Tuesday, April 7, 2009

La última virgen de Times Square

En octubre de 1992 puse por primera vez mis pies de campesino asustado en Times Square. Estaba de visita en New York (aún sin haber decidido quedarme o regresar a la isla de cuyo nombre...), y un amigo nos invitó a tres recién llegados a ver The Will Rogers Follies, un musical de Broadway que era en esos días la comidilla de New York: los periódicos hablaban de los amoríos de Donald Trump con Marla Maples, que tenía un papel importante en la obra. La prensa insinuaba que la adjudicación del rol a la Georgia Peach no se podía explicar simplemente a partir de sus [escasas] dotes musicales. Al salir del teatro, nuestro amigo y mecenas propuso que tomáramos todos un taxi. Nos llevó hasta el interior del Marriot Marquis de Times Square —el hotel construido en 1985 sobre las ruinas de los teatros Bijou y Morosco, con su lobby de 45 pisos de alto y sus elevadores como burbujas de vidrio que aparecen en todas las películas— y subimos a The View, el bar giratorio del piso 48. Desde allí, bebiendo scotch on the rocks, traté de beberme aquella vista que, de regresar a la isla, quizás nunca más tendría ante mis ojos. Desde el piso 48 del Marriott, esa noche Times Square era, como The Will Rogers Follies, un desfile de luces y lentejuelas.

Otra visión del mismo lugar
—más pedestre y terrenal— me fue revelada un año más tarde cuando, recién mudado a New York, asistí una noche de invierno a una reunión de cubanos en la esquina que ocupa hoy el edificio de Reuters. Times Square era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava… no, no, perdón, ese era Macondo. Times Square era entonces un moridero de putas y drogadictos, un coto de caza de chulos y traficantes de crack, marihuana y otros medicamentos, y el vaticano o la meca del amor triste y manual que procura la pornografía —aunque nada de eso se viera desde el lujo acristalado y celestial de The View. Diógenes, con su proverbial lámpara, hubiese pasado similares penurias para encontrar un hombre honrado o una virgen en medio de los grafitos, la basura, los cines anegados en semen, los portales sembrados de jeringas usadas y las mil distorsiones de la felicidad que adornaban aquel carnaval decadente.

Lo que el Marriott anunciaba con su presencia, sin embargo, era el inicio del “renacimiento” (que algunos llamaron “disneyzación”) de Times Square producido por la conjunción de la prosperidad económica y las expeditas técnicas policiales de Rudoph Giuliani en los noventa. La tienda de relojes Swatch, el ESPN Bar y las cadenas de restaurantes en pocos años sustituyeron a los antiguos peep shows y cines pornográficos que pululaban en la zona.


Entre los nuevos negocios se destacaba la Virgin Records, con tres pisos polifémicos
—polifónicos— donde uno podía encontrar las obras completas de Bach en la edición Hänssler, selecciones de música árabe de la época del Califato, todas las grabaciones de Arsenio Rodríguez, los discos de blues crudo de Blind Willie McTell o la inefable obra musical de 50 Cent. Durante varios años, muchas veces penetré en esa virgen como si fuera la cueva de Alí Babá para satisfacer una adicción más sana que las que en otra época iba uno a saciar a Times Square. En mis horas de almuerzo fui gastando dinero que no tenía en discos de Beny Moré, Bob Dylan, Billie Holiday, Besie Smith o Muddy Waters, Shostakovich o Eric Satie. Así, de vez en cuando, la hora del almuerzo podía ser una versión abreviada del Día de Reyes.

Hoy regresé a la tienda para ver qué tenían en rebaja. La encontré cerrada. A través de los inmensos cristales pude ver el polvoriento vacío de una mudada que, como todas las mudadas, tenía pinta de haber sido apresurada. Era como si con Virgin Records hubiese desaparecido la última virgen de Times Square.

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