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Thursday, September 15, 2011

La camisa es Manhattan, el resto es selva


A mis 15 años, me paseaba yo por la calle Obispo, guajirito orgulloso, con Manhattan sobre el corazón. No la isla, por supuesto, sino una de aquellas camisas de poliéster caluroso que hacían su verano en la Cuba internacionalista y supuestamente no alineada del otoño de 1979. Mi Manhattan sintética me la había traído una tía abuela de West Palm Beach. Tenía un tigre precioso (la camisa, no mi tía) en la parte frontal izquierda y el resto era selva... No lo digo por citar a Guillén el bueno y hacerme Jorge el fino: de veras el resto de la camisa era una monserga amazónica de lianas y flores tropicales que ponían muy en duda la supuesta fiereza de mi tigre zurdo).

Siempre asumí que ese nombre camisero, 'Manhattan', era un pujo cubano similar a los tacones Hollywood* y las ventanas Miami. Anoche, cuando pasaba canales frente al televisor, me detuve en el canal de los Yankees, YES, por unos instantes. Ponían uno de esos documentales sobre "la época dorada del béisbol" y Mickey Mantle se acercaba al cajón de bateo. Supuse que iba a dar un jonrón —¿cuántas veces usted ha visto a Mickey Mantle poncharse en el canal de los Yankees?—, y me detuve a verlo. Por supuesto, Mickey hizo un swing monstruoso, mostró el número 7 en esa espalda de mulo, y después la cámara siguió la bola a lo profundo del left-center. Y allí, en la cerca que en su día Babe Ruth cuidaba, vi el anuncio: Manhattan Shirts. Sí, señor, yes, en YES lo vi.


Camisa Manhattan del presidente
Harry Truman (1951)
Fui a la computadora y me enteré enseguida: hubo una compañía que se llamó Manhattan Shirts, camisas Manjata, asere, como se diría en la calle Obispo. Y resulta que Harry Truman tenía una de 1951, como pueden ver en su colección de camisas deportivas, que se parecía a la mía. El hombre que usó los frutos del Proyecto Manhattan usaba también camisas Manhattan. Sería una obsesión de guajiro de Barton County con la isla de los rascacielos. ¿Vendería las Manhattan también en su camisería de Missouri? Quién sabe.  La de Harry, en todo caso, no tenía tigre: era verde que te quiero verde y pare usted de contar. El tigre que le sopló dos bombas atómicas a los tíos de Mishima era vegetariano cuando se trataba del estampado de las camisas.

Bueno, pero el asunto es que la marca de camisas Manhattan, contrariamente a mis peores sospechas, no fue inventada en Marianao. Y es que el maldito Internet cada vez le deja menos espacio a nuestro orgullo invencionero cubiche. No es de extrañar entonces que haya tanto patriota empeñado en darle largas al cable ese que promete dejar entrar tantos datos incómodos en La Habana.

Ahora que lo pienso, en La Habana de los noventa se le decía "bacteria" a cierto tipo de camisas que las tías del Norte traían a los descamisados sobrinos de la Isla. ¿Habrá existido también alguna vez una "Bacteria Shirt"? Ahora mismo comienzo a poner en YouTube, uno por uno, los 536 jontones de Mickey Mantle, a ver si descubro algún anuncio revelador en la cerca del jardín derecho del Yankee Stadium.

*En la zapatería de mi pueblo, a principios de los años ochenta, había un letrero inolvidable, escrito a mano y con betún negro sobre un pedazo de cartón, que rezaba: "Se ponen tacone Holibo". 


Saturday, September 10, 2011

Pablo Milanés: Cada paso se da porque se siente


Pablo Milanés. Concierto en el United Palace, New York, 9 de septiembre de 2011. Foto: Tersites Domilo
Lobby del teatro. Foto: Tersites Domilo 
El United Palace Theater de Broadway y la 175 fue la última de las cinco catedrales del cine construidas por la compañía Loew's en New York entre 1929 y 1930. Ese retablo de los milagros con capacidad para 3,300 espectadores muestra un estilo que el reportero del New York Times David W. Dunlap llamó alguna vez "bizantino-romanesco-hindú-chino-morisco-persa-ecléctico-rococó", pero que
en cubano es más fácil resumir como "rococó de Hialeah".



Foto: Tersites Domilo
Washington Heights, el barrio donde se encuentra, es el recodo de Manhattan donde fueron a dar tantos miles de cubanos en los sesenta, que al barrio comenzaron a llamarlo el Escambray. Los cubiches fueron más tarde desplazados por los dominicanos. Esa conquista quisqueyana de "nuestro" territorio dio como resultado que hoy usted se pueda encontrar allí, en la esquina del teatro, un restaurante que se llama Mambí, pero donde se come asopao, mangú y sancocho en lugar de vaca frita, congrí y tostones.

El United Palace fue convertido en iglesia en los años sesenta y hoy, por uno de esos misterios de la fe, funge como iglesia y teatro de variedades al mismo tiempo.
Y esta noche, a la hora del cañonazo, que era la hora del concierto, el teatro estaba vacío. "Todos los asientos están vendidos, pero los dominicanos no llegan nunca a tiempo", nos explicó una amable pareja que estaba sentada a nuestro lado. Aunque conozco el concepto fluido que los nietos de Máximo Gómez tienen del tiempo, no les creí. Sin embargo, a las 9:35 el teatro estaba repleto. Fue entonces que salió Pablo, con paso tímido, hasta sentarse en una silla en medio del escenario.

En las dos horas siguientes, Pablo Milanés demostró —o nos recordó—, una vez más, varias cosas que todos deberíamos saber y recordar: que él ha compuesto un par de docenas de las mejores canciones jamás escritas por un cubano, que no hay ninguna manera de exagerar la belleza de esa voz que le tocó en suerte, y que su talento de showman le bastaría para embrujar a cualquier multitud incluso si fuera incapaz de componer y cantar.


 
A Pablo los años le han arruinado las piernas, pero le han perdonado la voz y el alma, al contrario de lo que le pasa a tanta gente. Sólo en un par de canciones de la primera mitad, como en "Soledad", la voz pareció traicionar a su dueño por momentos. Pero una vez que entró en "los clásicos" —"El tiempo, el implacable, el que pasó", "Yolanda", "Para vivir", "El breve espacio en que no estás"— su voz resonó como si el tiempo no fuera para nada "impacable". Para el cierre del concierto, cuando cantó "Yo no te pido", Pablo Milanés sonaba como aquel chico con voz de ángel que alguna vez cantó "Hoy la vi" con el Grupo de Experimentación Sonora.

Todo cantor, al final, es un demiurgo menor, un practicante de una magia simple pero difusa, que se recibe sin mérito y se pierde sin culpa. Pablo Milanés, a los sesenta y ocho años, está en plena posesión de su magia. Debería dar gracias por eso, deberíamos todos dar gracias.

Foto: Tersites Domilo



Foto: Tersites Domilo


Foto: Tersites Domilo

Saturday, July 23, 2011

Amy Winehouse: una habitación alquilada en el infierno

Yo siempre supe que Amy Winehouse se iba a morir. Esa frase no quiere decir nada. Todos sabemos que todo el mundo se va a morir. Tú y yo nos vamos a morir, y los demás también. Lo que digo es que, como mucha otra gente, siempre supe —siempre temí— que Amy iba a aparecer muerta un día en su apartamento, joven, "con toda la vida por delante" y toda la muerte alrededor, como acaba de suceder.

Se lo repetía a todo el mundo de vez en cuando, y me lo repetía a mí mismo más a menudo, con la secreta esperanza de que se cumpliera aquello de que la vida nos sorprende siempre, que nunca sucede lo que esperamos o anunciamos. 

Y eso es lo más desolador. Que todo el mundo se sabía de memoria este final, como cuando vamos a ver una de esas películas del Titanic, pero nadie pudo hacer nada por cambiarlo. Porque no hay un negocio más amargo en esta vida que el de tratar de salvar a los otros. 

Uno se consuela culpando a las personas que estaban cerca del muerto, uno se dice que cada una de las historias que los tabloides publicaban sobre ella era una crónica de su muerte anunciada, que debieron pensar que Amy tenía 27 años, y que Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones y Kurt Cobain murieron a esa edad, y que no todo puede ser causalidad en esta vida. Uno se dice que no la cuidaron los que debieron protegerla, que alguien se equivocó bestialmente. Porque lo único que nos patea el alma de verdad es saber que el hecho de que Amy Winehouse muriera hoy en un apartamento de Londres era tan inevitable como nacer con los ojos negros o ser alérgico a los arándanos. Y por eso tenemos que inventarnos todas esas mentiras piadosas, esas culpas ajenas, esas explicaciones consoladoras como la tisana de tilo de mi abuela, que era una poción mágica contra la ansiedad que produce sabernos cobardes.  

Y mucho menos somos capaces de aceptar que en el fondo no tenemos nada que objetar a la muerte de Amy Winehouse; que estamos perfectamente satisfechos con el destino que le tocó a esta inglesita white trash que cantaba como una negra sureña, esta judía drogadicta de Southgate en quien Yahveh decidió poner una bestial sobredosis de talento; una sobredosis capaz de matar a un caballo purasangre, puesta así no más en el cuerpo de una chiquilla de caderas estrechas, tetas de utilería y voz de arcángel nigeriano. Porque al final sabemos que sus ridículas pestañas, su rímel errante, sus tatuajes de marinero borracho, "su neblina y sus anfetaminas", eran el precio que pagaba para poner una detrás de otras aquellas notas y aquellas palabras, para embrujarnos.

Y si Dios, en una de sus bromas, nos hubiese preguntado hace 27 años si preferíamos que naciese en Londres una niña destinada a la feliz mediocridad de una vida anónima o que naciese ese desastre infinitamente hermoso que fue Amy Winehouse, hubiésemos elegido la belleza del desastre... como también lo hubiese elegido ella misma. Pero claro, como Dios no nos preguntó nada, ahora tenemos el derecho de quejarnos, de blasonar nuestra inocencia, de decir —como si no fuera una imbecilidad decirlo— que hubiésemos querido que Amy Winehouse fuera una chica feliz y equilibrada, y que de todos modos cantara así, como alguien que tiene una habitación alquilada en el infierno. 

Friday, July 22, 2011

Así deben ser los arzobispos

Catedral de Santiago de Cuba
Ha muerto monseñor Pedro Claro Meurice Estiú, arzobispo emérito de Santiago de Cuba. Meurice era un guajiro hosco, por timidez más que por orgullo, y un hombre que parecía sentirse siempre incómodo cuando estaba en público. Se dice que esa timidez guajira le impidió ser arzobispo de La Habana y cardenal, cosas que un día parecieron estar claramente escritas en su futuro. Me permito adelantar otra teoría.

Meurice fue nombrado obispo por Pablo VI el 1 de julio de 1967. Al ser ordenado era el obispo más joven del mundo: tenía 35 años. Y era el hombre que Pérez Serantes quiso como sucesor en Santiago.


Quien quiera entender la historia de la Iglesia en Cuba en los últimos 50 años debería concentrarse en los casi tres años que median entre el 28 de enero de 1979 y el 20 de noviembre de 1981. Y Pedro Meurice fue la pieza clave que se decidió el derrotero tras esos treinta meses.


El 28 de enero de 1979, en Puebla de los Ángeles, México, Juan Pablo II pronuncia el discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Allí dijo una frase que repetiría luego muchas veces durante su pontificado: "No me cansaré yo mismo de repetir, en cumplimiento de mi deber de evangelizador, a la humanidad entera: ¡No temáis!" Su discurso puso claramente las cartas sobre la mesa: el Papa consideraba la teología de la liberación como una moda peligrosa y falaz, más que como una legítima tendencia teológica. (El que crea que exagero, puede leer el discurso aquí.)


Para monseñor Francisco Oves, arzobispo de La Habana, el discurso del Papa fue una sentencia. Él había llegado a Puebla a proponer un entendimiento con el marxismo. El obispo cubano partía de la tesis de que el comunismo era indestructible y, por tanto, se debía aprender a convivir con él. El Obispo polaco de Roma partía de la tesis contraria: el comunismo podía —y debía— ser destruido.


La historia le dio la razón al polaco. Oves, tras su debacle mexicana, pasaría varios años en las frías bibliotecas vaticanas para después ir a carenar a una parroquia de El Paso, Texas, donde predicó a los inmigrantes mexicanos y comenzó a escribir una historia de la Iglesia en Cuba que nadie sabe cuán adelantada estaba ni adónde fue a parar tras su muerte el 4 de diciembre, fiesta de Santa Bárbara, de 1990, con sólo 62 años de edad.


Tras muchos meses de ausencia de monseñor Oves, el 20 de febrero de 1980, como un curioso regalo de cumpleaños, monseñor Meurice fue nombrado administrador apostólico de La Habana. Cuarenta y cinco días después, el 4 de abril de 1980, comenzó la crisis de la Embajada del Perú en La Habana, seguida por el éxodo del Mariel y la ola de pogromos organizada por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista de Cuba con el fin de aterrorizar a los cientos de miles de ciudadanos que deseaban escapar del "paraíso" socialista.

Meurice fue a ver a José Felipe Carneado, aquel estalinista de pura cepa encargado de los "asuntos religiosos" en el Comité Central del Partido. Meurice le dijo que era inaceptable que el gobierno cubano se comportara como una banda de delincuentes; que aterrorizar, patear y linchar a ciudadanos en plena calle por el simple deseo de abandonar el país era inaceptable. Carneado le repitió la versión oficial del gobierno: que ninguno de aquellos horrores estaba sucediendo realmente. La desfachatez con que mentía el viejo estalinista hizo explotar al obispo. Meurice, dando un puñetazo en el buró, le gritó: "Coño, tú sabes que es verdad todo lo que te estoy diciendo". S
i es cierto ese cuento que escuché hace tiempo, mi teoría es que ese puñetazo y ese coñazo le costaron a Meurice el arzobispado de La Habana.

El 1 de enero de 1981 yo tenía 16 años, pero aún recuerdo la homilía de Meurice esa noche en la Catedral de La Habana. Después de rememorar el horror del año que acababa de concluir, se refirió al deseo confeso del gobierno de expulsar del país a todo aquel no se plegara a sus planes. Dijo algo así como que "no se hagan ilusiones, nosotros hemos estado quinientos años en Cuba, y dentro de quinientos años seguiremos aquí". Las homilías de Meurice en aquella época duraban una hora, y uno podía oír una mosca volando en la Catedral. Y nada de lo que decía podía agradar a los mandantes. 

Quizás fue por eso que unos meses después, Meurice volvió a su arquidiócesis de Santiago. Finalmente, monseñor Jaime Ortega fue nombrado arzobispo de La Habana el 20 de noviembre de 1981.

Hoy todos los medios de prensa han recordado las palabras de Meurice ante el papa Juan Pablo II en Santiago de Cuba el 24 de enero de 1998:

"Le presento además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología"
Los comunistas suelen ser rencorosos. A Meurice nunca le perdonaron ese discurso, la gallardía y la verdad de ese discurso. Los que estuvieron cerca de él en sus últimos años como arzobispo de Santiago saben bien lo tuvo que soportar por haber dicho públicamente aquellas palabras. 

Para terminar, les cuento una anécdota. Baste decir que quien me la contó tiene por qué saberla y es persona confiable. Poco después de la visita de Juan Pablo II a Cuba, los obispos cubanos acudieron a Roma para la habitual vista ad limina
que hacen al papa los obispos cada cinco años. Juan Pablo II fue saludando a los cubanos uno a uno. Al llegar ante Meurice, le tomó las manos, se sonrió y se quedó mirándolo con aquellos implacables ojos polacos. "Pedro Meurice" —le dijo, y se quedó un momento en silencio, apretándole las manos—. "¡Así deben ser los arzobispos!"

Descanse en paz, Pedro Meurice.

Saturday, July 2, 2011

Los culpables

Hace un par de meses Alexis Romay me regaló su libro de sonetos Los culpables, publicado el año pasado en España. Al principio no supe qué hacer con el libro. Lo guardé en casa unas semanas sin tocarlo. Y es que a estas alturas uno no sabe qué hacer con un libro de sonetos. Finalmente se me ocurrió que podía leerlo.

Los culpables es un tour de force. Son cuarenta y un sonetos escritos al hilo, de una sentada. Y todos, excepto uno, con la misma rima: ABBA CDDC EFG EFG. (La excepción es el poema "Retrato hiperrealista de una isla", en el que la rima de las dos cuartetas iniciales es ABAB CDCD.)

La cubierta es una obra del artista José A. Vincench que parece un retrato pixelado de José Martí. Se trata quizás de una pista falsa. El libro está escrito a la sombra de Borges, aunque el tema sea Cuba, o cierta versión del destino cubano.

Por supuesto, Romay alude a diversos poetas en sus sonetos: Martí ("Su verso vuelve a ser un ciervo herido:/cultiva hiel, arena, ortiga, cardo" y luego, 
"el verso es ciervo, ciervo malherido"), Benedetti ("Esquina con primavera rota"), Eliseo Diego ("cuando la luz corrompe los portales"), Figueredo ("del clarín, escuchamos las cadenas"), Jorge Manrique ("Los ríos dan al mar, como los hombres") o Silvio Rodríguez ("de lo posible ya se ha dicho todo").  

Pero Borges transita cada página con su bastón dubitativo. Romay visita sus temas con frecuencia: la memoria, el tiempo cíclico, la noción de que somos soñados por un dios o un demonio subalterno, la predestinación y el azar... Y no sólo los temas, también el tono, la mirada "filosófica" (en el sentido de indiferente o resignada) sobre esas constataciones, es evidente en muchos de los textos. 

Esa presencia borgiana va acompañada de la constante evocación de Cuba o, más exactamente, del último medio siglo de la historia cubana, y del exilio —los dones y rigores que supone la condición de exiliado. Romay tiene la gentileza de aproximarse a esos temas con más deseos de sugerir que de instruir, y se agradece. En un libro que podría usarse como prueba de la obsesión del autor por esa isla del Caribe, el nombre de Cuba no se menciona hasta el último verso del último poema.

(Al margen: En el poema "De los absolutos", Romay hace rimar, sugerentemente, "traidores" con "poderes". Más allá de ese detalle, el único reclamo de preceptiva que se le podría hacer es la acentuación antirrítmica de algunos versos.) 

Las páginas de Los culpables regalan al lector numerosos versos felices, observaciones agudas, evocaciones sentidas, excelentes sonetos. Es muy extraño que alguien escriba un libro de sonetos a estas alturas. No debería ser extraño que fuéramos capaces de disfrutarlo. Alexis Romay ha hecho su parte. Y la ha hecho bien. Aquí les va una muestra (escrita a la luz de la "inconstante luna" de Julieta y Shakespeare):

De la noche

Las raudas nubes pasan y la noche
que es eterna y de todos se detiene.
La noche es un caudal que solo tiene
la inmensidad, el vértigo y un broche.

Abstracta como el aire o los sentidos,
febril como un poeta desterrado,
impávida, la noche ha regresado
a su ciclo de ciclos repetidos.

Es una y muchas noches la inconstante
noche enferma de insomnio y de locura,
con su aroma falaz e irrepetible.

Es una y otras tantas la menguante
luna que surca el cielo y que perdura
en el tiempo, que es todo lo posible.       

Wednesday, June 29, 2011

Un extraño harakiri

Esta mañana salí del metro y caminé tres cuadras por la Tercera Avenida camino a mi oficina. Manhattan tenía hoy ese aire virginal, filtrado y puro, esa luz inmaculada que uno casi puede oler al inicio de la película "Breakfast at Tiffany's" cuando Holly Golightly regresa en la mañana a casa tras una noche de viajecitos al powder room con billetes de $50 como viático.
 

Pero en mi Manhattan de las nueve de la mañana uno no se encuentra a Holly
 regresando de la fiesta sino a muchos hijos de vecinos que van a morir ocho horas frente a una computadora para seguir viviendo... igual que este amanuense. Bajo esa luz hollywoodense y el cielo sin nubes, la gente se apresuraba, con el bagel y el café en la mano, para llegar al sitio donde sudan —donde teclean— su salobre salario.

Al llegar a la esquina de la Tercera Avenida y la calle 49, me llamó la atención una señora asiática, probablemente japonesa, de mediana edad. Llevaba una pamela enorme de pajilla y lazo blanco, una vaporosa falda blanca de verano por debajo de la rodilla, una blusa floreada por Renoir y una gafas de sol que hubiesen podido ser muy bien las de la Srta. 
Golightly.

De pronto, se apartó del río de transeúntes y depositó su cartera en el suelo, junto a la primera columna del 
único edificio de esa manzana. A continuación se levantó lentamente su elegante falda blanca hasta revelar unas bragas de flores que hubiesen podido hacer juego con su blusa. Con la sincronización de un samurai que se dispone a ejecutar el seppuku, se agachó mientras se bajaba las bragas. Quedó en cuclillas: al instante una dorada lluvia asiática comenzó a formar a sus pies un lago amarillo, un remanso de paz líquida, tibia y maloliente en medio de la premura mañanera de los oficinistas.

Los involuntarios espectadores de este harakiri del pudor simulamos no haber visto nada. Pensé que el acto era tan sorprendente, si no tan trágico, como el harakiri físico, real, de Yukio Mishima. Me pregunté si la dama de los rubios efluvios habría compuesto un
jisei esa mañana como preparación para la micción ritual. Acaso a ella tampoco la había querido escuchar nadie, como al pobre Mishima. Nuestra reacción natural ante el excéntrico —sobre todo en una ciudad de locos como ésta— es ignorarlo.
 

Pero era imposible obviar lo sucedido: acababa de ver a una elegante señora mear en medio de la Tercera Avenida en una mañana radiante de Midtown. Carlos Enríquez comienza su novela Tilín García con aquella escena del guajiro que se siente secretamente conmovido por las flores del campo, por el aroma arrollador de las flores silvestres, y se saca allí mismo su hombría elemental y mea sobre los pétalos cubiertos de rocío. Quizás fue eso, quizás fue la belleza febrilmente civilizada de esta mañana en New York lo que llevó a esa hija de Mishima a hacerse el harakiri del decoro en una transitada acera de Manhattan.

Monday, June 13, 2011

Mi verdadero exilio

Expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal.
Masaccio. Fresco. Capilla Brancacci de la iglesia
de Santa María del Carmine de Florencia, Italia
"Tu verdadero exilio comenzará cuando te mudes a New York, cubiche", me dijo una amiga en Miami en el verano de 1994. Nunca nadie estuvo más equivocado. Viví un año en la Ciudad del Sol como si estuviera en la película Groundhog Day, de Bill Murray y Andie MacDowell, que se había estrenado unos meses antes. Porque mientras viví en Miami era como si cada día tuviera que repetir, de punta a cabo, el día en que llegué de Cuba. Uno vive allí anclado para siempre en ese Leteo tropical que es el ancho Estrecho de la Florida.

En cuanto puse un pie en New York me di cuenta de que el tiempo comenzaba de nuevo a fluir, como el río de Heráclito, y que ya no era jueves cada día —como me sucedía en Miami—, sino que la vida había recuperado ese carácter lineal que antes tuvo siempre, y que se me descompuso una tarde de otoño de 1992 en el aeropuerto de Miami. El asunto, contrariamente a las predicciones de mi amiga, se volvió mucho más llevadero, por no decir amable. Lo menos que yo me imaginaba entonces era que mi verdadero exilio comenzaría el 13 (tenía que ser trece) de junio de 2010, es decir, hoy mismo.

Hay americanos que dicen que la civilización occidental se reduce a la Isla de Manhattan. Por supuesto que esa es una idea arrogante y superficial. Hay muchas regiones de la Isla que tienen un ineludible aire provinciano. Tras un prolijo estudio que me ha tomado los últimos dieciséis años de mi vida, puedo afirmar con certeza que esa imagen que se produce en el cerebro cuando uno dice "Occidente" con mayúscula corresponde en realidad a un cuadrilátero irregular cuyos límites son los siguientes: Columbus Circus al noroeste, el Seagram Building al noreste, Bryant Park al suroeste, y el Chrysler Building al sureste. En cuanto uno pone un pie fuera de ese perímetro, puede notar una precipitada deriva a la barbarie provinciana.

Durante doce los últimos dieciséis años he producido mi plusvalía en dos edificios que se hayan al centro de ese espacio que llamo, en propiedad, Occidente. Son los dos rascacielos "nuevos" (1970) del Rockefeller Center. A algún iluminado —deseoso de ahorrarse cuatro o cinco milloncejos al años— se le ocurrió la idea de mudar la empresa para la que trabajo desde ese sitio amable a los arrabales de la Tercera Avenida y la calle 49, a cinco cuadras de la sede actual. Cinco cuadras. Cinco cuadras que son cinco mil millas. ¿Qué diferencia hay entre la Tercera Avenida y Siberia? Nimiedades serán, si es que pueden hallarse. Y allá voy en unas horas.

Se acabaron las escapadas al MoMA a la hora de almuerzo, las visitas al rink y al árbol de Navidad del Rockefeller Center, las andanzas por Times Square, el trío del placer de la calle 49: el ramen especial del restaurante Sapporo, los espaguetis con crema de salmón de Pasta Lovers (que ya no están el menú, pero que te preparan si los pides), y el tandoori del Bombay Masala ("el restaurante indio más antiguo de EE.UU.", dicen los dueños). Un poco más al oeste, digamos también adiós la mousaka y el pulpo de Uncle Nick's, y a las innumerables delicias de los otros cuarenta restaurantes baratos de cuarenta países diferentes que hay en la Novena Avenida. 

El exilio no es la salida del país propio para ir a otro ajeno, como dicen los diccionarios. Ese viaje, más que exilio, es casi siempre un alivio. El exilio, el verdadero exilio, supone siempre viajes más cortos. El exilio más radical es cuando uno se va a dormir a la habitación de al lado en la propia casa. El que le sigue en intensidad es mudarse a tres cuadras de distancia, desde Occidente hasta un páramo de la Tercera Avenida, para no estar más en Rockefeller Center. Es un desastre que acaba de ocurrirme. Hoy, finalmente, soy un desterrado. 

Tuesday, May 31, 2011

Fotos de un desfile (01)

Foto: Tersites Domilo, 2011
Uno se levanta y es el Día de Recordación, y vuelve a añorar el Alzheimer. ¿Cuándo celebraremos el Día del Olvido? Después de todo, quizás no es tan perversa esa costumbre americana de diluir a los héroes en los "Memorial Weekend Specials" que anunciaban las tiendas esta semana. 

El más pequeño de los hijos va a desfilar con su equipo de pelota, de modo que nos levantamos todos y vamos al desfile. Haber nacido en cierta isla y en cierta década lo hace a uno estar vacunado contra todos los desfiles. (Uno recuerda a Milan Kundera hablando de la repugnante alegría del ser en el desfile del Primero de Mayo.) Pero el benjamín de la familia no puede hacer quedar mal a su equipo. De modo que allá vamos, y cargo con la cámara.


De pronto, pasa esta muchacha minusválida. 
El señor que empuja su carrito, un catequista a quien saludo cada domingo, me ignora: sólo la mira a ella con arrobo. Pero ella me mira a mí en el momento mismo en que voy a hacer la foto y me saluda agitando su bandera americana. Avergonzado, aprieto el obsturador. 

Recuerdo de pronto a otra chica minusválida en otro desfile el mes pasado, allá en La Habana. Otro detalle que proclama —cuando quisiera también olvidarlo— que todos los desfiles son el mismo, el único desfile de los entusiastas.


Foto: Tersites Domilo, 2011
Pasa después el líder de una tropa de Boy Scouts. Lo veo a través de la lente y temo que en cualquier instante levante la mano y comience a gritar "Sieg Heil!, Sieg Heil!" Pero el señor pasa en silencio al frente de su tropa sin dar chillidos germanos de salve a la victoria.

Uno se pregunta, sin embargo, quién sería él en otra década, en una ciudad de Alemania, por ejemplo. Quien ha vivido ciertos experimentos se pregunta cómo se comportaría cada quien si le pideran que pateara al que se sienta a su lado en la escuela, si le ordenaran espiar a los vecinos o delatar a los amigos como un deber patriótico. 

Y sin embargo, este señor no ha hecho nada que debiera ofenderme, y nadie debería reprocharle ser rubio, tener treinta libras de más, llevar el pelo muy, muy corto, o desfilar con un uniforme que recuerda al de los camisas pardas. Dos o tres coincidencias no deberían inquietar a nadie.

Foto: Tersites Domilo, 2011

Después pasa la banda, en filas y marchando. Tocan una música vagamente marcial, como si estuvieran invitando a alguien a irse a la guerra. Porque es eso: cada muestra de gratitud por quien murió oliendo pólvora y lodo es una invitación, una validación de lo que hicieron. Y ante ese homenaje, podría parecer una señal de ingratitud buscar matices, pensar dos veces, preguntarse. 

Thursday, May 26, 2011

Las cuentas claras

Sin título, 1989. Óleo sobre cartulina. Jorge Báez

Hoy hace un año que puse un contador de visitas en este blog. Indica unas 14 600 visitas, es decir, exactamente 40 por día. Ese es un número engañoso: si descontamos las veces que entré yo antes de saber cómo excluir mis visitas de la cuenta, la cifra sería quizás 30 visitas al día, o menos.

Ahora bien, hay que tomar en cuenta que uno de mis post llevaba por título "Las bellas tetas de Marina Abramovic". Ese post es uno de los que más visitas recibe. Al principio pensé que se trataba de un alza súbita en la popularidad del arte conceptual o el efecto de mi 'agudeza' como crítico de arte. Después descubrí que las palabras de búsqueda que llevaban a tanta gente al post eran "bellas tetas". Me disculpo con esas personas. Debe ser una lata estar buscando pornografía en Internet y caer en el blog de un tipo que no tiene nada mejor que hacer que hablar de arte conceptual. De veras lo siento.

Si descontamos pues, las bellas tetas de Marina —por duro que sea—, llegaríamos a la conclusión de que no son 40, ni 30, las visitas, sino más bien diez o doce. Si descontamos a mi familia inmediata, quedarían —creo yo— unas seis personas que entran "voluntariamente" cada día. (Ustedes saben quiénes son.) Esa cantidad me parece exorbitante. Si le dijera a mi madre que diariamente entran seis personas a mi blog se moriría de la risa y diría: "Mira que hay gente extraña en este mundo."

He leído muchos consejos sobre cómo escribir un blog. Yo he seguido uno, casi sin darme cuenta: escribir de lo que me dé la gana, cuando tengo tiempo y ganas. Bueno, y he tratado de que las oraciones estén bien escritas. A varias personas, creo que son seis, eso les ha bastado. Les digo aquello que decían los horribles restaurantes estatales de nuestra juventud: "Gracias por su visita. La Admón".

Sunday, May 22, 2011

¡Viva cubalibre!

Uno se levanta y es 20 de mayo y se acuerda de la República. Carajo, cómo se demora el maldito Alzheimer, dice uno desolado para sus adentros. 

Uno tiene un dolor más o menos inaguantable en la parte izquierda de la cara, regalo de su dentista cubano y hebreo angloparlante, pero uno, de todas formas, piensa en la República. Es 20 de mayo, cubano, hay que pensar en la República. Y entonces uno ve a Máximo Gómez dándole la mano a todo el mundo hasta que se cansa y da la espalda y se muere. Hemos llegado, dice el dominicano, y uno piensa qué le habrán echado en el mangú esa mañana o qué sabría de partidas o llegadas ese señor de malas pulgas. Porque es de suponer que sólo sabría de campamentos después de tantos años, y uno se acuerda de Martí, claro, general, un pueblo no se funda... ¿Y quién le habrá dicho al abogado cómo se fundaba nada?


Uno piensa en las dos intervenciones, en Estrada Palma que iba a Palacio montado en su tranvía, con su bigote almidonado y la perversión gringa y protestante del ahorro, y en Menocal, que según decía su biznieto aceptó de mala gana dar la "brava" para que no volvieran los americanos, muchacho, tú no te imaginas, y en el Chino Zayas escribiendo poemitas modernistas y estatuas de mármol, y en Machado, repartiendo palillos de dientes a los horrorizados comensales tras una cena en un restaurante de lujo en el New York de 1918. 


Y uno ve luego a Tony Guiteras con la rayita al medio disparando y a Capablanca templando rusas frívolas (pero no frías, es de imaginar). Y uno ve a Lorca entrando en casa de Dulce María, que anda la pobre —la rica—, como siempre, sin brassiere, y que, por supuesto, no logra interesar a Lorca en esos senos saltarines, gacelas son tus senos en la llanura de Galaad, verde que te quiero verde. Uno va y se toma un Motrin de 600 miligramos, se pone hielo en la quijada izquierda, se prepara un cubalibre patriótico con el hielo que sobra, ¡viva cubalibre!, y piensa en el Diario de la Marina, ¡fusilen a los estudiantes, joder!, Sones para turistas, mulato, las guayaberas de hilo, los espejuelos calobares, el centenario... y empieza uno a ver fuegos artificiales sobre el traje blanco del drill cien de Fulgencio el Taquígrafo. 

Uno se acuerda de la firma de su abuelo en una página de los "Cincuenta años de poesía cubana" que Cintio escogió antes del sarampión. Uno rememora a Hemingway borracho al final del mostrador de El Floridita, el Premio Nobel en El Cobre y el besito a la bandera en el aeropuerto, que no lo repito, que es muy sincero, y entonces Batista se toma el vaso de agua en la foto de Bohemia, porque esa carrerita hasta la posta de Columbia da una sed tremenda, inaplazable, éste es el hombre, decían los comunistas del 40, y el hombre se toma el agua toda como si fuera una isla diminuta, y el Benny se fuma su marihuana y llega tarde a todo como Marilyn... y canta Santa Isabel de las Lajas, y esa es toda la suerte que nos queda, cubano, invítame a un trago, me decía Argilio que el Benny le dijo en El Martillo de Bejucal en 1961... cuando ya la marihuana estaba a punto de acabarse —de acabarlo— como se había acabado la República.

Uno piensa que ya es hora de tomarse otro Motrin de 600 miligramos y piensa entonces en el Capitolio saqueado por la muchachada auténtica en 1933, vendiendo los libros de la biblioteca capitolina para comprar tragos, putas y marihuana. Y uno se acuerda de que el Capitolio está lleno de animales disecados. Y uno se pregunta si habrán disecado también a la República y la tendrán allí, con los ojos de vidrio y el culo apolillado, esperando tiempos mejores. Es hora de preparse un tercer cubalibre.