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Wednesday, February 27, 2013

Entre balas y marihuana: la música cubana en 1947

[La semana pasada colgué aquí mi traducción de la primera parte del artículo en un post titulado "Cuba sin música, ¿una república bananera más?", y unos días máas tarde añadí otros comentarios sobre el mismo tema en el post "Si el tango es cubano". En unos días colgaré la tercera parte (final) de mi traducción del largo artículo de Winthrop Sargeant. Quien quiera leer el artículo completo en español y sin comentarios, puede ver mi traducción íntegra en el post "El Tin Pan Alley cubano".]

En esta segunda parte del artículo de Winthrop Sargeant —“Cuba’s Tin Pan Alley”—, la más interesante de las tres en las que lo he dividido, el autor describe el mundo habanero donde surge la música que en esa época se hizo universal. 

Añado un par de detalles. Sargeant, para ilustrar la cultura mafiosa del mundo musical habanero, habla de "un negro inmenso y vestido con ropas muy llamativas, llamado Chano Pozo
". Explica la admiración que gozaba Pozo en La Habana, no solo por su talento musical, sino por vivir al margen de cualquier ley y por su pasmosa habilidad para tentar y burlar la muerte. Un año y dos meses después de publicar su artículo, Chano Pozo moriría en Harlem, baleado en la escalera que llevaba a su apartamento.

Sargeant usa la canción "Penicilina" para ejemplificar el proceso creativo y de comercialización de la música cubana. Es bueno recordar que su autor, Abelardo Valdés, fue también el compositor del famoso danzón "Almendra". La "Penicilina" es una oda a la milagrosa eficacia de ese medicamento para tratar las enfermedades venéreas. El uso masivo de la penicilina era muy reciente: antes de su introducción al mercado en 1942, contraer sífilis o gonorrea era un viaje sin retorno. La penicilina cambió las reglas del juego, y la canción de Abelardo Valdés viene a expresar lo que debió ser un sentimiento de alivio generalizado en el mundo musical habanero de entonces. Al mencionarle la canción al musicólogo Armando López, me recordó enseguida otro dato interesante: la "Penicilina" fue grabada en 1945 por el Conjunto Matamoros, cantando Beny Moré. Es una de las primeras grabaciones que hiciera en Beny en su carrera.



[Revista LIFE, edición del 6 de octubre de 1947. Páginas 145 a 148 y 151 a 157. Esta es la primera parte del ensayo de Winthrop Sargeant. Próximamente colgaré el resto.]

El Tin Pan Alley cubano [segunda parte]

                                                                    Winthrop Sargeant



Una música que florece entre balas y marihuana

A diferencia del azúcar y el tabaco, la música cubana es cultivada en las calles de La Habana por una masa humana políglota y marginal que canta, bebe y se muere de hambre con una exuberante indiferencia. Nace en los prostíbulos, en las “academias de baile” y en los centros clandestinos de santería, esos que los cubanos de las clases altas siguen acusando de ser escenario de horripilantes sacrificios humanos. Muchas de esas canciones son compuestas en pianos prestados, algunos de ellos con agujeros de balas, por marihuaneros que las venden por el precio de un trago de ron. Las estrenan en los inmundos cabarets de Las Fritas, una calle de pequeños negocios al estilo de Coney Island, cerca de La Playa, donde los negros de La Habana van a pasear en las noches. De la Las Fritas esas canciones pasaban al corazón de La Habana, donde el estruendo de los tambores es atenuado para hacerlo más paladeable para los turistas de los cabarets más caros como el Chanflán y el Faraón. Con un poco de suerte y promoción por parte de los editores de música del caótico Tin Pan Alley de La Habana, podrán llegar a los oídos de directores de orquestas y bandas de Estados Unidos y catapultar a  sus autores a la fama internacional. Con mayor frecuencia, se pierden en el enloquecido torbellino de la vida nocturna habanera, descendiendo irremediablemente, como las prostitutas de La Habana, desde los cabarets de lujo hasta los antros de 6¢, muriendo luego para dar paso a otras canciones más nuevas y más frescas.

En Las Fritas uno de los éxitos más recientes es una cancioncita movida conocida como "Penicilina", que celebra las propiedades curativas de lo que, en esa Habana relajada y libertina, es un medicamento particularmente útil. La letra de “Penicilina” automáticamente anula la posibilidad de que se convierta en un éxito internacional:


¡Ay!, ¿qué es esto? 

¡Ay, ay, ay!, ¿qué es esto?

Qué malo me siento.
Ay, que si da mal de amor,
ay, que si da mal de amor,
te digo que

la penicilina lo podrá curar.
Pruébela y ya usted verá.

*1945 PEER INTERNATIONAL CORPORATION (USED BY PERMISSION)

La “Penicilina” tiene varias versiones. La más popular de todas no tiene texto, y es interpretada con ojos ardientes y caderas enloquecidas al compás de una letra reveladora: "Bum-bum, bum, bum-bum, bum". Su repetitiva melodía de seis notas se basa en un acompañamiento punzante, traqueteante, que suena como si se estuviera derrumbando un almacén de cubertería. Cuando invitaron a grabar su canción, el autor, un negro genial llamado Abelardo Valdés, incluyó apenado una estrofa de la “Marcha nupcial” de Mendelssohn para que la canción llegara a tener la duración estándar de los discos. Su popularidad local finalmente llegó a tales proporciones que Valdés se sintió inspirado a componer una segunda canción titulada “Sulfatiasol”. "Mis amigos" anunció Valdés en tono triunfal, "me dicen que debería abrir una botica”.





El problema no es el dinero

La “Penicilina”, obviamente, no fue escrita con ojos sagaces fijos en las posibilidades comerciales en Estados Unidos. El predominio de canciones de este tipo saca de quicio a los editores musicales más emprendedores de Cuba. Aunque los compositores cubanos más conocidos tienen una organización semejante a la ASCAP de Estados Unidos, la realidad es que el saldo de la exuberante producción musical habanera no se crea con el ánimo de ganar dinero, sino por pura diversión, por un ejército de 
compositores desconocidos e indigentes. Varios intentos de organizarlos en una estructura razonable y profesional han terminado siempre en rotundos fracasos.

Los esfuerzos por lograr mejores condiciones económicas que han surgido en la prevaleciente aura de marihuana e indigencia han sido esporádicos y extremadamente individualistas. Uno de ellos explotó el año pasado cuando un negro inmenso y vestido con ropas muy llamativas, llamado Chano Pozo, se obsesionó con su deseo de tener un Buick convertible nuevo. Pozo, cuya obra maestra es una canción titulada “El Pin Pin”, se había hecho relativamente famoso también como bailador y ejecutante de tumbadora. Un día fue a hablar con su editor, un tal Ernesto Roca, y le exigió  mil dólares extras de adelanto por una nueva canción. Roca se negó a darle el dinero y Chano Pozo lo atacó. Como todos los editores de música prudentes de La Habana, Roca tenía un guardaespaldas armado que al instante le depositó cuatro balas 
en el vientre a Chano Pozo. Ligeramente incomodado, Pozo pasó dos semanas en el hospital, se recuperó y logró reunir el pago parcial para comprar el Buick sin la ayuda de Roca. Unos meses más tarde Pozo volvió a tentar a la muerte, esta vez como el desbocado chofer de su nuevo Buick. El Buick quedó destrozado en el accidente, pero Pozo volvió a burlar la muerte. Aun sigue siendo la estrella mimada de los cabarets y las estaciones de radio de La Habana.

El limbo musical homicida de La Habana flota en algún lugar indeterminado entre dos mundos. Uno es el cielo del éxito internacional, el dinero, los cabarets de New York y la fama de Hollywood, al que los cubanos buenos llegan a veces a pesar de ellos mismos. El otro es el submundo de la Cuba africana. Y la Cuba africana es, tanto desde el punto de vista musical como espiritual, un bastión fronterizo de una civilización selvática cuyo estado mayor sigue estando en las cercanías de los ríos Níger y Congo. En este submundo se mezclan los dialectos tribales africanos con el español mal hablado. Aún hoy se pueden hallar en Cuba negros ancianos que se consideran exiliados temporales y que, cuando se les pregunta por su nacionalidad, no se describen como cubanos, sino como yorubas o ararás transplantados. Sus organizaciones tribales, con sus ritos religiosos, su música, su medicina y su magia, son motivo de moderada preocupación para las autoridades cubanas, quienes los consideran como una posible amenaza política. Durante la dictadura de Machado, que terminó en 1933, las canciones de sátira política de origen negro eran causa frecuente de disturbios, y más de un compositor negro desapareció tras ponérsele precio a su cabeza.

Su ritmo proviene de las selvas africanas

El veinte por ciento de la población cubana es africana, y una buena porción del sector masculino de ese porcentaje está afiliada  a una organización poco definida que los cubanos conocen como “los ñáñigos”, que ha existido desde los tiempos de la colonia.  Los cubanos de las clases privilegiadas a veces asustan a sus hijos diciéndoles que los ñáñigos se los van a llevar si no se portan buen. La policía cubana mantiene las ceremonias tribales ñáñigas bajo estrecha vigilancia y está lista a lanzarse sobre ellos en el mismo instante en que noten que la inocua brujería puede convertirse en una conspiración política.  

Una vez al año, durante el carnaval, los ñáñigos salen a la calle para celebrar el gran evento: las comparsas cubanas. Su valor como atracción turística es innegable. En las noches de cinco sábados consecutivos las calles de La Habana se inundan de una alegre muchedumbre de negros en trajes fantásticos que van pavoneándose al compás de los tambores y cantando canciones que parecen haber salido del mismo corazón de África. Pero cuando terminan las comparsas, los ñáñigos regresan a los barrios pobres y sus campos de cultivo. Las grandes tumbadoras, que aparecen ocasionalmente durante el carnaval, vuelven a su condición de instrumento ilegal. Su uso ha sido prohibido excepto durante las fiestas, y hay una buena razón para ello: ese instrumento se usaba como un telégrafo de la selva, y su poderoso repique servía para enviar mensajes secretos de un pueblo a otro a través de los campos cubanos, y de un barrio a otro en La Habana.

Con escasas excepciones, los instrumentos de la música cubana se construyen a partir de modelos originarios de África y son sin dudas los más primitivos que se hayan usado jamás en la música civilizada. Los cubanos negros los fabrican a partir de güiras secas, hojas de guatacas, cuchillos viejos, huesos de animales, troncos de árboles, cencerros inservibles y cueros de chivo. Pero su manufactura para la exportación ha llegado a convertirse en una industria bien regulada. Incluso la exótica quijada, que se hace con la mandíbula del caballo, ahora se  manufactura de acuerdo a normas estrictas. La firma habanera de instrumentos musicales de José A. Solís, que suministra instrumentos a la mayoría de los virtuosos de la quijada en todo el mundo, ofrece dicho instrumento acompañado de la siguiente explicación: “[La quijada] se hace con el maxilar inferior de un caballo criollo de unos 2 años de edad, y se prepara de manera tal que cuando se la golpea con el puño produce una peculiar vibración, muy original y exclusiva de este instrumento. Dimensiones: 14 pulgadas de largo. Peso: 1,250 gramos”.

El componente indispensable de toda agrupación de rumba es, por supuesto, un par de maracas, las cuales agita con incesante entusiasmo un músico que dedica toda su carrera al dominio de ese instrumento. Otro instrumento muy relacionado con las maracas es el güiro, que se hace de una güira más larga, de superficie corrugada, que se toca rayando un clavo o un pedazo de madera sobre él, produciendo así un sonido similar al de un motor fuera de borda. Otro elemento básico es un par de bongós, o tambores grandes hechos con troncos de árbol huecos y cuero de becerro, y que se hacen sonar golpeándolos con las manos.

Una banda de rumba grande no estaría completa sin al menos una tumbadora, que se hace del tronco hueco de un árbol o de un barril viejo. Y las orquestas de rumba de más categoría pueden tener también una marímbula, un instrumento grande, en forma de caja con una serie de hojas de metal sujetas a su superficie. Cuando se pulsan con los dedos, como se hace con el harpa de boca, esas tiras de metal producen un poderoso sonido que recuerda al del contrabajo. La marímbula es un instrumento muy común en el Congo belga. Los ñáñigos lo fabrican con cajas o maletas viejas y flejes de relojes de cuerda desechados. Las orquestas también pueden tener cencerro y claves. E incluso pueden incluir una vasija grande de barro llamada botija, que es precisamente el mismo instrumento que usaban las antiguas “jug bands” de los negros de Estados Unidos. Una de las características más notables de todos estos instrumentos es que ninguno de ellos, excepto quizás la marímbula, es capaz de emitir una melodía. En las primitivas ceremonias de los negros cubanos esta deficiencia se suple, cuando se suple, con la voz humana. En los remilgados danzones de La Habana, las flautas y las guitarras generalmente proveen la melodía. Pero en la rumba, como la conocen los americanos, la sinfonía de percusión de los cubanos primitivos queda sumergida en una orquestación tradicional con violines, pianos, acordión, saxofón, trompetas, etc.

Esos refinamientos son el precio que pagan por la civilización. Los ñáñigos primitivos pueden hacer música con prácticamente cualquier cosa. Uno de sus instrumentos preferidos que, hasta ahora, no ha llegado a las orquestas que tocan en los cabarets, es la puerta. Para usar la puerta como instrumento musical, se quita de las bisagras, el ejecutante apoya uno de los extremos en sus rodillas, y la golpea furiosamente con ambos puños. El resultado es extremadamente sonoro.
 

Sunday, February 24, 2013

Si el tango es cubano...


Hace unos días colgué aquí mi traducción de la primera parte de un un largo artículo de Winthrop Sargeant de 1946 sobre la música cubana: "Cuba's Tin Pan Alley". Como dije en ese post ("Cuba sin música, ¿una república bananera más?"), pondré esta semana, en dos partes, el resto del artículo de Sargeant. Pero antes quieron agregar algo[Quien quiera leer el artículo completo en español y sin comentarios, puede ver mi traducción íntegra en el post "El Tin Pan Alley cubano".]

Varias personas han comentado la afirmación de Sargeant sobre el origen cubano del tango. Dice Sargeant: "Los cubanos inventaron también el tango, que exportaron a Argentina, dando así a los argentinos la forma musical que luego se convertiría en la más característica de su folclore". Se preguntan algunos lectores sobre qué opinarán los argentinos al respecto. Los cubanos compartimos la noción —errónea e injusta, por supuesto— de que la historia de la música argentina se resume al tango y al Dúo Pimpinela. 
Y cualquier teoría que reduzca ese acerbo musical exclusivamente al Dúo Pimpinela difícilmente sería una buena noticia para nadie. De ser cierto lo que sugiere Sargeant, y teniendo en cuenta las más recientes versiones de la biografía de Gardel, algún malintencionado podría decir que el tango es un ritmo cubano que popularizó un francés criado en Uruguay.   

La idea de que el tango proviene de Cuba era moneda común desde la segunda década del siglo XX. Los ejemplos abundan, pero baste, como muestra, citar lo que dice Blasco Ibañez en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, su novela de 1916:



"Un nuevo placer había venido del otro lado de los mares para felicidad de los humanos. Las gentes se interrogaban en los salones, con el tono misterioso de los iniciados que buscan reconocerse: «¿Sabe usted tanguear?...» El tango se había apoderado del mundo. Era el himno heroico de una humanidad que concentraba de pronto sus aspiraciones en el armónico contoneo de las caderas, midiendo la inteligencia por la agilidad de los pies. Una música incoherente y monótona, de inspiración africana, satisfacía el ideal artístico de una sociedad que no necesitaba de más. El mundo danzaba... danzaba... danzaba. Un baile de negros de Cuba introducido en la América del Sur por los marineros que cargan tasajo para las Antillas conquistaba la tierra entera en pocos meses, daba la vuelta á su redondez, saltando victorioso de nación en nación... lo mismo que la Marsellesa. Penetraba hasta en las cortes más ceremoniosas, derrumbando las tradiciones del recato y la etiqueta, como un canto de revolución: la revolución de la frivolidad. El Papa tenía que convertirse en maestro de baile, recomendando la «furlana» contra el «tango», ya que todo el mundo cristiano, sin distinción de sectas, se unía en el deseo común de agitar los pies, con un frenesí tan incansable como el de los poseídos de la Edad Media."

Por otra parte, todo se podría tratar de un mal entendido. La definición de "tango" que da Esteban Pichardo en su Diccionario provincial casi-razonado de vozes cubanas de 1862 podría explicarlo. Pichardo afirma que el tango es una "r
eunión de negros bozales para bailar al son de sus tambores y otros instrumentos". ¿Podría ser acaso que hemos llamado "tango" a cosas absolutamente distintas para luego llegar a confundirlas? ¿O será por el contrario que el tango nació en Cuba en el siglo XIX en aquellas reuniones esclavos recién llegados de África que menciona Pichardo?

Pronto pondré mi traducción de la segunda y la tercera partes del artículo de Winthrop Sargeant. Hasta entonces.

Wednesday, February 20, 2013

Cuba sin música, ¿una república bananera más?

Músicos en La Habana.
Foto tomada de la revista Life del 6 de octubre de 1946.
Buscando información sobre Chano Pozo para un sobrino bongosero hallé un artículo de Winthrop Sargeant, publicado en la revista Life en octubre de 1946, que es una delicia. Se titula "Cuba's Tim Pan Alley", y tan delicioso es que decidí traducirlo para mi sobrino... y para los tres lectores de este blog. 

Winthrop Sargeant, un violinista clásico que prefirió ser escritor de jazz, fue uno de los más conocidos críticos de música de Estados Unidos desde 1930 —cuando dejó su puesto en la Filarmónica de New York para dedicarse a la crítica—, hasta su muerte en 1986. El ensayo que nos ocupa apareció en la revista Life el 6 de octubre de 1946, y es una informe general sobre el proceso de comercialización de la música cubana en esa época y sobre su influencia en Estados Unidos. 

Lo más interesante del ensayo quizás sea el desprecio que Winthrop Sargeant muestra por Cuba, "una república bananera más", y su mal disimulado racismo. Porque ese rechazo de Sargeant a "lo cubano" de alguna manera hace más significativo lo que dice sobre la música cubana. Sargeant no es un tipo enamorado de Cuba que, inspirado por ese arrobamiento, ensalza su música. Por el contrario, se trata de un señor que se sobrepone al rechazo que le produce Cuba, para expresar su admiración por la riqueza musical de la isla. 


Esa admiración tiene su origen en un dato sencillamente descomunal: casi el veinte por ciento de la música que se escuchaba en la radio, la televisión, los bares, las películas y los salones de baile de Estados Unidos en 1946 era música cubana. Sargeant explica primero cómo se originó esa invasión cubana a partir de “El Manisero”, cómo se producían las canciones cubanas de la época, de dónde provenía esa música. Su análisis no carece tampoco de imprecisiones y exageraciones irrisorias. Afirma, por ejemplo, que debido a la popularidad de la música cubana en Estados Unidos, los campesinos cubanos dejaron de sembrar caña y tabaco para sembrar las matas de güira con las que se hacían las maracas. Pero su ensayo es un testimonio de primera mano y escrito por alguien plenamente capacitado para medir el impacto del son en los Estados Unidos, y explicar de paso por qué al "son" lo llamaron "rumba" en el Norte conquistado. Su reticiencia y falta de entusiasmo por Cuba en general, solo hacen más creíble su testimonio. 

El artículo de Winthrop Sargeant es largo y difuso. Por eso colgaré aquí mi traducción en tres partes. Quienes deseen leer el original en Life, pueden hacerlo usando este enlace: Cuba's Tim Pan Alley. Quien quiera leer el artículo completo en español y sin comentarios, puede ver mi traducción íntegra en el post "El Tin Pan Alley cubano".]



[Revista LIFE, edición del 6 de octubre de 1947. Páginas 145 a 148 y 151 a 157. Esta es la primera parte del ensayo de Winthrop Sargeant. Próximamente colgaré el resto.]

El Tin Pan Alley cubano

De los cabarets más harapientos y los centros de santería de
La Habana emana una corriente inagotable de voluptuosos
ritmos que se bailan en todos los rincones del mundo

Winthrop Sargeant


En 1930, poco después del derrumbe de la bolsa, una tonada llorona y cadenciosa llamada "El manisero" llegó a Broadway e hizo que los pies y las caderas de los Estados Unidos comenzaran a retorcerse en el laberinto de un nuevo baile: la rumba. En un inicio, la importancia de este suceso en la historia de las costumbres de la sociedad americana parecía destinado a ser insignificante. Los augures notaron la nueva tendencia… y la atribuyeron a la crispación provocada por la gran depresión: inmediatamente pronosticaron que duraría un año o poco más. Pero en el transcurso de esa década la rumba no solo demostró que había llegado para quedarse, sino que se ha convertido en la base de una inmensa industria en los Estados Unidos. Las orquestas bailables latinoamericanas equipadas con maracas y bongós conquistaron un espacio junto a las orquestas de jazz en los clubes y los salones de baile de Nueva York a San Francisco.  Rumberos como Xavier Cugat hicieron su fortuna tocando ritmos afrolatinos. En un solo año —1946— los estadounidenses le pagaron a Arthur Murray casi $14 millones para que los enseñara a bailar la rumba. Los aficionados a ese ritmo aún hoy representan más del 60% de sus enormes ganancias.

A “El manisero”, que fue la canción que dio inicio a toda esta corriente, le siguió una larga lista de populares canciones cubanas similares, que comenzaron a desplazar a los convencionales fox trots americanos de los lugares cimeros de las listas de éxitos de ventas del Tin Pan Alley. Los pequeños agricultores cubanos abandonaban sus cosechas de caña y tabaco para sembrar güiras destinadas a la manufactura de maracas. La música comenzó a hacerle competencia al azúcar, el tabaco y el ron como uno de los principales productos de exportación de Cuba, y el americano promedio, que la compraba en grandes cantidades cada vez que le pasaba por el lado a una victrola, se convirtió en su principal consumidor. Alrededor de un 20% de toda la música que se escucha hoy en día en Estados Unidos en la radio, la televisión, las victrolas y las películas de Hollywood, es latinoamericana, y casi todo ese 20% proviene de la pequeña isla de Cuba.

Aunque los cubanos se enorgullecen de esa creciente demanda, insisten en que el fenómeno de la su música como producto de exportación no es nada nuevo. Desde el punto de vista económico, Cuba podrá ser una república bananera más. Desde el punto de vista político, podrá ser un caldo de cultivo de inestabilidad tropical. Pero en la música ha competido con Nueva York por el título de capital de la música del hemisferio occidental desde hace casi cien años. La asombrosa influencia de la pequeña Cuba en la música popular a nivel mundial comenzó a inicios del siglo XIX, cuando un español errante llamado llamado Sebastian Yradier se estableció en La Habana, escuchó las tonadas lánguidas y lisonjeras de los nativos y escribió una canción titulada  “El arreglito. “El arreglito” fue la primera habanera. Tras ser importada a España, la habanera se convirtió en uno de los géneros clave de la música popular española, y una generación más tarde a Georges Bizet escribió una que llegaría ser la pieza más popular de la ópera francesa meas popular, Carmen. Después de “El arreglito”, Yradier compuso una de las más famosas canciones de Cuba, “La paloma”, que le fuese encargada por el emperador Maximiliano de México y que ha servido de modelo a muchas canciones latinoamericanas durante tres generaciones. En algún momento del siglo XIX, según los estudiosos del tema, los cubanos inventaron también el tango, que exportaron a Argentina, dando así a los argentinos la forma musical que luego se convertiría en la más característica de su folclore. La rumba y la conga surgieron más tarde. Pero esas son solo las más recientes contribuciones musicales de Cuba al mundo. Para consumo doméstico los cubanos producen una colorida variedad de sones, guarachas, danzones, puntos y boleros que hacen de las sofocantes noches habaneras una constante erupción de melodías. Lo más curioso de todos estos géneros musicales cubanos es que en ellos no hay nada genéricamente cubano. Esas canciones se escriben y se tocan en un lenguaje musical híbrido que es parte español y parte africano. Sus melodías generalmente remedan las sensuales canciones que fueron llevadas a Cuba desde la España latina y la morisca. Sus ritmos descienden del repiqueteo de los tambores de las selvas de África.

Tuesday, February 5, 2013

La mulata cubana como ángel y demonio: dos retratos del siglo XIX

La mañana siguiente. Patricio Landaluce
La historiografía de cualquier país es el intento azaroso de hacer corresponder la realidad con cierta mitología roñosa. Entre los cubanos, ese desperdicio de imaginación que llamamos historia oficial establece que en el siglo XIX los criollos separatistas representaban el bando del progreso, mientras que los españoles fieles a la corona eran un ejército de colonialistas medievales.

Tan pronto se pone a curiosear, sin embargo, esa tesis comienza a hacer aguas. Hace poco hallé dos retratos de la mulata cubana que ilustran bien la cojera de nuestro maniqueismo decimonónico. El primero fue escrito en 1852 por san Antonio María Claret, arzobispo español de Santiago de Cuba y posteriormente confesor de la reina Isabel. Hasta hoy, san Antonio sigue teniendo mala prensa. Un buen número de historiadores lo considera un personaje nefasto para la historia de España y uno de los primeros impulsores del nuevo nacionalcatolicismo ibérico.

El segundo retrato es obra del Dr. Benjamín de Céspedes, médico y escritor positivista cubano, ferviente partidario de la ciencia y de la independencia de su país. 
Su descripción de la mulata está en el libro La prostitución en la ciudad de la Habana, libro publicado en 1888 y que, según su prologuista Enrique José Varona, había sido escrito "no solamente para acumular datos y preparar conclusiones, sino para proceder científicamente, es decir, para hacer obra de higienista social".

Es de notar entonces que el cura retrógrado y colonialista proponga la aboloción de la segregación racial en el matrimonio en Cuba, mientras que el médico progresista y separatista, cuatro décadas después de monseñor Claret, haga un retrato de la mulata que podría haber sido escrito por un Gran Dragón del Ku Klux Klan.

Aquí está lo que dice san Antonio María Claret al capitán general de Cuba, don José de la Concha, en carta del 7 de abril de 1852, para solicitar que el gobierno colonial elimine la prohibición de los matrimonios interraciales en Cuba (el subrayado es mío):

"Á la verdad, Excmo. Sr., yo soy el primero en procurar que se guarde la distinción de razas, como se puede ver en las disposiciones parroquiales de visita; mas cuando se presentan ciertas circunstancias es preciso ser prudente y condescendiente; de otra suerte se seguirá más daño que provecho, pues ha de saber, Excmo. Sr., que en el decurso de la visita he hallado algunos blancos que vivían amancebados con mulatas, de las que ya tenían una porción de hijos, y deseando los infelices salir de tan mal estado por medio del matrimonio, la autoridad no se lo ha permitido, y al paso que permite ó tolera que vivan amancebados y procreen hijos, los persigue si tratan de casarse; de aquí es que, á pesar de las leyes divinas y humanas, por necesidad han de vivir amancebados, pues casarse no pueden y separarse tampoco; porque ¿cómo crían á sus hijos si se separan?, ¿cómo se rompe el lazo del amor que tanto tiempo ha se profesan mutuamente?, ¿cómo es posible que se separen aquel hombre y aquella mujer, si á más del amor que se profesan y del que tienen á sus hijos, están de por medio los intereses que ganaron juntos? Que esta es, Excmo. Sr., otra de las razones por que algunos blancos del bajo pueblo se quieren casar ó se amanceban con las mulatas, prefiriéndolas á las blancas, porque éstas regularmente son holgazanas y amantes de gastar mucho, de manera que en lugar de ayudar al pobre marido le sirven de molestia y carga; mas no sucede asi con las mulatas, pues son activas y diligentes y no tienen empacho en ocuparse en cualquier cosa, y son el bienestar del marido y de la familia, como lo he visto con mis propios ojos.

"Que los que son de distinta clase, cuando no hay de por medio ninguna obligación ni razón poderosísima, no puedan casarse, lo tolero; pero que cuando han vivido muchos años juntos en paz y tienen ocho ó más hijos y amenazan suicidarse si no pueden casarse, se les impida el matrimonio, esto es tiranía, como ellos dicen, y cosa intolerable para un Prelado que quiere cumplir con su deber.


"Yo ya sé que V. E. no ignora estas cosas, pero quizá no se le habrá dicho la verdad tan clara como se la dice el arzobispo Claret. Por lo que acudo á V. E. suplicando que se permita casar á los que se hallan en el estado indicado; mas si V. E. no se considera con bastantes facultades, tenga la bondad de contestarme, que á correo seguido escribiré al Gobierno superior de Madrid, el cual estoy cierto que me complacerá, pues me lo tiene muchas veces prometido y me ha dado pruebas muy claras de la sinceridad de sus promesas."



Treinta y seis años más tarde, el Dr. De Céspedes, científico e "higienista social", también daría su veredicto sobre la mulata. De Céspedes había pasado su infancia en Francia, y había estudiado medicina en Madrid. Regresó a Cuba después de graduarse. En La Habana fundó y dirigió la Revista de medicina, y fue colaborador habitual de La Habana Elegante. Era también colaborador de las revistas científicas francesas La Revue de medicine y Le Monde medical. Por sus ideas independentistas tuvo que emigrar a Costa Rica, donde aún hoy se le considera una de las figuras fundamentales de la historia de la medicina de la nación. Fue ese modelo de ciudadano quien escribió los párrafos siguientes, que muy bien pudieran ser la expresión más absoluta del racismo cubano. 

"De esta duplicidad de afectos é intereses, resulta que las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata.

"Engendrada esta sin amor, surge de los misterios casuales de la fecundación, como un dejo amargo é inoportuno de la lascivia. La prostitución de la raza de color, á diferencia de la blanca, es por lo general prolifica, y estos seres se multiplican cemo polulaciones de microbios en una maceración podrida.


"Desde la cuna, acompaña á la mulata el cortejo de enfermedades hereditarias: la escrófula, la sifllis y el raquitismo, trasmitidas por sus degenerados procreadores. Ellas heredan también los rasgos deformes físicos y morales de la raza africana, y los más vulgares de la blanca. La complexión huesosa de la mestiza, se caracteriza por el predominio de ángulos que se aguzan bruscamente en las epifisis, rompiendo con la trabazón armónica de las junturas. Las extremidades de su cuerpo son deformes, y el color gris-marmóreo de los pies y de sus manos viscosas, semejan mucho á la coloración del vientre de los animales anfibios que reptan en las orillas pantanosas. En cambio heredan del blanco, la flojedad y la atrofia muscular que agravan con sus hábitos indolentes, hasta el punto de aparecer enjutas y descarnadas, unas veces, y otras infiltradas enormemente por el tejido grasiento que las envuelve en una gordura desigual; pues, mientras persisten encanijados los muslos y las pantorrillas; el vientre, los pechos y los brazos, se desbordan con la blandura malsana de las carnes sueltas y fofas.


"Son muy desairadas y dengosas al andar, se desploman de los hombros y arrastran unas veces los pies como si patinaran sobre chancletas ó se balancean como si les oprimiera dolorosamente los zapatos. Son largas de talle y mal formadas de cadera, que por lo hombrunas y escurridizas, carecen de esas graciosas inedias curvas que se quiebran atrevidamente en los flancos, esfumándose delicadamente en el bajo vientre. El color de su piel es la combinación más obscura ó más clara de los tonos blancos, negros y amarillos, en una superficie luciente por el exceso de materia sebácea, ó áspera por las dermatosis y la anemia."



Monday, January 28, 2013

José Martí cumple 160 años

José Martí cumple 160 años. Los primeros 30 fueron anónimos, o al menos carentes de bibliografía pasiva. Los siguientes 130 años han sido una algarabía. El de Martí debe ser un cadáver extenuado y ensordecido por ese coro caótico de herederos y reclamantes. En este cumpleaños, le regalo un poco de silencio, que debe ser lo que más necesita, el pobre.


Estatua de Martí del Central Park de New York. Anna Vaughn Hyatt Huntington. Foto: Tersites Domilo

Tuesday, January 8, 2013

"Martí", el peor libro del 2013

He leído con curiosidad y gratitud la serie de artículos "Mis diez libros del 2012" que apareció a fines de diciembre en Penúltimos Días. Pensaba escribir un resumen semejante, pero los rigores de la Navidad no me dieron tiempo para ello. Y sin embargo, en esta noche de la Epifanía dejo constancia del mejor regalo que me han traído los Reyes Magos: la sospecha de que en la primera semana del 2013 ya he leído el peor libro que me tocaba este año. Ha sido una cura de caballo, pero siento el alivio de quien sale del consultorio de su dentista con una muela y un dolor de menos.  

El peor libro del año no es el que uno deja a medias, sino el que lees hasta el final movido por una curiosidad malsana, una esperanza injustificada o un erróneo sentido del deber, sin que al final queden recompensadas esas horas de tu vida. Esta semana he leído Martí: novela histórica (La Moderna Poesía. La Habana, 1901) animado por una mezcla de todas esas motivaciones. Y la lectura no justificó ninguna de ellas.

La obra, escrita "por un PATRIOTA" [sic] que no da su nombre, a duras penas podría considerarse una novela, no es histórica ni trata propiamente de Martí. Es más bien uno de los peores ejemplos de la "literatura cristificante" que le ha sido deparada al Apóstol. En este caso, el autor hace del adolescente Martí un líder violento y arrojado —aunque torpe—, que planifica el rescate de un coronel mambí prisionero en las canteras de San Lázaro. En el relato, los cómplices de Martí son los estudiantes de medicina que serían fusilados meses más tarde. 

Según el autor, la Quinta de Molinos durante el gobierno del conde de Valmaseda era una versión antillada del palacio de Tiberio en la isla de Capri. En su novela todos los españoles son aprendices de Calígula. Los cubanos, por el contrario, son todos bellos, inteligentes y santos. Y Martí es cubano in extremis.


El único personaje vagamente humano —pero no por eso menos ridículo— es "la linda Carolina" [sic], una chica de Puentes Grandes que "ha perdido la virtud" y se ha convertido en amante del López Roberts, el gobernador político de La Habana. A pesar de estar colonizada horizontalmente en su cama, Carolina es una criptomambisa que esconde a Martí en su casa y se enamora platónicamente de él. 


De allí la acción se mueve a París, y Martí se convierte entonces en un experto conspirador capaz de burlar a los agentes de España y hacer que otros corran los riesgos que a él le tocaban. La parte final del libro es un relato —menos enfebrecido que los anteriores— de la muerte de Martí en Dos Ríos.


Como se ha dicho repetidamente, la literatura martiana tiende a la hagiografía. Basta echar una ojeada a los títulos: 
José Martí, el santo de América, de Luis Rodríguez-Embil; José Martí, hombre apostólico, de Raimundo Lazo; José Martí, the Cuban Apostle, de Theodore Everett Dorf; Martí, mártir de la independencia cubana y Martí: místico del deber, de Félix Lizaso. Pero aquí no se trata solo de la sublimación racional de una figura extraordinaria como Martí. En realidad Martí: novela histórica se parece más a la colección de anécdotas de Gonzalo de Quesada y Miranda, Así fue Martí, que remeda el estilo de las logia Iesu, aquellos relatos populares que los primeros cristianos contaban sobre Jesús.  

Martí: novela histórica vendría a ser uno de los primeros ejemplos de esa literatura martiana un tanto infantil que recuerda los libros apócrifos excluidos por la Iglesia del canon de la Biblia. Es la versión habanera del Evangelio de la infancia de Santo Tomás, en el que el niño Jesús hace palomitas de barro y les da vida para impresionar a sus amiguitos, y donde de vez en cuando mata a los chicos que no le caen bien... para luego resucitarlos. 

No habrá adivinado José Martí que su imprudencia en Dos Ríos —y esas ganas de tomar un buen café cubano— lo dejaría inerme y en manos de una devoción mucho más letal que las balas y el sofocante sol de mayo.  


Wednesday, December 26, 2012

Edgar Lee Masters en La Habana

Este artículo se publicó originalmente en 13 de diciembre de 2012 en el blog Penúltimos Días.


Carta de Edgar Lee Masters a su padre, Hardin Wallace Masters, del 22 de febrero de 1905. 

Special Collections and Archives, Knox College Library, Galesburg, Illinois





Oh yes, the Cuban business started me.

“They’d Never Know Me Now”
Edgar Lee Masters, 1919

Pronto se cumplirá un siglo. En mayo de 1914, el Reedy’s Mirror, un modesto semanario de St. Louis, Missouri, comenzó a publicar cada domingo unos poemas en verso libre, al estilo de los epitafios de la Antología griega, firmados por un poeta que nadie conocía: Webster Ford. Su impacto fue tan inesperado como instantáneo. Muy pronto, numerosos periódicos comenzaron a reproducirlos. En noviembre, a instancias de sus curiosos lectores, William Marion Reedy, director del Mirror, reveló que Webster Ford era el pseudónimo literario de un exitoso abogado de 46 años, residente en Chicago: Edgar Lee Masters.

En la edición de enero de 1915 de The Egoist, desde Londres, Ezra Pound dio su veredicto: “¡Al fin! Al fin América ha descubierto un poeta. Al fin el Oeste ha producido un poeta con la fuerza necesaria para enfrentar ese clima, capaz de describir su entorno directamente, sin frases altisonantes y vacías. […] Capaz de describir Spoon River como Villon describió el París de 1460”.[1] Tres meses después se publicaron los epitafios en forma de libro. Sería el libro de versos de un autor americano más vendido de toda la historia, si hemos de creer a Masters.[2] La Spoon River Anthology daría un vuelco a la vida de su autor, y a la poesía norteamericana.

Probablemente nada de eso habría sucedido si el USS Maine no se hubiera convertido en una orgía de fuegos artificiales en la bahía de La Habana el 15 de febrero de 1898.


Un antiimperialismo sui generis

A fines de la década de 1890, Edgar Lee Masters no era conocido como poeta, sino como uno de los líderes del Partido Demócrata de Illinois.[3] En esa época cultivaba una estrecha amistad con William Jennings Bryan, el joven populista que había perdido ante McKinley las elecciones presidenciales de 1896 (y que volvería a ser derrotado en 1900 y en 1908). Aunque Bryan había apoyado la guerra contra España, se oponía fervientemente a la anexión de Cuba y Filipinas.[4] Masters también sostenía con fervor esa opinión, y era miembro de la Liga Antiimperialista de Estados Unidos, donde militaban intelectuales como Mark Twain y Henry James. En artículos y ensayos publicados alrededor de 1900 —que reuniría más tarde en un libro [5]—, Masters condenó la tendencia imperial de la política norteamericana y puso en duda la constitucionalidad de la expansión americana allende los mares.

El antiimperialismo de Masters, sin embargo, partía de una peculiar visión de la historia de los Estados Unidos, según la cual la Guerra Civil y la Guerra Hispano-Estadounidense —así como la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial años después— formaban parte de una misma tendencia: la creciente arrogancia del poder de Washington en detrimento de la república jeffersoniana que Masters exaltaría en la Spoon River Anthology.[6] Desde esa visión, la derrota de Douglas ante Lincoln en 1860 y las derrotas de Bryan ante McKinley en 1896 y 1900, habían sido sucesos nefastos para el destino de la nación.

Tras la tercera derrota de Bryan en 1908, Masters se apartó de la política activa para dedicarse a su bufete de abogados. Le fue bien: para 1914 tenía ingresos de unos $20.000 (más de $300.000 al año en dólares de 2012). Pero en 1913 recogería la tempestad de aquellos vientos sembrados una década antes. Tras la elección del demócrata Woodrow Wilson, Bryan propuso a Masters para juez de la Corte Federal de Apelaciones de Chicago. Masters hizo campaña activa por el puesto, y consiguió el apoyo de los jueces de la Corte Suprema de Illinois y de los congresistas federales del estado. Soñaba con los beneficios de la justicia federal: un excelente salario sin las presiones y las largas horas del bufete. Allí, le había asegurado su amigo el juez Landis, tendría tiempo suficiente para “escribir opiniones legales con una mano y poesía con la otra”.[7]

Tras meses de gestiones, cartas al presidente Wilson y falsas esperanzas, el puesto le fue otorgado a otro abogado. Masters rumió largamente las causas de su fracaso. “Yo tenía fama de ser un radical”, diría más tarde para explicarlo, refiriéndose a sus escritos sobre la Guerra Hispano-Estadounidense.[8] Sin ese fracaso, sin embargo, quizás nunca habría escrito el libro por el que hoy se le recuerda. Como diría en su autobiografía, “nombraron a un hombre de unos cincuenta y cinco años, y yo quedé fuera del asunto y libre para escribir Spoon River. […] Sin dudas, hubiese sido inapropiado para un juez federal haber escrito algunos de los textos de Spoon River”.


Spoon River Anthology

El mejor ejemplo de esos textos “inapropiados para un juez federal” quizás sea “Harry Wilmans”, uno de los poemas más espléndidos de la Spoon River Anthology. En ese epitafio el poeta regresa a su antigua pasión antiimperialista. Según el propio Masters, en el poema se yuxtaponen dos anécdotas y dos guerras: la de Cuba y la de Filipinas. Cuenta en su autobiografía que un día, estando en el cementerio de Lewistown (donde están enterrados muchos de los personajes que describe en los epitafios), escuchó las campanas de las iglesias tocar a rebato y fue hacia el pueblo a averiguar lo que sucedía. “Corrimos hasta la plaza: nos dijeron que se había declarado la guerra contra España; y allí estaba mi padre sobre una caja de embalaje dando un discurso, incitando a los jóvenes para que se enlistaran y fueran a liberar a Cuba del despotismo y la superstición”. La segunda parte del poema recrea el relato que le hizo un soldado que había participado en la invasión de las Filipinas.[9] Esta es mi traducción del poema:


   Harry Wilmans

   Yo acababa de cumplir los veintiuno,
   y Henry Phipps, el director de la escuela dominical,
   dio un discurso en la Ópera de Bindle.
   “El honor de la bandera hay que defenderlo”, dijo,
   “No importa si lo afrenta una tribu de bárbaros tagalos
   o la primera potencia europea”.
   Y nosotros vitoreamos y aplaudimos el discurso y la bandera, 
   él saludaba con la mano mientras nos hablaba.
   Y me fui a la guerra a pesar de los ruegos de mi padre,
   y seguí la bandera hasta que la vi izarse
   junto a nuestro campamento en un campo de arroz cerca de Manila,
   y todos vitoreamos y aplaudimos la bandera.
   Pero había allí moscas y alimañas venenosas;
   y aquella agua letal,
   y el calor inmisericorde,
   y la pútrida comida nauseabunda;
   y el olor de la trinchera que estaba tras las tiendas
   donde los soldados iban a vaciar sus tripas;
   y aquellas putas que nos seguían los pasos, rebosantes de sífilis;
   y los actos abominables de unos con otros o a solas,
   y los abusos, el odio, la degradación entre nosotros,
   y días para aborrecer y noches de espanto
   hasta el instante de la carga a través del pantano humeante,
   siguiendo la bandera,
   hasta caer aullando con una bala en las entrañas.
   ¡Ahora hay una bandera sobre mí en Spoon River!
   ¡Una bandera! ¡Una bandera!

Edgar Lee Masters llega a La Habana

En la biografía de Masters escrita por Herbert K. Russell hay un párrafo donde se enumeran lugares visitados por Masters, y entre ellos se menciona “Cuba”, sin más detalles. Pensé que se trataba del pueblo de Illinois que está en el mismo condado que Lewistown. Fue una intuición prudente pero errónea: Edgar Lee Masters en realidad había visitado la siempre fiel isla de Cuba. Siguiendo la pista que da Russell en las notas de la biografía, comencé a importunar a los amables archiveros de la Edgar Lee Masters Collection en Knox College,[10] la universidad que alguna vez tuvo entre sus alumnos al poeta, para que me ayudaran en mi búsqueda.

Poco después me confirmaron que tenían una carta del 22 de febrero de 1905 donde se mencionaba a Cuba, y dos días después recibí el facsímil prometido. Mientras lo abría pensé que a lo mejor todo era un malentendido. No lo era. La referencia a su viaje en la carta es breve, pero no insignificante. Dice Masters:


   Querido padre:
   Llegué de Cuba el viernes en la noche, tras sufrir retrasos en el barco 
   y en el tren. Tuvimos una tempestuosa travesía en el Golfo, con
   fuertes vientos y olas encrespadas.

   Cuba resultó ser como me la habían pintado. Si hubiese podido 
   quedarme allí dos semanas, sería un hombre nuevo. De todos modos,
   me sentí distinto tras cuatro días de estancia.

   […]
   Tu hijo
   Lee

¿En qué clase de hombre esperaría Masters convertirse tras dos semanas en la isla? En las notas de su biografía, Herbert Russell indica que no se sabe nada de ese viaje. Pero sería extraño, pensé, que un escritor tan prolífico, con más de cincuenta libros publicados y miles de cartas en los archivos de varias universidades, no hubiese dicho nada más de esa visita.



Carta de Edgar Lee Masters a su padre, del 22 de febrero de 1905, donde describe su visita a La Habana. Special Collections and Archives, Knox College Library, Galesburg, Illinois.

La mediocridad de muchos de sus libros le da un sabor de infinito a la vasta obra de Masters. A veces se tiene la impresión de que escribir todos esos tomos desangelados fue el precio fáustico que le tocó pagar por aquella temporada de 1914 y 1915, en la que se le permitió tomar dictado de los ángeles. Con resignación de beduino, comencé a buscar el rastro de Cuba en sus páginas más áridas.


Finalmente hallé una pista. La novela Children of the Market Place relata las aventuras de James Miles, un alter ego del autor, que conoce y se vuelve un ferviente partidario de Stephen Douglas, el rival de Lincoln admirado por Masters. La historia parece una recreación de la amistad de Masters con William Jennings Bryan. En la novela, James Miles, protagonista y narrador, se entera de que poco después de derrotar a Lincoln en la campaña de 1858 para el Senado, Douglas se va a recorrer los estados del Sur y visitar Cuba, lo cual es históricamente cierto. En la novela, James Miles decide ir con su esposa a La Habana para encontrarse allí con Douglas. Al llegar, se entera de que este se ha ido a visitar las cuevas de Bellamar. Miles y su esposa pasan tres días en La Habana esperando por el senador, sin mucho que hacer. Es fácil suponer que el relato de esos días en la novela —breve, soso— debe estar basado en la visita del propio Masters a La Habana en 1905
.


La ciudad se veía tan radiante bajo aquel sol dorado, y el aire era tan propicio, que decidí dedicar aquellas horas maravillosas a conocerla.

La Habana era tan desconocida para mí como para Dorothy. Era una ciudad española, por lo que no se parecía a Londres ni a ninguna otra ciudad inglesa. Tuve la impresión de que era del tamaño de Nueva York en 1833. Pasamos tres días recorriendo en coche el Paseo de Paula, el Malecón, el Prado bordeado de laureles, con sus elegantes casonas y clubes. Visitamos los parques, la Bolsa, las iglesias antiguas, el arsenal, el castillo de La Fuerza, construido por De Soto, las viejas plazas de Colón y Tacón, el Palacio; y vimos en la Catedral el medallón que identifica el sitio donde se colocaron los restos de Colón cuando los trajeron de Santo Domingo en 1796. Íbamos a cenar a los cafés y a los hoteles, fuimos al teatro y salíamos a caminar, cuando Dorothy se sentía con fuerzas, por los parques o a lo largo del muro que bordea el mar desde la Punta.[11]


Es difícil pensar que esa visita que describe pudiera cambiar a nadie. Algo más debió ver o vivir Edgar Lee Masters en La Habana para decir lo que afirma en la carta a su padre. Sea como fuese, al entrar en la bahía de La Habana, Masters tuvo que haber visto algo que de seguro no vio Douglas en 1858: los restos del Maine, un montón de chatarra tenebrosa que se asomaba aún sobre las aguas. No sabía entonces que aquel naufragio de pólvora, que para él representaba el fin de la república jeffersoniana, de alguna manera lo liberaría diez años más tarde para poder cantarla en la Antología de Spoon River.



Notas:

[1] The Letters of Ezra Pound to Margaret Anderson, página 59. New Directions, New York. 1988

[2] “The genesis of Spoon River”. Edgar Lee Masters.
The American Mercury, enero de 1933, páginas 38-55.

[3] Su nombre y biografía aparecen incluidos en el libro
Prominent Democrats of Illinois. Biographical Sketches Of Well Known Democratic Leaders. Democrat Publishing Co., Chicago. 1899.

[4]
Speeches of William Jennings Bryan, Volumen 2. Funk and Wagnalls. New York. 1913. El discurso pronunciado por Bryant en la Convención Demócrata de 1900 se titulaba “The Paralyzing Influence of Imperialism”. Entre otras cosas, afirma Bryan en su discurso: “If elected, I will convene Congress in extraordinary session as soon as inaugurated and recommend an immediate declaration of the nation’s purpose: first, to establish a stable form of government in the Philippine Islands, just as we are now establishing a stable form of government in Cuba; second, to give independence to the Cubans.”

[5]
The New Star Chamber and Other Essays, Edgar Lee Masters. The Hammeesmark Publishing Company. Chicago, 1904.

[6] Los tres extensos (y mediocres) poemas que forman el libro
Gettysburg, Manila, Acoma, de 1930, retratan claramente esta visión revisionista de la historia americana. “Gettysburg”, por ejemplo, es una apología de John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln.

[7]
Across Spoon River (Autobiografía), página 326. Edgar Lee Masters. University of Illinois Press. Chicago, 1991.

[8]
Edgar Lee Masters: A Biography, página 55. Herbert Russell. University of Illinois Press. Chicago, 2001. Russell comenta también que en otras ocasiones Masters, que en este asunto como en tantos otros cambió muchas veces de opinión, achacaba su fracaso a un escándalo en el que estaba envuelto por esa época su socio del bufete. La exhaustiva biografía escrita por Russell ha sido la “hoja de ruta” que he usado para investigar la vida de Edgar Lee Masters y para escribir este artículo. El uso que he hecho de ella no se resume a esta cita.

[9]
Spoon River Anthology. An Annotated Edition, páginas 281 y 417. Edgar Lee Masters, John E. Hallwas. University of Illinois Press. Chicago, 1991. En las notas de esta edición, Hallwas cita parte del párrafo de la autobiografía de Masters que incluyo aquí.

[10] Agradezco a MaryJo A. McAndrew, especialista de los archivos de Knox College, su amabilidad, eficacia y paciencia.


[11]
Children of the Market Place, páginas 296-298. Edgar Lee Masters. The MacMillan Company. New York, 1922.


Ilustración: Facsímil de la carta de Edgar Lee Masters. Special Collections and Archives, Knox College Library, Galesburg, Illinois.

Friday, December 21, 2012

Un soneto para Antonio de Gordon (en el día del fin del mundo)

Los visitantes habituales de este blog habrán visto dos posts que dediqué al Dr. Antonio de Gordon y de Acosta: "La maldición de ser habanero" y "La inutilidad de la inocencia". En las noches de frío y oscuridad que nos dejó Sandy de regalo hace siete semanas, leí yo a la luz de una vela el ensayo de Gordon sobre "Los loros y la tuberculosis". Pensaba en Gordon y en lo que he dado en llamar "el patriotismo pequeño", ese que no abarca las abstracciones, la bandera y una lista de agravios ecuménicos, sino el amor a ciertas calles, al café de la esquina, al sol de la tarde en una pared, a una ciudad quizás. 

Gordon ejerció ese patriotismo con ejemplaridad. Pocos habrán amado La Habana como él. Su obsesión dominante era acumular doctorados, y sin embargo, tres de los que siempre ostentó eran técnicamente falsos: había cursado los estudios y cumplido con todos los requisitos, pero no había hecho los ejercicios de grado. Tales ejercicios se hacían en Madrid, y Gordon se resistía a alejarse de La Habana. Mientras que otros patriotas de sable y sangre fueron razonablemente felices en Costa Rica, España, Jamaica o New York, este patriota trémulo de la calle San Nicolás no podía enfrentar la idea de vivir lejos de su casa, sus enfermos, sus alumnos y sus libros. 


La práctica de ese patriotismo pequeño se considera una insolencia en tiempos de héroes a caballo. El patriotismo peatonal de Gordon lo condenó al olvido. Ya lo dice el Galileo de Brecht: "Dichosa la patria que no necesita héroes". Pero nosotros, bayameses siempre listos para correr —o pedir a otros que corran— al sonido de todos los clarines, jamás nos hemos dado cuenta. 


A la luz decimonónica de una vela, cometí un soneto sobre el penoso destino de Gordon. No pensaba colgarlo aquí, por supuesto, pero considerando que hoy se acaba el mundo, lo publico. En el improbable caso de que sigamos dando vueltas alrededor del Sol mañana, 22 de diciembre, les ruego que se olviden de estos catorce tropiezos.


Antonio de Gordon y de Acosta


El oro y el saber fueron la herencia 

que tu orfandad te deparó al inicio
de una vida perdida en el servicio
de huérfanos de pan y de paciencia.

Tenías en los claustros y la ciencia
tu patria; y en la vanidad tu vicio:
en siete cátedras brilló tu oficio
y habitó siete lenguas tu inocencia.

La ingratitud fue la moneda dura
con que tu patria te pagó, el olvido
tu única estatua en la nación cubana.

Soñaste con el mármol que perdura
en vano, Gordon: te perdió haber sido
un hombre enamorado de La Habana.

Monday, December 17, 2012

"Siempre nos quedará Madrid": el terrible y feliz destierro de Enrique del Risco

Esta semana el New York Times publicó la noticia de que en una subasta alguien había pagado $602,500 por el pequeño piano de la película Casablanca. No es el piano del Rick’s Café Américain donde Sam toca el tema que todo el mundo conoce, sino el otro, el que aparece silencioso y fugaz en la escena que rememora el amor de Ilsa y Rick en París. Esos días parisinos son a la larga la razón de todo lo que sucede en Casablanca. "Siempre nos quedará París", le dice Rick a Ilsa para convencerla de que debe partir al final de la película. Rick sabe que la nostalgia puede ser útil si se usa en dosis prudentes. La prueba de ello es que Ilsa se va en el avión y el capitán Renault ordena arrestar a los sospechosos habituales poco antes de que salga el letrero: The End.

E
sta semana leí Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, New York, 2012), el libro de memorias de Enrique del Risco sobre su vida en España a mediado de los años noventa.


Comencé a leerlo con más temor que esperanza. ¿Por qué se le habría ocurrido a Del Risco contar una historia que comparten —con diferentes matices y la misma esencia— casi dos millones de cubanos? ¿No se daría cuenta de que los cubanos no leen memorias de compatriotas porque nuestro egocentrismo innato nos impide mostrar interés por nadie que tenga un cuento semejante al nuestro? El libro me ha curado de esos temores. A medida que avanzaba en su lectura, fui constatando con creciente alivio que Del Risco, como Rick, sabe dosificar la nostalgia y atrapar al lector con un relato directo... al mentón.

Siempre nos quedará Madrid merece leerse por varias razones, más allá de la muy saludable de poner a un lado nuestro egocentrismo. La primera es la peculiar visión que el autor tiene del destierro. La historia canónica del exilio cubano supone que alguien sale de Cuba y triunfa en el extranjero, pero a pesar del éxito y el nivel de vida alcanzados añora cada día su Isla. Del Risco propone la antítesis de ese canon. Su libro es la historia de dos jóvenes —el autor y su esposa— que llegan a España y "se comen un cable", pero que cada día se sienten dichosos de haber logrado largarse de la Isla.

Esa dicha no es un síntoma de desarraigo, sino el resumen de una experiencia vital que pasó de la fe a la desesperación después de visitar el desengaño y naufragar en el aburrimiento. Y ahí está uno de los mayores hallazgos de estas memorias. Del Risco va dibujando —como no he visto hacer a nadie hasta ahora— una nueva relación con Cuba que no encaja en los arquetipos usuales. La Cuba que Del Risco asume como suya no es la República, que no conoció, ni es el país del "socialismo real" en el que creció, y que se le fue haciendo cada vez menos real y tolerable. En los puntos de comunicación y distanciamiento que el autor describe o sugiere en su libro se define una nueva relación con un archipiélago del que cada cual elige los islotes que considera más amigables. El destierro para Del Risco y su generación no es el distanciamiento físico de un país, sino el extrañamiento —a veces voluntario— de ciertas zonas de la cubanidad irremediablemente envenenadas por la historia. 

El contrapeso de ese destierro es otro tema recurrente en Siempre nos quedará Madrid: el reencuentro con las tradiciones y costumbres occidentales extirpadas de la Isla en favor de una quimera atea y colectivista. Cada detalle de Madrid, desde la voz que anuncia la próxima parada del metro hasta la celebración de la Navidad, son señales de un mundo largamente perdido, pero con el que hay una relación viceral que sobrevive. En su relato de las procesiones de Semana Santa en Cádiz, una salida al cine, un picnic en el Parque del Retiro o la celebración de la Navidad en Madrid, y en su recurrente evocación de la amistad y la familia, Del Risco perfila de soslayo, metafóricamente, las posibilidades y los límites del reencuentro de Cuba con su propia tradición y esencia. Su libro puede leerse como el retrato de la emigración cubana de los noventa, pero también como un esperanzador atisbo de sobrevida.

Y esas señales vienen administradas con una mezcla de humor y agudeza que no sorprenderá a los lectores de sus libros anteriores o los visitantes habituales de su blog ("Enrisco"), pero que agradecerán todos los que se asomen a este libro. En una historia llena de posibles trampas para el narrador (la reiteración de lo conocido, la exageración cubana, el sentimentalismo del exiliado), Del Risco logra una y otra vez desmentir a Máximo Gómez. No puede uno leer este su relato sin admirar las numerosas ocasiones en que logra combinar las palabras y las cosas en su proporción más natural, llegando —sin pasarse— adonde quiere llevar al lector. Será el sentido del ritmo que tienen los humoristas o será que Del Risco es la excepción que confirma la regla de Gómez, pero en la receta de este libro cada ingrediente está medido con la obsesión por la exactitud de un relojero suizo.

Al final, el héroe convence a la chica de que se vaya en el avión con una versión ibérica de la frase de Bogart: "Siempre nos quedará Madrid'. Pero la chica, que al cabo es la protagonista del libro, se lleva al héroe en el avión con ella. García Márquez dijo alguna vez en una entrevista que él escribía para que sus amigos lo quisieran más. Después de terminar el libro, uno queda con la impresión de que Del Risco escribe también para que sus amigos lo quieran más... y que, con estas memorias, probablemente lo consiga.

Sunday, December 9, 2012

La inutilidad de la inocencia: olvido y muerte de Antonio de Gordon (II)

[Este post es la continuación del anterior, "Antonio de Gordon: la maldición de ser habanero y querer saberlo todo (I)", que colgué hace casi un mes. Pienso colgar pronto el tercero (y final) sobre este tema.]

La Orden Militar No. 266 del 5 de julio de 1900, dictada por el Gobierno Interventor norteamericano en Cuba, dejó cesante a Antonio de Gordon y de Acosta. El más brillante de los profesores de la Universidad de La Habana, y el hombre que había donado varios de sus laboratorios científicos, quedaba así expulsado de su cátedra. La Orden Militar No. 266 era en realidad la reforma del sistema de educación de Cuba que se conoce como "Plan Varona", por haber sido Enrique José Varona quien lo escribiera e implementara.

Se dice que la causa de la cesantía* de Gordon fue haber brindado sus servicios como médico de un batallón de Voluntarios 25 años antes, en la década de 1870. El dato sugiere dos sospechas. La primera es que difícilmente Gordon podría ser un partidario entusiasta de los Voluntarios. En 1871, ocho de los compañeros de carrera de Gordon habían sido fusilados, como todo el mundo sabe. Y uno de los fusilados, Anacleto Bermúdez, era además cuñado de Gordon. Los tres (Gordon, su esposa y Anacleto Bermúdez) tenían entre 19 y 20 años cuando ocurrió el fusilamiento. Es fácil suponer que siendo cuñados, jóvenes y compañeros de carrera, fueran amigos, y que la esposa de Gordon quedara devastada con la muerte de su hermano. Es fácil suponer que Gordon estaba enamorado de ella: se casaron con 19 años, ella murió cinco años después, y Gordon esperó casi veinte años para volver a casarse. ¿Podía haber sido Gordon un fervoroso partidario de los Voluntarios que provocaron el fusilamiento de los estudiantes de medicina? Es más lógico pensar que Gordon era entonces un joven que ansiaba brillar en la Universidad y en la sociedad habanera (era vanidoso) y que temió negarse a ser médico de los Voluntarios.

Y Varona, ¿habrá expulsado a Gordon (y a otra docena de brillantes profesores) motivado por un ferviente patriotismo? También es de dudar. La Orden Militar No. 266 por la cual se estableció el "Plan Varona" iba firmada por el Gobernador norteamericano, pues Varona era secretario (ministro) del gobierno interventor americano en Cuba. Y Varona apoyó también la segunda intervención americana. (Después se hizo antiimperialista, pero en la época en que expulsó a Gordon de su cátedra era un eficiente servidor del Gobierno Interventor americano.) 


Varona había sido independentista durante la Guerra de los Diez Años antes de convertirse en uno de los líderes del Partido Autonomista durante el período entreguerras, para después volver a ser independentista y llegar a dirigir el periódico "Patria" tras la muerte de Martí. ¿Por qué un hombre que había servido con entusiasmo al gobierno interventor y que había cambiado de ideario y de bandera varias veces no podía perdonar que Gordon hubiese sido médico de un batallón de Voluntarios en su juventud? ¿Habrá sido un arranque de envidia positivista?

Foto tomada de la revista Anales de la 
Academia de Ciencias Médicas, Físicas y
Naturales de La Habana, Tomo LIV, 

1917-1918, pág. 401
La indignación contra el "Plan Varona" —y la subsecuente caza de brujas en la Universidad de La Habana— es evidente en el "Elogio" a Gordon leído por el Dr. Jorge Le-Roy y Cassá, su discípulo y colega, en la sesión de la Academia de Ciencias de La Habana el 8 de febrero de 1918**, a un año exacto de su muerte. Dice Le-Roy:
La dedicación constante a la enseñanza, los méritos adquiridos, los derechos conquistados, los donativos científicos realizados durante aquel cuarto de centuria, se desplomaron ante una Orden Militar, dictada no por el gobernante extranjero sino por un cubano que, en su afán de demoler el secular edificio de nuestra cultura, de trastornar hasta los cimientos nuestra alma mater, ocupando la Secretaría de Instrucción Pública, redactó aquel funesto Plan de enseñanza, conocido con el nombre de su autor, y desterró de aquellas aulas, que quizás casualmente pisara alguna vez, a hombres encanecidos en la enseñanza y a los que acompañaron siempre el respeto, la consideración y el cariño de sus compañeros y discípulos. Los nombres de Hernández Barreiro, de Berriel, de Céspedes, de Campos, de Carbonell, de Rovira, de Vildósola, de Cubas —el defensor de los estudiantes de medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871— de Górdon [sic] y de otros más, son pruebas evidentes de la actuación de aquel Secretario de Instrucción Pública de la primera intervención americana, que no quiero calificar por no hacer estremecer en sus tumbas a muchos de los que acabo de nombrar.
La expulsión de la Universidad fue para Gordon una condena a muerte. Tenía 52 años y siete doctorados, era rico y hablaba media docena de idiomas: podría haberse largado de aquella Habana desagradecida y vengativa. Podría haber sido feliz en París, en Madrid, en Londres, en Berlín o en New York, de cuyas sociedades científicas era miembro. Pero no fue capaz de irse, que es la peor tara con la que alguien pueda nacer en Cuba. Irremedaiblemente enamorado de su ciudad y de su universidad, optó por encerrarse en su casa de la calle San Nicolás #54 para no volver salir de allí nunca más, excepto para atender los negocios de la familia. La última vez que asistió a una sesión de la Academia fue en 1908, para entregar a Le-Roy un premio que desde hacía años financiaba el mismo Gordon. En esa última visita leyó una ponencia titulada "Sobre el suicidio", que podría leerse como un ensayo sobre su decisión de quedarse en La Habana.

En los nueve años de vida que le quedaban, nunca más regresó a la Academia de Ciencias. Muy pronto fue olvidado por todos, excepto un pequeño grupo de amigos fieles, como suele suceder en esos casos. Esa muerte y ese olvido los resume Le-Roy en un párrafo de su "Elogio" con el que termino:

Un sello de tristeza, consecuencia de las amargas decepciones sufridas, veló aquella penetrante mirada; su marcha ya no era rápida y si su salud aparentemente no se resentía, sorda dolencia preparaba el súbito ataque de angina de pecho que cortó su existencia en la mañana del 8 de febrero de 1917. Fué dicho ataque el primero y el último y solo le dio tiempo para formular el diagnóstico de su enfermedad y decirle a su esposa que se moría. Momentos después, al acompañar su cadáver, tendido en medio de sus libros, rodeado de sus hijos y de los amigos que le permanecimos fieles, meditaba yo acerca de la inestabilidad de la vida humana y de las injusticias de los hombres, y cuando a la tarde siguiente llevábamos sus inanimados restos sus muchos amigos, sus viejos discípulos y sus compañeros de Universidad y de esta Academia, no pudimos menos que extrañar la ausencia de la juventud escolar que, en tan breve periodo de tiempo, olvidara al profesor que tanto nos enseñara.  
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* La Orden Militar No. 266 no dice explícitamente que se expulsará a nadie de la Universidad por haber sido proespañol, pero todos los comentaristas coinciden en que estaba escrita de modo que quedaran excluidos los profesores a los que se consideraba políticamente inaceptables.

** "Elogio del Dr. Antonio de Gordon y de Acosta", Dr. Jorge Le-Roy y Cassá. Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, Tomo LIV, 1917-1918, págs. 401-420