Sunday, April 12, 2009

El juramento de ciudadanía


Un mes después de mi azarosa entrevista de ciudadanía, recibí una amable carta del Department of Homeland Security para que fuera a hacer el juramento formal que me haría compatriota de Abraham Lincoln y Paris Hilton. (El corrector automático del programa Word en castellano acaba de cambiarme “Hilton” a “Milton”, me imagino que para insinuar que esa muchacha es una especie de paraíso perdido —aunque mi abuela diría simplemente que “es una perdida”. Comprendo la confusión de mi computadora: Milton y la Hilton, al fin y al cabo, son dos tesoros de la civilización occidental. But I digress, como decimos los gringos finos.)

En la carta me pedían que me presentara bien vestido (no usar jeans, shorts ni chancletas, please) en la US District Court Eastern District de Central Islip el 29 de septiembre de 2008 a las ocho y media de la mañana. Recordando el frío que pasé gracias al maldito aire acondicionado del lugar de la entrevista, lo más probable era que esta vez fuera con mi abrigo de esquiar y mis botas de nieve. Estos gringos, casi ya compatriotas, no volverían a jugarme otra mala pasada.La segunda página de la carta era lo que en Cuba llamamos con ternura un “cuéntame-tu-vida”. Querían saber qué demonios había hecho yo con mi existencia en el mes transcurrido desde la entrevista. Primero me preguntaban si mi mujer se había muerto o se había divorciado de mí.

No me pareció la pregunta ideal para
comenzar una entrevista, pero… ¿habrían llamado a mi mujer esos cabrones de Homeland Security?
¿Y qué les habría dicho mi mujer?
¿Qué les hacía temer el posible final precipitado de mi cónyuge
o mi matrimonio?

Después querían que les contara si había viajado al extranjero. ¿No quedamos en que los cubanos son los que están obsesionados con los viajes en avión? La tercera pregunta era digna de las que le hacía el juez a Tres Patines en La Tremenda Corte. Preguntaban si yo había cometido algún delito por el que no había sido arrestado. Algo así como “si no te atrapamos en el acto, cuéntanos ahora qué hiciste”. Tres Patines hubiese contestado: “No comas catibía, chico”. Yo hice la crucecita en “NO”. La cuarta pregunta era un poco de lo mismo.

La quinta era una perla. Querían saber si yo me había hecho comunista durante el mes anterior. No es lo peor que le pueden preguntar a uno, por supuesto. Se les pudo ocurrir, por ejemplo, averiguar si me había hecho metodista o psicólogo, pero, de todos modos, me recordó la interrogación de “¿tiene creencias religiosas?” que te hacían en Cuba cada vez que dabas un paso. Yo siempre contestaba que sí, sabiendo que, como diría el Dante, a partir de allí podía renunciar a toda esperanza. Esta vez podía decir que no, que no me había hecho comunista el mes pasado ni el año pasado ni en la vida pasada; pero no por eso me resultó más agradable que me lo preguntaran.

A partir de allí el interrogatorio era más interesante. Los muchachos de Homeland Security parecían haber adivinado mi cobardía (lo cual, por lo demás, no constituye ninguna hazaña investigativa) y querían saber si yo me había hecho objetor de conciencia o algo así durante el mes anterior para no tener que servir en el ejército. Debo admitir que no andaban muy descaminados. En otra época de mi vida, cuando vivía en un sitio donde no creían en objetores de conciencia ni en la madre de los tomates, fui durante dos años al psiquiatra con tal de evadir el servicio militar. Hay pocas cosas de las que me sienta más orgulloso que de los cuentos tremebundos e irrisorios que le conté a aquel señor generoso que fue mi psiquiatra con tal de no ir a Angola a matar inocentes —o a que algún inocente me matara mí.

La octava y última pregunta era la mejor. Con un celo inquisitorial digno de Torquemada, mis compatriotas calvinistas deseaban conocer si en las cuatro semanas anteriores había practicado la poligamia o si había ganado dinero en juegos ilícitos (les importaba un bledo que hubiese perdido dinero en juegos ilícitos, pues no lo preguntaban). Después pedían que les contara si en esos treinta días había sido prostituto. Este último me pareció un detalle encantador. Cuando uno tiene cuarenta y cinco años de edad, treinta libras de más, escasa estatura, ningún dinero y cara de idiota, el hecho de que alguien suponga que exista alguna persona dispuesta a pagar por irse a la cama contigo no puede interpretarse más que como un halago.

El final del interrogatorio era de leyenda: “¿Es usted un borracho habitual?” Me sentí tentado a preguntar: “¿Qué entiende usted por ‘habitual’?” Pero me limité a responder que no.

Otro detalle de esa pregunta —que era infinita y parecía ideada por el Marqués de Sade en una noche particularmente inspirada— me enseñó algo nuevo y provechoso. Preguntaban mi inquisidores si había traficado “drogas o marihuana”. Y yo que pensé siempre que la marihuana era droga… Por más que me pesó, puse también la crucecita en “NO” junto a la larga lista de vicios y diversiones de la pregunta 8, como pueden ver en la foto.
Y finalmente llegó la fecha de la metamorfosis ciudadana. El 29 de septiembre amaneció como esos días tímidos del otoño neoyorquino, con una temperatura perfecta para ponerse un saco deportivo y salir de casa aparentando ser una persona decente, que era lo que me insinuaban las sugerencias de vestuario indicadas en la cartita. En el carro, no podía evitar que María Grener cantara en mi cabeza una y otra vez aquello de Júrame, que aunque pase mucho tiempo, no olvidarás el momento… Aunque me perdí en el viaje de ida, como siempre me sucede, llegué puntualmente.

El Tribunal de Justicia de Islip, a pesar de haber sido diseñado por Richard Meier
—o tal vez por
eso—, es un edificio desangelado que recuerda la arquitectura estalinista de las afueras de Varsovia. Está en medio de un estacionamiento infinito, y te da la impresión de que se ha quedado tan solo porque los seres humanos comunes y corrientes se resisten construir nada en sus alrededores. Ese palacio de justicia parece haber sido construido por la justicia misma que, como todos sabemos, es ciega.

A la entrada tienen un detector de metales que me hizo pensar que estaba en un aeropuerto. Me pregunté si al ser americano me curaría de esa obsesión con los aeropuertos que tenemos los nacidos en la isla de la “tarjeta blanca”. El wachimán de turno me pidió mi mochila y, mientras la estaba registrando, me preguntó si tenía un teléfono celular “on you”. Le dije que no. Cuando pasaron la mochila por la cámara oscura vieron mi celular. El wachimán me miró con desconfianza y me pidió que se lo entregara. Me explicó que estaba terminante prohibido entrar a la ceremonia de juramento con un celular. Hasta ese momento yo había estado convencido de que tener celular era un requisito para ser ciudadano de los Estados Unidos.

Pasamos después a la sala de justicia propiamente dicha. Tuve la impresión de haber entrado a una caja de zapatos de proporciones ciclópeas. Era un espacio semicúbico de treinta metros de largo por treinta de ancho y quince de alto, forrado con paneles color abedul. ¿Habría encargado Richard Meier la decoración de la sala en Ikea? Nunca en mi vida había visto un espacio supuestamente ceremonial tan grande y tan chato al mismo tiempo. Otra prueba de que la austeridad calvinista y la arquitectura moderna son una mezcla fatal.

Durante tres horas estuve sentado allí, mientras nos llamaban uno a uno a los 350 “graduados” para que revisáramos personalmente el diploma de ciudadanos del imperio. Al final entró el juez: un tipo de la más pura cepa irlandesa que nos hizo el cuento de cómo sus abuelos habían llegado de Irlanda huyéndole a la hambruna un siglo antes. Imaginé a un remoto nieto mío, ejerciendo de juez y haciendo un cuento semejante en el año 2067, y por alguna razón la idea me pareció deprimente.

Nos repartieron entonces el juramento:
"I hereby declare, on oath, that I absolutely and entirely renounce and abjure all allegiance and fidelity to any foreign prince, potentate, state, or sovereignty of whom or which I have heretofore been a subject or citizen; that I will support and defend the Constitution and laws of the United States of America against all enemies, foreign and domestic; that I will bear true faith and allegiance to the same; that I will bear arms on behalf of the United States when required by the law; that I will perform noncombatant service in the Armed Forces of the United States when required by the law; that I will perform work of national importance under civilian direction when required by the law; and that I take this obligation freely without any mental reservation or purpose of evasion; so help me God."

Cuya traducción, inepta, chapucera y oficial reza:
"Por este medio, declaro bajo juramento, que renuncio absolutamente y por completo y abjuro toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, estado o soberanía extranjera, de quien o del cual haya sido sujeto o ciudadano antes de esto; que apoyaré y defenderé a la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América contra todo enemigo, extranjero y nacional; que profesaré fe y lealtad reales hacia el mismo; que portaré armas bajo la bandera de Estados Unidos cuando lo exija la ley; que prestaré servicio como no combatiente en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos cuando lo exija la ley; que haré trabajo de importancia nacional bajo dirección civil cuando lo exija la ley; y que asumo esta obligación libremente, sin ninguna reserva mental ni intención de evasión; lo juro ante Dios."

La primera oración me cayó como la conocida patada en el hígado. Esa renuncia absoluta a “toda lealtad y fedilidad” tenía el sabor metálico de la conversión. No tengo ningún entrenamiento en el asunto de las "conversiones". Nunca he adoptado una nueva fe religiosa o política —de lo que me alegro. Pensé en ese momento que a la gente que se casa por segunda vez, en medio de la ceremonia matrimonial, les deberían hacer una pregunta análoga: “¿Afirma usted que se arrepiente de cada vez que se acostó con aquella maldita mujer, que no ama a los hijos que tuvo con ella y que le parece un ser absolutamente despreciable?”

Sobrepasada esa prueba, el juez de los abuelos hambrientos me felicitó y me entregó el diploma de americano genuino. Salí de la sala a punto de orinarme en los pantalones (había pasado cuatro horas allí) y vi que había cola en el baño de los hombres. Con el estoicismo propio de un buen ciudadano americano, esperé mi turno para miccionar. Una vez cumplida la función fisiológica, recuperé mi teléfono celular, salí al estacionamiento y llamé a mi mujer mientras prendía un puro que me aliviara las ganas de vomitar que aún me quedaban después de mi compromiso solemne de olvidarme para siempre de esa maldita isla del Caribe que a pesar de todo amo con una idiotez masoquista y obsesiva. Miré a mi alrededor y vi que todos los nuevos ciudadanos estaban haciendo lo mismo. Fue una epifanía: las primeras tres cosas que hacen casi todos los nuevos ciudadanos de los Estados Unidos es aliviar la vejiga, fumar y llamar por teléfono a alguien. Espero que mis amigos del Homeland Security Deparment no me acusen de estar revelando un secreto de estado.

Tras terminar mi purito, me subía al carro para regresar a casa y puse un disco de Benny Moré. "Santa Isabel de las Lajas" me ayudaría a olvidar el "Júrame" de María Grever.


8 comments:

  1. Me pregunto por que vino a Estados Unidos y para
    que se hizo ciudadano, si tanto le molesta?

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  2. Estimado Anonymus:

    Vine a este país porque el original me tenía hasta la coronilla; y me hice ciudadano americano porque ser ciudadano cubano es una pesadilla, para que rime, pero ese "cambio de casaca" no fue un trago agradable. Por otra parte, criticar y expresar mis opiniones con honestidad me parece una buena manera de comenzar a ser ciudadano estadounidense. Gracias por pasar por el blog, leer y comentar. Saludos,

    Tersites

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  3. De verdad creo q te hubieses quedado y vivir el socialismo en cuba xq tu actitud de rebeldia y resentimiento contra el orden establecido de un pais q no es el tuyo no es mas la demostracion de tu alma socialista, esa alma critica contra todos y contra todo que exprese orden, de verdad pareces cualquier joven marxista de latinoamerica quejandose de su universidad, de su gobierno, de los EEUU y de todo lo q implique seguir reglas y respetar los derechos de las otras personas. De verdad no creo q seas un cubano que llego EEUU. Tu eres un marxista resentido que solo miente escribiendo esto para enganar y transmitir tu resentimiento a otras personas.

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  4. Anonymus (8:33 p.m.):

    Gracias por su comentario. No coincidimos, por supuesto, pero respeto su opinión. Contrariamente a lo que usted piensa, siempre he dicho —mis amigos están aburridos de escucharlo— que la principal bondad de vivir en EE.UU. es saber que hay una colección de reglas fijas que es posible respetar y luego irse a dormir tranquilo. Contriamente a lo que usted supone a partir de la lectura de este blog, no soy marxista. Soy una persona que piensa, se cuestiona y expresa sus opiniones intentando ser honesto consigo mismo. Gracias por pasar, leer y comentar. Un cordial saludo,

    Tersites Domilo

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  5. Me encanta tu sentido del humor, felicidades. Y ademas comparto tu posturra y opiniones sobre esto que considero un mal necesario. (me refiero a la conversion) Un abrazo.

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  6. Estimado Tersites... Tiempo ya de este acontecimiento y sin embargo hoy al leerlo me ha parecido una fenomenal narracion!!! Contrario a lo que alguien pueda pensar (esta maravillosa libertad de expresion) en ningun momento lei o entendi que se quejara de el orden, de los pasos, de ese peregrinar que recorremos. Al leerlo vinieron a mi mente todos los detalles y descubri que usted se me adelanto en escribirlos. Lo felicito por encontrarle el lado bueno (este humor que nos delata) y lo felicito tambien por ser Ciudadano de este maravilloso pais que con sus leyes, sus filas, sus requisitos y todo lo demas, ha sido nuestro benefactor... Felicidades!!!

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  7. A MI ME TOCA ESTO MANANA Y ME ENCANTO LEER ESTO... ME SENTIA CON UN POCO DE CULPA POR SENTIRME IGUAL Y AHORA VEO QUE NO SOY EL UNICO.... GRACIAS.

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    1. Me alegra muchísimo que le haya servido, que hay sido útil de alguna manera haberlo escrito. Gracias. Y buena suerte. Un cordial saludo,

      Tersites

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