Friday, February 10, 2012

Flujo de conciencia: la hora del almuerzo

Anna Akhmatova
El viernes pasado, a la hora del almuerzo, decidí ir a Strand a buscar la biografía y la autobiografía de Edgar Lee Masters. Strand es la librería de viejo más grande y conocida de New York. 

Resulta que los de Strand, donde hay dos millones y medio de libros, no tenían ni la autobiografía de Edgar Lee Masters (Across Spoon River) ni la biografía (Edgar Lee Masters: A Biography) escrita por Herbert K. Russell (habrá posts sobre cada uno de esos libros, si Dios nos da vida).


Pero uno no pierde un viaje a Strand a la hora del almuerzo, de modo que me fui a merodear por la sección de poesía y me hallé las obras completas de Anna Akhmatova en inglés (The Complete Poems of Anna Akhmatova: Expanded Edition) y una selección de poemas de Osip Mandelstam, también en inglés (Osip Mandelstam: 50 Poems
) que redimieron sobradamente esa hora, el viaje y los $4:50 del subway (ida y vuelta desde Midtown hasta Washington Square).

En el camino de regreso leí un par de páginas del agudo (pero árido) ensayo de Joseph Brodsky que sirve de introducción a los poemas de 
Maldestam, y luego hojeé en el subway el libro de Akhmatova. Además de contener ese esplendor que es la obra entera de Akhmatova, la marginalia del libro también depara agradables sorpresas. 


Entre los textos introductorios (son varios), está un relato de Isaiah Berlin sobre su primer encuentro con la poetisa. Baste decir que Berlin, de regreso en Leningrado en 1945 tras 26 años de ausencia, conoce por causalidad en una librería a un crítico que lo lleva al apartamento de Akhmatova. El cuarto es espartano, excepto por un dibujo de la poetisa ejecutado por Modigliani, que cuelga de la chimenea. Berlin dice que Akhmatova tiene la gestualidad de una zarina. Le recita a Byron en un inglés siberiano que Berlin no logra descifrar. En medio de la conversación se escuchan unos gritos. Es Randolph Churchill, borracho, que llama a Berlin: hace veinte años que no se ven, pero Churchill acaba de enterarse que Berlin está en la ciudad y ha ido a buscarlo porque necesita urgentemente un intérprete que lo ayude a recuperar un kilo de caviar. Berlin baja a la calle —tras deshacerse en disculpas con Akhmatova— y le presenta el hijo de Churchill al crítico soviético. Este último, convencido (con razón) de que siendo un Churchill debe estar permanentemente vigilado por el KGB, huye del lugar corriendo. En fin... cómprese el lector el libro en Amazon...
Marina Tsvetaeva
Hay otros dos detalles interesantes. En la sección de fotos, mi libro había sido canibalizado. Alguien recortó las dos fotos de la poetisa Marina Tsvetaeva que formaban parte del libro. ¿Será que su magia y sus legendarios hechizos le siguen ganando pretendientes setenta años después de haber salido de la vida por la puerta impaciente del suicidio? ¿O habrá sido un admirador de Akhmatova que no soportaba en esta obra la foto de la insaciable Marina?

Por último, en la página 330 aparece una foto de Mayakovsky muy interesante. La foto me recuerda el retrato de Napoleón Bonaparte como Primer Cónsul de Andrea Appiani, con la excepción de que a Mayakovsky le falta el sable. La leyenda que la acompaña no tiene desperdicio, pues recuerda al lector la condena pública que en su día Mayakovsky hiciera de 
Akhmatova ("Para nosotros, para nuestra época, [su obra] carece de sentido"), para después revelar que —según Lily Brik, la amante de Mayakovsky—, cuando el poeta estaba enamorado leía constantemente la poesía "carente de sentido" de Akhmatova.
Vladimir Maykovsky
Al leer esto recordé que de niño los maestros me machacaban en la sien aquel poema penoso de Mayakovsky sobre "El pasaporte soviético" ("¡Leed, / envidiadme! / Yo soy / ciudadano, / de la Unión Soviética.") Muchos años después supe que Mayakovsky era un poeta espléndido (si descontamos sus bodrios estalinistas de los inicios de la Revolución Rusa). Supe también que se fue desilusionando del "experimento" y que finalmente, cuando sus camaradas bolcheviques le prohibieron viajar a Francia, se fue a casa y se pegó un tiro en el mismísimo corazón. Ironía o justicia poética: al cabo fue su pasaporte soviético el que le resultó inútil, no la poesía de Akhmatova. 


"Napoleón", Andrea Appiani
Saliendo ya del subway, pensé que si se pudiera hacer un país imaginario cuya historia de la literatura se redujera estrictamente a los poetas que Stalin mató, envió a prisión o llevó al suicidio, ese país tendría una poesía más rica que la inmensa mayoría de los países reales.

Poco después llegué a la oficina, busqué las noticias en la computadora y me enteré de que el gobierno cubano le había negado el "permiso de salida" a Yoani Sánchez. Mayakovsky, desde cualquiera sea el lugar que Dios le tiene reservado a los suicidas, habrá entendido su situación perfectamente...

3 comments:

  1. Envidia, sana, pero envidia al fin. Eso genera en mí, este post. :-)
    Saludos desde estos lados.

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  2. Y yo, adoradora de Mayakovsky, corro a buscar todo lo que haya de y sobre Akhmatova en esta helada ciudad. Salud, Térsites, y gracias por la luz.

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