Friday, June 5, 2009

Tiananmen: veinte años después

Hoy hace 20 años de la matanza de Tiananmen. Unas 3,000 personas, la mayoría de ellas jóvenes universitarios, fueron asesinadas ese día en Pekín. Otros miles fueron encarcelados, torturados y desterrados por su participación en las protestas de la primavera de 1989. Pero en realidad, nadie sabe nada a ciencia cierta qué pasó. El gobierno chino, que planificó y ejecutó la carnicería, decidió hace mucho tiempo que la manera más conveniente de asumir su responsabilidad era ignorarla. Esta semana la famosa plaza ha estado acordonada por la policía. El gobierno ha bloqueado los sitios y servicio de Internet que pudieran ser utilizados para organizar cualquier conmemoración del suceso. Como la matanza de los obreros bananeros que nos relata García Márquez en Cien años de soledad, los responsables están convencidos que su crimen puede borrarse de la memoria colectiva si nadie habla de él. Suficiente razón para recordar los sucesos.

 Eso no es lo más triste del asunto. Aquellos jóvenes salieron a protestar porque sospechaban que el comunismo era un esperpento ideológico que jamás funcionaría ni llevaría al país a ninguna parte. Y los dirigentes comunistas que enviaron los tanques para asesinarlos pensaban exactamente lo mismo. Había sin embargo dos diferencias entre ambos grupos. Los estudiantes pensaban que China debería ser una sociedad abierta, moderna y plural, mientras que los dirigentes comunistas habían decidido que la mejor opción era continuar implantado un régimen fascista. La otra diferencia entre ellos era que unos tenían tanques y los otros un coraje espléndido pero inerme.

 Fue así que China siguió su camino al fascismo, es decir, hacia una economía de mercado controlada por un gobierno dictatorial, represivo, unipartidista y con tendencias chovinistas. A los chinos no les ha ido mal con el fascismo, sobre todo si se lo compara con los resultados del período comunista. El fascismo chino, aunque autoritario y en ocasiones sanguinario, carece de la obsesión genocida de Mao y sus seguidores. Y el desarrollo económico de las últimas décadas ha sido espectacular.

 La historia china de los últimos treinta años es la mejor prueba del fracaso práctico e intelectual del comunismo. Mientras que en Europa del Este los regímenes del “socialismo real” se derrumbaron de la noche a la mañana, en China los jerarcas comunistas, dándose cuenta del disparate estructural del sistema, decidieron desmontarlo sin abandonar por ello el cómodo asiento del poder. La caída del Muro de Berlín es el símbolo del fin del comunismo, pero la prueba última de su inviabilidad radica en China.

 En un interesante artículo del Wall Street Journal hace varios años, Michael A. Ledeen señalaba que China se estaba convirtiendo en algo nunca antes experimentado: un régimen fascista longevo. Y se preguntaba si ese régimen sería viable a largo plazo. Esa interrogante aparece una y otra vez en la prensa, la academia y los círculos del poder. No se trata de un mero ejercicio intelectual o profético. Hace hoy veinte años, tres mil personas murieron tratando de responderla.

Thursday, June 4, 2009

Es una cosa tan fea...

Hay entusiasmos contra los que nada puede la realidad. La suspensión del decreto de expulsión de gobierno cubano de la OEA me recordó aquel diálogo de los hermanos Marx:

—¿Sabes que en la casa de al lado hay un millón de dólares?

—Pero si no hay ninguna casa al lado.

—Bueno, entonces vamos a construirla.

Los presidentes o representantes de treinta y tantos países se pasaron trece horas debatiendo para finalmente devolverle al gobierno de Cuba un derecho que éste no desea usar. El gobierno cubano en los últimos meses ha reiterado sus acusaciones y quejas de siempre: que consideraba a la OEA una organización infame, un “ministerio de colonias yanquis”, que sus miembros han sido “lacayos del imperialismo” y todo lo demás. Dijeron y repitieron hasta el cansancio que no quieren nada de nada con la OEA. Se burlaron de ella, la ofendieron; aseguraron que jamás formarían parte de tal ridiculez. Recordaron que eran “inflexibles”. Pero todo fue inútil. Totalmente inútil. Los de la OEA de todas maneras revocaron su decisión anterior e invitaron al gobierno cubano a regresar a su seno. Un seno del que los invitados caribeños no quieren mamar. 

El debate sobre el derecho de Cuba a ser miembro de la OEA fue, como dijera Borges de la Guerra de las Malvinas, “la memorable lucha de dos calvos por un peine”. Pero eran casi cuarenta calvos en esta ocasión.

Ante tanta amabilidad idiota, creo que es el momento de que el gobierno de Cuba imponga sus condiciones para regresar a la organización. No sé, podría exigirles a los países miembros que intenten producir 10 millones de toneladas de azúcar en un año (y que fracasen estrepitosamente en el intento), que tenan una universidad en cada cuadra y dos médicos en cada casa (pero que al mismo tiempo erradiquen la existencia y el uso de la aspirina y el pensamiento autónomo), que pongan en la puerta de la sede en Washington un cartel que diga “El futuro pertenece por entero al socialismo”, que se prohíba el acceso a Internet y TV por cable en todo el continente, que la estatua de bronce de Ubre Blanca a partir de ahora presida las reuniones o que los presidentes asistan a las cumbres con camisetas del Che Guevara. ¿Por qué no? 

Sí, al final resultó premonitorio el estribillo aquel que decía: “Cómo no me voy a reír de la OEA…” Y creo que el gobierno cubano debe estarse muriendo de la risa ante la imbecilidad masoquista de sus vecinos continentales. No es para menos...