Monday, March 7, 2011

Un pez de día para el plátano perfecto


El jueves en la noche mi hija PZ, de quince años, leyó "A Perfect Day for Bananafish" y bajó de su cuarto —transfigurada por el suicidio de Seymour Glass y la alquimia de J. D. Salinger— a darme la noticia. Una de las ventajas de tener descendencia es que tus hijos un día te recuerden lo que sentiste al terminar de leer por primera vez "A Perfect Day for Bananafish".

Conversamos un rato sobre ese cuento dolorosamente perfecto y le dije lo que siempre he pensado: que la conversación de Muriel Glass con su madre es la que "sirve la mesa" para el resto de la historia. Esa descripción de su temor de que el marido se vaya a estrellar intencionalmente con cada árbol de la carretera es el cimiento del cuento. Sin esa conversación, la historia queda reducida a un torpe suicidio inesperado. Pero Muriel Glass, con su parloteo superfluo y sus referencias a las tentaciones suicidas del marido, nos pone en esa cerca entre la banalidad —¿o decimos "bananidad"?— y la tragedia en que ella vive, y que es el meollo del cuento.

Rememoré entonces, para beneficio o castigo de mi hija, la muerte de Jackson Pollock. Conjeturamos si habría sido un suicidio, si estaría imitando a Seymour Glass o si simplemente estaba muy borracho. ¿Vería más claro —see more glass— Jackson Pollock en esa noche de Long Island que rememorábamos ahora mi hija y yo en otra noche de Long Island?

El viernes en la noche vinieron a casa dos amigos de MD, violinistas consuetudinarios, y en su honor ella hizo unas pastas con hongos tan memorables como un cuadro de Pollock o un cuento de Salinger. George, uno de los irredentos violinistas, habló de su programa de música en la Appalachian University, del silencio amigable de las Smokey Mountains. Hablamos entonces de Asheville, de la rara belleza caótica del Grove Park Inn y de un viaje de pesadilla que hice con mi familia entre la niebla que nombra esas montañas de las Carolinas.

George nos contó entonces que un día, regresando a casa tras un concierto en Asheville, se había quedado dormido al volante y había estado a punto de morir en esas carreteras siempre sepultadas en la bruma.

Al otro día —sábado—, después de almorzar, llevé a mi hija PZ a su clase de piano. La dejé en casa de su maestro y me fui a la oficina de Western Union. Resulta que mi prima P vive en Francia y no encontraba en las Galias modo alguno de mandar a Cuba unos dineros que nuestra familia necesita con premura. Me envió entonces la mesada a mi nombre para que yo se la hiciera llegar a sus destinatarios en La Habana. Camino de la oficina iba pensando en aquel filósofo de mirada zurda que, de visita en el límpido Vedado de 1960, mientras hablaban del futuro luminoso que esperaba a los cubanos, le preguntó al caudillo: "¿Y si le piden la Luna?" "Será que la necesitan", dijo el caudillo.

Poética la respuesta, desde luego, pero resulta que ahora los inquilinos del paraíso no piden lunas sino una remesita de $300 dólares que los ayude a sobrevivir un mes en ese mismo Vedado donde antes filósofos y caudillos se repartían la Luna a tajadas como si fuera realmente un queso.


Llegué a la oficina de Western Union. El amable empleado, en un arranque de honestidad irlandesa, me confesó que nunca pedía los
affidavits necesarios para envair dinero a Cuba para evitarse así las complicaciones que supone trasferir dinero a ese raro lugar donde todo parece ser más complicado. Estuve tentado a decirle: "Imagínese el día que tengamos que mandar la Luna", pero ya era casi la hora de recoger a mi hija y no quería yo abusar de mi suerte irlandesa.

Recogí a PZ y nos fuimos a casa en el sopor impredecible de esa tarde de febrero que, a 10 grados centígrados, parecía casi verano después de este soviético invierno neoyorkino que hemos padecido. Pensaba yo en la Luna de queso que Jean Paul y su carnal Simone rebanaban con el profeta de La Habana medio siglo antes. El sol calentaba el interior del auto por primera vez desde un remoto septiembre. La cantata de Bach que se escuchaba en la radio parecía alejarse...


—¡Papá! ¿Qué estás haciendo! —gritó entonces PZ.


Abrí los ojos. Vi un auto embestirme por el mismo carril de la avenida. En realidad —me di cuenta al instante— era yo quien lo embestía: me había quedado dormido al volante y estaba en la senda contraria. Por una vez en la vida tuve reflejos y giré violentamente a la derecha. Creo haber visto al tipo del otro auto mirarme con una mezcla de terror e indignación en el instante en que nos cruzamos 
felizmente sin matarmos.

Miré a mi hija y me di cuenta de que sabía exactamente que habíamos estado a punto de terminar el invierno sin salir de febrero. Me preguntó:


—¿Y si yo no hubiera estado aquí, papá? —lo dijo en castellano.


Había un tono de reproche en la pregunta. No estoy seguro, sin embargo, si su enojo iba dirigido a mí, a Salinger, a Dios o a Jackson Pollock, así que todos preferimos olvidarlo.

6 comments:

  1. Vivir para contarlo, Tersites. Gracias a quien quiera que esté en el cielo que nos cobija.
    Un beso.
    P.S.: la parte de la pasta con hongos de MD se me ha quedado fija en la mente, será que a lo mejor en el verano (de ustedes) podríamos repetirla, no? piénsenlo y luego me avisan. otro beso.

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  2. Gracias, con gusto. ¿Vienen a New York?

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  3. no creo que se atrevan a pedir la Luna... les basta con sus estrellas y luceros

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  4. me parecio ver la carita de Paty y escucharla diciendote eso.
    inge

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  5. Zoe, estare encantada de repetirla en el verano si Tersites promete prestar mas atencion mientras maneja.
    Un abrazo, MD (?o deberia poner Muriel Glass?)

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  6. Ay MD, qué bueno, porque (insisto) la pasta con hongos es de mi mayor preferencia.
    Un beso grande. Y que sea pronto el poder dártelo en persona.
    Gracias!

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