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Wednesday, May 26, 2010

El vergonzoso oficio del blogger

El mayor mérito de Facebook es haber ofrecido a los borrachos una nueva manera de hacer el ridículo. El borracho entra en Facebook a las dos de la mañana, escribe tres idioteces, se va a la cama y al otro día al depertar se entera de que le ha dicho al mundo entero que sus cantantes preferidos son los hermanitos del Dúo Pimpinela o que cuando se afeita el bigote se deja el pedazo del medio hasta el final porque le gusta ver su rostro en el espejo con el bigotito de Hitler.

Por su parte, el mayor mérito de los blogs o las bitácoras o como se llamen esos engendros, es ofrecer a un ejército de imbéciles la posibilidad de anunciar al mundo su egolatría. Un blogger es un tipo al que le falta talento o disciplina para escribir nada serio, pero que al mismo tiempo carece de la humildad o el valor necesarios para aceptarlo. El blogger es un cobarde con delirio de grandeza.

Al principio el tipo se convence a sí mismo de que sólo se trata de una "blogedera", un chiste. Le da un poco de vergüenza decir a sus amigos que ahora se dedica a perder el tiempo en una faena tan inútil, que desatiende a su familia para escribir sus llantenes de genio incomprendido. Pero no tarda mucho en perder el recato. El blogger entonces se llena de entusiasmo y lo mismo escribe una nota sobre la Guide to Kulchur de Ezra Pound que sobre el concurso de perros del Westminster Kennel Club o las marchas de las Damas de Blanco. El tipo, que antes leía el periódico por puro placer, ahora lo escrutiña en busca de "temas". Lo mismo pasa con las conversaciones con los amigos, los correos electrónicos de la noviecitas de la adolescencia, las guerras de rapiña, los viajes familiares, las crisis económicas o la muerte prematura de un tío sifilítico. La vida se le convierte en "materia prima" para su blog. "Todo va a dar a un libro", se decía antes, pero ahora ya sabemos a dónde va a parar todo.

El blogger es cheo, pero quiere ser un tipo cool. Los moralistas dicen que lo peor del Internet es la pornografía, los precavidos dicen que es el robo de identidad, pero tanto unos como otros se equivocan. Lo peor de todo es esa masa de escritores de bazofia, que nos aburren a diario porque son incapaces de aceptar su insignificancia con un mínimo de dignidad.

Los pobres amigos son los que tienen que sufrir el onanismo intelectual del idiota. Si te encuentras con un blogger, lo llamas por teléfono o, peor aún, le escribes un email, te espanta la puñetera pregunta: "Oye, ¿viste lo que colgué anoche?" Y uno se siente obligado a decirle a este Sancho que se cree Cervantes que sí, que lo leyó tres veces, que "qué bueno te quedó eso, brother". Uno trata de cambiar el tema de conversación, pero ni modo. Al blogger solo le interesa hablar de su último post. Cuando uno no ve otra salida, le dice: "Socio, tú de veras tienes talento, deberías estar escribiendo un libro". Hay que ver la cara de monaguillo con roquete nuevo que pone el blogger cuando le dicen eso. Y es esa carita de satisfacción angelical la que le sugiere a uno la idea de darle una buena patada en el culo para que deje de machacarnos los sesos con sus babosadas de niño sin abuela.

Si admiro a los gobiernos de Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y de algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), es porque tratan a los bloggers como se merecen. Los ingenuos acusan a esos gobiernos de reprimir la libertad de expresión. Yo celebro su sabiduría, el celo con que defienden el buen uso de la sintaxis, sus esfuerzos contra la pérdida de tiempo. Porque, ¿qué cosa es un blog sino una suma de oraciones cojas y ratos perdidos? En esa loable represión profiláctica de los que piensan que tienen algo que expresar quizás esté la calve de la armonía y la prosperidad. No en balde Zimbabwe, Corea del Norte, Siria y Libia (y algún otro país cuyo nombre no recuerdo ahora), gozan de la paz social y la prosperidad económica que tanto les envidian los países del Primer Mundo, idiotizados como están por la proliferación de los malditos blogs, las bitácoras o como quiera que se llamen esos engendros.

Yo le he advertido a mi familia que si alguna vez me da por escribir un blog será la señal inequívoca de que ha llegado el momento de comenzar a darme las medicinas contra la demencia senil. Es algo que jamás haría en mi sano juicio.



Wednesday, May 19, 2010

Diez dólares por el ocaso

No sé qué utilidad tiene saber ciertas cosas. Por ejemplo, ¿a quién le importa saber cuánto vale mirar la puesta del sol sobre Manhattan? Ni idea tenía... Ahora sé su valor exacto: $10.

El viernes fuimos MD y este escribano —sería más exacto decir escrivano— a un concierto del cantante Kurt Elling y el acordionista francés Richard Galliano en el Allen Room del Jazz at Lincoln Center. El concierto era de lo que los músicos cubiches llaman "música de sopa", pero bien despachada: una selección de canciones de amor cocinadas con jazz. Kurt Elling sabe cantar y sabe hacerlo en cinco o seis idiomas. Es una lástima que no tenga mucha voz. Pero tiene la pose. Y compensa sus carencias vocales siendo un anfitrión inigualable. Hacía comentarios útiles y divertidos antes de cada canción, y los hacía en inglés y francés, para beneficio de la numerosa audiencia gala.

Esa cantidad de franceses en el público, por cierto, me resultó deprimemente. Era una prueba más de la decadencia de las Galias. Ese provincialismo de llenar un teatro porque viene un idiota del terruño a pararse en el escenario está bien para gente como nosotros, cubiches con comprensibles complejos de inferioridad, pero, ¿los franceses? Parece mentira...

Bueno, Kurt Elling cantó desde "You are too beautiful", a una versión en jazz de la "Norwegian Wood (This Bird Has Flown)" de Lennon/MaCartney y hasta "Si te contara", que por alguna razón atribuyó a Graciela Pérez Grillo, la cantante cubana que murió el mes pasado.


Elling se ocupó de dejar aquel era el cocierto de Richard Galliano, un acordionista con cara de chef gallego que puede hacerte olvidar que estás oyendo un acordión. Sin gracia escénica alguna, Galliano en cambio parece incapaz de hacer nada mal con el incómodo acordión, como pueden ver en este ejemplo.


Sin embargo, la verdadera estrella de la noche era quizás el Allen Room, un teatro construido en el piso superior de la base del edificio Time Warner Center. El fondo del escenario es una inmensa pared de cristal por la que se divisa Columbus Circle, la Calle 59 y parte del Parque Central. Uno observa el espectáculo de la ciudad como si fuera una película silente, acompañada por la música que viene desde el escenario. A medida que cae la tarde, el parque se oscurece y la Calle 59 se llena de huidizas luces de autos, como si fuera un árbol de Navidad acostado sobre Manhattan. Los músicos, que al principio parecían estar tocando una matinée en la playa, ahora quedaban bañados por las luces del teatro. Uno pudiera ir al Allen Room a ver caer la noche aunque nadie estuviera tocando.

Cuando fui a comprar los boletos, la señora de la taquilla me explicó que la entrada para el concierto de las siete valía $65, mientras que el de las nueve sólo costaba $55. Al final de la función caí en la cuenta de que aquellos diez dólares extras lo cobraban por el crepúsuculo. Me parece que esa gente está regalando sus ocasos. Uno pagaría más por verlos desde allí.

Friday, May 14, 2010

Carlos Varela: no sirvió de nada



Carlos Varela es, de cierto modo, un santo de falsa devoción. Por eso fui a verlo esta noche a SOB's.

SOB's es un sitio de buena fama y malos recuerdos al sur de Manhattan, en la esquina de Varick y Houston Street. El lugar tiene una acústica diabólica y precios caros para lo que sirven. Pero de algún modo es real. Hay algo tangible y hediondo que le dice a uno que el sitio es real. Y uno va... si no le queda más remedio. Esta noche, no me quedó más remedio.

Hacía casi diez años que no me aparecía por allí. La última vez fue la noche del 10 de septiembre de 2001. Había ido a encontrarme con mi hermana, que había venido de Cuba y a la que hacía dos años que no veía. Salimos de allí a las dos de la mañana del 11 de septiembre y, al cruzar el puente de la calle 59 que cantan Simon y Garfunkel, le dije que mirara la silueta de Manhattan, rematada al sur por las Torres Gemelas. Siete horas después de decirlo, las Torres Gemelas no exisitían. Se entiende que SOB's no es mi bar preferido.

Pero esta noche fui. Cantaba Carlos Varela. Alguien le dijo a MD anoche que Carlos Varela cantaba en Manhattan. Y fuimos a verlo.

El gnomo salió al escenario con media hora de retraso y una barba de dos días. Los gringos, por falta de imaginación, le dicen "el Bob Dylan de Cuba". Es una afirmación doblemente falsa. En primer lugar porque ya nadie es Bob Dylan —ni siquiera él mismo. En segundo lugar porque Silvio Rodríguez, mal que pese, sería lo más cercano al judío de Duluth. Pero la afirmación en este caso funcionó como una maldición: el audio no permitía descifrar lo que decía. Al principio, era como estar en un concierto de Bob Dylan, donde uno no entiende nada de lo que se dice en el escenario.

Las primeras dos canciones eran nuevas... no entendimos ni una palabra. Después habló Carlos Varela... tampoco se entendía. Entonces comenzó a cantar las canciones que uno se sabe de memoria y todo fue más llevadero.

MD salió a fumarse un cigarrillo y al regresar me dijo: "Me encontré con Rubén Blades". Me llevó hasta donde estaba y le hice una foto tomándose su mojito (la pueden ver en la página de las fotos que tomé en el concierto). Unos minutos más tarde, Carlos Varela lo llamó al escenario. Le dijo que fuera de una vez a la La Habana. Rubén, como disculpándose, le dijo: "Iré... a una Cuba libre". "Viva Cuba libre", gritó Varela al final de una canción, y los cubiches del público —inmensa mayoría— repitieron el grito.

La gente coreó "Memorias del subdesarrollo", "Como los peces" —que Varela dedicó a los balseros—, "Habáname" y "La polítia no cabe en la azucarera" —con improvisaciones de Rubén Blades. Cuando comenzó a cantar "Retrato de familia", sin embargo, se hizo un silencio sepulcral. Me imagino que en ese momento Varela se haya dado cuenta de que el público era enteramente suyo.

Carlos Varela, para los cubanos que andamos por la cuarentena, es el tipo que comparte nuestro escepticismo. Uno supone que la generación anterior —la de Silvio y Pablo y todos los demás—, alguna vez se creyó la revolución cubana. Pero Carlos Varela tenía 16 años, como tantos de nosotros, cuando se organizaron las turbas fascistas del Mariel. Si no es tonto —y no lo es— sabrá bien que los cubanos hemos vivido una gigantesca y perversa idiotez.

Para los que nos tocó esa experiencia, no importan mucho los malabarismos que Varela hace, como asi todo el mundo, con la verdad. Para nosotros es evidente que habla sabiendo "lo que hay". Y sus canciones revelan ese conocimiento. Es curioso que el público presente no hizo mucho caso a su petición de "un minuto de silencio" por los balseros muertos —que no sonó muy sincera—, ni a su grito de "Viva Cuba libre", pero aplaudió rabiosamente cuando cantó su conocido juicio final sobre esa revolución "que no sirvió de nada, de nada, de nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual". Uno le cree a Carlos Varela cuando canta eso. Y coreando esos recuerdos se nos fue la noche. Gracias, gnomo.

Post data: Tomé una docena de fotos durante el concierto que pueden ver aquí.

Tuesday, May 11, 2010

Obama sí merece el Nobel


Es difícil abrir el periódico en la mañana, en la modorra amigable de un tren del Long Island Rail Road, sin imaginar que uno es un Tyrannosaurus Rex al borde de la extinción que se embarra las ridículas paticas delantera de tinta barata. La gente va leyendo su Kindle, mirando el Blackberry con inexplicable fascinación, jugando a quién sabe qué en su iPad. Y uno insiste en el papel y los prodigios de Gutenberg. Bueno, pero a lo que íbamos...

En la primera plana del New York Times hoy había una foto de Elena Kagan, nominada para ocupar el puesto vacante en la Corte Suprema, entre el presidente Obama y el vicepresidente Biden. La buena señora tiene una expresión en la cara que va muy bien con su apellido... but I digress. En la portada hay también un par de artículos más o menos propagandísticos sobre Elenita; otros dos sobre el billón de dólares que les va a costar a los pobres alemanes mantener a los lánguidos nietos de Aristóteles; un artículo sobre otra idea ridícula de nuestro gobernador Patterson; uno más sobre el derrame de petróleo del Golfo; y como colofón, uno sobre la próxima visita del presidente afgano y cómo Michelle va a sacar "la mejor vajilla" de la Casa Blanca esta vez. "Sin novedad en el frente", diría Erich Maria se no hubiese tenido tan mala estancia en aquel hospital de Locarno allá por el 70...

Seguí leyendo mi periódico y, como suele suceder, después de la portada leí algunas otras tonterías en la página 2, más tonterías en la página 3, y cuando mi tren casi entraba en Manhattan arribé a la página 4. "Mueren más de 100 personas en ataques simultáneos en varias ciudades iraquíes". Sí, señor. Ataques terroristas. En Irak. En varias ciudades. Simultáneos. Más de cien muertos. ¡Ah, pero no les cupo en la primera plana! Ni en la página 2, ni en la 3. En tiempos de Bush, caray, cada iraquí que moría tenía garantizada la portada, con fotos de la familia y el velorio. Y es que Bush es tan idiota y pesado...

Ahora matan a cien iraquíes y, con suerte, van a dar a la página 4. ¿Fotos? No, señor. Nada de fotos en la página 4. Para ver fotos de la carnicería había que llegar a la página 8 —después de todo, ocho es muerto en la charada— donde continuaba el artículo.

Y es que los muertos ahora ya no son muy interesantes, no tienen onda, no venden periódicos. Los muertos que se mueran, señor. En tiempos de Bush los muertos nos hacían temblar de rabia, exigir justicia, escribir editoriales. ¿Pero qué importan 100 iraquíes asesinados en un día cuando tenemos un presidente tan simpático como Obama? ¡A la página 4, muertitos!

Y después hay gente que dice que Obama no se merecía el Nobel. ¡Por Dios! Si el hombre terminó con la injusta, cruel, estúpida Guerra de Irak... bueno, tal vez no la terminó, pero sin dudas la hizo desaparecer de la primera plana del New York Times. ¿No es esa una razón suficiente para darle el Nobel?

Sunday, April 18, 2010

La navaja de mi barbero


Esta semana fui a mi barbería de siempre, "Sal and Vin's Barber Stylist", fundada en 1952. Ese par de señores sicilianos se retiraron hace tiempo y vendieron su salón a un judío exsoviético de Tayikistán que lleva el negocio con espíritu stajanovita y domingo rojo cada semana, como pueden ver en la foto.

Mi barbero, amigo y socio del dueño, se hace llamar "Joe" en favor de sus clientes gringos. Después de varias visitas y conversaciones, un día le pregunté si su nombre en realidad era Iosif, y me confirmó que así era. Le comenté, con una sonrisa, que se llamaba igual que "nuestro querido Iosif Vissarianovich". "Por supuesto", me respondió. "Nací en 1953, el año de la muerte de Stalin, y mi madre, que lo admiraba mucho, me puso su nombre". Tenía la navaja en la mano cuando me hizo esta confesión y sentí un cosquilleo extraño en el cuello. "Supongo entonces que el padrecito Stalin no fue quien envió a tu familia a la bella Dusambé". Me dijo que de ninguna manera, que su familia había vivido durante muchas generaciones en la ciudad. (No me dijo —¿lo habrá olvidado?— que cuando él nació la ciudad se llamaba Stalinabad.)

Por eso no odiaba a Stalin la señora, pensé. Me imaginé que odiaría en su lugar a Nabuconodosor, ese otro Stalin que asoló Israel. Los primeros judíos de Dusambé, hace 2600 años, fueron ex cautivos de Babilonia que vinieron a dar a esa esquina del Asia. "¿Tú familia vino de Samarkanda, entonces?", le pregunté por congraciarme. "No, somos de España, sefarditas".

Bueno, me dije, entonces no odiarán a Nabuconodosor tampoco, sino a Fermando e Isabel, por haberlos echado de la Península. Y es que si uno es del pueblo elegido, tiene dónde elegir sus odios. Preferí no entrar en el tema de los Reyes Católicos con el barbero, que aún seguía con la navaja en la mano —en mi cuello—, y que sabe que soy católico.

Para cambiar la conversación, le conté sobre el plan de alquilar a sus colegas cubiches las barberías donde trabajan y le pareció muy interesante. Me hizo preguntas, me pidió detalles que yo no sabía. Cuando ya estaba mostrándome en dos espejos el resultado de sus labores, me dijo que los barberos deben ser dueños de su barbería, que si no la cosa no funciona; que lo sabe por experiencia propia. Le dije que coincidíamos. Pagué, le di las gracias y nos despedimos.

¿Qué diría su madre estalinista si lo oyera?

Sunday, March 28, 2010

Audrey Hepburn desayuna en La Habana


La primera vez que vi "Desayuno en Tiffany's" no sabía que estaba basada en una novela, ni que el libro era de Truman Capote, ni quién era Audrey Hepburn ni qué se vendía en Tiffany's. Tenía once años, y el único recuerdo que me quedó de esas dos horas en el cine fue la bañera cortada a la mitad que servía a Holly Golightly de sofá en su apartamento del Upper East Side. (No, tampoco sabía qué demonios era el Upper East Side.)

Como todo el mundo, después he visto y leído varias veces la película y la novela, ambas espléndidas. Los otros días, MD tuvo la bendita idea de alquilar "Breakfast at Tiffany's" para verla con la involuntaria receptora de nuestros genes y nuestros gustos fílmicos: PZ. (Otra razón que justifica el "Creced y multiplicaos": Cuando los hijos se vuelven seres pensantes, uno tiene una razón para volver a ver ciertas películas con ellos.)

Este nuevo repaso me hizo recordar que la primera escena de "Breakfast at Tiffany's" es de las más bellas que he visto. Es una toma de la Quinta Avenida, desde la Calle 57, al amanecer, con los primeros acordes de "Moon River" como complemento. A la izquierda se ve el antiguo edificio de la tienda Bonwit Teller, que sería demolido en los ochenta para construir Trump Tower, con sus acres de mármol rosado Breccia Pernice y su dorado chillón. A esa hora, la Quinta Avenida tiene el mismo aire de todas las ciudades en mañana de domingo: parece una puta hermosa, pero cansada. El alumbrado público aún está encendido, pero ya es de día, y uno tiene esa impresión de haberse levantado en casa después de una larga fiesta para darse cuenta de que ha dejado las luces encendidas al irse borracho a la cama.

Después se acerca un taxi por la avenida desierta, la cámara retrocede y aparece el edificio de la joyería Tiffany & Co. El amarillo del taxi es el único color discernible en la escena. Se detiene ante la puerta de la joyería y de él baja, como una aparición, Holly Golightly (Audrey Hepburn) en su vestido Givenchy negro. La vemos de espalda, y a continuación vemos, poco a poco, su reflejo en la ventana de Tiffany. Finalmente aparece su rostro claramente, pero está oculto detrás de una gafas inmensas y el espectador no sabe si está viendo a la persona o su reflejo en el cristal. En esa breve sucesión de imágenes se resume el personaje: un bellísimo juego de espejos que se oculta o se revela en medias verdades. Holly Golightly dobla en la esquina de la 57 hacia el East River y echa los restos de su desayuno en un latón de basura. La vemos llegando a su apartamento del Upper East Side unos minutos después, pero ya con toda la luz de la mañana.


La combinación de New York y una mujer hermosa, que siempre es amable, alcanza en esta escena un estado muy parecido a la perfección.

A ese recuerdo que describo puedo añadir una nueva idea que me regaló esta vez la película. Las locaciones son reconocibles para cualquier neoyorkino: el Upper West Side, la Quinta Avenida a la altura de la calle 57, Park Avenue en las inmediaciones del Seagram Building de Mies van der Rohe, el anfiteatro Naumburg Bandshell del Central Park. Uno se asombra de cómo, en una ciudad donde todo parece cambiar a diario, esos lugares se mantienen prácticamente idénticos. Sólo los modelos de los carros nos revelan la época de la película. (Aunque la historia original de Capote se desarrolla en los cuarenta, la película se cuenta como una historia contemporánea a su filmación, es decir, de 1962.)

La superposción de edificios idénticos y autos diferentes me hizo pensar en La Habana, y en las películas cubanas de los sesenta. Cuando uno ve ahora, por ejemplo, "Las doce sillas" —la versión cubiche que hizo, también en 1962, Gutiérez Alea de la novela de Iliá Ilf y Yevgeni Petrov—, el efecto es contrario: el entorno, los edificios, las calles han cambiado, han sido vapuleados por cinco décadas de olvido. Lo único que parece igual son los modelos de los carros: los habaneros, de un modo u otro, siguen viajando en cacharros de los años cincuenta.



Esa doble impresión, la de una ciudad detenida en el tiempo por una parte, y a la que el tiempo derrumba por la otra, podría ser un resumen del último medio siglo en La Habana. Enrique Santiesteban, por cierto, usa en la película unas gafas muy parecidas a las Audrey Hepburn.





Friday, March 12, 2010

En la cama de la tía Julia

Ha muerto Julia Urquidi, la ex tía y ex esposa de Mario Vargas Llosa. La noticia me la dio un periodista amigo que me llamó desde una remota república sudamericana para preguntarme si Julia había influido en las ideas políticas del joven Vargas Llosa. "Bueno, ella era su tía política, querido, pero creo que su influencia fue más bien pélvica". Mi amigo no entendió nada, pero yo me quedé pensando en lo poco que sabíamos los dos sobre la tía Julia, y lo rápido que hacíamos juicios sobre ella —políticos los de él, pélvicos los míos.

Hace unos diecisiete años, en cuanto me mudé a un sitio donde podía leer lo que me diera la gana, me apresuré a comprar "La tía Julia y el escribidor". Mis recuerdos de la novela se resumen a imágenes difusas de los anhelos literarios del joven Vargas Llosa, su enamoramiento con la tía, su sucesivo hastío, y la noción de que Cuba fue alguna vez la Mecca de las radionovelas interminables en lugar de la plaza de los discursos infinitos.

Unos meses más tarde, alguien me prestó "Lo que Varguitas no contó", que era el mismo cuento, ahora relatado desde la otra esquina del ring. La novelita me demostró que el talento literario no es una enfermedad venérea: Julia no lo había contraído en casi diez años de ejercicios horizontales con Vargas Llosa. No recuerdo nada de su libro, sino el deseo de la autora de contar su historia, de ser quien ella quería ser y no el personaje que su ex sobrino y marido había dibujado. También recuerdo que la lectura me confirmó el retrato que de ella pintara Vargas Llosa.

Pero Julia no era un personaje literario, sino una señora que a los 29 años, a mediados de la década del cincuenta, decidió mandar el mundo al carajo y acostarse con su sobrino de diecinueve. Un sobrino que sería después una celebridad mundial y que la dejaría por otra mujer de la familia, la prima Patricia. (Parece que Vargas Llosa es un hombre "muy casero".) Y en esas cosas venía pensando en el tren, de regreso a casa, esta tarde. ¿Habría sido más feliz Julia Urquidi de no haberse dejado deslumbrar por el efebo de la casa? ¿Habría preferido después el anonimato a ser para todo el mundo —como a la postre fue— "la tía Julia" que su sobrino creó con más desencanto que cariño? ¿Quién fue esta mujer que olvidamos, o vagamente recordamos, y juzgamos a partir de un retrato tendencioso?

En una entrevista en el año 2003 declaró: “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho, sin mi ayuda no hubiera sido escritor. Copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir, bueno, fue algo mutuo”. Todavía sonaba como una tía mandona hablando de un sobrino díscolo; una tía política queriendo ser tía literaria. Me imagino que nadie se lo creyó, pero a lo mejor se lo creía ella, que es lo importante. Para el resto del mundo, Julia fue una señora que, como tantas señoras divorciadas de treinta años, quiso acostarse con un chico de 19. Para el resto del mundo sería esperable que el jovencito la dejara unos años después, y que ella no lograra perdonárselo. Y sin embargo, seguramente ella se iría a la cama en los primeros lances de su amor clandestino convencida de que todo valía la pena. Ojalá la haya valido. En paz descanse.

Tuesday, March 9, 2010

Dos poemas


Era la gloria del verano

“When the evening is spread out against the sky

Like a patient etherized upon a table”

T. S. Eliot


Qué joven el mundo y qué hermosas

las muchachas de agosto.


Era otra vez la época

en que los reyes se van a la guerra;

era el tiempo

de asesinar archiduques. El aire

murmuraba el hedor

de los cadáveres propicios.


Era la gloria del verano. Salíamos

a ver la fiesta de la luz en los balcones

mientras la tarde cantaba su larga agonía

tendida en una camilla de versos ingleses.



Del regreso

El mármol derretido de la India

sentada bajo el fragoroso sol de mayo,

el triste capitolio de aserrín y canicas

en los ojos, el palacio

donde vive su muerte la república,

la noche del túnel, el asalto

de la salvaje luz que ven los presos,

el Morro, el huidizo mar en los cabellos,

la tímida música de un nombre taíno

que fue toda la magia de nuestra niñez

(aquel verano en que mis padres

condescendieron a la felicidad —el salvavidas

blanco y negro de mi hermana).


El sol de las postales reflejado en el agua

y en tus ojos, otra ciudad (la misma), la luz

de los semáforos, el Pairet, los ángeles de piedra,

un dedo de mármol ya sin rumbo

en medio de las palmas infieles, el muro,

el mar, la luz rielando, el mar… ¿adónde han ido?


Monday, February 22, 2010

Traducción del poema "Cassius Hueffer"

The Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters, abunda en pequeñas joyas crueles. El breve poema "Cassius Hueffer" es una de ellas.

No sé si es justo decir que uno ha leído bien un poema si no ha intentado traducirlo. El lector notará que soy incapaz de una buena traducción. Tenga en cuenta entonces que estos ejercicios son sólo el deseo de una buena lectura.

Primero les propongo mi renqueante traducción y más abajo el original, espléndido, de Edgar Lee Masters.


Cassius Hueffer

En mi lápida han grabado estas palabras:

“Su vida fue dichosa, y los elementos se fundían de tal

modo en él

Que la naturaleza podría levantarse y anunciar al mundo

entero:

Este fue un hombre.”

Los que me conocieron se sonríen

Al leer esa retórica vacía.


Mi epitafio debió haber sido éste:

“La vida no le regaló ninguna dicha,

Y los elementos se fundían de tal modo en él

Que decidió guerrear contra la vida,

Y en esa lucha fue aniquilado.”

En vida la maledicencia me era insoportable,

Y ahora, muerto, debo resignarme a un epitafio

Cincelado por un idiota.


Cassius Hueffer

They have chiseled on my stone the words:

“His life was gentle, and the elements so mixed in him

That nature might stand up and say to all the world,

This was a man.”

Those who knew me smile

As they read this empty rhetoric.


My epitaph should have been:

“Life was not gentle to him,

And the elements so mixed in him

That he made warfare on life,

In the which he was slain.”

While I lived I could not cope with slanderous tongues,

Now that I am dead I must submit to an epitaph

Graven by a fool!






Thursday, February 18, 2010

Jorge Luis Borges se debiera de morir


De visita en casa de un amigo miamense hace un año, MD se dio cuenta de que yo miraba con codicia el Borges de Bioy Casares que el dueño de casa me mostraba. Unos meses después, el Día de los Padres, MD tuvo la grata idea de regalarme el objeto de mis deseos: un libraco de 1663 páginas donde se rebañan las anotaciones que Bioy hiciera durante 55 años (1931-1986) sobre su amigo y concuñado. (Ese regalo del Día de los Padres me parece una razón a favor de la multiplicación de la especie.)

He fatigado sus páginas con alegría, para decirlo al modo de JLB. El libro está repleto de gratas sorpresas, de acotaciones lúcidas y de algunas noticias amargas. Entre esas sorpresas —el lector sabrá si grata, lúcida o amarga— está la constatación de que JLB no estuvo nunca despepitado de amor por la Llave del Golfo. Quién se imaginaría tal cosa de él, que estuvo siempre fascinado con las llaves y los mares. Contrariamente a lo que pueda pensar el lector, el sabor amargo de Cuba no se lo dio a JLB la conga con acompañamiento de balalaica del 59: su disgusto precede a las glaciaciones; es, definitivamente, a.C. Su desaprobación es cultural, no política: el problema no es Marx, sino Martí; no los ñángaras, si no los ñáñigos; no el Manifiesto, si no El Manisero; en fin…

La primera referencia cubana que recoge Bioy es de 1953. Relatando una visita a la casa del escritor Ricardo Rojas, dice JLB: “Había una gran biblioteca y yo pensaba: ‘Tal vez no haya un solo libro que se pueda leer’. Puro Martí…”


Considerando que era el año del centenario, la frase no se excede en el elogio del Apóstol. Los cubanos no leen a Martí ni aunque les paguen, pero estarían dispuestos a abofetear a cualquier ciego por expresar lo que ellos practican. Hay en nosotros esa inclinación perversa a agredir al que exprese algo distinto a lo que pensamos —o de lo que creemos sin pensar. Será que nos criaron recitando aquello de que “al cubano que en ella no crea, se le debe azotar por cobarde”, o que cantábamos alegremente que “el son es lo más sublime para el alma divertir, se debiera de morir, quien por bueno no lo estime”. Siguiendo la lógica de Piñeiro, no quiero imaginar lo que le tendríamos que hacer a JLB por decir que José Julián Martí y Pérez era un plomo como escritor.

[Pensando en el dictum terrible de "Suavecito", recuerdo lo que dice Borges en "El atroz redentor Lazarus Morell". Enumerando las consecuencias de la instauración de la esclavitud en América, menciona "la deplorable rumba El Manisero". "¡Al paredón!", habría gritado el director de nuestro Septeto Nacional al leer semejante dislate.]

Volviendo al juicio sobre Martí, pensé que se trataría de una de las boutades de JLB, sin embargo, el resto del libro me confirmó que casi todas sus (escasas) referencias a nuestra tribu buscan el distanciamiento. (Muchos hemos buscado en la geografía ese distanciamiento que JLB logra con la palabra, no seré yo quien lo condene.)

La segunda mención de los cubanos es más jocosa, pero no más halagadora. Una tarde de 1957 llega Borges a casa de Bioy y declara: “Le oí esta frase a un cubano: ‘Toda la mañana el teléfono estuvo de lo más llamativo’. La verdad es que yo inventé la frase, pero cuando pienso que los cubanos pueden usarla, me enfurezco.”

Por menos que eso a mucha gente las han declarado oficialmente miembros de “la mafia anticubana”. Y sin embargo, me resisto a condenarlo por su frasecita. Habría que saber cuál fue la experiencia de JLB con los cubanos en su Buenos Aires querido de los cuarenta y los cincuenta. ¿Qué bufonadas tendría que aguantar? ¿Tendría algún vecino cubano jacarandoso, fiestero o confianzudo en La Recoleta? Nadie se forja una antipatía así de la nada. O a lo mejor en sus sueños lúcidos Borges pudo presentir las colas de La Habana, las novelas de Cofiño o las mueblerías de Hialeah. Sus motivos tendría.

Y Bioy Casares, siempre discípulo fiel, se muestra aún más implacable. Es curioso que Bioy, que casi nunca es homófobo ni ordinario a lo largo de su largo diario, hace gala de ambos vicios al relatar la visita a su casa de José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera el 18 de junio de 1956:

A la noche comen en casa Borges, Wilcock, Peyrou y dos maricas cubanos, de la revista Ciclón: Rodríguez Feo, el director, y Virgilio Piñera, el secretario de redacción. Rodríguez Feo es rico, buen mozo, menos literario que su amigo, más muchacho de sociedad; físicamente recuerda un poco a Octavio Paz; Piñera es delgado, con cabeza de perro flaco de empuñadora de paraguas; es 'modosito', silencioso, un poco lúgubre, no del todo incapaz de formular en la conversación frases (más o menos) bien construidas. Los dos tienen inconfundible voz y entonación de maricas. Si forman pareja, Piñera ha de sufrir por los éxitos y las infidelidades de Rodríguez Feo.


No hallo en el resto de este libro vasto otra descripción semejante. Me imagino que todos los argentinos de Buenos Aires en esa época eran machos alfa, bien parecidos y de verbo elocuente. O que quizás Bioy tampoco soportaba a los cubanos, quién sabe. Por otra parte, del único cubano de quien Borges habla bien es de Cabrera Infante. Se conocieron en Londres en la primavera de 1971. Nos dice Borges a través de Bioy:

Con Cabrera Infante me sentí tan cómodo, tan persuadido de que era un amigo de toda la vida, que de pronto me sorprendí diciéndole: ‘Pobre Julio César’. Habrá creído que le hablaba del Julio César romano, ¿cómo iba a saber quién era Julio César Dabove? Tal vez influía en esa sensación de amistad cómoda el hecho de que halábamos en español. Cabrera Infante es inteligente, salvo cuando habla de cine. ¿Te acordás de King Kong? Una idiotez. Cabrera afirmó que era una película interesante. Está muy enojado con Cortázar. Dice: ‘¿Cómo no se da cuenta de que Fidel Castro es el Perón de Cuba?’

A lo mejor esa afinidad electiva estuvo signada por el disgusto común con Cortázar o la compartida oposición a los otros dos señores mencionados. Lo cierto es que Cabrera Infante, en sus poses y en su prosa, no parecía un experto en producir “esa sensación de cómoda amistad”. En las fotos quedaba siempre con una cara que hacía sospechar el estreñimiento o la acidez estomacal. Una lectura somera de su obra —como ha sido la de este servidor— lo llevaría a uno a pensar que su cara tenía una expresión de constante resaca. Fuera como fuere, logró encantar a Borges, que de todos modos no le podía ver la cara, y que quizás nunca fatigó sus prosas prosaicas, algo que probablemente el argentino hubiese detestado.