Powered By Blogger
Showing posts with label Enrique José Varona. Show all posts
Showing posts with label Enrique José Varona. Show all posts

Tuesday, February 5, 2013

La mulata cubana como ángel y demonio: dos retratos del siglo XIX

La mañana siguiente. Patricio Landaluce
La historiografía de cualquier país es el intento azaroso de hacer corresponder la realidad con cierta mitología roñosa. Entre los cubanos, ese desperdicio de imaginación que llamamos historia oficial establece que en el siglo XIX los criollos separatistas representaban el bando del progreso, mientras que los españoles fieles a la corona eran un ejército de colonialistas medievales.

Tan pronto se pone a curiosear, sin embargo, esa tesis comienza a hacer aguas. Hace poco hallé dos retratos de la mulata cubana que ilustran bien la cojera de nuestro maniqueismo decimonónico. El primero fue escrito en 1852 por san Antonio María Claret, arzobispo español de Santiago de Cuba y posteriormente confesor de la reina Isabel. Hasta hoy, san Antonio sigue teniendo mala prensa. Un buen número de historiadores lo considera un personaje nefasto para la historia de España y uno de los primeros impulsores del nuevo nacionalcatolicismo ibérico.

El segundo retrato es obra del Dr. Benjamín de Céspedes, médico y escritor positivista cubano, ferviente partidario de la ciencia y de la independencia de su país. 
Su descripción de la mulata está en el libro La prostitución en la ciudad de la Habana, libro publicado en 1888 y que, según su prologuista Enrique José Varona, había sido escrito "no solamente para acumular datos y preparar conclusiones, sino para proceder científicamente, es decir, para hacer obra de higienista social".

Es de notar entonces que el cura retrógrado y colonialista proponga la aboloción de la segregación racial en el matrimonio en Cuba, mientras que el médico progresista y separatista, cuatro décadas después de monseñor Claret, haga un retrato de la mulata que podría haber sido escrito por un Gran Dragón del Ku Klux Klan.

Aquí está lo que dice san Antonio María Claret al capitán general de Cuba, don José de la Concha, en carta del 7 de abril de 1852, para solicitar que el gobierno colonial elimine la prohibición de los matrimonios interraciales en Cuba (el subrayado es mío):

"Á la verdad, Excmo. Sr., yo soy el primero en procurar que se guarde la distinción de razas, como se puede ver en las disposiciones parroquiales de visita; mas cuando se presentan ciertas circunstancias es preciso ser prudente y condescendiente; de otra suerte se seguirá más daño que provecho, pues ha de saber, Excmo. Sr., que en el decurso de la visita he hallado algunos blancos que vivían amancebados con mulatas, de las que ya tenían una porción de hijos, y deseando los infelices salir de tan mal estado por medio del matrimonio, la autoridad no se lo ha permitido, y al paso que permite ó tolera que vivan amancebados y procreen hijos, los persigue si tratan de casarse; de aquí es que, á pesar de las leyes divinas y humanas, por necesidad han de vivir amancebados, pues casarse no pueden y separarse tampoco; porque ¿cómo crían á sus hijos si se separan?, ¿cómo se rompe el lazo del amor que tanto tiempo ha se profesan mutuamente?, ¿cómo es posible que se separen aquel hombre y aquella mujer, si á más del amor que se profesan y del que tienen á sus hijos, están de por medio los intereses que ganaron juntos? Que esta es, Excmo. Sr., otra de las razones por que algunos blancos del bajo pueblo se quieren casar ó se amanceban con las mulatas, prefiriéndolas á las blancas, porque éstas regularmente son holgazanas y amantes de gastar mucho, de manera que en lugar de ayudar al pobre marido le sirven de molestia y carga; mas no sucede asi con las mulatas, pues son activas y diligentes y no tienen empacho en ocuparse en cualquier cosa, y son el bienestar del marido y de la familia, como lo he visto con mis propios ojos.

"Que los que son de distinta clase, cuando no hay de por medio ninguna obligación ni razón poderosísima, no puedan casarse, lo tolero; pero que cuando han vivido muchos años juntos en paz y tienen ocho ó más hijos y amenazan suicidarse si no pueden casarse, se les impida el matrimonio, esto es tiranía, como ellos dicen, y cosa intolerable para un Prelado que quiere cumplir con su deber.


"Yo ya sé que V. E. no ignora estas cosas, pero quizá no se le habrá dicho la verdad tan clara como se la dice el arzobispo Claret. Por lo que acudo á V. E. suplicando que se permita casar á los que se hallan en el estado indicado; mas si V. E. no se considera con bastantes facultades, tenga la bondad de contestarme, que á correo seguido escribiré al Gobierno superior de Madrid, el cual estoy cierto que me complacerá, pues me lo tiene muchas veces prometido y me ha dado pruebas muy claras de la sinceridad de sus promesas."



Treinta y seis años más tarde, el Dr. De Céspedes, científico e "higienista social", también daría su veredicto sobre la mulata. De Céspedes había pasado su infancia en Francia, y había estudiado medicina en Madrid. Regresó a Cuba después de graduarse. En La Habana fundó y dirigió la Revista de medicina, y fue colaborador habitual de La Habana Elegante. Era también colaborador de las revistas científicas francesas La Revue de medicine y Le Monde medical. Por sus ideas independentistas tuvo que emigrar a Costa Rica, donde aún hoy se le considera una de las figuras fundamentales de la historia de la medicina de la nación. Fue ese modelo de ciudadano quien escribió los párrafos siguientes, que muy bien pudieran ser la expresión más absoluta del racismo cubano. 

"De esta duplicidad de afectos é intereses, resulta que las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata.

"Engendrada esta sin amor, surge de los misterios casuales de la fecundación, como un dejo amargo é inoportuno de la lascivia. La prostitución de la raza de color, á diferencia de la blanca, es por lo general prolifica, y estos seres se multiplican cemo polulaciones de microbios en una maceración podrida.


"Desde la cuna, acompaña á la mulata el cortejo de enfermedades hereditarias: la escrófula, la sifllis y el raquitismo, trasmitidas por sus degenerados procreadores. Ellas heredan también los rasgos deformes físicos y morales de la raza africana, y los más vulgares de la blanca. La complexión huesosa de la mestiza, se caracteriza por el predominio de ángulos que se aguzan bruscamente en las epifisis, rompiendo con la trabazón armónica de las junturas. Las extremidades de su cuerpo son deformes, y el color gris-marmóreo de los pies y de sus manos viscosas, semejan mucho á la coloración del vientre de los animales anfibios que reptan en las orillas pantanosas. En cambio heredan del blanco, la flojedad y la atrofia muscular que agravan con sus hábitos indolentes, hasta el punto de aparecer enjutas y descarnadas, unas veces, y otras infiltradas enormemente por el tejido grasiento que las envuelve en una gordura desigual; pues, mientras persisten encanijados los muslos y las pantorrillas; el vientre, los pechos y los brazos, se desbordan con la blandura malsana de las carnes sueltas y fofas.


"Son muy desairadas y dengosas al andar, se desploman de los hombros y arrastran unas veces los pies como si patinaran sobre chancletas ó se balancean como si les oprimiera dolorosamente los zapatos. Son largas de talle y mal formadas de cadera, que por lo hombrunas y escurridizas, carecen de esas graciosas inedias curvas que se quiebran atrevidamente en los flancos, esfumándose delicadamente en el bajo vientre. El color de su piel es la combinación más obscura ó más clara de los tonos blancos, negros y amarillos, en una superficie luciente por el exceso de materia sebácea, ó áspera por las dermatosis y la anemia."



Sunday, December 9, 2012

La inutilidad de la inocencia: olvido y muerte de Antonio de Gordon (II)

[Este post es la continuación del anterior, "Antonio de Gordon: la maldición de ser habanero y querer saberlo todo (I)", que colgué hace casi un mes. Pienso colgar pronto el tercero (y final) sobre este tema.]

La Orden Militar No. 266 del 5 de julio de 1900, dictada por el Gobierno Interventor norteamericano en Cuba, dejó cesante a Antonio de Gordon y de Acosta. El más brillante de los profesores de la Universidad de La Habana, y el hombre que había donado varios de sus laboratorios científicos, quedaba así expulsado de su cátedra. La Orden Militar No. 266 era en realidad la reforma del sistema de educación de Cuba que se conoce como "Plan Varona", por haber sido Enrique José Varona quien lo escribiera e implementara.

Se dice que la causa de la cesantía* de Gordon fue haber brindado sus servicios como médico de un batallón de Voluntarios 25 años antes, en la década de 1870. El dato sugiere dos sospechas. La primera es que difícilmente Gordon podría ser un partidario entusiasta de los Voluntarios. En 1871, ocho de los compañeros de carrera de Gordon habían sido fusilados, como todo el mundo sabe. Y uno de los fusilados, Anacleto Bermúdez, era además cuñado de Gordon. Los tres (Gordon, su esposa y Anacleto Bermúdez) tenían entre 19 y 20 años cuando ocurrió el fusilamiento. Es fácil suponer que siendo cuñados, jóvenes y compañeros de carrera, fueran amigos, y que la esposa de Gordon quedara devastada con la muerte de su hermano. Es fácil suponer que Gordon estaba enamorado de ella: se casaron con 19 años, ella murió cinco años después, y Gordon esperó casi veinte años para volver a casarse. ¿Podía haber sido Gordon un fervoroso partidario de los Voluntarios que provocaron el fusilamiento de los estudiantes de medicina? Es más lógico pensar que Gordon era entonces un joven que ansiaba brillar en la Universidad y en la sociedad habanera (era vanidoso) y que temió negarse a ser médico de los Voluntarios.

Y Varona, ¿habrá expulsado a Gordon (y a otra docena de brillantes profesores) motivado por un ferviente patriotismo? También es de dudar. La Orden Militar No. 266 por la cual se estableció el "Plan Varona" iba firmada por el Gobernador norteamericano, pues Varona era secretario (ministro) del gobierno interventor americano en Cuba. Y Varona apoyó también la segunda intervención americana. (Después se hizo antiimperialista, pero en la época en que expulsó a Gordon de su cátedra era un eficiente servidor del Gobierno Interventor americano.) 


Varona había sido independentista durante la Guerra de los Diez Años antes de convertirse en uno de los líderes del Partido Autonomista durante el período entreguerras, para después volver a ser independentista y llegar a dirigir el periódico "Patria" tras la muerte de Martí. ¿Por qué un hombre que había servido con entusiasmo al gobierno interventor y que había cambiado de ideario y de bandera varias veces no podía perdonar que Gordon hubiese sido médico de un batallón de Voluntarios en su juventud? ¿Habrá sido un arranque de envidia positivista?

Foto tomada de la revista Anales de la 
Academia de Ciencias Médicas, Físicas y
Naturales de La Habana, Tomo LIV, 

1917-1918, pág. 401
La indignación contra el "Plan Varona" —y la subsecuente caza de brujas en la Universidad de La Habana— es evidente en el "Elogio" a Gordon leído por el Dr. Jorge Le-Roy y Cassá, su discípulo y colega, en la sesión de la Academia de Ciencias de La Habana el 8 de febrero de 1918**, a un año exacto de su muerte. Dice Le-Roy:
La dedicación constante a la enseñanza, los méritos adquiridos, los derechos conquistados, los donativos científicos realizados durante aquel cuarto de centuria, se desplomaron ante una Orden Militar, dictada no por el gobernante extranjero sino por un cubano que, en su afán de demoler el secular edificio de nuestra cultura, de trastornar hasta los cimientos nuestra alma mater, ocupando la Secretaría de Instrucción Pública, redactó aquel funesto Plan de enseñanza, conocido con el nombre de su autor, y desterró de aquellas aulas, que quizás casualmente pisara alguna vez, a hombres encanecidos en la enseñanza y a los que acompañaron siempre el respeto, la consideración y el cariño de sus compañeros y discípulos. Los nombres de Hernández Barreiro, de Berriel, de Céspedes, de Campos, de Carbonell, de Rovira, de Vildósola, de Cubas —el defensor de los estudiantes de medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871— de Górdon [sic] y de otros más, son pruebas evidentes de la actuación de aquel Secretario de Instrucción Pública de la primera intervención americana, que no quiero calificar por no hacer estremecer en sus tumbas a muchos de los que acabo de nombrar.
La expulsión de la Universidad fue para Gordon una condena a muerte. Tenía 52 años y siete doctorados, era rico y hablaba media docena de idiomas: podría haberse largado de aquella Habana desagradecida y vengativa. Podría haber sido feliz en París, en Madrid, en Londres, en Berlín o en New York, de cuyas sociedades científicas era miembro. Pero no fue capaz de irse, que es la peor tara con la que alguien pueda nacer en Cuba. Irremedaiblemente enamorado de su ciudad y de su universidad, optó por encerrarse en su casa de la calle San Nicolás #54 para no volver salir de allí nunca más, excepto para atender los negocios de la familia. La última vez que asistió a una sesión de la Academia fue en 1908, para entregar a Le-Roy un premio que desde hacía años financiaba el mismo Gordon. En esa última visita leyó una ponencia titulada "Sobre el suicidio", que podría leerse como un ensayo sobre su decisión de quedarse en La Habana.

En los nueve años de vida que le quedaban, nunca más regresó a la Academia de Ciencias. Muy pronto fue olvidado por todos, excepto un pequeño grupo de amigos fieles, como suele suceder en esos casos. Esa muerte y ese olvido los resume Le-Roy en un párrafo de su "Elogio" con el que termino:

Un sello de tristeza, consecuencia de las amargas decepciones sufridas, veló aquella penetrante mirada; su marcha ya no era rápida y si su salud aparentemente no se resentía, sorda dolencia preparaba el súbito ataque de angina de pecho que cortó su existencia en la mañana del 8 de febrero de 1917. Fué dicho ataque el primero y el último y solo le dio tiempo para formular el diagnóstico de su enfermedad y decirle a su esposa que se moría. Momentos después, al acompañar su cadáver, tendido en medio de sus libros, rodeado de sus hijos y de los amigos que le permanecimos fieles, meditaba yo acerca de la inestabilidad de la vida humana y de las injusticias de los hombres, y cuando a la tarde siguiente llevábamos sus inanimados restos sus muchos amigos, sus viejos discípulos y sus compañeros de Universidad y de esta Academia, no pudimos menos que extrañar la ausencia de la juventud escolar que, en tan breve periodo de tiempo, olvidara al profesor que tanto nos enseñara.  
* * *

* La Orden Militar No. 266 no dice explícitamente que se expulsará a nadie de la Universidad por haber sido proespañol, pero todos los comentaristas coinciden en que estaba escrita de modo que quedaran excluidos los profesores a los que se consideraba políticamente inaceptables.

** "Elogio del Dr. Antonio de Gordon y de Acosta", Dr. Jorge Le-Roy y Cassá. Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, Tomo LIV, 1917-1918, págs. 401-420

Thursday, August 2, 2012

Jineteras coloniales: La prostitución en La Habana a fines del siglo XIX

Prostituta londinense de fines del siglo XIX.
Foto tomada del blog Revolting Developments.
Hay ciertos asuntos que uno va dejando para mañana y para pasado... hasta que un día se le acaban las justificaciones. Eso es lo que me ha pasado con la historia de Cuba. Por eso en los últimos meses he estado leyendo cubanerías. Y de vez en cuando hallo cosas interesantes, para mi sorpresa. 

Las prostitutas decimonónicas, por ejemplo, pueden ser interesantes. L
a semana pasada y esta he leído tres libros sobre el caso: La prostitución en la ciudad de la Habana, del Dr. Benjamín de Céspedes y Santa Cruz (1888); El amor y la prostitución: réplica a un libro del Dr. Céspedes, de Pedro Giralt (1889); y el Reglamento para el régimen de la prostitución en la ciudad de la Habana (1894).  

El primero de esos libros es el más interesante. Céspedes fue médico encargado de los prostíbulos de La Habana y tenía un conocimiento minucioso del tema. En su libro describe el mundo de la prostitución habanera con chancros y señales: en la calle de la Bomba había 31 casas de tolerancia —hay una lista de los 236 prostíbulos oficiales, ordenados por sus calles—, los lupanares chinos servían también como fumaderos de opio, la prostitución masculina era tan floreciente que las chicas de la vida alegre la consideraban una peligrosa competencia, 
la edad límite de las "pupilas" era quince años —y que esa ley se violaba frecuentemente, casi la mitad de los niños habaneros nacían fuera del matrimonio, el quince por ciento de los enfermos atendidos en los hospitales públicos de La Habana padecían de enfermedades venéreas, había prostíbulos clandestinos donde las "pupilas" era niñas entrenadas en las artes de la masturbación y la felación, a las que sin embargo mantenían vírgenes hasta la pubertad para vender sus hímenes en subastas... en fin.

Por otra parte, el libro de Céspedes desborda un racismo repugnante, hitleriano y pacato al mismo tiempo, un racismo de vértigo, casi imposible de leer o describir. Basten dos párrafos como ejemplo:


Una fatalidad antiquísima, verdadera desgracia moral heredada, corroe la infeliz raza de color, explotada ayer como servil instrumento de trabajo, y hoy como carne de lujuria. Pero esa raza impenitente, después de diez años de redención, es hoy más esclava que nunca, de su indolencia, sus vicios y depravaciones. Si al menos como el estiércol aislado, ella se destruyera sin contagios, en su podredumbre; pero no, su contacto íntimo inficiona [sic] todo cuanto toca; la raza de nuestras desgracias, habrá de servir de vehículo también de nuestras miserias [...]. 
En el organismo linfático de la sociedad cubana, el abceso supurante de la prostitución radica en las costumbres de la raza de color [...] las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata. [...] La prostitución de la raza de color, a diferencia de la blanca, es por lo general prolífica, y estos seres se multiplican como poluciones de microbios en una maceración podrida. Desde la cuna acompaña a la mulata el cortejo de enfermedades hereditarias: la escrófula, la sífilis y el raquitismo, transmitidas por sus degenerados progenitores. Ellas heredan también los rasgos deformes físicos y morales de la raza africana, y los más vulgares de la raza blanca.

Sus ataques contra los homosexuales no son menos terribles, aunque no tan numerosos. Y no habla mucho mejor de los chinos o los españoles. Y ahora bien, ¿quién se atrevería a escribir un prólogo para un libro que contiene párrafos tan monstruosos como los anteriores? Pues lo escribió —pasado mañana hará 124 años— don Enrique José Varona, el mismo señor que siete años después, tras la muerte de Martí, se convertiría en el director del periódico Patria. (¿Qué pensarían Maceo y los otros héroes negros del Ejército Libertador sabiendo que quien dirigía el órgano oficial de la revolución había avalado ocho antes párrafos como estos?) Ese mismo Varona a quien se recuerda hoy como el antiimperialista ejemplar y la conciencia moral de la nación en las primeras décadas de la República. 

¿Por qué habrá respaldado con un prólogo semejante libro? El Dr. Benjamín de Céspedes, además de ser un racista patológico, se consideraba patriota cubano: era un defensor de los criollos que culpaba de todos nuestros males a los españoles, a los cubanos negros recién salidos de la esclavitud y a los inmigrantes chinos que poblaban La Habana de su época. Quizás eso bastó a Varona; pero es difícil imaginarse cómo alguien puede obviar el racismo virulento del Dr. Céspedes. Y ahí tenemos otro indicio de que la historia de los libros de texto es siempre antónima de la realidad, y que las prostitutas suelen ser mejores personas que sus críticos más apasionados.