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Friday, July 22, 2011

Así deben ser los arzobispos

Catedral de Santiago de Cuba
Ha muerto monseñor Pedro Claro Meurice Estiú, arzobispo emérito de Santiago de Cuba. Meurice era un guajiro hosco, por timidez más que por orgullo, y un hombre que parecía sentirse siempre incómodo cuando estaba en público. Se dice que esa timidez guajira le impidió ser arzobispo de La Habana y cardenal, cosas que un día parecieron estar claramente escritas en su futuro. Me permito adelantar otra teoría.

Meurice fue nombrado obispo por Pablo VI el 1 de julio de 1967. Al ser ordenado era el obispo más joven del mundo: tenía 35 años. Y era el hombre que Pérez Serantes quiso como sucesor en Santiago.


Quien quiera entender la historia de la Iglesia en Cuba en los últimos 50 años debería concentrarse en los casi tres años que median entre el 28 de enero de 1979 y el 20 de noviembre de 1981. Y Pedro Meurice fue la pieza clave que se decidió el derrotero tras esos treinta meses.


El 28 de enero de 1979, en Puebla de los Ángeles, México, Juan Pablo II pronuncia el discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Allí dijo una frase que repetiría luego muchas veces durante su pontificado: "No me cansaré yo mismo de repetir, en cumplimiento de mi deber de evangelizador, a la humanidad entera: ¡No temáis!" Su discurso puso claramente las cartas sobre la mesa: el Papa consideraba la teología de la liberación como una moda peligrosa y falaz, más que como una legítima tendencia teológica. (El que crea que exagero, puede leer el discurso aquí.)


Para monseñor Francisco Oves, arzobispo de La Habana, el discurso del Papa fue una sentencia. Él había llegado a Puebla a proponer un entendimiento con el marxismo. El obispo cubano partía de la tesis de que el comunismo era indestructible y, por tanto, se debía aprender a convivir con él. El Obispo polaco de Roma partía de la tesis contraria: el comunismo podía —y debía— ser destruido.


La historia le dio la razón al polaco. Oves, tras su debacle mexicana, pasaría varios años en las frías bibliotecas vaticanas para después ir a carenar a una parroquia de El Paso, Texas, donde predicó a los inmigrantes mexicanos y comenzó a escribir una historia de la Iglesia en Cuba que nadie sabe cuán adelantada estaba ni adónde fue a parar tras su muerte el 4 de diciembre, fiesta de Santa Bárbara, de 1990, con sólo 62 años de edad.


Tras muchos meses de ausencia de monseñor Oves, el 20 de febrero de 1980, como un curioso regalo de cumpleaños, monseñor Meurice fue nombrado administrador apostólico de La Habana. Cuarenta y cinco días después, el 4 de abril de 1980, comenzó la crisis de la Embajada del Perú en La Habana, seguida por el éxodo del Mariel y la ola de pogromos organizada por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista de Cuba con el fin de aterrorizar a los cientos de miles de ciudadanos que deseaban escapar del "paraíso" socialista.

Meurice fue a ver a José Felipe Carneado, aquel estalinista de pura cepa encargado de los "asuntos religiosos" en el Comité Central del Partido. Meurice le dijo que era inaceptable que el gobierno cubano se comportara como una banda de delincuentes; que aterrorizar, patear y linchar a ciudadanos en plena calle por el simple deseo de abandonar el país era inaceptable. Carneado le repitió la versión oficial del gobierno: que ninguno de aquellos horrores estaba sucediendo realmente. La desfachatez con que mentía el viejo estalinista hizo explotar al obispo. Meurice, dando un puñetazo en el buró, le gritó: "Coño, tú sabes que es verdad todo lo que te estoy diciendo". S
i es cierto ese cuento que escuché hace tiempo, mi teoría es que ese puñetazo y ese coñazo le costaron a Meurice el arzobispado de La Habana.

El 1 de enero de 1981 yo tenía 16 años, pero aún recuerdo la homilía de Meurice esa noche en la Catedral de La Habana. Después de rememorar el horror del año que acababa de concluir, se refirió al deseo confeso del gobierno de expulsar del país a todo aquel no se plegara a sus planes. Dijo algo así como que "no se hagan ilusiones, nosotros hemos estado quinientos años en Cuba, y dentro de quinientos años seguiremos aquí". Las homilías de Meurice en aquella época duraban una hora, y uno podía oír una mosca volando en la Catedral. Y nada de lo que decía podía agradar a los mandantes. 

Quizás fue por eso que unos meses después, Meurice volvió a su arquidiócesis de Santiago. Finalmente, monseñor Jaime Ortega fue nombrado arzobispo de La Habana el 20 de noviembre de 1981.

Hoy todos los medios de prensa han recordado las palabras de Meurice ante el papa Juan Pablo II en Santiago de Cuba el 24 de enero de 1998:

"Le presento además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología"
Los comunistas suelen ser rencorosos. A Meurice nunca le perdonaron ese discurso, la gallardía y la verdad de ese discurso. Los que estuvieron cerca de él en sus últimos años como arzobispo de Santiago saben bien lo tuvo que soportar por haber dicho públicamente aquellas palabras. 

Para terminar, les cuento una anécdota. Baste decir que quien me la contó tiene por qué saberla y es persona confiable. Poco después de la visita de Juan Pablo II a Cuba, los obispos cubanos acudieron a Roma para la habitual vista ad limina
que hacen al papa los obispos cada cinco años. Juan Pablo II fue saludando a los cubanos uno a uno. Al llegar ante Meurice, le tomó las manos, se sonrió y se quedó mirándolo con aquellos implacables ojos polacos. "Pedro Meurice" —le dijo, y se quedó un momento en silencio, apretándole las manos—. "¡Así deben ser los arzobispos!"

Descanse en paz, Pedro Meurice.

Saturday, July 2, 2011

Los culpables

Hace un par de meses Alexis Romay me regaló su libro de sonetos Los culpables, publicado el año pasado en España. Al principio no supe qué hacer con el libro. Lo guardé en casa unas semanas sin tocarlo. Y es que a estas alturas uno no sabe qué hacer con un libro de sonetos. Finalmente se me ocurrió que podía leerlo.

Los culpables es un tour de force. Son cuarenta y un sonetos escritos al hilo, de una sentada. Y todos, excepto uno, con la misma rima: ABBA CDDC EFG EFG. (La excepción es el poema "Retrato hiperrealista de una isla", en el que la rima de las dos cuartetas iniciales es ABAB CDCD.)

La cubierta es una obra del artista José A. Vincench que parece un retrato pixelado de José Martí. Se trata quizás de una pista falsa. El libro está escrito a la sombra de Borges, aunque el tema sea Cuba, o cierta versión del destino cubano.

Por supuesto, Romay alude a diversos poetas en sus sonetos: Martí ("Su verso vuelve a ser un ciervo herido:/cultiva hiel, arena, ortiga, cardo" y luego, 
"el verso es ciervo, ciervo malherido"), Benedetti ("Esquina con primavera rota"), Eliseo Diego ("cuando la luz corrompe los portales"), Figueredo ("del clarín, escuchamos las cadenas"), Jorge Manrique ("Los ríos dan al mar, como los hombres") o Silvio Rodríguez ("de lo posible ya se ha dicho todo").  

Pero Borges transita cada página con su bastón dubitativo. Romay visita sus temas con frecuencia: la memoria, el tiempo cíclico, la noción de que somos soñados por un dios o un demonio subalterno, la predestinación y el azar... Y no sólo los temas, también el tono, la mirada "filosófica" (en el sentido de indiferente o resignada) sobre esas constataciones, es evidente en muchos de los textos. 

Esa presencia borgiana va acompañada de la constante evocación de Cuba o, más exactamente, del último medio siglo de la historia cubana, y del exilio —los dones y rigores que supone la condición de exiliado. Romay tiene la gentileza de aproximarse a esos temas con más deseos de sugerir que de instruir, y se agradece. En un libro que podría usarse como prueba de la obsesión del autor por esa isla del Caribe, el nombre de Cuba no se menciona hasta el último verso del último poema.

(Al margen: En el poema "De los absolutos", Romay hace rimar, sugerentemente, "traidores" con "poderes". Más allá de ese detalle, el único reclamo de preceptiva que se le podría hacer es la acentuación antirrítmica de algunos versos.) 

Las páginas de Los culpables regalan al lector numerosos versos felices, observaciones agudas, evocaciones sentidas, excelentes sonetos. Es muy extraño que alguien escriba un libro de sonetos a estas alturas. No debería ser extraño que fuéramos capaces de disfrutarlo. Alexis Romay ha hecho su parte. Y la ha hecho bien. Aquí les va una muestra (escrita a la luz de la "inconstante luna" de Julieta y Shakespeare):

De la noche

Las raudas nubes pasan y la noche
que es eterna y de todos se detiene.
La noche es un caudal que solo tiene
la inmensidad, el vértigo y un broche.

Abstracta como el aire o los sentidos,
febril como un poeta desterrado,
impávida, la noche ha regresado
a su ciclo de ciclos repetidos.

Es una y muchas noches la inconstante
noche enferma de insomnio y de locura,
con su aroma falaz e irrepetible.

Es una y otras tantas la menguante
luna que surca el cielo y que perdura
en el tiempo, que es todo lo posible.       

Wednesday, June 29, 2011

Un extraño harakiri

Esta mañana salí del metro y caminé tres cuadras por la Tercera Avenida camino a mi oficina. Manhattan tenía hoy ese aire virginal, filtrado y puro, esa luz inmaculada que uno casi puede oler al inicio de la película "Breakfast at Tiffany's" cuando Holly Golightly regresa en la mañana a casa tras una noche de viajecitos al powder room con billetes de $50 como viático.
 

Pero en mi Manhattan de las nueve de la mañana uno no se encuentra a Holly
 regresando de la fiesta sino a muchos hijos de vecinos que van a morir ocho horas frente a una computadora para seguir viviendo... igual que este amanuense. Bajo esa luz hollywoodense y el cielo sin nubes, la gente se apresuraba, con el bagel y el café en la mano, para llegar al sitio donde sudan —donde teclean— su salobre salario.

Al llegar a la esquina de la Tercera Avenida y la calle 49, me llamó la atención una señora asiática, probablemente japonesa, de mediana edad. Llevaba una pamela enorme de pajilla y lazo blanco, una vaporosa falda blanca de verano por debajo de la rodilla, una blusa floreada por Renoir y una gafas de sol que hubiesen podido ser muy bien las de la Srta. 
Golightly.

De pronto, se apartó del río de transeúntes y depositó su cartera en el suelo, junto a la primera columna del 
único edificio de esa manzana. A continuación se levantó lentamente su elegante falda blanca hasta revelar unas bragas de flores que hubiesen podido hacer juego con su blusa. Con la sincronización de un samurai que se dispone a ejecutar el seppuku, se agachó mientras se bajaba las bragas. Quedó en cuclillas: al instante una dorada lluvia asiática comenzó a formar a sus pies un lago amarillo, un remanso de paz líquida, tibia y maloliente en medio de la premura mañanera de los oficinistas.

Los involuntarios espectadores de este harakiri del pudor simulamos no haber visto nada. Pensé que el acto era tan sorprendente, si no tan trágico, como el harakiri físico, real, de Yukio Mishima. Me pregunté si la dama de los rubios efluvios habría compuesto un
jisei esa mañana como preparación para la micción ritual. Acaso a ella tampoco la había querido escuchar nadie, como al pobre Mishima. Nuestra reacción natural ante el excéntrico —sobre todo en una ciudad de locos como ésta— es ignorarlo.
 

Pero era imposible obviar lo sucedido: acababa de ver a una elegante señora mear en medio de la Tercera Avenida en una mañana radiante de Midtown. Carlos Enríquez comienza su novela Tilín García con aquella escena del guajiro que se siente secretamente conmovido por las flores del campo, por el aroma arrollador de las flores silvestres, y se saca allí mismo su hombría elemental y mea sobre los pétalos cubiertos de rocío. Quizás fue eso, quizás fue la belleza febrilmente civilizada de esta mañana en New York lo que llevó a esa hija de Mishima a hacerse el harakiri del decoro en una transitada acera de Manhattan.

Monday, June 13, 2011

Mi verdadero exilio

Expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal.
Masaccio. Fresco. Capilla Brancacci de la iglesia
de Santa María del Carmine de Florencia, Italia
"Tu verdadero exilio comenzará cuando te mudes a New York, cubiche", me dijo una amiga en Miami en el verano de 1994. Nunca nadie estuvo más equivocado. Viví un año en la Ciudad del Sol como si estuviera en la película Groundhog Day, de Bill Murray y Andie MacDowell, que se había estrenado unos meses antes. Porque mientras viví en Miami era como si cada día tuviera que repetir, de punta a cabo, el día en que llegué de Cuba. Uno vive allí anclado para siempre en ese Leteo tropical que es el ancho Estrecho de la Florida.

En cuanto puse un pie en New York me di cuenta de que el tiempo comenzaba de nuevo a fluir, como el río de Heráclito, y que ya no era jueves cada día —como me sucedía en Miami—, sino que la vida había recuperado ese carácter lineal que antes tuvo siempre, y que se me descompuso una tarde de otoño de 1992 en el aeropuerto de Miami. El asunto, contrariamente a las predicciones de mi amiga, se volvió mucho más llevadero, por no decir amable. Lo menos que yo me imaginaba entonces era que mi verdadero exilio comenzaría el 13 (tenía que ser trece) de junio de 2010, es decir, hoy mismo.

Hay americanos que dicen que la civilización occidental se reduce a la Isla de Manhattan. Por supuesto que esa es una idea arrogante y superficial. Hay muchas regiones de la Isla que tienen un ineludible aire provinciano. Tras un prolijo estudio que me ha tomado los últimos dieciséis años de mi vida, puedo afirmar con certeza que esa imagen que se produce en el cerebro cuando uno dice "Occidente" con mayúscula corresponde en realidad a un cuadrilátero irregular cuyos límites son los siguientes: Columbus Circus al noroeste, el Seagram Building al noreste, Bryant Park al suroeste, y el Chrysler Building al sureste. En cuanto uno pone un pie fuera de ese perímetro, puede notar una precipitada deriva a la barbarie provinciana.

Durante doce los últimos dieciséis años he producido mi plusvalía en dos edificios que se hayan al centro de ese espacio que llamo, en propiedad, Occidente. Son los dos rascacielos "nuevos" (1970) del Rockefeller Center. A algún iluminado —deseoso de ahorrarse cuatro o cinco milloncejos al años— se le ocurrió la idea de mudar la empresa para la que trabajo desde ese sitio amable a los arrabales de la Tercera Avenida y la calle 49, a cinco cuadras de la sede actual. Cinco cuadras. Cinco cuadras que son cinco mil millas. ¿Qué diferencia hay entre la Tercera Avenida y Siberia? Nimiedades serán, si es que pueden hallarse. Y allá voy en unas horas.

Se acabaron las escapadas al MoMA a la hora de almuerzo, las visitas al rink y al árbol de Navidad del Rockefeller Center, las andanzas por Times Square, el trío del placer de la calle 49: el ramen especial del restaurante Sapporo, los espaguetis con crema de salmón de Pasta Lovers (que ya no están el menú, pero que te preparan si los pides), y el tandoori del Bombay Masala ("el restaurante indio más antiguo de EE.UU.", dicen los dueños). Un poco más al oeste, digamos también adiós la mousaka y el pulpo de Uncle Nick's, y a las innumerables delicias de los otros cuarenta restaurantes baratos de cuarenta países diferentes que hay en la Novena Avenida. 

El exilio no es la salida del país propio para ir a otro ajeno, como dicen los diccionarios. Ese viaje, más que exilio, es casi siempre un alivio. El exilio, el verdadero exilio, supone siempre viajes más cortos. El exilio más radical es cuando uno se va a dormir a la habitación de al lado en la propia casa. El que le sigue en intensidad es mudarse a tres cuadras de distancia, desde Occidente hasta un páramo de la Tercera Avenida, para no estar más en Rockefeller Center. Es un desastre que acaba de ocurrirme. Hoy, finalmente, soy un desterrado. 

Tuesday, May 31, 2011

Fotos de un desfile (01)

Foto: Tersites Domilo, 2011
Uno se levanta y es el Día de Recordación, y vuelve a añorar el Alzheimer. ¿Cuándo celebraremos el Día del Olvido? Después de todo, quizás no es tan perversa esa costumbre americana de diluir a los héroes en los "Memorial Weekend Specials" que anunciaban las tiendas esta semana. 

El más pequeño de los hijos va a desfilar con su equipo de pelota, de modo que nos levantamos todos y vamos al desfile. Haber nacido en cierta isla y en cierta década lo hace a uno estar vacunado contra todos los desfiles. (Uno recuerda a Milan Kundera hablando de la repugnante alegría del ser en el desfile del Primero de Mayo.) Pero el benjamín de la familia no puede hacer quedar mal a su equipo. De modo que allá vamos, y cargo con la cámara.


De pronto, pasa esta muchacha minusválida. 
El señor que empuja su carrito, un catequista a quien saludo cada domingo, me ignora: sólo la mira a ella con arrobo. Pero ella me mira a mí en el momento mismo en que voy a hacer la foto y me saluda agitando su bandera americana. Avergonzado, aprieto el obsturador. 

Recuerdo de pronto a otra chica minusválida en otro desfile el mes pasado, allá en La Habana. Otro detalle que proclama —cuando quisiera también olvidarlo— que todos los desfiles son el mismo, el único desfile de los entusiastas.


Foto: Tersites Domilo, 2011
Pasa después el líder de una tropa de Boy Scouts. Lo veo a través de la lente y temo que en cualquier instante levante la mano y comience a gritar "Sieg Heil!, Sieg Heil!" Pero el señor pasa en silencio al frente de su tropa sin dar chillidos germanos de salve a la victoria.

Uno se pregunta, sin embargo, quién sería él en otra década, en una ciudad de Alemania, por ejemplo. Quien ha vivido ciertos experimentos se pregunta cómo se comportaría cada quien si le pideran que pateara al que se sienta a su lado en la escuela, si le ordenaran espiar a los vecinos o delatar a los amigos como un deber patriótico. 

Y sin embargo, este señor no ha hecho nada que debiera ofenderme, y nadie debería reprocharle ser rubio, tener treinta libras de más, llevar el pelo muy, muy corto, o desfilar con un uniforme que recuerda al de los camisas pardas. Dos o tres coincidencias no deberían inquietar a nadie.

Foto: Tersites Domilo, 2011

Después pasa la banda, en filas y marchando. Tocan una música vagamente marcial, como si estuvieran invitando a alguien a irse a la guerra. Porque es eso: cada muestra de gratitud por quien murió oliendo pólvora y lodo es una invitación, una validación de lo que hicieron. Y ante ese homenaje, podría parecer una señal de ingratitud buscar matices, pensar dos veces, preguntarse. 

Thursday, May 26, 2011

Las cuentas claras

Sin título, 1989. Óleo sobre cartulina. Jorge Báez

Hoy hace un año que puse un contador de visitas en este blog. Indica unas 14 600 visitas, es decir, exactamente 40 por día. Ese es un número engañoso: si descontamos las veces que entré yo antes de saber cómo excluir mis visitas de la cuenta, la cifra sería quizás 30 visitas al día, o menos.

Ahora bien, hay que tomar en cuenta que uno de mis post llevaba por título "Las bellas tetas de Marina Abramovic". Ese post es uno de los que más visitas recibe. Al principio pensé que se trataba de un alza súbita en la popularidad del arte conceptual o el efecto de mi 'agudeza' como crítico de arte. Después descubrí que las palabras de búsqueda que llevaban a tanta gente al post eran "bellas tetas". Me disculpo con esas personas. Debe ser una lata estar buscando pornografía en Internet y caer en el blog de un tipo que no tiene nada mejor que hacer que hablar de arte conceptual. De veras lo siento.

Si descontamos pues, las bellas tetas de Marina —por duro que sea—, llegaríamos a la conclusión de que no son 40, ni 30, las visitas, sino más bien diez o doce. Si descontamos a mi familia inmediata, quedarían —creo yo— unas seis personas que entran "voluntariamente" cada día. (Ustedes saben quiénes son.) Esa cantidad me parece exorbitante. Si le dijera a mi madre que diariamente entran seis personas a mi blog se moriría de la risa y diría: "Mira que hay gente extraña en este mundo."

He leído muchos consejos sobre cómo escribir un blog. Yo he seguido uno, casi sin darme cuenta: escribir de lo que me dé la gana, cuando tengo tiempo y ganas. Bueno, y he tratado de que las oraciones estén bien escritas. A varias personas, creo que son seis, eso les ha bastado. Les digo aquello que decían los horribles restaurantes estatales de nuestra juventud: "Gracias por su visita. La Admón".

Sunday, May 22, 2011

¡Viva cubalibre!

Uno se levanta y es 20 de mayo y se acuerda de la República. Carajo, cómo se demora el maldito Alzheimer, dice uno desolado para sus adentros. 

Uno tiene un dolor más o menos inaguantable en la parte izquierda de la cara, regalo de su dentista cubano y hebreo angloparlante, pero uno, de todas formas, piensa en la República. Es 20 de mayo, cubano, hay que pensar en la República. Y entonces uno ve a Máximo Gómez dándole la mano a todo el mundo hasta que se cansa y da la espalda y se muere. Hemos llegado, dice el dominicano, y uno piensa qué le habrán echado en el mangú esa mañana o qué sabría de partidas o llegadas ese señor de malas pulgas. Porque es de suponer que sólo sabría de campamentos después de tantos años, y uno se acuerda de Martí, claro, general, un pueblo no se funda... ¿Y quién le habrá dicho al abogado cómo se fundaba nada?


Uno piensa en las dos intervenciones, en Estrada Palma que iba a Palacio montado en su tranvía, con su bigote almidonado y la perversión gringa y protestante del ahorro, y en Menocal, que según decía su biznieto aceptó de mala gana dar la "brava" para que no volvieran los americanos, muchacho, tú no te imaginas, y en el Chino Zayas escribiendo poemitas modernistas y estatuas de mármol, y en Machado, repartiendo palillos de dientes a los horrorizados comensales tras una cena en un restaurante de lujo en el New York de 1918. 


Y uno ve luego a Tony Guiteras con la rayita al medio disparando y a Capablanca templando rusas frívolas (pero no frías, es de imaginar). Y uno ve a Lorca entrando en casa de Dulce María, que anda la pobre —la rica—, como siempre, sin brassiere, y que, por supuesto, no logra interesar a Lorca en esos senos saltarines, gacelas son tus senos en la llanura de Galaad, verde que te quiero verde. Uno va y se toma un Motrin de 600 miligramos, se pone hielo en la quijada izquierda, se prepara un cubalibre patriótico con el hielo que sobra, ¡viva cubalibre!, y piensa en el Diario de la Marina, ¡fusilen a los estudiantes, joder!, Sones para turistas, mulato, las guayaberas de hilo, los espejuelos calobares, el centenario... y empieza uno a ver fuegos artificiales sobre el traje blanco del drill cien de Fulgencio el Taquígrafo. 

Uno se acuerda de la firma de su abuelo en una página de los "Cincuenta años de poesía cubana" que Cintio escogió antes del sarampión. Uno rememora a Hemingway borracho al final del mostrador de El Floridita, el Premio Nobel en El Cobre y el besito a la bandera en el aeropuerto, que no lo repito, que es muy sincero, y entonces Batista se toma el vaso de agua en la foto de Bohemia, porque esa carrerita hasta la posta de Columbia da una sed tremenda, inaplazable, éste es el hombre, decían los comunistas del 40, y el hombre se toma el agua toda como si fuera una isla diminuta, y el Benny se fuma su marihuana y llega tarde a todo como Marilyn... y canta Santa Isabel de las Lajas, y esa es toda la suerte que nos queda, cubano, invítame a un trago, me decía Argilio que el Benny le dijo en El Martillo de Bejucal en 1961... cuando ya la marihuana estaba a punto de acabarse —de acabarlo— como se había acabado la República.

Uno piensa que ya es hora de tomarse otro Motrin de 600 miligramos y piensa entonces en el Capitolio saqueado por la muchachada auténtica en 1933, vendiendo los libros de la biblioteca capitolina para comprar tragos, putas y marihuana. Y uno se acuerda de que el Capitolio está lleno de animales disecados. Y uno se pregunta si habrán disecado también a la República y la tendrán allí, con los ojos de vidrio y el culo apolillado, esperando tiempos mejores. Es hora de preparse un tercer cubalibre. 

Thursday, May 19, 2011

José Martí: el agua turbia

Foto: Tersites Domilo
Hoy, como cada 19 de mayo, Martí se nos muere de calor y plomo, de valor equívoco y tozudez patriota.

"...el baño en el Contramaestre: la caricia del agua que corre; la seda del agua", anotaba en su Diario el día 15 de mayo. Dos días más tarde, escribe: "Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre". Es la penúltima oración de su Diario. Más turbia se pondría el agua dos días después.


La estatua del Parque Central de Nueva York, de la escultora norteamericana Anna Vaughn Hyatt Huntington, lo muestra en el momento mismo del balazo. Hay una exquista incongruencia en este señor que va a caballo vestido de abogado, que no parece tener arma alguna en medio de la guerra, que no se sabe si cabalga o si se está cayendo de su caballo relinchante.

Es habitual escuchar elogios a Anna Vaughn por haber logrado congelar a Martí en ese momento último de su vida, ese primer momento de su larga muerte. La estatua sugiere también otra idea: la de un país, la de una narrativa que quedó petrificada en ese momento, que nunca logró caer ni cabalgar tras el balazo. No es Martí muriente quien habita ese bronce: somos nosotros, un pueblo que no logra arrancar sus ojos del suceso. Es como si la historia de Cuba hubiese estado destinada a ahogarse, con inmovilidad de estatua, en el agua turbia del Contramaestre.

Monday, May 9, 2011

Las trampas de la ilusión

General de Ejército Raúl Castro Ruz,
Primer Secretario del Comité Central
del Partido Comunista de Cuba,
Presidente del Consejo de Estado y
Presidente del Consejo de Ministros
de la República de Cuba
Una persona bien informada sobre los asuntos de Cuba recientemente me dijo algo que me pareció sorprendente: "Raúl Castro realmente quiere separar las funciones del Partido Comunista y del Estado cubanos".

"¿De veras?", pensé. Es cierto que Raúl Castro mencionó algo así en el reciente Congreso del PCC. Pero uno tiene esa manía de consultar ciertos datos. Veamos qué ha pasado desde que él es la máxima figura del gobierno de Cuba...
  
•    6 de los 15 miembros del Buró Político del Partido Comunista de Cuba recién electo son a su vez miembros tanto del Consejo de Estado (rama legislativa) como del Consejo de Ministros (rama ejecutiva) de la república. Raúl Castro ocupa el cargo principal en las tres instituciones, y José R. Machado Ventura ocupa el segundo cargo más importante en las tres.

•    10 de los 15 miembros del Buró Político son a su vez miembros del Consejo de Estado.

•    7 de los 15 miembros del Buró Político son a su vez miembros del Consejo de Ministros.

•    Ricardo Alarcón no es miembro de los Consejos de Estado ni de Ministros pero es Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

•    Las únicas 2 personas —entre los 15 miembros del Buró Político del Partido Comunista— que no tienen altos cargos en las ramas legislativa y/o ejecutiva del gobierno son el general Ramón Espinosa Martín (Jefe del Ejército Oriental) y Mercedes López Acea (Primera Secretaria del PCC en la Ciudad de La Habana).

•    Todas estas personas han sido elegidas o designadas para ocupar estos cargos después de que Raúl Castro asumiera el liderazgo de cada una de las tres instituciones.

Aquí se puede ver un resumen. La lista es de los miembros del Buró Político. Los que aparecen en rojo son también miembros del Consejo de Estado. Los que aparecen subrayados son también miembros del Consejo de Ministros.

Raúl Castro Ruz
José Ramón Machado Ventura
Ramiro Valdés Menéndez
Abelardo Colomé Ibarra
Julio Casas Regueiro
Esteban Lazo Hernández
Ricardo Alarcón de Quesada
Miguel Díaz-Canel Bermúdez
Leopoldo Cintra Frías
Ramón Espinosa Martín
Álvaro López Miera
Salvador Valdés Mesa
Mercedes López Acea
Marino Murillo Jorge
Abdel Izquierdo Rodríguez

Ahora bien, queda el misterio, ¿cómo llegó esa persona a la conclusión de que Raúl Castro quiere separar las funciones del Partido Comunista de las del gobierno cubano? ¿Cuáles serán los datos en los que basa sus conclusiones? Me gustaría saberlo.

Friday, May 6, 2011

Un gramo de ternura para el terrorista muerto

La sangre parece un descuido de algún especialista en efectos especiales. Debe ser, definitivamente, falsa. Los cables muy bien podrían ser tubos de una sala de cuidados intensivos. No hay modo de explicar qué hacen en el suelo. La lata de leche condensada le da un carácter casero y dulzón a la escena. Las manchas de sangre de la cara no permiten hilvanar ninguna historia coherente para los minutos que precedieron a su muerte.

La mano parece haber sido colocada sobre el pecho por un fotógrafo perfeccionista, no por el azar de la agonía. Los ojos podrían ser los de un actor que se simula muerto. El paquetito blanco sería un condón que ya no frenará el flujo de ningún espermatozoide nadador y voluntarioso.


La pistola de agua, verde y anaranjada, permite adivinar a un niño jugando en esa misma habitación unos minutos antes. Permite imaginar también a una madre extenuada por los quehaceres diarios que se dice soñolienta: "Mañana la recojo en cuanto me levante". 


¿Habrá pensado esa madre en que el condón del sobrecito blanco evitaría la llegada de otro hijo de piel aceitunada que dejaría en cualquier esquina otra pistola de agua anaranjada y verde? ¿Estaría en ese instante tratando de convencer al hombre de tímido bigote para que se quitara el austero camisón blanco y se adentrara en ella?


¿Cuántas veces habrá lamentado este joven tener una barba tan rala, tan poco musulmana?


¿Cuántas veces habrá soñado este joven dinamitar la escuela donde estudian mis hijos?