Sunday, April 18, 2010

La navaja de mi barbero


Esta semana fui a mi barbería de siempre, "Sal and Vin's Barber Stylist", fundada en 1952. Ese par de señores sicilianos se retiraron hace tiempo y vendieron su salón a un judío exsoviético de Tayikistán que lleva el negocio con espíritu stajanovita y domingo rojo cada semana, como pueden ver en la foto.

Mi barbero, amigo y socio del dueño, se hace llamar "Joe" en favor de sus clientes gringos. Después de varias visitas y conversaciones, un día le pregunté si su nombre en realidad era Iosif, y me confirmó que así era. Le comenté, con una sonrisa, que se llamaba igual que "nuestro querido Iosif Vissarianovich". "Por supuesto", me respondió. "Nací en 1953, el año de la muerte de Stalin, y mi madre, que lo admiraba mucho, me puso su nombre". Tenía la navaja en la mano cuando me hizo esta confesión y sentí un cosquilleo extraño en el cuello. "Supongo entonces que el padrecito Stalin no fue quien envió a tu familia a la bella Dusambé". Me dijo que de ninguna manera, que su familia había vivido durante muchas generaciones en la ciudad. (No me dijo —¿lo habrá olvidado?— que cuando él nació la ciudad se llamaba Stalinabad.)

Por eso no odiaba a Stalin la señora, pensé. Me imaginé que odiaría en su lugar a Nabuconodosor, ese otro Stalin que asoló Israel. Los primeros judíos de Dusambé, hace 2600 años, fueron ex cautivos de Babilonia que vinieron a dar a esa esquina del Asia. "¿Tú familia vino de Samarkanda, entonces?", le pregunté por congraciarme. "No, somos de España, sefarditas".

Bueno, me dije, entonces no odiarán a Nabuconodosor tampoco, sino a Fermando e Isabel, por haberlos echado de la Península. Y es que si uno es del pueblo elegido, tiene dónde elegir sus odios. Preferí no entrar en el tema de los Reyes Católicos con el barbero, que aún seguía con la navaja en la mano —en mi cuello—, y que sabe que soy católico.

Para cambiar la conversación, le conté sobre el plan de alquilar a sus colegas cubiches las barberías donde trabajan y le pareció muy interesante. Me hizo preguntas, me pidió detalles que yo no sabía. Cuando ya estaba mostrándome en dos espejos el resultado de sus labores, me dijo que los barberos deben ser dueños de su barbería, que si no la cosa no funciona; que lo sabe por experiencia propia. Le dije que coincidíamos. Pagué, le di las gracias y nos despedimos.

¿Qué diría su madre estalinista si lo oyera?