Saturday, April 4, 2009

Kessler en la frontera

El otro día, a la hora del almuerzo, fui a Chinatown. Hace cinco años, cuando comenzaron a romperse las bisagras de los gabinetes de la cocina (nuestra casa es del año 39, como Lo que el viento se llevó, y a veces parece estar a punto de ser llevada por el ídem), descubrí que eran de un modelo bastante raro, que sólo unas pocas tiendas en New York tienen. Las encontré finalmente en Kessler's Hardware, una ferretería de la calle Grand, en la frontera entre Chinatown y Little Italy, pero cuyos propietarios son judíos jasídicos.

Después de un quinquenio (por suerte, no gris), regresé al lugar. Está entre Bowery y Elizabeth. Grand va, más o menos, de norte a sur. En esa zona de Grand, sobre todo entre Mott y Mulberry, si te paras en la acera este estás en territorio chino: los negocios, los letreros, las comidas, los productos, los McDonald’s, los olores y el aire son chinos. La gente también. Entras en mercados donde entre aletas de tiburón saladas, pulpos secos y camarones deshidratados puedes hallar cientos de productos “exóticos” para el bárbaro paladar de un animal del Caribe como este amanuense. Los dueños generalmente hablan inglés con marcado acento, y los empleados apenas conocen los números en la lengua de Gillermito para negociar los precios con cada cliente.




Sin embargo, cruzas la calle y estás Italia: los letreros, la comida, los olores y los colores, son italianos. Si en la acera china te abruman el rojo y el dorado, aquí cantan sus arias el verde, el rojo y el blanco. Los meseros tienen delantales inmaculados y sirven un café espresso caro y sabroso, y los dueños del negocio tienen pinta de haberle pagado la carrera de leyes al hijo mayor. Te los imaginas viviendo en una casa de los suburbios, con leones de piedra dormidos

en la entrada, lejos de este hormiguero de inmigrantes que, en el lado italiano, cada vez más parece una reliquia para turistas, limpia y oh, so cute, pero muerta: la antípoda perfecta de la acera china.

Y en medio de esa "acera china", se encuentra la Kessler's Hardware. Cuando entras, hay un espacio de cuatro metros de largo por dos de ancho por donde caminar: el resto está repleto (hasta el techo) de los más diversos objetos en la más enloquecida desorganización. El polvo, los periódicos y los papeles perdidos de los últimos 20 años parecen cubrirlo todo. El señor que te atiende es un gordo babilónico, con pantalón negro, camisa blanca (es un decir) y la kipá negra de los judíos observantes. El cinturón le pasa por encima de la camisa, pues el pantalón no tiene trabillas. La camisa, que hace años fue alba, está cubierta por una mugre multisecular y en la parte que cubre la panza paquidérmica tiene innumerables manchas que son el recuerdo de cientos de platos de sopa mal llevada a la boca.

Una vez penetrado el misterio de la ferretería, aquel señor y yo repetimos, palabra por palabra, como si fuera un rito judeo-cristiano, la escena que habíamos escenificado cinco años atrás. Pregunté si tenían las bisagras, me dijo que sí. Pregunté el precio, él me dijo que dependía de cuántas iba a comprar. Le dije que diez, y él desapareció como si hubiese sido llevado de vuelta al cautiverio de Babilonia. Yo miraba a mi alrededor seguro otra vez de que había sido una conversación inútil: nadie podría encontrar nada en aquella arca de Noé que el diluvio universal del aburrimiento parecía haber dejado al garete siglos atrás.

Un minuto después regresó con las bisagras que necesitaba y me cobró exactamente el mismo precio que hace cinco años: $50 por las diez que le había pedido. Volví a salir a la luz del mediodía con la sensación de estar en un crisol de encantamientos cabalísiticos donde las nociones de tiempo y espacio no cumplían la misma función que en el resto del mundo.

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