Tuesday, March 31, 2009

Los republicanos

Warren Buffet declaró hace unas semanas que la economía de los Estados Unidos se había despeñado por un abismo. Y Warren Buffet es un tipo optimista. Parece innecesario repetir los detalles del desastre humano, político y económico que resultó ser la Guerra de Irak. Y eso no es todo. El descalabro estructural, sistémico (para usar una palabrita de moda) que han sufrido los Estados Unidos en los últimos ocho años es difícil de exagerar y, además, es sobradamente conocido.

El Partido Republicano, como todos sabemos, tuvo control de las dos cámaras del Congreso desde enero de 1995 hasta enero de 2007. Y por supuesto, tuvo a uno de sus miembros en la presidencia de la nación desde enero de 2001 hasta enero de 2009. ¿Quiénes piensan los republicanos que son responsables del desastre que hoy enfrenta el país? Los demócratas, dicen ellos con rostro inmutable. Como siempre sucede en estos casos, uno se pregunta si la deficiencia es de capacidad de razonamiento o de vergüenza, pero eso es lo que sostienen, explícita o implícitamente, una amplia gama de políticos, analistas y simpatizantes del GOP.

¿Y qué solución proponen los republicanos para la crisis, para la catástrofe, que regalaron al país? No hacer nada y rebajar los impuestos. Piensan que si la crisis económica se agrava, podrán decir que fue por culpa de las medidas de la administración actual. Y si mejora, dirán que fue porque ellos tenían razón: no había necesidad de hacer nada. No importa cuál sea la situación, los demócratas siempre dicen que los republicanos están huérfanos de ideas (y viceversa). Sin embargo, en este caso, como el reloj detenido que marca la hora exacta dos veces al día, tienen razón.

La Administración Obama propone ideas que dan risa, otras que dan miedo, otras que dan deseos de llorar y alguna que inspira admiración. Con todo, parece mejor alternativa que la del otro bando. La táctica de los republicanos se resume a ver los toros desde la barrera, criticar cuanto haga la Administración Obama, y no hacer absolutamente nada hasta no recobrar el poder. En otras palabras, se están comportando desde la oposición con la misma irresponsabilidad con que ejercieron el poder en la última década.

Perezagruzka y Guadalupe


Las apuestas parecían bastante seguras: por su historial, Joe Biden debería ser el miembro de la Administración Obama más propenso a decir tonterías. La Secretaria de Estado, sin embargo, ha tenido recientemente dos lamentables tropiezos. A principios de marzo, la Sra. Clinton, como símbolo de la voluntad estadounidense de inaugurar una nueva era de relaciones con Rusia, entregó al ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, un "botón de reinicio" que decía reset en inglés y peregruzka en ruso. El detalle penoso es que la traducción al ruso era incorrecta. Peregruzka, explicó el ministro, significa "sobrecarga", no "reiniciar". La palabra correcta sería perezagruzka. En este caso (¿de pereza brusca?) la responsabilidad directa del papelazo no era de la Sra. Clinton, pues sus habilidades lingüísticas se limitan exclusivamente al inglés, si no de su equipo.

Sin embargo, la semana pasada, la Metternich de Chicago fue de visita a México. Y estando en México, ¿por qué no?, fue a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Y estando allí, claro, fue a ver la tilma de San Juan Diego acompañada del rector de la basílica, monseñor Diego Monroy. Tras observar detenidamente la imagen de la Virgen, nuestra secretaria de Estado, mujer culta y multicultural, pronunció una perla de tres palabras: “Who painted it?” Monseñor Monroy le respondió: “God.”


Se creería que es imposible demostrar una ignorancia penosa de la historia de México y al mismo tiempo ofender al 99% de los mexicanos guadalupanos con sólo tres palabras. Pero la brillante secretaria de Estado lo ha logrado (Yes We Can!). Curiosamente, la noticia fue ignorada por el New York Times, CNN y otras agencias de noticias. ¿Sería un milagro de la Guadalupe o una muestra de parcialidad de parte de esos “comunicadores”? ¿Cuál hubiese sido la reacción si la burrada fuera obra de un político del otro bando?

Tiempo al tiempo, en su próxima campaña presidencial, la Sra. Clinton nos contará cómo la Virgen de Guadalupe la salvó cuando ella entró en la basílica desafiando el fuego cruzado de los morteros y pistolas de los narcotraficantes del cartel de Sinaloa.

Friday, March 27, 2009

Spoon River Anthology: La vida de los otros


Por pura pereza imaginativa decidí ayer matar los diez minutos que quedaban para el tren de las cinco en la Borders de Penn Station (“And lead us not into Penn Station”, como diría David Foster Wallace antes de caer en una tentación peor). Me fui a la sección de poesía buscando a Yeats pero me encontré a Edgar Lee Masters, en la edición de John E. Hallwas, vivo en el cementerio de su Spoon River Anthology, cuyos poemas, traducidos (¿o transmigrados?) al español me citaba incesantemente mi amigo José Mederos Sigler hace más de veinte años. Ese grano de nostalgia y quince dólares pusieron en mi mochila todas las habladoras tumbas de Lee Masters.

Como acabo de cancelar mi suscripción al New York Times (tough times) y los últimos ejemplares llegarán este fin de semana, comencé mi entrenamiento en la lectura de noticias remotas hojeando a la deriva mi Spoon River en el tren.

Al llegar a casa encontré en el buzón La vida de los otros, cortesía de Netflix. Después de la cena, me senté con MD a ver esa película “que hizo nuestras delicias el verano pasado”, ¿o sería el anterior?

El libro y la película, que el azar dispuso en la misma tarde, se asoman a dos estancias del mismo misterio: la curiosidad humana por la vida ajena. Esa afición atávica, como tantas cosas, puede servir de ungüento y de veneno. Los espléndidos versos de Edgar Lee Master son una suerte de redención del cotilleo. Ese mismo cotilleo que la Stasi podía convertir en una sustancia infernal.

De ese mejunje diabólico estuvo hecho el socialismo que, con involuntario sarcasmo, algunos llamaron real. Esa fue la esencia del sistema. Los que propusieron la disolución de la privacidad (el derecho a nuestros pequeños secretos, sean estos vergonzantes o no) en nombre de la solidaridad, en realidad no eran otra cosa que una banda de fisgones sádicos que convirtieron la invasión del espacio personal y la destrucción del alma en una vocación y un deporte. Esa, y ninguna otra, fue la esencia de cada uno de los regímenes totalitarios que en el mundo fueron. Lo demás fue propaganda, de una parte, e ingenuidad (si es que la ingenuidad puede ser cómplice y elegida) de la otra.

Al final de la película, el ingenuo —otra vez la ingenuidad— dramaturgo Georg Dreyman le dice al ex ministro Hempf: “¿Cómo es posible que gente como ustedes gobernaran un país?” Lo cual es una manera generosa de hacer la pregunta que a muchos nos toca: “¿Cómo fui capaz de obedecer a gente como tú?”

Ya en la cama, tras la película, leí el poema “Ollie McGee” de Edgar Lee Masters. Desde la tumba, la mujer abusada termina el relato de su horror doméstico con estos versos:

The face of what I was, the face of what he made me!
These are driving him to the place where I lie.
In death, therefore, I am avenged.

Ese anatema, sin embargo, supone en el hacedor del agravio un remanente de ética que lo condena. No creo que podamos esperar semejante destino —o semejante justicia— en el caso de los “ingenieros de alma” que implementaron ese error antropológico que fue el comunismo.

Thursday, March 19, 2009

Sugiuchi, Nikita y el primer strike.



Clásico Mundial de Béisbol

Desde los inicios del partido eliminatorio de anoche entre Cuba y Japón, pero con más urgencia a partir de la séptima entrada, los narradores del ESPN se preguntaban por qué los bateadores cubanos habían perdido su disciplina en el plato. ¿Cómo era posible que perdiendo 4 a 0 estos jugadores le hicieran swing al primer lanzamiento? "You have to know that the first strike you see is not going to be the best strike", decía el pobre narrador sin entender qué les pasaba a los cubanos. Cuando Cepeda abrió la novena haciéndole swing al primer lanzamiento de Sugiuchi —para conectar un manso elevado que produjo el primer out—, los chicos de ESPN no se lo podían creer. “¿Cómo le va a hacer swing al primer lanzamiento del noveno inning perdiendo 5 a 0?”, decía el analista.

El analista no podía entender lo que sucedía. Probablemente no había leído un artículo del Granma del martes en el que el ex presidente cubano (aparentemente un experto en béisbol) decía: “Desgraciadamente, en nuestro país se creó el hábito malsano de esperar el primer strike, vieja costumbre en que fueron educados los peloteros cubanos, un hábito que los pitchers adversarios conocen y lanzan tranquilamente el primer strike por el centro del home. Hay que obligarlos a una tarea difícil desde el primer instante.”

Kruschev solía contar que Stalin, en medio de sus borracheras, le ordenaba bailar el jopak para reírse del obeso Nikita. Kruschev no disfrutaba la burla, claro está, pero “cuando Stalin te dice que bailes el jopak, tú bailas el jopak”, explicaría más tarde el carnicerito de Kiev. Y cuando el ex presidente de Cuba te dice que le tires al primer strike, tú le tiras al primer strike, te diría Cepeda.

Monday, March 9, 2009

La entrevista de ciudadanía




Ayer, 4 de agosto, fiesta de San Juan María Vianney y cumpleaños de mi suegra, tenía yo la cita para la entrevista de ciudadanía norteña (norteña en este caso hace referencia al “Norte revuelto y brutal”, no a esa bella música al ritmo de la cual nuestros hermanos aztecas bailan “la quebradita”).

Había estado yo por años posponiendo el momento de “plegarle la alianza” a la bandera estrellada y chillar aquello de “Oh, José, can you see…” por tres razones muy poderosas. En primer lugar, porque las gestiones burocráticas me caen como una patada en ese ojo con el cual “Oh, José, you can’t see…”; en segundo lugar, porque no me creo en condiciones de jurarle fidelidad a ninguna bandera, país, ejército o bando cualquiera (a veces, en el dominó, juego la ficha que no va sólo por ver la cara de desesperación de mi compañero de equipo); y en tercer lugar, porque la única denominación con la que me he sentido cómodo en mi vida es la de “apátrida”, con la que me cataloga el gobierno de una isla del Caribe de cuyo nombre quisiera olvidarme.

Me levanté, pues, en esa mañana de lunes (¡para colmo!), dispuesto a cambiar de nacionalidad, con la tímida esperanza de que tener el pasaporte con el pajarraco de patas abiertas me mejore el acento jamaiquino con que hablo (es un decir) el inglés. Después de un café y un purito impuro de desayuno, me coloqué el New York Times bajo el sobaco y me fui a la fábrica de ciudadanos.

El día había comenzado bien. Era una mañana perfecta: 25 grados a la sombra, sol radiante, cielo azul y unas nubecitas pintadas por Carlos Enríquez antes de que empezara a beber. Me alegraba, además, la idea de pensar en mi suegra y en el santo cura de Ars al inicio del día. Soy devoto de los dos. Mi devoción por San Juan María, a diferencia de la de tantas personas, no se inspira en sus dotes extraordinarias de confesor y “cura de almas”, sino en el hecho de que, de joven, haya desertado del ejército —razón por la que siempre he pensado que debería ser declarado Patrón de los Desertores. Jurar defender la Constitución y los Estados Unidos —y tomar las armas si fuese necesario para ello— era una exageración de mi parte, por supuesto, pero me aliviaba la conciencia el hecho de hacerlo el día del santo desertor. De alguna manera, eso me consolaba de la pérdida de mi condición de apátrida. La devoción por mi suegra, por otra parte, tiene su origen en las matemáticas y la geografía: vive a 1303 millas de mi casa (según Google). Las suegras son como Cuba: cuanto más lejos logra uno vivir de ellas, más las quiere, aunque la mía —mi suegra, no mi Cuba— sea una santa comparable al Cura de Ars.

Entré en la sala de espera del paraíso y hacía un frío siberiano. [Como todo cubiche que vive en las cercanías de New York, atribuyo cualquier exceso, señal de mal gusto, falta de prudencia o resabio, a los cubanos de Miami. Por tanto, siempre pensé que esa costumbre de combatir el calentamiento global convirtiendo la sala de la casa en nevera era exclusiva de Hialeah y la Sagüesera.] Miré a mi alrededor, estudié la cara de los “esperadores”, y me senté en el lugar en que me parecía que no habría nadie que quisiera conversar con su vecino de asiento.

Pocos minutos después, una señora de incierta edad con pinta de iraní prooccidental colocó sus nalgas cuneiformes en la silla de al lado. Pensé que tenía la misma expresión de tristeza persa que debió poner Soraya cuando el Sha le dijo que se divorciaba de ella por no ser precisamente una buena “fábrica de ciudadanos”. El hecho es que esta Soraya venida a menos comenzó por preguntarme la hora y después arrancó a hacer comentarios sobre lo mal que pronunciaban los nombres árabes y persas aquellos gringos. Yo le puse cara de ayatolá con acidez estomacal (es una redundancia, los ay atolás siempre tienen cara de estreñidos) y saqué mi New York Times para enterarme de que se había muerto Solzhenitsyn.

Era como si comenzaran a confirmarse las malas premoniciones que adelantaba el viento gélido producido por el maldito acondicionador de aire. Habían pasado 45 minutos y me sentía ya como un prisionero de Vorkuta. Con el corazón encogido por la muerte de Aleksandr Isayevich, y otras partes de la anatomía (que lo menos que necesitarían sería apocamiento) reducidas —aún más— por el frío, leí como si fuera un reproche esta oración del obituario: “In contrast to the rest of his family, he never became an American citizen.

Terminada la lectura de las noticias del día, miré el reloj, vi que llevaba dos horas en aquel Frigidaire, y recordé la frasecita engañosa de la citación: “Plan to spend two hours...” Me fui a preguntarle a un tipo de cabello y corbata amarillos qué pasaba. Me pidió mi green card, se fue con aire de resolverlo todo en un minuto y regresó al poco rato con una respuesta digna del oráculo de Delfos: “They will call you in a while.

Una hora después, un tipo que me recordó la foto de Gandhi en sus tiempos de abogado en Johannesburgo, pronunció mi nombre con el acento y la autoridad de un dvijóttama en asuntos inmigratorios. Llevaba una corbata de lástima y una camisa de puños gastados del color del aburrimiento. Su bigotito estrechísimo me hizo imaginar a Jorge Negrete en una película de Bollywood, cantando corridos en sánscrito y con un turbante en la cabeza en lugar del sombrerote de machote que solía llevar.

Al entrar en la oficina tuve la ligera impresión de estar en Cuba con frío (lo que los yankees llaman un air-conditioned hell). Había muebles y papeles amontonados en una esquina como si alguien, con urgencia ciclónica, hubiese quitado del medio las pertenencias del dueño anterior para hacerle espacio al actual ocupante. Por el suelo arrastraban su inutilidad un ventilador mustio y un calefactor portátil que tenían inscritos, con pintura negra y caligrafía criminal, el nombre y apellido de mi brahmán examinador: Adesh Handlal.

Observé después a Mr. Handlal, que andaba ahora sumido en mi expediente, y que lo miraba todo con gesto desaprobatorio. (Nunca ningún burócrata miró mi expediente con otra expresión.) Cada vez que tenía que hacer una anotación, Mr. Handlal sacaba un papel carbón (animal veterotestamentario que yo no veía desde la llegada a Gringolandia) y lo ponía entre el original y una copia. Después perforaba las hojas y las iban poniendo en una carpeta con una de esas grandes grapas o presillas que yo creía especies extintas como el papel carbón.

A medida que avanzaba en el análisis de mi expediente —sin dudas deprimente para él—, mi brahmán comenzó a hacer gestos de coach de béisbol que me hicieron pensar que la lectura mi historia inmigratoria le había causado locura temporal: soplaba el bolsillo de su camisa como si quisiera abrirlo sin tocarlo, palpaba la tela gastada de los puños, se tocaba los codos y los lóbulos de las orejas y, de cuando en cuando, subía el brazo por encima de su frente y se quedaba mirando el reloj por largo rato como si en la esfera tuviera grabados los 700 versos del Bhagavad-Gita y se propusiera leerlos antes hacerme gringo.

Are you married?” me preguntó finalmente. Ante mi respuesta
—resignadamente afirmativa— se quedó como dudando y volvió a la carga: “How many times have you been married?” No sin cierto pavor, me apresuré a decir que sólo una vez. “Just once?” Su indignación ante mi abulia nupcial era evidente. Siguió por media hora observando el reloj, rascándose los codos, soplando el bolsillo de la camisa y haciendo marcas feroces en las páginas de mi expediente sin volverme a preguntar nada más sobre mi vida marital.

Are you ready for the test?” me preguntó finalmente, como si esperara que le respondiera con el "Ave Cesar, moriturii te salutam" de los gladiadores. Después de varias preguntas respondidas exitosamente, me sentía yo como si me fueran a dar el Premio Nobel de Historia, de contra, junto con la ciudadanía. “Who said ‘Give me liberty or give me death’?” me espetó Mr. Handlal como sacando su carta de triunfo. “An idiot”, estuve tentado a responderle pero, como siempre, mi cobardía no me falló: pensé en las horas que me tendrían en aquel congelador si tenía que volver y respondí con un sumiso “I don’t remember”. Al Obergruppenführer Handlal se le iluminó el rostro de alegría. “Try, try!”, casi me grita. “I don’t remember, sir”, le dije yo, que ya me iba hastiando de la comedia. Después quiso que le nombrara las 13 colonias. Comencé a recitar como si estuviera en el catecismo y a la octava me callé. “Go on!”, me animó, Mr. Handlal. Lo miré con cara de pocos amigos y le dije que había perdido la cuenta de las que me faltaban. Hizo la siguiente pregunta sobre cuántas veces puede una persona salir electa senador o representante. “As many times as voters vote for him or her”, le respondí. “Without any
limit?!!!
”, me dijo con tono de maestro que quiere sorprender a un alumno insoportable. Without limit, sir”, le respondí yo muy seguro de mis conocimientos sobre “The Way Our Democracy Works”.

Se dio por vencido. Me dijo que fuera y le trajera unas fotos de pasaporte y una copia de la green card y me dejó en paz. Salí de allí como mismo salí de la Oficina de Intereses en La Habana quince años antes, otro día de agosto en que me dieron la visa: cayéndome del hambre y con los huesos congelados. Lo única decepción era que esta vez no tenía el consuelo de estarme yendo a Estados Unidos como la vez anterior.