Thursday, May 28, 2009

El huevo de Franco


La pregunta de siempre fue si Franco era monárquico o falangista. A partir de hoy, las especulaciones del periodista José María Zavala nos plantean otra interrogación: ¿Era Franco monárquico o monórquico? Según Zavala, el Caudillo tenía un solo testículo.

Franco quería que hubiese un solo caudillo, una sola España y un solo partido. ¿Se habrá extirpado el huevo izquierdo en una rabieta unitaria y derechista? No lo sé, pero la noticia, y los chistes que la seguirán, nos recuerdan que la gente emplea cualquier justificación para burlarse de los tiranos. Hasta la muerte.

A mediado de los años setenta, cuando Chevy Chase hacía el “Weekly Update” de Saturday Night Live, Franco pasó dos años muriéndose. Los españoles, que habían aguantado al dictador por cuarenta años, comenzaron a impacientarse. ¿Por qué no se acababa de morir el cabrón? Se enfermaba, delegaba el poder en Juan Carlos, volvía, firmaba sentencias de muerte, regresaba al hospital… Cuando al fin pasó a mejor vida, durante varias semanas Chevy Chase repitió una rutina cómica sobre el “hecho biológico”. Cerraba cada sábado su segmento de “noticias” con una exclusiva de última hora: “El generalísimo Francisco Franco sigue muerto”. Lo pueden ver aquí, con subtítulos en español:

He escuchado y leído varios debates sobre si aceptable o no desear la muerte a los dictadores o celebrarla cuando ésta ocurre. Para mí la respuesta es clara: ninguna de las dos cosas es aceptable. Ni le deseo la muerte a nadie, ni saldría en una conga a celebrar la muerte de ninguna persona. Me dan pena esas celebraciones.

Me dio vergüenza ajena, por ejemplo, ver a los chilenos celebrando como una fiesta la muerte de su gorila. Sin embargo, ¿quién tiene la culpa de esos deseos malsanos o de esos festejos macabros: quienes los experimentan o quien los provoca? Volviendo a Franco, los españoles sabían que "el cuartico seguiría igualito" mientras no se muriera aquel vejete ególatra e incapaz de soltar la teta del poder. ¿Podían evitar la esperanza de que su muerte sería el principio del fin de una larga pesadilla? ¿No era Franco el responsable último de esas ganas que tenían tantos de ver finalmente su velorio?

Por otra parte, ¿no es repugnante el hecho de que un individuo quiera gobernar como un capataz a sus conciudadanos por cuarenta años? Y hasta el mismo final, Franco hizo todo lo posible porque el régimen que había impuesto perdurara intacto tras su muerte. Su famosa frase, “todo queda atado, y bien atado”, expresa el perverso deseo de seguir “salándole” la vida a los españoles desde la tumba.

Los nudos “bien atados” del franquismo no resultaron tan férreos como pensaba el Caudillo cabroncillo. Pero nada de eso estaba claro en 1975. En su libro Así se hizo la transición, Victoria Prego nos cuenta que la manifestación más multitudinaria de todo el franquismo fue la del 1 de octubre de 1975. Los partidarios se reunieron, con Franco a punto de ser fiambre, para mostrar su apoyo al régimen ante las críticas que recibía por las ejecuciones de cinco terroristas de los grupos ETA y FRAP. Franco, con voz y mano temblorosas, repitió sus acusaciones de siempre: que sus críticos internos y externos eran parte de una conspiración internacional para destruir a España. Otra vez quería convencer a los españolitos de que el fin de su régimen supondría el fin de España. Más de 200,000 personas lo aplaudieron frenéticamente, como se puede ver en el video más abajo.

Las consignas que repetía el pueblo enardecido ese día no dejan de ser llamativas. Según nos cuenta Raúl Calvo Trenado, los franquistas gritaban: "Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos DOS". ¿Qué habrá pensado el viejo Paco de eso si es cierto que tenía sólo un testículo viudo? Sin embargo, de seguro se habrá alegrado al escuchar a sus falangistas chillar “No queremos apertura, queremos mano dura” y también la consigna de siempre: “Franco, Franco, Franco”. En fin, todo parecía muy bien atado. Cincuenta días más tarde, el 20 de noviembre del 75, murió Franco y comenzó la transición.

 

Friday, May 22, 2009

Un cheesecake de La Carreta

Como quien cumple un rito incomprensible, cada vez que voy a Miami como en La Carreta. Mi más reciente visita a esa apoteosis de la cubanidad culinaria fue sumamente provechosa. MD y yo dejamos a los niños al cuidado de sus abuelos en Little Havana y nos fuimos, por toda la Calle Ocho, a la casa del alibi, quiero decir, a la casa de la vaca frita y los tamales. Mientras negociábamos la espera de la comida asistidos por unas cervezas Hatuey heladas, entró una mujer de treinta y tantos años. Tenía la prestancia de una cortesana de Rubens y unas nalgas continentales, apenas envueltas en un short de reveladora lycra blanca sobre un "hilo dental" rosado que se perdía entre los dos macizos montañosos de su carne generosa. De un lado a otro de ese portentoso derrière se veía un letrero, del mismo color Barbie pink de su tanga, que proclamaba al mundo su estirpe real: Princess. La satisfacción que inundaba la cara de la dueña de aquel improbable trasero delataba miles de piropos recibidos. Lo que en otra latitud u otra esquina de la ciudad hubiese sido considerado un nalgatorio obeso, excesivo y ridículamente [des]cubierto, en La Carreta era un sensual despliegue de belleza.

MD, que no había podido admirar desde su asiento el milagro que yo acababa de presenciar, no lograba entender mi estremecimiento. Le dije que no podíamos abandonar el lugar hasta que nuestra versión miamense y cuarentona de JLo no volviera a pasar por nuestra mesa (me pareció que se dirigía al Ladies room). Le pedí a MD que desde su punto de vista privilegiado, le tomara una foto con mi teléfono celular al ecuménico nalgatorio cuando su dueña regresara. La espera no fue larga. La mujer volvió, seguida de su culazo, pero en el momento clave mi cámara se quedó sin batería. No me he podido reponer de ese golpe.

Los adorables sobresaltos de nuestro almuerzo no habían terminado. En La Carreta uno puede observar el cumplimiento cabal del dictum de Álvarez Guedes: “Oye, mi hermano, con los cubano’ se jodió el meltin pó”. La mayoría de los camareros del restaurante son recién llegados de Cuba —o lo parecen—, y te hacen sentir en casa: te tratan como si estuvieras en Cuba. El servicio es lento, amigable y desatento a la vez (“confianzudo”, diría mi madre), y sin ninguno de los rasgos que caracterizan la relación empleado-cliente en las provincias más prósperas del occidente cristiano. Sin necesidad de hacer preguntas, te cuentan sus problemas laborales y personales al primer intento de establecer comunicación con ellos, y tienen una proverbial inclinación a regañar a los comensales por cualquier motivo. Fui testigo de ello. Confieso que quedé paralizado de miedo ante la furia camareril.

 Resulta que MD tuvo la desgracia de hacer una pregunta sobre el menú. Recibió una filípica por respuesta. El caso es que su sobrino le había pedido que le llevara un pastelito de queso de La Carreta. Como en el menú decía "pastel de queso", en lugar de utilizar el diminutivo habitual, MD se vio asaltada por una duda bicultural: "¿Se referían a los pastelitos cubanos de queso o al "pastel de queso" (cheesecake) norteamericano?" preguntó muy campante. La camarera la puso a parir: "¿Tú no sabes lo que es un pastel de queso, mi'jita?" MD se deshizo en explicaciones que la Dama de Hierro no quiso escuchar. Finalmente, concluido su regaño homérico, nuestra Thatcher de la Sagüesera le dio la respuesta: Sí, se trataba de los pastelitos de queso cubano. Compramos cuatro, pagamos —dejando la propina por temor más que por gratitud o generosidad— y salimos disimuladamente, compungidos y rezando por que la camarera no nos viera subir a nuestro carro con placas de New York.

Thursday, May 21, 2009

Gracias por la primavera rota

La muerte de Benedetti me produjo el sentimiento natural de piedad que provoca la desaparición de cualquier ser humano, pero no más. No pensaba escribir sobre su obra vasta y basta. “Basta”, me dije. Sin embargo, leyendo los obituarios que se han escrito sobre el autor, he encontrado un par de cosas llamativas.

Hoy en el Granma, Rolando Pérez Betancourt comienza su artículo de rigor sobre Benedetti de esta manera:

Al igual que Marcel Proust y Lezama Lima, Mario Benedetti fue un asmático crónico en lucha perenne con la enfermedad, que nunca lo doblegó en su empeño de convertir la vida en arte.
Pobre Lezama. Dentro de poco en La Habana, si uno se va a referir al Reichmarschall Hermann Göring, tendrá que decir: “Göring, que era gordo como Lezama Lima”. ¿A quién se le ocurre pensar en Lezama en conjunción con Benedetti? Hubiese sido mucho más lógico, por ejemplo, decir que Benedetti “sufría problemas cardíacos como Manuel Cofiño”. Ése sí era un escritor cubano que uno puede relacionar con el uruguayo: la misma prosa desabrida, el sentimentalismo revolucionario que parece un batido de tajadas frías de Corín Tellado con tres o cuatro cucharadas de Lenin y una pizca de Stalin para darle sabor combativo, la militancia ovejuna, los títulos picúos (Cofiño: Cuando la sangre se parece al fuego, La última mujer y el próximo combate. Benedetti: La casa y el ladrillo, Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota). Pero no, había que sacar otra vez a Lezama de su tumba y ponerlo a bailar la rumba en mala compañía. Resulta que ahora no logran dejarlo solo, habiendo estado él tan solo durante los últimos años de su vida, postrado en su trono de Trocadero.

El segundo detalle que me llamó la atención estaba en la nota necrológica del New York Times. Rezaba así:

He went into exile, living first in Buenos Aires, until threats from right-wing death squads forced his departure; then in Lima, Peru, until he was detained and deported; next in Havana; and finally in Madrid. He returned to Uruguay 12 years later, but also continued to spend time in Spain, where his work was enormously popular.


Me pareció curioso que al describir las coordenadas de su exilio itinerante aclararan que se fue de Buenos Aires bajo amenaza de muerte, que lo deportaron de Perú y que se fue de Madrid para regresar a su patria. Perfecto. Pero ¿por qué se fue de Cuba? El New York Times no dice ni una palabra. Esa era la partida que necesitaba explicación. Si un señor que sueña con construir el paraíso de los proletarios en Montevideo se va a vivir su exilio al paraíso proletario de La Habana, ¿por qué se iría jamás de allí? Uno supone que en Cuba Benedetti estaría “en su salsa”. La explicación es necesaria porque los mal pensados —entre los que no estoy, por supuesto— podrían maliciar que Benedetti compró cabeza y le cogió miedo a los ojos.

¿Sería acaso que a Don Mario le pasó lo que a tantos refugiados chilenos? Después del “pinochetazo”, miles de chilenos comprometidos con la Unidad Popular fueron a recalar en La Habana. Era su destino lógico. Seis o siete años más tarde, sin embargo, la mayoría de ellos había decidido que era mejor soportar el frío de Noruega o someterse a los rigores de aprender sueco antes que disfrutar de la hospitalidad del primer territorio libre de América. ¿Sería eso lo que le pasó al autor de Cultura entre dos fuegos? ¿Estaría él cocinándose entre los dos fuegos de la dictadura uruguaya y la atenta solidaridad de un paraíso tropical y socialista a la vez? No me atrevería a pensar semejante cosa. Pero si la nota necrológica del New York Times hubiese ofrecido al menos una sucinta explicación de su salida de La Habana, me habría ahorrado este desvelo. Sería una pesadilla imaginar que un domingo de la década del setenta, en lo más arduo de un trabajo voluntario, Benedetti miró el sol de justicia del trópico, les dio las gracias por el fuego a sus anfitriones cubiches y decidió irse a España en busca de la primavera, sin importarle que ésta tuviese o no alguna esquina rota.

Wednesday, May 20, 2009

Del exilio

El exilio es una decisión retroactiva. Marcharse a tierra extraña,
en primera instancia, es un acto forzado o inducido por las circunstancias, los gobiernos, la necesidad, la injusticia. El tiempo
sin embargo, lo va convirtiendo en una decisión que tomamos libremente. Después de unos años llegamos a la conclusión, melancólica y liberadora, de que tuvimos la opción de “quedarnos”
a vivir, malvivir o morir en el sitio que nos fue deparado. Pero elegimos largarnos.

Y esa elección, que no descubrimos como tal hasta mucho después, supone —posibilita— muchas otras. Decidimos posarnos en Estados Unidos, México o España, Madrid o Barcelona, New York o Miami. Los que huimos de las extrañas islas de la cubanidad, seleccionamos entonces con paciencia no exenta de deleite los pedazos de la cubanía que mejor nos sientan. Escapados del lenguaje pedestre (“¿Qué bolá, acere?”), la curiosidad por la vida ajena, la monomanía política y tantos otros vicios de la tribu, podemos un día poner un disco de Tejedor y descubrirle el encanto a las “tinieblas de la noche”. Así nos acostumbramos a degustar una cubanía mansa, que dejamos salir de la jaula cuando pensamos que no nos va a morder o a lacerar.

Porque lo cierto es que vivir en Cuba o ser cubano “a tiempo completo” es un trabajo para el que no todos estamos entrenados. Los cubanos se marchan maldiciendo la unanimidad decretada por
los mandantes. Se necesitan unos años para comprender además el esfuerzo brutal que supone convivir con el sol caribeño, la gritería,
los vecinos, las cuatro cucharadas de azúcar en el café, los Van Van, los chistes que no dan deseos de reír, la tía insoportable. Visto así,
el exilio debería llamarse alivio.

La tesis contraria es suponer que esas razones menudas que enumero las vamos inventando o reuniendo para salvarnos del hecho antinatural de mascullar la misa en un idioma ajeno y usar bufandas en otoño; para soportar la tarea ingrata de reescribir esta vida que vivimos como si no fuera sólo un sucedáneo de aquella que nos estaba destinada, la verdadera, la nuestra.

En fin, ya es 20 de mayo. La República, que se asemeja cada vez más
a los animales disecados y con ojos de vidrio que pueblan nuestro antiguo Capitolio, cumple 107 años. Con la ayuda del libro de cocina que mi madre usara en La Escuela del Hogar hace más de medio siglo, MD ha preparado un quimbombó exquisito. Los Yankees ganaron
9 a 1. ¿De qué podría uno quejarse?

Thursday, May 7, 2009

Abandoned Love

El dilecto HT afirma que mi artículo sobre Bob Dylan no hacía justicia a mi obsesión adolescente con el Sr. Zimmerman. Será que mientras lo escribía pensaba en su máxima: “Don't follow leaders/Watch the parkin' meters”.

Pues bien, para evitar escribir sobre la telenovela de Silvio y su visa americana, les propongo que oigan cuatro versiones de una canción del susodicho Zimmerman que deberían aparecer en el Manual para domesticar una canción rebelde. Se trata de “Abandoned Love”, un tema compuesto en el año 75, en la época de su divorcio de Sara Lownds.

La canción fue grabada para el disco “Desire”, pero se quedó engavetada por diez años hasta su aparición en la compilación de tres discos “Biography” de 1975. La primera versión que aparece aquí fue grabada por alguien del público en el café Bitter End del Greenich Village el 3 de julio de 1975, en una presentación con Ramblin' Jack Elliott. Más allá de la mala calidad del audio y de cualquier cosa que el autor haya fumado esa noche, es mi versión preferida. Es Dylan on the rocks, y es donde la canción destila todo su desgarramiento. [Al margen, la estrofa sobre los “dioses muertos” de esta versión es distinta y mejor que la que se escucha en las otras.]




La segunda versión, la que fue hecha en el estudio de grabaciones para el disco “Desire”, tiene lo que he dado en llamar “la batería de Juan Gabriel”. Aunque “Desire” es un disco estremecedor, algún espíritu maligno sugirió a Dylan que le diera un sabor supuestamente mexicano a los arreglos. El mejor —el peor— ejemplo de lo que digo es la canción “Romance in Durango”. Digamos que la pérdida de Sara Lownds le produjo una locura temporal cuya consecuencia más lastimosa es “la batería de Juan Gabriel”. Aún así, cualquiera daría la mano derecha por haber compuesto esta pieza que por diez años el cabrón no se molestó en publicar.



La tercera versión es de los Everly Brothers. [Al margen, hace unos años fui con MD a ver a Simon & Garfunkel en el Madison Square Garden y allí estaban, como invitados especiales, los Everly Brothers. Al presentarlos, Paul Simon dijo que cuando él y “Artie” comenzaron a cantar a los 12 años su único sueño era ser como los Everly Brothers. No lo lograron: fueron Simon & Garfunkel. Creo que salimos ganando con ese fracaso. Pero fue increíble escuchar a los Everly cantar tres o cuatro de sus temas clásicos con la mismo voz de hace cincuenta años.] Pues bien, aunque la introducción de esta versión parece anunciar un desastre, en realidad los señores Everly suavizan la "batería mariachi" y añaden la vocalización que los hizo famosos, sin rebajar el tema a una balada de los años cincuenta. Digo yo…



La cuarta versión es de George Harrison, que en paz descanse. Como se sabe, ambos músicos comerciaron una larga amistad que los unió en el Concierto por Bangladesh, en los Traveling Wilburys y otros proyectos. Esa cercanía no evitó que casi siempre que Harrison cantara una canción de su amigo la rebajara a melodía y artilugios. George le agrega tres cucharadas de azúcar, un arreglo que parece reciclado de “My Sweet Lord” y el resultado es una canción hermosa, pero sin garra y difícil de creer. Aquí la tienen:

Friday, May 1, 2009

Adiós al Paraíso

“Mientras haya muerte hay esperanza”, nos asegura el príncipe Fabrizio de Salina en El gatopardo. Bueno, resulta que el Príncipe pecaba de optimismo. A partir de hoy no me queda siquiera el consuelo de su frase.

Acabo de leer el obituario del cazafantasmas Hans Holzer en el New York Times y me entero de que este buen señor había visitado el paraíso. Quiero decir, había ido de excursión al otro lado del espejo mientras se paseaba entre nosotros, y ha hecho el relato de lo visto. Hay un detalle de su informe que me resulta particularmente deprimente. Volveremos al tema más adelante.

Según el Times, que nunca miente (si no es estrictamente necesario), el Sr. Holzer se dedicó la vida entera al estudio del más allá, escribió alrededor de 140 libros sobre el asunto y parece que tenía una rara obsesión con los famosos asesinatos de Amityville.

[Como recordará el lector, el 13 de noviembre de 1974, Ronald DeFeo, un muchacho de 23 años, mató con una escopeta a sus padres y a sus cuatro hermanos (18, 13, 12 y 9 años respectivamente) en su casa de 112 Ocean Avenue, en Amityville, un pueblo de Long Island. Al año siguiente otra familia, los Lutz, compraron la casa y a los 28 días de mudarse se fueron horrorizados, según contaron a la prensa, por los sucesos paranormales que percibieron. El Sr. Holzer comenzó a investigar el asunto y terminó escribiendo tres libros sobre la tenebrosa casa.]

Intrigado por las pistas que da el Times, entré en el sitio web del Sr. Holzer para leer el relato de su “viaje”. Nos cuenta:

En el otro lado de la vida existe una burocracia exactamente igual que este. No puedes simplemente llamar a tu tío Frank (que aún vive) cuando te plazca. Tienes que pedir permiso a un grupo de personas que se hacen llamar guías, guías espirituales. Entonces ellos te preguntan: ‘¿Y por qué lo quieres llamar? ¿Cuál es el propósito de esa llamada?’ Si aprueban la llamada, te dicen: ‘Está bien, búscate un médium, habla con él y pídele que te ponga en comunicación con tu tío’. Y si eres suficientemente poderoso, puedes establecer el contacto tú mismo.

Y si después de un tiempo no te gusta el lugar donde estás… Puede ser que pases un tiempo allí y decidas que preferirías estar del otro lado con tus amigos y tu familia. En ese caso les dices: ‘Quisiera volver a nacer’. Eso fue lo que me contaron ellos mismos, no lo estoy inventando. Los espíritus me dijeron que tienes que hacer cola e inscribirte con un oficinista. Esa es la palabra que usan, ‘oficinista’. De modo que haces la cola y te inscribes con el oficinista, y le explicas que quieres volver. El oficinista te dice entonces: ‘Bueno, te avisaré cuando encuentre una pareja apropiada para continuar promoviendo tu desarrollo’. Los residentes no tienen sentido del tiempo, de modo que se quedan ahí parados hasta que finalmente el oficinista los llama y les dice: ‘He encontrado una pareja adecuada para ti’.

Antes de leer esos dos párrafos aciagos yo no creía en la reencarnación. Ahora, sin embargo, tengo la tímida certeza de haber fatigado otras vidas. Sí, tengo la sensación inconfundible de haber estado alguna vez en un lugar que llamaban el Paraíso, lugar en el que había un ejército de burócratas que se consideraban guías espirituales, donde para hacer cualquier cosa había que pedir permiso a los oficinistas (sobre todo si querías llamar al tío Pancho que estaba del otro lado) y donde la gente hacía cola para irse. Este último es un recuerdo imborrable, dado que uno se sorprende de que la gente se quiera marchar del Paraíso.

No me gusta dar consejos a nadie, pero después de esta experiencia paranormal, le recomendaría a cualquiera que hiciera todo lo posible por no morirse. ¡Qué fiasco se habrá llevado el pobre don Fabrizio!