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Saturday, September 8, 2012

La Virgen de la Caridad: cuatro siglos de malas compañías


[Este artículo se publicó originalmente en Diario de Cuba]

Nuestra Señora de la Caridad. 1920. Talla en
madera del escultor catalán Ramón Mateu
que se conserva en la iglesia de
Our Lady of Esperanza, en Manhattan.
Foto: Tersites Domilo. Sept. 8, 2012
Muchos cronistas creen —sin que se pueda confirmar— que la imagen que se venera hoy en el Cobre es la misma que llevaba Francisco de Ojeda cuando naufragó en 1510 en la Bahía de Jagua, y que lo acompañó en su penoso recorrido hasta Maisí. Lo cierto es que la imagen es de origen español, y desde los inicios de su devoción fue reverenciada por muchos peninsulares. Como la lengua en que escribieron el himno y las proclamas, y como las armas con las que pelearon los mambises, la Virgen de la Caridad fue una herencia compartida que durante el siglo XIX, y en el crisol de tres guerras, se convertiría en un símbolo esencial de la identidad cubana.

En la edición del domingo 22 de septiembre de 1895, la revista madrileña La Semana Católica1 reprodujo esta noticia tomada del Diario de la Marina:

En uno de los campamentos ocupado [sic] por la columna del teniente coronel Palanca, fué encontrado colgado, dentro de un bohío, un cuadro con la imagen de la Virgen del Cobre.

Un soldado, al ver el cuadro, dijo: “Esta me la llevo yo, porque es una irreverencia que esta Señora esté en compañía de tan mala gente”. Y como lo dijo lo hizo.

No es de extrañar que el soldado español considerara suya a la Caridad. La devoción a la Virgen del Cobre no era coto exclusivo de los criollos independentistas. En 1859, por ejemplo, el periódico La Verdad Católica2 informaba “la aclamación de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre por Patrona del cuarto batallón de Voluntarios”.

Casi una década antes había llegado a Cuba San Antonio María Claret, tras ser nombrado arzobispo de Santiago. Al arribar a su diócesis el 18 de febrero de 1851, uno de sus primeros actos públicos fue hacer una visita a la Virgen del Cobre3. Sabía que en Cuba necesitaría toda la ayuda que pudiera encontrar, y había comenzado por el sitio donde más devotos la hallaban: en el Cobre.

El nuevo Arzobispo habrá recordado el destino de uno de sus predecesores, el obispo Manuel Montiel, llegado a Cuba casi doscientos años antes, en 1657, con sus mismos anhelos reformadores4. Enterado monseñor Montiel de que una buena parte de los sacerdotes de la isla eran más aficionados a los prostíbulos que a las procesiones, anunció su propósito de reformar las costumbres de su clero. Tres meses después murió envenenado, se dice, víctima de una conjura de sus curas5.

La Virgen del Cobre no salvaría tampoco a San Antonio María Claret de su destino cubano. Cinco años exactos después de su visita al Cobre, tras celebrar una misa en Holguín, se acercaron los fieles a saludarlo. Uno de ellos, sin embargo, en lugar de besarle el anillo, sacó una navaja de afeitar y abrió un surco en su rostro, desde la oreja hasta el mentón, que dejó a la vista hasta los huesos de la mandíbula episcopal6.

Los testimonios de la época aseguran que el matón isleño que lo atacó había sido pagado por un sacerdote. El obispo había hecho una campaña de denuncia contra los curas que se amancebaban con sus feligresas. Uno de ellos pensó que San Antonio se había referido a él con detalles tan exactos que cualquiera podría identificarlo a él y a su amante, y decidió entonces contratar los servicios del navajero isleño. Un año después, el obispo regresó a España. La horrible cicatriz del rostro le impediría olvidar jamás su temporada en nuestro infierno. El atacante isleño murió unos años después desterrado en Ceuta. Del cura que lo contrató y de su amante no se tiene noticia alguna: probablemente se hicieron viejos fatigando las camas de la parroquia con su pecado horizontal.

Si bien parecía imposible reformar las costumbres de los cubanos, la devoción a la Virgen de la Caridad siguió en aumento. El domingo 7 de julio de 1861, el periódico La Verdad Católica7 informaba a los devotos que unos fotógrafos de Trinidad habían logrado sacar una reproducción fiel de la imagen, cuyas copias vendían en su estudio fotográfico. Cada impresión se vendía acompañada del relato de un milagroso suceso ocurrido al revelar la foto de la Santísima Virgen. El estudio fotográfico donde ocurrió el portento, según el artículo, estaba en la calle del Desengaño, detalle que habrá sido un indicio revelador para muchos lectores.

Ya en 1870, en los inicios de la Guerra Grande, las ofrendas dejadas en El Cobre ascendían a $30 000.00 anuales (equivalentes a más de medio millón de dólares de 2012), y fue entonces que se decidió construir un nuevo santuario8.

La Guerra del 95 haría difícil para los cubanos ser independentistas y estar al mismo tiempo en buenos términos con la jerarquía católica. En la misma época en que se encontró el cuadro de la Virgen del Cobre en el campamento mambí, el papa León XIII enviaba sus bendiciones a las tropas españolas, y su nuncio en España, hablando en nombre del Sumo Pontífice, los animaba “a pelear contra los que han levantado el estandarte de la ingratitud y la traición”; y se refería a los mambises como “parricidas que han olvidado los deberes contraídos con España”9.

Eran los tiempos en que el obispo de La Habana, monseñor Santander y Frutos, decidió celebrar un Te Deum de acción de gracias al enterarse de la muerte de Martí. Poco después brindaría las iglesias para que sirvieran de barracas a las tropas españolas de paso. A la larga, sería la Virgen del Cobre el puente que salvaría esa grieta… Y no solo la Virgen: también los sacerdotes que se pusieron del lado de los mambises, como el legendario padre Arocha, párroco de Artemisa, que al ocupar las tropas españolas su iglesia les envió parte de sus armas y municiones, escondidas en un féretro, a los guerreros del Ejército Libertador; y los sacerdotes cubanos de La Habana, que publicaron un manifiesto a favor de la independencia, para infinito disgusto de su obispo. Al entrar Gómez a La Habana con sus mambises, tres sacerdotes católicos cabalgaban junto a ellos10.

Por su parte, monseñor Santander, temiendo lo peor, se largó a España con las tropas derrotadas y no se atrevió a regresar jamás. La Habana se quedaría sin obispo hasta su renuncia, desde la Península, en noviembre del 1899. Roma nombraría entonces a Donato Sbarretti como obispo de La Habana. Sbarretti era un diplomático italiano destinado en Washington, que jamás había mostrado interés en los asuntos de Cuba, pero que tenía el don de ser amigo personal del presidente de Estados Unidos11.

Un milagro de la Virgen sería entonces que, dieciséis años después, los veteranos del Ejército Libertador le pidieran al Papa que declarara a la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba. Se consumaba así un reencuentro que pocos hubiesen podido atisbar 21 años antes, cuando monseñor Santander celebró su Te Deum por la muerte de José Martí.

Como tantas historias cubanas, esta tiene su coda en New York. En 1906, Manuela de Laverrerie de Barril, esposa del antiguo cónsul de España, persuadió a su amigo el magnate Archer Huntington para que donara terrenos y dineros para hacer una “iglesia española” en el Alto Manhattan. En 1912 se inauguró la Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, en un bello edificio que aún se contempla en la calle 156. La lámpara del Santísimo fue una donación del rey Alfonso XIII de España12.

Cuatro años más tarde, en 1916, Leoncio Serpa, quien poco después sería el presidente del Comité Pro-Cuba de New York, le propuso al párroco de la “iglesia española” que su templo fuera presidido por una imagen de la Virgen de la Caridad, que donaría el pueblo cubano. Al párroco, el francés-español Adrian Buisson, le pareció buena su idea. Serpa viajó a La Habana y se entrevistó con Nicolás Rivero, el director del Diario de la Marina, para recaudar los fondos necesarios. Fue en ese periódico donde se promovió la idea y se pidieron las donaciones, siendo la de Rivero la primera y más sustancial. Era el mismo periódico —y el mismo hombre— que había publicado la anécdota con la que comienza este texto.

El 6 de junio de 1920 se colocó la imagen, tallada en madera cubana por un escultor catalán, en la iglesia neoyorquina. Ese día el templo lucía en su portal una inmensa bandera cubana; y de uno de los candelabros colgaba el banderín que usara el general Mayía Rodríguez durante la guerra13.

Ese mismo año, el 20 de octubre, se celebraría en la Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza la “Fiesta de las Banderas”. En presencia del cónsul cubano, del cónsul español y de los representantes del gobernador de New York, se llevaron ante la Virgen de la Caridad las banderas de Cuba, España y Estados Unidos, y se pidió por la paz y la reconciliación entre las tres naciones que dos décadas antes habían librado una sangrienta contienda.

Quién sabe si un día nos será dado ver a cubanos y yanquis, rusos y españoles, negros y blancos, católicos, santeros y ateos, reunidos otra vez junto a la Virgen del Cobre, con los mismos deseos que tuvieron aquellos ex enemigos en 1920, cuando decidieron poner a un lado sus diferencias y plantar sus banderas a los pies de una Virgen sospechosamente morena y rodeada desde siempre de “malas compañías”.




[1] La Semana Católica, Volumen 14, página 377 (Madrid, 1895)
[2] La Verdad Católica, Volumen 3, página 471 (Imprenta del Tiempo, La Habana, 1859)
[3] Vida del Excmo. é Illmo. Sr. Antonio Maria Claret, del presbítero Francisco de Asís Aguilar, página 148 (Madrid, 1871)
[4] Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba, de Jacobo de la Pezuela, página 183 (La Habana, 1863)
[5] La prostitución en la ciudad de la Habana, de Benjamín de Céspedes y Santa Cruz, página 66 (La Habana, 1888)
[6] Vida del Excmo. é Illmo. Sr. Antonio Maria Claret, del presbítero Francisco de Asís Aguilar, páginas 22-227 (Madrid, 1871)
[7] La Verdad Católica, Volumen 7, página 231 (Imprenta del Tiempo, La Habana, 1861)
[8] Cuba with Pen and Pencil, de Samuel Hazard, página 456 (Hartford Publishing Company, Hartford, 1871)
[9] La Ciudad de Dios, revista religiosa científica y literaria, Volumen XXXVII, página 627, edición del 20 de agosto de 1895 (Madrid, 1895)
[10] To-morrow in Cuba, de Charles Melville Pepper, páginas 255-265 (Harpers & Brothers, New York, 1899)
[11] The Conservative review, Volume 3, marzo-junio de 1900, página 208 (Washington, EE.UU., 1900)
[12] Church of Our Lady of Esperanza, del padre Crescent Armanet (New York, 1921)
[13] Apuntes históricos, de Leoncio Serpa (New York, 1921)



Saturday, August 25, 2012

Neil Armstrong: un paso gigantesco para un hombre


Neil Armstrong. Foto tomada del periódico The Guardian
Ha muerto Neil Armstrong. Al lector indiferente le puede parecer ese un pequeño paso para la humanidad, pero es siempre un paso gigantesco para el hombre a quien le toca darlo. Hoy su hazaña nos parece menos memorable que la nueva versión del iPad o el destino de la economía griega. En su momento, sin embargo, sus pasos lunáticos conmovieron a los poetas y a los televidentes... 

He recordado hoy dos poemas que recuerdan su hazaña. El primero es del cubano Eliseo Diego, y es una visión desolada y apocalíptica. El segundo es de Jorge Luis Borges, y es un sueño homérico. Eliseo escribió su poema en un país donde no se transmitió la llegada del hombre a la Luna, y donde no se publicaban los poemas de Jorge Luis Borges. Podría ser que todos esos detalles inconexos estén secretamente relacionados. 

Que tengas buen viaje, Neil Armstrong.
 



Oda a la contemplación de la Tierra

                                        ...la huella de su pie en la Luna...
                                                 (De los diarios, año de 1969)

Desde la roca de la desolación
por fin ha visto el hombre a su madre
Velada en un velo viviente,
la frágil, la prodigiosa criatura,
la danzarina del abismo,
la que oculta en su seno maravillas.
Desde la roca de la desolación.
Velada en un velo viviente.

Aquel que la está mirando
en medio de la simplicidad de la ceniza,
de la invulnerabilidad de la ceniza,
¿no es el que le desgarra la entraña?
El hijo increíblemente pequeño
de la increíble pequeña maravilla, en medio
de la desolación, lleno de crimen.
En medio de la desolación de la ceniza.

Cada cráneo pelado,
¿no repite la desolación de la luna?
Cada órbita seca,
¿no dobla la ceguera de la roca?
En medio del fúnebre fulgor,
del lívido, featidico fulgor,
repleto de traición, el hijo acecha
la trémula belleza que es su vida.

Eliseo Diego
Los días de tu vida (La Habana, 1977)




1971

Dos hombres caminaron por la luna,
Otros después. ¿Qué puede la palabra,
Qué puede lo que el arte sueña y labra,
Ante su real y casi irreal fortuna?
Ebrios de horror divino y de aventura,
Esos hijos de Whitman han pisado
El páramo lunar, el inviolado
Orbe que, antes de Adán, pasa y perdura.
El amor de Endimión en su montaña,
El hipogrifo, la curiosa esfera
De Wells, que en mi recuerdo es verdadera,
Se confirman. De todos es la hazaña.
No hay en la tierra un hombre que no sea
Hoy más valiente y más feliz. El día
Inmemorial se exalta de energía
Por la sola virtud de la Odisea
De esos amigos mágicos. La luna,
Que el amor secular busca en el cielo
Con triste rostro y no saciado anhelo,
Será su monumento, eterna y una.

Jorge Luis Borges
El oro de los tigres (Buenos Aires, 1972)

Thursday, August 9, 2012

La prostitución es un matrimonio de cinco minutos


[Esta es la continuación de mi post anterior: "Jineteras coloniales: La prostitución en La Habana a fines del siglo XIX".]

El título de este post es una de las conclusiones a las que llega Pedro Giralt en su libro El amor y la prostitución: réplica a un libro del Dr. de Céspedes, publicado en La Habana en 1889. En esa época Giralt era uno de los redactores de la revista La Habana Elegante, junto al novelista Ramón Meza, el poeta Julián del Casal, Manuel de la Cruz, el autor de los Cromitos cubanos, el dramaturgo Ignacio Sarachaga y el poeta Enrique Hernández Miyares, entre otros.

Este era un círculo de independentistas en reposo: De la Cruz, Meza y Hernández Millares serían pocos años después colaboradores asiduos del periódico Patria. Giralt, sin embargo, era un defensor del dominio español, como muestra su minuciosa Historia contemporánea de la Isla de Cuba
publicada en 1896; y en la que presenta a los mambises como herederos de Atila y sostiene que en Peralejo Maceo contaba con 7 000 hombres y Martínez Campos con 1 500.

El libro de Pedro Giralt sobre la prostitución es mucho menos interesante que el de Céspedes, pero tiene varios detalles que justifican su lectura. En primer lugar, Giralt hace una defensa de la causa de la mujer pocas veces vista en Cuba desde que José Ignacio Rodríguez publicara en 1863 su tímido 
Estudio sobre la situación civil de la mujer en España. Afirma Giralt, por ejemplo, que "la cultura de un pueblo se mide por los fueros y derechos que disfruta la mujer". Además de eso, explica la necesidad de que la mujer reciba educación, se incorpore a la fuerza laboral y disfrute de los mismos derechos que el hombre. Rechaza la tesis de que la poligamia sea más natural que la poliandria y explica por qué los gozos sexuales femeninos son tan intensos —si no más— que los masculinos. Además, en defensa de la prostitución, propone otras ideas que resultan curiosamente actuales en estos tiempos de corrección política. Afirma, por ejemplo:
[...] si vamos á prohibir la prostitución por el mal venéreo que propaga, justo es que por igual razón se prohiban las tabernas y cafés porque desarrollan el alcoholismo. Deberemos también reglamentar las comidas poniendo en cada casa un Don Pedro Recio de Tirte Afuera, porque los excesos gastronómicos son origen frecuente de mil enfermedades crónicas y agudas. Deberemos prohibir el uso del tabaco, porque según autorizados facultativos, el fumar es causa de otras enfermedades.

La imagen que daba Céspedes de La Habana, tan parecida a la que ahora nos venden sobre La Habana de los años cincuenta, es rebatida por Giralt como una exageración mojigata:
Leyendo los escándalos que Juvenal cuenta de Roma, se nos pinta en la imaginación la ciudad eterna de la época de Augusto como una bacanal de corrupciones desenfrenadas, sin dar lugar á un ápice de buenas costumbres. [...] Asi se habrá imaginado la ciudad de la Habana, el que no la conozca y lea el libro del señor Céspedes, con sus pintorescas descripciones de la prostitución blanca y de color vagando y escandalizando libremente por las calles. Pero los observadores de buen sentido que estamos ahí y sabemos que de seiscientas calles que tiene la Habana, solo en veinticinco existen algunas pocas casas de prostitución tolerada, y más de la mitad están apartadas, fuera de tránsito forzoso del público, y únicamente en estas últimas es donde se nota el desagradable bullicio de las meretrices y sus parroquianos, no tan escandaloso como lo pinta el doctor Céspedes, salvo algún hecho aislado y excepcional que no debe referirse como habitual. No es creíble lo que dice Juvenal de Roma, ni es una verdad la Habana del doctor Céspedes: no puede ser verdad. Si lo fuese, habría que confesar que la mancha de lodo y corrupción que el doctor circunscribe en una determinada clase social, envolvería de hecho todas las demás clases, y no escaparía nadie del contagio.

Es cierto que Giralt no critica en su libro el racismo orgiástico de Benjamín de Céspedes, y repite sus diatribas contra los homosexuales. Pero sí critica el criollismo ingenuo del Dr. Céspedes: rechaza sus ataques contra los peninsulares y se burla de la exaltación de la inocencia cubana, citando para ello los excesos de los mambises del 68 y la traición a Carlos Manuel de Céspedes. Giralt predice la desaparición del matrimonio como institución legal, propone que la prostitución sea considerada una transacción comercial como cualquier otra, y repite la tesis de Adam Smith de que la suma de los intereses individuales conduce al bienestar social. 


Benjamín de Céspedes, el patriota criollo, escribe como un esclavista nostálgico. Giralt, el español colonialista, escribe como un liberal sin ilusiones. La lectura comparada de sus libros no ayuda a reforzar nuestros mitos patrióticos, pero puede acercarnos a la realidad de esa Cuba que sin saberlo se acercaba a la pedregosa soledad de su idependencia.


De todos modos, tras leer el libro de Giralt, queda una pregunta flotando: Si la prostitución es un matrimonio de cinco minutos como él afirma, ¿será acaso el matrimonio una prostitución de toda la vida? Si Pedro Giralt  tenía la respuesta, no la revela en su libro.

Thursday, August 2, 2012

Jineteras coloniales: La prostitución en La Habana a fines del siglo XIX

Prostituta londinense de fines del siglo XIX.
Foto tomada del blog Revolting Developments.
Hay ciertos asuntos que uno va dejando para mañana y para pasado... hasta que un día se le acaban las justificaciones. Eso es lo que me ha pasado con la historia de Cuba. Por eso en los últimos meses he estado leyendo cubanerías. Y de vez en cuando hallo cosas interesantes, para mi sorpresa. 

Las prostitutas decimonónicas, por ejemplo, pueden ser interesantes. L
a semana pasada y esta he leído tres libros sobre el caso: La prostitución en la ciudad de la Habana, del Dr. Benjamín de Céspedes y Santa Cruz (1888); El amor y la prostitución: réplica a un libro del Dr. Céspedes, de Pedro Giralt (1889); y el Reglamento para el régimen de la prostitución en la ciudad de la Habana (1894).  

El primero de esos libros es el más interesante. Céspedes fue médico encargado de los prostíbulos de La Habana y tenía un conocimiento minucioso del tema. En su libro describe el mundo de la prostitución habanera con chancros y señales: en la calle de la Bomba había 31 casas de tolerancia —hay una lista de los 236 prostíbulos oficiales, ordenados por sus calles—, los lupanares chinos servían también como fumaderos de opio, la prostitución masculina era tan floreciente que las chicas de la vida alegre la consideraban una peligrosa competencia, 
la edad límite de las "pupilas" era quince años —y que esa ley se violaba frecuentemente, casi la mitad de los niños habaneros nacían fuera del matrimonio, el quince por ciento de los enfermos atendidos en los hospitales públicos de La Habana padecían de enfermedades venéreas, había prostíbulos clandestinos donde las "pupilas" era niñas entrenadas en las artes de la masturbación y la felación, a las que sin embargo mantenían vírgenes hasta la pubertad para vender sus hímenes en subastas... en fin.

Por otra parte, el libro de Céspedes desborda un racismo repugnante, hitleriano y pacato al mismo tiempo, un racismo de vértigo, casi imposible de leer o describir. Basten dos párrafos como ejemplo:


Una fatalidad antiquísima, verdadera desgracia moral heredada, corroe la infeliz raza de color, explotada ayer como servil instrumento de trabajo, y hoy como carne de lujuria. Pero esa raza impenitente, después de diez años de redención, es hoy más esclava que nunca, de su indolencia, sus vicios y depravaciones. Si al menos como el estiércol aislado, ella se destruyera sin contagios, en su podredumbre; pero no, su contacto íntimo inficiona [sic] todo cuanto toca; la raza de nuestras desgracias, habrá de servir de vehículo también de nuestras miserias [...]. 
En el organismo linfático de la sociedad cubana, el abceso supurante de la prostitución radica en las costumbres de la raza de color [...] las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata. [...] La prostitución de la raza de color, a diferencia de la blanca, es por lo general prolífica, y estos seres se multiplican como poluciones de microbios en una maceración podrida. Desde la cuna acompaña a la mulata el cortejo de enfermedades hereditarias: la escrófula, la sífilis y el raquitismo, transmitidas por sus degenerados progenitores. Ellas heredan también los rasgos deformes físicos y morales de la raza africana, y los más vulgares de la raza blanca.

Sus ataques contra los homosexuales no son menos terribles, aunque no tan numerosos. Y no habla mucho mejor de los chinos o los españoles. Y ahora bien, ¿quién se atrevería a escribir un prólogo para un libro que contiene párrafos tan monstruosos como los anteriores? Pues lo escribió —pasado mañana hará 124 años— don Enrique José Varona, el mismo señor que siete años después, tras la muerte de Martí, se convertiría en el director del periódico Patria. (¿Qué pensarían Maceo y los otros héroes negros del Ejército Libertador sabiendo que quien dirigía el órgano oficial de la revolución había avalado ocho antes párrafos como estos?) Ese mismo Varona a quien se recuerda hoy como el antiimperialista ejemplar y la conciencia moral de la nación en las primeras décadas de la República. 

¿Por qué habrá respaldado con un prólogo semejante libro? El Dr. Benjamín de Céspedes, además de ser un racista patológico, se consideraba patriota cubano: era un defensor de los criollos que culpaba de todos nuestros males a los españoles, a los cubanos negros recién salidos de la esclavitud y a los inmigrantes chinos que poblaban La Habana de su época. Quizás eso bastó a Varona; pero es difícil imaginarse cómo alguien puede obviar el racismo virulento del Dr. Céspedes. Y ahí tenemos otro indicio de que la historia de los libros de texto es siempre antónima de la realidad, y que las prostitutas suelen ser mejores personas que sus críticos más apasionados.

Tuesday, July 24, 2012

Oswaldo Payá: las noches de San Juan de Letrán

Fue en el verano o el otoño de 1984. El padre Juan de Dios —ese que hoy es obispo y celebró ayer la misa de cuerpo presente por Oswaldo Payá—, eligió a varias personas para preparar un documento que resumiera lo dicho por los católicos habaneros durante los meses anteriores en decenas de reuniones preparatorias al Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). La comisión estaba formada por dos sacerdotes —Juan de Dios y el padre René Ruiz— y cuatro laicos: Oswaldo Payá, Ofelia Acevedo, Gustavo Andújar y este escribano.

Durante varios meses nos reunimos dos o tres veces por semana en la Iglesia de San Juan de Letrán. El padre Yeyo, hijo de un antiguo chef del Habana Hilton y párroco de la iglesia, no paraba de quejarse de nuestras reuniones (¿en broma o en serio?), pero nos preparaba meriendas y cenas exquisitas con las antiguas recetas de su padre.

Oswaldo tenía treinta y dos años y la voz nasal que después todo el mundo escucharía, y usaba unas camisitas Yumurí y unos pantalones muy cheos, y daba la impresión de que nada de eso le importaba en lo más mínimo. Ofelita —todos la llamábamos así— tenía los ojos de Bambi y la piel de Isabella Rossellini: era de una belleza que cortaba el aliento. Su delicadeza escondía el inmenso coraje que demostraría luego tantas veces, y podía decir cosas que también te cortaban el aliento. Es de esas mujeres que cuando entra a una habitación los hombres bajan la voz y se arreglan la camisa.

En los recesos y las sobremesas de esos meses tuve decenas de conversaciones con Oswaldo. Hablábamos del tema que nos ocupaba (el ENEC), por supuesto, pero también de Polonia, de Lech Walesa, del destino de Cuba, de los presos políticos, de Valladares que se había casado con una prima de Oswaldo... Coincidíamos en que el comunismo era un disparate perverso, pero yo pensaba que era inamovible. Oswaldo Payá no: él fue la primera persona que me dijo, con aboluta convicción, que el comunismo era superable y que había que hacer algo por salvar a Cuba del desastre. Le dije que me parecía un iluso. La historia, para alegría infinita de ambos, se encargaría de darle la razón a Oswaldo.

Pero lo que me fascinó fue su jovialidad y su hombría de bien. Oswaldo era el tipo que uno elegiría para ir a ver un partido de pelota o a una guerra sin esperanza. Con él sabías siempre a quién tenías a tu lado. Y me imagino que fue eso lo que vio Ofelita con esos ojos suyos hoy náufragos de lágrimas, pues poco después se hicieron novios. No se debió enamorar de sus camisitas Yumurí y su peinado de los años cincuenta, pero sí de su capacidad de imaginar un destino mejor y su valor para buscarlo.

En la parroquia del Cerro, donde practicó su fe toda la vida, se casaron en 1986. Recuerdo que en lugar de entrar a la iglesia con la Marcha Nupcial de todas las bodas, eligieron un canto litúrgico: "Pueblo de reyes". Recuerdo la iglesia repleta, como hoy, pero desbordante de alegría. Porque aquel día, como en las películas, el muchacho díscolo había conquistado a la chica más bella de la escuela.

Años después, en 1991, coincidimos en la "Primera Jornada Social", un evento de laicos católicos organizado por Dagoberto Valdés. Hacía tiempo que no veía a Oswaldo, quien era ya en ese entonces un disidente conocido y perseguido. A la hora del almuerzo, cuando me acerqué a su mesa, Oswaldo, en tono de sorna, le decía a alguien: "No te sientes a mi lado que te comprometo". Alzó entonces la vista, me vio, se echó a reír y me dijo: "Ven, siéntate aquí, que tú ya no te redimes ni con un milagro". Y fue como si no hubiese pasado ni un instante desde nuestras conversaciones en San Juan de Letrán. Pocos meses después salí de Cuba: no nos volvimos a ver.

La muerte de Oswaldo Payá es un hecho desolador para su familia, sus amigos y sus colegas, pero es un desastre para su patria. Su valor, su talento político y su coherencia son siempre preciosos, pero más aún en un país carcomido en su esencia vital. Que Dios ayude a su esposa y a sus hijos, que en estos días nos han dado una lección de entereza y dignidad en medio de la tragedia. Que Dios nos ayude a todos, porque en cierta medida, a todos nos tocará pagar el precio de su ausencia.

Saturday, July 21, 2012

Frank Guiller: el cristal con que se mira

Nota: Todas las fotos que aparecen en este post son obra de Frank Guiller.


Frank Guiller (FG) usa unas gafas que debe haber heredado de algún viceministro de agricultura soviético de los años setenta. Y ahí debe estar la clave de su secreto.

He visto a FG una sola vez. Le dije que me gustaban las fotos que cuelga en Facebook, que me gustaban muchísimo. Me aseguró que esas fotos eran un intento de desmitificar al fotógrafo. Le dije que en ese caso el resultado había sido un rotundo fracaso, pues sus fotos solo alimentan el mito. Me parece que no le importó que le dijera ninguna de las dos cosas, pero no me atrevería a asegurarlo: uno no le ve la cara a FG detrás de esas gafas moscovitas que podrían tener un área más grande que cualquiera de las tres repúblicas del Báltico.


El hecho es que las fotos que cuelga en Facebook me han sorprendido cada día por casi seis meses. Uno se pregunta cómo demonios alguien puede hallar, divisar, reconocer y captar en su cámara tantos rostros horripilantes, bellos, repulsivos, desolados o alucinados como lo hace cada semana FG.

Se lo dije en cuanto me lo presentaron: "¿Cómo puedes hallar todos esos rostros en las calles de New York? Yo camino al menos diez cuadras en Midtown cada día y no veo ni la décima parte de los que tú descubres." Me dijo que debía ir al Downtown, que allí sí pululaban las mujeres del Renacimiento y los iluminados del Medioevo y los desesperados del siglo XXI. Bueno, pensé, ¿se creerá este tipo que nunca he ido al Downtown? Tuve la sensación de que me estaba mintiendo.

Y no son solo los rostros. Cada escena que retrata Frank Guiller, cada calle, cada semáforo parece ser un trozo de una futura nostalgia. Es como si pudieras oler los pretzels quemados de los carritos ambulantes y escuchar la sirena del carro de bomberos y sudar el calor de este julio tropical en los senos de esa muchacha; y saber exactamente lo que vas a sentir cuando veas esas fotos de aquí a veinte años.



Y no son solo los rostros y las escenas; es también el instinto con que elige los filtros, los colores o la manipulación demoniaca a la que somete cada foto. FG sabe la intensidad de luz y la coloración exactas del aburrimiento, la lujuria, el cansancio, la tristeza y otros cincuenta y tres sentimientos humanos. Y lo demuestra cada día con una, cinco o diecisiete fotos.

Estoy convencido de que el tipo nos engaña. Sus fotos no pueden ser obra de una sola persona. Nadie puede encontrar tanta gente y tantos lentes, y tantos filtros y tantas muchachas lunáticas. Mi teoría es esta: Frank Guiller debe ser en realidad el hijo del viceministro de agricultura soviético que fue el dueño original de sus gafas. Sospecho que aprendió a hablar español de Centro Habana para despistar, pero que tendrá los dineros mal habidos de su padre en alguna cuenta secreta. Con ese dinero probablemente le paga a una docena fotógrados —mercenarios exsoviéticos de Brighton Beach— para que cada día salgan a la calle a tomar cientos de fotos que le entregan en la tarde y entre las que él selecciona las mejores y las cuelga al otro día en Facebook. Y usa esas gafas totalitarias como un camuflaje tras el que esconde su tremebunda historia.

Frank Guiller
Si mi teoría no fuera demostrable, entonces habría que aceptar que Frank Guiller es un fotógrafo de un talento y una sensibilidad singulares. Y que es además un artista que trabaja como un perro, y tiene el olfato de un perro para descubrir esos pequeños milagros que luego ves en la pantalla de la computadora y te hacen perdonar toda la otra tontería que vas a encontrar en Facebook.

Nota: Todas las fotos de este post fueron tomadas de la página de Facebook de su autor, Frank Guiller, quien tuvo la generosidad de permitirme usarlas.

















Monday, July 16, 2012

José Martí le tenía pavor a la moringa (probablemente)

Ómnibus tirado por caballos. Foto tomada del sitio Chron.com
Nunca me había leído un diccionario así, de punta a cabo, como si fuera una novela de capa y espada de Dumas o la biografía soft-porn de Casanova. Pero el Diccionario provincial casi-razonado de vozes cubanas de Esteban Pichardo se puede leer de un tirón, porque algo tiene de aventura, aunque le falte lo de Casanova. Esteban Pichardo publicó la primera edición de su diccionario en 1836. La que me he leído es la "tercera edición, notablemente aumentada y corregida", de 1862. (La cuarta y última edición es de 1875.) Entre otras perlas, allí encontré, en la página 185, esta definición:

Moringa.—N. s. f.—Ente fantástico o coco, con cuyo nombre se atemoriza a los niños en la parte oriental. Ahí viene la moringa.
Pensé entonces que Martí tenía nueve años cuando se publicó esta edición, y me pregunté si, a pesar de vivir en La Habana y no en "la parte oriental", doña Leonor le habría dicho alguna vez a José Julián esa frase ("Ahí viene la moringa") para que se durmiera o hiciera las tareas de matemáticas.

Y en la página 120 hallé esta otra definición que no olvidaré jamás... o hasta que el Alzheimer nos separe (a mí y a mi memoria):

Guagua.—N. s. f.—Voz ind.—Introducida hace poco tiempo; pero tan generalizada que todo el mundo la usa aplicándola a cualquiera cosa que no cuesta dinero ni trabajo, o de precio baritísimo, y cuando se espresa en modo adverbial De Guagua, aumenta la significación como absolutamente de valde, sin costo ni trabajo alguno. [...]  || Guagua.— N. s. f.—Especie de coche u ómnibus usados en la Habana para viajar a los suborbios por un estipendio tan barato que le ha merecido la aplicación de aquella palabra, o quizá por la Inglesa Wagon.

Y pensé entonces que el Apóstol, además de temer a la moringa en su infancia, probablemente también sintió en la adolescencia el horror que han provocado siempre las guaguas habaneras, y que yo hasta ese instante no puede imaginar que Martí hubiese conocido. 

Pero de todas las definiciones que he encontrado en el Diccionario provincial casi-razonado de Pichardo, ninguna me ha gustado tanto como la del adjetivo "ético". ¿Qué entendían los habaneros del siglo XIX por "ético"? 

Ético, ca.—N. adj.—vulgar—Tísico -ca. De aquí el verbo recíproco Eticarse o Estar picado de ético, esto es, declararse la tisis en una persona. Pasado, pasadito. Ya sin remedio o esperanza.

Así es, para el cubano del siglo XIX (¿Solo el del siglo XIX?) ético quería decir "ya sin remedio o esperanza". Y pensé que el Apóstol, de cuerpo pequeño y enjuto, habrá sido considerado por sus vecinos como un tipo ético, pero no por las mismas razones que uno se imagina.

Hace exactamente un siglo y medio, cuando se publicó la tercera edición del Diccionario de Pichardo que he leído, en esa Isla la gente se movía en carros tirados por caballos, los niños le tenían miedo a la moringa y ser ético significaba estar enfermo. Ojalá que el Diccionario de Pichardo, aunque es una lectura interesantísima, sea para nosotros cada vez más obsoleto.  

Friday, July 13, 2012

Rafael López Ramos: las bodas del deseo

El domingo 7 de julio, Rafael López Ramos inauguró su exposición Wonderland en la galería 17 Frost, que se encuentra en 17 Frost Street, Brooklyn, NY. La exposición se exhibirá hasta el 25 de agosto. Para verla, se debe hacer una cita previa llamando al (718) 902-5714 o enviando un mensaje a esta dirección de correo electrónico: 17frost@gmail.com

Obra de Rafael López Ramos

Este domingo, el pintor Rafael López Ramos (RLR) inauguró una exposición de sus obras recientes en Brooklyn. La galería se llama 17 Frost, pero el domingo allí no había escarcha sino un calor de 90 grados a la luz de la luna. Será por eso que todas las mujeres de los cuadros de RLR andaban desnudas. Será por eso también que 17 Frost no tiene cielo raso y mostraba una vigas tan desnudas como las mujeres de la pared. O bien pudiera ser que RLR, que parece llevar su mundo en los bolsillos, hubiese traído el calor de Miami a Williamsburg, que es un barrio usualmente tan cool...

Obra de Rafael López Ramos
El hecho es que en esos cuadros pululan latas de cerveza y jevitas en traje de Eva, envases plásticos y nenitas en cueros, fotos de carros y tetas al aire, piezas de cafetera y vaginas sonrientes, volantes de autos y más teticas frescas aún... En fin, "entartete Kunst", diría el cojo Pepe Goebbels; "decadencia burguesa", diría Pepe Stalin; "jueguitos de mercadeo", diría cualquier Pepe Pérez.

Aunque es hecho conocido que alguna vez jugó a la pelota, no me parece que RLR esté jugando ahora a nada con sus niñas en pelotas. Tras una hora mirando esos cuadros uno se lleva la impresión de que RLR juega a la verdad, como se decía antes cuando la gente apostaba el dinero del almuerzo en un partido de dominó. Y eso que la verdad ya no es ni la sombra de lo que era antes.

Lo que parece compulsar a RLR es la instrumentalización del cuerpo femenino, sí, pero más aún, del deseo mismo. Esa instrumentalización se puede expresar como pornografía, pero que no se limita a la libido. Mickey Mouse tentado por un billete de un millón es una metáfora de la perversión de un deseo infantil, o de la no menos perversa infantilización de ciertos deseos; y la superposición de un abridor de cerveza a los aviones de guerra sugiere la rebeldía adolescente reempacada como jingoísmo.

17 Frost. 7 de julio de 2012, a las 11:00 p.m.
RLR arma ese discurso en grandes lienzos igual que en esas obras de pequeño formato irregular que él llama POLIsexyGONS. (Uno de los tres conjuntos de obras que formaban parte de la exposición.) En esa serie, el abandono de la forma rectangular no parece un acto de rebeldía sino de resignación ante la adulteración que sufre cualquier cosa para convertirse en pieza de trueque. No hay en esas obras pequeñas otro alarde que el de la disciplina y la mesura. La impresión que se lleva el espectador es que RLR sabe exactamente lo que quiere decir, y cómo decirlo. Su pasión no parece rebajarse a la ansiedad, a la tentación del showman.

Si el dinero es la enajenación del trabajo, podríamos decir que la propaganda es la enajenación del deseo. Viendo esos cuadros de RLR uno recuerda los versos de Ernesto Cardenal: "Hemos deseado siempre más allá de lo deseado / Somos Somozas deseando más y más haciendas / More More More / y no sólo más, también algo 'diferente' / Las bodas del deseo / el coito de la volición perfecta / es el acto de la muerte". Y algo de muerte hay en esos cuerpos desnudos metidos en latas y envases de conservas; y en ese Mickey Mouse que, concentrado en el billete, no ve la ratonera. Esa misma ratonera que RLR parece ver —y mostrarnos— con perfecta nitidez.

Obra de Rafael López Ramos

Wednesday, July 4, 2012

4 de julio: día de la independencia... ¿de Cuba?



Anuncio comercial cubano, 1907
Por supuesto que sí: el 4 de julio es el día de la independencia de Cuba.

La primera declaración de independencia de Cuba no fue el 10 de octubre de 1868 (como nos enseñaron en la escuela), sino diecisiete años antes, en 1851. Los camagüeyanos Joaquín de Agüero Agüero, Francisco Agüero Estrada y Ubaldo Arteaga Piña, cometieron un error que a la larga sería fatal para su gloria: decidieron declarar la independencia de la Isla el 4 de julio, emulando a las Trece Colonias del norte. Las luchas independentistas cubanas del resto de siglo XIX estarían frecuentemente matrimoniadas con el anexionismo, vergüenza familiar que intentamos esconder los cubanos en la trastienda de nuestra historiografía —junto con la abuela negra de Luis Carbonell. La progresiva separación de anexionismo e independentismo fue quizás la causa de que nuestros historiadores, con una mojigatería que siempre ha seguido acrecentándose, prefirieran olvidar aquella fecha que —aun avalada por una declaración de independencia—, apuntaba al norte en el calendario.

A 161 años de su publicación, el Manifiesto a los habitantes de la isla de Cuba y proclamación de su independencia merece ser releído. Lo he saboreado con curiosidad y asombro entre esas "cubanerías" a las que, como he dicho en el post anterior, estoy dedicado en estos días. Quien quiera conocerlo en su totalidad, puede consultar el libro Cuba y su gobierno, de Pedro José Guiteras, publicado en Inglaterra en 1853. Pero aquí les van algunos fragmentos que podría ser interesante releer en un día como hoy. ¡Feliz 4 de julio a todos!

La razón humana se rebela contra la idea de que puede prolongarse, indefinidamente, la situación social y política de un pueblo en que el hombre, destituido de derechos y garantías, sin seguridad en su persona ni en sus intereses, sin goces en lo presente, sin esperanzas para el porvenir, vive solo por la voluntad y bajo las condiciones que quieren imponerle todos y cada uno de sus tiranos. Una vil calumnia, la cita de un procesado, la sospecha de un mandarín, la palabra sorprendida en el santuario de la familia, o la fé violada de una carta, son méritos sobrados para arrancar á un hombre de sus hogares y lanzarle á morir de miseria y desesperacion á suelo estraño; sino es que se le somete á las insultantes fórmulas de un tribunal bárbaro y arbitrario, donde sus mismos perseguidores son los jueces que le condenan y donde en vez de justificarsele el delito se le exige que pruebe su inocencia. Tan violenta situación hace ya muchos años que Cuba la soporta, y lejos de prometerse algun remedio, cada día adquiere nuevas pruebas de que el estravío de su Metrópoli, y la ferocidad de sus gobernantes, no concederan treguas ni descanso hasta verla reducida á un inmenso presidio, donde haya un guardián para cada cubano y éste tenga que pagarlo para que lo mande. [...]

Desengáñese el Gobierno del poder de sus bayonetas y de la eficacia de todos los medios que ha inventado para oprimirnos y espiarnos. A la faz de sus mismas autoridades, á la vista de los esbirros que nos cercan; el día que nos hemos resuelto á recobrar nuestros derechos y á romper por la fuerza nuestras cadenas, nada nos ha impedido reunimos, combinar el plan de nuestra revolución, y el grito de Libertad é Independencia resonará desde la punta de Maisí al cabo de San Antonio.
El mundo se negaría á creer la historia de las horrendas iniquidades que en Cuba se han perpetrado, y considerará con razón, que si ha habido monstruos capaces de cometerlas, no es concebible que hubiese hombres que por tan largo tiempo se resignasen á soportarlas. [...]
Joaquín de Agüero Agüero, Francisco Agüero y Estrada y Ubaldo Arteaga Piña
4 de julio de 1851
Puerto Píncipe, Cuba