Friday, May 22, 2009

Un cheesecake de La Carreta

Como quien cumple un rito incomprensible, cada vez que voy a Miami como en La Carreta. Mi más reciente visita a esa apoteosis de la cubanidad culinaria fue sumamente provechosa. MD y yo dejamos a los niños al cuidado de sus abuelos en Little Havana y nos fuimos, por toda la Calle Ocho, a la casa del alibi, quiero decir, a la casa de la vaca frita y los tamales. Mientras negociábamos la espera de la comida asistidos por unas cervezas Hatuey heladas, entró una mujer de treinta y tantos años. Tenía la prestancia de una cortesana de Rubens y unas nalgas continentales, apenas envueltas en un short de reveladora lycra blanca sobre un "hilo dental" rosado que se perdía entre los dos macizos montañosos de su carne generosa. De un lado a otro de ese portentoso derrière se veía un letrero, del mismo color Barbie pink de su tanga, que proclamaba al mundo su estirpe real: Princess. La satisfacción que inundaba la cara de la dueña de aquel improbable trasero delataba miles de piropos recibidos. Lo que en otra latitud u otra esquina de la ciudad hubiese sido considerado un nalgatorio obeso, excesivo y ridículamente [des]cubierto, en La Carreta era un sensual despliegue de belleza.

MD, que no había podido admirar desde su asiento el milagro que yo acababa de presenciar, no lograba entender mi estremecimiento. Le dije que no podíamos abandonar el lugar hasta que nuestra versión miamense y cuarentona de JLo no volviera a pasar por nuestra mesa (me pareció que se dirigía al Ladies room). Le pedí a MD que desde su punto de vista privilegiado, le tomara una foto con mi teléfono celular al ecuménico nalgatorio cuando su dueña regresara. La espera no fue larga. La mujer volvió, seguida de su culazo, pero en el momento clave mi cámara se quedó sin batería. No me he podido reponer de ese golpe.

Los adorables sobresaltos de nuestro almuerzo no habían terminado. En La Carreta uno puede observar el cumplimiento cabal del dictum de Álvarez Guedes: “Oye, mi hermano, con los cubano’ se jodió el meltin pó”. La mayoría de los camareros del restaurante son recién llegados de Cuba —o lo parecen—, y te hacen sentir en casa: te tratan como si estuvieras en Cuba. El servicio es lento, amigable y desatento a la vez (“confianzudo”, diría mi madre), y sin ninguno de los rasgos que caracterizan la relación empleado-cliente en las provincias más prósperas del occidente cristiano. Sin necesidad de hacer preguntas, te cuentan sus problemas laborales y personales al primer intento de establecer comunicación con ellos, y tienen una proverbial inclinación a regañar a los comensales por cualquier motivo. Fui testigo de ello. Confieso que quedé paralizado de miedo ante la furia camareril.

 Resulta que MD tuvo la desgracia de hacer una pregunta sobre el menú. Recibió una filípica por respuesta. El caso es que su sobrino le había pedido que le llevara un pastelito de queso de La Carreta. Como en el menú decía "pastel de queso", en lugar de utilizar el diminutivo habitual, MD se vio asaltada por una duda bicultural: "¿Se referían a los pastelitos cubanos de queso o al "pastel de queso" (cheesecake) norteamericano?" preguntó muy campante. La camarera la puso a parir: "¿Tú no sabes lo que es un pastel de queso, mi'jita?" MD se deshizo en explicaciones que la Dama de Hierro no quiso escuchar. Finalmente, concluido su regaño homérico, nuestra Thatcher de la Sagüesera le dio la respuesta: Sí, se trataba de los pastelitos de queso cubano. Compramos cuatro, pagamos —dejando la propina por temor más que por gratitud o generosidad— y salimos disimuladamente, compungidos y rezando por que la camarera no nos viera subir a nuestro carro con placas de New York.

1 comment:

  1. niñooooos, pero q falta de calletano, por eso yo me refugio en los huecos gastronomicos peruvianos, aunque extrane la sopaeplatanos y el tamal el casuela,

    solavaya!!!!!!!

    inge

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