Monday, December 7, 2009

Going loco

Mis amigos de Miami están perdiendo la cabeza. They are going cuckoogoing loco, para decirlo en Spanglish, que es la lengua oficial de Heliópolis (que suena más fino que “La Ciudad del Sol”). No uno, ni dos, ni la mayoría: todos. Toditos todos. Y no solo mis amigos, sino los amigos de ellos también, y los socios de Facebook a quienes no conozco realmente. The whole gang, acere. Como una cafetera… quimba’os del coco to’s ellos, brother.
No, ni idea tengo… ni me imagino qué les pasa. Resulta que se largaron de Cuba, hicieron quién sabe cuántas maromas para cruzar el Estrecho (tan ancho) de la Florida, y plantaron en Miami. Llegaron, se fueron a vivir a casa de la tía, se buscaron un trabajo, se pelearon con la tía, compraron el transportation, aprendieron inglés, consiguieron un trabajo mejor, cambiaron el carro, compraron la casa, ¡aprendieron a encontrar una dirección en Hialeah! Al principio comían en La Carreta o el Versailles los sábados, pero ahora no salen de la casa si no es para ir a South Beach. En fin de año se van a un pueblito precioso de Georgia. Son razonablemente felices, que es todo lo feliz que se puede ser.
Ah, pero la felicidad no les basta. Algún demonio secundario los ha convencido de que no es cool ser feliz en Miami. Y se sienten obligados a explicarte que detestan “este pueblo”. Si tienen una bitácora o blog o como se llamen esos pujos pseudointelectuales, de cada tres artículos uno tiene que ser contra Miami. A veces Pérez Roura parece ser el centro de sus preocupaciones ontológicas, en otras ocasiones son los viejitos esos que tienen una asociación de mambises desvelados o algo así, o los combatientes anticastristas del Parque del Dominó, o el iluminado que adoquina las calles con discos de Juanes.
Todos saben que vivo en un maldito pueblo de campo de Long Island, pero cuando vamos por la mitad de la primera cerveza comienzan a comparar a Miami con New York para ponderar mi suerte. Si les hablo del crecimiento alucinante del downtown de Miami, me aclaran que la mitad de los edificios están vacíos. Me explican después la provisionalidad de todo lo que allí se construye. El transporte público, la congestión del tráfico, los negocios truculentos, las riñas internas de cada una de las 234 organizaciones políticas más importantes, la decadencia del Palacio de los Jugos, la falta de voz de Gloria Stefan: todo condena a Miami ante sus ojos. La corrupción de la ciudad les parece la peor del mundo; los lugares feos les parecen vergonzosos; los lindos, falsos; los fracasos, irremediables; los triunfos, imposturas.
Casi todos los detalles son ciertos, y sin embargo, la conclusión a la que llegan me suena falsa, sobre todo cuando pienso que mis amigos, en general, no se mudan. Algo habrá en “ese pueblo” que ata, hechiza o secuestra. Pero mis amigos de Miami no sueltan prenda… decirlo no sería nada cool. A ver si lo descubro en la próxima visita. Dale (como dicen ellos para despedirse).

Friday, December 4, 2009

Esta mañana

Siento no haber llevado mi cámara hoy. Desde hace unas semanas camino diariamente de Penn Station al Rockefeller Center, pasando por Times Square, esa “plaza del tiempo” que por la mañana parece una niña hacendosa y por la tarde una chica de cascos ligeros. Pues esta mañana, junto al puesto de policía había dos bicitaxis, y sobre cada uno de ellos habían colocado un número de plástico y madera, de unos siete pies de alto, lleno de bombillas como el espejo de una vedette. Eran el 1 y el 0. Evidentemente, eran los números que se iluminarán a las doce de la noche del 31 de diciembre para celebrar la llegada del Año Nuevo. (El año pasado me topé en la esquina de la calle 52 y la sexta avenida con dos domadores que bañaban, en plena vía pública, a sus tres elefantes antes del espectáculo navideño de Radio City Hall. ) Como el episodio de los elefantes, esta visión me pareció un buen augurio —y lo necesitaba. La mañana no había comenzado con aires tan festivos.

En el tren hacia Manahttan había estado leyendo un artículo de Suketu Mehta sobre la catástrofe de Bhopal, de la que se cumplen 25 años en estos días. Al bajarme en Penn Station vi dos soldados en camuflaje de desierto con metralletas en bandolera. Pensé en cómo se acostumbra uno al horror. Antes del 11 de septiembre de 2001, jamás vi un soldado en Penn Station ni en el resto de Manhattan. Sin embargo, la imagen se ha hecho tan común en estos años, que ahora tienen que pararse en los pasillos con metralletas al hombro para que me fije en ellos.

La esquizofrenia de esta temporada nos obliga a repicar campanas de duelo y bailar en la procesión al mismo tiempo. Esos números de candilejas y esas metralletas son la prueba de que esta ciudad se prepara para los fuegos de artificio de la fiesta y de la guerra, para la alegría y la desesperación. Esa dualidad se palpa en cada esquina. Manhattan tiene todos sus árboles empedrados de luces navideñas, mientras que los tenderos miran preocupados al público que pasa y sin comprar sus artilugios. La alegría está cercada por la preocupación del dinero escaso y el temor que a veces se huele en el aire como un vaho inmundo.

En cualquier otra ciudad esta simultaneidad del temor y la esperanza sería insoportable. En New York es sólo una entre tantas locuras cotidianas. Y uno se pregunta cómo hay gente que quiera vivir en un sitio que no sea este manicomio de rascacielos inundados de ratas y dinero mal habido.