Friday, May 6, 2011

Un gramo de ternura para el terrorista muerto

La sangre parece un descuido de algún especialista en efectos especiales. Debe ser, definitivamente, falsa. Los cables muy bien podrían ser tubos de una sala de cuidados intensivos. No hay modo de explicar qué hacen en el suelo. La lata de leche condensada le da un carácter casero y dulzón a la escena. Las manchas de sangre de la cara no permiten hilvanar ninguna historia coherente para los minutos que precedieron a su muerte.

La mano parece haber sido colocada sobre el pecho por un fotógrafo perfeccionista, no por el azar de la agonía. Los ojos podrían ser los de un actor que se simula muerto. El paquetito blanco sería un condón que ya no frenará el flujo de ningún espermatozoide nadador y voluntarioso.


La pistola de agua, verde y anaranjada, permite adivinar a un niño jugando en esa misma habitación unos minutos antes. Permite imaginar también a una madre extenuada por los quehaceres diarios que se dice soñolienta: "Mañana la recojo en cuanto me levante". 


¿Habrá pensado esa madre en que el condón del sobrecito blanco evitaría la llegada de otro hijo de piel aceitunada que dejaría en cualquier esquina otra pistola de agua anaranjada y verde? ¿Estaría en ese instante tratando de convencer al hombre de tímido bigote para que se quitara el austero camisón blanco y se adentrara en ella?


¿Cuántas veces habrá lamentado este joven tener una barba tan rala, tan poco musulmana?


¿Cuántas veces habrá soñado este joven dinamitar la escuela donde estudian mis hijos? 

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