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Tuesday, April 19, 2011

Un congreso para elegir a Judas

El beso de Judas, Giotto
Quizás la única noticia que pudiera producir el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba sería el nombre del nuevo Segundo Secretario del Comité Central. Fidel Castro ha anunciado que no seguirá siendo Primer Secretario. Se sabe que su hermano Raúl ocupará ese cargo. Pero, ¿quién sustituirá a Raúl Castro como heredero?

La misma pregunta se hacían muchos hace tres años cuando tocó elegir al sucesor del Raúl Castro como Vicepresidente Primero del Consejo de Estado. La respuesta fue devastadora: José Ramón Machado Ventura, un médico de apellidos infelices, y un hombre en quien el adjetivo "gris" se vuelve piropo. Y además, un señor casi octogenario en ese momento (que ya perdió el "casi"). El mensaje era claro: Quienes deciden esas cosas en Cuba no querían ni pensar en la sucesión. La coda de ese culebrón soso fue la defenestración de otro médico también calvo y gris, pero con menos edad y más afición a elucubrar sucesiones.

¿Qué pasará hoy? Parece haber cuatro posibilidades:


1. La solución onírica: Eliminar el cargo de "Segundo Secretario del Comité Central" y evitar nombrar a nadie como "sucesor oficial". En realidad, sólo en el Partido Comunista de Cuba ha existido ese cargo, hecho a la medida para Raúl Castro. Eliminar el puesto de segundo al mando sería la evasión más radical del tema —de la realidad— de la sucesión. “Après moi le déluge”, sería el mensaje.


2. La solución estalinista: Nombrar a uno de los ancianos canónicos, como se hizo con el cargo de 
Vicepresidente Primero del Consejo de Estado. Sería otra muestra de que el grupo de octogenarios a cargo del país no quiere, no puede o no le interesa pensar en la sucesión que necesariamente llegará en pocos años. Si este fuera el caso —y yo, que soy pesimista, lo espero—, creo que el elegido sería el Comandante de la Revolución y ex ministro del Interior Ramiro Valdés. Al fin y al cabo, Lavrenti Beria fue el sucesor inmediato de Stalin, y los revolucionarios suelen ser muy tradicionalistas. 


3. La solución dinástica. Elegir a un miembro del clan familiar —preferiblemente uno de los yernos, sin la incomodidad del apellido dinástico— como Segundo Secretario. E
n ciertas formas de gobierno, el vicio dinástico se debe disfrazar de meritocracia. Pero en ciertas formas de gobierno, donde lo institucional es escenografía, la única confianza radica en los vínculos de sangre. ¿Habrá alguien de la familia en quien confíen tanto?


4. La solución partidista. Nombrar un a
pparatchik cincuentón, radical, gris y absolutamente leal. El plan en ese caso sería chino: pasar del fundador carismático a una dirección colegiada. La diferencia es que los acutales dirigentes esperarían que este camarada radical no siga el modelo chino sino que les muestre aquello que Quevedo nombraba en el soneto: "Amor constante más allá de la muerte".


Los señores que rigen los destinos de Cuba hoy saben que ese apparatchik será un traidor. Al principio hará unos discursos furibundos, dirá exactamente lo que sus ancianos padrinos quieran escuchar pero, ¿qué hará cuando se quede solo en escena? Los traicionará. Los abandonará para rendir tributo a una amante imperiosa: la realidad.


El mejor ejemplo de esta estirpe es el rey Juan Carlos de España. Franco lo hizo jurar una y mil veces que mantendría el franquismo intacto. Juan Carlos, obsecuente, lo complació hasta el mismísimo día de su muerte. Franco se fue a su tumba de faraón convencido de que todo estaba "atado, y bien atado". Al otro día del entierro, Juan Carlos comenzó a traicionarlo. Judas podría haber sido su nombre. Y España jamás terminará de agradecerle esa traición ejemplar.


Jorge Luis Borges en su relato "Tres versiones de Judas" expone una antigua herejía según la cual Judas Iscariote, el traidor, es el personaje esencial de la redención, pues es quien la hace posible. Y además —dicen esos herejes—, lo hace sin reclamar para sí ningún mérito, sino el escarnio eterno. Según esa tesis, el sacrificio más grande es el de Judas, por lo que debe ser considerado el verdadero redentor. Este miércoles, en La Habana, quizás habrá un señor gris y radical, supuestamente fiel y de unos cincuenta años de edad, que se pasará el día en su casa de Miramar o el Vedado recibiendo visitas y llamadas por teléfono de ansiosos felicitadores. Ese día es también el Miércoles Santo, que en algunas iglesias orientales llaman el "Miércoles de Judas" o el "Miércoles del Traidor", pues fue el día en que Judas traicionó y fue premiado por traicionar a su Maestro. A lo mejor el elegido en La Habana se llame Juan Carlos, aunque su apellido no sea Borbón ni Iscariote. Dios dirá.

Tuesday, April 5, 2011

Stalin en Facebook

El otro día en la mañana, al entrar en Facebook, por alguna razón me di cuenta de que un amigo, que "postea" regularmente, hacía más de dos semanas que no colgaba nada en el muro. ¿Estaría enfermo? ¿Deprimido? ¿Se le había roto la computadora y se había quedado inválido al mismo tiempo? ¿Habría ido a visitar a la familia en Cuba? ¿Estaría preso? 

Al día siguiente me di cuenta de lo que había sucedido realmente. Hace tres semanas, un día que había colgado como doce cosas distintas, decidí borrarlo de mi muro. Así de simple. Me imagino que es lo que hace todo el mundo. Llega el momento en que uno dice, "¿Y quién demonios se cree este tipo que es?", y lo borra del muro.

El asunto me hizo recordar una tierna anécdota de Stalin. (Casi todas las anécdotas de Stalin son tiernas.) Cuenta Nikita Kruschov en sus memorias (Khrushchev Remembers, Little, Brown and Company, 1974), que en los últimos años de su vida, Stalin invitaba casi todas las noches a los miembros del Politburó a cenar en su dacha de Kuntsevo. (Como las ofertas de Vito Corleone, esas invitaciones no se podían rechazar.) 

A las cenas seguían largas veladas de vodka y conversación que a veces terminaban en grotescas escenas donde los líderes del proletariado mundial competían a ver quién podía disparar los pedos más olorosos o Stalin ordenaba al porcino Kruschov que bailara un jopak para burlarse de él. Nikita se daba cuenta de lo humillante de la situación pero, como él mismo dice en las memorias, “cuando Stalin te dice que bailes el jopak, tú bailas el jopak”.

But I digress...  Nikita dice que, cuando no le daba por soltar pedos o hacerlo bailar, Stalin podía ser un borracho melancólico. Se ponía a hablar de los tiempos de la Guerra Civil, de su exilio en Siberia... De vez en cuando, les preguntaba: "¿Y qué fue de Fulanovich? Hace años que no lo veo..." Muchas veces el Fulanovich en cuestión había sido fusilado por órdenes de Stalin. (Es una de las desventajas de asesinar a veinte millones de personas, que uno no puede acordarse después de a quién mató y a quién no.) El asunto era sumamente embarozoso para los presentes. Alguien tenía al fin que decirle: "Iosif Vissarianovich, a Fulanovich lo fusilaron en el 37 por ser espía británico."

Bueno, uno en Facebook se vuelve un Stalin virtual. En lugar de borrar a la gente de la historia poniéndolas contra un muro para fusilarlas, lo que hace es borrarlas del muro. Al que molesta mucho se le declara "enemigo del pueblo" y se le destierra a esa Siberia  que se llama "Hide All By". Y aprietas el botoncito y se acabó. Y dos semanas, o dos años después, se pregunta uno como Stalin, "¿Y qué habrá sido de Fulanovich que ya no cuelga nada en el muro?"

Y uno se va dando cuenta de que en la vida real, ésa que está fuera de Facebook, también es así. Llega el momento en que todas las amistades son una carga, además de una bendición. Y cuando la carga supera las bendiciones... ¡a Siberia!

Nos creemos mejores que Stalin porque sólo desterramos a la gente en Facebook, o porque sólo dejamos de contestarles el teléfono cuando molestan demasiado. Quién sabe de qué seríamos capaces si tuviéramos el poder absoluto del zar comunista. Si algo me ha enseñado Facebook es que somos pequeños Stalin a los que sólo nos falta tener a nuestras órdenes a los esbirros del KGB. Lo único que nos salva es nuestra mediocridad.

Notificación: Los lectores que hagan comentarios discrepantes sobre este post serán declarados enemigos del pueblo. Y sin son amigos míos en Facebook...

Friday, April 1, 2011

Traducción del poema "Frank Drummer"

 Boca del Spoon River en Havana, Illinois. 1898 Havana Public Library.
Es el Día de los Tontos. Es la más democrática de las fiestas: nadie tiene razón alguna para sentirse excluido.

Ya antes he colgado en este blog mis traducciones de los poemas "
Harry Wilmans", "Walter Simons" y "Cassius Hueffer", de la Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters. Siendo 1 de abril, me pareció apropiado colgar la traducción de "Frank Drummer", uno de los poemas más cortos del libro.

El poema, a pesar de su brevedad, describe perfectamente el inicio de la locura, la bifurcación entre la realidad y esa otra realidad que ven los locos, los que no pueden expresar aquello que los estremece. Edgar Lee Master dijo alguna vez que en sus años de escuela secundaria hubo una época en que leía incesamente la Enciclopedia Británica. Happy April Fools' Day. 


Aquí tienen mi traducción y, un poco más abajo, el original inglés.




Frank Drummer
                                              Edgar Lee Masters


SALIR de una celda a este lugar sombrío…
¡El fin de todo llegó a los veinticinco!
Mi lengua no lograba decir lo que me estremecía
y el pueblo me tomó por un idiota.
Pero en el principio había una visión tan nítida,
Un propósito noble y urgente aquí en mi alma
Que me impulsó a tratar de aprender de memoria
La Enciclopedia Británica.




Frank Drummer

                                              Edgar Lee Masters

OUT of a cell into this darkened space--
The end at twenty-five!
My tongue could not speak what stirred within me,
And the village thought me a fool.
Yet at the start there was a clear vision,
A high and urgent purpose in my soul
Which drove me on trying to memorize
The Encyclopedia Britannica!

Monday, March 28, 2011

La cuarta pared, esta vez en New York

En el año de gracia de 1989, mientras en Europa la libertad derribaba el Muro, en Cuba las balas derribaban a un general y a varios de sus compañeros parados frente un muro al amanecer. Por ese entonces andaba el joven dramaturgo Víctor Varela derrumbando un muro menos tangible, menos sangriento:  La cuarta pared que separa a los espectadores del escenario, a los actores de su público.

Nadie que no haya vivido en la hirviente Habana de 1989 puede imaginar la resonancia que tuvo esta obra sin palabras para una generación que vivía meciéndose entre el horror y la esperanza, en un país que una vez más se perdería la fiesta que tantos celebraban. Desde el largo y erudito artículo de Rafael Rojas en
El Caimán Barbudo, hasta la leyenda urbana que se fue tejiendo alrededor de la obra; desde sus orígenes mínimos en la sala de la casa de Víctor Varela, hasta los desnudos colectivos en que terminaron algunas puestas en escena, La cuarta pared llenó el imaginario de los que entonces pensaron que la imaginación podía realmente llegar al poder.

Cuento entre mis suertes haber visto la obra en una remota y calurosa noche de domingo, en la salita de una logia masónica de la calle Ayestarán. Recuerdo que el espectáculo comenzó tarde, y que hasta el último momento los dichosos poseedores de los boletos de entrada no estuvimos seguros de si se iba a realizar la función.


Fue sin dudas una sorpresa descubrir 
hace un par de semanas, después de veintidós años, que habría una presentación de "La cuarta pared" en New York. Leí en el blog de Víctor Varela que la obra, convertida en un espectáculo unipersonal, sería representada por Bárbara María Barrientos, una de las actrices del reparto original. Le propuse a Madelca D. entonces que fuéramos a verla, aunque pensaba que a La cuarta pared le faltarían muchos ladrillos si quedaba a cargo de una sola persona.

Anoche llegamos pues al lugar a las 7:50, con diez minutos de adelanto. El "17 Frost Theather" es un espacio alternativo del barrio de Williamsburg, en Brooklyn. A siete cuadras de allí viví mis primeros meses en New York: Williamsbrug era entonces un moridero de pandilleros y marginales, y no el barrio artístico y "cool" que es hoy, pero ese es otro cuento. 


El "17 Frost" parece ser una pequeña fábrica o almacén abandonado que consta con una precaria galería de arte al frente y una no menos precaria sala de teatro al fondo. Hacía mucho frío, a diferencia de La Habana, pero era también un anoche de domingo y la obra comenzó con más de media hora de retraso, como en aquella puesta de 1989.


Los cuarenta y tantos espectadores entramos finalmente a la salita improvisada. Una vez que se apagaron las luces, fue como si el mundo comenzara de nuevo. 


La obra, como es sabido, trata de un personaje desechado por su autor que trata de buscarse, por sí mismo, un lugar en el escenario para después intentar romper la cuarta pared que lo separa de su público. Prácticamente sin escenografía ni utilería, con un ascético uso de la luz, y sin palabras,
La cuarta pared descansa directamente sobre los hombros de sus intérpretes. Y en esta encarnación unipersonal, descansa sobre los hombros de una actriz.

Fui a ver la obra con el temor de que, convertida en un espectáculo unipersonal, sería un pálido sucedáneo de la obra original. Por suerte, estaba equivocado. La esencia de La cuarta pared está íntegra en esta versión. Bárbara Barrientos logra en una hora armar ese universo que Víctor Varela imaginó y que ella entrega al público con una intensidad y una capacidad de sugerencia que sería inútil intentar traducir en palabras. Barrientos combina el arsenal de una actriz dramática y el de un mimo con una sabiduría y un equilibrio que efectivamente derrumban la cuarta pared que la separa de sus espectadores. Víctor Varela, que, como él mismo dice, no está interesado en un teatro mimético, logra sin embargo, mediante el talento de Barrientos, una conexión con el público que rebasa lo "meramente intelectual". 


Fue una experiencia más bien efímera.
La cuarta pared se presentaba en New York por una sola vez. La buena noticia fue constatar que Víctor Varela sigue poseyendo el toque de demiurgo que cambió el teatro cubano hace veintitantos años, y que Bárbara Barrientos es una actriz que nadie en su sano juicio debería perder la oportunidad de ver mientras inventa el mundo sobre un escenario totalmente negro y con la ayuda de una muñeca, una maleta y una bolsa de basura.

Post Data: 
Al final de la obra, la actriz Bárbara Barrientos, al traspasar la cuarta pared y confundirse con el público, vino a quedar sentada en mi regazo, e invitó a Madelca D. a unirse a ella en el escenario. Como para que no nos quedaran dudas de que los muros también están a merced de la imaginación.


Fotos de La cuarta pared en New York 





La cuarta pared. Bárbara Barrientos. ©2011 Tersites Domilo



Bárbara Barrientos. ©2011 Tersites Domilo

Bárbara Barrientos. ©2011 Tersites Domilo

Wednesday, March 23, 2011

Traducción: poema para leer al inicio de una guerra justa

Edgar Lee Masters
A cada tanto cuelgo aquí la traducción de algún poema de la espléndida Spoon River Anthology que Edgar Lee Masters publicara en 1915. Es un libro que bien podría titularse "Salmos para el siglo XX". Como he dicho antes, estoy traduciendo ese libro a plazos con el único propósito de leerlo mejor.

El poema que he traducido hoy, "Harry Wilmans", no necesita muchos comentarios. Me limito a repetir lo que dijeron sobre su origen el autor, Edgar Lee Master, y John E. Hallwas, quien tuvo a su cuidado la excelente edición crítica de la obra publicada en 1992 que guardo en mi mesa de noche.


El personaje del poema, Harry Wilmans, fue en realidad un joven a quien Lee Masters conoció en Chicago a principios del siglo XX. Wilmans había estado destacado en las Filipinas durante el capítulo asiático de esa guerra que llaman "Hispano-Estadounidense" para eterna molestia de nuestros próceres cubanos. Fue él —Harry Wilmans— quien le contó a Lee Masters los pormenores poco heroicos de su estancia en Manila y la escena del pantano.


El otro detalle del poema, relata Lee Masters, se basa en un recuerdo de primera mano. Poco después de iniciadas las hostilidades, su padre dio un discurso, subido en una caja de embalaje, en el que arengó a los jóvenes de Lewistown, su pueblo, a enlistarse en el ejército para "ir a liberar a Cuba del despotismo y la superstición". Creo que tampoco ese detalle requiere comentario alguno.


Sólo añado, para los buscadores de coinciencias, que el Spoon River muere o se funde con el río Illinois justamente en una ciudad de ese estado llamada Havana.


Aquí tienen mi traducción y, un poco más abajo, el original inglés.



Harry Wilmans
                                              Edgar Lee Masters

Yo acababa de cumplir los veintiuno,
Y Henry Phipps, el director de la escuela dominical,
Dio un discurso en la Ópera de Bindle.
“El honor de la bandera hay que defenderlo”, dijo,
“No importa si lo afrenta una tribu de bárbaros tagalos 
O la primera potencia europea”.
Y nosotros vitoreamos y aplaudimos el discurso y él hacía ondear 
                                                                                  la bandera
Mientras nos hablaba.
Y me fui a la guerra a pesar de los ruegos de mi padre,
Y seguí la bandera hasta que la vi izarse
Junto a nuestro campamento en un campo de arroz cerca de Manila,
Y todos vitoreamos y aplaudimos la bandera.
Pero había allí moscas y alimañas venenosas;
Y aquella agua letal,
Y el calor inmisericorde,
Y la pútrida comida nauseabunda;
Y el olor de la trinchera que estaba tras las tiendas 
Donde los soldados iban a vaciar las entrañas;
Y aquellas putas que nos seguían los pasos, rebosantes de sífilis;
Y los actos abominables de unos con otros o a solas,
Y los abusos, el odio, la degradación entre nosotros,
Y días para aborrecer y noches de espanto
Hasta el instante de la carga a través del pantano humeante,
Siguiendo la bandera,
Hasta caer aullando con una bala en las entrañas.
¡Ahora hay una bandera sobre mí en Spoon River!
¡Una bandera! ¡Una bandera!




Harry Wilmans
                                              Edgar Lee Masters 

I was just turned twenty-one,

And Henry Phipps, the Sunday-school superintendent,
Made a speech in Bindle’s Opera House.
“The honor of the flag must be upheld,” he said,
“Whether it be assailed by a barbarous tribe of Tagalogs
Or the greatest power in Europe.”
And we cheered and cheered the speech and the flag he waved
As he spoke.
And I went to the war in spite of my father,
And followed the flag till I saw it raised
By our camp in a rice field near Manila,
And all of us cheered and cheered it.
But there were flies and poisonous things;
And there was the deadly water,
And the cruel heat,  15
And the sickening, putrid food;
And the smell of the trench just back of the tents
Where the soldiers went to empty themselves;
And there were the whores who followed us, full of syphilis;
And beastly acts between ourselves or alone,
With bullying, hatred, degradation among us,
And days of loathing and nights of fear
To the hour of the charge through the steaming swamp,
Following the flag,
Till I fell with a scream, shot through the guts.
Now there’s a flag over me in Spoon River!
A flag! A flag!


Thursday, March 17, 2011

Intelectuales, solidaridad y canibalismo

Un grupo titulado Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad ha publicado esta semana una carta sobre la crisis en Libia. (Pueden ver la carta, y la lista de los firmantes, pulsando aquí.)El texto tiene sólo 253 palabras. Repudian cualquier intervención extranjera porque, dicen, "la delicada situación interna que hoy vive el pueblo de Libia debe ser resuelta de forma pacífica, en el estricto respeto a su autodeterminación, sin injerencia extranjera y garantizando la integridad de su territorio". Por supuesto que eso es lo que quieren todas las personas de bien. Perfecto.


Sin embargo, ni una sola de esas 253 expresa crítica alguna a Muammar el Gadafi. A los defensores de la humanidad no les parece criticable el hecho de que Gadafi haya enviado aviones de guerra a bombardear a su pueblo hace no más una semana. No les parece que las miles personas que podrían haber muerto en las últimas dos semanas sean merecedoras ni siquiera de una palabra de condena a Gadafi. Será que son de los que piensan que los amigos están para ayudarse... sobre todo en momentos difíciles.

En ese sentido, el mismo Gadafi ha sido siempre un modelo. Como se sabe, entre los amigos que Gadafi apoyó, financió y protegió mientras pudo, hay al menos cinco genocidas (Idi Amin, Jean-Bédel Bokassa, Omar al-Beshir, Mengistu Haile Mariam y Slobodan Milošević) y dos que, además de genocidas y cleptómanos, fueron supuestamente caníbales (Idi Amin y Bokassa). Gadafi nunca le dio la espalda a esos caballeros por asesinar, robar o comer carne humana. Y ninguna de esas relaciones peligrosas les quita el sueño tampoco hoy a los intelectuales defensores de la humanidad. Ellos son amigos de Gadafi, en las buenas y en las malas.

Jean-Bédel Bokassa
Estos intelectuales son de los que se indignan si alguien menciona ante ellos el nombre de Pinochet. Y hacen bien: Pinochet fue un dictador que asesinó o "desapareció" a 3197 personas. Pero esos mismos intelectuales apoyan a Gadafi, un dictador que ha asesinado o desaparecido más personas en el último mes, que Pinochet en sus diecisiete años de dictadura. Y Gadafi lleva 41 años asesinando...

Esos intelectuales se indignan si alguien menciona ante ellos el nombre de Somoza. Y hacen bien: los Somoza instauraron una dictadura dinástica y se robaron la mayor parte de la escasa riqueza de su país. Pero esos mismos intelectuales apoyan a Gadafi, que junto con sus hijos ha robado mil veces más que lo que los Somoza soñaron jamás afanarle a Nicaragua. Como se sabe, los hijos de Gadafi, que comandan mafias personales que se baten a veces en Trípoli por el derecho de extorsionar a las compañías extranjeras, tienen entre sus aficiones hacer fiestas donde les pagan millones de dólares a los artistas de moda de Estados Unidos para que canten para ellos y sus amigos. A los intelectuales defensores de la humanidad les preocupa que las transnacionales puedan robarse el petróleo libio. Pero no les molesta para nada que Gadafi, sus hijos y sus matones, se lo estén robando desde hace más de tres décadas.

Idi Amin Dada
Esos intelectuales se indignan, si alguien menciona ante ellos el nombre de Posada Carriles. Y hacen bien: Posada Carriles fue el autor intelectual del atentado terrorista contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación en 1976 en el que murieron 73 personas inocentes. ¿Cómo no indignarse ante semejante crimen? Pero esos mismos intelectuales apoyan a Gadafi, que fue el autor intelectual y quien financió el atentado terrorista contra el vuelo 103 de PanAm en 1988, en el que murieron 270 personas. ¿Será que los gritos desesperados de los niños que caían a la muerte en Inglaterra les parecerán menos terribles que los de los jóvenes esgrimistas cubanos muertos en Barbados? ¿Cómo pueden repudiar a Posada Carriles por su horrendo crimen y al mismo tiempo apoyar a Gadafi, que cometió un crimen igualmente horrendo?

Los intelectuales que firman la carta de marras están en su todo su derecho de expresar su apoyo al tirano, genocida y terrorista Muammar el Gadafi. Pero el sentido común —y un mínimo de decencia— les debería indicar que ahora sus condenas —con ese aire de superioridad moral que exhiben— a los que defienden o se niegan a denunciar los crímenes de Pinochet, Somoza o Posada Carriles, sonarán terriblemente vacías; porque ellos acaban de dar públicamente un espaldarazo a un psicópata tan asesino y torturador como Pinochet, tan ladrón y criminal como Somoza, y tan terrorista y despreciable como Posada Carriles.

¿Cambiarían acaso de opinión estos defensores de la humanidad —me pregunto— si se descubriera mañana que Muammar el Gadafi era también caníbal, como sus amigos Idi Amin y Bokassa? ¿O será que la 'solidaridad' de estos intelectuales no tiene ningún límite?

Monday, March 7, 2011

Un pez de día para el plátano perfecto


El jueves en la noche mi hija PZ, de quince años, leyó "A Perfect Day for Bananafish" y bajó de su cuarto —transfigurada por el suicidio de Seymour Glass y la alquimia de J. D. Salinger— a darme la noticia. Una de las ventajas de tener descendencia es que tus hijos un día te recuerden lo que sentiste al terminar de leer por primera vez "A Perfect Day for Bananafish".

Conversamos un rato sobre ese cuento dolorosamente perfecto y le dije lo que siempre he pensado: que la conversación de Muriel Glass con su madre es la que "sirve la mesa" para el resto de la historia. Esa descripción de su temor de que el marido se vaya a estrellar intencionalmente con cada árbol de la carretera es el cimiento del cuento. Sin esa conversación, la historia queda reducida a un torpe suicidio inesperado. Pero Muriel Glass, con su parloteo superfluo y sus referencias a las tentaciones suicidas del marido, nos pone en esa cerca entre la banalidad —¿o decimos "bananidad"?— y la tragedia en que ella vive, y que es el meollo del cuento.

Rememoré entonces, para beneficio o castigo de mi hija, la muerte de Jackson Pollock. Conjeturamos si habría sido un suicidio, si estaría imitando a Seymour Glass o si simplemente estaba muy borracho. ¿Vería más claro —see more glass— Jackson Pollock en esa noche de Long Island que rememorábamos ahora mi hija y yo en otra noche de Long Island?

El viernes en la noche vinieron a casa dos amigos de MD, violinistas consuetudinarios, y en su honor ella hizo unas pastas con hongos tan memorables como un cuadro de Pollock o un cuento de Salinger. George, uno de los irredentos violinistas, habló de su programa de música en la Appalachian University, del silencio amigable de las Smokey Mountains. Hablamos entonces de Asheville, de la rara belleza caótica del Grove Park Inn y de un viaje de pesadilla que hice con mi familia entre la niebla que nombra esas montañas de las Carolinas.

George nos contó entonces que un día, regresando a casa tras un concierto en Asheville, se había quedado dormido al volante y había estado a punto de morir en esas carreteras siempre sepultadas en la bruma.

Al otro día —sábado—, después de almorzar, llevé a mi hija PZ a su clase de piano. La dejé en casa de su maestro y me fui a la oficina de Western Union. Resulta que mi prima P vive en Francia y no encontraba en las Galias modo alguno de mandar a Cuba unos dineros que nuestra familia necesita con premura. Me envió entonces la mesada a mi nombre para que yo se la hiciera llegar a sus destinatarios en La Habana. Camino de la oficina iba pensando en aquel filósofo de mirada zurda que, de visita en el límpido Vedado de 1960, mientras hablaban del futuro luminoso que esperaba a los cubanos, le preguntó al caudillo: "¿Y si le piden la Luna?" "Será que la necesitan", dijo el caudillo.

Poética la respuesta, desde luego, pero resulta que ahora los inquilinos del paraíso no piden lunas sino una remesita de $300 dólares que los ayude a sobrevivir un mes en ese mismo Vedado donde antes filósofos y caudillos se repartían la Luna a tajadas como si fuera realmente un queso.


Llegué a la oficina de Western Union. El amable empleado, en un arranque de honestidad irlandesa, me confesó que nunca pedía los
affidavits necesarios para envair dinero a Cuba para evitarse así las complicaciones que supone trasferir dinero a ese raro lugar donde todo parece ser más complicado. Estuve tentado a decirle: "Imagínese el día que tengamos que mandar la Luna", pero ya era casi la hora de recoger a mi hija y no quería yo abusar de mi suerte irlandesa.

Recogí a PZ y nos fuimos a casa en el sopor impredecible de esa tarde de febrero que, a 10 grados centígrados, parecía casi verano después de este soviético invierno neoyorkino que hemos padecido. Pensaba yo en la Luna de queso que Jean Paul y su carnal Simone rebanaban con el profeta de La Habana medio siglo antes. El sol calentaba el interior del auto por primera vez desde un remoto septiembre. La cantata de Bach que se escuchaba en la radio parecía alejarse...


—¡Papá! ¿Qué estás haciendo! —gritó entonces PZ.


Abrí los ojos. Vi un auto embestirme por el mismo carril de la avenida. En realidad —me di cuenta al instante— era yo quien lo embestía: me había quedado dormido al volante y estaba en la senda contraria. Por una vez en la vida tuve reflejos y giré violentamente a la derecha. Creo haber visto al tipo del otro auto mirarme con una mezcla de terror e indignación en el instante en que nos cruzamos 
felizmente sin matarmos.

Miré a mi hija y me di cuenta de que sabía exactamente que habíamos estado a punto de terminar el invierno sin salir de febrero. Me preguntó:


—¿Y si yo no hubiera estado aquí, papá? —lo dijo en castellano.


Había un tono de reproche en la pregunta. No estoy seguro, sin embargo, si su enojo iba dirigido a mí, a Salinger, a Dios o a Jackson Pollock, así que todos preferimos olvidarlo.

Tuesday, February 22, 2011

A grandes problemas...

Diálogo entre mis hijos. Sucedió hace diez minutos.

Le dice TB, de diez años, a MI, de siete:

—Huir de los problemas nunca le ha solucionado un problema a nadie.

—Bueno, yo no estoy tan seguro —le responde MI

—Pues deberías estar seguro. Uno tiene que enfrentar los problemas que se presenten. Huyendo no se arregla nada.

—TB, eso es cierto cuando se trata de problemas pequeños, pero cuando los problemas son demasiado grandes, lo mejor es huir —dice MI muy serio.

—Te digo que no, que huir no es la solución.

—Cuando el problema es grande, la solución es huir.

—No te creo —insiste TB—. A ver, ¿me puedes dar un ejemplo?

—Claro. Si en el patio de la escuela cinco niños más grandes que tú te dicen que te van a propinar una paliza, la solución es huir. Es lo que hay hacer cuando los problemas son más grandes que tú.

Y que Muammar al-Gaddafi no tenga a mi hijo MI como asesor para casos de crisis, caray...

Sunday, February 13, 2011

Los sufrimientos del amor precoz

I

Esta mañana, mientras nos vestíamos para salir a recoger sus primeros espejuelos, tuve esta conversación con mi hijo TB, de diez años:

—TB, vas a parecer un teenager con tus espejuelos —le digo.

—Yo no quiero espejuelos. Estoy muy contento con la persona que soy sin espejuelos.

—Pero TB, con los espejuelos te vas a ver más maduro.

—Quizás, pero, ¿y si no le gusto a Samantha con espejuelos? —dijo con preocupación.

—Le vas a encantar a Samantha con espejuelos —le aseguré.

—Samantha es lo mejor que me ha pasado desde que llegué a la escuela de Wheeler Avenue. El año pasado una niña me dijo que era bonito y me dio un beso, pero no se puede comparar con Samantha.

—¿Y cómo van las relaciones con ella?

—Bueno, ayer me hizo pasar un mal rato.

—¿Cómo?

—Bueno, salió corriendo cuando estábamos hablando. Pensé que ya no me quería. Le caí atrás y le pregunté que qué pasaba, que si ya no le gustaba. Me dijo: "No, TB, es que quiero que juguemos a los agarrados". Y yo le respondí: "Bueno, podrías habérmelo aclarado antes de echarte a correr, ¿no?"


II

Hace unos meses, mi hijo MI, que entonces tenía seis años, pasó unas semanas acosado por las pesadillas. Nos despertaba varias veces en medio de la madrugada a su madre y a mí hasta que uno de los dos iba a dormir con él a su cama. Una mañana, mientras le cepillaba los dientes, tuvimos esta conversación.

—MI, me dijo tu madre que anoche tuviste unas pesadillas horribles —le comenté.

—¿Pesadillas? Yo no tuve ninguna pesadilla, papá...

—Bueno, tu madre me dijo que anoche, a las tres de la mañana, se tuvo que pasar a tu cama porque estabas llorando por las pesadillas.

Me miró, se sonrió, y me dijo, con ese tono de voz que uno usa cuando tiene que explicarle algo a una persona muy ingenua:

—Papá, yo no tuve ninguna pesadilla. Lo que pasa es que ya tú no le gustas a mamá y ella prefiere dormir conmigo en mi cama.

Tuesday, February 1, 2011

Una tacita de té para Hosni Mubarak

En un rato, nuevamente, los egipcios saldrán a la calle a decirle a Hosni Mubarak lo que todo el mundo menos él sabe: que están hartos de su gobierno, de la corrupción y la ineptitud de su casta; que es hora de que se vaya al infierno. Saldrán a la calle a decirle que nadie está treinta años en el poder sin ser un tirano; saldrán a gritarle que si tuviera un mínimo de decencia no se atrevería a sacrificar un país entero a los delirios de su egolatría. Saldrán a la calle a explicarle que —más allá de lo que alguna vez pudo haber hecho que fuera útil— hoy no es más que un vejete hijo de puta enganchado a la teta del poder, que se tendría que avergonzar de sí mismo si le quedara un rastro de vergüenza o de lucidez.

Es posible que en diez años estén los egipcios añorando los años de Mubarak. Porque en ese mundo que pudiéramos llamar Islamia no hay
happy endings. De Irak a Túnez, y de Libia a Argelia o a Siria, la elección parece ser entre la tiranía secular o el fundamentalismo islámico —o, en el caso saudita, entre el fundamentalismo hipócrita y fundamentalismo idiota. Tomando en cuenta ese contexto, es muy difícil ser optimista cuando se piensa en el futuro de Egipto.

Pero esas preocupaciones tendrán que esperar. 
En un rato saldrán los egipcios a la calle a pedirle a su tirano que se largue. Y uno no se puede perder ese espectáculo edificante. Ahora mismo, los ministros de ayer estarán haciendo sus maletas, recogiendo todo lo que se puedan robar a última hora. Los "miembros de la seguridad", represores de la semana pasada, ya andarán explicando a sus vecinos que "yo nunca le hecho mal a nadie". Los militares mirarán nerviosos a su alrededor para atisbar el momento preciso para cambiar de bando. En palacio, a Hosni Mubarak le traerá uno de sus edecanes una taza de té que tomará con manos temblorosas. 

Es el mismo temblor de Ceauşescu cuando la multitud comenzó a abuchearlo en Bucarest en 1989. Es el temblor en los dedos del borracho Gennady Yanayev en Moscú al anunciar el golpe de estado contra Gorbachov. Hoy se volverá a sentir en el aire el olor inconfundible del miedo de un tirano. Y por ninguna razón debería uno dejar de disfrutarlo.