Friday, June 27, 2014

Ernesto Tamayo: talento y valor

Como saben los lectores de este blog, en marzo del año pasado escribí sobre el guitarrista cubano Ernesto Tamayo, a quien unas semanas antes le habían descubierto un tumor cerebral terminal. Los que deseen leer el artículo lo pueden hacer aquí: Ernesto Tamayo, la pieza más difícil.

Ernesto ha tocado esa pieza tan difícil con la maestría con que tocaba antes las más difíciles piezas de Leo Brouwer y las transcripciones de Scarlatti. Con la misma elegancia, con un valor inaudito. Algún día contaré en detalle el increíble coraje, la elegancia ejemplar con que ha vivido él este calvario. 

La última vez que nos vimos antes de enfermarse nos habló de su versión del Requiem de Mozart, que el huracán Sandy le impidió estrenar en la fecha acordada. Era inimaginable entonces que él lo necesitaría tan pronto. La suite de su vida, a los cuarenta y dos años, por desgracia se acerca a la coda. Ernesto está en un hospicio en Baltimore. No tiene familia en Estados Unidos. Lo acompaña un largo desfile de amigos. Sus padres deben llegar en breve desde Cuba. 

Para cubrir los gastos de ese viaje y de su funeral, tristemente cercano, Madelca Domínguez ha iniciado una recaudación de fondos. En las primeras 54 horas se han recaudado $4000.00. Deseo agradecer aquí a los lectores de este blog que generosamente donaron en la campaña del año pasado y a los que han donado en esta. Quien pueda colaborar, puede hacerlo en el enlace que les adjunto más abajo. Agradezco también a los que han dado publicidad a la campaña poniendo el enlace en sus muros de Facebook o en sus blogs. 

El enlace a la campaña que puse abajo no se ve en algunos equipos móviles. También pueden acceder al sitio de la recaudación de fondos pulsando este enlace: Recaudación de fondos para Ernesto Tamayo

Y aún más abajo les dejo un ejemplo de la gracia con que sus manos acariciaban las seis cuerdas que han definido la vida de este hombre bueno, valiente y talentoso.







Friday, June 6, 2014

Reportaje de NY1 Noticias sobre "La última casa de José Martí"


Rosarina Bretón, reportera del canal NY1 Noticias, hizo este reportaje sobre mi charla "La última casa de José Martí" el pasado 17 de mayo. La charla estuvo organizada y patrocinada por el Centro Cultural Cubano y tuvo lugar en Swing 46, un club de jazz que se halla en la casa sobre la que trataba la charla. Vaya aquí mi agradecimiento a todos los que la hicieron posible.

Les adjunto el enlace al video del reportaje así como el artículo (en azul) que apareció en el sitio web de NY1 Noticias.

Video: 

video




Cuba: Aun hay dudas sobre la última casa de José Martí

Un historiador dice que por más de 70 años, los libros de textos cubanos estaban equivocados sobre la dirección de la última casa donde vivió José Martí. Rosarina Bretón conversó con él y preparó el siguiente informe.
Todavía hay dudas, investigadores aún tratan de comprobar ¿dónde realmente vivía el que muchos llaman el libertador de Cuba José Martí durante sus últimos días de exhilio en NY?
"Era muy extraño porque en los libros de historia de Cuba por los últimos 70 años se había dicho que la casa de Gonzalo Quesada donde José Martí se quedó las últimas 3 semanas en New York, estaba en el 116 Oeste de la 64, y de pronto esta carta decía que estaba aquí", dijo Jorge Ignacio Domínguez, historiador.
"Aquí" se refiere a este sitio donde ahora se escucha Jazz, el Swing Club, en el 349 oeste de la calle 46 en Manhattan.
"Yo soy una amante de Martí pero es que me ha dejado, no por la dirección en si, que más me daba que viviera aquí o allá sino por todo lo que ha estado relacionado con los últimos días de Martí en esta casa y con esta familia", dijo una mujer.
Y es que Domínguez dice haber estudiado el epistolario martiano, además de libros y periódicos y después de recopilar datos llegó a la conclusión que la casa del Dr. Ramón Miranda de la calle 64 fue la última morada de Martí en la gran manzana.
"En esas cartas se pueden rastrear evidencias de donde estaba Martí, de donde estaban sus colaboradores, de donde estaba él pidiendo que enviaran el dinero y las importantes comunicaciones que tenía que tener con Cuba", dijo Domínguez.
El historiador presentó los resultados de sus estudios frente a los miembros del centro cultural cubano de NY, justamente desde el club de Jazz donde antes estaba la casa, dejando a muchos impresionados.
"Me pareció fascinante primero la elocuencia del exponente y segundo es importante que se mantenga viva la comunidad cubana aquí en NY", dijo un hombre.
Hay quienes difieren con esta tesis, asegurando que los libros de la historia cubana no concluyen que fue aquí donde Martí pasó sus últimos días en NY. El investigador, en cambio asegura que Luis Rodolfo Miranda, se equivocó al recordar en su libro "Reminiscencias cubanas de la guerra y la paz", redactado 40 años después de la muerte de Martí cual fue la última casa del prócer cubano antes de regresar a la Isla, el 30 de enero de 1895, para unirse a la lucha armada por la independencia Cubana de los españoles.

Saturday, May 10, 2014

Invitación: una visita a la última casa de José Martí en Nueva York

Amigos:

Como sabrán los lectores de este blog, el 26 de enero pasado publiqué en Penúltimos Días un artículo titulado "La última casa de José Martí". Luego reproduje el artículo aquí en este blog. Hace un par de semanas, mi amigo Vicente Echerri, profundo conocedor de la vida y la obra de Martí y de los rincones martianos de la ciudad de Nueva York, publicó otro artículo en Penúltimos Días, titulado "La última casa de José Martí en Nueva York", en el que rebatía mi tesis. Responderé minuciosamente las interesantes objeciones, preguntas y sugerencias de Echerri en varios artículos que irán apareciendo cuando el tiempo lo permita. De momento, les tengo una invitación:

El sábado próximo, 17 de mayo, en un evento auspiciado por el Cuban Cultural Center of New York, daré una charla sobre los últimos días de José Martí en Nueva York. La charla será a la 1:00 p.m. en el club Swing 46 (349 West 46th Street), que radica precisamente en la casa donde Martí pasó sus últimos días neoyorquinos. Hasta ahora, en los libros de historia se ha dicho que "la última casa de Martí" estaba en el 116 West 64th St., que ya no existe. En la charla explicaré el origen de ese error y otros detalles de los últimos meses de la vida de Martí. (La entrada es gratis, pero solo para miembros del Centro Cultural Cubano.) Aquí pueden ver todos los detalles del evento

"La última casa de José Martí"



LA ÚLTIMA CASA DE JOSÉ MARTÍ

Saturday, May 17, 2014 @ 1 pm



Marti cuadra de la 46
A visit to the last house whereJosé Martí lived in Manhattan—the home of Dr. Ramón Miranda and family—where he spent one last snow-bound night before leaving hurriedly the following day, the morning of January 30, 1895, for his fateful voyage to join the armed struggle for Cuba’s independence.    
Although Martí’s last residence in Manhattan has long been assumed to have been Dr. Miranda’s subsequent address at 116 W. 64th Street (no longer standing), recent documents unearthed by the brilliant and indefatigable research scholar Jorge Ignacio Domínguez Lópeznow provide irrefutable evidence that the move had not yet taken place, and that Martí’s last months in exile were spent on a block which, as seen in this photograph taken by Mr. Domínguez, still preserves many of the 19th century facades.
In this unique encounter with history, Mr. Domínguez will transport visitors to Martí’s days leading up to his departure, shrewdly eluding the Pinkerton detectives on his trail, his heartrending goodbyes to family and friends, his letter to his dear friend Gonzalo de Quesadawith instructions on the disposition of his writings, how his death was reported in the American press, and the reaction and initiatives of the Cuban community in New York in the months and years following his demise at Dos Ríos on May 19, 1895.
In Spanish.
JorgeJorge Ignacio Domínguez López
(Havana, 1964) studied cybernetics, mathematics and literature at the University of Havana, and holds a degree in History from St. John’s University. He presently works as a copywriter and a translator of children’s books. Many of his articles on his scholarly research are posted on his personal blog, Tersites (tersitesexcathedra.blogspot.com) and other pertinent digital publications.
Swing Club
349 West 46th Street, NYC

Free Admission.
Open ONLY to CCCNY members.
Space is limited.
RSVP early at cccofny@aol.com

Sunday, March 23, 2014

Un viejo artículo sobre la muerte de Eliseo Diego

Fue hace veinte años y era mi primer invierno en New York. Era mi primer invierno de verdad en cualquier lugar. Un invierno tan brutal como no había vuelto a ver esta ciudad hasta este año.

El 3 de marzo de 1994 abrí el New York Times y vi el nombre de Eliseo Diego en la sección de obituarios: "Eliseo Diego; Cuban Poet, 73". Ese mismo día escribí el artículo que aparece más abajo. Lo reproduzco conservando esas frases que el lector hallará inadecuadas. A mí también me lo parecen.

Envié las tres cuartillas mecanografiadas a la "Columna del lector", una sección que por entonces tenía El Nuevo Herald. Unas semanas después supe que mis padres, mientras escuchaban Radio Martí una noche de la dura primavera cubana de 1994, habían oído la lectura de mi artículo en la sección "Lo mejor de la prensa". 

Lo reproduzco ahora más convencido que entonces de que Eliseo Diego, quien declaró su apoyo al gobierno instaurado en La Habana en 1959, es quizás el poeta más consustancial con la República. 

Es una ironía que se repite en nuestras letras: Carpentier, funcionario fiel de Fidel Castro, escribió dos de las novelas más contrarrevolucionarias de nuestra literatura; Cabrera Infante, comunista de cuna, escribió el mejor retrato de La Habana capitalista; Lezama, mirando hacia Europa, definió el criollismo culterano; Hernández Catá, siendo español y habiendo vivido apenas en la Isla, quiso ser en su obra más cubano que las palmas; Guillén, que era minucioso conocedor del Siglo de Oro español y a ratos émulo de Lorca, escribió —y predicó— la mejor poesía negra del siglo XX cubano. 

A Eliseo Diego no le ha ido bien después de la muerte. Su religiosidad y sus preferencias políticas se consideran de mal gusto en este milenio nuevo. Pero en sus versos vive la República más que el mohoso mármol de los zapatos huérfanos de Estrada Palma o en el remozado Capitolio. Ojalá algún día queramos verlo. 

Aquí les dejo el artículo de marras:


Eliseo Diego: poesía y penumbra


Se nos ha muerto Eliseo Diego y tal parece que la poesía también se nos va muriendo con su sombra. Definitivamente se adentra en la penumbra, la materia fundamental de su poética. Y como si no tuviéramos ya suficientes carencias, desde ahora también nos falta Eliseo.

Para algunos, que aún creemos en la utilidad de la poesía, la obra de Eliseo fue un modo privilegiado de ir poco a poco redescubriendo el valor esencial de los infinitos tonos del verde que la Isla depara, fue saborear el inefable laberinto de la Calzada de Jesús del Monte, la magia de los portales, las casas, las familias, las costumbres y una interminable “conversación en la penumbra del horno viejo, cuando ya todos se han ido”, que se iban resumiendo en el poema.


Urdió la astucia de legarnos el tiempo, cuando ya antes había testificado su derrota ante la arrasadora luz de nuestros campos. Era, como todos los poetas de su ámbito, un mago pueril que no se resiste a revelarnos las trampas del oficio. A ese hábito suyo debemos la noción de que “la poesía es acto de atender en toda su pureza”; y por ello, el hecho de que muchos, a partir de entonces, comenzaran a leer y escribir versos con la esperanza de que aguzar la atención hasta el cansancio produciría la dicha de algún descubrimiento.


Sería un ejercicio arduo, y por demás inútil, intentar mirar a Cuba con los mismos ojos después de haberla contemplado a través del prisma de la poética de Eliseo. De él pudiera decirse en propiedad que ha levantado la Isla en peso, no como un alarde de fuerza, sino con un susurro de su verso que nos invitó a mirar el otro lado de las cosas, quizás más sorprendido él mismo por nuestra ignorancia que por su descubrimiento.


Y para el poeta, Cuba no significa sino un acento especial de la existencia, un modo particular de vivir en un mundo en que la mayoría de las cosas nos son comunes. De ahí su potencialidad de comunicación más allá de la frontera del agua; de ahí también la imposibilidad de confundir su cubanía raigal con el mero provincianismo.


María Zambrano concedía a la generación de Orígenes un carácter fundacional en la cultura cubana; Lezama, entretanto, apuntaba hacia una teleología insular. Esa tensión entre el origen y el destino no nacía de una fanfarronada ni al despistado orgullo del aldeano. Más bien apunta a que la poesía resume en sí el oficio que le atribuye Homero de ser el fin de la experiencia humana, y a la vez la idea lezamiana de la imagen como origen de la historia. La poesía de Eliseo es ejemplo de esa dualidad de funciones. Mucho hay en el paisaje cubano, en su gente y en su historia que no cobra toda su significación hasta pasar por el crisol de su verso; y a la vez esa obra va proyectando su fuerza de tal modo que ha hecho, y continuará haciendo, que se enriquezca y modifique la manera en que pensamos los versos y la patria.


Los cubanos deberíamos saber que con la muerte de Eliseo Diego, como él mismo escribió, se acaba una forma de ver, de sentir y de comunicar las cosas. Y la suya, por demás, fue una de las más hermosas que nunca hemos tenido.


Tinta sobrará en estos días para loar sus habilidades de escriba, para historiar su amistad con Lezama y deplorar sus desdichadas preferencias políticas. Me basta, entre tanto, testimoniar la tarde ya lejana en que un amigo me leyó en voz alta un largo y hermoso poema de Eliseo Diego (entonces para mí un desconocido) y cambió para siempre el modo en que experimentaba la emoción de la poesía y los colores de mi patria.



Saturday, February 1, 2014

La última casa de José Martí


Curiosa imagen de Martí aparecida en la edición del 18 de
marzo de 1895 del diario St. Paul Daily Globe de St. Paul,
Minnesota. Esta es una de las primeras imágenes de Martí
aparecidas en la prensa. La gorra militar, evidentemente
superpuesta por el artista, podría ser un intento de presentar
a Martí como líder militar.
[Este artículo apareció originalmente el 26 de enero de 2014 en Penúltimos Días.]

¿Dónde vivió José Martí los últimos días de su exilio en New York? En su minucioso atlas biográfico titulado Ámbito de Martíde 1954, Guillermo de Zéndegui adelanta la respuesta:
La casa del doctor Ramón L. Miranda, en la calle 64, sirvió de último refugio a Martí antes de abandonar para siempre Nueva York. [...] A la hospitalidad cariñosa del dueño de aquella casa, tronco de patriotas; y a los cuidados y aliento juveniles de Quesada, debió el poder recuperar en poco tiempo las fuerzas y el aliento necesarios para iniciar la ruta definitiva, la más ardua, la que lo conduciría a un tiempo mismo al éxito y a la inmortalidad. Fué en la mañana del 31 de Enero de 1895; la fuerte nevada de la noche anterior había bloqueado materialmente la empinada escalera de la casa.(1)
Es lógico creer la versión de De Zéndegui. Cuando escribió su libro aún vivían muchas personas que habían conocido a Martí en New York. A partir de ahí el dato se vuelve moneda común en la historiografía cubana: Martí había pasado sus últimas jornadas neoyorquinas en la Calle 64 Oeste. La mención casi siempre va acompañada de una indicación melancólica: que la casa ya no existe. 

En el año 2006, al anunciar la emisión de una serie de sellos sobre lugares y personajes relacionados con José Martí, La Gaceta Oficial de Cuba, al describir los sellos con gramática díscola, confirma el dato: "Sellos de 5 centavos de valor, impresos en multicolor, ostentando en su diseño las efigies de José Martí y Gonzalo de Quesada en 1893 y la vista de la casa 116 West 64th. Street, New York."(2)

Mañach, con más pasión y menos detalles, afirma que Martí pasó sus últimos días en la casa de Gonzalo de Quesada(3). No se equivocaba: el Dr. Ramón L. Miranda y su yerno Gonzalo de Quesada vivían en esa época en la misma casa (4). Con este dato en mente, leyendo un día el epistolario martiano me llamó la atención una breve carta de Martí a Gonzalo de Quesada, escrita desde La Vega, República Dominicana, el 18 de febrero de 1895, donde el remitente indica la dirección del destinatario bajo su nombre: 349 W. 46th St., New York. (5) 

¿Por qué dirigía Martí la carta a la calle 46 Oeste y no a la 64 Oeste donde se suponía que vivía Quesada, y donde Martí habría vivido sus últimas semanas en New York? ¿Estaría esa casa, tan cercana a Times Square, aún en pie? Tratando de responder esas preguntas hallé un par de detalles que podrían ser de interés.

La casa de la calle 46

Aspecto actual de la cada del
349 West 46 Street. Foto del autor.
(Pulsar para ampliar) 
En primer lugar, en numerosos documentos de la época se indica la casa de la calle 46 como la residencia del Dr. Miranda y de Gonzalo de Quesada. El primer documento que he podido hallar donde se menciona la casa de 116 West 64th. Street como residencia del Dr. Miranda es la guía de la Asociación Médica del Condado de New York, titulada Register of Members: Manual of Information, que dice tener la información actualizada hasta el 30 de junio de 1895, por lo que debe haber sido publicada poco después de esa fecha.(6) 

La casa de la calle 46, por otra parte, aparece en numerosos documentos de fines del siglo XIX y por varias razones. Allí radicó, por ejemplo, la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana, fundada por el Dr. Miranda, mencionada en varios libros y guías de la época.

Hace un tiempo, y cámara en mano, me fui a la calle 46, entre la 8a y la 9a avenidas, una cuadra que hoy llaman 
Restaurant Row por la razón obvia de que allí pululan esos negocios. Busqué la casa #349 y para mi sorpresa me encontré frente a un club de jazz, el Swing 46. La calle, a menos de dos cuadras de Times Square, increíblemente conserva el mismo aspecto que tenía en el siglo XIX. El #349 es un típico brownstone que, por desgracia, parece haber sido "modernizado" con el método expedito de robarle su gracia decimonónica: en algún momento lo desnudaron de los elementos ornamentales que aún exhiben las casas aledañas.

Comparación de la casa #349 con la adyacente,
que mantiene su estado original. Foto del autor.
Buscando en los sitios web de bienes raíces de New York, descubrí que los archivos indicaban que la casa había sido construida en 1920. De ser cierto ese dato nada quedaría de la casa de los Miranda-Govín que yo buscaba. Y sin embargo, aún para un ignorante de la arquitectura como este amanuense, era evidente que la casa debía ser anterior a esa fecha.

El primer artículo que suelo leer cada sábado en la edición de fin de semana del New York Times es "Streetscapes", una deliciosa columna que desde 1987 escribe Christopher Gray sobre la historia arquitectónica de New York. Para aclarar el año de construcción de la casa de mis desvelos pensé enseguida que mi hombre en New York era Christopher Gray. Decidí escribirle... con pocas esperanzas de que me respondiera. Le envié un correo electrónico con las fotos que había tomado y mis preguntas sobre el año de construcción de la casa. Tres horas después recibí su respuesta. "Most absolutely definitely a house of the 1860s/70s/very early 1880s." (Sin duda alguna, definitivamente, es una casa de la década de 1860, 1870 o de inicios de la década de 1880".) (7)

Más tarde hallé en un número del New York Times del año 1920 una noticia que explicaba la aparente contradicción: en ese año varias de las casonas estilo townhouse de esa cuadra habían sido subdivididas en pequeños apartamentos, como tantos otros townhouses de New York durante el siglo XX.
De modo que sí, Swing 46 era la misma casa donde habían vivido el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada hasta 1895; pero, ¿sería allí donde Martí vivió sus últimos días neoyorquinos? ¿Y por qué entonces pensaba todo el mundo que había sido en la de la calle 64? Y si no era esa la casa, ¿por qué Martí le escribía a Gonzalo de Quesada a esa dirección?

La nota necrológica de Luciana Govín de Miranda


Párrafo de la nota necrológica de Luciana Govín de
Miranda en la edición del 11 de octubre de 1897
del New York Times.
Unas semanas después de los mensajes de Christopher Gray hallé la respuesta definitiva. El lunes 11 de octubre de 1897, el New York Times publicaba la noticia de la muerte de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda, suegra de Gonzalo de Quesada e hija de Félix Govín, fallecida el viernes anterior. En uno de sus párrafos finales, dice la nota: 

Cuando José Martí estaba en este país en 1895 e intentó sin éxito enviar una expedición filibustera a Cuba desde la Florida, se refugió por dos semanas en la casa de la Sra. Miranda, que estaba entonces en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Martí le confió a ella muchos de sus planes para llevar a cabo la guerra, y dejó en su poder numerosos documentos. Poco después, cuando Martí abandonó Nueva York para unirse al general Gómez en Santo Domingo, la Sra. Miranda colaboró con grandes sumas de dinero como ayuda a la causa cubana.(8)

El artículo del New York Times no deja lugar a dudas: contrariamente a lo que vemos repetidamente en los libros, la última casa de José Martí fue la del #349 de la calle 46 Oeste, que aún existe, y donde hoy se encuentra el club Swing 46. Los Miranda-Govín y los Quesada-Miranda no vivieron en la calle 64 hasta después de la partida de Martí. Martí sin dudas visitó esa área, pues la familia Baralt vivía en el #135 de la calle 64 Oeste, pero casi seguramente nunca estuvo en la casa donde se ha afirmado que pasó sus últimos días en New York.


Notificación de la venta de la casa del 349 W. 46th St.
En la sección de bienes raíces del New York Times del 25 de abril de 1895 se halla la última pieza del rompecabezas: se notifica allí la venta de la casa del #349 de la calle 46 Oeste. La cronología queda entonces clara. El 30 de enero Martí partió hacia Cuba desde la casa de la calle 46. En abril los Miranda-Govín vendieron esa casa. Y en junio estaba ya viviendo en la de la calle 64. Menos de tres meses después de que Martí saliera de ella por última vez, aquel townhouse de la 46 ya no pertenecía a los Miranda-Govín, y el rastro de Martí comenzaría a borrarse de sus paredes de ladrillo.

La importancia de esa casa para la historia cubana es notable. Luciana Govín, el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada hicieron de ella uno de los lugares de referencia para los emigrados cubanos de New York. Esa fue la casa que visitó Martí frecuentemente. De allí salió, acompañado por Miranda y por Quesada, a celebrar su último cumpleaños en Delmonico's el 28 de enero de 1895. Allí escribió dos días después la orden de alzamiento que enviaría a Juan Gualberto Gómez en un habano y que daría inicio a la Guerra del 95. Fue de esa casa de donde partió definitivamente a Cuba en la fría mañana del 30 de enero de 1895, bajando por los escalones tan cubiertos de nieve entonces como los encontrarán hoy los amantes del jazz que vayan a disolver la noche en música y tragos al club Swing 46. 

Casas de la misma cuadra, que conservan el mismo aspecto que tendrían
en 1895. Posiblemente esta fue una de las últimas escenas de New York
que vio José Martí esa mañana del 30 de enero de 1895 al partir
definitivamente para Cuba. Foto del autor.


Notas
(1)  Zéndegui, Guillermo de. Ámbito de Martí, página 136. La Habana, Cuba: P. Fernández y Companía, 1954.

(2)  Gaceta Oficial No. 048 Ordinaria de 14 de julio de 2006, página 884. La Habana, Ministerio de Justicia, 2006

(3)  Mañach, Jorge. Martí, el apóstol, páginas 226 y 227. Madrid, España: Espasa-Calpe, 1933

(4)  Hay numerosos documentos de la época que confirman este detalle. Un ejemplo es The New York Charities Directory de 1895. En la página 125 de esa guía aparece la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana de Nueva York, que residía en casa del Dr. Miranda. En la lista de directivos aparecen en Dr. Miranda como presidente y Gonzalo de Quesada como secretario, y se indica la misma dirección para ambos. Quizás donde yerran ambos —Zéndegui y Mañach—, es en adjudicar la propiedad a los señores de la casa. En el sentido más estricto, la casa probablemente sería propiedad de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda e hija del acaudalado Félix Govín. 

(5)  Martí, José. Obras completas. Tomo 4, página 62. La Habana, Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, 1975. Martí escribió varias cartas a Gonzalo de Quesada desde su salida de New York el 30 de enero de 1895 hasta su muerte el 19 de mayo —casi todas más largas y significativas que la que nos ocupa—, pero esta breve nota es la única donde aparece la dirección de Quesada bajo su nombre, quizás por el carácter oficial de la misma:

                                                                            La Vega, 18 de Febrero de 1895
Sr. Gonzalo de Quesada
Secretario de la Delegación
349 W. 46th. St., New York
Mi amigo muy querido:
Con comisión especial, y sólo fiable a hombres de su mérito, va a esa ciudad, a concertar detalles con Tesorería, nuestro noble amigo el Sr. Eleuterio Hatton. El merece nuestra mayor estimación, y yo ruego a Vd. que en todo se la muestre, en lo oficial y en lo privado. Pocos hombres hay de su generosidad y reserva.
Saluda a V. muy afectuosamente
                                                                            El Delegado
                                                                            José Martí

(6)  New York County Medical Association. Register of Members: Manual of Information, página 62. New York. 1895

(7)  En varios mensajes posteriores, Gray me dio otros detalles, pistas, lugares donde buscar más datos y su ofrecimiento de que cada vez que necesitara su ayuda, "le diera un grito". Vaya aquí mi agradecimiento.

(8)  The New York Times, edición del 11 de octubre de 1897. New York, EE.UU., 1897. "Filibusteros" era el término generalmente empleado para los cubanos que iban en expediciones desde Estados Unidos para sumarse a la lucha por la independencia.

Sunday, January 26, 2014

El hijo de Céspedes y la hija de Martí

Siempre tuve la sospecha de que María Mantilla no había existido. Los niños se buscan amigos imaginarios. Los exiliados se inventan amigos que sustituyen a los amigos dejados atrás. Los solitarios sueñan con la familia que no tienen. Quizás Martí —pensaba—, que era exiliado y solitario, y que tenía ojos de niño, habría imaginado esa hija que añoraba tener.

Y es que más allá de sus cartas a María, y de los versos de la bárbara abeja que picó a su niña en la frente, y de la mención de la foto en el pecho contra las balas —que al final no sirvió de talismán ni de escudo—, es difícil hallar cualquier rastro de su existencia. César Romero juraba ser su hijo, pero, pensaba yo, muy bien podría tratarse de un ardid publicitario de su agente en Hollywood. ¿Y la anciana que visitó Cuba en 1953 para celebrar el centenario de Martí y apareció en aquella Bohemia que guardaba mi abuela como un tesoro? Bueno, quizás Batista había contratado a la misma actriz que hacía el papel de madre de César Romero para que visitara a los isleños olvidadizos y les hiciera los cuentos que querían oír.


Eso temía hasta la semana pasada, cuando me pasé una tarde leyendo el periódico. Como es sabido, no hay nada más viejo que un periódico de ayer, pero un periódico de hace un siglo puede estar lleno de noticias frescas. Leyendo la edición del New York Times del 29 de abril de 1895, por ejemplo, se entera uno de que la noche anterior, en el Hardman Hall, los cubanos de New York se habían reunido a homenajear a Carlos Manuel de Céspedes, el hijo del Padre de la Patria, que acababa de llegar de Francia y anunciaba su próxima partida a los campos de Cuba.


Céspedes había recibido en el puerto de New York una semana antes por una muchedumbre de quinientos cubanos. Venía, contaba el Times el 22 de abril, a recaudar dinero para la causa, a desmentir el rumor español de que la guerra era "una rebelión de negros y bandidos", y a sumarse a las tropas mambisas. Pero la noche del 28 fue el recibimiento oficial de los cubanos exiliados a aquel hombre destinado casi cuarenta años más tarde a ser presidente de Cuba por tres semanas para ser depuesto por Batista. Traduzco algunos fragmentos del artículo del Times:



Vítores para el joven Céspedes 
Declara estar dispuesto a dar la vida por su patria 
Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, el hijo del revolucionario cubano y presidente de la república, fue recibido anoche en el Hardman Hall por los miembros de la colonia cubana que apoyan la insurrección contra España.
Fueron tantos los asistentes a la recepción que más de cien se quedaron sin asiento. Prácticamente todos, incluso muchas mujeres hermosas y jovencitas entusiastas, estaban adornadas con la bandera cubana, que tiene una estrella blanca en un triángulo escarlata sobre un campo de franjas blancas y azules. La cuarta parte de los asistentes eran personas de color, algunas de las cuales, pese al manifiesto revolucionario que declara la igualdad, siguieron la práctica discriminatoria y fueron a la galería del teatro, aunque algunos menos delicados fueron bien recibidos por los patriotas blancos de ambos sexos. 
[...]
Antes de que el Sr. Céspedes pronunciara su primera docena de palabras, se hizo evidente no solo que tiene una voz excelente, sino que posee una habilidad oratoria extraordinaria. [...] "En el combate", añadió, "intentaré ser el digno hijo de San Lorenzo".

Final del artículo del New York Times
del 29 de abril de 1895
Lo primero que llama la atención en el artículo son los desvelos sureños del cronista del Times. ¿Sabría que Céspedes, el padre, había dado la libertad a sus esclavos cuatro años después de que Lincoln terminara la infamia del Sur? 
El artículo menciona los principales asistentes: Juan Fraga, Enrique Trujillo, Emilio Agramonte, Estrada Palma (al que el Times llama "Palma Estrada"); menciona el discurso de Fraga y resume y cita el de Gonzalo de Quesada. El último párrafo es muy breve. Dice simplemente: "Después de que el Sr. Quesada leyera la proclama revolucionaria de Máximo Gómez y José Martí, la Srta. María Mantilla tocó el himno 'La Bayamesa' y concluyó la reunión."

Pensé enseguida que Martí hubiese sido feliz leyendo esa oración del New York Times, pero Martí tenía pactada su cita con el destino tres semanas exactas después de aquella noche, y el correo entre New York y Dos Ríos era entonces tan lento como ahora. Habría leído feliz su nombre y el de María Mantilla en la misma oración. Habría sabido que seguía tocando el piano, y que seguía yendo al Hardman Hall a apoyar la causa con sus manos breves.

Me pregunté también con qué ojos habrá mirado Carlos Manuel de Céspedes, el hijo, a aquella muchacha que era de algún modo la hija de quien ahora ocupaba el lugar del Padre de la Patria. 

María Mantilla aparece mencionada otras dos o tres veces en las crónicas del Times de la época sobre los actos en apoyo de la independencia de Cuba. La última mención significativa es del 21 de mayo de 1903.  En el primer aniversario de la proclamación de la República, el pueblito de Central Valley, donde Estrada Palma vivió y tuvo se escuela, declaró el 20 de mayo como el "Día de Palma". Pusieron banderas americanas y cubanas en todos los postes y en la noche unos 500 cubanos se reunieron en el Century Lyceum a celebrar la independencia. Cuenta el Times que, además de los discursos, esa noche recitó un poema Francisco Sellén, y que la Srta. María Mantilla cantó una canción. Por alguna razón, la historia cubana prefiere recordarla solamente como la niña que recibía las picadas de las abejas y las cartas de Martí. (O hacerla el centro de la manida pregunta sobre de dónde procedían la mitad de sus genes.) Habría que decir alguna vez que la conmovió también la causa que desvelaba al autor de aquellas cartas, el dueño de aquellos genes.




Tuesday, December 31, 2013

Las noches de Joseph Hergesheimer en La Habana

"...there was never another city that took
advantage of the night like Havana."
Joseph Hergesheimer, 1920



Foto tomada del sitio web Havana Collectibles
http://www.havanacollectibles.com/

Hace dos meses, gracias a la oportuna "conjunción de un espejo y una enciclopedia", hallé el libro San Cristóbal de La Habana (Knopf, 1920), de Joseph Hergesheimer (JH a partir de ahora). Libro y autor me eran igualmente desconocidos hasta ese momento. Comencé a leer ese texto asistido por una curiosidad huérfana de esperanza. Ahora me parece el mejor libro que leí este año. 

He hallado que casi todos los comentaristas, al referirse a JH, apuntan la ironía de que, habiendo sido elegido por sus colegas como el escritor más importante de Estados Unidos en la encuesta de la Literary Digest de 1920, veinte años después su vasta obra había sido reducida al olvido. 


Habría que agregar a eso que
su libro sobre La Habana, publicado en el mismo año de esa encuesta, es prácticamente desconocido en Cuba. Ambos datos parecen acusarlo. Pero ambos podrían ser el resultado de una injusticia. La ignorancia cubana de San Cristóbal de La Habana, en particular, bastaría para demostrar la pereza de nuestra crítica. Fuera de la obra de Cabrera Infante —quien apreciaba la obra de JH— sería difícil hallar una elegía a La Habana que exhiba la agudeza y el esplendor del libro de Hergesheimer.

Su visita a La Habana y la memoria de ese viaje eran signos de los tiempos. Un año antes, en un largo artículo de The New York Times titulado "Cuba, refugio de los frívolos y sedientos"(1), se explicaba cada vez que un nuevo estado ratificaba la Enmienda 18 (la "Ley Seca"), más y más norteamericanos tomaban rumbo a Cuba para bailar la rumba y tomar Bacardí sin exponerse a problemas con la justicia. Los adelantados de siempre planeaban ya la construcción de cadenas de hoteles, casinos de ensueños y paraísos tropicales para turistas gringos a lo largo de la larga isla, nos cuenta el Times


El libro está salpicado de "notas turísticas". JH describe en detalle su habitación del Hotel Inglaterra (que le pareció la mejor que había visto en su vida), las peleas de gallo, el jai alai, los bailes de danzones del Teatro Nacional... Casi una década antes del arribo de Ernest Hemingway a La Habana, JH comenta los méritos del daiquirí y proclama que el del Hotel Telégrafo es el mejor que probó en su visita.


Y sin embargo, La Habana que describe JH no es un mero destino turístico. Al inicio de su relato, cuando divisa la Isla en el horizonte, afirma: "tuve la premonición de que lo que veía entonces tendría una peculiar importancia para mí". Es un preámbulo preocupante. Otros escritores norteamericanos se enamoraron de La Habana sin salvarse del cliché. 
El Edgar Lee Masters de Children of the Markeplace hace un retrato de cartón tabla de las ciudad que lo demerita como amanuense. Incluso Hemingway, en To Have and To Have Not y en Islands in the Stream sólo ve tragos helados, putas de buen corazón, borrachos pedantes y mendigos que duermen en los portales. Sin embargo, Hergesheimer descubre una ciudad que no se reduce a su exotismo tropical. Y lo dice con la prosa más lúcida y más elegante que quizás se haya usado jamás para describir a La Habana.

En su libro hay una progresiva identificación, casi reverencial, con La Habana. Comienza con las cosas más sencillas: explica cómo se "reconcilió" con el café tras degustar en su primer desayuno un café con leche habanero bendecido con una pizca de sal y acompañado de pan con mantequilla. En busca de novelas escritas en español, descubrirá la calle Obispo. Dice: "Había recorrido antes otras calles angostas, pero no había visto ninguna que tuviese la intensidad dramática de Obispo". 

No lo impresionan las iglesias ni los conventos, detesta la guayabera "con sus inútiles pliegues y bolsillos", el danzón le despierta todos sus prejuicios racistas, pero esos desencantos son excepciones. 
En cambio, las casas y los patios habaneros, el desenfado y la belleza de las mujeres, la sobriedad de los hombres, la naturalidad de las costumbres —que contrapone a la rigidez protestante del Norte—, son detalles que lo van seduciendo. Describe el ridículo que hacen algunos turistas americanos borrachos, pero afirma que los cubanos beben con mesura. 

Incluso en algunas de sus recriminaciones parece celebrar la pujanza de La Habana. Lamenta, por ejemplo, que el Prado esté atascado de automóviles y que la orquesta que da las retretas del Parque Central, que antaño tocaba a Rossini, ahora prefiera comenzar el concierto con un fragmento del Parsifal de Wagner. Cuenta que tuvo que pedirle al empleado del hotel que le dijera dónde ver "un espectáculo vulgar como, por ejemplo, un concierto de habaneras", pues el buen señor solo le hablaba de la temporada de la ópera y la próxima visita de Caruso.  


El hecho mismo de que titule su libro en español es un indicio de su fascinación. Pero también lo es su evidente conocimiento de la historia de Cuba, y la minuciosidad —no exenta de racismo— con que habla del ñañiguismo. En su libro probablemente 
aparecen más palabras de lenguas africanas que en castellano. (Curiosamente, llama a los naturales de la Isla cubeños, una manera de nombrar a nuestra tribu que jamás he encontrado en otra parte.)

Y hay más. La Habana hace a Hergesheimer cuestionarse su obra literaria, el futuro de la novela, la validez del matrimonio... JS ha llegado a la ciudad en busca de sí mismo, y l
lega así a dudar de su pertenencia al sitio que le tocó en suerte: "Muchos hombres viven como extranjeros en las casas construidas por las tradiciones de su sangre", dice, quizás mirando el Prado desde su balcón del Inglaterra. 

En las postrimerías del libro imagina un alter ego cubano —Rogelio Mola— con el que va a visitar un prostíbulo habanero. Irónicamente, Rogelio Mola es un cubano anexionista. De modo que Hergesheimer sueña ser un cubano que sueña ser gringo. Su cubanización es al final inconsecuente. Quizás la visita inocua al prostíbulo, donde él y Rogelio Mola se limitan a observar sin degustar los placeres que se ofrecen, podría ser una metáfora de su cubanidad arrobada pero tímida. Él mismo apuntará al final del libro que vivirá siempre fascinado por La Habana... pero en su casa de West Chester, en Pennsylvania.

Durante la visita al prostíbulo sueña con redimir a una de las muchachas que vende allí la piel, pero luego reconoce que carece de esa convicción de superioridad moral que es imprescindible para meterse a salvador. Quizás sea esa misma modestia la que le permite mirar La Habana sin la condescendencia habitual entre sus compatriotas.

Hay observaciones en su libro que harían estremecer a cualquier habanero actual. Dice JH, por ejemplo, que el encanto de La Habana radica en que es una ciudad que no se siente abrumada por la historia. Y luego agrega que La Habana es una de esas pocas ciudades donde la existencia es algo más que el castigo que se impone al hombre por el delito de haber nacido. Y finalmente afirma: "La Habana era por el momento, y en un sentido muy profundo, la capital del mundo". Probablemente exagera, pero es difícil leer esas líneas y no sentir la desolación de saber que La Habana no volverá a inspirar palabras como esas.


El viaje a La Habana inspiraría a JH también una novela, The Bright Shawl, publicada en 1922 y llevada al cine en 1923. Es quizás la primera película estadounidense de temática cubana. La película silente fue parcialmente rodada en La Habana, con Edward G. Robinson haciendo el papel de Domingo Escobar, un cubano rico dueño de un palacete de El Prado y con la preocupación de tener dos hijos independentistas. Probablemente el libro de viaje haya sido un subproducto de una peregrinación a La Habana emprendida para escribir esa novela sobre la Guerra de los Diez Años. Pero al final San Cristóbal de La Habana resulta un texto muy superior a The Bright Shawl.

El crítico James Branch Cabell (2) afirmó en 1921 que cualquiera que leyera San Cristóbal de La Habana y luego visitara la ciudad como turista quedaría irremediablemente decepcionado, pues la prosa de Hergesheimer era muy superior a aquella "inofensiva ciudad tropical". La historia lo desmentiría doblemente: La Habana fue uno de los principales destinos turísticos del mundo en las cuatro décadas que siguieron a la publicación del libro; y en esos cuarenta años la obra de Hergesheimer fue olvidada. O quizás fue que su profecía era a largo plazo y al final se cumplió: quien lea hoy el libro de Hergesheimer y visite luego la ciudad pensará que Branch Cabell hizo su profesía imaginando La Habana del siglo XXI.


El libro de Hergesheimer está lleno de observaciones minuciosas, reminiscencias y disquisiciones que recuerdan al Gide de La puerta estrecha, a Isaak Dinesen, a Proust. Su prosa no sería indigna de ellos. Y sin embargo, una nueva generación, capitaneada por Hemingway y Scott Fitzgerald, condenaría al olvido Hergesheimer. De la misma manera nuestra pereza cubana condenó al olvido su libro, el más bello que se haya escrito sobre La Habana. O será quizás que nos espanta la idea de leer su elegía a la belleza arrasadora de esa ciudad que luego destruimos con el mismo entusiasmo con que las legiones del Publio Cornelio Escipión araron sobre las ruinas de Cartago.  

Notas:
He traducido todas las citas de la obra que uso en este post a partir de la primera edición de San Cristóbal de La HabanaKnopf, New York, 1920. La versión electrónica del libro se puede descargar gratuitamente en Amazon
(1) "Cuba, Refuge of the Frivolous and Thirsty". The New York Times, 31 de agosto de 1919
(2) Joseph Hergesheimer: An Essay in Interpretation, James Branch Cabell, página 23. The Bookfellows, Chicago, 1921.

Saturday, November 23, 2013

La Habana en 1900: Álbum de recuerdos

Pocos períodos de la historia de Cuba son tan indescifrables —y tan incómodos de recordar— como los años de la primera intervención americana. Igualmente enigmático y azaroso fue vivirlos. Fueron años de temerosa esperanza, de júbilo postergado, imposible de saborear. Los cuatro siglos de dominación española habían finalmente terminado, Máximo Gómez vivía en La Habana, los interventores combatían la fiebre amarilla y construían —a ritmo febril— carreteras y escuelas, desagües y sistemas de transporte y alumbrado público. Pero la mayor parte de las personas razonables temían no sin razón que aquellos industriosos visitantes no se fueran jamás de una isla que aspiraba al aislamiento de la independencia. 

Rastreando documentos de esa época he hallado este álbum de fotos de Cuba intervenida, propiamente llamado Souvenir of Havana/Recuerdo de La Habana; propiamente publicado por la Cuban American Publishing Company de la calle O'Reilly. Una de las fotos muestra el Palacio de los Capitanes Generales, llamado entonces Palacio General, coronado por la bandera estadounidense. El álbum parece un retrato breve de nuestros temores y esperanzas de ese año de 1900. Aquí lo tienen:



Thursday, November 14, 2013

Japonerías del Dr. Rubiera y el general Machado

El Dr. José Rubiera acaba de propinar a Japón e Inglaterra lo que en la jerga revolucionaria cubana se llamaría "un Girón meteorológico". Cuenta Juventud Rebelde que, según Rubiera, el "Centro Nacional de Pronósticos del Instituto de Meteorología logra desde hace varios años un promedio de efectividad superior al 92 por ciento y sobrepasa el resultado de países insulares desarrollados como Inglaterra y Japón". 

Uno lee la noticia y le dan ganas de salir directamente hacia la nevera y abrir la botella de champán que tiene guardada para una visita imprevista. "Si nos diera por fabricar automóviles", piensa uno, "nuestros autos serían más populares que el Toyota y más elegantes que el Rolls-Royce". Sin dudas, el orgullo es doble cuando se piensa en el pasado imperialista y colonial de las dos potencias insulares a las que acabamos de derrotar en meteorología. 


Y para que no queden dudas de la relación entre esa pericia pronosticadora y la superioridad del socilaismo, el Dr. Rubiera agrega: "Esa efectividad que acumulamos en nuestra institución —rango de nivel mundial— constituye otro éxito de la obra revolucionaria cubana". En ese momento, de veras cuesta trabajo aguantarse las ganas de abrir la botella de champán.


Y de pronto a uno se le ocurre la idea de que no es la primera vez que oye esa comparación entre la siempre fiel Isla de Cuba, por un lado, y la pérfida Albión y el Imperio del Sol Naciente por el otro. No, señor, no es esta la primera vez que les ganamos a los tommies y a los nipones. Uno se queda pensando en el asunto y finalmente recuerda dónde oyó el cuento por primera vez...

En la noche del 23 de junio de 1926 —el año del ciclón, mi querido Dr. Rubiera—, en el Hotel Venus de Santiago de Cuba, la Cámara de Comercio de esa ciudad ofreció un banquete al presidente Gerardo Machado, por ese entonces en la cima de su popularidad, más amo que asno, y más gloria que garras. Para beneficio de los señores empresarios, Machado dio un discurso en el que ponderó la superioridad de la gran potencia cubana en comparación con Britannia y Cipango. Dijo Machado:
No debemos olvidar que la mayor riqueza de Cuba no existe en su suelo fértil; ni en su subsuelo variado en producciones minerales: su riqueza mayor está en su posición geográfica. Un gran economista de renombre mundial, Mr. Paul Leroy Beaulieu, lo dijo hace ya muchos años cuando la apertura del Canal de Panamá era una interrogación para muchos y una utopía para otros: "Tres países —son las palabras del eminente profesor— tienen en el mundo una posición de privilegio: Inglaterra, Cuba y Japón". No se necesitan grandes estudios para darse cuenta de que de esos tres países es Cuba el más favorecido. Basta extender sobre una mesa un mapa-mundi: ocupamos nosotros la encrucijada de las rutas comerciales; les damos las manos por las costas del Pacífico a las dos Américas ricas e inmensas y a la China y el Japón por el Canal de Panamá, y nos atravesamos en el camino de las naves que deben llevar a muchos de esos territorios las variadas producciones de Europa. (1)
Machado dio a aquel discurso un título que usarían después algunos de sus sucesores en el cargo: "Aseguremos por la independencia económica la independencia política". No se le ocurrió al General entonces que nos atravesábamos también en el camino de todos los ciclones. Por suerte, ahí tenemos al Dr. Rubiera para vigilarlos.

(1) Por la patria libre. Discursos pronunciados por el General Gerardo Machado y Morales, Presidente de la República de Cuba, durante una excursión a las provincias de Oriente y Camagüey del 21 al 26 de junio de 1926. Imprenta de F. Verdugo. La Habana. 1926. Páginas 10 y 11

Monday, September 30, 2013

De cómo Shostakovich perdió la nariz

El miércoles, con dos entradas regaladas por uno de esos amigos que hay que tener en la vida, fuimos al Metropolitan Opera House a ver La nariz, la ópera de Shostakovich. 

El libreto está basado en el cuento de Gogol del mismo título. Cuento y ópera se desarrollan en la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, en esta puesta en escena, a cargo del dibujante y cineasta sudafricano William Kentridge, la historia está ambientada en los años del estalinismo duro, cuando la ópera fue compuesta, escenificada y momificada por las autoridades culturales de la Unión Soviética.

Shostakovich terminó La nariz en 1928, cuando tenía 22 años y ya era famoso en la URSS y en Occidente gracias a su 1ra Sinfonía, que compuso con diecinueve años de edad. El relato —y la ópera, que es una adaptación fiel— es una sátira absurda en la que un señor respetable pierde la nariz y esta, independizada de su dueño, cobra personalidad propia.

La música es una mezcla frecuentemente atonal de folklore ruso con descargas de percusión y metales cercanos al jazz. Los comentaristas aseguran que Shostakovich la escribió influido por la ópera Wozzek de Alban Berg. En fin, no sería arriesgado afirmar que nadie ha salido jamás de una función de La nariz tarareando una de sus arias.

La nariz se estrenó en Leningrado en 1930. Era la época en que la Asociación de Músicos Proletarios de Rusia había decidido "adaptar" las óperas clásicas para darles "contenido revolucionario". Cuenta Galina Vishnevskaya en su incomparable autobiografía Galina: A Russian Story, que Los hugonotes de Meyerbeer se convirtieron entonces en Los decembristas, y que Tosca pasó a ser una ópera comunista titulada La lucha por la comuna. En la nueva versión de la obra de Puccini, Tosca se iba a las barricadas enarbolando una inmensa bandera roja. 

El absurdo burlón de La nariz parecería inaceptable en medio de esa orgía de idiotez bolchevique. La ingeniosa idea de Shostakovich fue usar un cuento de Gogol, escrito noventa años antes, para evadir la censura. Si el relato de Gogol se hubiese publicado en 1926 en lugar de 1836, todo el mundo hubiese dicho que era un cuento surrealista o "kafkiano", y habría sido condenado por las autoridades soviéticas. Claro que Shostakovich no hubiese podido usar "La metamorfosis" u otro relato contemporáneo similar para su ópera. Pero eligió un cuento prudentemente ruso y decimonónico que expresaba el mismo absurdo y la misma irracionalidad que quisieron mostrar los surrealistas y los acólitos de Dada —y el propio Shostakovich.

Su estrategia no fue completamente exitosa. La obra se estrenó, tuvo dieciséis presentaciones... y jamás se volvió a poner en la Unión Soviética hasta 1974. Shostakovich, que se hacía el tonto ante las insinuaciones de la censura, repetiría la táctica cuatro años después con su Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, basada en una novela rusa del siglo XIX. En un artículo anónimo de Pravda, que se supone fue escrito por el mismo Stalin, la ópera fue condenada como "chabacana, primitiva y vulgar". La vida no le alcanzaría a Shostakovich para recuperarse de ese golpe. Todavía en el último tomo de sus memorias, dictado en 1971 (Khrushchev Remembers: The Last Testament, un libraco de 582 páginas que ahora se puede comprar en Amazon por $1.11), Nikita Khrushchev se lamentaba, hablando de Shostakovich: "Nunca pudimos entender por qué él tenía que hablar en favor del jazz".

La puesta de William Kentridge completa, quizás por primera vez, la idea original de Shostakovich. Kentridge acompaña la partitura atonal de Shostakovich y la historia absurda de Gogol con un collage babilónico de la vida —¿la muerte?— rusa de los años veinte. Ahí está el mismo Shostakovich tocando el piano con una nariz superpuesta en su cabeza, ahí vemos a Anna Pavlova bailando con cabeza de nariz, ahí nos asalta una cascada de tipografía soviética, imágenes de Lenin, banderas rojas, Stalin que aparece y desaparece, dejando solo su pipa humeante para recordarnos su recuerdo tristemente imborrable en la historia rusa... Hasta los reflectores que proyectan rectángulos de luz blanca recuerdan a Malevich. Todo lo que Shostakochky quizás soñó y no pudo incorporar a su ópera está ahí ahora, gracias al genio de William Kentridge. El efecto es tan abrumador como amanecer un día y constatar que a uno le falta la nariz, o como visitar la Rusia trágica e irrepetible de los años veinte.

Cuando le escribí a mi amigo para agradecerle el regalo, le dije que —si las tenía— por nada del mundo le fuera a regalar a nadie otras dos entradas para esa ópera; que él tenía que verla. Uno va a la ópera por el alivio de constatar que la perfección es alcanzable. Pero, con esta obra Shostakovich nos recuerda que también es alcanzable el infierno perfecto: basta con levantarse un día y constatar que hemos perdido la nariz. Y nadie se debería ahorrar esa advertencia.

[Aquí pueden ver el anuncio de la puesta:]