Sunday, March 28, 2010

Audrey Hepburn desayuna en La Habana


La primera vez que vi "Desayuno en Tiffany's" no sabía que estaba basada en una novela, ni que el libro era de Truman Capote, ni quién era Audrey Hepburn ni qué se vendía en Tiffany's. Tenía once años, y el único recuerdo que me quedó de esas dos horas en el cine fue la bañera cortada a la mitad que servía a Holly Golightly de sofá en su apartamento del Upper East Side. (No, tampoco sabía qué demonios era el Upper East Side.)

Como todo el mundo, después he visto y leído varias veces la película y la novela, ambas espléndidas. Los otros días, MD tuvo la bendita idea de alquilar "Breakfast at Tiffany's" para verla con la involuntaria receptora de nuestros genes y nuestros gustos fílmicos: PZ. (Otra razón que justifica el "Creced y multiplicaos": Cuando los hijos se vuelven seres pensantes, uno tiene una razón para volver a ver ciertas películas con ellos.)

Este nuevo repaso me hizo recordar que la primera escena de "Breakfast at Tiffany's" es de las más bellas que he visto. Es una toma de la Quinta Avenida, desde la Calle 57, al amanecer, con los primeros acordes de "Moon River" como complemento. A la izquierda se ve el antiguo edificio de la tienda Bonwit Teller, que sería demolido en los ochenta para construir Trump Tower, con sus acres de mármol rosado Breccia Pernice y su dorado chillón. A esa hora, la Quinta Avenida tiene el mismo aire de todas las ciudades en mañana de domingo: parece una puta hermosa, pero cansada. El alumbrado público aún está encendido, pero ya es de día, y uno tiene esa impresión de haberse levantado en casa después de una larga fiesta para darse cuenta de que ha dejado las luces encendidas al irse borracho a la cama.

Después se acerca un taxi por la avenida desierta, la cámara retrocede y aparece el edificio de la joyería Tiffany & Co. El amarillo del taxi es el único color discernible en la escena. Se detiene ante la puerta de la joyería y de él baja, como una aparición, Holly Golightly (Audrey Hepburn) en su vestido Givenchy negro. La vemos de espalda, y a continuación vemos, poco a poco, su reflejo en la ventana de Tiffany. Finalmente aparece su rostro claramente, pero está oculto detrás de una gafas inmensas y el espectador no sabe si está viendo a la persona o su reflejo en el cristal. En esa breve sucesión de imágenes se resume el personaje: un bellísimo juego de espejos que se oculta o se revela en medias verdades. Holly Golightly dobla en la esquina de la 57 hacia el East River y echa los restos de su desayuno en un latón de basura. La vemos llegando a su apartamento del Upper East Side unos minutos después, pero ya con toda la luz de la mañana.


La combinación de New York y una mujer hermosa, que siempre es amable, alcanza en esta escena un estado muy parecido a la perfección.

A ese recuerdo que describo puedo añadir una nueva idea que me regaló esta vez la película. Las locaciones son reconocibles para cualquier neoyorkino: el Upper West Side, la Quinta Avenida a la altura de la calle 57, Park Avenue en las inmediaciones del Seagram Building de Mies van der Rohe, el anfiteatro Naumburg Bandshell del Central Park. Uno se asombra de cómo, en una ciudad donde todo parece cambiar a diario, esos lugares se mantienen prácticamente idénticos. Sólo los modelos de los carros nos revelan la época de la película. (Aunque la historia original de Capote se desarrolla en los cuarenta, la película se cuenta como una historia contemporánea a su filmación, es decir, de 1962.)

La superposción de edificios idénticos y autos diferentes me hizo pensar en La Habana, y en las películas cubanas de los sesenta. Cuando uno ve ahora, por ejemplo, "Las doce sillas" —la versión cubiche que hizo, también en 1962, Gutiérez Alea de la novela de Iliá Ilf y Yevgeni Petrov—, el efecto es contrario: el entorno, los edificios, las calles han cambiado, han sido vapuleados por cinco décadas de olvido. Lo único que parece igual son los modelos de los carros: los habaneros, de un modo u otro, siguen viajando en cacharros de los años cincuenta.



Esa doble impresión, la de una ciudad detenida en el tiempo por una parte, y a la que el tiempo derrumba por la otra, podría ser un resumen del último medio siglo en La Habana. Enrique Santiesteban, por cierto, usa en la película unas gafas muy parecidas a las Audrey Hepburn.





Friday, March 12, 2010

En la cama de la tía Julia

Ha muerto Julia Urquidi, la ex tía y ex esposa de Mario Vargas Llosa. La noticia me la dio un periodista amigo que me llamó desde una remota república sudamericana para preguntarme si Julia había influido en las ideas políticas del joven Vargas Llosa. "Bueno, ella era su tía política, querido, pero creo que su influencia fue más bien pélvica". Mi amigo no entendió nada, pero yo me quedé pensando en lo poco que sabíamos los dos sobre la tía Julia, y lo rápido que hacíamos juicios sobre ella —políticos los de él, pélvicos los míos.

Hace unos diecisiete años, en cuanto me mudé a un sitio donde podía leer lo que me diera la gana, me apresuré a comprar "La tía Julia y el escribidor". Mis recuerdos de la novela se resumen a imágenes difusas de los anhelos literarios del joven Vargas Llosa, su enamoramiento con la tía, su sucesivo hastío, y la noción de que Cuba fue alguna vez la Mecca de las radionovelas interminables en lugar de la plaza de los discursos infinitos.

Unos meses más tarde, alguien me prestó "Lo que Varguitas no contó", que era el mismo cuento, ahora relatado desde la otra esquina del ring. La novelita me demostró que el talento literario no es una enfermedad venérea: Julia no lo había contraído en casi diez años de ejercicios horizontales con Vargas Llosa. No recuerdo nada de su libro, sino el deseo de la autora de contar su historia, de ser quien ella quería ser y no el personaje que su ex sobrino y marido había dibujado. También recuerdo que la lectura me confirmó el retrato que de ella pintara Vargas Llosa.

Pero Julia no era un personaje literario, sino una señora que a los 29 años, a mediados de la década del cincuenta, decidió mandar el mundo al carajo y acostarse con su sobrino de diecinueve. Un sobrino que sería después una celebridad mundial y que la dejaría por otra mujer de la familia, la prima Patricia. (Parece que Vargas Llosa es un hombre "muy casero".) Y en esas cosas venía pensando en el tren, de regreso a casa, esta tarde. ¿Habría sido más feliz Julia Urquidi de no haberse dejado deslumbrar por el efebo de la casa? ¿Habría preferido después el anonimato a ser para todo el mundo —como a la postre fue— "la tía Julia" que su sobrino creó con más desencanto que cariño? ¿Quién fue esta mujer que olvidamos, o vagamente recordamos, y juzgamos a partir de un retrato tendencioso?

En una entrevista en el año 2003 declaró: “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho, sin mi ayuda no hubiera sido escritor. Copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir, bueno, fue algo mutuo”. Todavía sonaba como una tía mandona hablando de un sobrino díscolo; una tía política queriendo ser tía literaria. Me imagino que nadie se lo creyó, pero a lo mejor se lo creía ella, que es lo importante. Para el resto del mundo, Julia fue una señora que, como tantas señoras divorciadas de treinta años, quiso acostarse con un chico de 19. Para el resto del mundo sería esperable que el jovencito la dejara unos años después, y que ella no lograra perdonárselo. Y sin embargo, seguramente ella se iría a la cama en los primeros lances de su amor clandestino convencida de que todo valía la pena. Ojalá la haya valido. En paz descanse.

Tuesday, March 9, 2010

Dos poemas


Era la gloria del verano

“When the evening is spread out against the sky

Like a patient etherized upon a table”

T. S. Eliot


Qué joven el mundo y qué hermosas

las muchachas de agosto.


Era otra vez la época

en que los reyes se van a la guerra;

era el tiempo

de asesinar archiduques. El aire

murmuraba el hedor

de los cadáveres propicios.


Era la gloria del verano. Salíamos

a ver la fiesta de la luz en los balcones

mientras la tarde cantaba su larga agonía

tendida en una camilla de versos ingleses.



Del regreso

El mármol derretido de la India

sentada bajo el fragoroso sol de mayo,

el triste capitolio de aserrín y canicas

en los ojos, el palacio

donde vive su muerte la república,

la noche del túnel, el asalto

de la salvaje luz que ven los presos,

el Morro, el huidizo mar en los cabellos,

la tímida música de un nombre taíno

que fue toda la magia de nuestra niñez

(aquel verano en que mis padres

condescendieron a la felicidad —el salvavidas

blanco y negro de mi hermana).


El sol de las postales reflejado en el agua

y en tus ojos, otra ciudad (la misma), la luz

de los semáforos, el Pairet, los ángeles de piedra,

un dedo de mármol ya sin rumbo

en medio de las palmas infieles, el muro,

el mar, la luz rielando, el mar… ¿adónde han ido?