Monday, August 17, 2009

El profesor, el poeta y la policía

And so Patty calls the cops

And they arrive on the scene with their red lights flashin'

In the hot New Jersey night.

                                                         Hurricane, Bob Dylan


Kristie Buble y Derrick Meyers tienen ambos 24 años y trabajan como policías en Long Branch, un pueblo de New Jersey que nadie conoce. Según varias agencias de noticias el 23 de julio pasado —en una calurosa noche de New Jersey, para que se cumplieran las escrituras— Kristie y Derrick recibieron una notificación de su cuartel. Alguien había llamado al 911 para informar que “un viejo de aspecto excéntrico” andaba bajo la lluvia por las calles del pueblo y se había asomado a la ventana de una casa que está a la venta.

Los policías se dirigieron al lugar y, efectivamente, vieron a un viejo excéntrico vestido con una sudadera de capucha, botas de lluvia negras y dos capas de agua, una sobre otra. Se acercaron a él y le preguntaron cómo se llamaba: “Bob Dylan”, respondió el desconocido. Cuando le preguntaron por qué andaba por ese barrio caminando solo bajo la lluvia, el viejo respondió que le “habían entrado ganas de dar un paseo”. Le pidieron que se identificara, pero el buen señor no tenía ningún documento. Les aseguró que el ómnibus en el que andaba en el “tour” estaba cerca. Lo montaron en el patrullero y lo llevaron hasta donde él les indicó.

Sí, era Bob Dylan, pudieron confirmar los policías cuando Robert Allen Zimmerman les mostró su identificación. El jefe de ambos agentes aseguraría después que el artista tomó con buen humor todo el asunto (“Dylan was really cool about the whole incident" reporta CNN que dijo el sargento Michael Ahart.)

Pues bien, creo que Kristie Buble y Derrick Meyers tuvieron mucha suerte: Bob Dylan es judío. Si en lugar de judío BD fuera afroamericano —como el profesor Henry Louis Gates Jr., quien fuera arrestado una semana antes, el 16 de julio, en Cambridge, Massachussets— a estas alturas ambos hubiesen sido acusados en la prensa nacional de Estados Unidos de ser unos racistas redomados que se dedican a perseguir personas inocentes por el delito de pertenecer a la raza negra. Y ya alguien hubiese averiguado —como sucedió en el caso de Jim Crowley, el policía que arrestó a Gates— que habían votado por McCain —lo cual, como todos sabemos, es una prueba irrefutable de racismo. Y, por supuesto, hubiesen encontrado a la persona que llamó a la policía en primer lugar y la hubiesen acusado de racista también.

Por otra parte, como el incidente no se convirtió en un escándalo, probablemente el presidente Obama no dirá ninguna tontería sobre el mismo y, por tanto, no se verá obligado a invitar a todo el mundo a la Casa Blanca a tomar cerveza con él y Joe Biden para arreglar su metedura de pata.

En este caso no sucedió nada alarmante. La policía fue a ver a BD, lo interrogó y lo hicieron subir al patrullero simplemente por estar paseando bajo la lluvia y parecer “un viejo excéntrico”. (Dylan seguramente les habría explicado: “Yo soy como todo el mundo, a mí me gusta mi azúcar dulce”.) Los agentes del orden, por su parte, declararon que pensaron todo el tiempo que podría ser un paciente psiquiátrico escapado del hospital.

El hecho es que BD no les gritó que ellos “no sabían con quién se estaban metiendo” ni que les costaría caro lo que estaban haciendo, como hizo el profesor Henry Louis Gates Jr. cuando el agente Jim Crowley le pidió su identificación porque lo habían visto en compañía de otra persona, aparentemente forzando la entrada de la casa. Y cualquiera diría que tratar de forzar la puerta de una casa, aunque sea la tuya, parecerá más sospechoso a quien lo vea que el simple hecho de asomarse a la ventana de una casa en venta.

Claro, las monedas tienen cara y cruz. BD no ha tenido que pagar el precio que ha pagado Henry Louis Gates Jr. por ser quien es. Las humillaciones sutiles y burdas, las miradas de desprecio o extrañamiento, las preguntas de si “¿usted es el conserje de la facultad?”, los encuentros anteriores con los agentes del orden, esa acumulación de agravios que  el profesor de Harvard habrá recibido durante décadas, nunca le tocó a Dylan. En esa suma de ultrajes que el racismo popular y cotidiano habrá deparado Henry Louis Gates —y a tantos otros— radica la clave de lo que sucedió ese día en Cambridge, no en las palabras que se dijeron o no aquella tarde. Desde que sucedió el incidente, pensé que probablemente el agente Crowley no era un racista ni el profesor Gates un energúmeno, sino que había escenificado un libreto dictado por una larga historia de discriminación y mutua desconfianza. Lo que me llamaba la atención es que los muchachones de la prensa, nuestros líderes de opinión (y entre ellos el Presidente del país), no pudieran ver lo sucedido con una dosis mayor de madurez o generosidad.

La anécdota de Bob Dylan no exonera a todos los policías de Estados Unidos, como tampoco los condena el arresto de Henry Louis Gates Jr., pero la conjunción de ambos sucesos viene a recordarnos otro problema: la idiotez entusiasta de la prensa. Claro, dirán ellos, un cuento como el de Bob Dylan jamás producirá los ratings que tuvo la deliciosa telenovela de “El profesor Gates y el agente Crowley”.