Sunday, October 31, 2010

Halloween es el martes... para los demócratas

Los demócratas van a recibir una soberana zurra en las elecciones del martes. Se sabe desde hace meses, pero los demócratas, hasta hace tres días, se resistían a aceptarlo. No es sólo que lo digan las encuestas, hay otras señales más confiables. Por ejemplo, Maureen Dowd, tan interesante habitualmente, ahora anda diciendo idioteces. Jura que los demócratas van a perder por una decisión de la Corte Suprema ("In Citizens United, the court may return Republicans to control of Congress"). Y el Huffington Post se ha divorciado de la realidad y solo habla del vaudeville de Stewart y Colbert en Washington: ni se acuerdan ya de la debacle que amenaza. Acabo de ver la primera media hora de Saturday Night Live y sólo hubo un chiste político. Si eso sucede tres días antes de unas elecciones, usted sabe que los demócratas van a amanecer el miércoles con las nalgas coloradas...

El miércoles, los demócratas amanecerán diciendo que perdieron porque los ricos les dieron muchísimo dinero a los republicanos (no importa que en realidad los demócratas hayan recaudado y gastado más que sus adversarios); o dirán que perdieron porque el pueblo americano es idiota (como los demócratas "saben" que sus ideas son mejores, cuando alguien vota en contra de ellos lo toman como una señal de idiotez). El asunto en realidad es más sencillo. Van a perder porque cuando los políticos están en la oposición les aseguran a los electores que todos los problemas son culpa de la incapacidad o la maldad de los que gobiernan; y cuando están en el gobierno se dan cuenta que las cosas son más complicadas. A ver...

Obama nos dijo hace dos años que Guantánamo era un infierno innecesario, un síntoma del sadismo de Bush, y que él lo cerraría en cuanto llegara a la Casa Blanca. Dos años después, la prisión de Guantánamo sigue ahí. Obama dijo que el desastre de Katrina era el resultado de la incompetencia infinita del idiota de Bush. Después explotó la plataforma Deepwater Horizon y la respuesta de la Adminstración Obama fue tan inepta como la de Bush ante el ciclón. Obama dijo que si le dábamos otros 700 mil millones el desempleo no subiría del 8%, pero dos años después el desempleo sigue en 10%. Obama dijo, con razón, que hacer permanentes los recortes de impuestos de Bush era una locura, pero sus partidarios del Congreso y el Senado decidieron posponer la votación sobre el asunto para después de las elecciones para no buscarse problemas. (Una decisión que The New York Times comentó en un editorial titulado "Perfiles de timidez" que comenzaba diciendo: "Comenzamos a preguntarnos si los demócratas del Congreso carecen del valor para ser coherentes con sus convicciones o si simplemente carecen de convicciones"). 

Obama llegó a la Casa Blanca pensando que si uno se mostraba un poco más diplomático que Bush, China dejaría fluctuar el valor del yuan, los norcoreanos dejarían de estar locos de remate y los talibanes se harían feministas. La mayoría de las personas sospecha que ninguna de esas cosas ha sucedido, a pesar de las genuflexiones, reales y simbólicas, a las que nuestro presidente es tan aficionado. Y esa distancia entre las promesas y los resultados es la cuenta que van a pagar el martes.

En otras palabras, el problema de Obama no es que no tenga poderes mágicos... el problema es que alguna gente le creyó ese cuento cuando él se los hizo hace dos años, y ahora se sienten decepcionados. 

Después de la zurra del martes, los demócratas se pasarán dos semanas tirados a morir. Si uno se considera inteligente, bueno y cool, y en unas elecciones lo derrota un grupo de personas a las que uno considera imbéciles, malas y ridículas, el resultado no puede ser otro que la depresión.

Y sin embargo, los demócratas deberían estar felices. En realidad, para ellos ha sido una tortura tener por dos años la presidencia, el Senado y el Congreso en sus manos. Eso les imponía la responsabilidad de gobernar, algo que a ellos les parece repelente. Como los adolescentes díscolos, ellos lo que quieren es escaparse de la clase, burlarse de la profesora de historia y meterse en el baño a fumar marihuana. Haberlos puesto a cargo de la escuela no puede ser para ellos otra cosa que un castigo. 

Esperen tres meses y los verán a todos felices. Se dedicarán a burlarse de las tonterías que dice Sarah Palin, a culpar al Congreso republicano por el fracaso de su genial presidente, y a denunciar a esos republicanos tan brutos y tan malos que les ganaron las elecciones. Eso se les hace más llevadero que asumir los riesgos y la responsabilidad de gobernar un país. La noche del martes les traerá al final un alivio... pero va a ser larga como una noche de Halloween con muchas brujas y sustos, pero sin caramelos.


Sunday, October 24, 2010

De memoria: la bella durmiente y las putas tristes

Uno vive con la ilusión de que elige sus recuerdos mientras que la memoria se encarga de dictarnos —sin contar con nosotros— lo que salvaremos del moridero del olvido. Ahí tenemos a Keith Richards hoy en The New York Times, diciendo que "no ha olvidado nada" después de pasarse buena parte de las últimas cinco décadas, como Lucy, en cielo con los diamantes. De algún modo tiene razón. Siempre recordamos "todo", porque lo demás no existe. "Todo" es lo que logramos robarle a nuestra amnesia.

Pero habría que saber quién elige ese "todo" por nosotros. Porque hay detalles que pudieran hacer más llevadera la vida y se pierden, mientras que otros recuerdos nos torturan para siempre, como si estuvieran vacunados contra el olvido. Cada recuerdo grato es un  golpe de suerte.

Una de esas victorias diminutas me fue deparada esta semana. Leyendo un artículo que hablaba de un vuelo trasatlántico, recordé una columna de García Márquez, "El avión de la bella durmiente", que había leído hace más de veinticinco años.

Resulta que a principios de los años ochenta el periódico habanero Juventud Rebelde reproducía semanalmente un texto que García Márquez escribía para otros periódicos que sí pagaban. En las mañanas de domingo, me sentaba en el parque del pueblo con un par de amigos a esperar que un señor de tristeza sonámbula abriera el estanquillo y nos vendiera el periódico. Leíamos entonces la columna de García Márquez, la comentábamos, y yo me iba a misa. A la misa seguía el almuerzo ritual y exquisito de los domingos, que mi madre y mi abuela preparaban con más artes que carnes. Al rayar el mediodía podía ya vanagloriarme de haber alimentado el estómago, el corazón y el alma en una sola mañana.

Siempre que la gente critica a García Márquez por sus tiránicas amistades políticas, recuerdo con vergüenza las miles de veces en que le di gracias a Dios porque Gabo no se anduviese con remilgos democráticos. De tenerlos, habría ido a dar a la misma lista que Vargas Llosa, Cabrera Infante, Arenas y todos los otros escritores prohibidos; y a los pobres lectores cubanos nos hubiese tocado una dieta que asustaría a un benedictino en cuaresma: Barnet, Benedetti y Cofiño. [Por otra parte, habría sido un placer aún mayor leer El otoño del patriarca si hubiese estado prohibido en Cuba.]

En fin, los demás artículos dominicales de Juventud Rebelde eran el resultado predecible de esa técnica que consiste en escribir prescindiendo al mismo tiempo de la realidad y de la imaginación. Leer, en medio de aquel cementerio de palabras, una columna de García Márquez, era como encontrar a Scarlett Johansson en medio de un leprosorio. Porque en su prosa una anécdota cualquiera se convertía en un texto glorioso lleno de frases felices y observaciones desoladoras en su lucidez que al resto de los mortales nos llevaría una vida hilvanar.

No es extraño entonces que, muchos años después, ante la pantalla de la computadora, recordara de un golpe el título, el tema y muchas frases de aquella memorable columna garciamarquiana. Es el relato de un viaje que hizo de París a New York sentando junto a una mujer de desalmada belleza que se pasó el vuelo dormida y sin dirigirle la palabra.

Lo que había olvidado, sin embargo, es que en el artículo García Márquez dice que ese viaje en avión le había hecho recordar el relato "La Casa de las Bellas Durmientes", de Yasunari Kawabata, sobre una posada a la que los ancianos van para pasar la noche junto a una jovencita profundamente dormida a la que no les es permitido tocar.

Veinte años después, el relato de Kawabata y, quizás, la hermosa joven dormida en el avión, servirían a García Márquez de punto de partida para su breve novela Memoria de mis putas tristes. Después de leer "La Casa de las Bellas Durmientes", me doy cuenta de que lo que sucede en Las putas tristes por azar caribe, en el relato de Kawabata es producto de una exquisita planificación japonesa. Lo que no acabo de saber es si sería mejor considerar nuestra memoria como una mujer bella e inalcanzable en su silencio o como una pobre puta triste.

Friday, October 8, 2010

Alfred Nobel recibe el premio Vargas Llosa

La Academia Sueca es una pandilla canonizada de dieciocho escribanos nórdicos de nalgas pálidas que se creen los porteros del cielo. Me imagino que esos melancólicos señores se fueron esta noche a la cama muy contentos de sí mismos. Sus razones tenían. Al menos este año no se robaron el millón y medio de dólares del premio como hicieron en 1974, cuando le entregaron el botín a dos compinches que eran parte del jurado, Eyvind Johnson y Harry Martinson, y a los que nadie jamás ha leído. Ni siquiera los ruborizó el detalle de que dos de los favoritos ese año fuesen Graham Greene y Vladimir Nabokov.

Pues bien, resulta que este otoño los príncipes electores de Estocolmo no encontraron un comunista mediocre (Dario Fo) ni un antiimperialista gris (Harold Pinter) a quien encasquetarle el premio y se lo tuvieron que dar a un escritor de verdad. La gente está feliz de que los académicos escandinavos hayan tropezado ayer con la honestidad. Es algo que no sucede a menudo.

Siempre que alguien dice que a Borges no le dieron el Nobel, respondo: "Bueno, a Nobel no le dieron el Borges". Porque lo cierto es que en la conjunción de Nobel y Borges, el argentino no tenía nada que ganar. El mismo caso se repite hoy. La obra de Vargas Llosa es tan jodidamente deslumbrante que nada pueden agregar a ella dieciocho escandinavos miopes. Son ellos, los miembros de la Academia, quienes salen honrados al otorgar el premio a un escritor de semejante estirpe. 

Cuando a Borges le mencionaban en las entrevistas que no le habían dado el Nobel, respondía con una sonrisa: "Bueno, che, tampoco se lo dieron a Homero". Y tampoco se lo dieron, podríamos agregar, a Tolstoi ni a Ibsen, ni a Proust ni a Pound, ni a James Joyce nuestro que estás en los cielos. Algunas de esas injusticias parecen haber sido fruto del mal gusto literario, otras fueron mera mezquindad política. 

Y es que esos académicos, y el resto del mundo, sabían, por ejemplo, que Borges se merecía más el premio que todos los que lo recibieron durante los últimos veinte o treinta años de su vida. Pero los mismos señores que le dieron el millón de dólares a Neruda —que escribía odas a Stalin en medio del genocidio del 36— y a Sholojov —que escribía las mismas odas y plagiaba novelas mediocres— no pudieron perdonarle a Borges un par de declaraciones políticamente incorrectas. 

La obra de Vargas Llosa, por su parte, regala una técnica narrativa que hace ver a los ciegos. Quien se haya asomado al diamante de La ciudad y los perros o a la imposible arquitectura de La guerra del fin del mundo, sabrá que el premio Nobel que se ha anunciado esta mañana es a penas una formalidad. El humor que Vargas Llosa maneja como un escalpelo en Don Pantaleón y las visitadoras, la autopsia de la izquierda latinoamericana que ejecuta en La historia de Mayta o el despiadado autorretrato de La tía Julia y el escribidor, son cuentas de un rosario de obras maestras cuya suma podría hacer feliz a una docena de escritores talentosos.

Por eso, más allá de las injusticias suecas, del mal gusto académico y de las veleidades políticas, hoy es un día feliz, porque uno de los escritores esenciales de nuestra época ha recibido el reconocimiento que desde hace años merecía. Ojalá que Mario Vargas Llosa lo disfrute largamente.


Coda

Con una mezcla de misericordia y tristeza leí hoy la noticia del Nobel de Vargas Llosa en Prensa Latina. La nota exhibe el rencor predecible de una amante despreciada. Hace unos meses, cuando murió Julia Urquidi, escribí aquí un post sobre su relación con Vargas Llosa, y sobre las trampas del desamor en general. La nota de Prensa Latina —el tono de esa nota—, me hizo ver cuánto se parece la relación de Vargas Llosa con la tía Julia a su relación con esa tía avejentada que llaman "la revolución cubana".

Varguitas se enamoró de ambas siendo muy joven. Se amancebó con ellas, se las llevó a la cama, les susurró al oído su pasión eterna, y diez años más tarde las dejó por otra amante más joven y más hermosa. Las tías envejecieron, dejaron de ser hembras apetecibles y se convirtieron en señoras ajadas a las que nadie ya deseaba. Varguitas, entre tanto, iba por la vida escribiendo novelas perfectas y convirtiéndose en una leyenda. Y las tías viejas y olvidadas no se lo pudieron perdonar jamás. 

Uno pensaría que, por mero pudor, los escribanos de Prensa Latina se abstendrían de publicar su envidia. Pero uno nunca puede calibrar la rabia de una amante despreciada.

Friday, October 1, 2010

El secreto espanto de la ninoskología

A la misteriosa ceiba de la cubanología le está creciendo una ramita nueva: la ninoskología —o "la ninología", como la llaman ahora la mayoría de los expertos. La ninoskología es una ciencia que se fundamenta en un único axioma: Ninoska Pérez y los otros siete próceres del exilio vertical que la acompañan son la causa eficiente de todo lo que sucede. Los ninoskólogos tienen por verdad revelada que ese grupito de ancianos nostálgicos y enguayaberados, junto con la susodicha señora de inefable peinado, son los responsables de todo lo visible y lo invisible.

Para los ninólogos —que así también los
llaman— no hay entuerto del que no se pueda culpar a La Nino. Los cubanólogos más despistados de antaño se dedicaban al arte arduo de reconciliar lo que dice el 
Granma
 con la realidad. Los ninoskólogos de ahora —que son gente humilde— han llegado a la conclusión de que esa tarea rebasa su talento. Para no abusar ni ser abusados, hace tiempo que decidieron debatir sólo con gente de su tamaño (intelectual): Ninoska Pérez y Pérez Roura.
Estos muchachos encontraron su hombre —o su Ninoska— de paja para facilitar el trabajo de escribir la Obra... y nadie se los va a quitar. No se sabe cómo llegaron a esa verdad, pero andan convencidos de la omnipotencia luciferina del exilio vertical, ése que, por razones de fuerza biológica, cada vez está más cerca de ser el exilio horizontal. 
Entre los ninólogos hay ñángaras, criptoñángaras y gusanos. Pero todos, más allá de sus inclinaciones ideológicas, consideran que el gobierno de Cuba, y Cuba misma, son temas secundarios cuando se los compara con Madame Ninoska.
Los ninólogos ñángaras, por supuesto, se refieren a La Nino y sus samuráis octogenarios de la Calle Ocho como "lo peor de la mafia de Miami". Los criptoñángaras son más interesantes. Comienzan sus artículos con una frase que dice más o menos así: "El gobierno cubano, por supuesto, nunca ganará un premio de Human Rights Watch, pero..." Y el resto del artículo —todo lo que va después de ese "pero" kantiano— estará dedicado a explicar que Payá es fañoso, que a las Damas de Blanco les quedaría mejor otro color o que Fariñas lo que tenía era falta de apetito. No soportan a los disidentes porque consideran una pérdida de tiempo dedicarse a cualquier cosa que no sea rebatir a La Nino. Por su parte, los ninólogos gusanos escriben artículos que se pueden resumir todos a una sentencia: "Con La Nino nada, que ella es igual a los de La Habana".

Otra de las características de la secta es su compleja relación con el idioma. Después de leer varios de sus escritos —en los que quinientas palabras cargadas de sabiduría ninológica siempre parecen dos mil—, he comenzado a sospechar que consideran el castellano como un idioma enemigo. (¿Será una muestra de gallardía anticolonialista?) Su estilo —
de algún modo hay que llamarlo— recuerda el proceloso español de un bodeguero de Jaimanitas. Aunque, en general, los bodegueros de Jaimanitas no tienen la imaginación cerrera y desbocada que padecen estos muchachos. Uno tiene la impresión desconcertante de que los ninólogos se han rebelado contra los estorbos de la realidad: dicen lo que les viene a la boca, y la realidad que espere un día más fresco en Hialeah...

Y hablando de Hialeah... los ninólogos viven bajo su hechizo. Debería haber alguien en Viena estudiando el asunto. Por una parte, el halago más grande que se le puede decir a un ninólogo es susurrarle al oído: "Ay, chico(a), pero tú no te pareces a los cubanos de Miami". Te juran que detestan a Miami. ¡Ah!, pero vete y trata de conversar con uno de ellos sobre cualquier tema a ver cuánto tiempo dura sin mencionar el Parque del Dominó. 

Si les hablas de la última película de Woody Allen, 
You Will Meet a Tall Dark Stranger, te comentan: "Bueno, pero en la Calle 8 hay una marielita cartomántica..." Y si les dices que a Yoani Sánchez le negaron la salida, te aseguran que conocen a un tipo en Kendall al que no lo dejan entrar al Versailles porque una vez fue allí con un pulóver del Che. Y si les cuentas que en New York cayeron veintidós pulgadas de nieve te dicen que "esos cubanos de Miami son tan ridículos, ¡se ponen a tirar nieve artificial en The Falls Mall cada Navidad!"

Su obsesión contra Miami con el tiempo fue perdiendo el "tra" y, sin que lo notaran, se les convirtió en "obsesión con Miami". Son como esos adolescentes que se pelean como preludio al enamoramiento, pero en ellos la pelea y el amor por "la capital del exilio" son simultáneos. Si eso fuera todo, podría ser el tema de una de esas telenovelas mexicanas, que son tan lindas.


Sin embargo, el asunto tiene un tenebroso filón borgeano. Para los ninólogos, Miami es el reverso del aleph. Si el aleph de Borges es un punto en que se pueden contemplar todos los puntos del universo, para los ninólogos Miami es el único sitio del universo que son capaces de contemplar, no importa a qué punto del mundo estén mirando. Y tiene que ser aburrido vivir en un universo que se va reduciendo hasta ser sólo la Sagüesera y sus alrededores...
Los ninólogos son la otra mitad de una "unidad dialéctica" que forman con los ancianos desvelados de la Vigilia Mambisa, la Cuba Eterna y el Big Five. Y son quizás las únicas personas en el mundo a las que realmente les importa un comino lo que dicen Pérez Roura y Ninoska Pérez. [Probablemente, parafraseando a Martí, recitan como un mantra: "Dos Pérez tengo yo: Roura y Ninoska."] Los ninólogos son, en fin
—como Radio Mambí, la Funeraria Rivero y E
l Rey de la Frita—, un producto genuino de esa porción de la cubanidad que se salvó o se enquistó en Miami. Pero van por el mundo sin saberlo... y la gente, por caridad o malicia, no se atreve a revelarles lo que sólo para ellos es un secreto.