Diálogo entre mis hijos. Sucedió hace diez minutos.
Le dice TB, de diez años, a MI, de siete:
—Huir de los problemas nunca le ha solucionado un problema a nadie.
—Bueno, yo no estoy tan seguro —le responde MI
—Pues deberías estar seguro. Uno tiene que enfrentar los problemas que se presenten. Huyendo no se arregla nada.
—TB, eso es cierto cuando se trata de problemas pequeños, pero cuando los problemas son demasiado grandes, lo mejor es huir —dice MI muy serio.
—Te digo que no, que huir no es la solución.
—Cuando el problema es grande, la solución es huir.
—No te creo —insiste TB—. A ver, ¿me puedes dar un ejemplo?
—Claro. Si en el patio de la escuela cinco niños más grandes que tú te dicen que te van a propinar una paliza, la solución es huir. Es lo que hay hacer cuando los problemas son más grandes que tú.
Y que Muammar al-Gaddafi no tenga a mi hijo MI como asesor para casos de crisis, caray...
Tuesday, February 22, 2011
Sunday, February 13, 2011
Los sufrimientos del amor precoz
Esta mañana, mientras nos vestíamos para salir a recoger sus primeros espejuelos, tuve esta conversación con mi hijo TB, de diez años:
—TB, vas a parecer un teenager con tus espejuelos —le digo.
—Yo no quiero espejuelos. Estoy muy contento con la persona que soy sin espejuelos.
—Pero TB, con los espejuelos te vas a ver más maduro.
—Quizás, pero, ¿y si no le gusto a Samantha con espejuelos? —dijo con preocupación.
—Le vas a encantar a Samantha con espejuelos —le aseguré.
—Samantha es lo mejor que me ha pasado desde que llegué a la escuela de Wheeler Avenue. El año pasado una niña me dijo que era bonito y me dio un beso, pero no se puede comparar con Samantha.
—¿Y cómo van las relaciones con ella?
—Bueno, ayer me hizo pasar un mal rato.
—¿Cómo?
—Bueno, salió corriendo cuando estábamos hablando. Pensé que ya no me quería. Le caí atrás y le pregunté que qué pasaba, que si ya no le gustaba. Me dijo: "No, TB, es que quiero que juguemos a los agarrados". Y yo le respondí: "Bueno, podrías habérmelo aclarado antes de echarte a correr, ¿no?"II
Hace unos meses, mi hijo MI, que entonces tenía seis años, pasó unas semanas acosado por las pesadillas. Nos despertaba varias veces en medio de la madrugada a su madre y a mí hasta que uno de los dos iba a dormir con él a su cama. Una mañana, mientras le cepillaba los dientes, tuvimos esta conversación.
—MI, me dijo tu madre que anoche tuviste unas pesadillas horribles —le comenté.
—MI, me dijo tu madre que anoche tuviste unas pesadillas horribles —le comenté.
—¿Pesadillas? Yo no tuve ninguna pesadilla, papá...
—Bueno, tu madre me dijo que anoche, a las tres de la mañana, se tuvo que pasar a tu cama porque estabas llorando por las pesadillas.
Me miró, se sonrió, y me dijo, con ese tono de voz que uno usa cuando tiene que explicarle algo a una persona muy ingenua:
—Papá, yo no tuve ninguna pesadilla. Lo que pasa es que ya tú no le gustas a mamá y ella prefiere dormir conmigo en mi cama.
Tuesday, February 1, 2011
Una tacita de té para Hosni Mubarak
En un rato, nuevamente, los egipcios saldrán a la calle a decirle a Hosni Mubarak lo que todo el mundo menos él sabe: que están hartos de su gobierno, de la corrupción y la ineptitud de su casta; que es hora de que se vaya al infierno. Saldrán a la calle a decirle que nadie está treinta años en el poder sin ser un tirano; saldrán a gritarle que si tuviera un mínimo de decencia no se atrevería a sacrificar un país entero a los delirios de su egolatría. Saldrán a la calle a explicarle que —más allá de lo que alguna vez pudo haber hecho que fuera útil— hoy no es más que un vejete hijo de puta enganchado a la teta del poder, que se tendría que avergonzar de sí mismo si le quedara un rastro de vergüenza o de lucidez.
Es posible que en diez años estén los egipcios añorando los años de Mubarak. Porque en ese mundo que pudiéramos llamar Islamia no hay happy endings. De Irak a Túnez, y de Libia a Argelia o a Siria, la elección parece ser entre la tiranía secular o el fundamentalismo islámico —o, en el caso saudita, entre el fundamentalismo hipócrita y fundamentalismo idiota. Tomando en cuenta ese contexto, es muy difícil ser optimista cuando se piensa en el futuro de Egipto.
Pero esas preocupaciones tendrán que esperar. En un rato saldrán los egipcios a la calle a pedirle a su tirano que se largue. Y uno no se puede perder ese espectáculo edificante. Ahora mismo, los ministros de ayer estarán haciendo sus maletas, recogiendo todo lo que se puedan robar a última hora. Los "miembros de la seguridad", represores de la semana pasada, ya andarán explicando a sus vecinos que "yo nunca le hecho mal a nadie". Los militares mirarán nerviosos a su alrededor para atisbar el momento preciso para cambiar de bando. En palacio, a Hosni Mubarak le traerá uno de sus edecanes una taza de té que tomará con manos temblorosas.
Es el mismo temblor de Ceauşescu cuando la multitud comenzó a abuchearlo en Bucarest en 1989. Es el temblor en los dedos del borracho Gennady Yanayev en Moscú al anunciar el golpe de estado contra Gorbachov. Hoy se volverá a sentir en el aire el olor inconfundible del miedo de un tirano. Y por ninguna razón debería uno dejar de disfrutarlo.
Es posible que en diez años estén los egipcios añorando los años de Mubarak. Porque en ese mundo que pudiéramos llamar Islamia no hay happy endings. De Irak a Túnez, y de Libia a Argelia o a Siria, la elección parece ser entre la tiranía secular o el fundamentalismo islámico —o, en el caso saudita, entre el fundamentalismo hipócrita y fundamentalismo idiota. Tomando en cuenta ese contexto, es muy difícil ser optimista cuando se piensa en el futuro de Egipto.
Pero esas preocupaciones tendrán que esperar. En un rato saldrán los egipcios a la calle a pedirle a su tirano que se largue. Y uno no se puede perder ese espectáculo edificante. Ahora mismo, los ministros de ayer estarán haciendo sus maletas, recogiendo todo lo que se puedan robar a última hora. Los "miembros de la seguridad", represores de la semana pasada, ya andarán explicando a sus vecinos que "yo nunca le hecho mal a nadie". Los militares mirarán nerviosos a su alrededor para atisbar el momento preciso para cambiar de bando. En palacio, a Hosni Mubarak le traerá uno de sus edecanes una taza de té que tomará con manos temblorosas.
Es el mismo temblor de Ceauşescu cuando la multitud comenzó a abuchearlo en Bucarest en 1989. Es el temblor en los dedos del borracho Gennady Yanayev en Moscú al anunciar el golpe de estado contra Gorbachov. Hoy se volverá a sentir en el aire el olor inconfundible del miedo de un tirano. Y por ninguna razón debería uno dejar de disfrutarlo.
Wednesday, January 26, 2011
De dónde vinieron los bolos
Parece haber consenso entre las fuerzas vivas: los cubanos fueron quienes bautizaron a los soviéticos como "bolos". Será una muestra más de esa gracia adámica de nuestra tribu cuando se trata de nombrar las cosas. Ángel Tomás González explicaba hace un par de años en el diario español El Mundo que el apelativo era síntoma de "un desprecio cariñoso por la estampa pueblerina, tosca y cursi de rusos y rusas que llegaron a la isla a partir del año 1962".
Hay un artículo del periódico español El Público en el que José Miguel Sánchez, "Yoss" —a quien se describe como "escritor cubano de ciencia-ficción y experto rastreador de las huellas soviéticas en Cuba"— afirma: "Los llamábamos bolos por el estilo de sus productos, toscos, rudos, pero muy duraderos". Hace más de una década, la novelista Zoé Valdés comentaba que "bolos les llaman los cubanos a los rusos no sólo por su apariencia tosca semejante a las figuras de los juegos de bolos, si no por su poca idea del diseño, y su mínimo respeto hacia los cubanos". En un despacho de AFP desde La Habana en 2006 publicado en el diario mexicano La Jornada, se decía que "los cubanos apodaban bolos a los soviéticos, palabra con que grafican una figura sin ángulos y tosca".
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| Ezra Weston Loomis Pound |
Hasta ahí todo marchaba a pedir de boca, como al principio del cuento del león sordo. Pues bien, esta semana estaba leyendo Ezra Pound Speaking, el libro de los discursos que Mr. Pound pronunciara en la radio italiana durante la Segunda Guerra Mundial, cuando me topé con este parrafito:
The bolo agents in England were serious, when I was last there, the top numbers in the Communist Party were all paid by Moscow, which as you know is sometimes paid by New York or London. (Los agentes bolos en Inglaterra se tomaban el asunto en serio, cuando estuve por allá, todos los jefazos del Partido Comunista estaban subvencionados Moscú, con dinero que, como ustedes saben, a veces pagan New York o Londres.)
¿Pero cómo?, me pregunté, y enseguida me di cuenta de que el discurso, transmitido el 22 de marzo de 1942, se titulaba precisamente así: "But How?". ¿De modo que Ezra Pound llamaba "bolos" a los rusos en 1942? Una rápida búsqueda en Internet me revelaría que el asunto no quedaba ahí.
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| M1921 "Bolo" Mauser |
La omnipresente Wikipedia me reveló que la Mauser C96 de cañón corto recibió el apodo de "Mauser Bolo" porque entre 1921 y 1930 el gobierno ruso (soviético a partir de 1922) compró una gran cantidad de pistolas de ese modelo. El adjetivo bolo, explica Wikipedia, se usaba como abreviación de "bolchevique".
También descubrí —es un decir—, que G. R. Singleton-Gates escribió en 1920 un libro basado en los testimonios del general de brigada británico Lionel Warren de Vere Sadleir-Jackson y el capitán Edward Altham titulado Bolos & Barishynas: being an account of the doings of the Sadleir-Jackson Brigade, and Altham Flotilla, on the North Dvina during the summer, 1919. En el libro, que se puede leer íntegramente en Internet aquí, Singleton-Gates describe la campaña de una brigada británica, en apoyo a los rusos blancos y en contra del Ejército Rojo en 1919. Es una lectura imprescindible para los interesados en el tema.
Curiosamente, Singleton-Gates usa el adjetivo "bolo" cien veces en su libro, pero nunca aclara —aunque se hace evidente a partir de la lectura— que significa "bolchevique". Ese detalle hace suponer que llamar "bolos" a los rusos comunistas era tan habitual en el Londres de 1920 que no era necesario aclarar el significado del término.
Sospecho que los cubanos deberíamos abstenernos de reclamar la invención del vocablo. Sin embargo, aún podremos enorgullecernos de la viva imaginación de nuestros intelectuales, que pueden explicar cualquier cosa sin el farragoso trámite de pasarse media hora investigando el origen de un término en Internet.
Sunday, December 19, 2010
Lezama Lima o los pezones de la Duquesa de Turingia
José Lezama Lima alcanza hoy su primera secularidad. No es desatinado esperar en este día una sobreabundacia de rapsodias para el mulo de Trocadero. El poeta, que en vida fuera un náufrago del espanto para sus amigos, es hoy un cadáver exquisito, carne de nadie que se disputan tirios y troyanos, muerto propicio para el incienso reverencial con que lo ahúman sus antiguos perseguidores. Extraña mudanza de fortuna para quien tuvo como destino la fijeza —la fijeza pendulante de un sillón habanero. Agreguemos, pues, una serpentina de ocasión al sempiterno carnaval lezamiano.
En el segundo volumen de su obra Scriptores rerum germanicarum* (Leipzig 1728-30), Johann Burchard Mencken recoge el testimonio que dieran ante el Santo Oficio las criadas de la Duquesa de Turingia, a quien el Occidente cristiano llama Santa Isabel de Hungría. Allí se lee que durante el velatorio de la reina —que murió de ayunos y penitencias en 1231 a la edad de 24 años— sus devotos, ansiosos de reliquias, comenzaron por arrancarle el velo, parte del vestido y los cabellos, para después cortarle las orejas y los pezones a su beatífico cuerpo inerme.
Como la reina húngara, Lezama se ha ido convirtiendo entre nosotros en una reliquia de carne disputada. Y en su caso también es difícil saber si los que le arrancan orejas y pezones son devotos enloquecidos, fríos traficantes de reliquias o simplemente sádicos necrófilos. Aunque su canonización fue más lenta, San José del Trocadero está ya entre los bienaventurados del ridículo panteón de nuestra islita. Todo lo que en vida fuera carnada de inquisidores es ahora filigrana de alabastro para los exégetas instalados en las suculentas canongías de la catedral lezamiana. Sus alusiones asirias, sus amores griegos, su gula gala, sus perifollos gongorinos, todas esas cosas que lo condenaban en los años de nuestros zurdos fervores, son ahora motivo de tesis doctorales y estudios de identity politics.
Cierta crítica describe el horror vacui que dejó en las letras yankees el paso acompasado de T.S. Eliot y Ezra Pound por su paisaje. Lezama comentaba el mismo efecto que habría tenido Martí sobre la poesía cubana. Es sospechoso el argumento de que la mediocridad subsiguiente sea parte del mérito de los grandes creadores. Y sin embargo, de ser acertado podría aplicarse, con sobradas razones, a Lezama. Su visitación a nuestro entorno deja detrás una estepa incendiada donde, a treinta y cuatro años de su muerte, aún se ve crecer muy poca obra que deba ser tenida en cuenta. Esa desproporción de su figura tuvo también su precio para el hombre.
Isla chiquita, infierno grande, debería rezar el refrán. La desmesura de su obra y de su persona fueron labrando una bóveda de diminutos odios que terminaría por asfixiarlo más que el asma, la ponzoña de los Lunes o el celo de los insomnes informantes contra el paria. Pero muerto él y sus contemporáneos, Lezama ha sobrevivido a la maldita circunstancia de la envidia por todas partes.
Y en esa veneración hierática que hoy lo rodea hay tanto de hoguera inquisitorial como antes lo hubo en su pasión y muerte en el barrio de (in)tolerancia de Colón. La verdad, como siempre, está en algún lugar entre el inquisidor y las adoratrices. Como creador, Lezama habita permanentemente una provincia de la poiesis que pocos escritores nuestros siquiera visitan. Pero Lezama es también el escriba de esos símiles donde se juntan una criada de Centro Habana con un orfebre de Ur de los Caldeos, y que parecen alardes de niño brillante y ego maltratado.
Pero ya no es de buen gusto comentar que las comas en Paradiso están mal colocadas, que oscurecen el sentido de oraciones innecesariamente largas. Tampoco lo es recordar que Lezama —por descuido o por pereza— repite veintitrés veces la palabra puerta(s) en las dos primeras páginas de séptimo capítulo de la novela. La tea del inquisidor ha dado paso al incensario, pero tanto una como otro generan un humo cegador que precede a la fe sin ojos.
En Lezama Lima tenemos nuestro Pico della Mirandola, que a los veintitrés años se había leído todos los libros del universo y podía defender sus 900 tesis frente a cualquier adversario. Pero tenemos también a Atanasio Kircher, que lo mismo creaba la máquina del movimiento perpetuo que invencionaba toda la sabiduría acumulada en veinte dinastías egipcias sin haber descifrado realmente un solo jeroglífico. Ese contrapunteo cubano del discernimiento y la fábula va marcando el ritmo hesicástico que Lezama adelanta y que —ojalá— nos permita siempre volver a empezar.
*La anécdota de Santa Isabel de Hungría la encontré —sin aclaración de fuentes— citada por Johan Huizinga y por Will Durant. Después de inútiles investigaciones en Internet sobre su origen, le escribí a Jaime Lara, profesor de Notre Dame, extraordianrio medievalista y amigo, quien diez minutos más tarde me explicó los detalles que menciono.
En el segundo volumen de su obra Scriptores rerum germanicarum* (Leipzig 1728-30), Johann Burchard Mencken recoge el testimonio que dieran ante el Santo Oficio las criadas de la Duquesa de Turingia, a quien el Occidente cristiano llama Santa Isabel de Hungría. Allí se lee que durante el velatorio de la reina —que murió de ayunos y penitencias en 1231 a la edad de 24 años— sus devotos, ansiosos de reliquias, comenzaron por arrancarle el velo, parte del vestido y los cabellos, para después cortarle las orejas y los pezones a su beatífico cuerpo inerme.
Como la reina húngara, Lezama se ha ido convirtiendo entre nosotros en una reliquia de carne disputada. Y en su caso también es difícil saber si los que le arrancan orejas y pezones son devotos enloquecidos, fríos traficantes de reliquias o simplemente sádicos necrófilos. Aunque su canonización fue más lenta, San José del Trocadero está ya entre los bienaventurados del ridículo panteón de nuestra islita. Todo lo que en vida fuera carnada de inquisidores es ahora filigrana de alabastro para los exégetas instalados en las suculentas canongías de la catedral lezamiana. Sus alusiones asirias, sus amores griegos, su gula gala, sus perifollos gongorinos, todas esas cosas que lo condenaban en los años de nuestros zurdos fervores, son ahora motivo de tesis doctorales y estudios de identity politics.
Cierta crítica describe el horror vacui que dejó en las letras yankees el paso acompasado de T.S. Eliot y Ezra Pound por su paisaje. Lezama comentaba el mismo efecto que habría tenido Martí sobre la poesía cubana. Es sospechoso el argumento de que la mediocridad subsiguiente sea parte del mérito de los grandes creadores. Y sin embargo, de ser acertado podría aplicarse, con sobradas razones, a Lezama. Su visitación a nuestro entorno deja detrás una estepa incendiada donde, a treinta y cuatro años de su muerte, aún se ve crecer muy poca obra que deba ser tenida en cuenta. Esa desproporción de su figura tuvo también su precio para el hombre.
Isla chiquita, infierno grande, debería rezar el refrán. La desmesura de su obra y de su persona fueron labrando una bóveda de diminutos odios que terminaría por asfixiarlo más que el asma, la ponzoña de los Lunes o el celo de los insomnes informantes contra el paria. Pero muerto él y sus contemporáneos, Lezama ha sobrevivido a la maldita circunstancia de la envidia por todas partes.
Y en esa veneración hierática que hoy lo rodea hay tanto de hoguera inquisitorial como antes lo hubo en su pasión y muerte en el barrio de (in)tolerancia de Colón. La verdad, como siempre, está en algún lugar entre el inquisidor y las adoratrices. Como creador, Lezama habita permanentemente una provincia de la poiesis que pocos escritores nuestros siquiera visitan. Pero Lezama es también el escriba de esos símiles donde se juntan una criada de Centro Habana con un orfebre de Ur de los Caldeos, y que parecen alardes de niño brillante y ego maltratado.
Pero ya no es de buen gusto comentar que las comas en Paradiso están mal colocadas, que oscurecen el sentido de oraciones innecesariamente largas. Tampoco lo es recordar que Lezama —por descuido o por pereza— repite veintitrés veces la palabra puerta(s) en las dos primeras páginas de séptimo capítulo de la novela. La tea del inquisidor ha dado paso al incensario, pero tanto una como otro generan un humo cegador que precede a la fe sin ojos.
En Lezama Lima tenemos nuestro Pico della Mirandola, que a los veintitrés años se había leído todos los libros del universo y podía defender sus 900 tesis frente a cualquier adversario. Pero tenemos también a Atanasio Kircher, que lo mismo creaba la máquina del movimiento perpetuo que invencionaba toda la sabiduría acumulada en veinte dinastías egipcias sin haber descifrado realmente un solo jeroglífico. Ese contrapunteo cubano del discernimiento y la fábula va marcando el ritmo hesicástico que Lezama adelanta y que —ojalá— nos permita siempre volver a empezar.
*La anécdota de Santa Isabel de Hungría la encontré —sin aclaración de fuentes— citada por Johan Huizinga y por Will Durant. Después de inútiles investigaciones en Internet sobre su origen, le escribí a Jaime Lara, profesor de Notre Dame, extraordianrio medievalista y amigo, quien diez minutos más tarde me explicó los detalles que menciono.
Wednesday, December 8, 2010
La muerte de John Lennon en el mar Caribe
El martes 9 de diciembre de 1980, a las 7:30 de la noche, al final de la cena, mi padre sintonizó La Voz de América para escuchar un noticiero que no estuviera redactado por los obedientes escribas de la prensa cubana... Era un ritual que se repetía cada noche en casa. Mi madre comenzó a hacer el café mientras yo conversaba con mis hermanas. La primera noticia leída por el locutor cayó como una piedra en el centro de la mesa: "Anoche, en la ciudad de Nueva York, alrededor de las once de la noche..."
1980 no fue un buen año para ser cubano. Yo andaba por los 16 y mi hermano —con el que había compartido el mismo cuarto desde que nací— se había ido solo por el Mariel en mayo, cuatro meses después de cumplir los 19. Los pogromos organizados para aterrorizar a las personas que deseaban irse del país habían convertido aquella primavera en una estación en el infierno; de esas que uno luego recuerda como “el fin de la inocencia”. Los huevos y tomates podridos, los insultos, las golpizas, los escupitajos y los excrementos lanzados contra los que deseaban escapar del paraíso, habían ido dibujando la esencia misma del destino que nos había tocado en suerte. Con la ingenuidad de la adolescencia, asumí que esa primavera luciferina era toda la desgracia que cabía en un año. Pero se añadía ahora la muerte de Lennon como una injusticia poética que serviría de colofón a nuestro annus terribilis.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Mi padre, entre impaciente y contrariado, me espetó: "¿No me digas que vas a llorar también?" Para él era inexplicable que llorara por la muerte de un remoto señor nacido en Inglaterra. Quien moría, sin embargo, había sido una compañía tan constante y tangible como la de mi hermano ido. Esa conjugación de violencia inhumana con la súbita ausencia, que había padecido en la primavera en carne propia, se reeditaba ahora a fines del otoño como metáfora en la muerte absurda de John Lennon.
Después del café, mi padre se fue a inyectar a alguno de sus enfermos y yo me hice de la radio. Comenzaron a dar más detalles y anunciaron que iban a poner las canciones del Double Fantasy, el disco que Lennon acababa de grabar. Alcé el volumen del radio Selena, ese portento de la tecnología soviética que nos permitía sintonizar La Voz de América....
Tocaron a la puerta. Mi madre se volteó y me pidió que bajara la radio, "ese es Sergio que viene a arreglar el colchón". Sergio era el secretario de la Juventud Comunista en el trabajo de mi madre. Arreglaba colchones para ganarse un dinerillo extra cada mes. Después de 21 años de matrimonio —mis padres se casaron en diciembre del 59— el colchón donde habían concebido a sus cuatro vástagos estaba necesitado de una reparación —sustituirlo era imposible.
Y por supuesto, aunque mi madre no había tenido reparos en pedirle a su colega que viniera a reparar el colchón —actividad ilegal, como casi
todas—, la atemorizaba que el colchonero dialéctico supiera que escuchábamos La Voz de América. De modo que el resto de la noche fue una batalla constante entre el volumen de la radio que a mi madre le parecía prudente y el que a mí me parecía necesario para escuchar "Starting Over", "Woman" o "Watching the Wheels" junto con otros (escasos) detalles de la muerte de Lennon. Mi madre entretenía en la sala al konsomol mientras destripaba el colchón de sus amores y cada vez que discernía el sonido de la radio volvía a la cocina a suplicarme que bajara el volumen. De esa noche recuerdo también la punzada que me produjo escuchar la conocida coda de "The Ballad of John & Yoko", que parecía entonces escrita para anunciar el final, el verdadero final, de la balada de su vida.
todas—, la atemorizaba que el colchonero dialéctico supiera que escuchábamos La Voz de América. De modo que el resto de la noche fue una batalla constante entre el volumen de la radio que a mi madre le parecía prudente y el que a mí me parecía necesario para escuchar "Starting Over", "Woman" o "Watching the Wheels" junto con otros (escasos) detalles de la muerte de Lennon. Mi madre entretenía en la sala al konsomol mientras destripaba el colchón de sus amores y cada vez que discernía el sonido de la radio volvía a la cocina a suplicarme que bajara el volumen. De esa noche recuerdo también la punzada que me produjo escuchar la conocida coda de "The Ballad of John & Yoko", que parecía entonces escrita para anunciar el final, el verdadero final, de la balada de su vida.
Al otro día pude leer la misma noticia, esta vez en la prosa del Granma: En unas cuarenta palabras y una foto diminuta, en la sección Hilo Directo, anunciaban a los lectores que "la irracionalidad de la sociedad capitalista" que lo había hecho famoso, ahora había asesinado a Lennon. Y eso era todo.
El viernes, al entrar a la clase en la mañana, Heredia, mi profesor de Matemáticas, me dijo en voz baja: “Pasa por la cátedra antes de irte”. A la una, tras el quinto turno, fui a verlo. Me entregó un sobre grande. “Mi suegro, que es sobrecargo de Cubana, me trajo esto. Pensé que te iba a interesar. No lo abras ahora ni comentes que te lo he dado”.
Metí el paquete en la mochila, le di las gracias y me fui a casa. En el ómnibus lo abrí. Era un ejemplar de El País del 10 de diciembre con todos los reportajes del suceso. Un turista lo había dejado en el avión y el suegro de mi profesor —violando las reglas del aeropuerto— lo había llevado a casa. Heredia, que por mis espejuelos marxistas-lennonistas (de Groucho y John) había adivinado mis gustos musicales, tuvo la audaz gentileza de regalarme el periódico. Ese ejemplar de El País se convirtió en un objeto de culto entre mis amigos. Pasó de mano en mano hasta que alguien decidió no devolvérmelo, un robo que perdoné con absoluta comprensión de causa. Lo que más me impactó del reportaje fue la foto de la entrada cochera del edificio Dakota donde habían asesinado a Lennon. Tenía un letrero que decía: “All visitors must be announced” (Todos los visitantes deben tener cita previa). La muerte, sin embargo, había sido un visitante inesperado.
Doce años después, al llegar a New York, una de las primeras cosas que hice fue ir a visitar el edificio Dakota. Desde la muerte de Lennon el mundo había cambiado radicalmente, un electricista y un cura polacos habían clausurado el comunismo, una quincena de países habían nacido de la ruina de un imperio, los mapas habían cambiado de color; pero el letrero de la puerta del Dakota seguía allí, indiferente a los terremotos de la historia y las ocasionales visitas de la muerte: “All visitors must be announced”. Por supuesto…
Friday, December 3, 2010
Arte degenerado
Ayer en la mañana, en el metro camino a Manhattan, abrí The New York Times y me topé con un artículo (que pueden leer aquí) sobre una peculiar exposición de arte. En enero, mientras hacían unas excavaciones en Berlín, los trabajadores descubrieron unas esculturas sepultadas en el subsuelo. Se trataba de un grupo de piezas calificadas durante el nazismo como "arte degenerado" o Entartete Kunst, como diría en sus buenos tiempos el Dr. Goebbels.
Las esculturas, condenadas por el régimen nazi, habían sido posteriormente sepultadas por un bombardeo de los aliados que pulverizó el edificio donde habían sido almacenadas. Particularmente conmovedora es la anécdota que se cuenta sobre el escultor Otto Freundlich. Los nazis confiscaron la obra suya que forma parte de la muestra, Cabeza, en 1937 en un museo de Hamburgo. [Goebbels había tenido la idea de confiscar prácticamente todas las obras de arte moderno o de artistas judíos de los museos alemanes para hacer una exposición que se tituló precisamente Entartete Kunst para mostrar a los buenos germanos la "podredumbre" del arte producido por "las razas inferiores".] Seis años después capturaron al mismo Freundlich en Francia y lo enviaron a un campo de concentración donde fue asesinado al día siguiente de llegar.
Lo cierto es que esas esculturas, condenadas por los nazis y bombardeadas por los aliados, sobrevivieron a todo y se exponen hoy en un museo berlinés. El artículo me hizo recordar un disco que mi amigo David Hurwitz (cuya revista de música clásica, Classics Today, recomiendo) me regalara hace doce años, Der Kaiser Von Atlantis, la ópera compuesta por Viktor Ullmann con libreto de Peter Kien estando prisioneros en el campo de concentración de Terezin. (Ambos morirían en Auschwitz-Birkenau, Ullman con 46 años, Kien con sólo 25 de edad.) El disco formaba parte de una serie magnífica titulada, por supuesto, Entartete Musik.
Recomiendo también, a quien tenga entrañas para soportarla, que compre y escuche la ópera de Ullman. La escuché tres veces a solas en mi casa y le regalé el disco a un amigo amante de la ópera y las novedades que vino de visita de La Habana por esa época. Ahora me arrepiento de haber regalado el disco, pero había llegado a temer sus efectos.
En esos recuerdos andaba perdido cuando entró el tren a Manhattan pasando bajo el East River. Aparté la mirada del periódico y noté que la señora que estaba sentada a mi lado había abierto un librito y leía... era un libro de oraciones en hebreo. Recordé entonces que era el primer día de Janucá, la fiesta de las luces, la victoria de los macabeos sobre griegos y sirios, la restauración del Templo, el aceite que se suponía que durara un día y alumbró durante más de una semana...
Y pensé entonces que, como aquellas esculturas condenadas por los nazis y bombardeadas por los aliados, aquella señora que leía en hebreo era una prueba de la capacidad de sobreviviencia del pueblo judío, el pueblo elegido... elegido tantas veces para el exterminio.
El racismo es quizás la esencia de la maldad humana, pero el antisemitismo es la expresión más concentrada de esa maldad. Mientras que el racismo contra los africanos, los asiáticos o los latinos generalmente "se conforma" con el desprecio y la discrimanción o la esclavitud, el antisemitismo incuba siempre el deseo diabólico de exterminar al pueblo hebreo. Las esculturas de las que hablaba el artículo, y la señora sentada a mi lado en el tren, fueron ayer, en el tren hacia Manhattan, dos atisbos de esperanza.
| Goebbels visita la exposición Entartete Kunst, 1937 |
Recomiendo también, a quien tenga entrañas para soportarla, que compre y escuche la ópera de Ullman. La escuché tres veces a solas en mi casa y le regalé el disco a un amigo amante de la ópera y las novedades que vino de visita de La Habana por esa época. Ahora me arrepiento de haber regalado el disco, pero había llegado a temer sus efectos.
En esos recuerdos andaba perdido cuando entró el tren a Manhattan pasando bajo el East River. Aparté la mirada del periódico y noté que la señora que estaba sentada a mi lado había abierto un librito y leía... era un libro de oraciones en hebreo. Recordé entonces que era el primer día de Janucá, la fiesta de las luces, la victoria de los macabeos sobre griegos y sirios, la restauración del Templo, el aceite que se suponía que durara un día y alumbró durante más de una semana...
Y pensé entonces que, como aquellas esculturas condenadas por los nazis y bombardeadas por los aliados, aquella señora que leía en hebreo era una prueba de la capacidad de sobreviviencia del pueblo judío, el pueblo elegido... elegido tantas veces para el exterminio.
El racismo es quizás la esencia de la maldad humana, pero el antisemitismo es la expresión más concentrada de esa maldad. Mientras que el racismo contra los africanos, los asiáticos o los latinos generalmente "se conforma" con el desprecio y la discrimanción o la esclavitud, el antisemitismo incuba siempre el deseo diabólico de exterminar al pueblo hebreo. Las esculturas de las que hablaba el artículo, y la señora sentada a mi lado en el tren, fueron ayer, en el tren hacia Manhattan, dos atisbos de esperanza.
Sunday, November 21, 2010
El cuento de la renuncia
Esta semana algunos medios de prensa han anunciado que Fidel Castro (FC de aquí en lo adelante) renuncia, o que renunció hace tiempo, o que ha abondonado de facto, el cargo de primer secretario del Comité Central del Partido Comunista. Buscando en Internet, hallé la frase que había desencadenado el cicloncito noticioso de la "renuncia". Decía así:
La frase yel silencio oficial que la acompañó me recuerdan la aclaración de Raúl Castro durante el discurso sobre el caso Ochoa en junio de 1989. Después de apartarse del texto que estaba leyendo y explicarles a los líderes del Ejército cubano que Fidel era su papá, Raúl Castro aclaró que lo que él estaba diciendo en aquel momento no se debía considerar como la versión oficial de su discurso: "...de todo lo que he dicho aquí, lo oficial es lo que salga en el periódico Granma".
En esa práctica de rectificar "las equivocaciones de la realidad", de pulirla y ponerla más presentable para cuando salga mañana en el Granma hay una idea de la relación entre vida y literatura que Borges hallaría interesente.
Y sin embargo, al margen de esos detalles, lo cierto es que la prensa extranjera, y a veces incluso la prensa oficial cubana, no da pie con bola cuando se trata de los cargos de FC y sus supuestas renuncias. Por eso creo que vale la pena hacer algunas aclaraciones:
1. FC nunca renunció a sus cargos de presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros. Lo que hizo al enfermarse fue delegar esas responsabilidades temporalmente en su hermano Raúl Castro. Al llegar las siguientes "elecciones" para esos cargos —y en vistas de que seguía enfermo—, FC anunció que no aceptaría su [habitual] reelección.
2. Aún tras declinar la reelección a los dos cargos anteriores, FC, de acuerdo con la Costitución cubana, siguió —y sigue— siendo la máxima figura del país, pues es la cabeza del PCC y, según el quinto artículo de la Constitución, el Partido Comunista de Cuba "es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado".
3. FC podría renunciar formalmente al cargo de primer secretario del Comité Central del PCC y seguir siendo, en la práctica, el líder del país. El antecedente más similar sería el de Deng Xiaoping. Deng, desde el oscuro puesto de presidente de la Comisión Militar Central, fue el "líder supremo" de China por una década. En 1989 renunció también a ese cargo, pero de todos modos siguió siendo "el hombre". En 1992, tras tres años de "retiro" de todos su cargos oficilaes, anunció que se retiraba también de la vida pública. No fue una sorpresa: estaba enfermo y tenía 88 años años. Aún así, siguió rigiendo los destinos de China desde la cama hasta su muerte a la edad de 92 años.
Así que los chismes de esta semana, las teorías de los cubanólogos y los reportes de prensa sobre la supuesta renuncia de FC parecen ser un cuento chino.
Yo no estoy hablando como primer secretario. Yo me enfermé e hice lo que debía hacer: delegar mis atribuciones. No puedo hacer algo que no estoy en condiciones de dedicarle todo el tiempo. Si yo mismo no sabía si iba a salir de aquello.Como pueden ver aquí, 179 sitios web citaron la frase clave (Yo no estoy hablando como primer secretario). Busqué entonces en los sitios radicados en Cuba (los del dominio .cu), pensando que hallaría más información. Resulta que la frase no ha sido citada por ningún sitio web de la Isla, como pueden ver pulsando aquí. En el relato del Granma sobre la reunión donde habló FC, se hace una paráfrasis de su intervención:
Fidel aclara que él no asiste a este encuentro en calidad de Primer Secretario. "Yo me enfermé e hice lo que debía hacer: delegué mis atribuciones. No puedo hacer algo que no estoy en condiciones de dedicarle todo el tiempo. Si yo mismo no sabía si iba a salir de aquello", y añade: "Lo hice por disciplina y por los médicos".De modo que Granma evita repetir la frase que los medios extranjeron comentaron y reduce su trascendencia al explicarla. ¿Qué habrá pasado? ¿Olvidó FC que sigue siendo Primer Secretario del Comité Central? ¿Confundió sus cargos al hablar? ¿Se expresó mal?
La frase yel silencio oficial que la acompañó me recuerdan la aclaración de Raúl Castro durante el discurso sobre el caso Ochoa en junio de 1989. Después de apartarse del texto que estaba leyendo y explicarles a los líderes del Ejército cubano que Fidel era su papá, Raúl Castro aclaró que lo que él estaba diciendo en aquel momento no se debía considerar como la versión oficial de su discurso: "...de todo lo que he dicho aquí, lo oficial es lo que salga en el periódico Granma".
En esa práctica de rectificar "las equivocaciones de la realidad", de pulirla y ponerla más presentable para cuando salga mañana en el Granma hay una idea de la relación entre vida y literatura que Borges hallaría interesente.
Y sin embargo, al margen de esos detalles, lo cierto es que la prensa extranjera, y a veces incluso la prensa oficial cubana, no da pie con bola cuando se trata de los cargos de FC y sus supuestas renuncias. Por eso creo que vale la pena hacer algunas aclaraciones:
1. FC nunca renunció a sus cargos de presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros. Lo que hizo al enfermarse fue delegar esas responsabilidades temporalmente en su hermano Raúl Castro. Al llegar las siguientes "elecciones" para esos cargos —y en vistas de que seguía enfermo—, FC anunció que no aceptaría su [habitual] reelección.
2. Aún tras declinar la reelección a los dos cargos anteriores, FC, de acuerdo con la Costitución cubana, siguió —y sigue— siendo la máxima figura del país, pues es la cabeza del PCC y, según el quinto artículo de la Constitución, el Partido Comunista de Cuba "es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado".
3. FC podría renunciar formalmente al cargo de primer secretario del Comité Central del PCC y seguir siendo, en la práctica, el líder del país. El antecedente más similar sería el de Deng Xiaoping. Deng, desde el oscuro puesto de presidente de la Comisión Militar Central, fue el "líder supremo" de China por una década. En 1989 renunció también a ese cargo, pero de todos modos siguió siendo "el hombre". En 1992, tras tres años de "retiro" de todos su cargos oficilaes, anunció que se retiraba también de la vida pública. No fue una sorpresa: estaba enfermo y tenía 88 años años. Aún así, siguió rigiendo los destinos de China desde la cama hasta su muerte a la edad de 92 años.
Así que los chismes de esta semana, las teorías de los cubanólogos y los reportes de prensa sobre la supuesta renuncia de FC parecen ser un cuento chino.
Friday, November 12, 2010
Grammy Latino: versiones una noticia
| ©2010 Tersites Domilo |
Entre los muchos premios que se entregan en la ceremonia, los cuatro premios más importantes son los de Grabación del Año, Álbum del Año, Canción del Año y Mejor Artista Nuevo. Por supuesto, para los cubanos, la gran noticia fue que Alex Cuba se llevó el premio al Mejor Artista Nuevo". Además, él es el compositor de la mayoría de los temas de "Mi plan", el primer disco en castellano de la cantante lusocanadiense Nelly Furtado, que ganó el premio a la Mejor Interpretación Vocal Pop Femenina. Los lectores de este blog, que eran tres antes de que dos de ellos desertaran, recordarán el post de junio pasado sobre este músico: ¡Viva [Alex] Cuba libre!
Arturo Sandoval ganó el premio al Mejor Álbum Instrumental por “A Time for Love”. Ese mismo disco de Sandoval les sirvió a Jorge Calandrelli y Gregg Field para ganar el premio al Productor del Año.
Otro cubano premiado fue el legendario Leo Brouwer, que ganó el premio al Mejor Álbum de Música Clásica por “Integral cuartetos de cuerda”, compartido con Fernando Otero y su álbum "Vital".
Chucho Valdés resultó premiado —aunque no fue incluido en la lista oficial de los premios— por su colaboración en el álbum “El Último Trago", de la cantante española Buika, que fue considerado el "Mejor Álbum de Música Tropical Tradicional".
Como era de esperar, el cubano del que más ha
hablado la prensa hoy es de Alex Cuba, como
pueden ver el los reportajes de The New York Times,
Los Angeles Times y El Nuevo Herald. El Herald
menciona también el premio a Sandoval. Ninguno
de los tres periódicos mencionó los premios
compartidos de Brouwer y de Chucho Valdés,
como tampoco mencionaban a otros ganadores
de premios considerados menos importantes.
En Encuentro en la Red, la noticia, más que sobre los Premios Grammy, es sobre los cubanos premiados, y mencionaron en términos elogiosos los nombres de los cuatro ganadores. El resto de los premios y detalles no se mencionan. El artículo sobre el tema en Diario de Cuba es más amplio y abarcador, pero reconoce también los premios de los cuatro cubanos. Además, aclara que la Academia no incluyó el nombre de Chucho Valdés en el premio concedido a Buika por el disco que hicieron juntos.
En el Granma, por su parte, sólo menciona el premio compartido de Leo Brouwer y se indica la decisión injusta de la Academia de no incluir el nombre de Chucho Valdés en el premio al álbum de Buika. Del mismo modo, los premios recibidos por Alex Cuba y Arturo Sandoval no se mencionan "ni para bien ni para mal", como diría mi abuela. Una prueba más, señoras y señores, de que la cultura cubana es una sola, una solita...
Sunday, October 31, 2010
Halloween es el martes... para los demócratas
Los demócratas van a recibir una soberana zurra en las elecciones del martes. Se sabe desde hace meses, pero los demócratas, hasta hace tres días, se resistían a aceptarlo. No es sólo que lo digan las encuestas, hay otras señales más confiables. Por ejemplo, Maureen Dowd, tan interesante habitualmente, ahora anda diciendo idioteces. Jura que los demócratas van a perder por una decisión de la Corte Suprema ("In Citizens United, the court may return Republicans to control of Congress"). Y el Huffington Post se ha divorciado de la realidad y solo habla del vaudeville de Stewart y Colbert en Washington: ni se acuerdan ya de la debacle que amenaza. Acabo de ver la primera media hora de Saturday Night Live y sólo hubo un chiste político. Si eso sucede tres días antes de unas elecciones, usted sabe que los demócratas van a amanecer el miércoles con las nalgas coloradas...
El miércoles, los demócratas amanecerán diciendo que perdieron porque los ricos les dieron muchísimo dinero a los republicanos (no importa que en realidad los demócratas hayan recaudado y gastado más que sus adversarios); o dirán que perdieron porque el pueblo americano es idiota (como los demócratas "saben" que sus ideas son mejores, cuando alguien vota en contra de ellos lo toman como una señal de idiotez). El asunto en realidad es más sencillo. Van a perder porque cuando los políticos están en la oposición les aseguran a los electores que todos los problemas son culpa de la incapacidad o la maldad de los que gobiernan; y cuando están en el gobierno se dan cuenta que las cosas son más complicadas. A ver...
Obama nos dijo hace dos años que Guantánamo era un infierno innecesario, un síntoma del sadismo de Bush, y que él lo cerraría en cuanto llegara a la Casa Blanca. Dos años después, la prisión de Guantánamo sigue ahí. Obama dijo que el desastre de Katrina era el resultado de la incompetencia infinita del idiota de Bush. Después explotó la plataforma Deepwater Horizon y la respuesta de la Adminstración Obama fue tan inepta como la de Bush ante el ciclón. Obama dijo que si le dábamos otros 700 mil millones el desempleo no subiría del 8%, pero dos años después el desempleo sigue en 10%. Obama dijo, con razón, que hacer permanentes los recortes de impuestos de Bush era una locura, pero sus partidarios del Congreso y el Senado decidieron posponer la votación sobre el asunto para después de las elecciones para no buscarse problemas. (Una decisión que The New York Times comentó en un editorial titulado "Perfiles de timidez" que comenzaba diciendo: "Comenzamos a preguntarnos si los demócratas del Congreso carecen del valor para ser coherentes con sus convicciones o si simplemente carecen de convicciones").
Obama llegó a la Casa Blanca pensando que si uno se mostraba un poco más diplomático que Bush, China dejaría fluctuar el valor del yuan, los norcoreanos dejarían de estar locos de remate y los talibanes se harían feministas. La mayoría de las personas sospecha que ninguna de esas cosas ha sucedido, a pesar de las genuflexiones, reales y simbólicas, a las que nuestro presidente es tan aficionado. Y esa distancia entre las promesas y los resultados es la cuenta que van a pagar el martes.
En otras palabras, el problema de Obama no es que no tenga poderes mágicos... el problema es que alguna gente le creyó ese cuento cuando él se los hizo hace dos años, y ahora se sienten decepcionados.
Después de la zurra del martes, los demócratas se pasarán dos semanas tirados a morir. Si uno se considera inteligente, bueno y cool, y en unas elecciones lo derrota un grupo de personas a las que uno considera imbéciles, malas y ridículas, el resultado no puede ser otro que la depresión.
Y sin embargo, los demócratas deberían estar felices. En realidad, para ellos ha sido una tortura tener por dos años la presidencia, el Senado y el Congreso en sus manos. Eso les imponía la responsabilidad de gobernar, algo que a ellos les parece repelente. Como los adolescentes díscolos, ellos lo que quieren es escaparse de la clase, burlarse de la profesora de historia y meterse en el baño a fumar marihuana. Haberlos puesto a cargo de la escuela no puede ser para ellos otra cosa que un castigo.
Esperen tres meses y los verán a todos felices. Se dedicarán a burlarse de las tonterías que dice Sarah Palin, a culpar al Congreso republicano por el fracaso de su genial presidente, y a denunciar a esos republicanos tan brutos y tan malos que les ganaron las elecciones. Eso se les hace más llevadero que asumir los riesgos y la responsabilidad de gobernar un país. La noche del martes les traerá al final un alivio... pero va a ser larga como una noche de Halloween con muchas brujas y sustos, pero sin caramelos.
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