra los que nada puede la realidad. La suspensión del decreto de expulsión de gobierno cubano de la OEA me recordó aquel diálogo de los hermanos Marx:

—¿Sabes que en la casa de al lado hay un millón de dólares?

—Pero si no hay ninguna casa al lado.

—Bueno, entonces vamos a construirla.

Los presidentes o representantes de treinta y tantos países se pasaron trece horas debatiendo para finalmente devolverle al gobierno de Cuba un derecho que éste no desea usar. El gobierno cubano en los últimos meses ha reiterado sus acusaciones y quejas de siempre: que consideraba a la OEA una organización infame, un “ministerio de colonias yanquis”, que sus miembros han sido “lacayos del imperialismo” y todo lo demás. Dijeron y repitieron hasta el cansancio que no quieren nada de nada con la OEA. Se burlaron de ella, la ofendieron; aseguraron que jamás formarían parte de tal ridiculez. Recordaron que eran “inflexibles”. Pero todo fue inútil. Totalmente inútil. Los de la OEA de todas maneras revocaron su decisión anterior e invitaron al gobierno cubano a regresar a su seno. Un seno del que los invitados caribeños no quieren mamar. 

El debate sobre el derecho de Cuba a ser miembro de la OEA fue, como dijera Borges de la Guerra de las Malvinas, “la memorable lucha de dos calvos por un peine”. Pero eran casi cuarenta calvos en esta ocasión.

Ante tanta amabilidad idiota, creo que es el momento de que el gobierno de Cuba imponga sus condiciones para regresar a la organización. No sé, podría exigirles a los países miembros que intenten producir 10 millones de toneladas de azúcar en un año (y que fracasen estrepitosamente en el intento), que tenan una universidad en cada cuadra y dos médicos en cada casa (pero que al mismo tiempo erradiquen la existencia y el uso de la aspirina y el pensamiento autónomo), que pongan en la puerta de la sede en Washington un cartel que diga “El futuro pertenece por entero al socialismo”, que se prohíba el acceso a Internet y TV por cable en todo el continente, que la estatua de bronce de Ubre Blanca a partir de ahora presida las reuniones o que los presidentes asistan a las cumbres con camisetas del Che Guevara. ¿Por qué no? 

Sí, al final resultó premonitorio el estribillo aquel que decía: “Cómo no me voy a reír de la OEA…” Y creo que el gobierno cubano debe estarse muriendo de la risa ante la imbecilidad masoquista de sus vecinos continentales. No es para menos...

 

Thursday, May 28, 2009

El huevo de Franco


La pregunta de siempre fue si Franco era monárquico o falangista. A partir de hoy, las especulaciones del periodista José María Zavala nos plantean otra interrogación: ¿Era Franco monárquico o monórquico? Según Zavala, el Caudillo tenía un solo testículo.

Franco quería que hubiese un solo caudillo, una sola España y un solo partido. ¿Se habrá extirpado el huevo izquierdo en una rabieta unitaria y derechista? No lo sé, pero la noticia, y los chistes que la seguirán, nos recuerdan que la gente emplea cualquier justificación para burlarse de los tiranos. Hasta la muerte.

A mediado de los años setenta, cuando Chevy Chase hacía el “Weekly Update” de Saturday Night Live, Franco pasó dos años muriéndose. Los españoles, que habían aguantado al dictador por cuarenta años, comenzaron a impacientarse. ¿Por qué no se acababa de morir el cabrón? Se enfermaba, delegaba el poder en Juan Carlos, volvía, firmaba sentencias de muerte, regresaba al hospital… Cuando al fin pasó a mejor vida, durante varias semanas Chevy Chase repitió una rutina cómica sobre el “hecho biológico”. Cerraba cada sábado su segmento de “noticias” con una exclusiva de última hora: “El generalísimo Francisco Franco sigue muerto”. Lo pueden ver aquí, con subtítulos en español:

He escuchado y leído varios debates sobre si aceptable o no desear la muerte a los dictadores o celebrarla cuando ésta ocurre. Para mí la respuesta es clara: ninguna de las dos cosas es aceptable. Ni le deseo la muerte a nadie, ni saldría en una conga a celebrar la muerte de ninguna persona. Me dan pena esas celebraciones.

Me dio vergüenza ajena, por ejemplo, ver a los chilenos celebrando como una fiesta la muerte de su gorila. Sin embargo, ¿quién tiene la culpa de esos deseos malsanos o de esos festejos macabros: quienes los experimentan o quien los provoca? Volviendo a Franco, los españoles sabían que "el cuartico seguiría igualito" mientras no se muriera aquel vejete ególatra e incapaz de soltar la teta del poder. ¿Podían evitar la esperanza de que su muerte sería el principio del fin de una larga pesadilla? ¿No era Franco el responsable último de esas ganas que tenían tantos de ver finalmente su velorio?

Por otra parte, ¿no es repugnante el hecho de que un individuo quiera gobernar como un capataz a sus conciudadanos por cuarenta años? Y hasta el mismo final, Franco hizo todo lo posible porque el régimen que había impuesto perdurara intacto tras su muerte. Su famosa frase, “todo queda atado, y bien atado”, expresa el perverso deseo de seguir “salándole” la vida a los españoles desde la tumba.

Los nudos “bien atados” del franquismo no resultaron tan férreos como pensaba el Caudillo cabroncillo. Pero nada de eso estaba claro en 1975. En su libro Así se hizo la transición, Victoria Prego nos cuenta que la manifestación más multitudinaria de todo el franquismo fue la del 1 de octubre de 1975. Los partidarios se reunieron, con Franco a punto de ser fiambre, para mostrar su apoyo al régimen ante las críticas que recibía por las ejecuciones de cinco terroristas de los grupos ETA y FRAP. Franco, con voz y mano temblorosas, repitió sus acusaciones de siempre: que sus críticos internos y externos eran parte de una conspiración internacional para destruir a España. Otra vez quería convencer a los españolitos de que el fin de su régimen supondría el fin de España. Más de 200,000 personas lo aplaudieron frenéticamente, como se puede ver en el video más abajo.

Las consignas que repetía el pueblo enardecido ese día no dejan de ser llamativas. Según nos cuenta Raúl Calvo Trenado, los franquistas gritaban: "Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos DOS". ¿Qué habrá pensado el viejo Paco de eso si es cierto que tenía sólo un testículo viudo? Sin embargo, de seguro se habrá alegrado al escuchar a sus falangistas chillar “No queremos apertura, queremos mano dura” y también la consigna de siempre: “Franco, Franco, Franco”. En fin, todo parecía muy bien atado. Cincuenta días más tarde, el 20 de noviembre del 75, murió Franco y comenzó la transición.

 

Friday, May 22, 2009

Un cheesecake de La Carreta

Como quien cumple un rito incomprensible, cada vez que voy a Miami como en La Carreta. Mi más reciente visita a esa apoteosis de la cubanidad culinaria fue sumamente provechosa. MD y yo dejamos a los niños al cuidado de sus abuelos en Little Havana y nos fuimos, por toda la Calle Ocho, a la casa del alibi, quiero decir, a la casa de la vaca frita y los tamales. Mientras negociábamos la espera de la comida asistidos por unas cervezas Hatuey heladas, entró una mujer de treinta y tantos años. Tenía la prestancia de una cortesana de Rubens y unas nalgas continentales, apenas envueltas en un short de reveladora lycra blanca sobre un "hilo dental" rosado que se perdía entre los dos macizos montañosos de su carne generosa. De un lado a otro de ese portentoso derrière se veía un letrero, del mismo color Barbie pink de su tanga, que proclamaba al mundo su estirpe real: Princess. La satisfacción que inundaba la cara de la dueña de aquel improbable trasero delataba miles de piropos recibidos. Lo que en otra latitud u otra esquina de la ciudad hubiese sido considerado un nalgatorio obeso, excesivo y ridículamente [des]cubierto, en La Carreta era un sensual despliegue de belleza.

MD, que no había podido admirar desde su asiento el milagro que yo acababa de presenciar, no lograba entender mi estremecimiento. Le dije que no podíamos abandonar el lugar hasta que nuestra versión miamense y cuarentona de JLo no volviera a pasar por nuestra mesa (me pareció que se dirigía al Ladies room). Le pedí a MD que desde su punto de vista privilegiado, le tomara una foto con mi teléfono celular al ecuménico nalgatorio cuando su dueña regresara. La espera no fue larga. La mujer volvió, seguida de su culazo, pero en el momento clave mi cámara se quedó sin batería. No me he podido reponer de ese golpe.

Los adorables sobresaltos de nuestro almuerzo no habían terminado. En La Carreta uno puede observar el cumplimiento cabal del dictum de Álvarez Guedes: “Oye, mi hermano, con los cubano’ se jodió el meltin pó”. La mayoría de los camareros del restaurante son recién llegados de Cuba —o lo parecen—, y te hacen sentir en casa: te tratan como si estuvieras en Cuba. El servicio es lento, amigable y desatento a la vez (“confianzudo”, diría mi madre), y sin ninguno de los rasgos que caracterizan la relación empleado-cliente en las provincias más prósperas del occidente cristiano. Sin necesidad de hacer preguntas, te cuentan sus problemas laborales y personales al primer intento de establecer comunicación con ellos, y tienen una proverbial inclinación a regañar a los comensales por cualquier motivo. Fui testigo de ello. Confieso que quedé paralizado de miedo ante la furia camareril.

 Resulta que MD tuvo la desgracia de hacer una pregunta sobre el menú. Recibió una filípica por respuesta. El caso es que su sobrino le había pedido que le llevara un pastelito de queso de La Carreta. Como en el menú decía "pastel de queso", en lugar de utilizar el diminutivo habitual, MD se vio asaltada por una duda bicultural: "¿Se referían a los pastelitos cubanos de queso o al "pastel de queso" (cheesecake) norteamericano?" preguntó muy campante. La camarera la puso a parir: "¿Tú no sabes lo que es un pastel de queso, mi'jita?" MD se deshizo en explicaciones que la Dama de Hierro no quiso escuchar. Finalmente, concluido su regaño homérico, nuestra Thatcher de la Sagüesera le dio la respuesta: Sí, se trataba de los pastelitos de queso cubano. Compramos cuatro, pagamos —dejando la propina por temor más que por gratitud o generosidad— y salimos disimuladamente, compungidos y rezando por que la camarera no nos viera subir a nuestro carro con placas de New York.