Saturday, December 17, 2011

Christopher Hitchens, in memoriam

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que escuché hablar de Christopher Hitchens: pudo haber sido en 1997, cuando en un artículo en Vanity Fair dijo que Madre Teresa de Calcuta era "una enana albanesa ladrona y fanática". Quizás fue un par de años más tarde, cuando vi en HBO un programa del dúo cómico de Penn & Teller, dedicado también a denigrar a Madre Teresa, y en el que Hitchens, con un cigarrillo en una mano y un vaso de whisky en la otra, despeinado y con la camisa abierta hasta el tercer botón, dijo, entre otras lindezas, que Madre Teresa era posiblemente la "estafadora más exitosa del siglo XX". El asunto es que yo admiraba —y admiro— a Madre Teresa, de modo que la descripción de la santa como "enana albanesa ladrona y fanática" y "estafadora" se me quedó tatuado en la silla turca.

Después de eso evité leer nada escrito por Hitchens y decidí cambiar de canal cuando lo veía en la TV. Años después Hitchens se hizo famoso, muy famoso, por su fervoroso ateísmo y su apoyo a la Guerra de Irak. Resulta que yo creo en Dios  —gracias a Dios— y que siempre estuve opuesto a la Guerra de Irak —a Dios gracias. Hitchens, por supuesto, cada vez me caía peor...


Y sin embargo, el vicio de la lectura es uno de los peores que puede sufrir el ser humano, de modo que un buen día comencé a leer los artículos que Hitchens publicaba en todas partes, pero principalmente en
Vanity Fair. Leer a Hitchens, lo descubrí pronto, era una fiesta. Pocas veces alguien ha tenido tantos deseos de polemizar, tanta brillantez para defender lo que piensa, y una honestidad tan radical para decirlo. Sería inútil tratar de explicar a Hitchens, la magia de Hitchens, cuando se pueden leer sus escritos. Recomiendo a lector curioso que —si no lo ha hecho— lo haga enseguida.

Y con el tiempo fui descubriendo, por supuesto, que también podía hallar coincidencias: cierta visión de la cultura europea, la certeza de la que las certezas pueden ser letales, el amor combinado por 
Johann Sebastian Bach y Bob Dylan, el culto de George Orwell... 

Pero lo que más admiraba y agradecía de Hitchens era el estímulo intelectual inigualable que nos regala quien, estando en las antípodas de algunas de nuestras convicciones, las ataca con pareja lucidez y honestidad intelectual. La madurez hace que se atrofie en uno la tolerancia por el uso de triquiñuelas intelectuales para demostrar que el mundo se mueve acorde con las leyes que hemos pronunciado como verdades inmanentes. Por el contrario,  uno disfruta leyendo a alquien que, aún sabiendo que la realidad es irreductible a una u otra teoría, trata de poner en orden ciertos datos para defender honestamente lo que piensa. No conozco a ningún escritor vivo que lo haga con la inteligencia, la gracia y la agudeza con que Hitchens lo hacía. 


Los seres humanos pueden dividirse en dos bandos: los que prefieren escuchar a un tipo inteligente discrepar de sus ideas y los que eligirían escuchar a un idiota apoyarlas. Digamos que prefiero la oposición inteligente al idiota aplaudiente. Y pocas veces encontré a un discrepante tan lúcido, tan culto, tan brutalmente inteligente y entretenido como Christopher Hitchen. Lo voy a extrañar como sólo se extraña al mejor de los enemigos.


Por misericordia divina —sólo por misericordia divina— espero llegar al Paraíso. Tengan por seguro que cuando me pidan la lista de deseos solicitaré tomarme un par de whiskies el día del Juicio Final, a la caída de la tarde, con Christopher Hitchens. Y estoy seguro que allí, a la vuelta del juicio, después de haber escuchado las trompetas de los siete ángeles, Hitchens me ganará por knockout la discusión sobre si Dios existe. Mientras tanto, descanse en paz, Christopher Hitchens.

1 comment:

  1. Thanks for this post!! muy bueno!
    PPortal

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