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Friday, December 2, 2011

Nuestro hombre en Jartum

(Este post es la continuación del artículo "Los países amigos".)

El 4 de marzo de 2009 la Corte Penal Internacional, con sede en La Haya, Holanda, emitió una orden de arresto contra Omar al-Bashir, el jefe de Estado (y hace unos años, además, Primer Ministro, ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas) de Sudán.

Omar al-Bashir se hizo de la presidencia de Sudán mediante un golpe de estado en 1989. En sus más de veinte años de gobierno, Al-Bashir instauró una variante sudanesa del apartheid en la que los árabes musulmanes juegan el papel de los afrikanders mientras que a los africanos cristianos y animistas les toca el papel de la población negra sudafricana. (Sobre este tema, pueden leer el artículo "The slow, violent death of apartheid in Sudan", del comentarista ugandés Vukoni Lupa Lasaga.)

Por otra parte, desde hace años, Al-Bashir ha usado las bandas paramilitares llamadas yanyauid (también se usan las grafías janjaweed y janjawid) para reprimir a los rebeldes de la región de Darfur. Los yanyauid usan el genocidio, la mutilación y la violación en grupo como "métodos de combate". Se considera que hasta el momento han muerto entre 300,000 y 400,000 personas en el conflicto de Darfur.

(A quien desee recordar la longevidad y el sadismo de las "tácticas" yanyauid en Darfur, le recomiendo que lea este artículo de Nicholas Kristof en The New York Times hace casi ocho años. Y quien desee comprobar que el horror en Sudán continúa reeditándose a diario, puede leer este otro artículo del mismo Nicholas Kistof de hace solo una semana.)

Al emitir la orden de arresto contra Al-Bashir, la Corte Penal Internacional lo acusó formalmente de crímenes contra la humanidad (asesinato, exterminio, desplazamiento forzado, tortura y violación), así como crímenes de guerra. Fue la primera vez que el Tribunal de La Haya emitía una orden de arresto contra un jefe de estado en funciones. Es de imaginar que el buen señor considera como acciones heroicas lo que la Corte de la Haya califica de crímenes de lesa humanidad, prueba de ello es que, en el momento en que dio el golpe de estado era solo coronel, mientras que ahora es ya mariscal de campo. Y ese no ha sido el único beneficio personal que le ha deparado la presidencia: algunos de los cables hechos públicos por WikiLeaks hace varios meses indicaban que Al-Bashir ha acumulado una fortuna personal de 9 000 millones de dólares durante sus años de gobierno, y que la mayor parte de ese dinero está depositado en bancos ingleses.

Al-Bashir se ha convertido en un paria internacional. Apenas se atreve a viajar fuera de Sudán por miedo que le pase lo mismo que a Pinochet en su visita al médico en Londres. Hoy en día, Al-Bashir no tiene muchos aliados. Sin embargo, sus amigos "son pocos, pero son", como decía Vallejo de los golpes de la vida. EPor ejemplo, en el sitio web de la embajada cubana en El Cairo (donde reside el embajador cubano ante Sudán) se puede leer un comunicado de prensa del 19 de mayo de 2009 que dice, entre otras cosas, estas:
Al-Bashir agradece permanente solidaridad de Cuba con Sudán 
Jartum, 19 may (PL) - El presidente de Sudán, Omar Hassan Al-Bashir, agradeció a Cuba la permanente solidaridad demostrada en la arena internacional, y trasmitió saludos cordiales a su homólogo, Raúl Castro, y al líder de la Revolución, Fidel Castro. [...] Fuentes diplomáticas cubanas precisaron a Prensa Latina que el jefe de estado sudanés se interesó por la salud del ex mandatario Fidel Castro y tuvo expresiones de gratitud por la postura asumida históricamente favorable al gobierno de Jartum. [...] Cuba defiende el respeto a la soberanía de Sudán y criticó la orden de arresto emitida por el tribunal con sede en La Haya contra el jefe de estado sudanés para procesarlo por crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad supuestamente cometidos en Darfur desde 2003.

En La Habana no sólo rechazaron las acusaciones contra Al-Bashir, sino que parecían ignorar el hecho mismo de que en Darfur hubiesen muerto cientos de miles de personas, a pesar de que es una tragedia que se ha sido por años tema de primera plana en todos los medios de prensa del mundo. Si se buscan en el periódico Granma artículos sobre los horrores en Darfur, no se halla ninguno hasta marzo de este mismo año, en que publicaron una nota con el inocente título de Combates causan 17 muertos en occidente sudanés. Después de ocho años de silencio sobre el tema, no es hasta el penúltimo párrafo que sueltan (escuetamente) la prenda: "De acuerdo con estadísticas de organizaciones internacionales, en ocho años el conflicto causó más de 300 mil muertos y dos millones y medio de desplazados".

El caso no es único. Tampoco hallará el lector artículos sobre la hambruna en Corea de Norte, ni sobre los asesinatos de opositores en Zimbabwe, ni los informes de las Naciones Unidas sobre los 3,500 muertos y los más de 250 niños asesinados por el ejército en Siria en los últimos meses. 

Hace unos años, en The New York Times apareció un curioso artículo (lo pueden leer aquí) sobre ciertas regiones de África donde van a parar las camisetas y gorras de los 'campeones que nunca fueron'. Como se sabe, antes de los partidos finales de las ligas profesionales norteamericanas, se fabrican camisetas y gorras para el caso de que cada contendiente gane la corona. Los artículos con el nombre y el logotipo del perdedor junto a la palabra "Champion" son invendibles, por supuesto, de modo que los equipos los donan a organizaciones caritativas que a su vez los llevan a los necesitados africanos. Hay pueblos en África donde los Yankees fueron los campeones de la Serie Mundial de 2001, en lugar de Arizona; y donde los Boston Red Sox siguen bajo la maldición del Bambino; hay sitios donde Michael Jordan nunca ganó un título de la NBA: para demostrarlo, ellos le pueden enseñar las seis camisetas que proclaman campeones a sus rivales en cada una de esas finales.

Los medios de comunicación cubanos a veces recuerdan esas aldeas de África: en los medios de la Isla, Corea del Norte no es un país enloquecido donde la constitución establece que el "presidente eterno" es la momia de un señor que se murió hace 16 años, y donde cientos de miles de personas han muerto de hambre en la última década, sino un próspero país socialista dirigido por un líder genial. En el Granma, Al-Bashir y Al-Assad no son dos dictadores que han asesinado a miles de sus compatriotas y han saqueado el patrimonio de ambas naciones, sino dos celosos guardianes de la soberanía nacional. Y no se trata sólo de una desfortunada mezcla del periodismo con la literatura fantástica: a ratos la política exterior cubana también parece regirse por las fantasías de ese universo paralelo que describe el Granma, y no por las realidades del mundo en que vivimos la mayor parte de los mortales. 

¿Por qué no encuentra uno análisis sobre "los cambios de Raúl" (los que hubiese) en lo referente a la política exterior cubana? ¿Acaso el tema no interesará a ningún cubanólogo? ¿Qué nos dicen las votaciones del gobierno cubano en los organismos internacionales sobre el futuro del país? De eso tratará el próximo post.

Thursday, December 1, 2011

El hombre más fuerte del mundo

Tres días después de Svetlana Alilúyeva, la hija traidora del padrecito Stalin, moría en Munich este 25 de noviembre una leyenda soviética: Vasily Alekséyev. (Ya lo sé: últimamente, este blog parece la página de notas necrológicas de un periódico municipal boliviano.)

En septiembre de 1973 se celebró en La Habana el XLVII Campeonato Mundial de Halterofilia. La estrella del campeonato, por supuesto, fue Vasily Alekséyev, campeón mundial y olímpico de levantamiento de pesas en la división superpesada. Alekséyev era un gordo ruso —parecía más gordo que ruso, por eso pongo el adjetivo delante del gentilicio— con pinta de bodeguero de Samarkanda o mafioso de alguna república del Cáucaso. Usaba unas patillas setenteras que ahora dan ganas de llorar, y afirmaba haber inventado un método de entrenamiento novedoso y revolucionario —por supuesto— que lo hacía invencible. Es de imaginar que, además de sus secretas tácticas hercúleas, la clave de su éxito radicara en el hecho probable de que los médicos brezhnevianos lo tuvieran más dopado que a la mona Chita, como era habitual en la época.

Más allá de eso, Alekséyev era un ciudadano modelo. Sobre su pecho paquidérmico podía lucir la Orden Lenin, la Orden de la Bandera Roja del Trabajo y muchas otras de menor cuantía. La revista Sports Illustrated lo puso en una de sus portadas con el título que lo acompañó por casi diez años: El hombre más fuerte del mundo. Y en una entrevista afirmó que los demás pesistas se ponían nerviosos por la presión de la competencia, pero que él no tenía problemas de nervios, porque era un hombre soviético. Debió ser enternecedor escucharlo.      


Cuando Alexéyev fue al Campeonato Mundial de La Habana, en 1973, yo tenía nueve años y no era un hombre soviético, ni fuerte, ni ciudadano modelo. Era un gusanito al que en la escuela, además de las materias habituales, los maestros lo estaban enseñado a vivir como una rata que huele más trampas que queso. Era uno de los inconvenientes de tener unos padres sin afición a educar ciudadanos soviéticos. A pesar de nuestras abismales diferencias (entre Alexéyev y yo, quiero decir, pues yo no era muy diferente de mis padres) recuerdo haber pasado una noche con los ojos más pegados al televisor que la hoz al martillo, para ver al hombre más fuerte del mundo alzar del suelo de la Ciudad Deportiva 225 kg en envión. No estuvo en su mejor noche, pero aún así ganó la medalla de oro, quedó campeón del mundo, y yo quedé satisfecho con el espectáculo. 

El final deportivo de Alexéyev llegaría siete años después y no fue nada glorioso. Terminó en las Olimpiadas de Moscú  entre el abucheo del público que lo adoró por tantos años. Fue incapaz de alzar el primer peso requerido y se quedó sin medalla. 

En esos mismos días, exactamente el 25 de julio de 1980, moriría en Moscú un camarada que no era, de ninguna manera, un ciudadano soviético ejemplar. El alcohol y las drogas habían terminado finalmente, a los 42 años de edad, con Vladimir Vysotsky, un actor, cantante y compositor que decía siempre cosas inoportunas y bebía vodka como si no estuviera racionado o no hubiese que construir el comunismo. A los dirigentes soviéticos les pareció antipatriótica aquella ocurrencia de Vysotsky de morirse en medio de los Juegos Olímpicos, por lo que tomaron la sabia decisión de no difundir la noticia. De todas formas, miles de moscovitas se aparecieron en el Teatro Taganka donde se hizo el velorio (y donde diez días antes Vysotsky había hecho el papel de Hamlet, sin saber que poco después "not to be" sería su única opción en esta vida, digo, en esta muerte.) 

Así terminaron las Olimpiadas de Moscú, con el ciudadano soviético modelo muerto en vida, y el borracho antisoviético vivo en la gloria de su muerte. El inolvidable Leonid Brezhnev, aquel señor de cejas anchas y mente estrecha que tuvo la idea brillante de invadir Afganistán como preparación para Juegos de Moscú, debió haber quedado muy contrariado con el final de su fiesta.


Vasily Alexéyev terminó sus días esta semana, 
a los 69 años de edad, en un hospital de Munich donde los médicos no lograron salvarle ese corazón que aguantó sin chistar la carga de miles de kilogramos de acero soviético y la medallita de latón de la Orden Lenin. Descansen en paz los dos (quiero decir, Vysotsky y Alexéyev, porque la paz eterna de Lenin es un asunto en el que yo no me metería ni aunque me prometieran la Orden de la Bandera Roja del Trabajo por dilucidarlo.)
(En este clip, Vysotsky canta su canción "A los poetas". La canción tiene subtítulos en inglés que se pueden activar en la esquina inferior izquierda del recuadro.)


Tuesday, November 29, 2011

Svetlana, la hija de Stalin

Ha muerto, a los 85 años de edad, Svetlana Aliluyeva, la hija de Stalin. De ella se podría decir que fue la cifra de su siglo. Svetlana contenía multitudes, como Whitman, y reencarnó sucesivamente en varias mujeres diferentes que sólo tenían en común el impulso de escapar a algún sitio lejano. Una rápida lectura de su nota biográfica en Wikipedia le puede dar al lector en cinco minutos una idea del vértigo que fue para ella eso que los demás llamamos vida, de modo que no tiene caso recontarla aquí. Detengámonos pues, en un día de esa vida rondada por el horror.

Svetlana con Lavrenti Beria, y Stalin al fondo
En su libro de memorias Sólo un año, Svetlana relata una tarde de la primavera  de 1961 en que le habló al escritor Andrei Sinyavsky sobre sus deseos suicidas. Sinyavsky le contestó que el suicidio era una usurpación del trabajo de Dios. 

Faltaban unos años para que Sinyavsky, quien ya era un brillante crítico y novelista, se volviera famoso por ser uno de los dos acusados en el "Proceso de Sinyavsky–Daniel", una farsa judicial del más puro estilo soviético —¿o decimos estalinista?— tras la cual Sinyavsky fue condenado a siete años de prisión por las opiniones políticas de uno de los personajes de su novela —
proféticamente titulada— Comienza el juicio. Svetlana también se volvería mundialmente famosa unos años más tarde, cuando decidió no regresar a la URSS tras un viaje a la India, y en su lugar se fue a vivir a los Estados Unidos. Pero en esa tarde de primavera de 1961 eran solo dos amigos que conversaban sobre Dios y el suicidio en un parque de Moscú.

San Jorge y el dragón, ícono del siglo XIV hallado
por  Maria Rozanova, la esposa de Andrei Sinyavsky
En su primera visita al cuarto donde vivían los Sinyavsky, Svetlana quedó fascinada por un ícono de San Jorge, del siglo XIV, que Maria Rozanova, la esposa de Andrei, había encontrado abandonado en un establo, en una aldea del norte de Rusia, y estaba restaurando. A instancias de Sinyavsky, Svetlana comenzó a leer los Salmos. Poco después, le pidió a Sinyavky que la llevara a la iglesia. A sus treinta y cinco años, la hija de Stalin nunca había visto un pope de carne y hueso. Tras leer los salmos, cuenta Svetlana, comenzó a releer a Tolstoy y a Dostoyevski bajo una nueva luz. Conocer al Dios de los Salmos de David le permitió a Svetlana, entre otras cosas, entrar en esa otra Rusia donde era posible saborear las disquisiciones del monje Zósima y Alyosha Karamazov. Un año después recibió el bautismo en la Iglesia Ortodoxa. 

Se cuenta que el 31 de diciembre de 1991, cuando las últimas instituciones de la URSS dejaron de funcionar, había una multitud esperando el nuevo año en la Plaza Roja. Unos minutos antes de las doce, un tipo de rostro adusto y largo sobretodo se acercó a la puerta del Mausoleo de Lenin y se sacó de debajo del abrigo un ícono de la Virgen, lo alzó en alto, mirando hacia la momia del camarada Ulianov, y esperó inmóvil hasta que el carrillón del Kremlin diera las doce campandas. Guardó entonces su ícono y, sin decir una palabra, desapareció en la noche moscovita, la última noche de la Unión Soviética. 

Desde su exilio, Svetlana —que entonces se llamaba Lana Peters, y que alguna vez se llamó Svetlana Iosifovna Stalina— habrá pensado que el pueblo ruso estaba recorriendo entonces el mismo camino que ella inició aquella tarde suicida de la primavera de 1961 en que Andrei Sinyavsky le habló de Dios y de los Salmos y de un antiguo ínoco de San Jorge que su mujer estaba restaurando en casa.

Tuesday, November 8, 2011

Los países amigos

El cuerpo de Muamar el Gadafi pasó cuatro días expuesto sobre un colchón hediondo, en el suelo del frigorífico de un supermercado, después de haber sido atrapado en una cloaca y linchado en plena calle por "el pueblo enardecido".

Es un final repugnante. Es lógico que en La Habana la prensa oficial calificara de asesinato la muerte de Gadafi. Fue, ciertamente, un asesinato. Y horrendo por demás. No importa que el difunto fuera un sociópata que asesinó a miles de sus compatriotas, un cleptómano que se robó miles de millones de dólares y un terrorista que financió y ordenó la voladura de aviones de pasajeros en pleno vuelo: Uno supone que nadie merece una muerte así. 

Claro está, en La Habana nadie se indignó cuando Gadafi ordenó bombardear a su pueblo con aviones de guerra (su novedoso método para combatir las manifestaciones populares contra el régimen), ni nadie parece haber perdido el sueño por los miles de muertos y desaparecidos que dejó tras sí en 42 años de dictadura. ¿Será que la amistad, como el amor, es ciega? 

¿Qué quieren decir en realidad los periódicos habaneros cuando hablan del asesinato de Gadafi? Porque, puestos a ver, esos redactores nunca se referirían al asesinato de Somoza (cualquiera de los dos), ni al intento de asesinar a Pinochet.
Cuando lo periódicos de la Isla dicen "el asesinato de Gadafi", quieren dejar en claro que el muerto era "uno de los nuestros". A los amigos los asesinan: a los enemigos los ajustician.  

En otros
tiempos —allá por los setenta—, sólo a los gobernantes de izquierda se los aceptaba como amigos sin preguntar a cuántos mataban, mientras que Pinochet o Ströessner, por ejemplo, sí eran vistos como los criminales que fueron. Entre los líderes revolucionarios que en algún momento disfrutaron de la condición de amigos en el Vedado se podía hallar un colorido desfile de carniceros mesiánicos: Kim Il Sung, Hafez al-Assad, Pol Pot, Idi Amin Dada, Muamar el Gadafi, Mengistu Haile Mariam, Nicolae Ceaușescu, Robert Mugabe...

Los sobrevivientes de esa especie —como Mugabe— y los hijos que heredaron el poder (y la afición por conservarlo) de sus padres —Kim Jong Il y Bashar al-Assad—, siguen siendo tan amigos como siempre. Pero los tiempos cambian. Los requisitos ideológicos para ser considerado amigo ya no son ni la sombra de lo que un día fueron. Hoy por hoy, la clave de la amistad parece ser la disposición a mantenerse en el poder "a la brava", sin que importe mucho la ideología del mandante en cuestión. Si uno revisa la lista de países ex comunistas o ex soviéticos, por ejemplo, verá rápidamente que los que eligieron tener un estado de derecho, como Polonia y la República Checa, tienen relaciones tensas con el gobierno cubano, mientras que los que siguieron la vía del autoritarismo, como la Ucrania de Kuchma y Yanukóvich, el Kazajstán de Nursultán Nazarbáyev y la Belarús de Lukashenko, disfrutan de buenas relaciones con la isla. (Ni siquiera importa ya que Nursultán haya sido uno de los protagonistas de la desintegración de la URSS.)

Esa superación de los prejuicios ideológicos en política externa parece haberse iniciado con China. La época en que los líderes cubanos hablaban con desprecio de los "mandarines chinos" y los llamaban "afeminados" públicamente, terminó con la masacre de Tiananmen. Las relaciones de Beijing y La Habana comenzaron a mejorar en cuanto se tuvo noticia de que los "mandarines" habían masacrado a centenares de estudiantes en el centro de Beijing. Este año se han multiplicado los ejemplos de esa tendencia: en Irán, Siria y Libia ocurrieron protestas populares seguidas de sangrientas represalias gubernamentales sin que se escuchara una condena en el Granma.   

Para citar un ejemplo reciente, este martes 8 noviembre, el Alto Comisionado de la ONU para Derechos Humanos anunció que la represión del gobierno sirio contra las manifestaciones populares había alcanzado las 3,500 víctimas. 
Ese mismo día, la única noticia sobre Siria en el Granma llevaba el siguiente título: Siria acusa a Estados Unidos de incitar a la violencia en ese país árabe. Y, como puede ver el lector curioso que pulse en el enlace, es una repetición de la versión de los hechos preñada de fantasía que difunde el gobierno sirio.

Otro caso singular y reciente es el de Arabia Saudita, país que antes consideraban en Cuba como un despreciable aliado del imperialismo yanki. Resulta que en los últimos meses los jeques del desierto y los revolucionarios del mar Caribe han forjado una curiosa amistad. En agosto se abrió la primera embajada saudita en La Habana, noticia que el periódico Trabajadores encabezó con un titular que no deja lugar a dudas: Las relaciones sauditas-cubanas son muy prometedoras. Y ya desde el año pasado se había anunciado que Cuba rehabilitaría sus hospitales maternos con ayuda de Arabia Saudita. 

En La Habana, donde se ha denunciado con fervor la intervención de la OTAN en Libia, las relaciones con Arabia Saudita no parecen haberse afectado cuando este país envió sus tropas a reprimir las manifestaciones populares en Baréin en febrero pasado. Los príncipes sauditas, los peones del imperialismo, los amigos personales de la familia Bush, los que intervienen militarmente en países vecinos para mantener en el poder a regímenes autoritarios y los que prestan sus bases para que Estados Unidos invada otros países del Golfo, son también los líderes de una sociedad medieval donde una mujer tiene menos derechos que un camello. ¿Cómo pueden ser amigos de un gobierno que se dice revolucionario, antiimperialista y defensor de los oprimidos, como el cubano?

Los príncipes sauditas son un grupo de ancianos aferrados al poder, dispuestos a cualquier cosa con tal de conservarlo. Andan confundidos porque el heredero al trono, ¡que tenía 85 años!, se les murió hace un par de semanas. Dicen ser defensores de una ideología que los hace dueños absolutos de la verdad, de modo que todo el que discrepa de ellos es considerado un apóstata o un traidor. Vigilan y reprimen minuciosamente a quienes piensan diferente y hacen todo lo posible por impedir que sus conciudadanos tengan acceso a Internet, ese artilugio moderno que temen y detestan. Son, al fin y al cabo, un grupo de vejetes corruptos a los que la historia les pasó por encima, y a los que el futuro les aterra, porque ni siquiera entienden el mundo del presente. ¿Cómo habrán convencido a los dirigentes de La Habana de que podían ser sus amigos?


[Continuará...]

Thursday, September 15, 2011

La camisa es Manhattan, el resto es selva


A mis 15 años, me paseaba yo por la calle Obispo, guajirito orgulloso, con Manhattan sobre el corazón. No la isla, por supuesto, sino una de aquellas camisas de poliéster caluroso que hacían su verano en la Cuba internacionalista y supuestamente no alineada del otoño de 1979. Mi Manhattan sintética me la había traído una tía abuela de West Palm Beach. Tenía un tigre precioso (la camisa, no mi tía) en la parte frontal izquierda y el resto era selva... No lo digo por citar a Guillén el bueno y hacerme Jorge el fino: de veras el resto de la camisa era una monserga amazónica de lianas y flores tropicales que ponían muy en duda la supuesta fiereza de mi tigre zurdo).

Siempre asumí que ese nombre camisero, 'Manhattan', era un pujo cubano similar a los tacones Hollywood* y las ventanas Miami. Anoche, cuando pasaba canales frente al televisor, me detuve en el canal de los Yankees, YES, por unos instantes. Ponían uno de esos documentales sobre "la época dorada del béisbol" y Mickey Mantle se acercaba al cajón de bateo. Supuse que iba a dar un jonrón —¿cuántas veces usted ha visto a Mickey Mantle poncharse en el canal de los Yankees?—, y me detuve a verlo. Por supuesto, Mickey hizo un swing monstruoso, mostró el número 7 en esa espalda de mulo, y después la cámara siguió la bola a lo profundo del left-center. Y allí, en la cerca que en su día Babe Ruth cuidaba, vi el anuncio: Manhattan Shirts. Sí, señor, yes, en YES lo vi.


Camisa Manhattan del presidente
Harry Truman (1951)
Fui a la computadora y me enteré enseguida: hubo una compañía que se llamó Manhattan Shirts, camisas Manjata, asere, como se diría en la calle Obispo. Y resulta que Harry Truman tenía una de 1951, como pueden ver en su colección de camisas deportivas, que se parecía a la mía. El hombre que usó los frutos del Proyecto Manhattan usaba también camisas Manhattan. Sería una obsesión de guajiro de Barton County con la isla de los rascacielos. ¿Vendería las Manhattan también en su camisería de Missouri? Quién sabe.  La de Harry, en todo caso, no tenía tigre: era verde que te quiero verde y pare usted de contar. El tigre que le sopló dos bombas atómicas a los tíos de Mishima era vegetariano cuando se trataba del estampado de las camisas.

Bueno, pero el asunto es que la marca de camisas Manhattan, contrariamente a mis peores sospechas, no fue inventada en Marianao. Y es que el maldito Internet cada vez le deja menos espacio a nuestro orgullo invencionero cubiche. No es de extrañar entonces que haya tanto patriota empeñado en darle largas al cable ese que promete dejar entrar tantos datos incómodos en La Habana.

Ahora que lo pienso, en La Habana de los noventa se le decía "bacteria" a cierto tipo de camisas que las tías del Norte traían a los descamisados sobrinos de la Isla. ¿Habrá existido también alguna vez una "Bacteria Shirt"? Ahora mismo comienzo a poner en YouTube, uno por uno, los 536 jontones de Mickey Mantle, a ver si descubro algún anuncio revelador en la cerca del jardín derecho del Yankee Stadium.

*En la zapatería de mi pueblo, a principios de los años ochenta, había un letrero inolvidable, escrito a mano y con betún negro sobre un pedazo de cartón, que rezaba: "Se ponen tacone Holibo". 


Saturday, September 10, 2011

Pablo Milanés: Cada paso se da porque se siente


Pablo Milanés. Concierto en el United Palace, New York, 9 de septiembre de 2011. Foto: Tersites Domilo
Lobby del teatro. Foto: Tersites Domilo 
El United Palace Theater de Broadway y la 175 fue la última de las cinco catedrales del cine construidas por la compañía Loew's en New York entre 1929 y 1930. Ese retablo de los milagros con capacidad para 3,300 espectadores muestra un estilo que el reportero del New York Times David W. Dunlap llamó alguna vez "bizantino-romanesco-hindú-chino-morisco-persa-ecléctico-rococó", pero que
en cubano es más fácil resumir como "rococó de Hialeah".



Foto: Tersites Domilo
Washington Heights, el barrio donde se encuentra, es el recodo de Manhattan donde fueron a dar tantos miles de cubanos en los sesenta, que al barrio comenzaron a llamarlo el Escambray. Los cubiches fueron más tarde desplazados por los dominicanos. Esa conquista quisqueyana de "nuestro" territorio dio como resultado que hoy usted se pueda encontrar allí, en la esquina del teatro, un restaurante que se llama Mambí, pero donde se come asopao, mangú y sancocho en lugar de vaca frita, congrí y tostones.

El United Palace fue convertido en iglesia en los años sesenta y hoy, por uno de esos misterios de la fe, funge como iglesia y teatro de variedades al mismo tiempo.
Y esta noche, a la hora del cañonazo, que era la hora del concierto, el teatro estaba vacío. "Todos los asientos están vendidos, pero los dominicanos no llegan nunca a tiempo", nos explicó una amable pareja que estaba sentada a nuestro lado. Aunque conozco el concepto fluido que los nietos de Máximo Gómez tienen del tiempo, no les creí. Sin embargo, a las 9:35 el teatro estaba repleto. Fue entonces que salió Pablo, con paso tímido, hasta sentarse en una silla en medio del escenario.

En las dos horas siguientes, Pablo Milanés demostró —o nos recordó—, una vez más, varias cosas que todos deberíamos saber y recordar: que él ha compuesto un par de docenas de las mejores canciones jamás escritas por un cubano, que no hay ninguna manera de exagerar la belleza de esa voz que le tocó en suerte, y que su talento de showman le bastaría para embrujar a cualquier multitud incluso si fuera incapaz de componer y cantar.


 
A Pablo los años le han arruinado las piernas, pero le han perdonado la voz y el alma, al contrario de lo que le pasa a tanta gente. Sólo en un par de canciones de la primera mitad, como en "Soledad", la voz pareció traicionar a su dueño por momentos. Pero una vez que entró en "los clásicos" —"El tiempo, el implacable, el que pasó", "Yolanda", "Para vivir", "El breve espacio en que no estás"— su voz resonó como si el tiempo no fuera para nada "impacable". Para el cierre del concierto, cuando cantó "Yo no te pido", Pablo Milanés sonaba como aquel chico con voz de ángel que alguna vez cantó "Hoy la vi" con el Grupo de Experimentación Sonora.

Todo cantor, al final, es un demiurgo menor, un practicante de una magia simple pero difusa, que se recibe sin mérito y se pierde sin culpa. Pablo Milanés, a los sesenta y ocho años, está en plena posesión de su magia. Debería dar gracias por eso, deberíamos todos dar gracias.

Foto: Tersites Domilo



Foto: Tersites Domilo


Foto: Tersites Domilo

Saturday, July 23, 2011

Amy Winehouse: una habitación alquilada en el infierno

Yo siempre supe que Amy Winehouse se iba a morir. Esa frase no quiere decir nada. Todos sabemos que todo el mundo se va a morir. Tú y yo nos vamos a morir, y los demás también. Lo que digo es que, como mucha otra gente, siempre supe —siempre temí— que Amy iba a aparecer muerta un día en su apartamento, joven, "con toda la vida por delante" y toda la muerte alrededor, como acaba de suceder.

Se lo repetía a todo el mundo de vez en cuando, y me lo repetía a mí mismo más a menudo, con la secreta esperanza de que se cumpliera aquello de que la vida nos sorprende siempre, que nunca sucede lo que esperamos o anunciamos. 

Y eso es lo más desolador. Que todo el mundo se sabía de memoria este final, como cuando vamos a ver una de esas películas del Titanic, pero nadie pudo hacer nada por cambiarlo. Porque no hay un negocio más amargo en esta vida que el de tratar de salvar a los otros. 

Uno se consuela culpando a las personas que estaban cerca del muerto, uno se dice que cada una de las historias que los tabloides publicaban sobre ella era una crónica de su muerte anunciada, que debieron pensar que Amy tenía 27 años, y que Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones y Kurt Cobain murieron a esa edad, y que no todo puede ser causalidad en esta vida. Uno se dice que no la cuidaron los que debieron protegerla, que alguien se equivocó bestialmente. Porque lo único que nos patea el alma de verdad es saber que el hecho de que Amy Winehouse muriera hoy en un apartamento de Londres era tan inevitable como nacer con los ojos negros o ser alérgico a los arándanos. Y por eso tenemos que inventarnos todas esas mentiras piadosas, esas culpas ajenas, esas explicaciones consoladoras como la tisana de tilo de mi abuela, que era una poción mágica contra la ansiedad que produce sabernos cobardes.  

Y mucho menos somos capaces de aceptar que en el fondo no tenemos nada que objetar a la muerte de Amy Winehouse; que estamos perfectamente satisfechos con el destino que le tocó a esta inglesita white trash que cantaba como una negra sureña, esta judía drogadicta de Southgate en quien Yahveh decidió poner una bestial sobredosis de talento; una sobredosis capaz de matar a un caballo purasangre, puesta así no más en el cuerpo de una chiquilla de caderas estrechas, tetas de utilería y voz de arcángel nigeriano. Porque al final sabemos que sus ridículas pestañas, su rímel errante, sus tatuajes de marinero borracho, "su neblina y sus anfetaminas", eran el precio que pagaba para poner una detrás de otras aquellas notas y aquellas palabras, para embrujarnos.

Y si Dios, en una de sus bromas, nos hubiese preguntado hace 27 años si preferíamos que naciese en Londres una niña destinada a la feliz mediocridad de una vida anónima o que naciese ese desastre infinitamente hermoso que fue Amy Winehouse, hubiésemos elegido la belleza del desastre... como también lo hubiese elegido ella misma. Pero claro, como Dios no nos preguntó nada, ahora tenemos el derecho de quejarnos, de blasonar nuestra inocencia, de decir —como si no fuera una imbecilidad decirlo— que hubiésemos querido que Amy Winehouse fuera una chica feliz y equilibrada, y que de todos modos cantara así, como alguien que tiene una habitación alquilada en el infierno. 

Friday, July 22, 2011

Así deben ser los arzobispos

Catedral de Santiago de Cuba
Ha muerto monseñor Pedro Claro Meurice Estiú, arzobispo emérito de Santiago de Cuba. Meurice era un guajiro hosco, por timidez más que por orgullo, y un hombre que parecía sentirse siempre incómodo cuando estaba en público. Se dice que esa timidez guajira le impidió ser arzobispo de La Habana y cardenal, cosas que un día parecieron estar claramente escritas en su futuro. Me permito adelantar otra teoría.

Meurice fue nombrado obispo por Pablo VI el 1 de julio de 1967. Al ser ordenado era el obispo más joven del mundo: tenía 35 años. Y era el hombre que Pérez Serantes quiso como sucesor en Santiago.


Quien quiera entender la historia de la Iglesia en Cuba en los últimos 50 años debería concentrarse en los casi tres años que median entre el 28 de enero de 1979 y el 20 de noviembre de 1981. Y Pedro Meurice fue la pieza clave que se decidió el derrotero tras esos treinta meses.


El 28 de enero de 1979, en Puebla de los Ángeles, México, Juan Pablo II pronuncia el discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Allí dijo una frase que repetiría luego muchas veces durante su pontificado: "No me cansaré yo mismo de repetir, en cumplimiento de mi deber de evangelizador, a la humanidad entera: ¡No temáis!" Su discurso puso claramente las cartas sobre la mesa: el Papa consideraba la teología de la liberación como una moda peligrosa y falaz, más que como una legítima tendencia teológica. (El que crea que exagero, puede leer el discurso aquí.)


Para monseñor Francisco Oves, arzobispo de La Habana, el discurso del Papa fue una sentencia. Él había llegado a Puebla a proponer un entendimiento con el marxismo. El obispo cubano partía de la tesis de que el comunismo era indestructible y, por tanto, se debía aprender a convivir con él. El Obispo polaco de Roma partía de la tesis contraria: el comunismo podía —y debía— ser destruido.


La historia le dio la razón al polaco. Oves, tras su debacle mexicana, pasaría varios años en las frías bibliotecas vaticanas para después ir a carenar a una parroquia de El Paso, Texas, donde predicó a los inmigrantes mexicanos y comenzó a escribir una historia de la Iglesia en Cuba que nadie sabe cuán adelantada estaba ni adónde fue a parar tras su muerte el 4 de diciembre, fiesta de Santa Bárbara, de 1990, con sólo 62 años de edad.


Tras muchos meses de ausencia de monseñor Oves, el 20 de febrero de 1980, como un curioso regalo de cumpleaños, monseñor Meurice fue nombrado administrador apostólico de La Habana. Cuarenta y cinco días después, el 4 de abril de 1980, comenzó la crisis de la Embajada del Perú en La Habana, seguida por el éxodo del Mariel y la ola de pogromos organizada por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista de Cuba con el fin de aterrorizar a los cientos de miles de ciudadanos que deseaban escapar del "paraíso" socialista.

Meurice fue a ver a José Felipe Carneado, aquel estalinista de pura cepa encargado de los "asuntos religiosos" en el Comité Central del Partido. Meurice le dijo que era inaceptable que el gobierno cubano se comportara como una banda de delincuentes; que aterrorizar, patear y linchar a ciudadanos en plena calle por el simple deseo de abandonar el país era inaceptable. Carneado le repitió la versión oficial del gobierno: que ninguno de aquellos horrores estaba sucediendo realmente. La desfachatez con que mentía el viejo estalinista hizo explotar al obispo. Meurice, dando un puñetazo en el buró, le gritó: "Coño, tú sabes que es verdad todo lo que te estoy diciendo". S
i es cierto ese cuento que escuché hace tiempo, mi teoría es que ese puñetazo y ese coñazo le costaron a Meurice el arzobispado de La Habana.

El 1 de enero de 1981 yo tenía 16 años, pero aún recuerdo la homilía de Meurice esa noche en la Catedral de La Habana. Después de rememorar el horror del año que acababa de concluir, se refirió al deseo confeso del gobierno de expulsar del país a todo aquel no se plegara a sus planes. Dijo algo así como que "no se hagan ilusiones, nosotros hemos estado quinientos años en Cuba, y dentro de quinientos años seguiremos aquí". Las homilías de Meurice en aquella época duraban una hora, y uno podía oír una mosca volando en la Catedral. Y nada de lo que decía podía agradar a los mandantes. 

Quizás fue por eso que unos meses después, Meurice volvió a su arquidiócesis de Santiago. Finalmente, monseñor Jaime Ortega fue nombrado arzobispo de La Habana el 20 de noviembre de 1981.

Hoy todos los medios de prensa han recordado las palabras de Meurice ante el papa Juan Pablo II en Santiago de Cuba el 24 de enero de 1998:

"Le presento además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología"
Los comunistas suelen ser rencorosos. A Meurice nunca le perdonaron ese discurso, la gallardía y la verdad de ese discurso. Los que estuvieron cerca de él en sus últimos años como arzobispo de Santiago saben bien lo tuvo que soportar por haber dicho públicamente aquellas palabras. 

Para terminar, les cuento una anécdota. Baste decir que quien me la contó tiene por qué saberla y es persona confiable. Poco después de la visita de Juan Pablo II a Cuba, los obispos cubanos acudieron a Roma para la habitual vista ad limina
que hacen al papa los obispos cada cinco años. Juan Pablo II fue saludando a los cubanos uno a uno. Al llegar ante Meurice, le tomó las manos, se sonrió y se quedó mirándolo con aquellos implacables ojos polacos. "Pedro Meurice" —le dijo, y se quedó un momento en silencio, apretándole las manos—. "¡Así deben ser los arzobispos!"

Descanse en paz, Pedro Meurice.

Saturday, July 2, 2011

Los culpables

Hace un par de meses Alexis Romay me regaló su libro de sonetos Los culpables, publicado el año pasado en España. Al principio no supe qué hacer con el libro. Lo guardé en casa unas semanas sin tocarlo. Y es que a estas alturas uno no sabe qué hacer con un libro de sonetos. Finalmente se me ocurrió que podía leerlo.

Los culpables es un tour de force. Son cuarenta y un sonetos escritos al hilo, de una sentada. Y todos, excepto uno, con la misma rima: ABBA CDDC EFG EFG. (La excepción es el poema "Retrato hiperrealista de una isla", en el que la rima de las dos cuartetas iniciales es ABAB CDCD.)

La cubierta es una obra del artista José A. Vincench que parece un retrato pixelado de José Martí. Se trata quizás de una pista falsa. El libro está escrito a la sombra de Borges, aunque el tema sea Cuba, o cierta versión del destino cubano.

Por supuesto, Romay alude a diversos poetas en sus sonetos: Martí ("Su verso vuelve a ser un ciervo herido:/cultiva hiel, arena, ortiga, cardo" y luego, 
"el verso es ciervo, ciervo malherido"), Benedetti ("Esquina con primavera rota"), Eliseo Diego ("cuando la luz corrompe los portales"), Figueredo ("del clarín, escuchamos las cadenas"), Jorge Manrique ("Los ríos dan al mar, como los hombres") o Silvio Rodríguez ("de lo posible ya se ha dicho todo").  

Pero Borges transita cada página con su bastón dubitativo. Romay visita sus temas con frecuencia: la memoria, el tiempo cíclico, la noción de que somos soñados por un dios o un demonio subalterno, la predestinación y el azar... Y no sólo los temas, también el tono, la mirada "filosófica" (en el sentido de indiferente o resignada) sobre esas constataciones, es evidente en muchos de los textos. 

Esa presencia borgiana va acompañada de la constante evocación de Cuba o, más exactamente, del último medio siglo de la historia cubana, y del exilio —los dones y rigores que supone la condición de exiliado. Romay tiene la gentileza de aproximarse a esos temas con más deseos de sugerir que de instruir, y se agradece. En un libro que podría usarse como prueba de la obsesión del autor por esa isla del Caribe, el nombre de Cuba no se menciona hasta el último verso del último poema.

(Al margen: En el poema "De los absolutos", Romay hace rimar, sugerentemente, "traidores" con "poderes". Más allá de ese detalle, el único reclamo de preceptiva que se le podría hacer es la acentuación antirrítmica de algunos versos.) 

Las páginas de Los culpables regalan al lector numerosos versos felices, observaciones agudas, evocaciones sentidas, excelentes sonetos. Es muy extraño que alguien escriba un libro de sonetos a estas alturas. No debería ser extraño que fuéramos capaces de disfrutarlo. Alexis Romay ha hecho su parte. Y la ha hecho bien. Aquí les va una muestra (escrita a la luz de la "inconstante luna" de Julieta y Shakespeare):

De la noche

Las raudas nubes pasan y la noche
que es eterna y de todos se detiene.
La noche es un caudal que solo tiene
la inmensidad, el vértigo y un broche.

Abstracta como el aire o los sentidos,
febril como un poeta desterrado,
impávida, la noche ha regresado
a su ciclo de ciclos repetidos.

Es una y muchas noches la inconstante
noche enferma de insomnio y de locura,
con su aroma falaz e irrepetible.

Es una y otras tantas la menguante
luna que surca el cielo y que perdura
en el tiempo, que es todo lo posible.       

Wednesday, June 29, 2011

Un extraño harakiri

Esta mañana salí del metro y caminé tres cuadras por la Tercera Avenida camino a mi oficina. Manhattan tenía hoy ese aire virginal, filtrado y puro, esa luz inmaculada que uno casi puede oler al inicio de la película "Breakfast at Tiffany's" cuando Holly Golightly regresa en la mañana a casa tras una noche de viajecitos al powder room con billetes de $50 como viático.
 

Pero en mi Manhattan de las nueve de la mañana uno no se encuentra a Holly
 regresando de la fiesta sino a muchos hijos de vecinos que van a morir ocho horas frente a una computadora para seguir viviendo... igual que este amanuense. Bajo esa luz hollywoodense y el cielo sin nubes, la gente se apresuraba, con el bagel y el café en la mano, para llegar al sitio donde sudan —donde teclean— su salobre salario.

Al llegar a la esquina de la Tercera Avenida y la calle 49, me llamó la atención una señora asiática, probablemente japonesa, de mediana edad. Llevaba una pamela enorme de pajilla y lazo blanco, una vaporosa falda blanca de verano por debajo de la rodilla, una blusa floreada por Renoir y una gafas de sol que hubiesen podido ser muy bien las de la Srta. 
Golightly.

De pronto, se apartó del río de transeúntes y depositó su cartera en el suelo, junto a la primera columna del 
único edificio de esa manzana. A continuación se levantó lentamente su elegante falda blanca hasta revelar unas bragas de flores que hubiesen podido hacer juego con su blusa. Con la sincronización de un samurai que se dispone a ejecutar el seppuku, se agachó mientras se bajaba las bragas. Quedó en cuclillas: al instante una dorada lluvia asiática comenzó a formar a sus pies un lago amarillo, un remanso de paz líquida, tibia y maloliente en medio de la premura mañanera de los oficinistas.

Los involuntarios espectadores de este harakiri del pudor simulamos no haber visto nada. Pensé que el acto era tan sorprendente, si no tan trágico, como el harakiri físico, real, de Yukio Mishima. Me pregunté si la dama de los rubios efluvios habría compuesto un
jisei esa mañana como preparación para la micción ritual. Acaso a ella tampoco la había querido escuchar nadie, como al pobre Mishima. Nuestra reacción natural ante el excéntrico —sobre todo en una ciudad de locos como ésta— es ignorarlo.
 

Pero era imposible obviar lo sucedido: acababa de ver a una elegante señora mear en medio de la Tercera Avenida en una mañana radiante de Midtown. Carlos Enríquez comienza su novela Tilín García con aquella escena del guajiro que se siente secretamente conmovido por las flores del campo, por el aroma arrollador de las flores silvestres, y se saca allí mismo su hombría elemental y mea sobre los pétalos cubiertos de rocío. Quizás fue eso, quizás fue la belleza febrilmente civilizada de esta mañana en New York lo que llevó a esa hija de Mishima a hacerse el harakiri del decoro en una transitada acera de Manhattan.