Saturday, August 25, 2012

Neil Armstrong: un paso gigantesco para un hombre


Neil Armstrong. Foto tomada del periódico The Guardian
Ha muerto Neil Armstrong. Al lector indiferente le puede parecer ese un pequeño paso para la humanidad, pero es siempre un paso gigantesco para el hombre a quien le toca darlo. Hoy su hazaña nos parece menos memorable que la nueva versión del iPad o el destino de la economía griega. En su momento, sin embargo, sus pasos lunáticos conmovieron a los poetas y a los televidentes... 

He recordado hoy dos poemas que recuerdan su hazaña. El primero es del cubano Eliseo Diego, y es una visión desolada y apocalíptica. El segundo es de Jorge Luis Borges, y es un sueño homérico. Eliseo escribió su poema en un país donde no se transmitió la llegada del hombre a la Luna, y donde no se publicaban los poemas de Jorge Luis Borges. Podría ser que todos esos detalles inconexos estén secretamente relacionados. 

Que tengas buen viaje, Neil Armstrong.
 



Oda a la contemplación de la Tierra

                                        ...la huella de su pie en la Luna...
                                                 (De los diarios, año de 1969)

Desde la roca de la desolación
por fin ha visto el hombre a su madre
Velada en un velo viviente,
la frágil, la prodigiosa criatura,
la danzarina del abismo,
la que oculta en su seno maravillas.
Desde la roca de la desolación.
Velada en un velo viviente.

Aquel que la está mirando
en medio de la simplicidad de la ceniza,
de la invulnerabilidad de la ceniza,
¿no es el que le desgarra la entraña?
El hijo increíblemente pequeño
de la increíble pequeña maravilla, en medio
de la desolación, lleno de crimen.
En medio de la desolación de la ceniza.

Cada cráneo pelado,
¿no repite la desolación de la luna?
Cada órbita seca,
¿no dobla la ceguera de la roca?
En medio del fúnebre fulgor,
del lívido, featidico fulgor,
repleto de traición, el hijo acecha
la trémula belleza que es su vida.

Eliseo Diego
Los días de tu vida (La Habana, 1977)




1971

Dos hombres caminaron por la luna,
Otros después. ¿Qué puede la palabra,
Qué puede lo que el arte sueña y labra,
Ante su real y casi irreal fortuna?
Ebrios de horror divino y de aventura,
Esos hijos de Whitman han pisado
El páramo lunar, el inviolado
Orbe que, antes de Adán, pasa y perdura.
El amor de Endimión en su montaña,
El hipogrifo, la curiosa esfera
De Wells, que en mi recuerdo es verdadera,
Se confirman. De todos es la hazaña.
No hay en la tierra un hombre que no sea
Hoy más valiente y más feliz. El día
Inmemorial se exalta de energía
Por la sola virtud de la Odisea
De esos amigos mágicos. La luna,
Que el amor secular busca en el cielo
Con triste rostro y no saciado anhelo,
Será su monumento, eterna y una.

Jorge Luis Borges
El oro de los tigres (Buenos Aires, 1972)

Thursday, August 9, 2012

La prostitución es un matrimonio de cinco minutos


[Esta es la continuación de mi post anterior: "Jineteras coloniales: La prostitución en La Habana a fines del siglo XIX".]

El título de este post es una de las conclusiones a las que llega Pedro Giralt en su libro El amor y la prostitución: réplica a un libro del Dr. de Céspedes, publicado en La Habana en 1889. En esa época Giralt era uno de los redactores de la revista La Habana Elegante, junto al novelista Ramón Meza, el poeta Julián del Casal, Manuel de la Cruz, el autor de los Cromitos cubanos, el dramaturgo Ignacio Sarachaga y el poeta Enrique Hernández Miyares, entre otros.

Este era un círculo de independentistas en reposo: De la Cruz, Meza y Hernández Millares serían pocos años después colaboradores asiduos del periódico Patria. Giralt, sin embargo, era un defensor del dominio español, como muestra su minuciosa Historia contemporánea de la Isla de Cuba
publicada en 1896; y en la que presenta a los mambises como herederos de Atila y sostiene que en Peralejo Maceo contaba con 7 000 hombres y Martínez Campos con 1 500.

El libro de Pedro Giralt sobre la prostitución es mucho menos interesante que el de Céspedes, pero tiene varios detalles que justifican su lectura. En primer lugar, Giralt hace una defensa de la causa de la mujer pocas veces vista en Cuba desde que José Ignacio Rodríguez publicara en 1863 su tímido 
Estudio sobre la situación civil de la mujer en España. Afirma Giralt, por ejemplo, que "la cultura de un pueblo se mide por los fueros y derechos que disfruta la mujer". Además de eso, explica la necesidad de que la mujer reciba educación, se incorpore a la fuerza laboral y disfrute de los mismos derechos que el hombre. Rechaza la tesis de que la poligamia sea más natural que la poliandria y explica por qué los gozos sexuales femeninos son tan intensos —si no más— que los masculinos. Además, en defensa de la prostitución, propone otras ideas que resultan curiosamente actuales en estos tiempos de corrección política. Afirma, por ejemplo:
[...] si vamos á prohibir la prostitución por el mal venéreo que propaga, justo es que por igual razón se prohiban las tabernas y cafés porque desarrollan el alcoholismo. Deberemos también reglamentar las comidas poniendo en cada casa un Don Pedro Recio de Tirte Afuera, porque los excesos gastronómicos son origen frecuente de mil enfermedades crónicas y agudas. Deberemos prohibir el uso del tabaco, porque según autorizados facultativos, el fumar es causa de otras enfermedades.

La imagen que daba Céspedes de La Habana, tan parecida a la que ahora nos venden sobre La Habana de los años cincuenta, es rebatida por Giralt como una exageración mojigata:
Leyendo los escándalos que Juvenal cuenta de Roma, se nos pinta en la imaginación la ciudad eterna de la época de Augusto como una bacanal de corrupciones desenfrenadas, sin dar lugar á un ápice de buenas costumbres. [...] Asi se habrá imaginado la ciudad de la Habana, el que no la conozca y lea el libro del señor Céspedes, con sus pintorescas descripciones de la prostitución blanca y de color vagando y escandalizando libremente por las calles. Pero los observadores de buen sentido que estamos ahí y sabemos que de seiscientas calles que tiene la Habana, solo en veinticinco existen algunas pocas casas de prostitución tolerada, y más de la mitad están apartadas, fuera de tránsito forzoso del público, y únicamente en estas últimas es donde se nota el desagradable bullicio de las meretrices y sus parroquianos, no tan escandaloso como lo pinta el doctor Céspedes, salvo algún hecho aislado y excepcional que no debe referirse como habitual. No es creíble lo que dice Juvenal de Roma, ni es una verdad la Habana del doctor Céspedes: no puede ser verdad. Si lo fuese, habría que confesar que la mancha de lodo y corrupción que el doctor circunscribe en una determinada clase social, envolvería de hecho todas las demás clases, y no escaparía nadie del contagio.

Es cierto que Giralt no critica en su libro el racismo orgiástico de Benjamín de Céspedes, y repite sus diatribas contra los homosexuales. Pero sí critica el criollismo ingenuo del Dr. Céspedes: rechaza sus ataques contra los peninsulares y se burla de la exaltación de la inocencia cubana, citando para ello los excesos de los mambises del 68 y la traición a Carlos Manuel de Céspedes. Giralt predice la desaparición del matrimonio como institución legal, propone que la prostitución sea considerada una transacción comercial como cualquier otra, y repite la tesis de Adam Smith de que la suma de los intereses individuales conduce al bienestar social. 


Benjamín de Céspedes, el patriota criollo, escribe como un esclavista nostálgico. Giralt, el español colonialista, escribe como un liberal sin ilusiones. La lectura comparada de sus libros no ayuda a reforzar nuestros mitos patrióticos, pero puede acercarnos a la realidad de esa Cuba que sin saberlo se acercaba a la pedregosa soledad de su idependencia.


De todos modos, tras leer el libro de Giralt, queda una pregunta flotando: Si la prostitución es un matrimonio de cinco minutos como él afirma, ¿será acaso el matrimonio una prostitución de toda la vida? Si Pedro Giralt  tenía la respuesta, no la revela en su libro.

Thursday, August 2, 2012

Jineteras coloniales: La prostitución en La Habana a fines del siglo XIX

Prostituta londinense de fines del siglo XIX.
Foto tomada del blog Revolting Developments.
Hay ciertos asuntos que uno va dejando para mañana y para pasado... hasta que un día se le acaban las justificaciones. Eso es lo que me ha pasado con la historia de Cuba. Por eso en los últimos meses he estado leyendo cubanerías. Y de vez en cuando hallo cosas interesantes, para mi sorpresa. 

Las prostitutas decimonónicas, por ejemplo, pueden ser interesantes. L
a semana pasada y esta he leído tres libros sobre el caso: La prostitución en la ciudad de la Habana, del Dr. Benjamín de Céspedes y Santa Cruz (1888); El amor y la prostitución: réplica a un libro del Dr. Céspedes, de Pedro Giralt (1889); y el Reglamento para el régimen de la prostitución en la ciudad de la Habana (1894).  

El primero de esos libros es el más interesante. Céspedes fue médico encargado de los prostíbulos de La Habana y tenía un conocimiento minucioso del tema. En su libro describe el mundo de la prostitución habanera con chancros y señales: en la calle de la Bomba había 31 casas de tolerancia —hay una lista de los 236 prostíbulos oficiales, ordenados por sus calles—, los lupanares chinos servían también como fumaderos de opio, la prostitución masculina era tan floreciente que las chicas de la vida alegre la consideraban una peligrosa competencia, 
la edad límite de las "pupilas" era quince años —y que esa ley se violaba frecuentemente, casi la mitad de los niños habaneros nacían fuera del matrimonio, el quince por ciento de los enfermos atendidos en los hospitales públicos de La Habana padecían de enfermedades venéreas, había prostíbulos clandestinos donde las "pupilas" era niñas entrenadas en las artes de la masturbación y la felación, a las que sin embargo mantenían vírgenes hasta la pubertad para vender sus hímenes en subastas... en fin.

Por otra parte, el libro de Céspedes desborda un racismo repugnante, hitleriano y pacato al mismo tiempo, un racismo de vértigo, casi imposible de leer o describir. Basten dos párrafos como ejemplo:


Una fatalidad antiquísima, verdadera desgracia moral heredada, corroe la infeliz raza de color, explotada ayer como servil instrumento de trabajo, y hoy como carne de lujuria. Pero esa raza impenitente, después de diez años de redención, es hoy más esclava que nunca, de su indolencia, sus vicios y depravaciones. Si al menos como el estiércol aislado, ella se destruyera sin contagios, en su podredumbre; pero no, su contacto íntimo inficiona [sic] todo cuanto toca; la raza de nuestras desgracias, habrá de servir de vehículo también de nuestras miserias [...]. 
En el organismo linfático de la sociedad cubana, el abceso supurante de la prostitución radica en las costumbres de la raza de color [...] las uniones carnales más peligrosas para la salud y la moral pública, son las que se establecen entre individuos de diferentes razas y condiciones. De esta mancomunidad viciosa de las razas, brotará el tipo mestizo: la mulata. [...] La prostitución de la raza de color, a diferencia de la blanca, es por lo general prolífica, y estos seres se multiplican como poluciones de microbios en una maceración podrida. Desde la cuna acompaña a la mulata el cortejo de enfermedades hereditarias: la escrófula, la sífilis y el raquitismo, transmitidas por sus degenerados progenitores. Ellas heredan también los rasgos deformes físicos y morales de la raza africana, y los más vulgares de la raza blanca.

Sus ataques contra los homosexuales no son menos terribles, aunque no tan numerosos. Y no habla mucho mejor de los chinos o los españoles. Y ahora bien, ¿quién se atrevería a escribir un prólogo para un libro que contiene párrafos tan monstruosos como los anteriores? Pues lo escribió —pasado mañana hará 124 años— don Enrique José Varona, el mismo señor que siete años después, tras la muerte de Martí, se convertiría en el director del periódico Patria. (¿Qué pensarían Maceo y los otros héroes negros del Ejército Libertador sabiendo que quien dirigía el órgano oficial de la revolución había avalado ocho antes párrafos como estos?) Ese mismo Varona a quien se recuerda hoy como el antiimperialista ejemplar y la conciencia moral de la nación en las primeras décadas de la República. 

¿Por qué habrá respaldado con un prólogo semejante libro? El Dr. Benjamín de Céspedes, además de ser un racista patológico, se consideraba patriota cubano: era un defensor de los criollos que culpaba de todos nuestros males a los españoles, a los cubanos negros recién salidos de la esclavitud y a los inmigrantes chinos que poblaban La Habana de su época. Quizás eso bastó a Varona; pero es difícil imaginarse cómo alguien puede obviar el racismo virulento del Dr. Céspedes. Y ahí tenemos otro indicio de que la historia de los libros de texto es siempre antónima de la realidad, y que las prostitutas suelen ser mejores personas que sus críticos más apasionados.